Las fallas y el arroz. Por Max.
Estoy confundido no me aclaro, fui a las fallas y he vuelto con más dudas que antes, no logro captarles el sentido, el truquillo, la chispa. Hablan en origen, de una especie de carnavales, junto con la quema de materiales de desecho de carpintería. Tradición, fuego, pólvora, música, calle, reunido en un gran amasijo. Trabajar durante miles de horas todo un año, para construir unas verdaderas obras de arte, y a renglón seguido consumirlas en la pira en unos minutos, me parece demencial, no dudo que sea un gran negocio, para pirotecnias, fabricantes de pólvora y negocios hosteleros, pero ¿que saca el pueblo llano, de tener unos días la ciudad patas arriba? De padecer incontables problemas –en toda la urbe- para desplazarse subidos en cualquier cachivaque motorizado, invadida por bandadas de miles de forasteros, a los que si bien se trata de martirizar noche y día, con el estruendo de los petardos, pero ni así logran espantarnos. Es digno de ver pequeños y mayores cargando con sus bolsas surtidas con infernales artilugios en base a la pólvora, dispuestos a hacerlos restallar sin motivo, por el puro placer del estruendo y de llamar la atención con y por el ruido.
Hay que reconocer que son vistosos los desfiles de damas, peques y mancebos con sus llamativas galas. Lo que más me maravilló fue verlos en la noche, cocinar en la calle y a continuación zamparse las tarteradas de arroz, allí mismo en animada, alegre y fresca camaradería. Quizá el secreto esté en esa camaradería propiciada por la pertenencia a la cofradía que une en un fin común. Poder pasear, beber, bailar debería ser la máxima aspiración, pero no ha lugar para la música, domina el ruido, la algarabía, el estruendo gratuito. Bulla en cantidad, aunque estoy admirado de no haber sido testigo de grescas alborotadas, te fríen a petardos pero todo el mundo parece acostumbrado, nadie se inmuta, protesta, ni pelea.
Un enamorado del arroz en todas sus facetas, comenzando por el pedestre arroz blanco con huevos y terminando por las sofisticadas paellas a la cazuela y acompañadas con toda suerte de marisco, que hacen la delicia en el paladar del más exigente, dominadas de cabo a rabo y en las son unos maestros los valencianos, ¡miento! hay una modalidad en que no tienen ni idea y en la que los paisanos de Jovellanos podrían darles lecciones, como son el arroz con leche y a la crema.
Es claro que las gentes trabajadoras necesitan poder divertirse, en las breves horas –aunque por ventura cada vez más abundantes- que podemos destinar al solaz y recreo, después del duro trabajo diario. Estas ciudades tan grandes en fiestas me abruman, tanta masificación me aplana, son caóticas, demenciales.
Ninot
Paella
Jovellanos




















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