Sotres, pueblo alto. Por Max
Como de costumbre –en fines de semana y más cuando es verano- los coches aparecen estacionados en los lados de la carretera que va de Arenas de Cabrales a Poncebos, y que sube pareja a las verdes aguas del Cares –hijas de las nieves- que en cambio descienden transparentes y cantarinas, se alternan los autos agrupados en pequeñas reatas en ambas márgenes, que es necesario ir sorteando dibujando un zig zag, por quienes pretendan pasar de largo y continuar más lejos del empiece de la famosa senda. Dejado atrás el inicio del funicular a Bulnes, la vía se empina y el paisaje adquiere más grandiosidad si cabe, túneles horadan las calizas para darnos paso, culebrean las revueltas entre riscos, con buen y espacioso firme, aunque el terreno no deja de ser pedregoso -o precisamente debido a ello- Al poco trecho, en la recta más larga y tendida, nos saluda una preciosa cascada. No se si subirán los sueños entre algodones por estas barrancas, pero juro que pese al día gris ascendía alegre y muy despierto entre tanta peña.
Pasado Tielve, después de aparcar el coche en el mirador de las afueras, cobijados bajo un roble de hojas tostadas, apreciamos como la lluvia caía fina, certificando de pasada el aserto de mojarnos por segunda vez, con unos goterones que cuando alcanzaban el suelo creaban unos hoyos que bien se podrían emplear para fundir decenas de pezones, especie de campanillas chupeteras, producto del forzado desplazamiento del polvo a su alrededor, al tiempo que nos llenaban de arenosas salpicaduras, los relucientes zapatos de domingo.
En los altos cerros, de recortado y mellado perfil, la niebla se desenrollaba presurosa por las laderas abajo. Atraían la mirada, las lisas praderías por lo verdes, al lado de otras amarillentas y también algunas quemadas y prietas fruto del fuego arrasador del verano, contrastaban con el color plomizo de las calizas y el blanco nevado que reverbera y dotaba de tenue luz al fondo. El pueblo se adivinaba –para los que ya habíamos estado en él- detrás del picacho de la izquierda, las espesas nubes oscurecían el entorno, que se volvía ceniciento por momentos, amenazando la previsible y pronta caída de nieve.
Aquí las montañas se desgajan en barrancos profundos, en el fondo de sus canales se despeñan las frescas aguas por encima de las nidias y relucientes piedras, con ronroneo continuado, que nos llega pese a la distancia. Mientras nos azotaba sin contemplaciones el viento frío en tremolina, que sube y baja por el cañón.
Coincidimos en preguntamos —¿Nevará?
El temor era quedar atrapados en el pueblo y tener que esperar a la máquina quita nieves. Atrayente posibilidad si no tuviésemos el inconveniente de tener que trabajar al día siguiente.
—No se ve nada. Decía Eduardo
—Ya debemos estar cerca. Aventuraba Argimiro
Habíamos acordado comer en el alto pueblo y dar un paseo para conocer sus alrededores. La buena cocina montañesa nos tentaba, amén de la compra de embutidos, con la sana meta de ser enviados a los parientes que por circunstancias de trabajo habitaban temporalmente en tierras de los muy piratas sajones, que por cierto son unos subdesarrollados gastrónomos y no están acostumbrados a libar los placeres derivados del cerdo en toda su dimensión, y mucho menos saben de que va eso “…de los gochos de la oreya llarga”.
Al fin decidimos aventurarnos y continuar camino, sin encomendarnos ni a dios ni al diablo, y agotar los pocos kilómetros que nos restaban. Llegando a destino en una de las últimas curvas a la derecha, parte un camino con piso firme, que toma dirección a un largo y amplio valle, con las cumbres blanqueadas por la inmaculada nieve, y que te depara una bonita caminata -contando con el buen tiempo- entre cabañas y camperas, ahora con el piso húmedo pero apagado. Está triste el entorno, se respira demasiada calma, y las faces se tornan acartonadas, como presas de una cataplasma de arcilla seca.
Es Sotres un pueblo que como tantos, se vio castigado por la emigración, aunque ahora parece gozar de nueva vida, enfocado al turismo. Están sus casas asentadas en una suerte de valle o canal alto, especie de mirador del bonito paisaje de montaña que le circunda, sus tierras no pierden de vista el sur, protegidas por tres lomas pelonas en lo alto. Seguramente tendrán olvidadas las caricias del arado y de la fesoria, quizá ni siquiera sepan que es regalar, patatas, nabos, maíz o escanda a sus hacendosos naturales. Puede que no soporten borregos en los caminos y corrales, sembrando de cafeteras cagarrutas el entorno, o que el silencio se vea rasgado por el canto de los gallos en la madrugada. Y hasta quizá acontezca que a sus habitantes -cuando descarga la tormenta- ya no les embarga la sensación de sentir que el agua, escarba por debajo de sus zapatos y les lleva el sustento, quedando montados en un inestable patinete. Ahora lucen cementadas la mayoría de sus callejuelas, y todavía se conservan bastantes paredones cerrando sus fincas.
Mientras comimos las nubes se pararon encima, parecían querer recoger todo el calor que se desprendía del pueblo, al cocinar sus humeantes carnes y potajes, cuando dimos buena cuenta de todas las viandas que nos ofrecieron y de las que fuimos capaces de trasegar, nos encaminamos a la parte alta del poblado y continuamos la vereda hasta un canto, donde se divisaba un atrayente paisaje, dos juguetones perros nos hicieron los honores, mientras tanto la nieve comenzaba a caer de manera indolente, con grandes y planeadores trapos, el viento había cesado, aumentó por momentos la temperatura y del cielo comenzó a llovernos el maná en copos, helados y ligeros, mientras los cerros se ocultaban y desvanecían.
A la vuelta del corto paseo, le decía un chico a su joven acompañante.
—Vale más morir aquí enterrado por la nieve, que regresar a Madrid.
No esperamos a comprobarlo, sin mucha demora emprendimos la bajada a toda prisa, y no paramos hasta llegar a Arenas de Cabrales, la carretera estaba despejada, allí no nevaba.
Los libros de hoy, son dos obras maestras del mexicano Juan Rulfo “El llano y llamas” y “Pedro Páramo”
















































Precioso este montón de fotos de tu “tierrina”(no se si se dice así).Ya veo que gozais de buena salud,por vuestras actividades montañeras, la pareja.Un abrazo .
Amigo Paredes ¡claro que se dice así! Gracias por visitar este tu rincón, al que procuro añadir cuando tengo tiempo, más y más lugares y fotos (ando cerca de las 5.000)
Sé que vives felíz alejado de tu tierra extremeña, con tu compañera y una preciosa hija Libertad.
Un abrazo a todos y todas.
Me llenas de sana envidia, amigo Max. Siempre lamentaré mi ausencia de Asturias por perderme el hábito de esos paisajes. Y cuando me jubilen no sé si tendré el cuerpo para esas jotas. Que lo sigas disfrutando en buena compaña, amistad y salud.
Amigo Lazarillo, como bien recomiendas, yo también procuro aprovechar los fines de semana
para visitar estos parajes ahora que puedo, quizás cuando me llegue la jubilación las varicosas
patas no me respondan y se nieguen a soportar tan rudos trajines. Entonces será el momento
de vivir de recuerdos y contemplar las asemeyas.
Saludos
Max.