Monte Grande y el Xiblu en Teverga. Por Max.
Xiblu
Se ubica el Monte Grande en la considerada mayor mancha verde de Europa Occidental, que comienza en el concejo de Teverga y se extiende por los de Somiedo, Cangas de Narcea, etc. hasta llegar a los mismos confines de la provincia de Lugo –por cierto que mis abuelos me legaron un puñado de castaños, sitos en dicho monte- con lo que puedo decir sin faltar a la verdad, que soy muy modestísimo heredero del pulmón verde asturiano.
En el concejo finaliza el principal ramal de la Senda del Oso y se sitúa el Parque de la Prehistoria en el que el gobierno provincial invirtió un buen montón de dinero, tratando de dar vida a este perdido núcleo rural. Tengo un reproche contra esta loable iniciativa y es el no haber dedicado algún de esos euros a acondicionar y promocionar una hermosa cascada de agua cristalina, que está relativamente cercana y que los lugareños conocemos como el Xiblu, para que pudiese servir de reclamo y complemento que ofrecer al disfrute de un turismo de la naturaleza, que suele ser habitual y fiel en patear estos parajes.
Aparte de los emblemáticos y escasos osos y urogallos, contamos también con la presencia de venados, corzos, rebecos, jabalís, lobos, zorros, perdices y liebres, que completan la extensa variedad de fauna salvaje que puebla estos montes. En el capítulo de plantas destacaremos –en este amplio bosque- algunas como el arándano, piorno, brezo, árgoma y el romero.
Subiendo desde San Martín de Teverga, dirección a puerto de Ventana, pasado un buen trecho del pueblo de Páramo nos podemos adentrar en el monte por amplio y descansado camino, entre hayas, robles, abedules y muchos helechos, si el día fuese caluroso marcharemos protegidos por la tupida sombra que nos presta la abundante vegetación. Las ortigas –el día de autos- lucían floridas y si por descuido tenías la desgracias de rozarlas, presto te regalaban generosas su ponzoñosa defensa… aunque como dice el refrán que no hay mal que por bien no venga, ya que ese ácido viene muy bien para el alivio de las dolencias reumáticas hasta me sentía satisfecho con los picores. Cruzando algún que otro arroyo, llegamos a la riega La Verde -la más importante- después de cerca de una hora de caminata. Es una pena que las autoridades comarcales no hayan tenido la delicadeza de construir ni un mísero puente de madera que nos permita cruzar el regato, sin tener que hacer equilibrios en el cauce expuestos a resbalar en las nidias o musgosas piedras y darte una costalada contra los cantos o la fría agua. Facilitaría el poder llegar por la orilla de la derecha en algo menos de mil metros, río arriba, hasta encontrarnos con una de las más fascinantes cascadas de agua de la provincia –les aseguro que no influye para nada en el calificativo, el haber sido nacido a poca distancia- Siguiendo por terreno escarpado sendero poco marcado y bastante salvaje y peligroso, encaramándote a duras penas. La marcha aunque corta se convierte en fatigosa y debiera ser cuidadosa para evitar contratiempos y accidentes. El espectáculo merece la pena y más si cabe este año con una primavera muy lluviosa que hace que el caudal de aguas despeñadas sea inusualmente abundante. Impresionante el chorro de agua, espuma y burbujas que parece venir del mismo cielo como una bendición.
Son más de cien metros de caída en tres saltos o escalones, que hacen a las aguas proferir un hondo y sentido lamento, que a cierta distancia, con la ayuda del viento bien pudiera ser tenido por el silbido de uno de esos seres mitológicos que dicen habitan lo más profundo del bosque. De ahí el apelativo del Xiblu.
Recuerdo con especial emoción el paseo de regreso en la última visita. Era día de primavera y al declinar el sol, se olía y se palpaba la llegada de la bruma. Si en la ida –la selva aparentaba estar dormida- el silencio, el sosiego y la pereza se veían mezclados con el calor bochornoso, que excitaba por momentos a las pegajosas y molestas moscas. Nos llegaba en forma de sofocante chorro de aire castellano, calentucio y desagradable, bien es verdad que era atemperado y filtrado por las copas de los árboles. Esa fue la tónica dominante que alentaba e incrementaba la modorra de medio día. A la vuelta con la llegada de la tarde, el bosque recobraba la vida ofreciéndonos un muy agradable concierto, se destacaba sobre el rumor del monte, el conjuntado son de los tordos, se nota que pasada la siesta, los alegres pajarillos se entretenían compitiendo en sus sonoros cortejos encaramados en las copas de las hayas, haciendo disfrutar con sus trinos los oídos de los intrusos de dos patas que vagábamos silenciosos por el bosque –procurando no deshacer el encanto- deleitándonos con un concierto regalado de armoniosos cantos, hasta la misma coruxa –lechuza- acudía a la cita y daba la nota discordante que resaltaba y hacía más creíble la delicadeza del variado y rumoroso fondo sonoro. Poco a poco según iba enfriando el ambiente y por contra aumentando los jirones de las sombras, se acrecentaba por momentos el encanto, se acercaba la hora mágica del trasgu y las xanas, sentíamos el ánimo embargado de honda pena, por tener que abandonar este paraíso, empujados por la falta de luz y la llegada presurosa de la noche.
El libro de hoy es del premio Nóbel García Márquez y que más mágico que unos cuentos
Todos los cuentos GARCÍA MÁRQUEZ
Las fotos van alrededor del tema, y aunque hace unos días adelanté algunas, os hago llegar algún otra.






















