Bosque o fayeu de Peloño. Por Max.
Unos cuantos cientos de miles de hayas, vestían el monte Peloño, como no podía ser menos, de forma rústica, con un colorido apagado y sobrio, se trataba de un amarillento y tostado tirando a rojizo, restos señalados del fin y comienzo de las estaciones que comprendía aquel sábado de esta última seronda.
Me maravilla ese portento de bosque inteligente desarrollado por las hayas, si están en solitario tienden a abrirse y achaparrarse, en cambio cuando están acompañadas y en sana competencia muestran un tronco recto y esbelto, porte robusto, pueden alcanzar hasta cuarenta metros y muestran una corteza bastante lisa de color gris cenicienta o blanquecina.
Sus hojas son de un verde intenso –menos lógicamente en el otoño- dispuestas horizontalmente para captar la mayor parte de la luz –solo dejan llegar al suelo un escaso dos por ciento de la radiación- así es que sus bosques parecen sombríos, en los que descubres a cada trecho las figuras siniestras de las viejas hayas añosas que se enroscan y se anudan al final de sus ciclos vitales, simulando el ambiente de los cuentos de hadas. Son celosas con sus dominios y no permiten que crezcan otras plantas en el suelo, donde si acaso proliferan abundantes musgos y líquenes.
Es una especie que soporta bien el frío –no así las heladas- aunque sus enemigos acérrimos son el calor y la sequía. Cuando la insolación persiste, el árbol muestra la capacidad de hacer girar las hojas como una veleta, para evitar la transpiración excesiva de agua. Un auténtico ingenio natural, un sofisticado mecanismo de defensa, estrategia desarrollada durante miles de años, incluso pudiera considerarse la muestra del desarrollo de una inteligente y serena sabiduría por parte del propio bosque.
Producen abundante sombra y hojarasca que le regalan al suelo nutrientes donde se desarrollarán en ambiente propicio las delicadas y jóvenes hayas en el ciclo vital regenerativo, su fruto es el hayuco –especie de pequeño erizo- que es apetecido y estimado tanto por los urogallos, el mismo oso y varios roedores como las ardillas. Aquí también anida una especie muy rara de pájaro carpintero y los rebecos, venados, lobos y jabalíes encuentran refugio seguro en este extenso e intrincado monte.
Es tanto su afán por la humedad que se atreve a engatusar a las mismas nubes que se sienten halagadas permitiendo a sus hijas menores las nieblas, abrazar estrechamente casi a diario las laderas de sus montes. Se trata de una hondonada que está rodeada de altas cumbres -cercanas a los dos mil metros- La nieve se divisaba arriba a poca distancia y el deshielo producía innumerables riegas con pequeñas cascadas que se anunciaban con su cantarino son, en las revueltas del camino. Su cumbre más alta es Pileñes –por encima de dos mil metros-
El último tramo del regreso se hizo lento, debido al cambio de coche nos habíamos olvidado de la linterna y la noche se nos echó encima, cuando aún nos faltaban alrededor de tres kilómetros hasta llegar al auto, aunque el camino era amplio y tendido, afrontamos el postrer tramo cogidos de la mano como en los viejos tiempos -cuando éramos jóvenes- afianzando en el suelo a cada paso, la vara de avellano que llevábamos en la mano libre, procurando mantener el equilibrio en el barro y tratando de no meter de lleno las botas en los charcos que parecían destacar perversos y atrayentes en la negrura, arrullados por el monótono canto del búho, escuchando hasta nuestra propia respiración y las esquilas de las vacas que seguramente pacían en prados cercanos.
Aunque era noche de luna llena, entre las nubes, la niebla y lo umbrío del camino la oscuridad era total. Cuando nos dispusimos al regreso hubo un momento que sopesamos el continuar el recorrido y hacer noche en Oseja de Sajambre –el total de camino era similar, una treintena de kilómetros- y volver a repetir la caminata en sentido contrario al día siguiente que era festivo, al final desistimos por la posibilidad que nos extraviásemos ya que no conocíamos ese trecho en tierras leonesas, y las sombras amenazaban con engullirnos, por ello decidimos acertadamente desandar nuestros pasos, con ambiente húmedo pero eso sí con temperatura agradable para la época, así todo todavía dispusimos de tiempo para tomar algo en Cangas de Onís y disfrutar con la victoria del Sporting en Valencia.
El libro de hoy pertenece al gran poeta Juan Gelman
Debí decir que te amo Por Juan Gelman
Vista desde el fayeu de Peloño
Concejo de Ponga y San Juan de Beleño. Por Max.
Se puede decir sin exagerar que es uno de los concejos más salvajes de Asturias. No esperen encontrar aquí grandes obras arquitectónicas, o suntuosos palacios, la mano del gran artista que dio forma a estos lugares, fue y sigue siendo la misma naturaleza, que con su lento laborar esculpió unos parajes y vistas de ensueño. Sin despreciar el lento y andariego trabajo de asistencia y acompañamientos que supieron encauzar los lugareños desde siempre, que tuvieron sumo cuidado en integrarlo en el entorno y que se muestra para uso y disfrute a todo transeunte que por allí tenga a bien acercarse, personificado en sus casonas rurales, horreos, iglesias y algunas mansiones de indianos perfectamente conservadas.
Ríos encajonados, angostos valles que contrastan a su vera, con otros totalmente abiertos, infinidad de bosques que en aquellos días comenzaban a ser alfombrados –por el viento de las castañas- con las amarillentas hojas otoñales, que dan a sus montes una variedad de colores inolvidable, oportuno descanso y gozada para la vista cansada. Perviven en estas aldeas las costumbres ancestrales, la vida tradicional asturiana que lucha por seguir existiendo en estos aislados valles. Es el concejo sobre todo ganadero, aunque ofrece insuperables atractivos turísticos. Cuenta con una extensa red de posibilidades recreativas para el turista y viajero dispuesto a disfrutar de la naturaleza con mayúsculas: alojamientos rurales, refugios de montaña, turismo activo, caza y pesca.
En cuanto a tratar de alimentar la panza, puedes entrar en trance con gran facilidad y de diversas maneras, si el día está fresco puedes comenzar con el tradicional pote asturiano, con berzas y patatas, aliñado con las delicias de la matanza del cerdo que sin duda te dejará grogui en el primer asalto. También puedes hacer oposiciones a quedar transpuesto con una sopa de hígado y seguir con fabes con jabalí, o un estofado de jabalí o venado, o bien podrías haber optado a saborear las deliciosas carnes roxas de la ganadería del lugar, que suelen cocinar al queso de los beyos, que es tenido con justeza como de sabor fuerte y agradable aroma, siendo elaborado de forma artesanal con una triada de exquisitas leches de cabra, oveja y vaca.
Tengo que confesar que tenía intención de haber conocido el bosque de Peloño, siendo pospuesta por fuerza mayor la excursión para una próxima oportunidad, ya que el cacharro motorizado entró en colisión con tanta naturaleza, negándose en redondo al píe del bosque a dar una rodada más y hubo de ser conducido al taller por una grúa, dando al traste con la caminata a medio día, por aquello del regreso. La caza y la pesca tienen aquí un lugar que ni pintiparado, el turismo verde cuenta con todas las ofertas: desde excursiones a píe hasta desplazamientos a lomos de caballos, pasando por cicloturismo, escalada, descensos en canoa y aguas bravas, y en el invierno esquí de fondo. Peña Salón y el Pico Pierzo son sus cumbres más destacadas, que seguro dejan más que satisfechos hasta los mismos reyes de la aventura.
Aunque no nos fue dado disfrutar todo el día a rabiar, si hubo tiempo para sacar unas cuantas asemeyas que no desmerecen el disfrute visual, aunque dan fe del día truncado y lo que pudo haber sido. Las cumbres aparecían coronadas con las primeras nieves del otoño, realzando la camaleónica capa que en esa estación, cubre los montes que van perdiendo su verde intenso, para dar paso a tonos tostados y amarillento-rojizos repartidos de forma irregular, en razón de la distribución de las masas de arbolado, que de forma caprichosa nos regala la siempre sabia naturaleza. Por poco que nos alejemos del asfalto vamos a cruzar varios arroyos, por tanto deberemos estar predispuestos a no ser demasiado remilgados en mancharnos de barro las botas, ya que los senderos son a menudo compartidos por los jabalíes, corzos y ocasionalmente el oso. Los urogallos en la seronda suelen dedicar sus anhelos a las abundantes y rojas bayas del acebo. Lugares como este son un verdadero tesoro.
Otra colección bilingüe de poesías del poeta portugués F. Pessoa.
Antología de Poemas Fernando Pessoa
Los colores del bosque en seronda
Castropol y la playa de Penarronda. Por Max.
Castropol
En esta tierra costera de colinas, en vez de rocas calizas como suele ser el relieve de la mayoría de la provincia. Antiguamente sembrada de castaños y robles, es hoy día una hondonada de lluvia y alubión de fecundas tierras ribereñas, se localiza esta playa anchurosa, que cuenta con amplias dunas, y cuyo principal interés radica en la presencia de algunas comunidades y especies vegetales exclusivas de las formaciones dunares, que por cierto suelen ser bastante raras en Asturias.
Castropol y Tapia de Casariego se reparten amigablemente la playa de Penarronda, destacando a la llegada, su extensa duna abierta a la que se ha dotado de amplio aparcamiento, continuando con pasarelas de madera. Tanto al arenal como a las dunas las separa en dos mitades el serpenteante arroyo Dola, como si dos fichas de un puzzle gigante se tratara. Cuenta con un marcado y desafiante islote cual cuerno de rinoceronte, albergando en su centro escrutador ojo de Polifemo. Declarada Monumento Natural es portadora de la bandera Azul de la Unión Europea.
Como da la casualidad que en Tapia ya estuvimos en ocasión precedente, hoy me referiré a Castropol que fue en principio obispalía de Oviedo, dependía de la autoridad y el poder impositivo de la mitra ovetense que delegaba esta directamente en encomenderos cuya arbitrariedad y codicia, dio lugar a frecuentes conflictos y engarradiellas, hasta que una bula papal otorgada a Felipe II, permitió a los vecinos comprar su libertad… ¡que ilusos! Pasando desde entonces a manos de la corona.
Hace doscientos años, a propósito de las diferencias con nuestros vecinos allende los Pirineos, en los inicios del contencioso se formó en el concejo el Regimiento de Infantería de Línea de Castropol que tuvo una actuación muy destacada en el desarrollo de la guerra de guerrillas de la Independencia, llegando a penetrar victoriosamente hasta en tierras de Francia, tras numerosas acciones por toda la Península. La oficialidad y buena parte de la tropa de ese regimiento se cubrió con voluntarios del concejo, siendo su primer coronel José María Navia-Osorio Cray-Winkel –al que por su segundo apellido todo apunta de ser un digno hijo de la Gran Bretaña, como sus descendientes- entonces Vizconde del Puerto y años después Marqués de Santa Cruz de Marcenado. En la guerra civil bien se les vio el plumero, apuntándose de los primeros a las huestes del general felón.
Su mismo nombre proviene de denominaciones que aludían a su origen fortificado, abundan las referencias a la cultura del periodo castreño o prerromano, cuando la zona de las riberas del Eo estaba poblada por los Egobarros. Nos hablan de una economía basada en la pesca y el comercio de la sal, y cuando sus habitantes decidieron cambiar de aires –ante la falta de perspectivas- los jóvenes de Castropol solían emigrar al Río de la Plata –quizá encontraban cierta similitud con su añorada y lejana ría-
Un poco de historia, a más que con esa mirada de buena gente se lo merece, uno de sus más importantes y preclaros hijos fue el destacado marino Fernando Villaamil, reputación que se haría notoria cuando por iniciativa suya y bajo sus especificaciones y supervisión, se construyó en unos astilleros británicos el Destructor, el primer cazatorpedero de la historia, que acabaría dando nombre a toda una clase de barcos de guerra. En 1892 Villaamil logró que el ministerio de Marina aprobara, dentro de las celebraciones del cuarto centenario del descubrimiento de América, un proyecto largamente propugnado por él: un viaje de circunnavegación a vela, como aprendizaje de los guardiamarinas de la Armada. El 30 de noviembre, la corbeta Nautilus dejaba Ferrol con Villamil al mando para dar la vuelta al mundo con una tripulación en la que eran mayoría los gallegos y asturianos, provistos de gaitas para endulzar la larga ausencia. Las Palmas, Bahía, Ciudad del Cabo, Puerto Adelaida, Sydney, Port Lyttelton, Valparaíso, Montevideo, San Juan de Puerto Rico, Nueva York, Plymouth y Brest fueron las principales escalas de aquel crucero, que terminó un radiante domingo día del Carmen de 1894 en La Concha de San Sebastián.
La vuelta al mundo con la Nautilus incrementó aún más la popularidad de Villamil, a lo que contribuyó la publicación por su parte de la historia del viaje en un libro, Viaje de circunnavegación de la corbeta Nautilus, en el que relataba los acontecimientos de la navegación junto con sus reflexiones, principalmente sociales y económicas, sobre todo lo visto en las tierras visitadas. Especialmente premonitoras resultan las palabras que escribió tras visitar los arsenales de la marina de guerra de la futura Gringolandia en Filadelfia, en los que en diversos grados de armamento se encontraban dos acorazados y tres cruceros: “Sin que yo pueda penetrar en los fines que se propone esta nación, [...] observo que en estos últimos años, de modo inesperado, dedica su atención y créditos a adquirir buques de guerra que representen la última expresión del adelanto de la arquitectura naval”
Villaamil poco podía sospechar entonces, que el destino le reservaba una cita fatal, en el corto plazo de cuatro años, con aquellas impresionantes máquinas de guerra; cita en la que resultarían aniquilados él, muchos de sus compañeros de armas, todos sus barcos y los últimos restos del Imperio Español. Efectivamente, toda una escuadra española fue destruida el 3 de julio de 1898 por los impunes cañonazos de la flota norteamericana ante la bocana del puerto de Santiago de Cuba; y Villamil, para entonces capitán de navío y jefe de la flotilla de cazatorpederos, a bordo de uno de ellos de patético nombre, Furor, se hundió envuelto en sangre y fuego en las aguas del Caribe y allí reposa para siempre junto con uno de sus queridos destructores.
El libro de hoy pertenece a un impresentable –como persona- escritor que está de actualidad por su reciente fallecimiento, aunque hay que reconocerle en esta ocasión su fácil y amena escritura.
Un día en la vida de Ivan Denisovich. Por Alexander Solzhenitsyn
Fernando Villaamil
Playa de Penarronda
Playa el Gaviero del Silencio. Por Max.
Que mejor aperitivo que escuchar “El silencio de la trompeta” por Rudy Ventura.
El silencio de la trompeta. Rudy Ventura
Y no vayan a creer que es un arenal mudo ¡ni mucho menos! allí el mar ruge quedamente -a su manera- no cuenta con casi arena y los bolos –cantos muy rodados y desgastados- que forman su acogedor lecho producen un sonido arrullador cuando son mecidos por las aguas en sus oleadas de incesantes asaltos a la orilla, a la que cubren y dan un tinte lechoso con su abundante espuma, eterno y monótono ir y venir, acometida y retroceso de claras connotaciones sexuales que animan -si no lo estabas- a la conyunda. Eso sí el termino gaviero se debe a las colonias de gaviotas que anidan en sus cercanías y es común encontrarlas subidas en los abundantes y desperdigados picachos, quietas admirando plácidamente la sorprendente acuarela que tienen delante y a la que pertenecen y dan identidad de vida.
El mismo paraje tiende al aislamiento, emparedan la playa unos murallones que forman un alto acantilado, al tiempo que se ve poblada por archipiélagos de islotes desgastados por la fuerza del agua salada, que se resistieron a ser laminados por el empuje del muchas veces cabreado y fiero Cantábrico. Se trata de una playa –que no arenal- bastante salvaje que se pude jactar de mantener a raya el bullicio y a los tronantes turistas, ya que sus accesos desde el pueblo de Castañeras son por destartalada caleya, aunque todavía hay algún insensato que con tal de no mover las patas son capaces de embarcarse cuesta abajo, montados en sus locos cacharros, dando saltos y expuestos a que sean tumbos también.
Disfruté el placer de girar mi última visita después de haber estado admirando y recorriendo el cabo Vidío y mal podrías adivinar divisando los impresionantes roquedos, que detrás de uno de ellos se encontraba aquella playa tenida por muy callada. No se aprecia ni distingue en la lejanía y para encontrarla tienes que ir ex profeso encaminado a su encuentro. El clima es cambiante, llueve, escampa, luce el sol cegador, todo en pocos minutos y sin darte tiempo a acostumbrarte, por otra parte nada que desmerezca del conocido clima astur.
Irradia un extraño encanto y magnetismo que te cautiva, deben ser sus veteadas rocas y aunque es pequeña aparenta más de lo que es, como si de mujer acicalada se tratara o ceja levantada de sociata.
En síntesis es un precioso sueño, el oleaje es la voz que venimos buscando, el sosiego que detiene el ritmo trepidante de nuestra vida, el amparo, el lecho donde descansar. No son necesarios algodones en los oídos para aislarte -todo lo contrario- quisieras parar el tiempo y escuchar eternamente ese tenue sonido que te inunda que te produce plácidos escalofríos, sentarte en una de sus rocas y ver pasar ninfas o xanas retadoras con sonrisas seductoras. Es pequeña como si de un frasco de esencia de perfume se tratara y solo te apetece cabalgar -con la imaginación- sus olas, de hecho tan apropiado es el lugar que suelen los jóvenes aprender aquí a bucear y hacer surf, amén de cultivar toda suerte de artes amatorias, bien en ella misma o en los verdes y aislados rincones cubiertos de follaje que se forman en tan especial y apropiado entorno.
El libro de hoy es de un autor cubano poco conocido fuera de la isla, de nombre José Lezama Lima
Las fotos pertenecen a la playa descrita, excepto unas vistas desde el Faro Vidío.
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