Palacio de Canero, cerezas de baldre y O’ Cebreiro. Por Max.
Cualquier disculpa es buena para salir de casa y hacer una excursión, en este caso lo fueron las sabrosas cerezas, era el tiempo de las olorosas y maduras zreizas, aunque para ello tuvimos que hacer casi seiscientos kilómetros, al fin mereció la pena.
Nos juntamos tres matrimonios, domingo en la mañana, rumbo a la anchurosa Castilla, primer parada en la monumental Astorga. Es obligado el alto en la villa maragata, desde que en tiempos ya muy lejanos, pasé cuatro meses de sargento de complemento, en la unidad de Lanzacohetes que tiene el ejército en la antigua carretera de la Coruña, y que me da pie para revivir aquellos años de juventud. Y precisamente de allí viene el nombre del blog. Una noche muy de mañana el que suscribe con un florido ramillete de compañeros, bajo los efluvios del alcohol, medio anestesiados, saliéndonos a borbotones por la boca y por todos los poros, llegamos a la entrada del cuartel, en formación no muy reglada, al proceder a darnos el alto el centinela:
-¡Alto! ¡Santo y seña! -No se me ocurre más que responder, seguramente traído a la memoria, por ser de actualidad en aquel tiempo la película.
-¡Aquí llegan Max y los chatarreros, con una buena tajada! -Quedando establecido el mote desde entonces, y menos mal que el centinela era de mi batería y me conoció la voz, ya que ETA y los Grapos se mostraban muy activos en aquellos tiempos.
Fueron unos meses de verano muy aprovechados, sobretodo para corrernos buenas juergas y cojugar todas las modalidades de la tranca. Pese a coincidir el estar de semana en las fiestas de la villa. Nunca me vestí y desvestí tantas veces en un día, pasar de la ropa de calle a los correajes, atender las historias de la batería y los animados bailes y festejos, fue todo un poema de inquieta y febril actividad. La vida de la villa giraba -y sigue girando- entorno del tema central de los milicos. Recuerdo las apresuradas carreras de los sábados, a medio día, hasta la estación del tren, después del desfile que hacía coincidir la música de “…ya viene el pájaro…” y el retraso en aparecer de este, que podía muy bien significar la pérdida del tren a León. No se me olvida una anécdota que da fe del glorioso espíritu militar y guerrero de aquella revuelta época, cuando el franquismo se veía obligado a dar, los que creíamos ¡que ilusos! sus últimos coletazos. A pocos días de la llegada al cuartel, hicimos una marcha nocturna por los alrededores, en total pateamos sobre unos cuarenta kilómetros de tierra reseca y polvorienta, eran las tantas de la madrugada cuando, con los gaznates secos, los pies maltrechos y doloridos, a duras penas enfilábamos la última recta que nos conducía al acuertelamiento y al ansiado y merecido descanso, las piernas se movían más por inercia que por otra cosa, y seguramente seríamos una cabal asemeya del derrotado ejército de Pancho Villa. A todo esto, abría la caminata un jeep con el jefe del cuartel –cómodamente repanchigado- un tal coronel San Martín -que a la postre tendría gran relevancia en el golpe del 23F- Faltarían unos doscientos metros para el arribo, cuando de pronto se detiene el vehículo todo terreno y de el se apea muy ufano el coronel con su traje de campaña -machete incluido- y doblemente fresco, se coloca en la vanguardia de las molidas huestes, inicia un sprint y unos metros por delante, se vuelve y nos hace gestos con la mano diciendo:
-¡Vengan! ¡Vengan! ¡Que yo tengo bastantes más años que vds. y mira como voy!
Excuso decir que desde el último soldado al teniente coronel, nos acordamos –eso sí, por lo bajo- de la puta que lo parió.
Hubiera sido una buena ocasión para acercarnos al pueblo medieval de Castrillo de los Polvazares que se encuentra a poca distancia y en el que en otras ocasiones, degustamos el macizo… ¿qué digo? de ¡hormigón armado! cocido maragato, y disfrutar de un plácido paseo por sus callejas medievales, pero no disponíamos de tiempo suficiente ¡otra vez será!
Arribamos a Cacabelos a la hora de comer, total que decidimos encaminarnos sin perdida de tiempo al palacio de Canero, que está situado en un cercano pueblo del mismo nombre. Giramos una pequeña visita por las instalaciones del precioso caserón, y a renglón seguido, tomamos asiento en el corredor al aire libre, en mesa que previamente habíamos reservado. Aconsejados por el Sr. Prada escogimos los menús, siendo obligada la elección del típico botillo, las castañas y demás delicias de la zona, regados por el vino especialidad de la casa, proveniente de los propios viñedos del palacio.
Terminada la sobremesa, con el sol abrasador logrando que del auto poco faltase para convertirse en un lanzallamas, decidimos que era el momento de hacerse con las cerezas que había sido la disculpa del viaje. Teniendo en cuenta que aparecían a los lados de la carretera cientos de cerezales que doblaban sus cañas por el peso de su preciada carga, juzgamos no sería difícil conseguir que algún vecino nos vendiese unos kilos de la colorada fruta. Consultado un grupo de vecinos, que se atareaban en trabajos de reparación de albañilería, a mi requerimiento me contesta uno de ellos:
-Lo que se dice… vender ¡nadie! -Ya que el precio a que nos las abonan, no paga el coste de la recogida.
Es el eterno abandono del productor y el consentir que el intermediario se lleve la tajada del león, y el motivo de que se pierdan cientos de toneladas de frutas sin recoger, por no merecer la pena.
-No obstante existe una alternativa. –Agregó.
-A las afueras del pueblo dispongo de unas cerezales, y si se sienten con ganas de recogerlas, yo les acompaño y pueden disponer de todas las que sean capaces de feriar de los árboles.
Dicho y hecho, con gran amabilidad nos guía a la finca, y ante la insistencia en recibir una compensación a cambio de su amable gesto, me contesta:
-Si me pagan, no les dejo cogerlas.
Así fue como nos vimos seis individuos, más o menos del culo moyado, entre bromas y chanzas llenando bolsas de cerezas en amigable camaradería, hasta totalizar una treintena de kilogramos.
Caía la tarde cuando decidimos continuar viaje, y en vez de volver por donde habíamos venido, decidimos continuar la ruta por Lugo y acercarnos al pueblo de O’ Cebreiro que habíamos conocido el año anterior, gracias a mi hija Andrea, lucense adoptiva. Pueblo antiquísimo -dicen que anterior a los romanos- donde el tiempo fue detenido en seco, siendo un importante enclave de las peregrinaciones posteriores. Las pallozas que todavía se conservan, son viviendas con techos de paja, que dan fe de su remoto origen, aunque hayan estado habitadas, hasta bien adelantado el siglo pasado.
Un café en la frontera en Vegadeo y llegar a Gijón para cenar en casa, muy cerca de media noche, marcó el fin de la muy agradable jornada de las zreizas.
El libro es de José Agustín Goytisolo y lleva por título “Palabras para Julia y otras canciones”





















































