Descenso fluvial de la calle Galiana. Por Max.
Es el descenso fluvial en Avilés, la multitudinaria fiesta del Carnaval por excelencia, y no se vayan a creer que acontece en una calle navegable, como bien pudiera inducir el enunciado, o celebrarse en un canal Veneciano. Forma parte de una antigua, estrecha y pindia travesía del casco antiguo, adornada en algunos de sus tramos por unos preciosos soportales, se trata de un descenso en secano, llevado a efecto sobre prietas y desgastadas baldosas, con el ánimo de dedicarlo y festejar, a una corredera o paseo y sobre todo a los animosos jóvenes, pertrechados al efecto de unos apropiados trajes contra el agua. Sin duda ye una folixa en Asturias de un Antroxu diferente, máscaras con atuendos viejos, homes que se visten de muyeres, xóvenes que se convierten en ancianos, es el mundo al revés, charangas, fanfarrias y murgas amenizan el recorrido para que no decaiga el cotarro.
Toda clase de artilugios surcan y se aventuran rue abajo, regados y flotando sobre un mar de generosa espuma aportada por los bomberos, entre la algarabía de la muchachada, montados en bicis de madera, dragones alados, castillos encantados y piraguas de diversa índole. Los trajes impermeables protegen a los intrépidos, de la mojadura y la segura pulmonía, revolcarse entre la espuma es la excusa y el motivo del jolgorio, el abundante calimocho ingerido previamente hace de cataplasma y les hace libar el frío por los poros.
Cientos de gentes los contemplan pasar desde los soportales o balcones, admirando las ardientes, coloradas y risueñas caras de los zagales, y lamentando no contar sus pocos años para lanzarse junto con ellos, de lleno al ruedo. Si pudiese uno desterrar por un momento las oxidadas y artríticas articulaciones, te sentirías en condiciones de intentarlo y superar el temor a los esguinces y a las fracturas de las ajadas extremidades. Cañones de espuma bombardean de continuo el camino, mangueras de agua son descargadas sobre los participantes y a veces estos toman cumplida venganza sobre los transeúntes, a los que propinan unos buenos golpes de chispeante regadera sobre sus desprotegidas cabezas.
Se estrella la marabunta contra el edificio del Ayuntamiento, con su docena de arcos mal contados, adornados con unas viejas y apagadas lámparas, y rematado el edificio por un castillete que aloja la campana y el reloj. Medía hora antes del evento, aparenta ser una tranquila plaza de una pequeña villa que se despereza cachazuda en la tarde, algún que otro enmascarado comienzan a poblarla, aunque no aparentan ser muchos, una pareja de paseantes llevan pantalones vaqueros de campana barriendo la calle con sus bajos y tapando sus caras con máscaras, llaman la atención desde lejos las mesas y sillas de la terraza, cuyos cromados despiden destellos metálicos, un solitario individuo se entretiene sentado en su brillante silla, leyendo el periódico ajeno al mundanal ruido que le rodea, tres mujeres charlan animadamente entre sorbo y sorbo de café, más allá un hombre de media edad se afana, primero pidiendo un cigarrillo que enciende y chupa como un sapo, talmente como si le fuese la vida en ello, chupa y chupa con afán y sin cesar, en cuanto consume el cilindro, regresa a la carga con otro transeúnte al que logra convencer y vuelta a repetir el ciclo del vicio.
Aunque el coqueto parque de la Ferrera suele permanecer cerrado durante la tarde del día del descenso, casi no se hecha de menos, el tiempo estuvo frío, las nubes no se mostraron dispuestas a regar, empapar y torturar a los participantes con los chaparrones habituales de este lluvioso año. Según se va acercando la hora, la gente fluye como un regato en día de tormenta, hacia las calles del recorrido, dispuestos a pasárselo bien y disfrutar con entusiasmo sin límites, del agua y de la espuma. Mojar y mojarse por dentro y por fuera es la consigna más ampliamente seguida por la concurrencia.
Sigue un libro más de Juan Carlos Onetti “Tiempo de abrazar”
Fuente y capilla de la calle Rivero























































esta bastante bien, y molan las fotos