El viechu abuelo, nun quier morrer. Por Max.
Video de subida al pico La Almagrera
“El viechu abuelo, nun quier morrer” Por Max.
Era entonces el municipio de Teverga minero y ganadero, es en la actualidad rural y de poco más, venido a bastante menos, en gran manera por la emigración de sus gentes del medio aldeano a la ciudad. No me cabe ninguna duda que siempre serán hermosas sus tierras, y más que añoradas -en particular- por sus hijos que vivimos desperdigados por el mundo y a los que en el feliz recuerdo de todo lo que al termino municipal concierne, nos seduce, o casi todo nos encanta, hasta las suaves –otras veces agrestes- líneas del horizonte, la variedad de sus árboles autóctonos, el color de sus suelos y caminos que pateamos tantas veces, el perfume de su tierra tiene un algo…un sutil embrujo que no se puede explicar y hasta el aire que se respira en sus caleyas, es distinto, inconfundible. Y no veas como de vez en cuando te apetece escuchar, llegar como un torrente a tus oídos, palabras vestidas con la aldeana y melosa che vaqueira, talmente con la galanura que la suelen pronunciar, sus habitantes más viejos.
Reposa oculto y medio perdido en el repliegue de un amplio valle que se prolonga desde el borde de la meseta Castellano-Leonesa, en la estribación norte de la misma cordillera Cantábrica, sin llegar al río Nalón. Es este un concejo de un único barranco que comienza en las Babias y termina en Peñas Juntas. Las vertientes más elevadas de los montes están tajadas y acuchilladas por todas partes, y en sus repliegues sinuosos crecen espléndidos bosques de castaños y robles. Los poco más de una veintena de pueblos que lo forman, precavidos se esparcen en reducidos núcleos habitados, que guarecidos y temerosos se asientan, haciendo equilibrio en sus laderas, como se cobijan las pegas en un surco para aprovechar los merucos liberados por el arado romano al esponjar y remover la tierra y a su vez abrigarse del frío y fuerte vendaval gallego.
Prados verdes y desnudos, bosques tupidos y bien poblados, tierra en la mañana brumosa, que parece humear de seguido. Gracias al sol el campo despierta sumido en lagañas, sacudiéndose con galbana el algodonoso camisón de vapores blancos. Llegando por el puerto de Marabio, trascantiada Santana, se divisa al frente la mayoría del valle y es digno de contemplarse al amanecer, el vuelo arremolinado de las grachas (cuervos) que surgen de cueva Furada y la Mucherina en plena peña Gradura, anunciados y envueltos por sus estridentes graznidos, se despliegan en el cielo como una nube prieta, se dejan caer de improviso sobre algún campo florido y luego se marchan levantando el vuelo otra vez al unísono, al ser espantadas por un mísero perro aldeano, que aparecía en la finca a la carrera, con las orejas tiesas, creyendo que había llegado la ocasión de darse un festín, a costa de tanto emplumado vestido de luto.
Allá al fondo se divisan los pueblos de Gradura y Prado, como nidos de golondrina abandonados a su suerte en el alero. Una pareja de vacas yuncidas por la cerviz y cargadas de moscas por los güellus, va tirando por un ramo de heno, las bestias llevan un paso cansino como entreteniéndose en disfrutar de la antigua calzada medieval, arrastrando o frenando en las cuestas, el macizo y poco más o menos prismático montón de yerba que se desliza sobre el suelo; va asentado encima de un ramo (especie de carro sin ruedas) y este sobre dos maderas dispuestas paralelas, y conocidas como calzaduras. Ora esbaria (resbala) sobre las piedras relucientes del camino empedrado, ora dibuja sendos y paralelos surcos sobre el reseco y cobrizo polvo.
El paisano que va tres pasos por delante de la yunta, las dirige con un largo y fino palo de avellano, de tanto en tanto toca con la varita mágica en la mitad del yugo, sin azuzar en el pescuezo a las reses, aunque lleve un aguijón en la punta, es dicha caña como la batuta del director de la orquesta. De vez en cuando coloca la vara horizontal sobre sus hombros y canturrea, enroscando estirado un brazo a cada lado de ella, dando la sensación de ser un espantapájaros o un crucificado. La extraña comitiva lleva un buen trecho caminando desde el puerto.
Las provisiones de alimento del ganado, se les están acabando en el pajar del pueblo y todavía resta por llegar el duro invierno, así que el aldeano, se ve obligado a carretear la sabrosa yerba de la que dispone en abundancia en Marabio, aprovechando el diario viaje de vuelta al pueblo. Durante el resto de la jornada, el hombre atiende las reses en el puerto. Es el trabajo rutinario de los ganaderos en plena seronda. Ya no revolotean en el aire los deliciosos aromas de primavera, en compensación visual, los montes de castaños visten su precioso manto de fuego, que te encandila en la lejanía, a la caída de la tarde.
El mustio sol de otoño trazaba en el aire, unas tenues y paralelas líneas de luz y sombra, por encima de los grandes fresnos del cierre de la finca. Por abajo la yerba pelada a conciencia por ovejas y vacas, hace de mullido césped, empapado de lluvia reciente, bien mojado, parecía querer hundirse al ser pisado, dando lugar a un apagado son: plof, plof de chapoteo. Los cargados manzanos, con el último vendaval, habían sembrado una parte importante de sus frutos rojizos y verdes claros, dando un tono distinto al campo verde oscuro. Un par de terneras, se alimentaban atadas a un pesebre y mugían estirando la cabeza en dirección a sus madres, que más alejadas pastaban sueltas.
En la antoxana, cercanas a la casa, las aves de corral daban movimiento a la escena, al tiempo que esparcían un montón de estiércol seco, paseando atareadas sus tonos que iban del blanco, al negro o al color café, escarbando y removiendo el cuchero en busca de gusanos, mientras cacareaban afanadas, siendo vigiladas de cerca, por dos tiesos y cantarines gallos, que por momentos se subían a sus lomos picoteándoles la cresta y manteniéndolas a raya con un intenso cloqueo; de vez en cuando los estirados vigilantes, perdían la compostura y se retaban enseñándose los espolones, dándose una batida en toda regla, a picotazos y usando los espolones con aparente fiera saña si se terciaba, con encrespamiento de sus estirados pescuezos, sin llegar a hacerse sangre, ni demasiado daño, ya que siempre cedía uno de ellos, escapando presto.
La canciecha de entrada se abrió, dando paso a un treintañero, cejijunto, prieto y con cuatro greñas por la frente, con apariencia de más de cincuenta, derrengado, con la geta bastante curtida y arrugada, como suelen tenerla quienes se pasan el día en el monte a la testera del sol; pasos lentos y torpes, seguramente agravados por calzar unas toscas madreñas llenas de paja, pa mantener calientes las zapatillas y los pies dentro de ellas. Lleva del ronzal una mula aparejada con albarda y sobre la que va una alforja de la que sobresalen sendas caramañolas (cantimploras) -se supone que llenas de leche- haciendo de pelliza de cierre un trapo blanco que cuelga del brocal de las mismas. En cuanto se acercó a la vivienda un perro negro con pintas blancas, atado con una cadena debajo de una alta cerezal y al lado de una especie de rústico cajón con techo de zinc, también con una pequeña abertura, y que le sirve de caseta de refugio, se puso a ladrar y dar saltos de alegría. El individuo le aplacó la euforia chillándole:
— ¡Chute, Moro! –el chucho se calló.
De la casa salió una aldeana, de cuerpo menudo, chata, fea y desdentada, vestido gris con pintas marrones, que cuelga flojo sin cinturón, como si de un espantapáxaros se tratara. Ella en cambio si aparenta rondar los sesenta. Pelo gris, gesto agrio y salvaje, como solo suelen tener algunos campesinos mal encarados.
— ¿Cómo sigue el buelu? -preguntó el hombre.
— El medico diz que se acerca el final, que nun saldrá de esta nuechi.
Se entraron en la casa, después de dejar atrás la cocina, se puede decir que esta es una estancia espaciosa, el techo alto y más ennegrecido por el humo que las mismas paredes que apenas daban muestras de haber sido blancas algún día. Un gato gris y negro por rayas alternas, dormía enroscado sobre una silla; un pequeño perro negro aparecía acomodado bajo la mesa y desde allí observaba con ojillos tristes y cansados el movimiento de las personas. En el aparador, las cacerolas y los cacharros de loza chispeaban, reflejando las llamas del hogar. En el aire se mezclaban los olores a leche, a potajes, a humo y manzanas asadas en la hornilla. En definitiva olor a vieja casa de labranza; de corrales y establos, de animales y de humanos, de cosas y de seres. Olor del tiempo pasado que dejó su huella indeleble en la vieja casa.
Pasaron a la sala y de esta a una habitación oscura, alumbrada a duras penas por un mínimo ventanuco, la puerta era una tosca tela de esparto colgada del dintel y que se apartaba a un lado para poder entrar. La pequeña estancia tenía gruesos pontones en el techo sobre los que van las tablas del desván, ennegrecidas y sin pintura y por donde se escuchaba a los ratones corretear desplazando las castañas, que allí encima esperaban quietas, para ser consumidas por los cochinos, siendo en ocasiones pasto de la fame de los mismos roedores, cuando no eran perseguidos por los fieros mininos. Se destacaban las blancas ropas del embozo de la cama, sobre una colcha deshilachada y de un color rojo apagado. Un anciano con la boca abierta como un pavo, respiraba con dificultad, esparciendo un sonido ronco por la estancia, de fuelle de fragua descompuesto y bastante estropeado. Se acercaron al moribundo con ojos resignados.
— ¡Paezme a mí que se acabó! desta nuechi nun pasa –dijo el nieto
—Tseva tol día gorgotiando como una pota ferviendo –corroboró la madre, hija del doliente.
El anciano tenía los ojos cerrados, la piel como de cera y la barba crecida, de su boca se escapaba un aliento por momentos agitado y la camiseta de felpa desabotonada se levantaba siguiendo el pecho en cada penosa aspiración. Estuvieron un rato en silencio, pensativos contemplando el agonizante.
— Nun hay nada que facer, aparte de esperar la muerte –dijo el nieto con gesto contrariado, continuando:
— De todas maneras ye un contratiempo gordu, mañana má, deberías pasar por el Castañedón a recoyer algunas castañas, ya que si non corremos el peligro de cuando vayamos nun alcontrar ni pal amagüestu. Yo teniendo que baxar un viaje de yerba, ya ves a la hora que tsego to los días.
Salieron de la estancia pasando a la cocina, la mujer dio sensación de inquietarse al sopesar las razones de su hijo, aunque continuó a la mortecina claridad de la vela que había encendido para lavar las cucharas, enjugar los vasos, y cortar las sopas de pan para preparar la cena. Al poco el hijo salió afuera y se alejó de allí, caminando en la oscuridad. Era una noche sin luna, sin estrellas, una de esas noches cargadas de niebla en las que el aire parece apelmazado por la humedad. Un ligero olor a manzanas flotaba en el ambiente, porque era la estación en que se recogían las más tempranas variedades, aparte que la Pumarada quedaba mismo al lado. Pasó por delante de la puerta del establo que tenía la parte de arriba abierta, un vaho le dio en la cara, saliendo el cálido olor de los animales que permanecían echados sobre la mullida cama de estiércol y restos de yerba; al pie de la cuadra, se oía el pataleo de las caballerías y las vacas, y también el ruido de sus mandíbulas sacando y masticando el heno de los pesebres.
El nieto meditaba la molestia que significaba el que el viejo no acabase de morrer, convencido que el muy cascarrabias seguro lo haría para fastidiarle en el fin de semana, dio en acrecentar el encono contra el moribundo, pensando que tendría que bajar del puerto a media mañana todo apurado pa repartir las esquelas por los pueblos cercanos, y es que nunca se había llevado bien con el abuelo, y ese bribón se la tenía jurada, siempre tratando de molestar lo más posible ¡hasta en su última hora! Ni podían recoger las castañas, tendría que interrumpir la diaria bajada de yerba de Marabio y lo que más le dolía, no podría fartase a sidra y cubalibres que era lo que solía hacer la mayoría de los fines de semana. Comenzaba a llegar relente, así que volvió sobre sus pasos. El bosque de la Melendral, casi desnudo ya de hojas, al llegar la noche desprendía humedad como una sala de baños. Al caminar por él, se sentía bajo los árboles, que recientemente fueron azotados por los chubascos, un tufo mohoso, un vaho de agua pantanosa, de hierbas humedecidas, de tierra arcillosa mojada. Los pocos días que se llevaban del otoño habían sido lluviosos y tristes; las hojas resecas del verano, en vez de crujir bajo los pies, se estaban pudriendo en las pozas propiciadas por los cascos de las patas de los animales sobre los caminos, todavía empapados por los aguaceros.
Se pusieron a cenar, cuando terminaron la sopa, se repartieron de una fuente alargada, un buen plato de patatas fritas con un huevo humeante encima y un chorizo enroscado haciendo de pajarita grasienta y roja, una vez la mujer hubo fregado los platos, dieron una última gira de reconocimiento a la habitación del agonizante. La mujer pasó la humeante vela insertada en su palmatoria por delante de la cara del padre, que de no ser por la respiración, sin duda lo creerían muerto. Sin decir nada se encaminaron a sus habitaciones, apagaron la luz, cerraron los ojos, y bien pronto dos ronquidos solistas –uno grave otro agudo- vinieron a acompañar el eterno y monótono del moribundo. Mientras tanto las ratas corrían a sus anchas por el desván.
El tiempo de repente se había transformado, amaneció un día de verano espléndido, sin duda se trataba del clásico veranillo de San Miguel, lo que presagiaba la llegada de unos cuantos días cálidos, puede que todavía un poco velados pero que venían a rescatar el agradable recuerdo del pasado verano. La vieja pasó de la habitación a la cocina, abrió la alacena, sacó un panchón cortado a la mitad, negro y compacto con cientos de diminutos ojos. Con un cuchillo de enormes dimensiones cortó con cuidado una enorme rebanada, dejó el cuchillo y el pan y con la mano medio cerrada y de canto, fue arrastrando al borde de la mesa las migajas, recogiéndolas sobre el hueco de la otra mano, echándoselas a continuación a la boca, con la intención de que no se desperdiciase nada. Luego del armario se hizo con un plato que tenía una manteca envuelta en papel de estraza, destapó el manjar color de oro y con el mismo cuchillo fue extendiendo con paciencia una buena capa de la untosa mantequilla, espolvoreando a continuación con una cucharilla, varias cucharadas de azúcar que vinieron a endulzar y fundirse sobre la lisa superficie. Culminada la preparación se puso a comer dando enormes bocados que masticaba lentamente, entretenida en la mecánica alimentación, le dio por pensar que dejando aparte la niñez, no tenía buenos recuerdos del viejo, él había quedado viudo bastante joven y hubo una época –cuando ella era moza- en que aquella ruda bestia le daba por apalearla, le propinaba un buen repaso, lo mismo que de vez en cuando se barea la lana del colchón, era la forma que tenía de desfogar su resentimiento contra el cruel destino, y que ella venía a pagar con sus costillas, sin comerlo ni beberlo.
Convencida de que el fin del viejo estaba cercano, se dijo que sería necesario tener preparada algo de comida para los que asistan al entierro, ya que a los parientes cercanos que habitaban en los más alejados pueblos del concejo habría que darles de comer. Así que decidió preparar unas empanadas, un caciplado de arroz con leche y unos tarros de dulce de leche, contando también con unas cuantas longanizas y un buen jamón curado, colgados en el armario que hacía de despensa, para completar el condumio. La mujer se puso a la faena, sacó del mueble fresquera una saca blanca como de cinco kilos, vertió una porción de harina sobre la mesa de castaño, hizo un hueco en el centro que rellenó con leche y unas pizcas de levadura, mantequilla y sal, luego fue colapsando los bordes, pasando después a amasar con mimo, volviéndola una y otra vez, aplastándola, mojándola, sobándola, terminando por formar una bola amarillenta que dejó en una esquina de la mesa, tapa con un paño blanco, en lento proceso de yeldado, para después preparar la pasta de las empanadas.
Dejando para la caída de la tarde el preparar el dulce de leche y el arroz, que le daría más trabajo por aquello del cocer y revolver al mismo tiempo, salió al camino con la idea de acercarse a la Pumarada a recoger unas manzanas con que adornar la empanada de dulce. Estaba en plena faena manejando desde el suelo el cogedor, cuando un vecino que pasaba llevando del ronzal un burro cargando un esterón -que casi le arrastraba por el suelo- colmado de estiércol, se dirigió a ella diciendo:
— ¿Y el viejo, como se encuentra?
— Sigue igual ¿Qué quies que te diga? A punto de morrer y sin lograrlo. Poco más o menos como un vegetal. No se como puede aguantar tanto, ye duru como un tarucu de espinera.
Regresó de recoger las manzanas con el cesto bien lleno y llevándolo en la mano, lo dejó sobre la masera y con las mismas se encaminó a la estancia del moribundo, cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, notó que en la faz del abuelo, algo parecía haber cambiado… de pronto le dio un balto el corazón… Para comprobar que ya no respiraba, le acercó –como le habían recomendado- la llama de la palmatoria a la boca, observando como esta no sufría el más mínimo movimiento, ahora tenía la certeza que todo había acabado. Poco le faltó pa gritar a la ventana ¡El viechu morrió, ya palmó! Eso sí respiró aliviada.
Por muy buenos sentimientos que tengamos, es normal que pensemos que hay personas que no saben marcharse en silencio y sin prolongar la agonía, y es que son tan torcidos, que hasta en la hora de la muerte tienen que causar trastornos a quien se queda. En el campo un moribundo no deja de ser un estorbo, un inútil contratiempo que cuanto menos dure, mucho mejor, y puede que lleguemos a disculpar el comportamiento de las gallinas, que en cuanto ven que una de ellas se está quedando inválida, por un cruel instinto –ellas por lo regular, tan cobardes siempre- pese a ser sus compañeras, arremeten al unísono contra la que tien la morrina, a picotazo limpio, hasta rematarla. Así de descarnada es la naturaleza en su comportamiento.
No se comprende que se pueda reír y estar alegre con la certeza de la muerte a tu alrededor. La vida del abuelo se había reducido a levantarse, vestirse, comer y acostarse; todo a horas fijas, y el nieto -por mucho encono que le tuviera- iba por el mismo camino, y allí quedaría con su madre, esperando que la parca les fuese llamando por el orden establecido.
Mientras el cielo azul extendía su frío dosel sobre los verdes campos, tálamos de la naturaleza, donde la muerte y la vida se entrelazan a diario. El menguado dolor de una hija y de su nieto, que por fin respiraban aliviados, no empañó con la más leve sombra, la divina armonía de aquel cuadro palpitante de vida, muerte y de paz silenciosa, en un pueblo perdido y olvidado, entre las montañas teverganas.
Video con vistas de los Lagos de Covadonga
Las fotos que siguen pertenecen al concejo de Teverga, lugar donde se desarrolla el cuento.
Playa de Xagón en el concejo de Gozón. Por Max.
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Era domingo por la tarde y estábamos un tanto cansados del encierro entre las cuatro paredes –llevábamos todo el día enjaulados en el dulce hogar- así que de común acuerdo con mi querida compañera, montados en el auto, tomamos la Y griega dirección Avilés, nos desviamos a su entrada por la carretera de Luanco y unos metros más allá seguimos a la izquierda rumbo a San Juan de Nieva, terminando por aparcar en una curva, al poco de iniciada la bajada a la playa. Es lo bueno que tiene el vivir en una ciudad de tamaño ideal y contar con unos alrededores de ensueño, a los que puedes llegar en menos de media hora de auto.
Cualquier época del año es buena para pasear, descansar, o trotar al borde de este extenso arenal de unos dos kilómetros. Puedes disfrutar a pleno pulmón de los olores frescos y húmedos de la mar, admirar su amplia panoplia de colores verdes, azules u ocres, y con un poco de suerte hasta acertar a ver surgir los destellos del sol del mismo agua, a la llegada de la noche; ¡en fin! el motivo y beneficios estaban claros, el contagiarte de la vida sensorial que esparce este generoso arenal, en toda su extensión y sin cobrarte nada por ello.
Esta playa pese a la proximidad de Avilés no se queda pequeña ni en pleno verano, hay sitio abondo pa todos, sean estos surferos, jugadores de raquetas, amigos de hacer volar la cometa, o xugar a la pelota, ahogar las pulgas del perro en el agua, bañarse en porrica… u lo que se tercie, y nada digamos de los aficionados a la pesca con caña que a veces son legión, dada la merecida fama de que goza esta amplia puesta, gracias a las lubinas que dicen haber capturado por aquí, aunque por lo general los de este gremio, ya sabemos que suelen ser un poco exagerados; y hasta los más arrojados practican el parapente y vuelan como moscardones sobre tu cabeza, después de lanzarse desde el alto acantilado. Absolutamente todos sin discriminación, tienen su acomodo, aunque sea en las horas alrededor de la pleamar.
Caía la tarde y éramos muy pocos los que en aquellas horas tardías, nos aventurábamos aquel festivo en la playa. Sobre la línea donde mueren las olas, alguna osada sujetaba con una mano los botines de charol y del otra le colgaban los calcetines como bandera al viento, con el pantalón subido por encima de las rodillas, caminaba por la orilla empapando sus pies desnudos en la espuma que debería estar helada. Si no fuese por las engorrosas medias que me comprimen las malvadas varices, seguro hubiese caído en la tentación de imitarla. Al fondo dos jinetes montados en sus yeguas, galopaban al borde del agua dejando en la arena húmeda, bien marcado su herrado y caprichoso sendero.
La espuma del pequeño temporal dibujaba cientos de surcos blancos sobre la superficie levemente rizada, y dado que estábamos pesarosos por no poder gozar a plenitud del agradable dibujo, así que decidimos elevarnos para poder contemplar aquella maravilla a vista de pájaro desde las alturas de Cabo Negro, por lo que tuvimos previamente que recorrer toda la extensión del arenal. Vuelta la vista atrás según íbamos ascendiendo por el acantilado, la ciudad de Avilés volvió aparecer con su ría, a nuestra izquierda como una espuma azul, detrás de la península de San Juan de Nieva. Cuenta este extenso arenero con campos dunares y un par de lagunas interiores donde se refugian y solazan entre sus juncos, varias especies aladas y varias más de sangre fría. Cerca de la orilla, se perfiló una sombra, borrosa de principio, fue poco a poco agrandándose, dibujándose. Era un barco que esperaba para adentrarse en la ría, y según avanzábamos por la playa, fue descubriendo el amplio volumen de sus bodegas.
Acunado por la brisa que llegaba del mar, entre dos mundos uno líquido y azul el otro sólido y amarillo, pensaba en la pequeña humanidad, en la ajetrada e insignificante vida, tan modesta y hostigada, esperando que llegue el lunes para volver a la rutina y moverte como un grano de arena perdido en la polvareda de los mundos, sumido en la miserable legión de hombres, diezmados día a día por las enfermedades, aplastados por los terremotos financieros, sacudidos por un mundo que gira y gira sin control. En esos míseros seres casi invisibles al final del arenero y tan cerca de la gran urbe, tan vanidosos y locos, tan pendencieros, que se ocupan en perder el tiempo matándose unos a otros, no teniendo más que cuatro días para vivir y disfrutar de estos paraísos que todavía –por poco tiempo- nos brinda la naturaleza.
¿Hay algo más agradable que dejar correr el pensamiento, mientras se avanza con parsimonia por el borde del acantilado, muy cerca del pueblo de Laviana? Envueltos en luz, acariciados por la brisa, caminamos contemplando las olas que van llenando de paletadas con destellos amarillos y blancos el grandioso lienzo. Desde arriba contemplaba maravillado la inmensidad de la rectilínea playa y poco cuesta imaginar, que aquellas diminutas viviendas que apenas se divisan en la lejanía, encaramadas en lo alto del istmo de San Juan, que en un día no tan lejano, seguro que mismamente aquella que aparece aislada junto al camino que serpentea, era antaño una reducida vivienda de pescador, con paredes de barro y techo de paja; que tenía frente a la puerta un huerto grande como un pañuelo, donde crecían algunas cebollas, coles y perejil, todo ello rodeado por una empalizada de troncos de castaño. El hombre ha salido a pescar, la mujer está remendando las redes tendidas a lo largo del muro de cierre, como una inmensa tela de araña.
En la leve niebla dormida sobre la playa no calaba el más leve soplo de aire. Parecía una nube de algodón recostada y dormida sobre el agua, se distinguía la orilla, aunque confundida con los vapores de formas raras de las nubes. El perfil de una pareja corriendo con el perro se destacaba sobre el oscuro acantilado del fondo y el reflejo claro del sol sobre la orilla húmeda. Las asemeyas ya no salían nítidas, no cantaban los gallos pero si ladraban los perros, sonido que llegaba apagado desde los dispersos núcleos habitados. El mar se estaba tranquilizando si acaso continuaba un poco rizado; aun así me sentí emocionado por el silencio extraordinario que se adivinaba envuelto por el fondo rumoroso de las olas. Todos los animales, ranas y sapos, esos cantantes nocturnos de las lagunas dunares, aparentaban estar callados. La noche poco a poco hacía su presencia y no apetecía marcharse, de pronto, a mi derecha, muy cerca de mí, una rana croó. Me estremecí. Se calló. Fue la señal de dar comienzo al regreso.
Denomino esta playa como Xagón por que mi suegra Nieves –ya fallecida- así la llamaba y como nacida y habitante del concejo durante toda su vida, seguro tenía sus poderosas razones para hacerlo.
Castro de Cabo Blanco en el Franco. Por Max.
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Después de la cordial reprimenda del amigo Chema, por mi manifiesta vagancia (llevo más de un mes sin juntar letras ni colgar nada en el blog) Bien dicen que el otoño conmueve el espíritu y que también es la estación de la reflexiones, estoy un tanto desganado –es la calma chicha que precede a la tempestad- a nivel personal tengo muy poco trabajo y la galbana me lleva a restar ánimos y dejarlos en tan mínimos, que hasta me muerde el darle a las teclas. Necesito que me den caña, estar apurado, en tensión, no tener tiempo para nada, y así a salto de mata entre una factura, un presupuesto o un Estudio, verme obligado el escribir a toda prisa sin pensar. Por otra parte me pregunto: ¿habrá por ventura algo más hermoso que estar hundido en el sillón, papando moscas debajo del fluorescente como un sapo cualquiera?
Hoy retomo la faena con el relato de la última caminata, que dimos comienzo -este último sábado- en la preciosa localidad de Viavélez –concejo de El Franco –(llegados a este punto tengo que dejar constancia que en contra de las apariencias, el nombre de este concejo no tuvo nada que ver con el quícaro sanguinario de tan infausta memoria, sino con un italiano un tal Franco de Siena que se perdió por aquellas tierras -haz la tira de años- buscando la sepultura del payaso de Santiago) También fue patria chica de Corín Tellado –esa sí que juntó, encadenó y vendió letras a porrillo- Las viviendas de los pescadores se cuelgan alrededor del puerto, dibujando un pintoresco y atrayente cuadro. Dicen… y por lo que pude apreciar debe ser verdad, que los marineros de esta localidad suelen pintar los corredores y balconadas de sus casas, con los mismos vistosos colores que dan a sus embarcaciones. Dado que la luz de estos días otoñales se acorta y contando con que a las seis de la tarde ya es de noche, decidimos ir provistos de bocadillos con la sana intención de dar buena cuenta de ellos en la playa de cantos rodados de Monellos -como así fue-
Salimos de Gijón con unas nubes prietas como cojón afumado de burro, el cielo sombrío y xarriando como si fuese de agua, con las luces del coche encesas como en plena noche, aunque en mí interior albergaba la esperanza… ya que la tormenta venía de Galicia según fuésemos avanzando hacia el occidente el tiempo mejoraría. Pasamos Luarca y los deseos se convirtieron en realidad, el firmamento se fue aclarando y ya alternamos el sol con nubes algodonosas, durante el resto del día, que dio en elevarnos el ánimo y desterrar el calificativo de chiflados con el que antes nos habíamos torturado. Cuando llegamos a la ensenada de Viavélez y subimos al mirador pudimos contemplar el mar un poco revuelto y una bonita perspectiva de la hermosa localidad.
Caminamos por entre montes repletos de apestosos eucaliptos, aunque de vez en cuando aparecía algún aislado castaño, sobreviviente de la plaga propiciada por la monstruosa papelera de Navia que no tiene más afán que devorar miles de árboles de crecimiento rápido. En principio la senda discurre bastante alejada de la costa y quizá pudiera inducir al desencanto, pero al ir acercándote al Cabo Blanco quedas compensado con creces. Llegando a la altura de Valdepares pasamos por delante del palacio que perteneció a la familia de D. Diego Castrillón Cienfuegos, en cuyos jardines se conserva una fuente de aguas ferruginosas a la que se le atribuyen propiedades medicinales, dicen que en el caserón se conserva una interesante biblioteca.
Es el famoso cabo, un promontorio costero que se adentra en el agua formando una estrecha península y sobre el que se localiza el Castro de Cabo Blanco, defendido por un gran foso escavado en la roca pizarrosa que lo aísla de la tierra, según te vas adentrando, contemplas el suelo castigado por el agua en las pleamares, que te descubre vistosas cuarcitas blancas, que por cierto le dan nombre por su vivo color. Hace mucho tiempo por aquí habitaban los cibardos que fueron romanizados y seguramente este castro fue testigo de alguna de las últimas y encarnizadas escaramuzas con los invasores romanos de aquella época los metieron en cintura imperial.
El viento del oeste ya no soplaba tempestuoso, pero se notaba que unas horas antes se había encargado de arrastrar las nubes invernales, pesadas y negras que habían descargado previamente sobre la tierra, furiosos chaparrones. El mar no estaba demasiado encrespado, no obstante azotaba las rocas de lo lindo y hasta se permitía bramar, precipitando sobre las orillas del Cabo Blanco olas respetables, babosas y continuadas que restallaban con sonido de artillería. Llegaban una tras de otra, esparciendo en el aire, la abundante espuma blanca de sus crestas, como si se tratase del sudor de un monstruoso y ciego Polifemo cualquiera, que bufaba como un condenado, al tiempo que repartía mandobles en su loco delirio.
Las vistas de la costa desde allí fueron impresionantes, disfrutamos de una bella panorámica de la costa Cantábrica, donde se descubren abundantes puestos para la práctica de la pesca a caña, aunque ese día la mar estaba un poco brava para practicar tan noble arte, seguro que por aquí abundan los sargos, congrios, calamares, lubinas, pulpos, maragotas, agujas, o rodaballos. Después de sorber a conciencia el paisaje continuamos camino hasta llegar a la Punta de La Atalaya, donde la fuerza del mar ha esculpido un pintoresco puente. En los siglos pasados estas atalayas han servido de oteaderos para localizar las ballenas, cuando su pesca era intensa y una de las principales ocupaciones de los habitantes de estas escarpadas costas del Cantábrico.
El regreso discurrió con paso más vivo, entre otras razones por que la noche se nos echaba encima, y la verdad sea dicha, el caminar por caminos desconocidos a palpu no me haz ni pizca de gracia. Las gaviotas continuaban chillando y sobrevolando los altos acantilados y nosotros poco menos que como alma que lleva el diablo nos plantamos en Viavélez cuando la luz comenzaba a escasear, un poco cansados aunque contentos con la caminata tan placentera que habíamos tenido y disfrutado de ella de lo lindo.
Siguen unas fotos de la localidad de Viavélez y el Castro situado en Cabo Blanco
¡Que tiempos aquellos! Por Max.
SOTRES
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Sin duda eran otros tiempos, entonces el cura era el gobernador en plaza del pueblo, y asistir a misa los fines de semana, era poco menos que una obligación de todos sus habitantes, fuesen estos creyentes, y en caso de los tibios… ya que por supuesto ateos –por orden expresa del Caudillo, que previamente se había encargado de segar de raíz esa mala cizaña ¡y a conciencia!- Así que de ese género de descreídos, no quedaba ni uno solo ¡faltaría más! Aparte fuere que a los pocos que flojeaban un poco en la fe, les interesase con más y mejores razones el guardar las apariencias; no en vano los informes del orondo y coloradote sacerdote solían llegar con regularidad, al Cuartel de la guardia civil y ¡hay del que fuese pillado en un renuncio! Pronto era llamado a capítulo, e invitado a pasar por el cuartelillo y luego los quejidos… por no decir el llanto y castañear de dientes, solían oírse a bastante distancia, del tenebroso caserón.
El encargado de Dios en la tierra, encaramado en un pequeño púlpito, que ante la vehemencia del predicador, amenazaba por momentos con venirse abajo, escupía atropelladamente, gesticulando con gran energía entre pequeños y acompasados eructos… -hay que decir en su descargo, que debía atender varias parroquias, en la mañana, y con tanto levantamiento de copa, no era de extrañar, que para la misa de la una, anduviese un poco cocido y que se le viese en el púlpito un tanto inseguro en mantener la vertical y con el color del rostro subido y un tantín acalorado- El caso es que se le inyectaban en sangre los ojos, y lanzaba por ellos rayos y centellas, como guadaña de segador en medio de la rociada, a las seis de la mañana, tronchando con inusitado brío un campo de amapolas; los últimos párrafos de su sermón, repartían mandobles en todas direcciones –sobretodo a la siniestra- amenazas de fuegos y condenas eternas, que pasaban como flechas incendiarias, por encima de las negras mantillas de las arrodilladas campesinas, de los finos pelos blancos de los mas viejos –que recogían la boina en la mano- y de las greñas ensortijadas y enmarañadas de los recios campesinos en edad de trabajar, y que dentro de muy poco, haciendo caso omiso de la prédica, aparejarían la yunta de vacas, para disimuladamente y con el temor en el cuerpo de un criminal que profanaba el día del Señor, disponerse a atender la huerta y sembrar con el arado romano, la previamente esponjada tierra, sin tener en cuenta las órdenes y consejas impartidas por don Jesús, y es que la simiente no sabía de días sagrados, y ellos lo tenían claro y bien aprendido, cuando: era tiempo de semar, había que semar, y dejarse de monsergas, por muy santas que estas fueren.
Era un día de mayo con aire calentucio, y aunque las napias de don Jesús no estaban en las mejores condiciones de apreciar el olor a cuadra que fermentaba aquella iglesia pueblerina, atestada hasta los topes, por aquesta nutrida y aguerrida recua de feligreses, que daban un cierto husmillo a res vacuna, si bien quizá la mayor culpa del pestazo ambiente, se debiera a unas vacas que moscaban tumbadas a la sombra que propiciaba la alta torre de la iglesia, sobre un prado lindero, y de donde también llegaban sus mugidos que venían a amenizar y dar acompañamiento a la sagrada eucaristía –toques de esquila incluidos- Terminaba el sermón haciendo un repaso a las cuitas del rebaño, anunciando que después de la reciente muerte de la piadosa vecina doña Eufrasia, su afligido marido no tenía quien le cuidase y por tanto él como buen amigo de la difunta y del desconsolado viudo, aprovechaba para proclamar que don José necesitaba con urgencia, una joven criada trabajadora y decente, rogando que se abstuvieran algunas que él se sabía.
El pórtico de la entrada al venerado recinto, aquel día estaba muy concurrido, en el se apiñaban un buen montón de feligreses, a los que de vez en cuando llegaban espaciadas rachas de tibia brisa. Eran vecinos que llegaron un poco tarde, y por tanto no pudieron entrar, o eran menos fanáticos o bien como se estaba más fresco… seguían la sagrada eucaristía, tras la gran puerta abierta. Por otra parte, para compensar tanta calor humana interior, de vez en cuando se colaban agradables aromas silvestres que a duras penas lograban penetrar hasta el fondo, moviendo al paso: mantillas, cintajos y haciendo temblar las amarillentas llamas de los cirios, que escoltaban los santos y las vírgenes de añeja madera, colocados en sus pedestales a ambos lados de la oscura nave.
Don Jesús era un cura muy campechano y pese a que las malas lenguas decían que durante la guerra había usado pistolón al cinto y no había tenido demasiados remilgos en apretar el gatillo, por supuesto cuando se vio obligado por las hordas marxistas –que se sepa- nunca a nadie había amenazado con su arma… –del género femenino no es ahora ocasión de ocuparse- Si bien en el púlpito animado seguramente por los efluvios espirituosos, solía explayarse y tratar los asuntos -divinos y humanos- de la comunidad, con abonda (bastante) vehemencia, sin que nadie se atreviese acusarlo a la cara, de haber dado un solo mal consejo, a sus fieles ovejas.
Nicolás era en cambio un antiguo ateo que había sobrevivido oculto en las catacumbas y aunque asistía con regularidad a misa, más bien era por: “la cuenta que le tenía” y pa no señalase, si bien las cosas de la iglesia las consideraba como pendejadas de muyeres y berrones; y ya que le facía a menudo la rosca al cura, que menos que le sirviese para sus intereses. Tenía una hija no demasiado espabilada, pero era trabajadora y bien enseñada. Especulaba, después de oír la demanda del cura, y estaba convencido, que si acertaba a jugar bien sus cartas, el puesto sería pa la su fía, con lo que podría asegurar el futuro de ella, el de la parienta y el suyo propio, amén de un provechoso y regalado retiro, no en vano don José tenía fama de rico y tener el riñón bien forrado.
Las cavilaciones del final de la misa, le volvieron a Nicolás cuando sentado a la mesa, en una modesta casucha, situada en los límites del pueblo, al pie de un molino, esperaba que su esposa calentase en el fogón la pota, mientras su hija Adela sacaba del aparador, platos y tazas y los distribuía en la mesa sobre el raído mantel. Después de todo su hija aunque estaba a punto de trascantiar la treintena era joven abondo (bastante) y si bien quizá pecaba de simple, tenía buen humor, era mandada y frescachona, y aunque había sido abandonada hacía unos años, por un mal mozacu, quedando un poco resabiada y resentida, quizá esa misma simpleza, sería su mejor recomendación –al cura don Jesús ya se había ocupado por la mañana, de trabajarlo para tenerlo de su parte- Al hilo del pensamiento, dejó caer, dirigiéndose en especial a su señora:
— Después de la petición del cura en el sermón de la mañana y visto que don José nun se lleva bien con los sus parientes, sería importante tar al quite, y nun desaprovechar la oportunidad de prosperar. -Y continuó dando forma a su pensamiento:
—Tal vez sin tardanza –antes que alguien se nos adelante- debiera dirigirme mañana bien ceu (temprano) a casa de don José, para ofrecerle la nuesa fía, ahora al estar viudo hay posibilidad cierta de sacar tayada.
Mientras la mujer sin decir nada, colocó la cacerola roja en medio de la mesa, que al ser destapada, de entre aquel cocido a lo pobre, se dejó escapar una columna de humo que llegó al techo con olor a patatas cocidas y que aparentaban estar entre solteras y viudas. No obstante ante las palabras de su esposo, quedó pensativa… terminando por comentar:
— Nun ye mala idea –dijo la mujer, mientras se revolvía hacia su hija que no abrió la boca.
—Adela, mañana bien temprano te preparas de fiesta e irás con tu pá, a casa de don José pa quedar allí de criada. ¡Guárdate bien de obedecerlo en todo cuanto te pida u ordene!
Terminaron de cenar y fuéronse a dormir, estando tumbados en la cama al poco el padre -que algo le rucaba en la cabeza- preguntó de improviso:
—¡Oye neé! A la nuesa fía comerái el quiquiriquí
—Aunque paezca un pocu fata, esté sola y nun tenga mozo ahora, el quiquiriquí seguro que y come comu a todas, y estando en plena mocedad, comu a la que más.
—¡Entonces, Tranquilízasme bastante! nun hay nada que temer.
—Tu que la entiendes meyor, recomiéndai, que nun se niegue a nada. Prepárala y alecciónala en tolos detalles, nun vayamos echar a perder la conquista de ese rico viudo, hombre cabal, y aunque sea un poco tayudo, más que apropiado pa la nuesa fía, y de paso la salvación pa nos, por unos remilgos inoportunos. -Como díz el conocido cantarín:
Castigo de Dios merece
la mujer que nun lo da,
el home cuando lo pide
ye que tien necesidá.
Bien temprano padre e hija con paso decidido se dirigieron al vecino pueblo, donde en un caserón cercado con alto muro de piedra, vivía don José, de sus rentas y a cuerpo de Borbón. Era esta una residencia campestre medio señorial, de las que solían construir por aquel tiempo, los labradores ricos, con los perros atados debajo de los manzanos del corral. En principio estaba retirado de su profesión, aunque no le hacía ascos a un negocio que se le presentase de improviso, si la rentabilidad estaba asegurada.
Don José aparentaba cincuenta y pico de años, se diría que era forzudo, resistente y sanguíneo, medio campesino, era también un poco obeso o más bien panzudo, jovial, picardioso y amigo de chanzas y requiebros; como buen tratante de reses, estaba acostumbrado a adivinar en la cara de su oponente, sus ocultas intenciones. Habituado a lidiar con todo tipo de reses, invirtiendo bien sus ganancias se había hecho con un buen patrimonio. Tenía fama de fogoso y de tomar culinos de sidra como si fuese agua, eso sí por la mañana la copa de orujo -pa desayunar- era más que sagrada.
Recibió a la pareja sentado a la mesa y teniendo delante su habitual copa de orujo, invitando a Nicolás a un trago de licor que el mismo se encargó de servir en un diminuto vaso. Aunque presentía el negocio que los traía a su casa, no dejó de preguntar con su vozarrón:
—¿Qué se le ofrece hermano?
Fue el padre quien respondió:
— Esta ye mi fía Adelaida y como ayer el cura dijese en el púlpito, que necesitaba una criada, venía a ofrecérsela.
El hombre miró a la muchacha con ojos escrutadores y en un segundo sopesó pros y contras, midió y adivinó carencias y virtudes, preguntando sin más rodeos:
—¿Cuántos años tién la cordera?
—Va pa treinta en la Seronda, y ye limpia, trabayadora y muy mandada.
— ¡Trato hecho! Le daré trescientos reales al mes y la comida.
Al día siguiente Adelaida llevando en la cabeza muy presentes, las últimas recomendaciones de sus padres, sobre todo la que más le habían recalcado: “No negarse a nada, y estar dispuestas a hacer todo cuanto se le pidiera”
A decir verdad el viudo, entre la enfermedad y la posterior muerte de su esposa, llevaba demasiado tiempo durmiendo solo, sin compañía de hembra, juzgando que sería de tontos, el no aprovechar a su joven criada para tratar de dormir caliente. Así que se dirigió a ella con cierta malicia en el semblante, en estos términos:
— ¡Vamos a dexar las cosas claras! Tu aquí yes la criada, la criada na más ¿Entiendes? Y nada de xuntar las mexaderas.
No se sabe si lo decía con ánimo de sentar las bases de su futura relación, o más bien con la oculta pretensión de sondear la disposición y hasta donde podía llegar con la rapaza.
—Sí don José, mira que nun ye guasón ni nada ¡lo que usted diga!
La primera noche no pasó nada, aunque Adela tenía el presentimiento que algo tramaba el viejo, por los comentarios y las miradas que le dedicara en la cena y no iba muy descaminada al recordar la cancioncilla:
Bien sé que estás en la cama,
bien sé que no duermes, no,
bien sé que tienes la mano
donde el pensamiento yo.
La segunda noche, eran altas horas de la madrugada y ninguno de los dos dormía, Adela mirando al techo sintiendo rebullir la cama del viudo, acompañaba el pensamiento con la conocida cancioncilla:
A ti te lo digo, viejo,
a ti te lo digo, atiende,
el carbón que ha sido brasa
con poca lumbre se enciende.
A la tercera noche estaba Adela a punto de dormirse, cuando le llegó nítido el vozarrón de don José:
— ¡Adela, sube rediós! -continuando en cuanto la criada asomó la cabeza por la puerta:
—Ya estuvo bien de dormir solo. A partir de güey esta será tu cama y si no estás de acuerdo, ya te puedes ir largando, no te necesito.
Y desde aquel día, cuando llegaba la hora en que los gatos andan por el desván detrás de las gatas, no dejaba de cantarle:
¡Adela!
tengo la pixina mala,
los coyones tán de luto,
abre las piernas, rapaza,
ya entiérrame este difunto.
Y tanto fue y fue, el cántaro a la fuente…
Habían pasado seis meses cuando Adelaida estando de visita en casa de sus padres, este siempre observador la miró con detenimiento, ya que había notado a su hija un poco más gruesa que de costumbre, le iluminó la cara media sonrisa al cavilar… preguntando de sopetón:
—¿Tu no estarás preñada?
Ella se puso colorada y respondió:
—¿Qué dices pá? ¡No creo, no, supongo que no!
— ¿Vamos a ver fía? ¿desde cuando duermes en la cama del viudo?
Tuvo que terminar confesando que desde el tercer día, la cosa estaba clara, no había lugar a dudas. En aquel instante llegaba la madre. El marido le explicó, sin señales de enfado en la voz:
—Ahí donde la ves, tu fía está preñada.
En un principio la madre dejándose llevar por su condición de depositaria y fiel guardiana de la honra y virtud de la hija, la trató a la baqueta, levantando la voz con insultos grueso como: ¡felpeyu! ¡arrastrada! y hasta de ¡puta!. Después recapacitó un tanto y ante el toque de atención y reconocimiento de su esposo de cierta parte en la culpabilidad, ya que en el fondo ellos habían sido más que responsables, no en vano la habían alentado y poco menos que empujado a aquella casa, con la secreta y no confesada esperanza, de que lograra cazar al viudo.
— Nun ye hora de reproches, ye la de tratar de resolver el asunto –con don José- de la meyor y de la más favorable de las maneras posibles. ¿Me entiendes?
En la plática del día de Reyes el orondo sacerdote don Jesús, anunciaba satisfecho desde el púlpito el compromiso y las amonestaciones de don José Villaverde Prendes con la señorita Adelaida Rodríguez Peláez.
En adelante, el antiguo tratante se sintió satisfecho de poder contar con el calor de la joven en la cama, para encarar las crudas noches del frío invierno, los padres se frotaban las manos y la criadilla que se había convertido en señora, más.
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PLANTANDO EL PALO DE LA FIESTA EN SOTRES
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