El trabajo ¿bendición o castigo? Por Max.
En nuestra sociedad actual muchos opinarán que el trabajo es una maldición. Vivimos en una sociedad desigual y cazurra, que a imagen del Dios católico, castiga con el trabajo, ¿a quién? En particular a los pobres, ya que el único delito social con obligación de ser expiado, es la miseria. Esa misma miseria que se pena con trabajos forzados. El taller, la fábrica o la oficina son los recintos acotados del presidio. Las máquinas son los instrumentos de tortura de la actual y tolerada inquisición democrática. Fueron necesarios varios siglos de violencia abierta en gran escala, con el objeto de obligarnos a adorar y prestar servicio incondicional al dios-trabajo. Nunca se había concretado la exigencia de gastar la mayor parte de la energía vital para un fin en sí mismo, cual es la imposición del trabajo. Son tiempos en que la sociedad occidental preconiza la santidad del trabajo. Tenemos como cierto que la calamitosa Edad Media fue un periodo de oscuridad y plaga, cuando la realidad es que el tiempo de actividad de producción diaria o anual, era mucho más reducido que hoy tenemos los «ocupados» y venturosos trabajadores modernos.
Hoy día el trabajo -no se conoce bien por que, ni por quien- pero la realidad es que aparece con síntomas claros de haber sido envenenado, por el temor y el odio, lo hemos transformado en la peor de nuestras lacras.
Las pasadas sociedades agrarias eran cualquier cosa, menos paradisíacas, existían las más diversas formas de dominio y de relaciones de dependencia personal, pero no se conocía ninguna dictadura del trabajo. Fuimos engullidos por la gran noria, En esto consiste el mecanismo de la incesante Rueda social automatizada, de la que la humanidad moderna está prisionera, el trágico principio inamovible: “Cada uno debe poder vivir de su trabajo” Así tenemos que, el poder vivir está determinado por el trabajo. Pensar que nuestros antepasados estaban convencidos que el trabajo llegaría a ser un día felicidad, bendición y orgullo. Recuerdo cuando de niño jugaba con pequeñas maderas y piedras, imitando a los operarios; jugaba a trabajar. La idea de ser útil se desarrolla pronto en nuestros tiernos cerebros con la fuerza de la simple alegría del juego. ¿Por qué no podemos trabajar los hombres, alegres y jugando como los niños? ¿Quién fue el criminal que nos robó esa potestad? Hay gentes para las que el trabajo es la divina caricia que el genio le hace a la materia –suelen ser los más felices y satisfechos con sus trabajos- Y es bien lógico, si la maternidad de la carne produce en las hembras gran dicha ¿ha de poder menos el espíritu?
Al final entre todos, hemos prostituido el trabajo, el obrero es ahora un siervo que presta sus servicios con desdicha, como vicio y no como amor, no le acompaña el esperanzado resplandor de su juventud, nada del poético olor de las flores, de los colores y matices de la primavera. Sin rastros del fallecido compañero de la verdad, de la salud y del júbilo de vivir. ¡Solo es castigo! Entretanto, se hizo compañero fiel de la desesperación y de la muerte, fardo y gran carga para los exhaustos, frío y hambre suprema para los desfallecidos, abandono de los desarmados, desprecio de los inocentes, ignominia para los humildes, terror de los condenados a la ignorancia, angustia y desesperación para los que no pueden más.
Esperemos que este mostrenco absurdo no sea eterno, y confiemos en libertar –o vernos liberados todos- a los pobres de la esclavitud del laboro, a los ricos, de la esclavitud de su perniciosa ociosidad. La deseada y beneficiosa muerte del antiguo dios cristiano, fue seguida por el fanatismo del trabajo. No nos dejemos engañar, tengamos muy presente que la transformación permanente de energía humana en dinero, obliga a que los trabajadores chinos no logren alcanzar nunca el nivel salarial de los europeos, sino por el contrario, que los europeos no especializados ganen dentro de poco tiempo, como los chinos.















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