Playa el Gaviero del Silencio. Por Max.
Que mejor aperitivo que escuchar “El silencio de la trompeta” por Rudy Ventura.
El silencio de la trompeta. Rudy Ventura
Y no vayan a creer que es un arenal mudo ¡ni mucho menos! allí el mar ruge quedamente -a su manera- no cuenta con casi arena y los bolos –cantos muy rodados y desgastados- que forman su acogedor lecho producen un sonido arrullador cuando son mecidos por las aguas en sus oleadas de incesantes asaltos a la orilla, a la que cubren y dan un tinte lechoso con su abundante espuma, eterno y monótono ir y venir, acometida y retroceso de claras connotaciones sexuales que animan -si no lo estabas- a la conyunda. Eso sí el termino gaviero se debe a las colonias de gaviotas que anidan en sus cercanías y es común encontrarlas subidas en los abundantes y desperdigados picachos, quietas admirando plácidamente la sorprendente acuarela que tienen delante y a la que pertenecen y dan identidad de vida.
El mismo paraje tiende al aislamiento, emparedan la playa unos murallones que forman un alto acantilado, al tiempo que se ve poblada por archipiélagos de islotes desgastados por la fuerza del agua salada, que se resistieron a ser laminados por el empuje del muchas veces cabreado y fiero Cantábrico. Se trata de una playa –que no arenal- bastante salvaje que se pude jactar de mantener a raya el bullicio y a los tronantes turistas, ya que sus accesos desde el pueblo de Castañeras son por destartalada caleya, aunque todavía hay algún insensato que con tal de no mover las patas son capaces de embarcarse cuesta abajo, montados en sus locos cacharros, dando saltos y expuestos a que sean tumbos también.
Disfruté el placer de girar mi última visita después de haber estado admirando y recorriendo el cabo Vidío y mal podrías adivinar divisando los impresionantes roquedos, que detrás de uno de ellos se encontraba aquella playa tenida por muy callada. No se aprecia ni distingue en la lejanía y para encontrarla tienes que ir ex profeso encaminado a su encuentro. El clima es cambiante, llueve, escampa, luce el sol cegador, todo en pocos minutos y sin darte tiempo a acostumbrarte, por otra parte nada que desmerezca del conocido clima astur.
Irradia un extraño encanto y magnetismo que te cautiva, deben ser sus veteadas rocas y aunque es pequeña aparenta más de lo que es, como si de mujer acicalada se tratara o ceja levantada de sociata.
En síntesis es un precioso sueño, el oleaje es la voz que venimos buscando, el sosiego que detiene el ritmo trepidante de nuestra vida, el amparo, el lecho donde descansar. No son necesarios algodones en los oídos para aislarte -todo lo contrario- quisieras parar el tiempo y escuchar eternamente ese tenue sonido que te inunda que te produce plácidos escalofríos, sentarte en una de sus rocas y ver pasar ninfas o xanas retadoras con sonrisas seductoras. Es pequeña como si de un frasco de esencia de perfume se tratara y solo te apetece cabalgar -con la imaginación- sus olas, de hecho tan apropiado es el lugar que suelen los jóvenes aprender aquí a bucear y hacer surf, amén de cultivar toda suerte de artes amatorias, bien en ella misma o en los verdes y aislados rincones cubiertos de follaje que se forman en tan especial y apropiado entorno.
El libro de hoy es de un autor cubano poco conocido fuera de la isla, de nombre José Lezama Lima
Las fotos pertenecen a la playa descrita, excepto unas vistas desde el Faro Vidío.
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