MAX Y LOS CHATARREROS

Telva y Gildo en griesca (pelea). Por Max.

Publicado en Asturias, General por maxalvarez en Julio 13, 2009

Aunque hace varias horas que las tinieblas dieron paso a la viva luz del verano, todavía el calor no resulta molesto, hace apenas unos minutos que el astro rey, trascantió la imponente mole caliza de la peña Sobia y sus rayos llegan perpendiculares y cegadores, como si fuesen despeñados desde la altura. La vida comienza a desperezarse en el corral, al que da cara la casa, que cuenta con una planta medio elevada, en la que se encuentran ubicadas sus dependencias principales, encima se acomodan las habitaciones. El suelo del patio está empedrado con buenas llábanas (piedras) calizas gastadas, finas y relucientes, que en sus junturas muestran como regueros ya secos, ya verdes, de irregulares colonias de yerbajos. A un nivel inferior al suelo del patio, se sitúa precisamente debajo de la casa, una cuadra o establo, y al que podemos acceder por rampa inclinada, tiene las paredes de piedra unidas con argamasa de cal, la altura de su techo es reducida –pa gente menuda- de las vigas y por las rendijas de las tablas del techo cuelgan filamentos vegetales y abundantes telarañas que hacen fantasmal la penumbra, ya que el recinto no cuenta con ningún ventanal y la única luz le llega por el portalón de entrada. Cuenta con pesebres en dos de sus lados opuestos, confeccionados con gruesos tablones de castaño, con una capacidad para un máximo de ocho animales adultos y un par de xatos, a su entrada se sitúa la carbonera, un palote, una pala o triente de cuatro pinchos, y una vara de avellano, terminada en un afilado aguijón, empleado para azuzar a las bestias, todas se muestran arrimadas a la pared. Al fondo dos vacas pardas del país, acostadas, rumian acompasadas y cachazudas, moviendo de vez en cuando la cabeza para espantar las impertinentes moscas, se respira un vaho calentucio con olor a cucho (estiércol).

Esta mañana las chimeneas de las viviendas que conforman el conglomerado de casas, llevan adelantados sus grises dibujos en el cielo, en el aire se respira el perfume de la yerba seca –hasta diría que bienoliente a jazmín- que llega desde otro portalón techado, que está al fondo y que es el resultado del acarreo realizado a primeras horas –como se suele hacer- mediante una especie de carros sin ruedas, que llamamos ramos, y que suelen arrastrar las parejas de vacas –circunstancialmente cuando el terreno es favorable también lo suele hacer el burro Casiano- levantando nubes de polvo por los caminos. Las recias sogas todavía aparecen dispuestas atando las secas y holorosas hierbas, a lo largo y por los costados, simulando un prisma recostado, es todo un arte el atar bien para que no se caiga por los barrancosos caminos, ese precioso alimento para estos animales con cuernos, que más que dar leche nos regalan pura manteca.

Vemos en primer lugar una escalera de piedra de pocos peldaños, cerrada a su comienzo por una cancilla pintada de gris, que se abisagra a la pared, y que chirría al abrirse, termina en un descansillo con banco alargado de madera –buena atalaya de recibimiento o recibidor- a la derecha está la recia puerta de la casa, con un pequeño ventanuco aledaño y ambos dando a la cocina de carbón, en la que trajina muy atareada la vieja Telva, quien procede a destapar una cacerola de color rojo de la que se escapa una nube de vapor que la envuelve dando la sensación -con su negra pañoleta- de ser una bruja ultimando sus brebajes, revuelve a continuación el cocido con un cucharón de madera y vuelve a tapar, dejando el utensilio revolvedor encima de la masera, camina con dificultad, a trancadas, tiene las piernas bastante arqueadas, después se asoma a la entrada y grita:

-¡Gildo! ¿nun vas a marchar pal molín?

El tal Gildo no contesta ni aparece. Irritada agita en el aire con rápido gesto, un rodillo grasiento de color indefinido -que lleva en el hombro- mientras chilla: -¡Zapeee…! Espantando un gato negro con pintas blancas, que afilaba tan campante y ajeno a la que se le viene encima de improviso, sus garras en el pasamanos, arqueando indolente su largo lomo; perturbado en su solaz, con el sobrevenido aspaviento, se turba la paz de la corrada, ya que el minino se vio obligado a dar un salto que a punto estuvo de dar con el pequeño felino sobre los lomos de una gallina, que cacarea asustada en su huída. La vieja desde la atalaya, después de observar y escuchar, durante unos instantes, vuelve a penetrar en la cocina.

En medio del corral se levanta un vetusto hórreo, en el que se ha garabateado Sobrevilla, tiene una maciza escalera de piedra que le da acceso. Debajo se encuentra dispuesto un pequeño pesebre donde suele estar atado el asno Casiano, grande y viejo, con mataduras y muchas zunas. Hoy en cambio se afana en espantar las moscas con el rabo y a bocaradas, está atado con largo ronzal en una argolla, al lado mismo de la entrada al gallinero de las pitinas, mientras estas pacen, cacarean, escarban y picotean tras de los caracoles y merucos, correteando sin descanso. La cirigüeña luce sus atrayentes florecillas de un amarillo intenso, por entre las piedras de los muros, al fondo un avellano tiene las hojas perladas de hierbas colgando como si de confeti se tratara.

Precisamente del hórreo, en el que por uno de sus costados, se alinean unas cuantas ristras de panoyas, que por efecto del sol parecen de oro, se descuelga de la ponte con gran parsimonia, un anciano portando un saco con algún grano dentro, se presume sean de maíz. Es pequeño y flaco, con ojos muy azules, nariz un poco aguileña, facciones proporcionadas y cara cuadrada, los pómulos con venillas y tirando a rojizos, pestañas pobladas, orejas grandes haciendo honor a su patria tevergana, silencioso, con una boina en la cabeza, gastada y capada, viste pantalones de pana y camisa de cuadros. Añadiré que no suele hablar por no ofender, tolerante, contaba con el don de hacer cálculos de memoria con reales y pesetas mejor que la más avanzada de las computadoras actuales, caminar pausado y sobretodo silencioso cual gato montés –descartando lo de felino- no se alteraba por nada. Aparentaba ser feliz y dichoso en su mundo.

Al rato aparece de nuevo la anciana Telva en el descansillo de la entrada preguntándose en voz alta:

-¿Dónde andará ese folganzán? Seguro está escondido a la sombra, descansando ¿Nun sé de que? en vez de estar preparando el saco de maíz pa chevar a moler.

Mientras tanto el calificado como folganzán, tenía acicalado el jumento, ya le había acomodado el saco sobre la albarda y parecía estar rebuscando al encuentro de una cuerda apropiada para sujetar el maíz, en una especie de despensa que tiene la casona en el frente, debajo de una pequeña galería con cristales estrechos, alargados y con postigos. A la entrada de la puerta del reducido rincón, se apilan diversos utensilios de labranza, a mano derecha un arcón para salar la carne del gochu, encima un pellejo con vino castellano y colgados se muestran: un serrucho, varias guadañas, un berbiquí, formones, cachapos y piedras de afilar, en el suelo arrimados a una esquina están: las hachas, las azadas y mangos de avellano secos para varias herramientas.

Pasa un cierto tiempo, en que las blancas y sedosas nubecillas cruzan el cielo como sedante cataplasma al calor, que por cierto ya arrecia y se encona, incrementada la sensación por el viento castellano que llega por Ventana, hasta que se produce una nueva aparición de Telva… de quien puedo decir: que era un palmo más alta que su marido, flaca con los huesos demasiado largos y mal avenidos por la artrosis, cuando estaba de buen humor –cosa que no era muy frecuente- su risa era peculiar, con fuertes carcajadas estridentes, nariz larga, recia y dura, pelo blanco y peinado en moño, sempiterno pañuelo negro en la cabeza, cejas en marcado arco, frente redonda y un poco abultada, dando la sensación de fortaleza de determinación, así que con estos antecedentes, no podía extrañar que resultase mandona, que no dejase descansar a nadie, eso sí con corazón desprendido y grande temor religioso. Su nueva entrada en escena, sobre la especie de púlpito o corredor de la entrada, indicaba por su expresión que estaba más cabreada que una mona. Ahora sí pilló al reo con las manos en la masa, lo que dio lugar a explayarse y darle un repaso de los que hacen época.

-¡Vago! ¡Siempre fuiste un baicharín! ¡Haragán! Son cerca de las diez y tovía nun fuiste capaz de sujetar el saco. ¿A que esperas folganzán? Después cuando chegues al molín nun podrás moler y volverás con el saco cargando pa casa otra vez. –A todo esto, el viejo aguantaba el chaparrón sin decir esta boca es mía, sin chistar, mudo y a su bola.

Se palpa una nueva andanada, arrecian los improperios, enardecida ante la falta de respuesta –se nota que la abuela se había levantado con ganas de griesca (guerra)-

-¡P’ancima así como tas atando el saco va caete pul camín!
¡Inutil! Si nun fuera por mí, ya fai tiempo que hubieras muerto de fame…

Esta última frase ya supuso el límite que esperaba escuchar aquel santo Job, fue digno de ver aquel hombrín, dejar caer la soga al suelo, elevarse sobre las punteras, desafiante, tieso y engallado, con las manos abiertas, un poco separadas del tronco, como dos alas dispuestas para volar, y comenzar a echar sapos y culebras por aquella boca:

-¡Me cago en mi madre! ¡Me cago en Dios! ¡Me cago en la Virgen! ¡Me cago en la Iglesia! ¡Me cago en la Santísima Trinidad! ¡Me cago en los apóstoles! ¡Me cago en el cielo santo! ¡Me cago en el espíritu divino!… -Y así pudo estar más de cinco minutos, sin tomar aliento, despeñando y emporcando todo lo divino y lo humano, aquel bondadoso abuelo, incapaz de tener un mal gesto, de un pecado ni venial, de matar una mosca, comedido y callado como ninguno. Mientras la mujer echándose las manos a la cabeza gritaba y repetía histérica desgañitándose al borde de un telele:

-¡Sacrílegooo! ¡Herejeee! ¡Más que hereje! ¡Condenado! ¡Que vas dir de cabeza al Infierno! –Alternando con juntar las manos y levantar la mirada al cielo diciendo:
-¡Perdónalo Señor, por que no sabe lo que dice!

Ante aquel tumulto sobrevenido, el sudado burro Casiano, no salía de su asombro, tan pronto enfocaba las orejas como si fuese una trompetilla para el púlpito, como las viraba a la letanía del viejo amo. Terminado el responso, finiquitado el desahogado a conciencia, habiendo logrado herir al contrincante donde más le dolía, ensañándose en el castigo, el abuelo cogió el burro del ronzal y se encaminó al fin, hacia el molino de Entrago. Puedo asegurar que hasta Casiano, marchaba moviendo el focico con asnales muecas jocosas.

Por último diré que un joven que frisaba los veinte años, estaba sentado debajo del hórreo siendo testigo mudo de los acontecimientos –uña y carne con quien suscribe- sujetaba con una mano una hoja de guadaña que situaba sobre una yunca clavada en el suelo, tiene a su lado una taza con agua y un estil o mango de madera, con la derecha maneja un martillo que va descargando acompasado, por su cara plana sobre la lámina cortante, de manera que la iba pillando ente la boca de la yunca y la superficie plana del martillo, haciendo que se adelgace el corte de la guadaña, de vez en cuando introduce la herramienta martilladora en la taza con agua, para marcar y refrigerar el cabruñado. En esas estaba cuando tuvo que suspender el trabajo, ante el peligro de cuartear el filo o machacar un dedo. En principio no daba crédito a lo visto y oído y quedó atónito, después se hartó de reír.

A la noche después de regresar de la siega, el joven se encontró al abuelo liando entre sus dedos, de un cuarterón de tabaco, un pitillo en la sala, había anochecido y acunado por el tictac del reloj de péndulo se entretenía, distanciado de la parienta, que llevaba en la cocina todo el día, rumiando su hosca furia, al mirarlo no pudo contener la sonrisa, recordando la grotesca escena de la mañana, juraría que el viejo abuelo, le devolvió una raposa sonrisa cómplice, sin muestras del menor arrepentimiento, por haber sacado los pies del tiesto.

Y ya que estamos metidos en labor, os enlazo unos videos con unos sonidos de gaita asturiana y también de tonada, por parte del Presi, que les gustaba a los abuelos:

“Gaita y El Presi”

Os dejo un libro de William Faulkner “El ruido y la furia”

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Telva

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Gildo

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Valle de Teverga desde Marabio

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Teverga bajo la niebla

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Pueblo de Carrea

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Ermita de Santa Ana

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Pico Calduveiro

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Marabio

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Laguna

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Laguna de Sobia

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Casa con galería en Entrago

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Peña de Sobia

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Reflejo en la laguna

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Sierra del Aramo

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Sobrevilla bajo la peña

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Horreo en otoño

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Desde la Ventana

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Peña de Sobia

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Cabaña en Cubielles

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Picu Calduveiro

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Calzada romana

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Vista desde el pico

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Subida al pico desde la calzada.

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San Martín de Teverga

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Prado y Gradura

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Seguimos en Marabio

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Sierra Manteca

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Vistas.

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Panorámica.

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Centro de la Prehistoria

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Camino del Xiblu.

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Cuellagar

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Corro.

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Subida a Sobia.

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Por lo alto de la sierra de Sobia.

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Corro en la sierra.

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San Martín

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Mata en carretera romana.

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Subida a puerto de San Lorenzo.

SomiedoTeverga 123
Vista desde San Lorenzo

subi

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3 comentarios

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  1. Lazarillo said, on Julio 22, 2009 at 5:48 am

    A ver si por fin este verano en agosto, entre el 10 y el 16, voy a Teverga.
    Un abrazo y enhorabuena por las fotos otra vez.

    • maxalvarez said, on Julio 22, 2009 at 11:44 am

      Me alegra que vayas a Teverga, de camino puedes girar una visita a los famosos osos en Proaza.
      Podrás acudir el parque de la Prehistoria y en la colegiata de la Plaza ver las mómias de un obispo y de un conde que contaba con el derecho de pernada. Subir al alto de San Lorenzo y si el tiempo es bueno, caminar en el alto y divisar los valles de Somiedo y Teverga. Subir al puerto de Marabio y bajar con el coche por Yernes y Tameza hasta llegar a Grado.
      Espero podamos vernos este verano.
      Un abrazo y hasta pronto.

  2. Lazarillo said, on Julio 24, 2009 at 2:22 am

    Tendré en cuenta tu información. Si estás, nos veremos. Oye, debería subvencionarte Areces por el espejo que das del Principado con tus fotos. Un abrazo.


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