¿Aprenderá alguna vez la derecha el dialecto de la democracia? Por Max
Rescato unas letrucas, estas esvilladas allá por Septiembre de 2006.
Parto de la premisa de que la democracia es -para mí- una especie de amnesia interesada, también la podemos considerar como una suerte de enfermedad -tal vez benigna- de la que unos millones suspiran por enfermar y al resto los quieren enfermar por las bravas.
Esta nuestra derecha -que padecemos- está obsesionada por principio con ser de centro, lo que contrasta con su comportamiento cada vez más extremista: Su ansia es volver al poder -que paradójicamente nunca ha abandonado- y privatizarlo todo, bueno, lo poco que les quedó en su última devastadora incursión. No quiere que le recuerden su querido y tenebroso origen y al mismo tiempo no renuncia a sus bien enquistados vicios heredados, se creen -y verdaderamente lo son- los dueños del chiringuito y como tales quieren disponer de él a su antojo. Siguen mandando como si de una vulgar mafia se tratara -la cohesionada mafia de los doscientos padrinos- arropados por una jerarquía eclesiástica tan mezquina como la de tiempos de preguerra, guerra y posguerra, y siempre contando con la atenta vigilancia en segundo plano de la nefanda casta militar. Y todo por que hubo un tiempo en que a una generación de obreros y campesinos se les hincharon las pelotas y se atrevieron a desafiar y dar la batalla al capitalismo. Ahora dicen que eso de rescatar la memoria, de un camino que en su día no pudimos recorrer, son “viejos rescoldos de odios fratricidas” cuando la lucha de clases sigue vigente, quizá bastante adormecida por el consumismo imperante e impenitente, pero ha de llegar el día en que se despierte de nuevo esa olvidada y muy digna conciencia de nuestros antepasados que nos dieron ejemplo de antifascismo y progreso.
La derecha en el Estado español tiene un absoluto desprecio por la democracia. Este año es un aniversario señalado de la guerra civil, cuando esas mismas fuerzas derrocaron la República e instituyeron una dictadura que duró casi medio siglo, aplastando a la clase obrera, asesinando la incipiente democracia -que tantos años de sudor y lágrimas había costado alumbrar- y paralizando la vida cultural que había comenzado a dar sus frutos maravillosos.
La clase dominante española estaba y está muy cómoda con esa situación y mira su pasado con nostalgia. El lenguaje de la derecha, y particularmente de la iglesia, en los últimos tiempos contiene un claro eco del lenguaje rescatado del pasado franquismo, siempre presente en sus corazones. Ahora con la mayor desfachatez se atreven a restregarnos por nuestros morros que “el franquismo lo fuimos todos” -presumo que se referirán a ellos mismos y a los pocos de los otros que dejaron con vida- y una cosa es que pasáramos a trancas y barrancas por el franquismo y otra que fuéramos sus compañeros de viaje, y que por una suerte de milagro lográramos a duras penas mal vivir. Al final ya veréis como la culpa la tenemos nosotros por no habernos rebelado contra el patas curtias -ya que dispusimos de cuarenta años para ello- cuando se permitieron dar continuidad al más ruin capitalismo por medio y por el miedo de un franquismo que mantuvo al país a sangre y fuego, hasta el último día de la perra vida del mayor genocida de españoles, compensada en cierta manera con un final glorioso -incluido un san martín, radiado desde su cama parda- practicado al cerdo de El Ferrol, también conocido como “Paca la Culona”.
Para la derecha, la democracia se reduce a una alternancia partidista -cuanto más clónicos a sus desempeños mucho mejor- para que el capitalismo se perpetúe y se reproduzca sin sobresaltos, el ideal serían dos partidos que se alternarían en la administración del capitalismo sin salirse del guión establecido, nada de tener la tentación de darle la vuelta a la tortilla, ni aunque los ciudadanos fuesen partidarios de ellos: Está todo perfectamente delimitado para que el tren no pueda descarrilar. Esta derecha no defiende el derecho a la verdad ni a la justicia, no defiende la voluntad popular, sino el atado y bien atado, insigne aserto final de su idolatrado ídolo. Su único desvelo es una democracia representativa…. de los intereses del capital.
Conclusión: La derecha nunca aprenderá el lenguaje de una verdadera democracia: ¡Sólo harán el paripé!



























































“Llegar a Viejo”, Por Max.
Continuo con el rescate: Este pertenece a Enero de 2007
“Llegar a Viejo”, Por Max Álvarez.
Aunque la mayoría en el blog sois gente joven, algunos ya hace tiempo que trascantiamos y aunque todavía albergamos restos del espíritu del jovenzuelo que fuimos, ahora que ya llevamos enfilada la pendiente en descenso y un largo trecho recorrido en ella, y cuando sin remedio el final se adivina detrás de cualquier revuelta, el tema viene dado sin querer, y no es otro que: ¿como se debería encarar la vejez? ya que a todos nos llegará más pronto que tarde.
Estoy por asegurar que nuestra vida sigue una trayectoria circular, sino ¿por que cuando nos adentramos en la vejez, lo que más nítido nos resulta es la niñez? ¿no será por que ya atisbas el reencuentro con las vivencias primeras, al cerrar el recorrido? En el repetitivo e infernal tiovivo de nuestro particular tren de la bruja.
Por lo regular bramamos contra el paso del tiempo y más cuando acariciamos las últimas traviesas; Desde que nacemos, tenemos que papar tantos sinsabores, que al fin llegas exhausto y sin aliento al trance más doloroso del nacimiento, para alcanzar esa última estación del negro túnel que no es otra que la muerte propia. Pienso que los descreídos tenemos una ventaja sobre los creyentes, que bien pudieran temer no llegar a merecer, y por tanto disfrutar todo aquello con que los engatusaron en vida, en cambio nosotros que nada esperamos partimos más tranquilos, volvemos al punto de partida tan desnudos como comenzábamos. Ellos dirán que es al revés ¡pobres ilusos!
Seguramente también como Benedetti voy a sentir vergüenza –y más si cabe ya que no soy nada braguetero- me va horrorizar –cuando la ayuda me sea imprescindible- en la hora de la ducha, contemplar de reojo en el espejo, las bolas escoltando el difunto y que por mor del agua jabonosa resbalando, representen unas puras barbas de chivo. ¡Porca miseria, esa es la asemeya de la vejez en estado puro!
¿Merecerá la pena estirar el final? Cuando no resta ni un rís de ilusión por nada. Recuerdo que uno de los abuelos, se fue con ochenta y tres años, y pocos días antes de comenzar a gastar el postrer billete, todavía llevaba las vacas a pastar al prado, en la mañana y por la tarde las ordeñaba en el establo y sin duda quería seguir cuidando la Pastora y la Galana y continuar acarreándoles al pesebre las brazadas de yerba, que sirviesen de alimento a los agradecidos animales y al mismo tiempo representaban el clavo ardiendo que sostenía su fe en las postreras bocanadas del trajinar por este mundo, una ocupación algo en que entretenerse, y una justificación pa seguir tirando.
Los mayores que deberíamos tener bastante con la creciente soledad, con nuestros achaques y dolores, las más de las veces vemos incrementados los pesares con escasos caudales, bien es verdad que también comemos menos, en eso de los dineros marchamos parejos a los nietos y hasta sentimos más pesar –que ellos mismos- por su incierto futuro.
Ahora te encuentras en las ciudades con cientos de personas –desarraigadas- que no quieren continuar, han desertado de la vida, respiran por obligación, no tienen valor para quitarse la vida, pero le estarían eternamente agradecidos a quien practicara con ellos una obra de caridad, introduciéndolos en el vagón sin retorno. Se han cansado de destilar y observar –desde la experiencia- los acontecimientos de la vida. Quiero creer que antes se disfrutaba más con el poso de los recuerdos. Te encuentras con el anciano que era un lector empedernido, ahora no quiere ver delante ni la mísera televisión, todo le cansa, clama por ir al catre y no volverse a levantar, a la parca llama sin desmayo, su afán más preciado sería estirar presto la pata. Tiene que ser muy fuerte el considerarse un peso muerto, un fardo, un trasto inútil.
Pasar de la tristeza a la alegría, apreciar el sol o la lluvia en las calles, solo sirve si te sientes con ánimos, si la depresión y los muchos años te dominan, no hay remedio. Pese a que las lágrimas no manchan, no pasemos penas por estos desahogos, lo grave es cuando no puedas llorar más, que tengas los ojos rojos y resecos.
Diréis que son chácharas de viejo, tan lejos de los temas políticos comúnmente aquí tratados, pero no ¡amigos! son leyes naturales que debemos atender y estar preparados para afrontarlas sin sobresaltos, y si no tenemos valor para dar el salto al vacío, resignarnos, ya que por ahora, no hay noticias de que nadie se haya quedado aquí pa siempre. A fin de cuentas tampoco necesitamos tanto, ni vamos tan lejos, nada más que dos palmos bajo tierra, a menos que optes por la incineración –que sería lo más correcto- como final, unas buenas cenizas aventadas a casa dios.
Las fotos pertenecen a un país olvidado del África de lo más pobre y necesitado: Namibia
La rutina, altos y bajos. Por Max.
Hay días que te levantas de la cama ufano, has dormido bien y te vas contento a la ducha, si no cantas es –dejando aparte lo desagradable que pueda ser tu voz- por la hora tempranera y el procurar no despertar a la parienta, el mundo tal parece color de rosa. En la noche tuviste un sueño agradable, al que la cabeza pugna por encontrar significado. Arrancas el ordenador mientras el microondas calienta la leche pal chocolate. Ojeas el correo electrónico que viene cargado de ofertas mañaneras de viagra y te dices ¡carajo! ¿acaso no estuve superior anoche haciendo el amor? Y te asalta la duda, -es la maldita próstata- los años que no pasan en balde. ¿Será hora de comprar la pastillina? Es el primer bajón.
Compras el diario ojeas las noticias y llegas a la conclusión de que no se rompe España sino el partido Popular, y te vuelve a subir la moral. Montas en el auto arrancas, pulsas el mando para que se abra el portón y no te obedece, lo encuentras estropeado –como casi siempre- y otra vez se te tuerce el gesto. Un día más la lluvia arrecia, hay niebla el sol no despierta y te sientes aplanado. Llegas al trabajo la rutina de siempre te recibe, entras en la rueda de la esclavitud, encaras los problemas con el ánimo medio pensionista, pasas de las demandas telefónicas destempladas del exaltado de turno, reclamas los materiales que no acaban de llegar, atiendes a los vendedores que tratan de colarte sus gangas, por más que no necesites nada de lo que te ofrecen.
Sueltas las habituales pestes contra telefónica por la velocidad de tortuga de Internet. Cuando el horno no está para bollos, terminas por tener una enganchada con el pesado de todos los días, ofreciéndote colocar un dinero del que careces, en el negocio del siglo – y menos mal que es por teléfono, sino habría tiros y puñaladas-
Verdaderamente el genero masculino somos la mar de raros y simples, a media mañana te vas de recados y por el simple hecho de ser atendido y encontrarte con la sonrisa cautivadora de una moza rompedora, con buena figura –a la antigua usanza- anchas caderas cinturina de avispa, lozana y de carnes generosas, equipada con una blusa ajustada, blanca o roja, ya te reconforta, te alegra la pestaña y te sube la moral por los cielos. Al final está visto que todos pugnamos por convertirnos en unos viejos verdes.
Llega el medio día sin mayores sobresaltos, arrancas a toda pastilla para llegar pronto a comer, discutes con la señora los temas de la tertulia de la tele, mientras engulles a toda prisa la deliciosa comida ¡benditas manos! que encontraste humeante sobre la mesa, y te felicitas por poder disfrutar de una cocinera de por lo menos cinco tenedores. A estas alturas de la película valoras y mucho, estos temas de la manduca. Si te sobra un poco de tiempo le das un vistazo al blog y lees las noticias alternativas de Insurgente y Rebelión, terminando con una breve consulta al correo.
La tarde continúa con más papeles, facturas, presupuestos. El trabajo anda mal, te cuentan como un joven treintañero se gasta veinte millones –que no tiene- en un camión y si quiere trabajar no le queda más remedio que gastar otros catorce en comprar una plaza en una cooperativa, total que se endeuda hasta las cejas. El gasoil por las nubes ¡y subiendo!, las tarifas del transporte llevan siglos sin crecer, tiene una familia que mantener, un piso a medias de pagar y su responsabilidad adobada con el consiguiente desasosiego apenas le deja dormir por las noches –y eso que es de los afortunados que tiene trabajo- Tal como hace el caracol con su concha, lleva de continuo su herramienta de trabajo a cuestas, estas gentes son unos verdaderos campeones, hacen milagros, si les pasa algo o enferman ¿Quién les pagará las letras? Un banco si se ve en dificultades pronto cuenta con la mano amiga del Estado ¿y el pobre camionero? ¡Porca miseria! La moral te queda por los suelos.
De vuelta a casa, te sumerges en internet, si se tercia escribes un poco, cenas temprano –a ciertas edades ya no soportas el ir a dormir con el estómago lleno- y contactas por medio del Skype con los hijos que están lejos, charlas mientras ellos van cenando con la wedcam de testigo. La pequeña lo tiene más difícil, no puede permitirse el disponer de Internet pero de vez en cuando algún generoso deja abierta la conexión de las ondas, si es así podemos verla y charlar con ella, también es verdad que suele pasar bastantes fines de semana en casa. Te sube la moral el comprobar que están bien y que pese a las dificultades van saliendo adelante.
Un poco cansado enfilas la cama y si tienes la suerte de abandonarte pronto en brazos de Morfeo, dormirás como un bendito hasta la mañana siguiente, en que otra vez con el contador a cero, inicias la rutina…
Las fotos, aprovechando que la parentela anda ahora por la isla, me las envían ellos y pertenecen a Escocia.
¿Crisis? ¡Sí, la peste ya está aquí! Por Max.
Por mucho que intenten calmarnos, o que nos recomienden tomar tila y aspirinas, en nuestro fuero interno, estamos convencidos que ni la calma ni los analgésicos podrán curar la enfermedad, no se trata de un simple constipado, es algo más grave. Vivimos demasiado tiempo por encima de nuestras posibilidades, regalándole nuestros escasos beneficios a los bancos y los especuladores febriles. Sin usar ningún tipo de paracaídas. Era cuestión de tiempo que algún día se acabase tanta francachela, no aprovechamos la bonanza para un más equitativo reparto de los dineros, que por desgracia siguen casi en su totalidad en manos de los de siempre, que no se ocuparon en obtener bienes tangibles con ellos, los cambiaron por meras estampitas, por papeles sin ningún valor.
El capitalismo con su sistema de producción declina, se escora y amenaza derrumbe, se resienten las cuadernas; la especulación del dinero se está resquebrajando, se cae a pedazos; Seguramente como toda enfermedad al final -si no acaba con el paciente- hasta resulte beneficiosa, nos dará oportunidad para un aterrizaje de emergencia, volveremos un poco sobre nuestros pasos, al simple intercambio de mercancías, al trueque que ya casi teníamos olvidado. El pernicioso humo que nos vendieron durante tanto tiempo se disolverá en el aire, cosa por otra parte de agradecer. El mercado se achica, se esclica (agacha) y no hay quien lo pare, dicen que España está preparada para los malos tiempos.. ¿y que hacer con la enorme deuda exterior? ¿Tendremos que salirnos del euro para poder devaluar la moneda y así hacerle frente?
Los gringos andan buscando desesperados una tabla de salvación, pero es un muerto demasiado grande ¿China? ¿Dónde asirse sin correr el peligro de terminar los dos en el fondo? Creyeron que con forzar la máquina de fabricar billetes verdes, todo se solucionaría, se embarcaron en alegres guerras de rapiña, confiando que les sirviesen para salir a flote, se emplearon equivocadamente al robo del petróleo, seguros de que les resultaría poco menos que un paseo militar y va a ser que no. Lo que se destapa es una gigantesca estafa perpetrada por un estado criminal a otros estados que se dejaron engañar con el timo de las estampitas verdes, que cada día que pasa se devalúan más y más. Gringolándia produjo la mayor burbuja pero otros muchos países –entre los que para nuestra desgracia deberemos incluirnos- alentados por el furor uterino de las leyes privatizadoras de los pepinos, seguimos el mal ejemplo, imitando y creando –a nuestra escala- otras pequeñas réplicas, y lo triste es que estamos convencidos, que por una especie de sortilegio, de bendición del destino no nos afectarán los problemas del mundo ¡Ilusos que somos! ¡Ya nos llegará el llanto y crujir de dientes!










































































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