MAX Y LOS CHATARREROS

Endosar el muerto y acicalar la novia. Por Max.

Posted in Actualidad, Africa. by maxalvarez on octubre 16, 2009

Suelo permanecer poco tiempo enganchado a la caja tonta, pero hay un canal que -por cierto es el preferido de mi querida compañera- lleva por título VIAJAR y que por su temática no me disgusta, así que hay veces que es obligado el entretenerse viendo y escuchando sus historias. Creo que lo realiza la retrógrada cadena gringa la FOX, me hace gracia que cuando el tema del viaje trata de algún país de detrás del antiguo telón de acero, el comentarista no te enseña las particularidades de sus ciudades, monumentos, obras, gentes, etc. Se intuye que no domina demasiado el asunto ya que se pasa la mayoría del tiempo, especulando con la maldad del comunismo y así se puede tirar horas y horas repitiendo como un papagayo la cantinela como una machacona y persistente gotera. De acuerdo que el seudo comunismo fracasó, pero no veo que el capitalismo ande mucho más allá y pueda presumir de otra cosa, que ser el causante del mayor número de muertes -con la disculpa del hambre- en todo el mundo (millones y millones), bien es verdad que unos pocos, viven a su costa de puta madre. Con el agravante que muchos de los que abrazaron el capitalismo como la gran panacea –esos de detrás de la cortina- están cambiando de opinión a marchas forzadas, cuando comprueban que sus países se van al garete, casos como Rumania, Serbia, Letonia, Hungría están en bancarrota pese a llevar unos cuantos años de curativo capitalismo, cuyas recetas y cataplasmas lo que están consiguiendo es extender el hambre, como no se podía esperar menos de un sistema que se rige por la ley de la selva y dejando en coma –no dando de comer que es algo muy distinto- a los enfermos que decían querer ayudar.

Y como hoy es el Día Mundial de la Alimentación –payasada de turno- constatar que el tema del hambre se agrava de día en día y no creo que ahora tengan el cinismo de echar la culpa al comunismo. Se habla que ya sobrepasamos ampliamente los mil millones de hambrientos y en aumento acelerado. Las grandes potencias económicas -capitalistas por más señas- van de cumbre en cumbre y de foto en foto, sin atacar a fondo las causas del hambre que no es otro que la esencia del criminal capitalismo, hacen oídos sordos ante los gritos de alarma que surgen de las agencias humanitarias. Escuchan en silencio las peticiones de ayuda económica del PAM. Y los burócratas que administran presupuestos multimillonarios de dineros especulativos, argumentan en voz baja que “a causa de la crisis económica internacional, no hay fondos para afrontar el problema”. Sin embargo, J. Sheeran asegura que bastaría con dedicar a la lucha contra el hambre “menos del uno por ciento del dinero público invertido en ayudar a las entidades financieras” durante el último año. Ese es el capitalismo que se permite la mofa del comunismo, cuando el único país verdaderamente comunista actual es Cuba y allí no diré que coman mucho, pero como contrapartida, es de los pocos en que nadie se muere por no poder llevarse un mal garito de pan a la boca.

Continuo con otro capitulo de las andanzas del Gran Poder.

“…En la edición de diciembre de 1998 -justo en el momento en que el Banco Santander y el Central Hispano estaban negociando secretamente su fusión- La Banca publicó un extenso trabajo que ponía de manifiesto cómo el BCH había tenido cuantiosas pérdidas en el ejercicio 1994, para enjugar las cuales había «endosado» el muerto, con entero desparpajo, a Dragados y Construcciones, la importante constructora participada por el banco, cuyo presidente era a la vez el vicepresidente del BCH. Era el momento menos oportuno para que el banco mostrase sus vergüenzas en forma de tan abultadas pérdidas. No se olvide que Banesto acababa de ser intervenido por problemas de muchísima menos envergadura que los que afectaban tan directa y gravemente al BCH, cuyo presidente no ha tenido inconveniente en reconocer paladinamente que el «agujero» de su banco -y ese «agujero sí lo era de verdad- ascendía a cerca de un billón de pesetas. Por lo que todo se redujo a poner guapa a la novia para que saliese convenientemente ataviada desde el prostíbulo hasta el lugar de la solemne ceremonia nupcial.

En la información periodística de La Banca se cuantificaban las pérdidas del banco en 8.000 millones de pesetas, frente a los resultados «oficiales», que arrojaban unos beneficios de 23.010 millones. Basábamos la discrepancia ajustándonos en todo, sin quitar ni poner, a la información publicada por el propio banco y su participada. Con profusión de datos documentales, decíamos que los accionistas de Dragados, en cuya sociedad el BCH tenía un 23% de participación, se vieron forzados a asumir esas pérdidas, que en buena tesis tenía que soportar exclusivamente dicha entidad bancaria.

El origen de las cuantiosas pérdidas radicaba en las vicisitudes de la constructora Comylsa, una sociedad participada al 100% por el BCH. Comylsa había sufrido a su vez pérdidas muy importantes que la habían llevado a una manifiesta situación de quiebra, a pesar de varias ampliaciones de capital cubiertas por el BCH. En 1994, poco antes del cierre del ejercicio, el banco, en su condición de accionista significativo de Dragados, determinó por las buenas, sin encomendarse a Dios ni al diablo, que ésta adquiriera las acciones de Comylsa. Con tan forzada operación, el rojísimo balance del BCH, con sus cuantiosas pérdidas a cuestas, se transformó en el balance más resplandeciente e impoluto al mostrar unos beneficios ficticios de 23.000 millones. Posteriormente, en 1996, el banco decretó la absorción de Comylsa por Dragados, que, consecuentemente, pasó a incluir en su balance las deudas de la sociedad quebrada. Luego, Dragados compró Tecsa, una empresa que ya era suya por ser filial de Comylsa, y así tuvo que cargar también con las cuantiosas deudas que Tecsa mantenía con el banco.

En definitiva, el banco endosó de mala manera su desastrosa situación a los accionistas de Dragados, una sociedad que cotizaba en Bolsa y que, por tanto, debía contar con la, ¿cómo diríamos?, con la «protección» investigadora de la CNMV. Hay que decir, aunque pueda parecer impertinente, que del consejo de administración y de su comisión de auditoría formaba parte entonces un personaje tan relevante como el profesor Manuel Olivencia, el cual no puso objeción alguna, en ese doble carácter orgánico, a una operación tan comprometida y falta de verdadero fundamento. Sin duda el bene¬mérito maestro, a este propósito y por experiencia propia, estaba recogiendo información precisa para redactar luego tan brillantemente su famoso código deontológico destinado a su recomendable observancia por los administradores y gestores de las sociedades mercantiles.

Experiencia que ha de añadirse a la de su actuación presidencial en la Expo sevillana, cuando dimitió de improviso escandalizado y empavorecido por lo que allí veía, pero sin poner de inmediato en conocimiento de la autoridad judicial competente las marrullerías y mordidas que jalonaban la actuación «pellona-ria» de los gestores. Digamos de paso al hablar de Dragados y Construcciones en el escándalo de Comylsa, que la inmensa mayoría de las obras «expositivas» en Hispalis se hicieron precisamente por Dragados, a cuya plantilla había pertenecido el «pellón de pellones», cuando Dragados y el BCH eran una y la misma cosa, lo que siguen siendo en nuestros días.

Como era de esperar, nuestra información, asentada en una abundantísima prueba documental, no agradó para nada al ilustre consejo del BCH, por lo que, unos días después de publicarse, el banco nos exigió por conducto notarial la rectificación, aunque sin precisar qué aspectos de lo publicado por nosotros podían contener cualquier error o ser motivo de discrepancia. La Banca, siguiendo una norma inveterada en su conducta, se mostró dispuesta a la rectificación que se nos pidiera, a condición de que el banco concretase en qué puntos de la información se había producido cualquier falta o error por nuestra parte. Como contestación a un ruego que parece tan razonable, el BCH, sin previo aviso, interpuso ante los tribunales de Barcelona dos demandas judiciales -así, a pares-: una por intromisión en el honor y otra por daños y perjuicios.

No dejaba de resultar extraño que una información, a la que se calificaba sin rebozo en los escritos de falsa e injuriosa por afectar injustamente al honor de la entidad, lo que le había ocasionado -se decía sin prueba alguna— daños por cifras multimillonarias, no hubiera dado lugar a una querella criminal, sino a sendas reclamaciones civiles en los dos procedimientos mencionados, ambos basados en los mismos hechos. Y más si se tiene en cuenta que la información publicada por nosotros ponía de manifiesto -y así se decía literalmente- que los administradores del BCH, en perjuicio de los accionistas de Dragados, podían haber cometido presuntamente un delito societario y otros de falsedad en documento público, estafa y apropiación indebida. La demanda del BCH sostenía que nuestro trabajo «contiene afirmaciones que afectan al prestigio y buen nombre de la entidad bancaria en el ámbito de sus relaciones sociales respecto del objeto que constituye su negocio».

Los titulares del artículo que, según el demandante, concernían de manera tan grave y abrumadora a su buen nombre eran éstos, entre otros de menor calado: «El Central Hispano falseó su contabilidad para ocultar pérdidas. El banco se aprovechó de los accionistas de Dragados al transferirles las mismas». Se refería también la demanda a otros reportajes que llevaban por título «El BCH traspasó sus pérdidas a los accionistas de Dragados y Construcciones» y «El BCH cambió pérdidas de 8.000 millones por beneficios de 23.010 millones a costa de Dragados y Construcciones», en los que, sobre una prueba documental inconclusa, no habíamos dudado en afirmar: «Para evitar que fuera conocida la verdadera situación patrimonial de la entidad crediticia sus máximos responsables incurrieron en presuntos delitos societarios, como son la falsedad en documento público, estafa y apropiación indebida»; o esto: «La manipulación de cuentas del BCH Hipotecario alteró los resultados del banco». Estos y otros párrafos, extraídos de los reportajes publicados por nosotros, motivaron la insospechada indignación de los responsables del BCH, sin duda al ser conscientes de que cuanto habíamos dicho en el periódico respondía a la realidad más absoluta.

Incluso la opinión del redactor, según la demanda, se tildaba de calumniosa por haber escrito párrafos de este tenor: «La ocultación de dividendos negativos parece ser una imagen de marca del BCH», «..lo que no es tolerable es que, abusando de la posición que se ostenta, se perjudique al prójimo» o «se le puede llamar de mil formas distintas pero en el fondo, lo que se hace es robar». Lo
cierto es que la información publicada era el fruto de una rigurosa investigación, no obstante lo cual el procedimiento judicial resultó particularmente duro; no en balde la acción procesal promovida en nombre del banco estaba dirigida por uno de los bufetes más elitistas de la ciudad condal. No quedó concepto alguno por debatir, ni cualquier línea de nuestro trabajo que no tuviéramos que acreditar documentalmente, lo que hicimos al punto y con muchísimo gusto ante el Juzgado que conoció del proceso.

Por irritante que le resulte al banco demandante, la información publicada por La Banca se ha reconocido judicialmente como veraz. La magistrada Rosa María Agulló Berenguer, titular del Juzgado de 1a Instancia número 2 de Barcelona, dictó en el caso sentencia absolutoria actualmente recorrida por el banco, de la que nos limitamos a transcribir este pasaje, tres breves líneas, a fin de sacar tan solo los colores a nuestro poderoso contrincante en lo mínimo imprescindible:
«De ahí que quepa hablar de la veracidad de la noticia en cuanto que para su obtención se observaron las condiciones de corrección en la obtención, y que con profesionalidad se efectuaron las oportunas averiguaciones.»
En suma, tratándose del Banco Santander y el BCH, queda claro, una vez más, que Dios los cría y ellos se fusionan…”

Abu-Dhabi, la casa del sultán

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Abu-Dhabi, la casa

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¡Apaga y vámonos! Por Max.

Posted in Actualidad, Africa. by maxalvarez on abril 8, 2009

Juegos malabares en Londres. Dicen querer reformar el capitalismo, y en realidad lo que piensan, es volver atrás la máquina del tiempo. ¡Apaga y vámonos!

La culpa se la endosan a la irracionalidad de los mercados. Sin tener en cuenta que la esencia del capitalismo, le lleva a comportarse en todo tiempo y lugar, como yegua desbocada. ¡Apaga y vámonos!

Como medida estrella -pa terminar de estrellarse- proponen encargar a la taimada zorra –léase FMI- el cuidado del revuelto gallinero. ¡Apaga y vámonos!

Cuando siendo uno de los principales causantes del desaguisado, el vehículo ideológico y político de la extensión del neoliberalismo, y aún así acuerdan redimir al villano dándole perras a degüello ¡Apaga y vámonos!

Crisis de todos los colores, medioambiental, de las energías fósiles, del agua, de la construcción, usando como argamasa la crisis producida por unos cuantos y conocidos chorizos, y la solución que dan es más FMI ¡Apaga y vámonos!

Ondean las banderas, voltean las campanas, se desgañitan las fanfarrias, un día para la Historia, al final nada entre dos platos, la zorra continua siendo tan zorra como antes, más de lo mismo, si acaso se acentúa su misión de tratante, seguir comprando países en bancarrota, pa los mismos dueños anteriores. ¡Apaga y vámonos!

¡Hosanna aleluya! van a sacar una lista de paraísos fiscales, si las medidas efectivas se reduce a ordenarlos alfabéticamente, pueden ahorrarse la molestia, todos los conocemos desde hace mucho tiempo, lo que necesitamos es que les metan mano, que los tranquen, no que los saquen en un pasquín, y si por lo menos ofrecieran recompensa por denunciarlos. ¡Apaga y vámonos!


Una de dos, o son muy burros, o no lo quieren entender, dentro del capitalismo no hay solución para las amenazas que se ciernen sobre todas las formas de vida del planeta. ¡Apaga y vámonos!

Tengo el presentimiento de que lo único que trataron –los 20Geos pretenciosos- es de salvar la máquina de hacer billetes verdes, el dólar es lo único que les duele ¡Apaga y vámonos!

Si solo se hace una retórica condena de boquilla, si no se va a tocar ni un pelo a los paraísos fiscales, los secretos bancarios, las cuentas gigantescas del narcotráfico y la venta de armas, el lavado de dólares y la especulación financiera ¿De que coño nos están hablando? ¡Apaga y vámonos!

Cuando nos continúan meando, y en vez de revelarnos, asistimos como borregos y papanatas con la boca abierta, esperando que todos los males los solucione el maná San Obama ¡Apaga y vámonos!

Cómo calificar la sociedad que solo se moviliza por el balompié y le da pereza expresar su rechazo por la miseria material que nos han inducido cuatro sinvergüenzas facinerosos, con su desmedida ansia de riqueza ¡Apaga y vámonos!

Cuanta cobardía acumulada en unas gentes que no fuimos capaces de sacudirnos el yugo que unas malas bestias nos han colocado como corona de espinas ¡Apaga y vámonos!

Cuando desaparece el trabajo se acaba el jornal, el consumo se va al garete, el capitalismo no puede generar más empleo y la rueda sigue girando sin que se oigan voces de protesta ¡Apaga y vámonos!

Llevaban unos meses agazapados, hacían las compras de noche, por temor a que alguien los descubriese y denunciase. Visto que nadie llamaba a sus puertas para llevarlos presos, o cuando menos molerlos a palos, por contra los generosos gobiernos se ocuparon de llenarles de euros de nuevo los bolsillos, se dijeron ¡esto es una bicoca! Se envalentonaron y pasaron al ataque, dispuestos a chantajear ahora a todo cristo ¡Apaga y vámonos!

Nuevo libro de Julio Cortazar “28 cuentos”

Las fotos van de esas tribus, que ni siquiera alcanzamos a ver como  unas míseras hortalizas o plantas.

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Europa la raposa y su deuda con África. Por Max.

Posted in Africa. by maxalvarez on febrero 1, 2009

Estoy empeñado en una cruzada por fomentar la lectura de “Ébano” (tienen un enlace en el título anterior para darle un vistazo, o mejor…¡cómprenlo! Seguro lo agradecerán) Obra cumbre del gran periodista polaco Ryszard Kapuscinski, el libro más hermoso e importante del siglo pasado, es el mínimo granito de arena que debemos aportar a extender la memoria de África y la impagable deuda que tenemos con sus pobladores. Ninguna persona está autorizada a morirse antes de leer ese fundamental libro. Debería ser obligatoria su lectura en las escuelas, así aprenderíamos desde pequeños, a valorar a esas gentes que ahora llaman con humildad a nuestras puertas, solicitando nuestras migajas, conocer un poco tan fundamental continente, y de paso que se nos bajen los humos de consumistas e insolidarios. ¡Desde ya! Con su lectura nos acostumbraremos a ver con otros ojos, a esas gentes de piel morena, que mueren como moscas en el estrecho, en su empeño de alcanzar que les devolvamos algo de lo que les robamos.

Siguen unos retazos de tan principal libro:

…África, lo primero que llama la atención es la luz. Todo está inundado de luz. De claridad. De sol…

…Gente del Norte. ¿Hemos pensado que la gente del Norte constituye una clara minoría en nuestro planeta? Canadienses y polacos, lituanos y escandinavos, parte de americanos y de alemanes, rusos y escoceses, lapones y esquimales, evenkos y yakutios, la lista tampoco resulta muy larga. No sé si, entre todos, abarcará más de quinientos millones de personas: menos del diez por ciento de los habitantes del planeta. La inmensa mayoría, desde que nace hasta que muere, vive al calor del sol. Además, el hombre nació al calor del sol, sus huellas más antiguas se han encontrado en países cálidos. ¿Qué clima reinaba en el paraíso bíblico? Reinaba el calor eterno, tanto que Adán y Eva podían ir desnudos y no sentir frío ni siquiera a la sombra de un árbol…

…El europeo y el africano tienen un sentido del tiempo completamente diferente; lo perciben de maneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales. Según Newton, el tiempo es absoluto: «Absoluto, real y matemático, el tiempo transcurre por sí mismo y, gracias a su naturaleza, transcurre uniforme; y no en función de alguna cosa exterior.» El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se mueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Y ellos le imponen su rigor, sus normas y exigencias. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila.

Los hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses). El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, ésta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido).

El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre…

…Y, finalmente, el descubrimiento más importante: la gente. Gentes de aquí, del lugar. ¡Cómo encajan en ese paisaje, en esa luz, en ese olor! ¡Cómo se convierten el hombre y la naturaleza en una comunidad indivisible, armónica y complementaria! ¡Cómo se funden en un solo cuerpo! ¡Cómo cada una de las razas está enraizada en su paisaje, en su clima! Nosotros moldeamos nuestro paisaje y él moldea los rasgos de nuestros rostros. En medio de esas palmeras y lianas, de toda esa exuberancia selvática, el hombre blanco aparece como un cuerpo extraño, estrafalario e incongruente. Pálido, débil, con la camisa empapada en sudor y el pelo apelmazado, no cesan de atormentarlo la sed, el tedio y la sensación de impotencia. El miedo no lo abandona: teme a los mosquitos, a la ameba, a los escorpiones, a las serpientes; todo lo que se mueve lo llena de pavor, de terror, de pánico.

Los del lugar, todo lo contrario: con su fuerza, gracia y aguante, se mueven con desenvoltura y naturalidad, y a un ritmo que el clima y la tradición se han encargado de marcar; un ritmo tal vez poco apresurado, más bien lento, pero, a fin de cuentas, en la vida tampoco se puede conseguirlo todo; de no ser así, ¿qué quedaría para otros?…

…Pero finalmente, cuando el inmenso bosque empieza a disminuir y a reducirse —señal de que estamos llegando a Kumasi—, se decide a confesarme algo. En efecto, tiene problemas. Está enfermo. No siempre, no sin cesar, pero de vez en cuando, periódicamente, sí lo está. Ya ha ido a ver a varios especialistas ghaneses pero no le han ayudado. El asunto consiste en que en la cabeza, dentro del cráneo, tiene animales. No es que los vea, piense en ellos o les tenga miedo. No, nada de eso. Se trata de que estos animales están dentro de su cabeza, allí viven, corren, pacen, cazan o, simplemente, duermen. Cuando se trata de animales dóciles, tales como antílopes, cebras o jirafas, lo soporta todo muy bien, incluso resultan agradables. Pero a veces viene un león hambriento. Como tiene hambre y está furioso, ruge. Entonces, el rugido de ese león hace que le estalle el cráneo….

…Cada equis tiempo nuestro autobús se detiene. Es que alguien quiere bajarse. Si la persona que se apea es una mujer joven con uno o dos niños (mujeres jóvenes sin niños son una rareza), la escena que presenciaremos estará llena de agilidad y gracia. En primer lugar, la mujer se atará a la criatura a la espalda con su mantón de percal (el niño, sumido en el sueño durante todo el tiempo, no reacciona). Luego se pondrá en cuclillas y se colocará sobre la cabeza su inseparable barreño o palangana, llena de toda clase de comida y de otros productos. Luego se erguirá, haciendo un movimiento como los que hacen los funámbulos al dar el primer paso sobre la cuerda suspendida en el vacío: balanceándose, alcanza el equilibrio. Coge con la mano izquierda la estera para dormir y con la derecha conduce al segundo niño. Y así, caminando enseguida a paso ligero y rítmico, enfila un sendero entre los matorrales, sendero que lleva a un mundo que desconozco y que tal vez jamás comprenderé…

…En el Sáhara, los palacios de los poderosos están construidos del modo más rebuscado: aparecen llenos de aberturas, rendijas, recodos y pasillos, pensados de manera que permitan la mayor circulación de aire posible. Al calor de justicia que hace al mediodía, el poderoso de turno permanece echado sobre una estera, colocada estratégicamente junto a uno de esos reanimantes intersticios, y se deleita respirando el aire que en este lugar resulta un poco más fresco. La corriente se traduce en términos económicos: las casas más caras se levantan allí donde el aire circula más. Cuando se mantiene inmóvil, el aire no tiene valor, pero basta que se mueva para que su precio se dispare…

…Tomemos el siguiente ejemplo. Sebuya conduce un coche, tiene un accidente y muere. ¿Por qué precisamente él? A fin de cuentas, millones de coches han circulado por el mundo aquel día y han llegado a su destino sanos y salvos, y precisamente Sebuya ha sufrido un accidente y ha muerto. Los blancos buscarán causas de lo más diversas. Por ejemplo, que se le han roto los frenos. Pero esta manera de discurrir no lleva a nada, no explica nada, pues ¿por qué precisamente se le han roto los frenos a Sebuya? A fin de cuentas, millones de coches han circulado por el mundo aquel mismo día y todos ellos tenían bien los frenos, mientras que el de Sebuya los tenía mal. ¿Por qué? Dirán los blancos, cuya manera de pensar, ya se sabe, es el colmo de la ingenuidad, que los frenos de Sebuya han fallado porque él no había pensado en comprobarlos y arreglarlos. Pero ¿por qué precisamente Sebuya tendría que haber pensado en ello? A fin de cuentas, millones de coches, aquel día, etcétera, etcétera…

…Pero esto es África, y el feliz nuevo rico no puede olvidar su vieja tradición de clan, uno de cuyos cánones reza: comparte todo lo que tienes con tus hermanos, con otros miembros de tu clan, o sea, como se dice aquí, con tu primo (en Europa, los lazos con el primo son ya bastante débiles y lejanos, pero en África, el primo por parte materna es más importante que el marido). Así que, si tienes dos camisas, dale una; si tienes un cuenco de arroz, dale la mitad. El que viola este principio se autocondena al ostracismo, se expone a ser expulsado del clan y al terrorífico estatus de individuo apartado. Es en Europa donde el individualismo constituye un valor apreciado, y aún más en Norteamérica; en África, el individualismo es sinónimo de desgracia, de maldición. La tradición africana es colectivista, pues sólo dentro de un grupo bien avenido se podía hacer frente a unas adversidades de la naturaleza que no paraban de aumentar. Y una de las condiciones de la supervivencia del grupo consiste precisamente en compartir con otros hasta la cosa más insignificante. Un día me vi rodeado por un nutrido grupo de niños. Sólo llevaba un caramelo, y lo puse sobre la palma de la mano. Los niños, inmóviles, lo miraban como pasmados. Finalmente, la niña de más edad cogió el caramelo, lo desmenuzó a fuerza de cautelosos mordiscos y, equitativamente, lo repartió entre todos…

…Alguien me despierta; noto un tacto suave y liviano. El rostro que se inclina sobre mí es oscuro, veo encima de él un turbante blanco, tan claro que casi resulta luminoso, como cubierto de fósforo. Aún es de noche pero al derredor de mí todo está en movimiento. Las mujeres desmontan las cabañas y los niños amontonan leña en el lugar del fuego. Hay mucha prisa en todo este ir y venir de un lado para otro, una auténtica carrera contra reloj: hacer todo lo posible antes de que aparezca el sol y empiece el tórrido día. De modo que hay que levantar el campo cuanto antes y volver a emprender camino. Estas personas no sienten ningún apego al lugar en que se hallan. Pronto se irán de aquí sin dejar rastro. En sus canciones, que entonan en las noches, siempre se repite el mismo estribillo: «¿Mi patria? Mi patria está allí donde llueve.»…

…En África, si nos apartamos de alguna de las pocas rutas principales, estamos perdidos. No hay indicadores, ni inscripciones, ni señales. Tampoco mapas detallados. Por añadidura, los mismos caminos siguen itinerarios diferentes, dependiendo de la estación del año, del tiempo atmosférico, del nivel de las aguas, del alcance de los incendios, aquí sempiternos.

La única salvación está en un lugareño, alguien que conoce la zona y sabe leer en un paisaje que para nosotros no es más que una colección de símbolos y señales que nada nos dicen, tan incomprensibles y misteriosos como la escritura china. Veamos:

-¿Qué te dice este árbol?

-¡Nada!

-¿Nada? Pero si dice que ahora tienes que torcer a la izquierda porque si no, te perderás. ¿Y esta piedra?

-Nada, ¡tampoco!

-¿Nada? ¿No ves que esta piedra te indica que tienes que torcer inmediatamente a la derecha, un giro brusco a la derecha, porque lo que sigue más allá son espacios sin caminos y sin personas donde no te espera sino la muerte?

De esta manera, el lugareño, ese humilde y descalzo conocedor de la escritura del paisaje, ese lector avezado de sus misteriosos jeroglíficos, se convierte en nuestro guía y salvador. Cada uno de ellos lleva en la memoria su propia pequeña geografía, su particular cuadro del mundo que lo rodea, un conocimiento y arte de lo más preciados, pues en tiempo de las peores tormentas y de las oscuridades más profundas le permite encontrar el camino a casa y, lo que es lo mismo, salvar la vida…

El libro del día, ¡ahí es nada! lo tienen en el enlace del principio ¡a disfrutar y difundir!

Siguen unas preciosas fotos del continente esquilmado por los miserables europeos.


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Los tuareg y el comercio mudo. Por Max.

Posted in Africa. by maxalvarez on agosto 22, 2007

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Y para terminar con la aventura Africana de Kapuscinski en Ébano, un apunte fantástico sobre sus pobladores:

El tuareg tiene una casa y una patria propia en la que lleva viviendo mil años y que no es otra que el corazón del Sáhara. Sólo que su casa es distinta de la nuestra. No tiene paredes, ni techo, ni puertas, ni ventanas. No la rodean valla ni tapia alguna, nada que separe ni marque unos límites. El tuareg desprecia toda delimitación, intenta destruir todo obstáculo y romper toda barrera. Su patria es inconmensurable; son miles y miles de kilómetros de arena y rocas que queman, un vasto espacio de tierra estéril y traicionera a la que todos temen y hacen lo posible por evitar. La frontera de esa tierra-patria está allí donde acaban el Sáhara y el Sahel y empiezan los campos verdes de las comunidades sedentarias, enemigas de los tuaregs, con sus aldeas y casas.

Unos y otras llevan siglos enzarzándose en guerras. Y es que muchas veces la sequía en el Sáhara es tan tremenda que desaparecen todos los pozos, y entonces los tuaregs se ven obligados a caminar con sus camellos más allá del desierto, hacia los territorios verdes, hacia el río Níger y el lago Chad, para alimentar y abrevar sus rebaños, y de paso, comer algo ellos mismos.

 

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Los sedentarios campesinos de África perciben estas visitas como una invasión, un ataque, una agresión y una hecatombe. El odio mutuo que se profesan campesinos y tuaregs es terrible, habida cuenta de que estos últimos no sólo les queman las aldeas y se quedan con sus ganados, sino que, además, los convierten en esclavos suyos. Para los tuaregs, bereberes de piel clara, los africanos negros pertenecen a una vil raza inferior de infrahombres miserables. Estos últimos, en cambio, consideran a los tuaregs como bandidos, parásitos y terroristas a los que -ojalá para siempre— debería tragarse el Sáhara. En esta parte de África, los sedentarios bantúes han luchado contra dos colonialismos: el francés, impuesto desde fuera, desde Europa a través de París; y el colonialismo interno, «propio», el de los tuaregs, que existe desde hace siglos.

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Las dos comunidades, la sedentaria y agrícola bantú y la rauda y errante tuareg, siempre se han regido por filosofías opuestas. Para los bantúes, la tierra, sede de sus antepasados, constituye la fuente de su fuerza, incluso de la vida. Sepultan a sus muertos en los campos que cultivan, a menudo en las proximidades de sus casas o incluso bajo el suelo de la choza en que viven. De esta manera, el que ha muerto sigue compartiendo, aunque sólo sea simbólicamente, la existencia de los vivos, a los que protege, aconseja, concilia, bendice o castiga. La tierra de la tribu, de la familia, no sólo es una fuente de sustento sino también un valor sagrado, el lugar del que ha nacido el hombre y al que volverá.

El tuareg —errante—, hombre de espacios abiertos y confines infinitos, el veloz jinete de la caballería ligera, el cosaco del Sáhara, muestra una actitud muy diferente hacia los antepasados. El que muere desaparece de la memoria de los vivos. Los tuaregs entierran a sus muertos en el desierto, en cualquier lugar, obedeciendo a una sola regla: no volver por allí nunca más.

En esta parte de África, entre los hombres del Sáhara y las sedentarias tribus del Sahel y de la sabana, existió durante siglos un intercambio de mercancías que se conoce por el nombre de comercio mudo. Los hombres del Sáhara proporcionaban sal y a cambio recibían oro. Esa sal (un producto buscado y precioso, sobre todo en el trópico) la traían sobre la cabeza los esclavos negros de los tuaregs y de los árabes, desde el interior del Sáhara seguramente hasta las orillas del río Níger, donde se llevaba a cabo toda la transacción: «Cuando los negros alcanzan las aguas del río», relata Alvise da Cada Mosto, un mercader veneciano del siglo XV, «cada uno de ellos hace un montículo con la sal que ha traído y lo marca, tras lo cual se alejan todos de la ordenada fila de esos montículos, retrocediendo a una distancia de medio día, en la misma dirección de donde han venido. Entonces llegan unos hombres de otra tribu negra, hombres que nunca enseñan nada a nadie y con nadie hablan: llegan a bordo de grandes barcas, seguramente desde alguna isla, desembarcan en la orilla y, al ver la sal, colocan junto a cada montículo una cantidad de oro, tras lo cual se marchan, dejando la sal y el oro. Una vez se han ido, regresan los que han traído la sal y si consideran suficiente la cantidad de oro, se lo llevan, dejando la sal; si no, dejan sin tocar la sal y el oro, y vuelven a marcharse. Entonces los otros vienen de nuevo y se llevan la sal de aquellos montículos junto a los cuales no hay oro; junto a otros, si lo consideran justo, dejan más oro o no se llevan la sal. Comercian precisamente de esta manera, sin verse las caras y sin hablar unos con otros. Tal cosa dura ya desde hace mucho tiempo, y aunque todo el asunto parece inverosímil, os aseguro que es verdad.»

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Diferentes modos de Historia. Por Max.

Posted in Africa. by maxalvarez on agosto 21, 2007

 

 

 

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Un día más seguimos con Kapuscinski que nos explica otras formas de acercarse a la Historia, diferentes a las habituales en nuestras latitudes.

Aparte del norte islámico, África no conocía la escritura; la Historia nunca ha pasado aquí de la transmisión oral, estaba en las leyendas que circulaban de boca en boca y era un mito colectivo, creado involuntariamente al pie de un mango, en la profunda penumbra de la tarde, cuando no se oían más que las voces temblorosas de los ancianos, puesto que las mujeres y los niños, embelesados, guardaban silencio. De ahí que los momentos en que cae la noche sean tan importantes: es cuando la comunidad se plantea quién es y de dónde viene, se da cuenta de su carácter singular e irrepetible, y define su identidad. Es la hora de hablar con los antepasados, que si bien es cierto que se han ido, al mismo tiempo permanecen con nosotros, siguen conduciéndonos a través de la vida y nos protegen del mal.

 

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Al caer la noche el silencio bajo el árbol sólo es aparente. En realidad lo llenan muchas y muy diversas voces, sonidos y susurros que llegan de todas partes: de las altas ramas, de la maleza circundante, de debajo de tierra, del cielo. Es mejor que en momentos así nos mantengamos unidos, que sintamos la presencia de otros, presencia que nos infunde ánimo y valor. El africano nunca deja de sentirse amenazado. En este continente la naturaleza cobra formas tan monstruosas y agresivas, se pone máscaras tan vengativas y terroríficas, coloca tales trampas y emboscadas, que el hombre, permanentemente asustado y atemorizado, vive sin saber jamás lo que le traerá el mañana. Aquí todo se produce de manera multiplicada, desbocada, histéricamente exagerada. Cuando hay tormenta, los truenos sacuden el planeta entero y los rayos destrozan el firmamento haciéndolo jirones; cuando llueve, del cielo cae una maciza pared de agua que nos ahogará y sepultará de un momento a otro; cuando hay sequía, siempre es tal que no deja ni una gota de agua y nos morimos de sed. En las relaciones naturaleza—hombre no hay nada que las suavice, ni compromisos de ninguna clase, ni gradaciones, ni estados intermedios. Todo -y durante todo el tiempo— es guerra, combate, lucha a muerte. El africano es un hombre que desde que nace hasta que muere permanece en el frente, luchando contra la -excepcionalmente malévola- naturaleza de su continente, y ya el mero hecho de que esté con vida y sepa conservarla constituye su mayor victoria.

Pues bien, ha caído la noche, estamos sentados bajo un árbol enorme y una muchacha me ofrece un vaso de té. Oigo hablar a gentes cuyos rostros, fuertes y brillantes, como esculpidos en ébano, se funden con la inmóvil oscuridad. No entiendo mucho de lo que dicen pero sus voces suenan serias y solemnes. Al hablar se sienten responsables de la Historia de su pueblo. Tienen que preservarla y desarrollarla. Nadie puede decir: leedla en los libros, pues nadie los ha escrito; no existen. Tampoco existe la Historia más allá de la que sepan contar aquí y ahora. Nunca nacerá esa que en Europa se llama científica y objetiva, porque la africana no conoce documentos ni censos, y cada generación, tras escuchar la versión correspondiente que le ha sido transmitida, la cambia, altera, modifica y embellece. Pero por eso mismo, libre de lastres, del rigor de los datos y las fechas, la Historia alcanza aquí su encarnación más pura y cristalina: la del mito.

En dichos mitos, el lugar de las fechas y de la medida mecánica del tiempo —días, meses, años— lo ocupan declaraciones como: «hace tiempo», «hace mucho tiempo», «hace tanto que ya nadie lo recuerda». Todo se puede hacer caber en estas expresiones y colocarlo en la jerarquía del tiempo. Sólo que ese tiempo no avanza de una manera lineal y ordenada, sino que cobra forma de movimiento, igual al de la Tierra: giratorio y uniformemente elíptico. En tal concepción del tiempo, no existe la noción de progreso, cuyo lugar lo ocupa la de durar. África es un eterno durar.historia9.jpg

 

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