MAX Y LOS CHATARREROS

Puertas abiertas en el Jardín Botánico Atlántico. Por Max.

Publicado en Caminatas por maxalvarez en Mayo 6, 2009

Poco trabajo cuesta aprovechar tales días, y franquear las puertas abiertas, así que habiendo llegado la primavera juzgué obligado, el tratar de entretener la mañana dejándome sorprender –una vez más- por el precioso Jardín Botánico Atlántico de Gijón, que siempre fiel y a veces también generoso, se brinda a la visita y disfrute de sus instalaciones, para todo el mundo, y más si cabe, cuando como en esta ocasión, era gratis la  entrada.

Nunca había visto tanta gente en el recinto, y hasta tuve que optar por aparcar en la Universidad Laboral, por falta de sitio. Poco antes de medio día, lucía el sol descarado, después de varios jornadas del pertinaz y molesto orbayu. El gentío parece ser que estaba ansioso de poder disfrutar de la naturaleza, así es que se perdía, entre el río de colores y perfumes, con la tierra todavía mojada, y que gracias al calor recibido, desprendía un olor y un vaho penetrante, que no solo te despejaba las fosas nasales, cual impagable sauna natural, sino que también cooperaba a disipar de los ojos, las legañas invernales, apreciando por tanto, más intensidad en los colores de las variadas plantas, que vestían sus mejores galas para seducir los ansiados y cálidos rayos del ¡al fin! rescatado de la hibernación, el tan deseado y muchas veces rumboso, Lorenzo.

Plazoleta de entrada, de frente el arroyo y el puente que lo cruza, al fondo una pareja empujando un carro de niño pequeño, se acercan al estanque, comentando sus pareceres, este que os cuenta, junto con su compañera, fiel a su espíritu, tomó a la izquierda, por el camino de arena, que nos conduce a una de las zonas recreadas del paraíso terrenal, otras más lejanas, en cambio son naturales, como el Jardín de la Isla o la carbayera del Tragamón, franja arbolada con centenarios carbayos, que fue testigo de reuniones y mítines, en la época de la timorata y tan cacareada transición.

Grupos poco numerosos, siempre con alguno de sus miembros cargando con el dichoso paraguas, seguramente escarmentados del tiempo poco de fiar. Cielo medio despejado, y el dedo presto a pulsar el disparador de la cámara, avanzamos despacio por la jungla, entre setos y gradas, matas de violetas, filosas e hileras marcan, los caminos del recinto adelante.

Pasando a través de una pequeña hondonada llena de hierbas, divisando al fondo la cuadrada torre con el reloj, se aprecian caras jóvenes y alegres, disfrutando satisfechas, observando como las centellas del sol se partían en vivos colores, sobre ramas, hojas y flores, mezclando amarillos y ocres, con verdes oscuros, alternando con otros más vivos y frescos, mirando y remirando los pétalos, las hojas y los activos reflejos del sol, según se va apagando y apareciendo entre las nubes, dibujando un ameno y vistoso cuadro en el jardín de los amores.

Es una bendición este recinto, cuando sientes que la morriña te llama al campo, a menos de dos kilómetros del centro de la ciudad, te encuentras espinos cargados de nieve olorosa, que ni enfría, ni humedece, miles de árboles y plantas identificados, para que todo el mundo les pueda recordar por su nombre, y los más jóvenes conocer, que seguramente buena falta les hace.

Siempre al fondo, testigo callado, se muestra la esbelta torre de la Universidad Laboral, el arco iris orgulloso, esparce su amplia gama de colores sobre el espacio, sin pedirnos nada a cambio, pequeños charcos que espejean tonos verdes y azules, ramas pobladas de brotes, parterres coloreados por el selecto pincel de la naturaleza, césped aquejado de loca viruela de diminutas y blancas margaritas, troncos y yedras que se abrazan sin pudor, orgullosos y elevados árboles, doblan gentiles el espinazo, ante la marabunta de visitantes, musgos que flotan en los estanques y se confunden con el reflejo, cuevas con hilos de agua colgando como lianas, los helechos se cuadran inmóviles, doseles umbríos oscurecen por momentos el sendero, robles centenarios continúan vegetando pese a los frecuentes achaques debidos a la edad, a poca distancia destacan solitarias las espineras, engalanadas y vestidas de fiesta, cual novia inmaculada, presta al compromiso, rodeada de cientos de verdes, añosos, insolentes, arrugados y nudosos pretendientes.

Alegra contemplar  la escena de una señora un poco mayor, vestida de oscuro, quieta y embelesada, contemplando y oliendo un rosal sin tocarlo, su actitud te lleva a imaginarla sonriente contemplando las hormigas, o los merucos, con las uñas sucias, armada con la pala, el rastrillo, la tijera; contenta y satisfecha de poder saborear y entretener el tiempo, en un mimoso y gratificante trabajo de cuidado de rosales y plantas de ornamento, oficio que seguro aprendió, como autodidacta, hace muchos años, cultivando las más prosaicas fabes, lechugas o tomates y que sin duda le traen tiernos recuerdos, estos acicalados y frescos pétalos. Por un segundo los ojos de la señora me miraron contándome algo, seguros de que yo sería incapaz de descubrir de qué se trataba; burlándose por anticipado, de mi incomprensión y también, de lo que pudiera entender como equivocado. Sus ojos, establecieron por un instante conmigo una complicidad desdeñosa. Como si yo fuese un crío, o se desnudara frente a un ciego. Los ojos todavía brillantes, sin renuncia, cercados por el instante, chispearon un segundo, su impersonal revancha, sumida entre sus atrayentes arrugas.

Jardines y caminos de arena, en la zona más pantanosa con tablas de maderas en su piso, remedio habilitado contra el afloramiento del barro, presas de agua, setos cobrando vida y queriendo enterrar presto la tristeza invernal, pasarelas, senderos, riachuelos con estanques, hasta nos es dado disfrutar, de ingenios hidráulicos del siglo XIX, una antigua bomba de agua, movida por unas palas con cangilones de madera, sobre los que cae el agua, y era empleada para alimentar del líquido elemento, los depósitos de la vivienda originaria, que están más elevados. Una hermosa quinta, con edificio devenido en restaurante, rodeado de árboles que se asoman sobre el muro. Al sur discurre aledaña y delimita el recinto, sombría carretera, con cercado a trozos de hormigón, que deja ver por el interior, una hilera de hermosas camelias, seguido del verde y cuidado césped, paseo entre tallos de enormes árboles desnudos, dispuestos en perfectas y alineadas hileras.

Caminar sin rumbo, con las manos unidas en la espalda, aflojar las ligaduras, dejarte llevar entre un laberinto de escalones, rampas y atajos; si es verano tirarte a descansar en cualquier sombra, sintiendo el rumor del agua entre los juncos; en el otoño, sentado sobre montones de mullidas hojas de roble, dejar sin prisa, pasar el tiempo, y sentir una paz total que te nutre y alimenta por las venas, y si es después de comer, seguro que no perdonarás un canto obligado a la siesta, o al menos al breve pigazo, y en las noches campesinas del verano, acudir a las veladas musicales que suelen organizar, y disfrutar sin límite, de una poesía primitiva, llena de sonidos, olores y colores a raudales, que te inundan y secuestran el espíritu. Visto el decorado, no cuesta demasiado imaginar, hace un siglo, corriendo por este vergel, a faetones, o coches de caballos, tirados por briosos y engalanados corceles, bajo la luna con el ruido ahuecado del trote –me parece escuchar el sonido de sus cascos- con un compuesto conductor en el pescante y un rojizo farol oscilando sobre su cabeza. ¡Monumento vegetal, el paraíso en Gijón!

Clarín en “Cuesta abajo”

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