Así a bote pronto. Por Max.
Hasta hace cuatro días, toda esa recua de franquistas amén de fascistas patrios, disimulaban, siguiendo el ejemplo de su añorado padrecito –alias “quícaro sanguinario”- diciendo que ellos eran apolíticos, pero ahora que han ganado el desgobierno municipal de su España, sus hermanos del alma -los pperros- se muestran muy ufanos y crecidos, ya ni pretenden disimular, van por la vida como lo que son: hijos de somatenes con la cara contra el sol y un par.
Por más vueltas que le doy no me cabe en la cabeza, que unos votantes que se supone que son gentes responsables, personas mayores hechas y derechas, hayan entregado el gobierno de sus haciendas locales, después de sufrir en sus carnes, estos últimos años, los crueles zapatazos de unos presuntos izquierdistas que actuaron al dictado de los poderosos, con el resultado claramente en contra de sus intereses, no contentos con ello, entreguen lo poco que les resta a la derecha más cerril. Si su patrimonio había quedado a resultas, poco menos que como un erial, seguro que estos lo van a dejar, sembrado de sal. Una de dos, o hay mucho masoquista entre nosotros, o tendremos que reconocer que una buena parte de la gente vota pensando con los calcaños.
Aunque se creen muy sociatas, la verdad es que son unos socialistos del copón, y lo intentan disimular llevando como mascota en el mascaron de proa a un Zapatero felón. Por desgracia tenemos que admitir que en las procelosas aguas en que navegan, las barcazas que emplean están repletas de podredumbre y albergan a más de un Bono meapilas y pescador en río revuelto y algún que otro Botín mafioso y ladrón, que en realidad son quienes dictan y gobiernan la nave a su antojo. Hace décadas que abandonaron el marxismo, conducidos por el señor de los morritos, un andaluz tronado, de mucha labia y bastante jabón perfumado gal. Hablaban ¡y de que manera tan florida! de dejar su España, que no la iba a reconocer ¡ni la madre que la parió! pero a ellos sí que no los reconoce ni el Iglesias que los fundó.
Decían que no nos fallarían y sus promesas eran humo, la trágica herencia y mueca consiguiente nos legan, con el agravante de haber desbrozado el camino a los pperros ¡no tienen dignidad! Aunque las montañas nevadas no son lo que eran, ni ellos permanezcan todo el tiempo cara al sol, ni mirando a Rodiezno como solían ¡ya no engañan a nadie! Puede que el aguilucho primero y la rosa después, se les haya desteñido un poco, pero vivir de los dineros afanados y sudores del prójimo da mucho lustre, casi tanto como haber abandonado la chaqueta de pana. Pese a que últimamente disimulen con mucha ceja levantada, ellos siempre fueron más de prietas las filas, regias y marciales.
Estos pendejos -ex socialistas- en el 2012 sin duda se estrellarán, contando con el más que demostrado hartazgo de los ciudadanos y el temor cerval a ser y actuar como una izquierda medio pensionista, el caguelo que les entra ante los mercados, los bancos, la bolsa y la secta, terminarán por defenestrarlos. Lo terrible es que no tienen dos dedos de frente y si algún día vuelven a gobernar, volverán a tropezar en las mismas piedras.
¡Vivo inmerso en una esquizofrenia de tres pares de cojones! Por una parte estoy muy jodido de ver como la extrema derecha se encarama al poder, y por otra me digo: “¡que se joda esa derecha de socialistos!” que propició el que se auparan a su chepa, esos extremistas herederos y hermanados con ellos mismos, en el Quícaro Sanguinario.
Me embarga la alegría por el feliz alumbramiento del movimiento del 15-M al tiempo que caigo en el desaliento y la tristeza, al comprobar que la izquierda no acaba de despegar y no hay visos de que la revolución llegue a triunfar algún día.
Me solivianta que el capo de los pederastas patrios se atreva a interpretar a los indignados, tratando de llevar el agua a su molino al asegurar, que la raíz de los problemas de esos jóvenes es del alma no del cuerpo, mientras que por otra parte es una verdadera gozada el comprobar como la mayoría de esos jóvenes mandan a freír espárragos al santón de los pederastas.
No cabía en mi de gozo cuando oí a la grandes empresas manifestar que no tenían intención de despedir a los trabajadores veteranos, alegaban que era contraproducente y puede que hasta les resultase ruinoso, aunque el aspirante fuese a cobrar menos tenían que gastar cierto dinero en formarle, pero… mi gozo en un pozo, cuando dejaron caer –con el mayor de los cinismos- que en compensación estaban dispuestos a bajarles el sueldo a los curtidos y subirles la jornada ¡Cojones con los espabilados! Aquí el más tonto fabrica relojes ¡Negocio redondo! Así se ahorran de pagar despidos, al tiempo que reducen costos.
Zapatero demostró ser un irresponsable un verdadero energúmeno y con él todos los dirigentes socialistos, del primero al último son culpables, no se puede ir por la vida, creyendo que todo el monte es orégano. Esa ralea de políticos de tres al cuarto, se sintieron tan seguros en su prepotencia, despreciando a sus votantes y regalándole el gobierno a la derecha extrema, seguramente por más de una década. No se puede gobernar contra sus votantes, abofeteándolos sin duelo, creyendo que estos pondrían la otra mejilla, eso estaría bien si se tratara de los meapilas herederos del franquismo, pero me da que muchas de esas gentes no suelen votar socialismo, por muy a la diestra que se encuentre. Ni un solo gesto, fueron capaces de tener con sus fieles sufridores ¿Qué les costaba haber rescatado el impuesto sobre el Patrimonio? Haber subido un poco el impuesto a las SICAV. Cambiar la ley Electoral. Tomar en serio la ley de Memoria Histórica. Amenazar con denunciar el santo Concordato. Pero estaban muy ocupados haciendo oído al murmullo de grillos de los pperros. Todos ellos gestos mínimos que hubieran mantenido bastantes votos, por lo menos la llama prendida. Ahora se rasgan las vestiduras y lloran implorando a Izquierda Unida que no los abandone en Extremadura para poder mantener un feudo ¿Acaso les debe algo Izquierda Unida? ¿Se ocuparon –cuando podían- de hacer algo para que los votos de la izquierda tuviesen el mismo valor que los de los demás? ¿Ampararon alguna de las iniciativas de los Yuncidos? No es más cierto que se ocuparon -a todas horas- de pactar con la extrema derecha todo lo que les petó. ¿Sabes que les diría? ¡Que se vayan al carajo los socialistos! ¡De venderse al mejor postor! Al fin y a la postre –como decimos los Indignados del 15-M- “PP y PSOE la misma mierda son” Que se sigan alternando estos peleles, en el saqueo del Erario Público.
El abuelo Avelino. Por Max.
Era pequeño y tenía mala hostia. El tener mala uva ¿será carta de naturaleza de los no demasiado espigados? Nunca intentó pegarme, miento, una vez si quiso, pero escapé, aunque no fuese más que un renacuajo, juzgue prudente no esperar a que me zurrara la badana.
No tengo explicación para su paciencia con los nietos, ya que era un reventado, un perfecto chinche; me hubiera gustado verle con los hijos, cuando estos eran niños; aunque seguramente la cosa cambiaría bastante… él todavía no era abuelo.
El mulo era su desahogo, el darle una camada de palos a la mala bestia, le servía de terapia, ¡no le pasaba ni una! Pudiera ser que el endemoniado bicho fuese masoquista, ya que a menudo procuraba ganarse el castigo.
Le gustaba contarnos historias y aventuras de la Habana, y aunque no era un ruiseñor, hasta se atrevía a entonar canciones cubanas. Tenía un inmenso baúl, con refuerzos metálicos en las esquinas, que había viajado acompañándole, por esos lejanos mundos; para los nietos, era el arca del tesoro.
Cuando ordeñaba las vacas, siempre nos ofrecía el beber del mismo jarro, aquel líquido espumoso, tan templado como la misma ubre del animal y que servía para dibujarnos en la boca un blanco bigote ¡como prestaba y lo bien que sabía!
Era un cascarrabias, cortaba las raíces de los nogales de un vecino –al que no podía ver- por que decía que invadían por debajo de la tierra sus dominios, así es que se esforzaba en tener cavada una trinchera, en aquel linde.
Lo recuerdo en la galería, sentado en un sillón de mimbre, con las piernas cruzadas y como en cuanto se descuidaba, los nietos aprovechaban su pie como asiento de columpio, mientras balanceaba la pierna, hasta que pronto se cansaba.
Nunca iba al chigre, paseaba por la cocina, estorbando las tareas de la abuela, que le echaba pestes y decía que la ponía nerviosa, con tanta ida y venida “Paez que tien el baile San Vito y nun pue tar quietu”
Le escribía cartas al dictado, para enviar a sus parientes de Madrid y de Cuba. Era analfabeto y apenas garabateaba una especie de firma, de pequeño no pudo ir a la escuela, ya que tenía que atender el ganado, después cuando cruzó el charco, era tiempo de trabajar a destajo, para juntar cuatro cuartos y regresar.
Al anochecer acudía a casa de su hijo Ramón y se subía en una banqueta para escuchar más de cerca la radio Pirenaica, el noticiero de la B.B.C. o radio París, ya que corrías peligro -si dabas mucho volumen- de ser escuchado por quien no debíera, yo era su fiel escudero, en las nocturnas aventuras radiofónicas.
Ayudó cuanto pudo a los fugaos del monte -Angelín uno de los más famosos del concejo, fue el padrino de uno de sus hijos- y en la posguerra, bastantes cestos de comida salieron de su casa, para “matar la fame” de sus vecinos más necesitados.
Cuando tenía una vaca de parto igual se pasaba la noche en la cuadra, si acaso pegaba un pigazo, encima de un brazado de hierba, esperando el feliz alumbramiento de la res.
Eran recurrentes las disputas con la abuela Estrella, en aquel tiempo, el pan de escanda era casero, se solía amasar cada dos semanas; hecha la masa y los panchones, a continuación caldeaban el horno quemando madera; el problema surgía a la hora de cocer, para el abuelo –que presumía de haber sido panadero allende los mares- debían estar poco cocidos, a la abuela le gustaban bastante cocidos… el conflicto era inevitable, total que solía haber más chispas fuera que dentro del horno.
Dejó este mundo en verano del sesenta y tantos, era el segundo de los abuelos en irse, recuerdo que salí de la iglesia llorando, consciente de la rotura de un vínculo y el cierre de un ciclo, el otoño anterior lo había hecho la abuela, a partir de entonces ya nada sería lo mismo.
Obligaciones. Por Max.
Que duda cabe que hubiese preferido quedar en mi habitación, estudiando… para que nos vamos a engañar, con trece años… adivinareis que era mera disculpa, la verdad es que me había dejado un compañero, un par de colecciones de tebeos con las aventuras del Capitán Trueno y el Jabato y me consumía la impaciencia por devorarlos, pero pronto vino mi hermana para anunciarme, que teníamos que acompañarla a misa.
Por supuesto contesté que fuese ella sola, que yo tenía que estudiar. Preparaba el dar más explicaciones detalladas, cuando asomó la cabeza padre por el hueco de la puerta y se quedó mirándome… recuerdo que estrenaba casco para montar en la Vespa, e ir a trabajar a la Fábrica Moreda, en el turno de la tarde, no necesitó decir nada, tuve que asentir, que claro y al galope. Diligente me cambié de ropa y en compensación puse el jersey de los domingos.
Ellas ya estaban preparadas, salimos a la calle Ancha, cruzamos la avenida de los Campones a la altura de la fuente, seguimos por la supuesta acera pegada al muro de la Quinta Valle y traspasamos las vías del tren Carreño por el apeadero, por cierto que Marina la guardesa –que era un tantín bruta- comentó al vernos pasar:
–Abuela, vaya neñus más sanos y coloradotes, seguro tán criaos con buenas papas y boroña.
Aparte que era mentira, pues si de algo pecábamos, sería el estar más bien flacos, y eso sin contar que la boroña en nuestro pueblo la solían comer los xatos ¡nunca las personas! lo que vino a dejarme los mofletes ardiendo, y más rojos que un piño de cerezas de monte. Pasamos a la vera del lavadero y rematamos la excursión en el cercado de la iglesia de Tremañes -dedicada a San Juan Bautista- encontrando trancado el templo, con el anuncio en una pequeña urna, que hasta las siete de la tarde no había misa. La anciana tenía mono de misa y no era cuestión de que en la espera le entrase un peligroso delirium tremens religioso, así que acordamos el acompañarla al centro de Gijón, que allí seguro había misas a porrillo.
Con las mismas, desmadejamos el camino, después continuamos por el sendero que pasaba al lado de los antiguos talleres de la RENFE, que como siempre soltaban el molesto polvillo de aserrín y esparcían el característico ruido de maquinaria trabajando la madera; cruzamos la vía ancha de rieles paralelos que va camino de Oviedo, a la altura del apeadero de la Algodonera. Proseguimos por la avenida de las Industrias, manchando –con gran pena- los relucientes zapatos –para el tema del calzado, padre, era muy quisquilloso, estaba emperrado en que mis sucias y despellejadas babuchas, sirvieran de espejo… ¡nunca lo logramos!- el culpable era un polvillo negruzco y pegajoso que abundaba delante de la Cristalera, de la Algodonera y de la Harinera y de todas cuantas industrias ejercían, en calle tan laboriosa; llegando a Cuatro Caminos con la intención de coger el tranvía, que del puerto del Musel, pasando por el Natahoyo, llegaba al Muelle, al final de la calle Corrida, en concreto a los diminutos –un par de palmeras mal contadas- Jardines de la Reina.
Desde allí cruzamos delante de la estatua de Pelayo y el palacio de Revillagigedo, seguimos por la plaza del Ayuntamiento saliendo en un periquete, a la playa de San Lorenzo, pateamos por encima de las termas romanas –que de aquella permanecían mudas y ocultas, ni se conocían- y accedimos a la iglesia de San Pedro, allí dentro quedó la abuela sumida en el rezo y sus santas monsergas, esperando la nueva misa que en breve habría de comenzar.
Era verano, salí al paseo, la marea estaba baja, primero caminé hasta divisar el club de Regatas, después retrocedí en dirección a los jardines del Náutico, dejé atrás el edificio de la Pescadería, llegando a la conocida Escalerona, el paseo estaba muy animado, la fina y húmeda arena, también, toda ella lucía rebosante de vida, jóvenes bañistas “medio en porrica” –según comentó la abuela, después- intentaban apropiarse del mayor número de rayos de sol. Algún que otro biquini con cuerpos esculturales dentro, barrunto que fuesen francesas o suecas –ya que las nativas todavía no habían traspasado la raya de tamaño atrevimiento- daban colorido y animaban el brillo de los ojos de los paseantes masculinos.
A la hora convenida acudí a la puerta del templo y dado que a la religiosa anciana, con tan buen tiempo, le apetecía dar un paseo por el muro de la playa, cosa que a mi hermana maldita la gracia que le hacía, conocedora del recato de la anciana, de veras se temía algún altercado. Procuré animarla, expectante de ver la reacción de la beata abuela, enfrentada a la cruel desnudez de aquellos pendones desorejados, con las chichas al aire, que se dejaban ver por la pagana arena.
La verdad es que no fue para tanto, aparte de llevarse las manos a la cabeza –imagino que con la sana intención de sujetar el negro pañuelo, para que no se lo llevase la fuerte brisa- o juntar manita con manita y ponerse a rezar por tanta oveja descarriada, fue de lo más comedida, se limitó a dirigirse desde la barandilla a dos que paseaban luciendo el palmito por el arenero, y se acercaron peligrosamente al muro, diciéndoles con voz meliflua:
_Con lo saladinas que sois, cuanto más guapinas estaríais vestidinas, como Dios manda.
Tampoco era cuestión de seguir tentando la suerte; proseguimos llevando la religiosa abuela en el medio, enfilamos la calle Jovellanos, pasando por delante del Instituto dedicado al insigne patricio; por parte de la anciana, hubo un intento –abortado en origen- estas gentes mayores, aquejadas de tamaña fé, son como los borrachos, todo templo les viene bien, pugnó un instante en asomarse a la Iglesiona, a duras penas la convencimos de la necesidad de continuar, a través de Álvarez Garaya vinimos a dar en la plaza de los Mártires, donde cogimos el autobús dirección al barrio de Tremañes, al que llegamos sin mayor novedad, ni contratiempo digno de reseña.
El precio de la libertad de un mulo. Por Max.
El relato es verídico, cualquier similitud con un cuento, es pura coincidencia.
Envuelta y arropada por la gris penumbra, la anciana Estrella se acerca a la cama, camina sigilosa, como si de un felino dispuesto a dar el salto se tratara, precaución inútil ya que su misión al fin y a la postre, es despertar al nieto dormido.
Con ambas manos apenas mece con delicadeza al niño, que dormita hundido en un jergón de hoja de maíz, mientras le dice:
–Mino, vamos arriba ¡ya es la hora!
El crío no contesta, pero se encoje y trata de tapar la cabeza con el embozo.
Emplea unos minutos en abrir los ojos pequeños, sinceros y asombrados, lleva desde los dos años, creciendo y acomodándose a la vida sufrida de la aldea, sin otro remedio ni reclamación; había terminado hacía poco, el curso en la escuela, pero en los meses de la hierba, era necesario arrimar el hombro, ayudar, echar las dos manos, cada uno acorde con su tamaño y condiciones físicas.
La vieja abuela hacía humear el fogón bien de madrugada, y tenía a punto la leche, el chocolate o el café colado de la manga, para brindárselo a los habitantes de la casa-molino, y hasta al mismo pendejo sol, que después no tendrían duelo de nadie durante todo el día. En esta época, no se trabajaba de sol a sol, sino que desde mucho antes que Lorenzo se quitase las legañas, hasta después que rendido de achicharrar las tiestas de los yerberos, se acostase.
El ambiente, aunque el verano va bien mediado, en aquella hora precoz, peca de fresco. Verdaderamente es duro el trabajo en el campo, aparte de los horarios intempestivos, el relente mantiene la pación húmeda, arrancando los rayos lunares, destellos plateados de las hojas caídas, pero sin lugar a dudas, se siente frío en horas tan tempranas. El cielo luce despejado, acogotado de estrellas, mientras los cuernos de la Luna marcaban nítido el cuarto creciente.
A la puerta de la casa aparece atada una caballería, que el abuelo Avelino, previamente se encargó de aparejar. No sabría decir si era un mulo muy macho o un macho muy mulo, de lo que si estoy seguro es que era viejo y aparentaba estar bastante resabiado, durante muchos años -en la mina- se había visto condenado a arrastrar cientos de vagonetas –sin ser consciente de haber cometido delito alguno- por ello desde que cambió su suerte, habiendo mudado las tinieblas del agujero, por el radiante sol, valoraba mucho más la posibilidad de ser totalmente libre, como veremos más adelante.
El arrapienzo, no tenía pinta de ser tirador de piedras, ni perseguidor de perros, ni mucho menos de maltratador de mulos, aunque la violencia del ser humano, sale a flote en cuanto te descuides un segundo; las peleas a pedradas con los niños de los pueblos vecinos, siempre fueron recursos socorridos, de desfogue y disfrute masoquista, pese al empeño del maestro Octavio, por reducir el número de descalabros, decretando castigos ejemplares en las huestes de tan aguerrida tropa escolar.
Al crío le hubiera gustado acariciar una larga crin, pero el mulo carecía de ella, y no se dejaba querer, si acaso le sobraban sus permanentes malas pulgas, y abundantes restos de mataduras, en sus costillares salientes y desgarbados, devorados con fruición por las golosas moscas.
Una de las zunas más molestas de la bestezuela, era que solía revolver la cabeza, con el hocico jocoso, enseñando los dientes fuertes y amarillentos, al tiempo que trataba de propinarle un bocado a la faltriquera del aparejador, cuando este le acomodaba la albarda encima de los costillares y le apretaba la cincha -no solía fallar- aparte que el muy tunante se las sabía todas, juraría que hinchaba la barriga para que la correa quedase floja, en cuanto el vientre recobraba su tamaño real, así no le molestaba después, aunque por contra el jinete –a poco que se descuidara- corría el peligro de terminar –por deslizamiento- entre las patas del animal.
Les van saliendo al paso, sombras fugaces de casas pequeñas, poderosos nogales con sus brazos abiertos, les acompañan cuando se deja el pueblo -junto al abrevadero que hay por encima de la escuela- el camino empieza a jadear, brillan las gastadas piedras, y se encuentra, en los bordes del camino, abundante vegetación de artos y espineras, hasta casi llegar al puerto de Marabio.
No los comía del todo la oscuridad, ya que por la Mucheirina se alumbraba un débil resplandor anticipo del cercano asomo del astro rey. Al pasar entre las casas del pueblo silentes al alba, en algunas se adivinaba trajín, ya que soltaban extrañas y confusas señales de humo por sus chimeneas.
Dormitaban las gallinas encaramadas en sus sucios palos, en cambio siempre hay un condenado chucho que ladra al paso de los madrugadores, intentando meterle miedo a la noche, con sus histéricos gruñidos y ladridos destemplados.
Suben el cansado camino de Marabio, el pequeño sobre el mulo, el adulto, su tío –de nombre Pedro- a pie llevando el ronzal en la mano, aunque soñolientos, llevan buen ánimo; está seca la ruta y las herraduras de la bestia arrancan chispas de las piedras gastadas, hasta cerca de las Cuandias, va quedando atrás al fondo, el pueblo de Prado.
Los adelanta al galope un brioso caballo negro, montado por joven jinete, lleva las alforjas con sendas cantimploras de aluminio, de cuyas tapas penden unos trapos blancos que hacen de junta, ahora van cargadas de agua fresca, por la tarde regresarán llenas de leche. El macho sigue con su paso cansino, si acaso enfoca sus pequeñas orejas a escuchar por si tenía alguna nueva que comunicarle su pariente equino.
Llegando al alto, crecen a los lados helechos y árgumas, los fresnos, desde sus elevadas copas, los contemplan pasar sobre sus raíces, descubiertas por el temporal del invierno. Después del canto de Áspara, cuando llueve, la calzada se encharca y embarra, durante el día el tórrido sol de Castilla, hace de horno de alfarero y deja esculpidas las huellas de los animales que pisan el barro arcilloso, son restos que ahora con la seca, se van deshaciendo otra vez en polvo, a la espera del agua y el nuevo amasado por medio de las pezuñas de las bestias, que den lugar a tan adornadas y caprichosas esculturas.
Se alza el cielo para enrasar con la altura de peña Gradura, mientras se arrastra en el fondo del valle, entre Santianes y Entrago, silva el viento en Santana y desmelena los castaños y robles por el Calecho y Brañamoucada. El arroyo ya no corre ni muge como en Abril, está callado.
El caso es que llegaron, tío y sobrino, a la braña de Cubielles, en concreto al prau de la Corrada del Canto, cuando comenzaba a clarear el día. Las piernas con pantalón corto del crío van entumecidas de frío, aunque ya pasaron la hondonada de Marabio, donde la rociada vestía con su tenue gasa las árgumas y hacía un frío que escaraballa el pelleyu (te deja la piel de gallina).
Desde la cercana sierra les llegaba una suave brisa, doblando las hojas de los abedules y les dejaba alegres trinos de jilgueros; no muy lejos hacía poco se había descubierto una cubil invernal del oso, perdida en una pequeña hondonada, cuando se buscaban unos terneros extraviados.
En el cercado del prado de Gasparín -que ya tenía recogida la yerba- fue atado con una cuerda larga el sangrudo macho, en prevención de problemas posteriores, conocida su afición a juntarse con los rebaños de yeguas que pasaban por los alrededores pastando.
Durante el día un abigarrado coro de grillos se afanaban en extender sobre el colorido mar de yerbajos, una música de encantamiento, seducido y jaleado por tamaña orquesta, el corazón del crío cantaba como si hubiesen anidado en el, una pareja de mirlos.
Marallo va y marallo viene, cuando llegó el medio día, más de dos tercios del prado aparecían con su fruto tumbado y esparcido (esmarayado) y secándose a la testera del sol; el crío -aunque de vez en cuando- se iba tras los saltamontes, aprovechaba para azuzar con la esparba las topineras o inundar con la meada los agujeros de las cigarras, para obligarlas a salir, pese a todo había cumplido su misión.
Arde el aire y quema como llama, cuando pasa una res junto al muro de piedra, con su cencerro colgado, que ve alterado su monótono son, al mover esta la cabeza con fuerza, para espantar las moscas, se apresura buscando refugio a moscar en la mata Oscura del canto.
Dormida la siesta amparados por la sombra de un tejo y cabruñada la guadaña al despertar, en poco tiempo quedó completada la faena… y en ese momento dio comienzo la odisea.
Cansados pero contentos por haber dado fin al trabajo en hora temprana de la tarde, regresan en dirección al prado donde habían dejado el mulo, siendo su sorpresa el encontrarse con que la bestia había desaparecido, ni rastro quedaba del mulo, ¡miento!: allí estaban las huellas del delito, un trozo de la roída cuerda y la albarda con la cincha encima del paredón, que le habían sido quitadas -en buena hora- para que estuviese más cómodo el animal.
Preguntadas a las gentes que por aquellos prados se afanaban recogiendo la hierba, les dieron razón que el mulo parece ser que atendiendo a la llamada de la sangre o de sus hermanos, se había entretenido en roer el ramal hasta romperlo, a continuación saltó limpiamente el muro, y se había unido a una manada de caballos medio salvajes que por allí pastaban, tomando todos camino de la sierra, dirección al pico Calduveiro, o más probable al lago de la Tambaisna.
Allí tenemos al cansado segador después de manejar la guadaña durante toda la jornada, cargando al hombro con la albarda del animal, subiendo la sierra chorreando de sudor por el camino romano hasta avistar el lago. ¡Ni rastro del fugado!
Al regreso al pasar por la braña de Cubielles allí quedó la albarda, según las últimas nuevas la recua transitaba camino de Praudongo o la Cruz de Fuexu, esa dirección siguieron las dos almas en pena, descubriendo el reo tan campante pastando en compañía de sus nuevos amigos. A campo descubierto hubo un primer intento de apresar el mulo, resultando el intento fallido, después de carreras y sudores baldíos ¡échale un galgo!
No obstante con la ayuda de varios vaqueros, se logró encaminar la manada de equinos por el valle y fue conducida hasta las inmediaciones del prado de Brañamayor, al que se le abrió la cancilla, logrando meter el tropel de caballos sin domar en el cercado, y al fin se le pudo echar el guante al amante de la libertad, que tanto gustillo le había tomado aquella tarde, pasaba de las diez horas de la tarde, estaba oscureciendo y apuntaban las primeras estrellas, cuando se consiguió dominar y meter en cintura al fugado.
Se avecinaba una negra noche, aunque el cielo estuviese adornado por millares de luciérnagas, montaron encima de la bestia, a pelo, Pedro delante, detrás el chiquillo agarrado a la cintura de su tío, ya que con sus cortas piernas no alcanzaba a engarfiarlas sobre el lomo del mulo. Al primer estacazo sobre los cuartos traseros, el animal respondió con un salto en la campera que estuvo a pique de dar con la carga en el suelo, menudearon los estacazos atrás, adelante y por todas partes, el crío pálido no descartaba el recibir algún golpe de la enfurecida tanda. Pasaron por delante del pozo del Agua, el pozo Seco, a galope tendido, enfilaron la cuesta de Piedrachonga sin decaer la carrera. El mulo llevaba el rabo levantado haciendo de timón y juraría que hasta el chiquillo había momentos que marchaba también horizontal paralelo al rabo de la bestia, tal era la endemoniada velocidad con que se desplazaban, que más parecían volar que otra cosa.
El viento tomaba fuerza a su alrededor, de la boca del encrespado jinete salían rayos y centellas, él que era de pocas palabras, gritaba como un endemoniado, desahogando la furia contenida, en insultos a la mala bestia, los fresnos se movían llevados y traídos por el viento y hasta aparentaban querer gemir al paso de aquel rayo desbocado.
El llegar a Santana y desmontar supuso un alivio para el muchacho, era noche cerrada y cuesta abajo corrió sin descanso, hasta plantarse en el Río en menos de media hora. No tuvo tiempo de sentir miedo, la noche estaba clara y el acaloramiento de la carrera, hicieron el resto. El mulo fue castigado a llevar a Pedro hasta la misma puerta del molino. El paladeo de unas horas de total libertad, a la postre, le habían resultado bastante caras, cientos de palos en sus costillares, y una carrera agotadora, de los que tardó unos cuantos días en recuperarse.
Ya lo decía Cicerón: “La libertad no consiste en tener un buen amo, sino en no tenerlo” ¿O no será así? Igual estaba más acertado Camilo José Cela : “La libertad es una sensación. A veces puede alcanzarse encerrado en una jaula, como un pájaro”. Aunque a la filosofía del mulo, quizá le cuadre mejor la opinión del insigne José Martí: “La libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella, o comprarla por lo que nos pidan”.
Ya que por estas fechas se celebra la fiesta de Santana en Marabio, sirva este recuerdo de modesto homenaje, a los que por aquellas camperas se divierten en tal día.
Ermita de Santana

Mirando a Cuacartel y Cubielles

Braña de Villamayor y cordal de la Mesa

Teverga desde el alto de Santa Cristina

Prado, Gradura y valle de Teverga.
La mayoría de las fotos son de Alberto Montes y están en Panoramio
Crisis total. Por Max.
¿Democracia auténtica? ¡Ni por el forro! Quizá nos dejen la capacidad de participar –en meter el voto en la urna- con lo que suponen quedamos satisfechos de sexo para cuatro años. En temas económicos no nos está permitido ni siquiera opinar. Tan amigos que somos de referendos, de encuestas y demás zarandajas, ¿alguien tuvo conocimiento que ZP antes de bajar las pensiones y los sueldos de los funcionarios, decidiera consultar las medidas a tomar preguntando a los ciudadanos? ¡que va! se limitó “al ordeno y mando lo que me piden los mercados” y santas Pascuas. Llevo años repitiéndolo “pasó el carro delante de las vacas” y así no hay forma de progresar, de tirar para adelante.
El dios Mercado lo gobierna todo a su antojo ¿Quién tiene la culpa de que las cosas vayan así? Nosotros que nos dejamos embaucar. Bienestar social, vida cotidiana, deseo popular expresado en las urnas ¿Son atendidos? ¡No! Luego los poderes representativos no sirven ¿Resultado? ¡No hay democracia y con las mismas, perfectamente se la pude mandar al carajo!
Los capitales son libres como el águila, de volar de paraíso fiscal en paraíso. Los países ricos se protegen y a la vez lo hacen con esas cuevas de ladrones. Las decisiones finales están en manos de cuatro buenos lebreles: Minorías Poderosas, Fondo Monetario Internacional, Bancos Centrales y Agencias de Calificación.
Si las Naciones Unidas que lógicamente debería tener la última palabra sobre tan delicados asuntos económicos, y decidir por mayoría y democráticamente, al final es un cero a la izquierda ¿Qué nos queda? El G-8 el G-20 etc. y demás pantomimas. Total que los temas importantísimos de la economía son escamoteados a la ciudadanía y cocinados por los cuatro innombrables. ¿Qué se puede esperar de este orden de cosas? Lo que padecemos: ¡Crisis pa los de siempre, una detrás de otra!
Si el modo de organizar la vida económica, el reparto de la riqueza o el uso y disfrute de los recursos, no se considera que sea algo que deban y puedan decidir los ciudadanos. ¿Para que cojones queremos la democracia? ¿Para ir a meter el voto en la urna cada cuatro años? ¡No amiguinos, conmigo que no cuenten! Pese a llevar bastantes años a cuestas, todavía me quedan satisfacciones sexuales, más gratificantes.
La democracia plena es una suma de infinidad de pequeñas democracias que van peldaño a peldaño formando unidades mayores, llegando a la cúspide con dos ramas principales como son: democracia económica y democracia política, la primera degeneró en una clara dictadura de los mercados, la segunda aguanta con más pena que gloria, en cuatro contados lugares. Con esos mimbres jamás podremos conseguir una democracia medio pensionista que se precie.
Faltan normas que obliguen a que las decisiones sean tomadas por el espacio que represente a los ciudadanos y no como sucede ahora en que estas decisiones transcendentales son tomadas por los mercados. Es más que urgente el regular las relaciones comerciales y financieras. Las decisiones deben estar sometidas a la voluntad de los ciudadanos, sin excusa y por siempre jamás.
La financiación de la economía es un bien público y no puede estar únicamente en manos de la banca privada que tiene unos intereses demasiado alejados del bien común, por ello es más que urgente el que los Estados dispongan de una banca Pública fuerte.
La conocemos como Crisis, pero en realidad se trata de una monumental estafa, orquestada entre los Estados y la banca privada, los primeros le concedieron el privilegio a los segundos de crear dinero, con la excusa de financiar a empresas y consumidores, siendo aprovechado por los segundos –con o sin consentimiento explícito- para financiar los mercados especulativos –que son más agradecidos- y olvidarse al tiempo de la economía de producción -que da menos leche-
En España hace unos años, la poderosa banca privada le doró la oreja a los políticos y al Estado, para que se deshiciera de la banca pública, alegando que ellos estaban mucho mejor preparados para desempeñar esa sagrada misión de financiar la economía de producción. No contentos con eso, a continuación emprendieron el asalto al Banco Central, y a día de hoy lo tienen, comprado, cautivo, trabajando para sus intereses y comiendo dócil de su mano.
Siguió girando la ruleta de la fortuna, y con la excusa de luchar contra la inflación –la poderosa y desalmada banca- aconsejó a los gobiernos, la imperiosa necesidad de llevar a cabo políticas que redujeran los salarios –para así aumentar los beneficios de los de siempre- y llegar a alcanzar la total privatización de pensiones y servicios públicos –otro tanto de lo mismo- Y en esas estamos, con los objetivos a punto de ser logrados, a entera satisfacción de los muy pendejos.
Y gira y gira eternamente la ruleta. Sobrevenido el batacazo, en vez de dejar caer los bancos irresponsables y meter en la trena a directivos de estos y los de las agencias de calificación culpables todos ellos, les premiaron con la concesión de billones de euros, en créditos a intereses irrisorios, con la peregrina excusa de que así seguirían financiando la economía. Estos agradecidos beneficiarios, contestaron con un buen corte de manga, aprovecharon para sanear sus cuentas y seguir especulando con los alimentos o el petróleo y de propina cerrar a cal y canto el grifo a los prestamos. ¡Jugada para enmarcar!
El Roto lo ilustra de maravilla




























































































































































































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