Castro de Cabo Blanco en el Franco. Por Max.
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Después de la cordial reprimenda del amigo Chema, por mi manifiesta vagancia (llevo más de un mes sin juntar letras ni colgar nada en el blog) Bien dicen que el otoño conmueve el espíritu y que también es la estación de la reflexiones, estoy un tanto desganado –es la calma chicha que precede a la tempestad- a nivel personal tengo muy poco trabajo y la galbana me lleva a restar ánimos y dejarlos en tan mínimos, que hasta me muerde el darle a las teclas. Necesito que me den caña, estar apurado, en tensión, no tener tiempo para nada, y así a salto de mata entre una factura, un presupuesto o un Estudio, verme obligado el escribir a toda prisa sin pensar. Por otra parte me pregunto: ¿habrá por ventura algo más hermoso que estar hundido en el sillón, papando moscas debajo del fluorescente como un sapo cualquiera?
Hoy retomo la faena con el relato de la última caminata, que dimos comienzo -este último sábado- en la preciosa localidad de Viavélez –concejo de El Franco –(llegados a este punto tengo que dejar constancia que en contra de las apariencias, el nombre de este concejo no tuvo nada que ver con el quícaro sanguinario de tan infausta memoria, sino con un italiano un tal Franco de Siena que se perdió por aquellas tierras -haz la tira de años- buscando la sepultura del payaso de Santiago) También fue patria chica de Corín Tellado –esa sí que juntó, encadenó y vendió letras a porrillo- Las viviendas de los pescadores se cuelgan alrededor del puerto, dibujando un pintoresco y atrayente cuadro. Dicen… y por lo que pude apreciar debe ser verdad, que los marineros de esta localidad suelen pintar los corredores y balconadas de sus casas, con los mismos vistosos colores que dan a sus embarcaciones. Dado que la luz de estos días otoñales se acorta y contando con que a las seis de la tarde ya es de noche, decidimos ir provistos de bocadillos con la sana intención de dar buena cuenta de ellos en la playa de cantos rodados de Monellos -como así fue-
Salimos de Gijón con unas nubes prietas como cojón afumado de burro, el cielo sombrío y xarriando como si fuese de agua, con las luces del coche encesas como en plena noche, aunque en mí interior albergaba la esperanza… ya que la tormenta venía de Galicia según fuésemos avanzando hacia el occidente el tiempo mejoraría. Pasamos Luarca y los deseos se convirtieron en realidad, el firmamento se fue aclarando y ya alternamos el sol con nubes algodonosas, durante el resto del día, que dio en elevarnos el ánimo y desterrar el calificativo de chiflados con el que antes nos habíamos torturado. Cuando llegamos a la ensenada de Viavélez y subimos al mirador pudimos contemplar el mar un poco revuelto y una bonita perspectiva de la hermosa localidad.
Caminamos por entre montes repletos de apestosos eucaliptos, aunque de vez en cuando aparecía algún aislado castaño, sobreviviente de la plaga propiciada por la monstruosa papelera de Navia que no tiene más afán que devorar miles de árboles de crecimiento rápido. En principio la senda discurre bastante alejada de la costa y quizá pudiera inducir al desencanto, pero al ir acercándote al Cabo Blanco quedas compensado con creces. Llegando a la altura de Valdepares pasamos por delante del palacio que perteneció a la familia de D. Diego Castrillón Cienfuegos, en cuyos jardines se conserva una fuente de aguas ferruginosas a la que se le atribuyen propiedades medicinales, dicen que en el caserón se conserva una interesante biblioteca.
Es el famoso cabo, un promontorio costero que se adentra en el agua formando una estrecha península y sobre el que se localiza el Castro de Cabo Blanco, defendido por un gran foso escavado en la roca pizarrosa que lo aísla de la tierra, según te vas adentrando, contemplas el suelo castigado por el agua en las pleamares, que te descubre vistosas cuarcitas blancas, que por cierto le dan nombre por su vivo color. Hace mucho tiempo por aquí habitaban los cibardos que fueron romanizados y seguramente este castro fue testigo de alguna de las últimas y encarnizadas escaramuzas con los invasores romanos de aquella época los metieron en cintura imperial.
El viento del oeste ya no soplaba tempestuoso, pero se notaba que unas horas antes se había encargado de arrastrar las nubes invernales, pesadas y negras que habían descargado previamente sobre la tierra, furiosos chaparrones. El mar no estaba demasiado encrespado, no obstante azotaba las rocas de lo lindo y hasta se permitía bramar, precipitando sobre las orillas del Cabo Blanco olas respetables, babosas y continuadas que restallaban con sonido de artillería. Llegaban una tras de otra, esparciendo en el aire, la abundante espuma blanca de sus crestas, como si se tratase del sudor de un monstruoso y ciego Polifemo cualquiera, que bufaba como un condenado, al tiempo que repartía mandobles en su loco delirio.
Las vistas de la costa desde allí fueron impresionantes, disfrutamos de una bella panorámica de la costa Cantábrica, donde se descubren abundantes puestos para la práctica de la pesca a caña, aunque ese día la mar estaba un poco brava para practicar tan noble arte, seguro que por aquí abundan los sargos, congrios, calamares, lubinas, pulpos, maragotas, agujas, o rodaballos. Después de sorber a conciencia el paisaje continuamos camino hasta llegar a la Punta de La Atalaya, donde la fuerza del mar ha esculpido un pintoresco puente. En los siglos pasados estas atalayas han servido de oteaderos para localizar las ballenas, cuando su pesca era intensa y una de las principales ocupaciones de los habitantes de estas escarpadas costas del Cantábrico.
El regreso discurrió con paso más vivo, entre otras razones por que la noche se nos echaba encima, y la verdad sea dicha, el caminar por caminos desconocidos a palpu no me haz ni pizca de gracia. Las gaviotas continuaban chillando y sobrevolando los altos acantilados y nosotros poco menos que como alma que lleva el diablo nos plantamos en Viavélez cuando la luz comenzaba a escasear, un poco cansados aunque contentos con la caminata tan placentera que habíamos tenido y disfrutado de ella de lo lindo.
Siguen unas fotos de la localidad de Viavélez y el Castro situado en Cabo Blanco
De Sobrevitsa a Sobia, en Teverga. Por Max.
Cada vez que retorno a los orígenes, al pueblo donde me nacieron, me pasa lo mismo, el fantasma de los abuelos se hace presente, cobran nueva vida esas etéreas y medio olvidadas formas. Comenzando por la abuela: pelo blanco, peinada de moño y encima el inevitable pañuelo negro, vestido también de luto permanente, nariz larga, ojos pequeños y vivaces; ¡mandona siempre! hay que reconocer que tenía dotes de organizadora y sabía hacerse obedecer. El caminar era vacilante, debido seguramente a las piernas arqueadas por la artrosis, la voz chillona y de aparente y eterno enfadado. No podía verte parado, en seguida te mandaba a buscar agua con la caramañola (cantimplora) a la fuente del pueblo. Su especialidad en la cocina era el arroz con leche, requemada con el gancho, con los cocidos teníamos peor suerte, ya que solían terminar la mayoría de las veces chamuscados y todo por que se le iba el santo al cielo… -nunca mejor dicho- era una viviente máquina de rezar.
En cambio el abuelo era la antítesis: callado –había que sacarle las palabras con sacacorchos- tratando de pasar desapercibido en todo momento, no hablaba por no ofender; ojos azules, la piel curtida de andar por el monte, el pelo aunque ahora me parezca blanco, cuando joven presumo fuese muy rubio, los mofletes y la punta de su aguileña nariz: colorados –y no era debido al tintorro- el andar cansino, y aunque diese sensación de menudo y frágil –que lo era- al mismo tiempo era fibroso, la voz no acertaba a despegarla del cuerpo; se mantuvo activo hasta última hora cuidando de las vacas, una bronquitis vino acabar con él, dos días después de nacer mi primer hijo.
Dignos abuelos -como lo eran la mayoría en aquellos tiempos- condenados a trabajar toda su vida como forzados; hacía unos cuantos años que la esclavitud adoptara formas más sutiles, ya no se estilaban los grilletes, habían pasado de moda, entonces era la misma tierra quien se encargaba de obligarte a penar para sobrevivir. Pagaban un precio muy alto para poder contar con un pequeño patrimonio, que legar a sus descendientes. Fue así como llegaron a mis manos, unas fincas que nada me rentan y materialmente poco valen, pero representan el sudor de aquellos ancestros y de las que me vería incapaz de mal vender, por que me parecería que estaba despreciando su sagrado sudor y ¡eso nunca! Que lo hagan los viznietos que ellos no tienen la carga sentimental que yo arrastro.
Hacía más de diez años que no subía a Sobia, puerto alto, plataforma elevada que sirve de mirador de los concejos de Quirós y Teverga. El excursionar a Sobia siempre representó un reto para todo tevergano, sean estos: jóvenes, maduros o mayores, el hecho en si de elevarte por encima del farallón calizo ¡es una pasada! -como dirían los de ahora- y contemplar desde arriba -si la niebla te deja- casi todos los pueblos, montes y tierras del concejo. Lugar de estancia durante el verano de rebaños trashumantes de los hermanos extremeños. De esas épocas antiguas se conservan una docena de corros, construcciones singulares todas de piedra -incluido el techo- aunque este suele terminar colonizado por la vegetación. Al final resultaron más sólidos que las cabañas que se cuentan con los dedos de una mano, las que continúan en pie. Esta arcana relación explica el que haya fuertes y estrechos vínculos, y sólidos lazos de unión entre gentes que ni siquiera son vecinos de provincia.
Partimos junto a la ermita que tiene erigida la patrona del concejo: la virgen del Cébrano. El sol de la mañana caía filtrado por la tenues nubes, como amplia lluvia, sobre los árboles y praderías que se extienden, ondulantes, entre prados montunos, bosquecillos y sobretodo matorrales, ya no queda ni un solo sembrado, de los que antaño rodeaban las vegas del pueblo de Carrea, nada de centenos maduros y pan de escanda, amarillentos; ni siquiera avenas, de un verde claro, o cenizos de un verde sombrío, cubren, con su tosca colcha rayada, semoviente y suave, el desnudo vientre de esta tierra abandonada.
El primer tramo de camino es empinado y pronto comenzamos a sudar la gota gorda, y después de todo tuvimos suerte, ya que había bastantes nubes y el sol no nos castigaba demasiado, por otra parte los oídos disfrutaban como verderones, con el continuo canto de jilgueros, raitanes, y toda una caterva de paxarinos que aunque en apariencia sean menudos, sin duda son muy grandes y virtuosos solistas, amén de expertos en el canto rural. Llegando al final de la primer gran cuesta, quise distinguir el prado de Valdelapiedra, donde recuerdo haber estado…¡cuanta ya! en más de una ocasión, segando con los tíos Heliodoro, Mino “el cura” y el primo de ellos Manolín el de Ramona; llegabas tan cansado al prado después de la larga caminata desde el pueblo, que ya te apetecía echarte a descansar a la sombra de un fresno, y no salir de allí en toda la mañana, y menos mal que a continuación de tirar los primeros marallos, de la parte más plana de la entrada, te adentrabas en unos recovecos y pequeños pascones, rodeados de matos y mucha arboleda, donde bien podías perderte disimuladamente… y si acaso disfrutar del oasis en la sombra, sin tener a Heliodoro detrás arreándote y poco menos que segándote los tobillos.
La Cuquita como es más ligera caminó delante, el mi motor como ye diesel iba detrás a su ritmo, aunque tenía la disculpa que las asemeyas y el video se acumulaba en las tarjetas y me hacían perder algo de tiempo; poco antes de las envueltas cargamos –en una fuente cuyo nombre no recuerdo- agua ¡fresquina, fresquina! Llenamos a conciencia los buches y las botellas. Disminuía por momentos el concierto de los paxarinos, aunque en compensación aumentaba el más repetitivo y menos armonioso de los grillos. Nos encontramos con algún que otro todo-terreno que tenían que hacer maniobra en las revueltas para poder seguir. Al fin llegamos al lago encontrándolo concurrido de vacas y yeguas que se acercaban con la intención de aplacar la sed. Lo que no encontré fue la fuente donde la última vez –que fuimos en familia- habíamos bebido un agua –la verdad tengo que admitir que estaba un poco… bastante arcillosa- y a la que Gemma echó la culpa de unos ciertos desarreglos intestinales, aunque para mí: más se debieron al no estar acostumbrada al sol de altura y también a su delicado estómago, ya que de los teverganos y descendientes, ninguno resultó afectado. ¿Será por que somos una casta aparte…? A testones seguro no nos gana nadie.
Llegados arriba disfrutamos satisfechos de las vistas al concejo, después caminamos por el alfombrado tapiz y nos acercamos a los restos de una cabaña donde el fresno que había delante hace unos treinta años, es ahora un esqueleto seco, recuerdo que en aquella ocasión mi hijo Rubén que era muy pequeño, había subido desde el pueblo, montado a ratos en un burro de los abuelos al que tenía miedo, y pese a sus pocos años, prefirió hacer la mayoría del camino a pata. Al caer la tarde, aconteció que se quedaron la madre y el crío pequeño, delante de esa misma cabaña, habiendo ido el que os cuenta y los tíos en busca de unas reses, cuando de improviso llegó una niebla espesa, que no permitía ni verte las manos, el crío se asustó tanto y se quejaba a la madre diciendo:
-¡Ahora mi padre se perdió…! ¿Qué va a ser de nosotros? ¡Nos van a comer los lobos!
Comimos con gran apetito los bocadillos, la empanada, el yogur y la fruta, sentados en un paredón al lado de un corro, las vacas y las yeguas suspendieron por momentos el arrancar el corto césped con sus dientes, y se acercaban expectantes y si acaso hubo que espantarlas, ya que parecían dispuestas a participar en el festín, hasta se disputaron el rispio de las manzanas. Continuamos caminando en dirección a los restos del Cabanón de los abuelos, al que no logré distinguir, ya que por allí no quedaban más que piedras sueltas de muros deshechos, de varias y antiguas edificaciones. Llegamos al canto hasta divisar el concejo de Quirós, en dirección a la hondonada había un poco de niebla, que también apuntaba por los altos picos, así que la vista aunque estaba la cortada impresionante como siempre, no resultó tan espectacular como cabía esperar en fotos y video.
Después de pasar la Vega de Adentro, llegamos al canal de Faya, e igual que el anterior, estaba colonizado por manadas de vacas y algún que otro torete, que nos miraban con cara de poco amigos, a la que respondimos con un cierto recelo de nuestra parte –ya no estamos en edad de torear, ni nuestra sombra siquiera- El ganado –tanto caballar como vacuno- se nos acercaba, talmente como si fuesen a coparnos, acostumbrados seguramente a que los ganaderos les suministrasen puñados de sal, y golosos trataban que nosotros, se la facilitáramos. Varios corros se repartían por el pequeño valle, observamos a la izquierda, elevado como se destacaba el Ventanón, aunque nunca tuve ocasión de asomarme, recuerdo como era el camino más corto entre Sobrevitsa y Sobia, por el bajaban y subían con la zurrona a la espalda y muchas veces hasta lo hacían de madreñas, por un camino de cabras, tan cuesto que si te ves al inicio, parece que sea imposible aventurarte en el, sin despeñarte.
Estuvimos tentados de acercarnos al desfiladero de Peñas Juntas, aunque después, acertadamente juzgamos, que quizá sería demasiado, volvimos sobre nuestros pasos y a continuación emprendimos la bajada; los alrededores del lago estaban copados por un regimiento de animales, aquello parecía el recinto de la Plaza, celebrando la Feriona en Sobia. Seguía la sesión continua del concierto de los alegres y flautistas pajarillos, dándole sin parar a la parpayuela. La bajada fue mucho más rápida, repostamos agua a medio camino en la fuente y llegamos al coche, a decir de los dos un tanto cansados, con el único contratiempo de unos pequeños calambres en un muslo, que me dieron al subir en el coche.
Vuelta a la playa del Gaviero del Silencio. Por Max.
VIDEO RODADO DURANTE LA VISITA
Al final resultó un fin de semana de lo más completo, el sábado trotando por la montaña, por ello, en virtud de la alternancia, el domingo tocaba costa. En principio nos acercamos a Cadavedo, girando un paseo por su playa, encontrándola muy concurrida. Ese día había bajado la marea la tira, lo que dio lugar a que muchas gentes se acercasen al pedrero, a recoger orícios. Los verdes tuvieron que multiplicarse, no daban abasto tratando de controlar a tanto aficionado al espinado manjar, pidiendo licencias, inspeccionando capturas, nunca los imaginé tan atareados y con tanta entrega.
El día estaba oscuro amenazando lluvia, “puede que si” nos dijimos llegando al pueblo de Castañeras, donde abandonamos el auto, continuamos caminando dispuestos a volver a los conocidos acantilados y bajar a la preciosa playa del Gaviero, el camino estaba argayado, aunque no resultó impedimento para seguir a pata. Después de unos diez minutos de marcha afrontamos la bajada, ni que decir tiene que las asemeyas se iban acumulando en la tarjeta, con la sensación en los ojos húmedos y brillantes, por la excitación de contemplar el mágico panorama, nos decíamos: “que seguro resultarían de postal” –como así fue-
Abarcamos de una ojeada la líquida y verdosa llanura, que terminaba adornada en el borde del medio cuenco, con abundantes penachos de espuma blanca. El sonido de la mar llegaba fuerte y nítido, al sendero entre pinos –cargados de piñas- por donde transitábamos. Fuimos perdiendo altura, a través de un camino en zigzag, deteniéndonos en cada revuelta a contemplar las cambiantes visuales del pedrero, y paladear y disfrutar de las mismas. El paraje se mostraba solitario, nadie había elegido aquella zona para recoger orícios, así que pudimos sentirnos doblemente recompensados, visual y espiritualmente, acunados por tanta y tan honda paz.
Era medio día, allá íbamos mi querida compañera Hermelinda y un servidor, caminando como borrachos sobre las pilas de bolos sueltos, que los pasados temporales apilaron sobre la playa, ruxían bajo nuestras plantas y también al reflujo de las olas, dibujando blancas lenguas de espuma en la orilla. Tierra empinada, con barrancas hondas, coronadas por la florida retama que se agarra con cien manos al despeñadero. Quebradas que dan al fiero Cantábrico y por las que suben al amanecer, los dulces sueños que dejan en la playa las sirenas. Está alto el acantilado de piedra gris, tirando a blancuzca, propia para hacer cal. Se siente en el aire el olor de las algas cargadas de yodo y salitre, que te penetra por boca y nariz sin poderlo evitar, aunque lo quisieras. Se divisan escasas gaviotas, y las pocas, tan elevadas como lejanas.
Sería digno de contemplar desde aquí un temporal, con el horizonte desteñido, escuchar el viento gallego, un día de vendaval. A la fuerza tiene que resultar impresionante, sentirlo cargado de salitre, mordiéndote la cara con saña, rascándote la piel como si tuviese uñas, deslizando su salada lija por tus labios hasta hacerles daño. Raspando con fiereza las paredes de roca, arrancando diminutas esquirlas de ellas, escarbando con su picuda pala el arenero bajo tus pies, sentir las ropas incrustadas en la carne, observar como bulle dentro de uno, como si pretendiese traspasar hasta nuestros mismos huesos.
Vuelvo y me revuelvo hacia todos los lados, en derredor del sombrío semicírculo que limita la ensenada, mirando a través del visor de las cámaras, el mar, los acantilados, los bolos, la espuma, los troncos depositados en el borde por las olas. ¿Quién diablos haría este mar tan grande, tan igual, tan plano? Tan diferente a la tierra o el aire, donde puedes ver correr o volar, a animales y pájaros. Los peces en cambio se muestran distantes, lejanos, siempre por detrás del cristal.
Desde abajo no se divisa el pueblo de Castañeras que dejamos y se adivina en la altura, ni se oye el ladrido de los perros, ni hay parvadas de gaviotas ruidosas volando sobre nuestras cabezas, el viento viene del mar, ondulando de paso la líquida llanada y se retacha contra el barranco, inundándolo todo con su sonido. En la orilla, imperan las piedras de cantos romos, solo pequeñas islas de amarilla arena interrumpen aquel mar de bolos, redondos e iguales, a fuerza de siglos de estrellarse entre ellos, empujados por la alfarera y terca agua salada. En el acantilado llaman la atención, matas de retama florida, con un color amarillo intenso, que se turnan y cuelgan, junto con otras de verde pasto, y que contrastan en medio del ocre de las rocas.
Sobresalen de la superficie del agua, hileras de rocas puntiagudas, que la mar cántabra, no logró domeñar, aunque si esculpir con aristas cortantes, al tiempo que resisten inhiestas y desafiantes, contra la bravura del oleaje. El mar no estaba tranquilo, periódicamente hinchaba su torso, y espasmódicas sacudidas estremecían su espalda con relucientes destellos verdosos. Por momentos se formaban curvas ligeras, leves ondulaciones que iban a más, y que interrumpían por todas partes la gris-verdosa superficie. Un oleaje nervioso, con brioso y rítmico susurro, comenzó a azotar los flancos de las rocas y a depositar sobre el arenero y los bolos, albos copos de espuma, que bajo los cenicientos rayos del sol, tomaban los tonos cambiantes del nácar.
En la solitaria y escondida ensenada flotaba un ambiente de paz absoluta, de magia, que nos acompañó y nos mantuvo embelesados bastante tiempo, hasta que decidimos que había llegado el momento de procurarnos el alimento para el cuerpo, el espíritu lo teníamos colmado, lleno a rebosar y con las pilas bien recargadas para afrontar la ramplona y cotidiana vida, durante varios días.
FOTOS TOMADAS EL DÍA DE AUTOS
Cascada de Abiegos y Sobrefoz. Por Max.
Terminado el gratificante paseo a la Hoya de San Vicente, dado que eran las dos de la tarde, las tripas comenzaban a querer ruxir un tantín, decidimos seguir carretera hasta el concejo de Ponga y comer en San Juan de Beleño. Tiene este bonito pueblo una posada, donde es inevitable el recordar las antiguas potas roxas de la abuela, en ellas te sirven los cocidos. Echábamos de menos el pote asturiano, así que comenzamos con una sopina delante para entonar el estómago, la sopa siempre produce alegría, es inevitable que soples y sonrías, para a continuación pasar a sorber; después vino el consistente pote de berzas, acompañado de su compango: morcilla, chorizo, tocino y un trozín de hueso, con cachinos de carne del espinazo del gochu, para terminar con los frixuelos una y el arroz con leche el otro.
Después de comer dimos un paseo por las callejuelas del pueblo, el tiempo amenazaba con querer llover, como así fue después, pronto suspendimos el callejear y montados en el auto emprendimos carretera dirección al pueblo de Sobrefoz, primer parada en un mirador al efecto, después de pasar un oscuro túnel, ya llovía aunque sin fuerza. Es un paraje muy agreste, valle angosto y cerrado, al otro lado se aprecia la estrecha carretera, que colgada se engurruña en la montaña, da la sensación de ser un fino cinturón, no se percibe el horizonte, un despiste en la conducción, puede significar el despeñarte, a un fondo que no alcanzas con la mirada.
Pasado el pueblo de Sobrefoz en descenso, nos detuvimos a la altura de una edificación, que tiene todas las trazas de haber sido un antiguo molino, recibe de la estrechura –o quizás del mismo cielo- un buen hilo de agua. Aquí la carretera se revuelve, el valle se acabó y comenzamos el regreso, ahora encaramados por la vertiente opuesta. La vereda más parece camino de hormigas que otra cosa. Se pierde aquí para volver aparecer más allá, entre yerbas, espinos y hiedras que cuelgan de la caliza.
Al salir de un pequeño túnel ya se escucha el fuerte chapaleo del agua, seguro cae de buena altura. Ni una gota de aire y algunas de lluvia, imponente por su caudal aparece la cascada de Abiegos, detenemos el auto al borde, aprovechando un leve engrosamiento del camino. La pena es el puente que acabamos de cruzar, que corta e interrumpe la visual de la cascada, tiramos varias asemeyas, tratando de inmortalizar el instante.
El agua cae desde la altura, raspando las piedras con sus uñas líquidas, dejándolas relucientes, el espectáculo impone, es una gozada, quedamos en suspenso, hasta aguantando la respiración, no nos atrevimos ni hablar, temiendo deshacer el hechizo. Alejamos nuestros pasos para tratar de captar una visual distinta, divisar el comienzo o alcanzar el final, que más bien se adivinan, ante la falta de certezas.
El cielo seguía espeso, gris, las nubes dejaron de soltar líquido y nosotros embobados, contemplando el embrujo del agua al caer, entre palos tiesos, matojos sin hojas, no era tiempo de hojas. Era esa época húmeda y roñosa que todo lo aplana, aunque a nosotros poco parecía importarnos. El mustio cielo se volvía cenizo, medio quemado por la nublazón, acarreada y aumentada por la caída de la tarde.
Un poco más adelante pudimos hacer unas prestosas asemeyas, tanto del pueblo de San Juan de Beleño, como de los de Abiegos o Cadenaza. Algunas de sus casas comenzaban a dejar en los cielos -mediante las chimeneas- el recado de que estaban preparando la cena, al tiempo que espantaban el frío, que pretendía colarse entre sus paredes. La madrugada en aquellos parajes se presumía gris, llena de aire frío. Al cruzar Abiego un perro se acercó al auto sin ladrar, otro le acompañaba moviendo la cola, seguimos de largo abriendo brecha en el monte.
Mas abajo donde la carretera se junta con la que habíamos subido, encontramos de nuevo el río, mullendo sus aguas entre calizas y varas de avellano espigadas y sin hojas; meciendo su clara corriente, con un son monótono, ideal para acunarte a la hora de ir a dormir. Las escasas primaveras están desteñidas, marchitas, como si echaran de menos el sol. La hiedra se descuelga desde las altas rocas, hundiéndose en la corriente. El agua fluye derecha sin darse la vuelta, obligada a encajonarse entre la tierra verde. El día de excursión se estaba terminando, una parada en Cangas de Onís a tomar algo y luego carretera a casa, para llegar al oscurecer.
Siguen unas cuantas asemeyas del entorno.

























































































































































































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