MAX Y LOS CHATARREROS

Cascada de Abiegos y Sobrefoz. Por Max.

Posted in Asturias, Caminatas, Escursiones by maxalvarez on marzo 3, 2011

Terminado el gratificante paseo a la Hoya de San Vicente, dado que eran las dos de la tarde, las tripas comenzaban a querer ruxir un tantín, decidimos seguir carretera hasta el concejo de Ponga y comer en San Juan de Beleño. Tiene este bonito pueblo una posada, donde es inevitable el recordar las antiguas potas roxas de la abuela, en ellas te sirven los cocidos. Echábamos de menos el pote asturiano, así que comenzamos con una sopina delante para entonar el estómago, la sopa siempre produce alegría, es inevitable que soples y sonrías, para a continuación pasar a sorber; después vino el consistente pote de berzas, acompañado de su compango: morcilla, chorizo, tocino y un trozín de hueso, con cachinos de carne del espinazo del gochu, para terminar con los frixuelos una y el arroz con leche el otro.

Después de comer dimos un paseo por las callejuelas del pueblo, el tiempo amenazaba con querer llover, como así fue después, pronto suspendimos el callejear y montados en el auto emprendimos carretera dirección al pueblo de Sobrefoz, primer parada en un mirador al efecto, después de pasar un oscuro túnel, ya llovía aunque sin fuerza. Es un paraje muy agreste, valle angosto y cerrado, al otro lado se aprecia la estrecha carretera, que colgada se engurruña en la montaña, da la sensación de ser un fino cinturón, no se percibe el horizonte, un despiste en la conducción, puede significar el despeñarte, a un fondo que no alcanzas con la mirada.

Pasado el pueblo de Sobrefoz en descenso, nos detuvimos a la altura de una edificación, que tiene todas las trazas de haber sido un antiguo molino, recibe de la estrechura –o quizás del mismo cielo- un buen hilo de agua. Aquí la carretera se revuelve, el valle se acabó y comenzamos el regreso, ahora encaramados por la vertiente opuesta. La vereda más parece camino de hormigas que otra cosa. Se pierde aquí para volver aparecer más allá, entre yerbas, espinos y hiedras que cuelgan de la caliza.

Al salir de un pequeño túnel ya se escucha el fuerte chapaleo del agua, seguro cae de buena altura. Ni una gota de aire y algunas de lluvia, imponente por su caudal aparece la cascada de Abiegos, detenemos el auto al borde, aprovechando un leve engrosamiento del camino. La pena es el puente que acabamos de cruzar, que corta e interrumpe la visual de la cascada, tiramos varias asemeyas, tratando de inmortalizar el instante.

El agua cae desde la altura, raspando las piedras con sus uñas líquidas, dejándolas relucientes, el espectáculo impone, es una gozada, quedamos en suspenso, hasta aguantando la respiración, no nos atrevimos ni hablar, temiendo deshacer el hechizo. Alejamos nuestros pasos para tratar de captar una visual distinta, divisar el comienzo o alcanzar el final, que más bien se adivinan, ante la falta de certezas.

El cielo seguía espeso, gris, las nubes dejaron de soltar líquido y nosotros embobados, contemplando el embrujo del agua al caer, entre palos tiesos, matojos sin hojas, no era tiempo de hojas. Era esa época húmeda y roñosa que todo lo aplana, aunque a nosotros poco parecía importarnos. El mustio cielo se volvía cenizo, medio quemado por la nublazón, acarreada y aumentada por la caída de la tarde.

Un poco más adelante pudimos hacer unas prestosas asemeyas, tanto del pueblo de San Juan de Beleño, como de los de Abiegos o Cadenaza. Algunas de sus casas comenzaban a dejar en los cielos -mediante las chimeneas- el recado de que estaban preparando la cena, al tiempo que espantaban el frío, que pretendía colarse entre sus paredes. La madrugada en aquellos parajes se presumía gris, llena de aire frío. Al cruzar Abiego un perro se acercó al auto sin ladrar, otro le acompañaba moviendo la cola, seguimos de largo abriendo brecha en el monte.

Mas abajo donde la carretera se junta con la que habíamos subido, encontramos de nuevo el río, mullendo sus aguas entre calizas y varas de avellano espigadas y sin hojas; meciendo su clara corriente, con un son monótono, ideal para acunarte a la hora de ir a dormir. Las escasas primaveras están desteñidas, marchitas, como si echaran de menos el sol. La hiedra se descuelga desde las altas rocas, hundiéndose en la corriente. El agua fluye derecha sin darse la vuelta, obligada a encajonarse entre la tierra verde. El día de excursión se estaba terminando, una parada en Cangas de Onís a tomar algo y luego carretera a casa, para llegar al oscurecer.

Siguen unas cuantas asemeyas del entorno.

Río Dobra, caminata hasta la Hoya de San Vicente. Por Max.

Posted in Asturias, Caminatas, Escursiones by maxalvarez on febrero 21, 2011

Sigue el gaitero Xuaco Amieva tocando el Floreu de Remís ¡Fabuloso!!!

Un fin de semana más, salimos de casa sin rumbo definido, dispuestos a estirar las piernas y caminar un poco, el día estaba gris y aunque pronosticaban que por la tarde mejoraría, por experiencia sabemos, que las predicciones -en temas de tiempo- aquí en Asturias suelen fallar más que los gusanos, anunciando la muerte de Fidel Castro. Discurríamos veloces por la autopista cerca de Villaviciosa, cuando se nos ocurrió que después de una década, bien podríamos repetir la caminata –o paseo- a la Hoya de San Vicente, sita en el río Dobra. Con tan buena temperatura, seguro la nieve se estaría derritiendo en las alturas con rapidez, lo que le llevaría a este río, a desaguar un buen caudal en el Sella.

Aparcamos al lado de la carretera que sube al puerto del Pontón, después de dejar también atrás a Cangas de Onís –alrededor de media doce de kilómetros antes- Justo donde el Dobra vierte sus aguas al Sella, iniciamos el corto recorrido que no llega ni a tres kilómetros. Caminamos siempre al lado del agua, al poco nos encontramos con un puente de piedra –Puente Viejo donde se puede comenzar la ruta de gran recorrido, conocida por la Senda del Arcediano, que después de muchos kilómetros y salvar buenos desniveles, te adentra en tierras castellanas- Sobre el crecido caudal luce un airoso puente de un solo arco, parece de factura romana, aunque seguramente remozado en la Edad Media, pasamos a la otra orilla y disparamos unas cuantas asemeyas, el agua toma prestado y se tiñe con la tonalidad verde esmeralda de la floresta de ambas orillas.

Este afluente que nos llega desde los altos Picos de Europa, parte de las áridas tierras castellanas, tiene un breve recorrido y desde allá se despeña veloz por garganta estrecha, excepto este último tramo en que recobra la serenidad para abrazarse mansamente al Sella. Sus aguas son cristalinas, en parte debido a que en su cuenca no hay asentamientos humanos, que normalmente tienden a comportarse con la misma delicadeza que el caballo de Atila, contaminándolo todo con sus pezuñas. El río va bien crecido, sin llegar a perder sus orillas, no soplaba el clásico ventarrón de febrero, ni se presumía la inminente llegada de fuertes aguaceros, así que discurrimos contentos y distendidos, disfrutando del entorno, los árboles cautivando nuestra atención, con sus secos y leñosos esqueletos, los suelos alfombrados, por resecas hojas, tostadas y crujientes al pisar.

El paisaje es precioso, pozos y lagunas de aguas frías, parajes exuberantes de vegetación que despierta después del letargo invernal, en ciertos tramos debemos marchar despacio, procurando pisar con cuidado, ya que el perder el equilibrio pudiera significar el llevarte todas las papeletas, para darte un poco deseado bautismo, en las ahora heladas aguas. El caminar es cansino, perdimos minutos y minutos sin cansarnos, disfrutando del impagable murmullo anti-estrés de la corriente, y el no menos gentil coro de los pajarillos, que atareados parecen querer comenzar la época de los cortejos. Ya pugna por asomarse la primavera, con sus brotes tiernos y abundantes flores blancas en los espinos. Encontramos al paso, fresnos, arces, olmos, sauces… también ovejas y cabras pastando en las verdes praderas. Según vamos lentamente ascendiendo, aparecen también los castañeos, robledales, hayedos y tilos. Columbramos suspendidas en la altura, la silueta de unas perdidas casas del pueblo de Vis –perteneciente al concejo de Amieva- En la ladera que desciende, se destaca, el oscuro tono pardo, de un monte calcinado por el arrasador fuego, de no hace mucho.

Llegando a una amplia llanada, a través de un túnel de avellanos que se curvan haciendo dosel, venimos a dar a la misma Hoya, un poco elevado al fondo, se destaca un prado con su intenso color verde, donde las pequeñas margaritas que lo salpican, sirven de contrapunto, en los alrededores se divisan los restos –apoderados por matas de ortigas y artos- de tres o cuatro edificaciones que en su día fueron cabañas, y donde alguna de entre ellas, están siendo recuperada, como viviendas de fin de semana, para unos habitantes privilegiados, que podrán disfrutar, de una gran piscina natural. No es época de baños, quizá los meses de verano, harán que algún intrépido se zambulla y se atreva a tomar un baño vital -o mortal- en la fría Hoya de San Vicente y hasta sumergirse nadando hasta el fondo. Jóvenes con muchas energías han de ser sin duda, estos ya no son parajes para viejos, ni en pleno estío.

Las asemeyas que siguen fueron realizadas durante la caminata el día 19-02-2011

Durmiendo en Marabio y a la yerba. Por Max.

Posted in General, Asturias, Escursiones by maxalvarez on febrero 21, 2010

El día había sido laborioso, en pleno mes de Julio que suele ser el de más intenso trabajo en la montaña, el dios Lorenzo se había mostrado aquel verano, emperrado en soplar -como si de un pendejo fakir se tratara- su infernal fuego, valiéndose de una especie de tubo lanzallamas con la espita del gas abierta a tope y con el punto de mira apuntando al elevado valle de Marabio, castigó sin compasión durante toda la jornada, las tiestas y espaldas de los yerberos, en aquella época las mujeres en general siguiendo la teoría de lo que quita frío quita calor, poco les faltaba para adoptar el burka ya que las pieles morenas eran tenidas como ordinarias. Todos se habían afanado, primero en dar vuelta a la hierba y después en recoger con sus palas, garabatos y forcadas, las nidias y finas yerbas del prado de Brañamayor, hasta veintiséis montones o balagares se contaron, resultando un trabajo bien hecho y desarrollado a plena testera del sol ¿y que mejor regalo a un día tan penoso que el perfume prendido en el ambiente, el penetrante olor de la hierba seca bien curada? para al día siguiente en cuanto asentase el heno, ser unas pilas arrastradas (churiadas) ante el boquearon del pajar y metidos bajo techo a continuación, con arduos trabajos, dada la poca altura del recinto tenada, labor que solían encomendar a las gentes más menudas, siendo por ello los niños quienes saltaban sobre el esponjoso forraje y este cedía como trasero de señora madura ante el empuje de su joven amante, para calcarlo con la idea que ocupase el menos sitio posible, de allí salían medio ahogados por el polvo desprendido, cocidos y abrasados por el calor ambiente y sobre todo con las pieles chorreando copiosos sudores en que quedaban pegadas cantidad de granas de las herbáceas; Otros eran cargados en carros o ramos en días posteriores, para ser transportados al pueblo, después de un largo recorrido por caminos terreros. El puerto de montaña de Marabio no es que estuviese muy elevado, solo ronda los ochocientos metros, pero el prado al estar sito en una especie de hondonada, hacía las veces de fogón y eso junto con la cierta altura sobre el nivel del mar, se dejan sentir sin duda cuando hace calor en serio y aquel había sido un día de esos, de padecimientos sin cuento, gracias a los bochornosos calores primos hermanos de los habituales en Castilla. No estaría del todo mal para estar echado a la sombra de un fresno con la bota de vino al alcance de la mano y la cantimplora con agua fresca pero… andando a la yerba, es otro cantar muy distinto

El atardecer fluía sin pausa, abrazando con una temperatura ahora ideal –después de los bochornosos calores diurnos- a los chiquillos Balbino y Mino, previamente habían participado en una merienda-cena, delante mismo de la cabaña, a base de embutidos, sabrosas longanizas de chorizo, jamón de gocho tevergano, chuletas rebozadas de cerdo y como postre dulce de leche, los mayores partieron de seguido, regresando al pueblo de Prado, quedando solo los dos chiquillos y el abuelo; poco a poco se alargan las sombras convirtiéndolo todo en duda y lejanía, a los críos todavía les restan energías y se entretienen recogiendo las secas boñigas que dejan esparcidas las vacas cuando pacen o vienen a saciar su sed al pequeño y ahora casi seco lago que se sitúa en el pasto comunal, en los aledaños al muro del llano y circular prado, que cuenta con cuadra o establo de paredes de piedra con tenada encima y también una pequeña cabaña de pastores en el borde interior, delante una espinera y varios fresnos rodeando el cuchero como antoxana, el perfume de la hierba seca se extiende y mata el desagradable del apilado montón de estiércol, mientras se va acercando la noche. Se sirven de una carretilla de madera incluida la rueda, se turnan en el recorrido a la ida uno lleva la carreta cogida por los varales, con las venas del cuello hinchadas por el esfuerzo, el otro viaja dentro de la caja agarrado a los laterales, corretean alegres y reidores como alma perseguida por el diablo por la lisa y alfombrada campera de blancas manzanillas, dando la mayoría de las veces con la preciada carga en la campera y si acaso contra las desagradables árgumas, colorados como guindas y sudorosos lo están pasando en grande. Con la pala desprenden las boñigas, o a mano si ya están sueltas, que cargan en la carretilla corriendo a continuación a descargar el abono en el cuchero. Juegan ajenos al silencio que va adueñándose del entorno, poco a poco van desapareciendo en la oscuridad creciente las filas de carros cantarinos que enfilaban la cuesta de Piedrachonga con el paso cansino de las parejas de vacas, escoltados por los borricos, mulos y caballos cargados con gentes animosas que regresaban al pueblo satisfechas, cansadas los de más edad, doloridos los miembros de los más jóvenes aunque estos con la caída de la tarde adquirían renovadas energías después de la dura peonada.

    –Vaya bien que nos lo vamos a pasar durmiendo hoy con buelo –dice Balbino.

      –Tenemos que acordarnos de pedirle que nos prepare el chocolate antes de ir a dormir –recuerda Mino.

        –Vámonos con él.

          –¿Qué prisa tienes? Estamos muy a gusto jugando un rato más aquí con la carretilla.

            – Tamién nos podemos entretener en tirar piedras al lago –apuntó Balbino

              –Claro y después nos riñen –se queja Mino siempre temeroso.

                –Quita pa ya: estás pingando de sudor.

                  –Y tu colorao como un pimiento.

                  En esto estaban, cuando el sonido apagado de unos cascos se deja sentir en la campera, avanza una mula cargada con el compañero Mario de Gradura y su padre que azuzaba a la yegua golpeándola con la muleta en los cuartos traseros.

                    –¡Arre mulaaa!

                      –¿Os quedais a dormir hoy? –les pregunta el colega al paso.

                        –Sí Mario, dormimos con el buelo –responde Balbino.

                          –Déjate de chácharas que es muy tarde y vamos a llegar muy de noche a casa –responde apurado el padre.

                            –¡Hasta mañana! espero que no os coman los lobos –les dice el rubio compinche, haciendo un guiño picardioso.

                            Mientras tanto el abuelo provisto de un picachón y un palote trata de reparar el camino que fue medio derruido por las últimas y torrenciales lluvias de primavera, brillaban los cantos rodados en el suelo de blanca arena, se acerca la noche y apurado el viejo maneja con presteza el pico y la pala recordando sus más de treinta años de picador en la mina, trabajo que hace casi diez años que ha dejado atrás. Es pequeño y fibroso sin una gota de grasa, sus remangados brazos dejan ver las venas que abultadas azulean como surcos en contraste con el blanco color de la piel, las manos nudosas y con amarillos callos en cambio lucen morenas y curtidas. Nariz diminuta, chato y feo a conciencia, con orellas llargas haciendo honor a su patria, mal genio aunque con los críos tien paciencia abonda, bastante más que la que tuvo con los fíos.

                            Antes de continuar con la historia de aquel atardecer, quiero recordar la siega de un par de días antes, que siempre era un acontecimiento, que producía una intensa emoción, aunque para ello fuese necesario madrugar y penar a las cuatro de la mañana y pasar un frió del carajo, recuas de sombras enfilaban el camino del puerto en plena noche alumbrado solo por la luna, a caballo y dando cabezadas, con el estil del gadaño molestándote en las piernas desnudas, con los pantalones cortos llegabas a Santana y el panorama parecía nevado de la copiosa rociada que había caído durante la noche, las piernas se les quedaban tiesas y congeladas y hasta el aliento se cuajaba, pero como después se sabía que arreciaría el calor y era muy bueno para conseguir la vitamina d –del crecimiento- el llevar las piernas desnudas, pues nada a ¡penar! ya se encargaría el calor del sol de derretir el corsé de las canillas de sustentación.

                            Amanecía cuando se llegaba a destino, el rocío humedecía las altas hierbas, pero a pesar de verte anquilosado por el frío, de buena gana los pequeños esmaralladores se hubiesen introducido en aquel mar amarillo verdoso a descubrir los nidos de codornices y sus pintos huevos, pero era grave pecado el osar abatir las hierbas con tus pisadas, aparte que quedaban las alpargatas pingando y era doble la reprimenda del abuelo.

                            Terminada la recogida en los prados cercanos al pueblo, se había discutido si ya sería el tiempo pa segar en el puerto.

                              –Avelino, ¿te pared que estará pa segar en Marabio?

                                –Este año al llover bastante en abril y mayo, quizá sería conveniente esperar una semana más, la yerba está muy crecida y bien curada la agradecerán los animales por sabrosa.

                                  – Por otro lado cualquiera os pide esperar unos días con las ganas que tenéis de terminar cuanto antes la faena –concedió el abuelo.

                                    –¡Así que está decido! Cabruñar las guadañas güey, que mañana bien temprano vamos pa Marabio.

                                    Avelino ya no segaba en cuadrilla, los muchos años le habían relegado a entretener el gusanillo desaverando los lindes, aunque en sus tiempos debió ser un notable segador. Poco cuesta imaginar al pequeño y fibroso abuelo manejando derecho la guadaña, como si se tratase de una ligera pluma, sin aparente esfuerzo, acostumbrado al penoso trabajo de la pica de carbón diaria en la mina.

                                    Bajo un cielo azul, con el horizonte recortado por las montañas, millones de estrellas dibujadas allá arriba, titilando con destellos nerviosos, son testigos mudos del comienzo de la caminata al monte, unos a pata otros subidos a lomos de caballos, mulos y asnos. No en balde se madrugaba para cuando el sol caliente en condiciones, tener la faena adelantada.

                                    Era la fuente prostática de Ordiales quien aportaba el líquido elemento y la verdad es que sabía bien, le pasaba igual que la leche de las vacas que cuando pacen pastos de primavera donde abundan las flores, los mismos capullos donde sacan la miel las abejas y bebes esa leche recién ordeñada y caliente no necesitas endulzarla, algo así le pasaba al agua que en contra de la aceptada opinión de carecer de sabor, aquella si tenía un sabor especial. Mención aparte merece el vino castellano de pellejo con que se rellenaban las botas de vino. La fuente no se secaba nunca, pero todo el año solo un hilo te regalaba de agua fresca y sabrosa nacida entre calizas, tanto daba que fuese invierno que verano brotaba entre las rocas con el mismo caudal, contaba con un barcal o bebedero para los animales con muchos renacuajos dentro; se llegaba a ella entre camperas, por senderos como dibujados surcos pelados y privados de la vegetación debido a las continuas pisadas y el tránsito de los animales, entre helechos y árgumas, en los alrededores recuerdo haber sido testigo en la distancia a las tres de la tarde en pleno mes de la yerba, como una manada de lobos atacaba un rebaño de ovejas y como el pastor se veía incapaz de detener la escabechina, mientras llegaron gentes en su ayuda, de sobra sabían los lobos que no podrían aprovechar la carne de sus víctimas para saciar su hambre, pero querían dejar sentado quien manda en el monte, hasta seis ovejas dieron muerte las alimañas en unos minutos de aquella tarde, estaba el rebaño rodeado por los bichos, el pastor con la callada levantada acudía a espantar a un lobo, otro atacaba por el lado opuesto de la becera y mientras se desplazaba allí ellos iban alternando los coordinados asaltos por lados opuestos.

                                    Al llegar la noche se podía disfrutar de un cielo azul, que se fundía al norte y a lo lejos con la cumbre del Caldoveiro, un firmamento limpio plagado de diminutas estrellas… cuando no te veías rodeado por una espesa niebla que no te dejaba ni ver los pies, precisamente el suelo al caer el día, al acercarse las tinieblas parecía cobra nueva vida, te asaltaba el sonido de los atareados grillos, en los que no reparabas en las horas de luz, también te acompañaba el rumor lejano de los cencerros de los animales paciendo y el desamparado mugido de los xatinos, llegaba apagado de todas direcciones con diferentes grados de intensidad aunque siempre acompasados, era el concierto de la noche y parecía que se contestaban las lluecas, como cuando los pájaros cortejan encaramados en los altos tilos o mejor los abedules con su porte elegante y preciosa corteza blanca que brillaba al oscurecer, al sur destaca la llanada del Michadorio y antes los pozos seco y el del agua, sumidero este último de las aguas del valle y salida buscada por el líquido del lago glaciar que se formara en tiempos remotos.

                                    La sinfonía de la guadaña, aunque en algunas mentes lleve connotaciones negativas y siniestras, es un canto de alegría, de renovación, el fuit, fuit, fuit acompasado de las hojas de acero al tronchar las vistosas yerbas, unas largas y esbeltas, cabezudas otras, meras florecillas, granadas la mayoría, que van amontonando la mayor parte del arco iris, con sus vistosos verdes, amarillos, rojos, azules, blancos y tostados, imperando como era de esperar la variedad de tonos verdosos, es un arte ancestral, un ejercicio muy completo y gratificante para quien lo sabe practicar, confundido con el campo, sumido en él, respirándolo, viviéndolo en suma.
                                    El segador más ducho o conocedor del terreno, solía encabezar la cuadrilla llevando el ritmo, aunque estando en faena los surcos se iban sumando y dibujando su abultado garabato con precisa simetría, se confundía la rueda encadenada, era terminar un marallo y comenzar el siguiente, sin que nadie se quedase atrás, hasta dar fin a la siega, solo interrumpida por la parada a afilar cada media docena de pasos, dependiendo esto también del terreno, arenisco, liso o con sucos, que bien pudieran cegar el corte antes y la menor o mayor cantidad de pasto y aprovechar cada cierto tiempo para echar un trago, refrescar la boca y reponer líquidos que el sudor te iba restando.

                                    Allí estaban Ramón, Pedro, Pepe y Avelino los cuatro hijos del abuelo Avelino, avanzando lentamente y escalonados, en mangas de camisa o camiseta de tirantes, yendo directos hacia el recto linde de estacas y alambrada, mientras el abuelo esgadañaba las veras y los chiquillos armados de esparba procedían a esparcir las hileras para que el sol secase la hierba con menos dificultad. Progresaban moviendo la guadaña de muy diversas formas, unos encorvados otros tiesos, todos con las piernas firmes, moviendo los brazos acompasados y terminando con un golpe de riñón, bajando el talón, subiendo la puntera, intentando todos evitar las topineras que al ser arenosas cegaban el corte, tampoco ayudaban las finas hierbas que se negaban a sucumbir de primeras ante la guillotina del corte, segando por ello un poco más alto de lo normal, de pronto surge el vuelo rasante de una codorniz que tiene su nido entre las hierbas y al sentir el monótono fuit de la guadaña acercarse, abandona los pintos huevos que incubaba, precisamente uno de esos nidos había propiciado que siendo Pepe un rapaz dedicado a esmarayar, el haber sido cortado en uno de sus tobillos por la guadaña de su hermano Pedro al saltar para ver el nido coincidiendo fatalmente con el movimiento de corte, lo que dio lugar a que la abuela Estrella sacase a relucir sus mejores dotes de curandera, la cicatriz da fe del incidente muchos años después del hecho. Cada ciertos pasos se detienen, apoyan el estil de madera sobre el cachapo, cogen un puñado de hierba y la pasan por el borde superior de la hoja para limpiar los restos de grana que se quedan pegados al borde grueso debido a la copiosa rociada, procediendo a continuación a la operación del afilado del corte, de nuevo se reanuda la faena procurando traspasar bien el marallo y dejar los bordes lo más igualados posibles.
                                    Se suceden las hileras, el sudor cae en copiosas gotas de rostros y nariz, empapa las espaldas de todos, cansan y descansan, beben vino y agua, se refrescan las caras, comentan, la hierba se va poco a poco recostando por oleadas, llevarían cuatro horas de ejercicio cuando…

                                      –¡Ye hora de almorzar! –grita el abuelo.

                                        –¿Ya es hora? Bueno, pues almorcemos.

                                        Se abandonan con cuidado en el suelo, entre la yerba segada, las guadañas y los cachapos para que no se caiga el agua que acompaña la piedra de afilar y cuando el sol comienza a calentar se dirigen todos con paso cansino, a la cabaña a reponer fuerzas con un sólido y merecido almuerzo. Aprovechando el descanso emplearon unos minutos para efectuar un rápido y reparador cabruñado del corte, con lo que la música derivó en un concierto de golpes de martillo que hacían eco en la sierra de Ordiales, produciendo un repiqueteo hueco y extraño.

                                        Se reanuda la siega y según las sabias palabras de Ramón, la guadaña se debe manejar sin esfuerzo, sin agarrotamiento, prácticamente dejarla deslizarse sola, bien cabruñada y afilada debe pesar como una pluma, ser liviana y poco menos que manejarla con el pensamiento. En el ínterin había subido la temperatura, ahora el sudor engrasaba los músculos de las blancas espaldas ya sin ropas protectoras, se solicitaba más a menudo el acercar la caramañola con el agua, o la bota de vino que se guardaba fría en la cabaña, cada vez eran más largos los paseos desde el final de un marallo al comienzo del siguiente, lo que era aprovechado con la guadaña al hombro, para enjugarse el sudor, respirar a pleno pulmón, contemplar los alrededores y disfrutar del campo que los rodeaba.

                                        Continua el rutinario y acompasado movimiento de danzantes ciñendo con una mano por la cintura la querida de la muerte, cuando de improviso un escolancio (culebra sin veneno) sale huyendo o se escapa veloz entre las piernas de algún segador produciendo un alto, las que de veras imponían respeto eran las víboras pero no suelen ser tan numerosas, ya se hace necesario el molesto sombrero en la cabeza, aunque algunos prefieren hacer cuatro nudos en los extremos del pañuelo y colocárselo sobre la tiesta ya que dicen que puede recoger más y mejor el molesto sudor. Al poco cuando el calor se va haciendo casi insoportable, el sol llega perpendicular, se suspende la siega, ya aparecen más de dos tercios del prado tumbados, es hora de parar a comer.

                                        Debajo de los fresnos se extiende un mantel, en la cabaña se prende fuego a unas árgumas secas y sobre un caballete de hierro es colocada una gran pota de color rojizo a calentar, llena de un cocido de berzas con patatas, fabas, chorizo, morcilla y tocino, son removidos los ingredientes con un cucharón de madera, por entre las tejas de la cabaña se eleva un humo blanco ya que no cuenta con chimenea, mientras los bordes de la pota se ennegrecen, el caldo aparece colorado por el pimentón y despide un aroma que despierta los sentidos. La comida está a punto, los platos dispuestos en el regazo de los comensales, donde se van vertiendo por turno las garfelladas de un alimento que si sabe solo la mitad de lo que huele, seguro está de saciar el apetito del más hambriento de los mortales. Poco después son distribuidos unos tazones redondos de porcelana, donde el jarro de leche deposita casi hasta el borde una leche que dibuja hasta ojos de nata en su superficie, sin demora son colocados trozos de pan que flotan en principio, siendo hundidos por la cuchara para empaparlos y a continuación rescatados y llevados a la boca para ser masticados y engullidos con gran placer por los segadores, el esfuerzo fue grande pero las viandas deben ser acordes con tanto brío desplegado. Poco después encima de mantas o sacos reposaban los segadores, a la sombra de los grandes fresnos y el gran abedul, ajenos al molesto zumbar de las moscas y otros insectos que pretendían chupar el sudor de sus rostros, dormían profundamente.

                                        Después de un reparador sueño los cuatro esforzados, retoman la faena para dar remate a la siega con nuevos bríos, el sol va perdiendo fuerza y declinando por el occidente, la hierba se va secando sin tregua, los saltamontes se desplazan por medio de incesantes saltos hacia la hierba sin segar que les ofrece mejor abrigo, los cuervos vuelan y graznan despertando de su letargo de medio día y hasta las águilas hacen acto de presencia en las alturas. El ritmo de la siega cobró nuevos bríos ante la certeza que faltaba poco, animados por el ansia de terminar pronto.

                                          –¡Venga que te voy a cortar! –se oída anunciar

                                            –¡Hazte a un lado que paso por encima! –el ritmo se volvía trepidante.

                                            Segando en sana competencia, la pequeña quebrada y alrededor de los árboles, la hierba era más menuda y suave, la sombra de los fresnos comenzaba a taparlo todo y a refrescar y humedecer el ambiente, el sonido de las guadañas se aguzaba y el chirriar de las piedras sobre las hojas se hacía más breve, no había tiempo que perder las últimas gadañadas estaban al caer y se animaban los hermanos unos a otros, ágiles y contentos por dar fin a la faena, esta zona estaba poblada por hongos hinchados que caían bajo los filos, la pena es que no eran expertos en setas y estas eran abandonadas cuando bien podrían haber servido para darse una sabrosa comida, fritas en la sartén.

                                            Poco después los cuatro segadores más el abuelo y los dos chiquillos emprendían el regreso a sus cuarteles de residencia, montados a caballo, haciendo una primer parada en la fuente de Piedrachonga que ofrece la sabrosa y fría agua mediante un cuenco natural elevado –aunque tengo que confesar que alguna caballería poco respetuosa, también accedía con su focico al estratégico lugar- y de donde servirse y reponer el agua perdida durante la intensa jornada y hasta llegar a la ermita de Santana y desde allí un trecho a pata y otro caminando, cuesta abajo más de media hora que les llevaba acercarse al pueblo de Prau y al barrio del Río como meta.

                                            En aquel tiempo no era del todo consciente pero la retina tiene memoria y me permite al cabo de los años volver en un segundo a recorrer unos caminos con largas zancadas, que son reales en la mente pese a la distancia, con susurros de voces interiores, que me hablan de una belleza heredada, de unos antepasados muertos, es una escapada y un placer el poder llanear por la mal llamada Cuesta, observando de reojo las apiñadas casas, enfilo aquel camino terrero entre muros y tapias de huertas, dudo que ahora el suelo huela a estiércol reciente de vaca como solía, pasando por el puente encima de un arroyo que se perdía oculto entre matas de salgueros y altos chopos, atrás quedaban los gorjeos de los gorriones o las escandaleras de los pájaros que revolotean entre los ramajes de los árboles frutales de la pomarada de los abuelos, mientras las golondrinas rasgaban el aire a la caza de los mosquitos ligeras como el viento y del alto te llega el monótono graznido de los cuervos enredados en sus cotidianas engarradillas, después de un corto trecho y pasar sobre el Outeiro, perfecto mirador que abarca la mayoría del pueblo, recobro el aliento sentado en una tosca piedra a la altura de Cadafeiche, a la sombra de un nogal, justo en el recodo del camino que comenzaba a subir, sumido en la calma distingo elevarse el humo en algunas chimeneas dibujando un garabato negro en la blanca pizarra de peña Gradura, impera el silencio desde la Techera hasta Viescas el pueblo se diría que está muerto, ya no acierto a distinguir sus gentes, solo robles, castaños y fresnos mueven sus ramas y dejan volar sus hojas por encima de esta monda cabeza desde el monte de las Curnielles y Bobia, no falta alguna que otra mariposa o la solitaria mariquita, vestidas con sus mejores galas que sin conocerme intentan pese a todo darme la bienvenida, prosigo el camino que se empina y en su día estaba empedrado, hoy imagino que pocas piedras seguirán donde manos laboriosas las dejaron reposar en días de estaferia, no dispongo de fuerzas ni los muchos años me permiten ya dar brincos y retozar al trote por los senderos o veredas colonizados por altas hierbas, donde solían huir despavoridos los saltamontes y enmudecer los grillos, los artos seguramente formarán dosel y dudo pueda llegar hasta las derruidas bocas de mina, por unos caminos que ya son historia o están a punto de serlo, el bosque poco a poco toma posesión de unos terrenos que nunca dejaron de pertenecerle por derecho y por torcido.

                                            El recordar el Outeiro me da pie para hacer presente una historia que la abuela Estrella contara en una de esas tardes de invierno al calor de la cocina de carbón: Eran tiempos en que la ninfómana reina Isabel II regía los destinos de la patria, entre abundantes polvos y sudores, acunada por los brazos de sus muchos amantes, mientras tanto las pobres gentes en las aldeas, también disfrutaban de su trajín, cultivando las tierras con el sudor de sus frentes, para dar de comer a sus numerosas proles, los abuelos paternos de la abuela eran una de tantas parejas, que aquel día de invierno carreteaban el cucho de la cuadra por medio de burros y mulas, precisamente para la tierra del Outeiro, sobre la albarda del animal se colocaban unos esterones (algo así como un sujetador de señora en tejido de esparto y de talla gigante) que se llenaban con el abono cocido llevándolo a descargar en la tierra sin arar a la que pretendían abonar, se pasaron toda la tarde en esta tarea, mientras su hijo Antonio de alrededor de cuatro años jugaba y se entretenía acompañándoles, cuando llega la noche y al tomar cuenta el crío había desaparecido, uno contado que estaba con el otro y el otro con el uno… se da la voz de alarma y comienza la búsqueda, alguien creía haber oído llorar a última hora de la tarde a un niño en dirección al monte de Bobia, los vecinos organizan las batidas provistos de candiles recorren caminos y peinan prados y bosques sin obtener resultado, es la madrugada cuando deciden suspender la búsqueda hasta la llegada del nuevo día, decidiendo el padre de la criatura encaramarse a un alto castaño y pasar allí lo que restaba de noche, para cuando juzgaban que despertase el niño y comenzase a llorar acudir a socorrerle, con tan buena suerte que al hacer pie para encaramarse al árbol, poco le faltó para pisar el crío que rendido de llorar dormía como un bendito recostado precisamente en aquel castaño, terminando la búsqueda en una inmensa alegría, ya que justamente aquella madrugada una copiosa nevada extendió su manto sobre aquellos parajes y puede que el rendido niño hubiese perecido congelado y nunca llegado a despertar.

                                            Retomo el relato donde había quedado aquel día de yerba… cansados de jugar los chiquillos, recorren el camino en busca del abuelo que un par de revueltas más abajo terminaba de acondicionar el firme para que pudiesen pasar con facilidad los carros y ramos cargados de la sabrosa yerba del puerto en su recorrido hasta el pueblo, la noche pese al noble empeño de las estrellas más y más prieta se había vuelto, caminan a brincos, veloces y puede que un tanto azuzados por un inconfesado miedo pero que quizá se ha hecho realidad después de llevar ignorado, escondido, metido en el cuerpo por recordadas historias de lobos, la noche y el monte. Llegan y descubren al abuelo tendido en la campera respirando con dificultad sin sentido, se quedan pálidos y asustados, presienten que ya nadie más pasará camino de regreso a los pueblos, no saben a quien acudir, hay más cabañas y quizá pudieran estar con gente pero… ¿A dónde dirigir los pasos? no se ven capaces de llegar al pueblo en busca de ayuda siendo tan de noche… son unos instantes de incertidumbre y aparte piensan que si lo dejan allí bien lo pueden devorar los lobos en la noche, saben que no está muerto y se les ocurre que podrían emplear la carretilla con que jugaban, para llevarlo al corral, meterlo en la cabaña, dudan si podrán cargarlo en ella y si después serían capaces, tendrán fuerzas suficientes para llevar la carretilla y aunque el abuelo es pequeño, está flaco y pesa poco, ellos tienen poco más de siete años, rompen a llorar de impotencia contemplando el abuelo caído cuando este recobra el conocimiento…

                                              -¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? –poco a poco el abuelo va recuperando la conciencia.

                                              Había tenido un desmayo, arrastraba una silicosis de la mina en tercer grado y el esfuerzo continuado del día al recoger la yerba con demasiado calor, sumado a la cena apresurada que sin descanso había empalmado con el manejo del picachón y la pala para arreglar el camino, le habían producido, un bajón de tensión unido a un repentino corte de digestión, ya que después también vomitó.

                                                –¡Estoy muy malo, neñus esto se acaba! –les decía

                                                Y aunque entonces por su corta edad no podían saber que los hombres son por lo general poco sufridos y bastante cagaleras, se sentían mayores no en vano la rayas que controlaban su estatura en el marco de la puerta de la sala de los abuelos, mostraban cada vez más distancia, aunque hubiese polémica sobre si el libro colocado sobre la cabeza no estaba lo plano que debiera o si los talones se habían elevado en la operación de tallarse, sin que él anciano llegase a confesar, temían que se les muriese allí… ¿y que harían ellos si ese fatal desenlace se producía? ¿serían capaces de pasar la noche al lado del querido abuelo muerto? Muchas preguntas a las que no sabían responder. Corrieron a la cabaña por la caramañola dándose ánimos mutuamente, le entregaron el agua para refrescarse la cara y beber un buen trago, era digna de ver aquella sombra arrastrándose en la negrura, arriba los murciélagos dejaban un toque surrealista al cuadro, con el radar a tope atareados con sus pasadas en plan camicace, dando buena cuenta de millones de mosquitos, apoyado el anciano con un crío por cada lado sirviendo de muleta, a duras penas lograron llegar al corral, los peques se encargaron de bajar unas mantas del pajar, extendieron una en el suelo del corral y con el otra le taparon hasta que el abuelo fue entrando en calor, recobrando parte de sus fuerzas, a todo esto la noche aunque era clara y estrellada, sobre el pasto solo las luciérnagas regalaban su escasa y fantasmal luz y los críos no sabían procurarse otra artificial. Todavía tuvieron que solventar otra dificultad, el sitio escogido para dormir era en el pajar vestidos, metidos entre las mantas y echados encima de unos montones de hierba del año anterior -ya que la yerba recién recogida no es apropiada para dormir, debido a que se produce una especie de cocimiento con suelta de gases que te puede producir la muerte- El boquearon del pajar estaba a más de un metro de altura y el abuelo con sus fuerzas disminuidas precisaba de ayuda para poder encaramarse, hasta habían deliberado en ayudarse con una soga, ya que disponían de varias de ellas que se empleaban para atar la yerba en los carros y dado que contaban con una roldada en la cabaña, el tema sería el ser capaces de izarlo ya que el abuelo pesaba más que los dos juntos y sabían por el colegio que necesitaban más peso en su ramal, otro tema que ocupó su fantasía era: ¿por donde atarlo? ¿por una pata? ¿por el pescuezo…? Al final con la ayuda de unos tachuelos y sobretodo por que el abuelo fue mejorando, accedieron los tres al precario dormitorio y pudieron acostarse sobre la yerba, contando como cielo –la techa vana- formada por las ripias de madera del tejado y las mismas tejas, el abuelo tardó más en dormirse los chiquillos rendidos bien pronto se abandonaron en brazos de Morfeo.

                                                Llegados a este punto tengo que hacer un inciso, según me comunica mi primo Balbino: Acomodado el abuelo en el pajar, este tubo que abortar un nuevo intento de abandono de las trincheras por parte de los pequeños, que hicieron un última intentona de salir en plena noche en busca de los familiares, quizá las razones del abuelo o bien el miedo a llevar a cabo tan temeraria excursión con la noche tan oscura, terminó por desbaratar los planes de dejar en la estacada al enfermo, aunque hubiera sido por la noble causa de obtener ayuda.

                                                Una foto bastante ajada de los pequeños protagonistas

                                                Las preciosas fotos que van a continuación son de Teverga y van por cortesía de Ramón Gutierrez Arias a quien le digo: ¡GRACIAS COMPATRIOTA!

                                                Las fotos que siguen pertenecen al bosque de Muniellos y fueron tomadas el día 20-02-2010 con la ayuda de Jose guarda del parque que nos acompañó en el recorrido por el monte y al que doy las gracias desde aquí.

Niembro, Torimbia, Toranda y Barro. Por Max

Posted in Actualidad, Escursiones, Fotografía by maxalvarez on febrero 11, 2010

Cerca del medio día abandonamos la autopista del Cantábrico en dirección a Posada, desviándonos a la altura de la gasolinera por la carretera comarcal rumbo a Niembro –poblado de actualidad por haberse rodado recientemente en ella los exteriores de una famosa serie televisiva- mientras la música del auto nos dejaba la calida voz de Carlos Puebla entonando los sones con aquello de:

“…si hay que decidir…

yo sigo siendo cubano…”

Llegados al pueblo callejeamos por las empinadas y estrechas caleyas, apreciando muchas obras sin terminar encaminadas a la mejora de sus casas, llegados al alto aparcamos, el panorama que allí se nos brindaba es de los que deja buen sabor de boca, hacia oriente impresionantes vistas de la quebrada y preciosa costa de Llanes, con la luz tornasolada por las abundantes nubes, con el circo de montes espolvoreados por la blanca nieve, a los pies queda el pueblo que dejamos hace unos minutos y hacia el occidente el medio plato hondo de la playa de Torimbia, hermosa y siempre coqueta, acicalada con la blanca espuma que se mezcla y confunde con las amarillas y finas arenas.

Caminamos por el alto sin perder nunca de vista el mar bravío, corría fuerte brisa que azotaba con saña nuestras caras, mientras nos movíamos con precaución y cogidinos de la mano como cuando éramos novios, siguiendo el marcado y empinado sendero de bajada, cerca ya del fondo cientos de berzas silvestres jalonaban los bordes del atajo, seguramente darían para un exquisito, sabroso, salado, yodado y potente pote de berzas. Pateamos el plano arenero, casi desierto aunque llegando al extremo que tiene la bajada más accesible aparecieron dos chicas y un joven con su tabla que ni corto ni perezoso se quitó la pieza inferior del bañador y se internó en las frías aguas con el badajo colgando –hay que tener muchas calorías y pocos años para hacer esto en pleno invierno, por muy nudista que sea la playa- Solo de pensarlo se me ponen de corbata.

A la vuelta tiramos unas cuantas asemeyas, siendo esta más placentera, ya que a nivel del agua no corría apenas brisa. Pensando en comer sobre las tres de la tarde, emprendimos el sendero de la playa de Toranda, con los prados repletos de vacas pintas holandesas pastando, bordeamos el esqueleto a pie de playa de un edificio al que suspendieron la licencia antes de ser terminado, esta es la playa del pueblo por su cercanía, seguimos rumbo recorriendo el perímetro exterior de muro de piedra, cercado de un caserón con tanto terreno como el resto del poblado junto, llegando a un área de servicio con mesas bancos y parrillas que se extiende por la ladera de la colina, divisando al fondo la iglesia de los Dolores y el cementerio, a sus pies llega una lengua de agua salada en que se refleja la silueta del templo cuando la marea está elevada. Al llegar a la parte baja nos percatamos que el restaurante estaba cerrado, con lo que optamos por acercarnos a Barros y si allá no nos fuese posible encontrar donde comer, continuar hasta Celorio que allí de seguro tendríamos, o por lo menos eso era lo esperado.

Cruzamos por delante de grupos de chalet sin rematar, llegamos con el estómago en los calcaños a la playa que lleva el mismo nombre del pueblo y allí si apareció un restaurante en obras a pie de playa pero funcionando con un plato del día de ocho euros compuesto por fabada, lomo frito y postre, que calmó perfectamente nuestro hambre. Estando liado entre migas de pan, sabrosas fabas y platos escucho una voz familiar que resultó ser la de un antiguo profesor de Termodinámica, hablaba sobre la adopción y que cuando la sangre no tiraba no había nada que hacer, que podría decir alguien con siete hijos y tan mea pilas y soplagaitas, como dicho profesor, era un palizas de tomo y lomo, con decir que una demostración del teorema de Bernoulli que nos había dado, de dos hojas por las dos caras, fue desechado y tirada a la papelera y sustituida por otra del eminente enseñante de apellido Remacha de cuatro líneas, queda dicho todo.

La semana pasada quedó claro quien manda en las democracias de risa –si no fuese para dar alaridos de llanto- en que vivimos inmersos. Se hizo patente la llamada de atención de los que gobiernan en realidad –los que dictan sin ser dictadores, los amos, los que chulean y prostituyen la democracia a todas horas- Cuando esperábamos que el neoliberalismo hubiese pasado a mejor vida, resurge como vencedor de la crisis por el provocada, con nuevos bríos y llevando en cartera un novedoso experimento para la nueva fase de corrección de los acontecimientos de cursos venideros, más privatización y desregulación –si no queríamos caldo, dos tazas- Marcando de paso el camino que deben seguir los que aparentan llevar el timón sin salirse del riego. Fue solo un toque de atención, al que respondió sin demora ZP enfilando y sentenciando los pocos derechos que nos restan por ser expropiados. Estamos sentenciados y los acontecimientos en Grecia marcarán nuestro devenir. Solo nos queda tratar de poner: ¡Cojones y dinamita!


Los Dolores


Torimbia


Barro


Playa de Torimbia


Ensenada


Playa de Toranda


Niembro

Valle de Saliencia, con su diadema de lagos. Por Max.

Posted in Asturias, Escursiones by maxalvarez on octubre 22, 2009

Hacía más de veinte años que no visitaba estos lagos, que toman prestado el nombre del valle al que vierten sus aguas, precioso lugar donde había disfrutado de una visión de las que dejan huella y que dudo pueda olvidar mientras viva. Asomado al pie del primer lago, el de la Cueva, antesala de una antigua explotación minera, con la boca seca, afinando los labios con la lengua, con las manos refugiadas en los bolsillos, divisé en aquella ocasión y quedé como barca anclada en azotea, convertido en quieto mirón sin barandilla al escarpado otero, a primeras horas de la mañana, entre la niebla que se deshilachaba en las alturas, con aire terso, luz blancuzca y helada, que se filtraba difusa entre la borrina, y que se te metía húmeda entre las ropas afelpadas del chandal y daba al contorno de las cosas, una vaporosa y tersa aureola entre gris y cenicienta. Me había apartado de la compañía y alejado unos pasos del ferrugiñoso camino, dispuesto a descubrir nuevos horizontes, sintiendo de improviso frío y viéndome pequeño y solo, en medio de aquella quietud infinita, solo turbada por la luz del sol, que pugnaba por abrirse paso silenciosa y presta al asalto del entorno, después de quedar en trance por unos instantes, regresé junto al resto, de la que recuerdo como nutrida excursión, formada por varios parientes y amigos, con aire perdido y desamparado, de haber tenido un encuentro inesperado, confieso que no coincidí en la senda con el oso, ni tenía los cabellos de punta debido a ello, pero poco les faltaba a mis ya escasas y ralas greñas.

Una hora larga me llevó llegar al río Somiedo desde Gijón, por momentos discurre la carretera junto al cauce, entre falsos túneles de frondosos bosques de castaños y hayedos, encontrando a cada paso pequeñas aldeas donde el tiempo no es que se haya detenido, es que –si no fuese por los autos y el negro y alquitranado camino- aparentan estar ancladas en por lo menos un par de siglos atrás, pueblos fantasmas donde ni siquiera te aparece algún lugareño, y mucho menos la figura del vaqueiro, a lomos de una mula o un caballo, enredados en sus deberes, recolectando el heno o guiando a su ganado, casi de la misma manera a como lo hicieron aquellos primeros criadores trashumantes. Nos regala un son meloso una cancioncilla de la zona:

Vaqueirina, las tuas vacas son de buona condición:
beben mirando a la luna y se acuestan cara al sol.

Casas de piedra y hórreos se dejan ver entre las ramas al pasar, el espectáculo paisajístico va cogiendo forma, al tiempo que se van cerrando las paredes de los desfiladeros a cuyo pie discurre la carretera, ¿estaremos soñando? dado lo tortuoso del trazado de la carretera por la que vamos, donde a penas si encuentras animales de dos patas en todo el recorrido. Nos desviamos a la izquierda atravesando el río, un poco antes de llegar a la Pola de Somiedo, en dirección al pueblo de Saliencia, adentrándonos en un nuevo valle a través de un oscuro túnel, al tiempo que vamos ganando altura, el paisaje se va abriendo cada vez más, contemplando unas hermosas montañas de agreste belleza. Alegra saber que en estas tierras aparte de ofrecernos una naturaleza casi intacta, dan guarida al oso pardo, que puede sobrevivir con cierta tranquilidad y dar a luz a sus crías al cobijo de sus cerrados bosques, siendo también amparo y refugio de urogallos, buitres, quebrantahuesos y de los siempre denostados y fabulados lobos. Verdaderamente somos unos privilegiados de poder abrirnos camino y disfrutar de estos bosques umbrosos, internarse en castañedos viejos y continuar por el fértil valle sobre un mantillo alfombrado que amortigua el ruido de nuestros pasos, escoltados por matas de brezo, escobas floridas, helechos, piornos y rosales silvestres medio secos, adornados por unas seductoras bayas coloradas. En las últimas asemeyas, observando el salvaje entorno de las tres payozas, se adivina lo que en su día bien pudo haber sido una prodigiosa y abrigada huerta, donde quizá conviviesen en perfecta armonía el naranjo y el limonero mediterráneos -milagro no esperado de la flora astur- con nogales, manzanos, perales, avellanos y endrinos. Hay que estar muy atentos para no perderse este precioso rincón –de estampa canadiense- situado a mano derecha, a la salida del bosque y cuando comienza a empinarse la carretera.

Nos encontramos en el mismo punto donde había tenido la sin par visión –ahora con recia barandilla y cartel explicativo- en aquel lejano día, no había llegado a divisar –por culpa de los elementos- el fondo donde se destaca oscura la peña Prieta –tan familiar- situada ahora al norte y que hasta los doce años marcó el sur de mi visual en el valle de Teverga, que se me ofrecía desde la galería de la casa de los abuelos. El día era espléndido, es Peña Negra santo y seña de mis compatriotas lugareños, la tenía allá a lo lejos elevada, señera en lo más alto del horizonte, en cambio aquí a los pies diviso un jardín muy verde de pasto alfombrado, con recuas de vacas pardas cachazudas rumiando o llenando sus buches y haciendo sonar sus cencerros. Recorre la planicie en suave pendiente un río plateado de aguas de nieve, rizadas con blanca espuma que viaja despeñándose regato abajo. Cierres de piedra delimitan alguna que otra finca. Siembra de dentadas sombras se destacan a la izquierda, al frente acullá se vislumbran diminutas las pallozas con sus elevados techos de escoba y variadas arboledas con los más bellos y diversos tonos verdes, amarillentos y rojizos con que les suele vestir y engalanar el otoño que la seronda ha traído, estrechura encantada con luz hechicera, no me dirán -si existe- que este valle no es la viva representación de la Arcadia feliz, surcada desde el pueblo somedano, por carretera como viborilla con collar amarillo, asfaltada hasta llegar al collado de Balbarán o la Farrapona, con un delicado trabajo de forrado de sus quitamiedos por redondas maderas, con amplio aparcamiento en el alto, y con muchos autos en la cumbre del altozano que marca el límite con la provincia de León.

Hay quienes opinan -y seguramente llevarán razón- que este reciente camino asfaltado, oculta y tapa un ramal secundario –o de invierno- alternativo a la vía conocida como Real Camín de la Mesa que se divisa allá en la lejanía, al pie de la mentada peña Prieta, diseñada por los ingenieros romanos, sobre otra más antigua de los prehistóricos lugareños, que discurría por los altos y que cuando la nieve arreciaba en las alturas era transitada por aquellas gentes y sus recuas de animales. Se notaban avanzados los trabajos de regeneración de la cubierta vegetal, de las escombreras y entorno de la antigua mina de hierro de “Santa Rita” con cuyo mineral nos cuentan, que a principios del siglo XIX se habían llegado a fundir cinco cañones de gran calidad, ahora han tenido una felíz iniciativa con que tratan de sustituir el color rojizo de los estériles del mineral, por el verde del pasto de antaño, gracias a la siembra de herbáceas de la zona, sobre una cubierta de tierra vegetal que previamente fue transportada y esparcida por los humanos, que por una vez –sin que sirva de precedente- tratan de corregir los daños practicados al paisaje por ellos mismos, en un trabajo de reposición de las antiguas condiciones, antes de los destrozos causados por la minería a cielo abierto.

Nos regalan estos lagos unos tonos de luz sorprendente, entre nubecillas que tímidamente manchan el cielo, el agua esparce reflejos azul verdosos en todas direcciones, la tierra de los senderos te mancha los zapatos con un pegajoso polvillo ferruguiñoso, altos picos custodian estos cuencos naturales, perfecto llar y acomodo de la nieve y del líquido elemento atrapado en ellos, bajo un cielo azul del que roban su color. Animados grupos de caminantes, trotaban por el alto cargados de mochilas, en ordenada excursión de jóvenes estudiantes de geología. No es bueno el día para hacer fotos, pese a que el agua de los lagos copia y se tiñe con el intenso añil del firmamento, tiene como contrapartida el inconveniente de los días de sol, en que las sombras de los picos se alargan y apagan zonas precisas de las asemeyas. Estos lagos son conocidos con los nombres de La Cueva, Cerveríz, Calabazosa o lago Negro y el de la Mina. Detrás de dos imponentes picachos de cerca de dos mil metros se encuentra el lago del Valle el más grande y al que se puede llegar más fácilmente desde el pueblo del mismo nombre.

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Subiendo, camperas en el valle de Saliencia

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Pallozas

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Vista desde la collada la Farrapona, hacia León

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Valle de Saliencia al pie del primer lago

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Saliencia, al fondo peña Prieta

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Lago de la Cueva

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Lago Calabazosa o Negro

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Lago Cerveríz

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Primavera

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Otoño en Saliencia

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Pallozas en el otoño

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ño