El firmamento. Por Max.
Nuestro hogar
Ya desde bien pequeño me tenía muy sugestionado el firmamento, aquella bóveda diáfana, azul y sin luna llena. Recuerdo con nostalgia aquellas calurosas noches del mes de julio, durmiendo en el monte con el abuelo, como la oscuridad iba dando paso a la magnífica y silenciosa transparencia de la noche –una suerte de quimera, de verbena- aquel cielo tan estrellado me cautivaba, en el pueblo no alcanzaba a distinguir tantos puntos luminosos, sería sin duda por culpa de las luces de las casas que los apagaban, el caso es que no me parecía tan intenso e inmenso.
Actualmente el vaho que genera el trajín mundano nos roba el contemplar el espectáculo inigualable de lo infinito, que se nos muestra allá arriba colgado del cielo. Esta agitación sin sentido nos priva del tesoro celeste que ya gozaban los pastores de la antigua Caldea y los ganaderos que les dieron continuidad en épocas posteriores. Sentado en un taburete a la puerta de la cabaña en casi soledad –el candil se empleaba para temas más importantes- solo interrumpida por la compañía de aquel recio vejete que aunque analfabeto, en cambio conocía perfectamente y me transmitió el nombre de algunas de aquellas luminarias, como la Estrella Polar y donde podía encontrar la Osa Mayor o la Menor, o do se situaban Orión, Beltelgeuse, Rigel, Sirio, y algunos de los planetas. Aquella manía del abuelo de bautizar los astros, hacía que llegaran a ser tan familiares como la vaca Galana, me sugerían mundos remotos, grandiosos y mágicos, la banda lechosa de la Vía Láctea intrigaba y daba que pensar, oyéndole hasta me entraba un cosquilleo de miedo que me hacía cerrar los puños y abrir los ojos como platos. Perdía el tiempo embelesado –esperando la hora de ir a dormir- admirando aquel dosel engalanado. Todavía no llegaba a vislumbrar en contraposición a algo tan grandioso, el hambre civilizada de muchos niños –y mayores- en este mundo tan enano y a la vez tan mezquino, sobre el que se asentaban los pies.
En nuestros días somos incapaces de interpretar lo que vemos, ¡es más! ni siquiera levantamos la vista para tratar de vislumbrar o conseguir noticias del etéreo más allá, lejos de las urdidas y tan falsas como la moneda de las traídas por las religiones. ¿Habrá poema más sublime que el nacimiento o la agonía de los astros? Como más tarde nos enseñaban e imaginábamos en la escuela, la eterna evolución de los mundos. Mercurio, despojado de estaciones y de la alternancia de la noche y del día, planeta consumido, agrietado y árido -osamenta de un mundo- Venus, barrido por los huracanes, cara al sol, con un hemisferio tórrido y otro glacial. Marte, medio seco, aprovechado y habitado por una hipotética humanidad verdosa, refinada y ajada. Júpiter, masa de densos vapores. Saturno, decían que candente como un ascua –aunque era falso- cuajado a nuestra vista de satélites y de las partículas de su peculiar anillo. Urano, que se creía encerraba sustancias desconocidas en nuestro globo. Neptuno, que le llevaba la contraria a sus compañeros girando al revés. Plutón un gran pedrusco irregular y congelado. Por último la Tierra –todos conocemos su trágico destino- camina de momento hacia la desecación, que no es ni más ni menos que la propia muerte. Los océanos se cargan de sales e inmundicias, el calor permite al agua dulce descender a los océanos desde los derretidos casquetes polares, mientras en las regiones elevadas del aire la capa de ozono poco a poco desaparece. Dejamos en nuestra marcha una inequívoca estela de difunto, y cuando hayamos perdido todo lo que es líquido y gaseoso, la Tierra, semejante a la Luna, su difunta hija, paseará por la inmensidad su propio esqueleto. ¡Trágico destino para todos los que formamos parte de este enorme cadáver andante, viajeros en la sombra, y para los cuales no hay tumba apropiada! El cosmos es muy hermoso, pero no deja de ser una gran cárcel donde se gira a través del tiempo sin esperanza, y con la certeza que un día lo abandonaremos sin vuelta atrás ¡Será entonces la nada!
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Nuestra hermana Andrómeda














como podrás suponer, desde Madrid capital no se ve una sola estrella, bien por la contaminación lumínica que, incluso de noche, te ciega, o bien por la contaminación en forma de boina del color de la nicotina (que la presidenta Aguirre culpa a las tormentas de arena del Sáhara), pero…
… hace diez años viajé a Marruecos cruzando el Atlas: en medio del desierto, con las luces de la furgoneta apagadas y el cielo despejado, nos sentimos rodeados por millones de estrellas