Bulnes, lugarejo a la sombra de un naranjo. Por Max.
Fue en su época el último pueblo incomunicado de Asturias –sin acceso rodado- hoy día se llega mediante moderno funicular a través de la horadada caliza, que en escasos minutos te transporta desde Poncebos –uno de los extremos de la senda del Cares- al pueblo propiamente dicho. Visité este núcleo rural antes de existir los medios de remonte de cremallera y dos veces después, aunque en todas las ocasiones transité por el píndio y aceptable camino que serpentea dando vueltas y revueltas por tortuoso sendero, y que permite encaramarte -con algún que otro sudor- pero satisfecho de ver como te acercas a la naturaleza imitando a las cabras saltarinas, a veces compañeras ocasionales de trayecto. Con el regalo añadido que según vas ascendiendo te va ofreciendo un cambiante paisaje con preciosas vistas perdidas entre una vegetación de montaña exuberante y con olores bastante diferentes a los de las urbes.
El lugar bien se merece una visita, se respira en él una realidad rústica sin agobios, te puedes encontrar y charlar con una decena escasa de amables vecinos, y admirar las casas de piedra asturianas –la mayoría en ruinas- El disfrute de este enclave natural nos debe obligar a ser respetuosos con el entorno y los pobladores, y cuidarnos mucho de maltratar el paisaje que cuidaron desde siempre estos antiguos pastores. Últimamente hasta los servicios turísticos se vieron acrecentados con alguna casona de aldea donde pasar la noche, y dispone también de algún bar donde degustar la fabada, el queso de cabrales y si se tercia regarlos con la clásica sidra.
Al inicio de la ruta -si el día está despejado- desde la misma carretera puedes divisar la cumbre del Naranjo, tieso falo desafiante y orgulloso de su poderío, que es venerado y tenido en mucha estima por los montañeros y desafío ineludible para los alpinistas. La verdad impone un tanto cruzar por estrecho puente sobre el río Cares y ver y sentir en el fondo las verdosas y transparentes aguas, perladas con abundante espuma, continuar después afanoso adentrándote en el canal del Texo, escoltado por dos imponentes moles blanquecinas, e imaginar el lugar de destino suspendido allá en lo alto y aunque las fuerzas estén todavía intactas comienzas a flaquear, puede que hasta te tiemblen las canillas, dudas de tus arrestos y pujanza para conseguir alcanzar la ardua y elevada meta.
Se hace difícil entender que estos paradisíacos parajes que llevan habitados cientos de años –seguramente desde antes de los romanos- por gentes que cuando nevaba de verdad –cosa habitual en aquellos tiempos- bien se podían pasar meses enteros incomunicados y aislados, era su única vía de comunicación y escape y aunque el camino –tallado en la roca- con precaución y buen tiempo se hace con facilidad, el peligro en el invierno era constante por los aludes. Reatas de mulos y asnos transportaban -no hace tantos años- toda suerte de enseres para hacer más llevadera la vida de los lugareños, al tiempo que bajaban los exquisitos y olorosos quesos de cabrales, con los que solían comerciar.
Canal del Texo
Bulnes












