Teverga en el recuerdo. Por Max.
Era lo mismo que una planta de invernadero, criado con mimo y puede que también estrozado (consentido) por los abuelos paternos. Huérfano de madre, flaco y seco cual vara de avellano sin corteza, ruin comedor y llorón, recuerdo que me podía pasar dando la murga plañidera, durante una tarde entera sin saber –ni yo mismo- a ciencia cierta el por qué, de tanta y tan enconada llantina. Uno por propia iniciativa no lograba contenerla, y los sufridores tampoco acertaban a parar el manantial desbordado, a restañar la espita, y por supuesto resultaban contraproducentes los cachetes, o unas buenas nalgadas en las posaderas. Pienso que daba rienda suelta a una pena interior indefinida, que fluía por los ojos como río de lágrimas saladares…No se como explicarlo… Quizá se debiese al hecho de sentirme sin madre –aunque nada puedo reprochar a la querida abuela, ¡todo lo contrario!- Quiero pensar que la sinrazón de un temido desamparo, medio presentido, alimentaba el oculto manantial del pesado llorica. Mas adelante ya me enteré que los hombres nunca lloran y menos en aquellos tiempos de… “…prietas las filas, recias marciales…”
Se suele comentar que no hay un rubio -aunque parezca extraño por aquel entonces, lo era- que sea bueno y yo debía ser la excepción que confirma la regla, pues todos me consideraban muy buenín. Chiquillo larguirucho y enclenque ante los elementos, a cada soplo de aire respondía con un constipado. Víctima propiciatoria de todo virus que osase tomar contacto con la tropa menuda de aquel pueblo perdido entre las montañas teverganas. Aparentaba ser poca cosa, hombros estrechos, cara pálida con rosetas blancuzcas en verano, museo viviente en el que habían hecho presa y anidado tan campantes, el sarampión, la viruela loca, la tos ferina, la escarlatina y las paperas. De catarros y bronquitis que eran la principal especialidad ¡ni te cuento!
Dicen que fui sacado adelante – y seguramente llevan razón- con la espesa y espumosa leche de las vacas pardas del país –eso sí, casi siempre sin hervir- Era de ver el bigote que te dibujaba al pasar de la tapa de la lechera a la boca, recién ordeñada. Muy limitado en cuestiones de manduque, gozaba con el líquido y blancuzco elemento y todos sus derivados, personificados en la famosa “faruga” (pan con leche) Así di cuenta también de incontables tazadas de nata con pan de escanda –el de trigo era artículo de lujo- y azúcar, con el impagable complemento alimenticio del jamón y el chorizo, sacado de los famosos gochos teverganos, que dieron lugar a que con el tiempo tomara una cierta prestanza y color. Se notaba que aunque renacuajo tenía apego a la existencia y mostraba gran afán en arraigar en este pícaro mundo franquista en pleno desarrollo, con extraña energía sacada no se sabe de donde, pelechaba entre pestes –ayudado por los brebajes y gaseosos socorros de tisanas y fervidos de la abuela Estrella- saliendo de una pa caer en otra peor. Testón a conciencia –o si lo prefieres, obstinado- contando con la asistencia de los antibióticos ¿o quizá serían sulfamidas? que me suministraba el tío Ramón en inyecciones, vía flaca y maltrecha nalga.
Recuerdo una desigual batalla que libré con unos ocho años, durante bastantes días en la cama con alta fiebre y delirios, decía el médico que la bronquitis había pasado al pulmón, entre brumas lo oía comentar y me entraba un miedo distinto, bien creí -sin ser totalmente consciente de lo que significaba- que había llegado la hora de dimitir de una existencia tan disputada y costosa. Unos días después el débil junco logró superar el vendaval, habían pasado los sudores, noté que el sol entraba despierto y brillante por la ventana de la habitación que daba al este. Marcó el inicio del afianzamiento de aquel saquito de lavados huesos de pardón (aguilucho) o gracha (cuervo), en que me había convertido el último achaque.
Por aquella época tuvo lugar un hecho, que dio lugar a encendidos comentarios en la familia. Superados los contratiempos vitales, la abuela materna Telva, había prometido llevarme y ofrecerme en la fiesta al ángel de la guardia, que se celebraba en el mes de Marzo en el pueblo de Fresnedo, para tratar que por mediación del ángel, con sus muchos poderes, arraigar aquella delicada y achacosa planta. Acordados los términos del voto, el día de autos con los rizos peinados en elevada moña, más acorde con un vulgar lametazo de vaca, vestido con las mejores galas, bien temprano dejaba atrás el pueblo de Prado, caminando triste y rumiando la forma de hacer realidad la idea y promesa que llevaba en mente, con la firme resolución de regresar en la tarde, adelantándome a la segura oposición. Eran alrededor de cuatro kilómetros los que me separaban del pueblo donde había nacido y vivían los abuelos maternos. Repartidos primero en una bajada y terminando en otro tanto de subida, a través de desigual camino terrero, entre fresnos, matorrales y montes de castaños.
Está Sobrevilla en la falda de la calcárea peña de Sobia, bien orientada para recibir el vivificante sol la mayor parte del día, en ella habitaba la abuela Etelvina que se apellidaba García García –decían entonces que como la rapiega (raposa)- en esto coincidía también con la paterna, sin ser hermanas. Con ojos pequeños y vivarachos y de mirar duro, mandona por demás, nariz muy larga, repeinada en moño y siempre con la pañoleta negra puesta. Muy religiosa y con la confesada certeza de vivir místicas alucinaciones nocturnas, quizá consecuencia de su mal riego cerebral. Se pasaba media noche de rodillas rezando, así lucía unos gruesos callos en las rodillas. Tenía un corazón muy grande y su comida era patrimonio de todo hambriento que pasase por delante de su puerta, como tu bien sabes.
Iniciamos la caminata por terreno llano y tendido dirección a Carrea, la abuela, su hermana Ramona, y también la mía, Maribel dos años mayor que quien suscribe, quiero recordar que nos acompañaban las de Paquita –aunque no estoy seguro- después de un buen trecho, pasamos junto a los escasos restos del castillo de Alesga sito en las inmediaciones del poblado de San Salvador, del que díz la leyenda que aunque está situado en un alto promontorio, disponía de un secreto pasadizo interior que te llevaba al mismo río, que discurre no muy alejado y baja las aguas del puerto de Ventana, también se especulaba con la existencia enterradas dentro, fabulosas chalgas (tesoros) que servía para alimentar la calenturienta fantasía de los jóvenes excursionistas, o por lo menos las de un servidor.
La celebración transcurrió sin nada que reseñar, la comida tuvo lugar al aire libre, a base de friamberas con embutidos, empanadas y la clásica arroz con leche, para la que tenía muy buena mano la anciana abuela Telva. Llegó un momento en que la fiesta parecía alargarse más de lo que un servidor juzgaba conveniente y más contando con que en esos meses del final del invierno, los días son cortos y oscurece pronto. Por los síntomas pronto comencé a sospechar que la lentitud del regreso, la galbanosa marcha, obedecía a oscuros e inconfesados motivos, aguanté el cansino discurrir sin rechistar, mientras el camino me era desconocido, pero en cuanto nos fuimos acercando al pueblo y no temía el extraviarme en el monte, dejé plantada la compañía, puse pies en polvorosa, comenzando un loco trote hasta alcanzar el pueblo en un periquete.
-¿Dónde vas mante, a estas horas? Me dijo tía Encarnita al verme llegar solo a la corrada, encendido por el apretón final y conocer mis torvas intenciones. Poco le hubiera costado detenerme, acostumbrada al trabajo duro del campo, a lidiar desde bien pequeña con xatos de dos y cuatro patas, al arado romano, y demás aperos de labranza. Ventiañera, pequeña, recia y trabada, no creo que por aquellos tiempos, las osas Paca o Tola estuvieran preparadas para aguantarle un mal asalto, los mozos del pueblo -en la lucha asturleonesa- tardaban lo que un pater noster -en sus manos- en quedar picha arriba. Seguramente vio en la determinación de aquel mocoso, la de un jabalí acorralado, así que al final me dejó ir, sin trancarme la portiella, ni encerrarme en el corral de las cabras.
Cuando llegaba al bosque seco y muerto de Trechamata, encontré al abuelo Gildo que regresaba arreando las vacas desde el prado de Arbales, excuso decir que como bendito que sí lo era, solo tuvo tiempo para regalarme una tierna sonrisa de adiós, sin ningún reproche, ni intento de forzar mi voluntad, por muy oscuro que ya estuviese el día y la noche repicando con su negrura. La temperatura era benigna para el tiempo, tapado por la niebla, arriba se podría adivinar el cielo azul, tampoco aparecían las enramadas pobladas de pájaros siempre gárrulos y de francachela, seguramente estarían durmiendo y por supuesto yo bastante tenía pa mí, no estaba el forno pa apreciar tanta monserga.
-¿No tienes miedo? Me preguntó. Le respondí con un: ¡No! más aparente que seguro y decidido.
Con lo encalorado que iba, trataba de auto convencerme, que no temía ni al lucero del alba, ni siquiera al saca mantecas. Así me vi obligado a ir casi sin tocar con los píes en el suelo, de salto en salto por entre los añosos castaños, de ramas desnudas, apenas rozando con los zapatos la rojiza arcilla, sin tiempo a pararme a pensar, ni apreciar los fantasmas de macizo cuerpo y muchos brazos, en que habían convertido el invierno y la oscuridad los quietos árboles, y que parecían querer cortarme el paso. Con el aliento siempre a tope –aunque discurriese cuesta abajo- terminé el Rozo, desembocando en la carretera que pasaba al lado del palacio del conde de Agüera, no reparé demasiado en el molino y la central eléctrica que está al otro lado de la rue, pasé sobre el puente donde se juntan los ríos del concejo como alma que lleva el diablo, dejé atrás las oficinas de la mina Hullasa y el cuartel de la Guardia Civil, y sin perder un segundo comencé la empinada y empedrada cuesta, la noche ya había cerrado del todo su última contraventana, y la luna no osaba servir de escolta, ni enseñar sus cuernos entre el celaje de la niebla. Todavía restaban las últimas casas del pueblo de Entrago, por las que en algunas de las rendijas de sus ventanas se filtraba algún que otro rayo amarillento, de la luz de las bombillas al exterior.
Más adelante llegando a un monte de robles, quizá me asusté un poco, cuando sentí el canto de la lechuza, ahuecado por las altas copas, lo que hizo que el oído permaneciese desde entonces, más alerta si cabe, los ojos con las pupilas dilatadas intentando ver en la oscuridad, tratando de captar toda la luz posible, como los gatos. Conocía de memoria muy bien este camino, de haberlo pateado cientos de veces, presentía que cada mochuelo estaba encaramado en su olivo, ¿que digo? en su roble –aunque no me tranquilizaba- toda revuelta me resultaba familiar, los fresnos y los robles, las portillas y los cierres de las fincas, si me apuran un poco hasta las piedras del suelo, eso me daba más confianza y la certeza de estar llegando a destino, a casa. Según ascendía, atrás y abajo quedaban las apagadas luces de los pueblos de Entrago y Bárcena al frente el acomodo, la meta en Prau.
El susto de la abuela Estrella fue mayúsculo al verme aparecer tan entrada la noche y ya sin contar con el regreso, verdad es que le había prometido hacerlo, aunque supongo que no confiaba demasiado en que lo lograse, ya que seguramente presumía que no me dejarían volver. Me sentía satisfecho pese a mis pocos años y al hecho de ser muy tímido e indeciso, había logrado prevalecer mi voluntad. Años después supe lo que era dormir en diferentes camas, pero en aquel entonces era impagable el poder volver todos los días al nial (nido). Fui a la cama orgulloso y pensando que a la postre no había sido tan difícil llevar a cabo el reto que me había propuesto.
(Dedicado a mi prima Maite, en su feliz destierro de Breda, por haberme pedido la aclaración del hecho)
Los libros de hoy son unos cuentos de Clarín “El cura de Vericueto” (por que cita nuestra cuna Teverga) “El Quin” (que va de las desventuras de un perro en la aldea)

Franco comiendo la faruga y Gildo
























jeeeeeee, tengo que decirte que en algunos pasajes del relato tuve que soltar alguna que otra carcajada, voy a imprimirlo para leerselo a mi madre que corfirmara tu versión de que “ERAs UN TESTON”, jeee,le va a gustar mucho.
bSOS mONICA
Mónica, no es que lo hubiera sido, es que lo sigo siendo y hasta estoy orgulloso.
¿Que le vas hacer? Los obstinados somos así, embestimos contra una pared si es necesario.
A testud no hay quien nos gane.
Me alegra que te haya gustado, veremos si tu madre confirma en lineas generales,
la versión.
Un abrazo.
Mino
Buen relato de tus crianzas , buenas fotos y un pero….
¿Por qué no te has hecho una foto montado en ese lindo caballo?
Amigo Paredes, mi cuerpo serrano ya no está para esos trotes, quizá cuando joven lo montara a pelo,
pero ahora ya no estoy más que para solo sopitas y leche desnatada.
¡Los años no perdonan!
Un saludo para el amigo MAX. ALVAREZ-¿Eres el mismo que me envío unos correos electrónicos hace unos meses, supongo?-, por que no sabía que llevabas un blog con fotos tan espléndidas.
Leer, no puedo hacerlo ya que lo recubre constantemente una solapa de “información” sobre blogs y lo tapa todo.
SALUD
Pues sí, soy el mismo que le pidió unos datos de la guerra civil para un amigo.
¡Gracias en aquella ocasión y ahora!
¡Salud y república!