De cruel y rabiosa actualidad. Por Max.
Estoy hasta más arriba del gorro de las elecciones en Gringolandia, y creo que a bastantes colegas les pasará otro tanto, llevan casi un año de bombardeo ininterrumpido, tiene delito tamaño ensañamiento de los falsimedios con el resto de los mortales no usanos. Otros que tal le anda, son las bajadas y subidas de la bolsa, ¡que esperan para trancarles de una puta vez el chiringuito –a ellos y a los paraísos fiscales- y se callen! Pido –si no es demasiada molestia- que nos den un respiro, que me dejen en paz. Que hagan lo que les plazca –de todas maneras lo van hacer- ¿a que conduce el seguir martirizándonos? Solo a producirnos más mala leche.
No se entiende como puede un presidente de un partido socialista, coger una perreta –¡Ay si Pablo Iglesias levantara la cabeza!- y todo por que no lo invitan a estar en el grupo de los veinte soplagaitas que están empeñados en refundar el nuevo capitalismo, que se puede esperar cuando parece ser que esa es la misión del socialismo actual. Ni el más optimista puede creer que vivimos en democracia, si esta se entiende por la participación de los pueblos en la toma de decisiones que marquen las formas de nuestras vidas. Ya debería estar claro que son los grupos empresariales y financieros los que mandan en el mundo. Los parlamentos son pequeños escenarios de teatro de títeres y marionetas, en los que antes del inicio de cualquier sesión ya se conoce el resultado final.
Apropósito de las declaraciones de la reina, la siempre comedida dirección del PSOE –como era de esperar- se la coge con papel de celofán “recuerdan, que el criterio permanente es no valorar las opiniones de los miembros de la Casa Real”; mientras el otrora ultramontano PP dice que “respetamos y nunca valoramos las palabras de los miembros de la familia real”. ¡Recoño! Que actitud tan diferente a la mantenida hace un año por tirios y troyanos, cuando en un ataque de “espontaneidad”, al monarca español le salió la vena del absolutismo colonialista y mandó callar a un mandatario latinoamericano elegido democráticamente por su pueblo, más de una decena de veces –no como el faltón patrio que fue nombrado de una tacada y pa siempre por el criminal de las patas curtias-
En aquel entonces los mismos que ahora callan se dedicaron a reírle la gracia, el coraje, la españolidad del colorado borboncete. Ahora, cuando la que hace públicas sus conservadoras opiniones es la reina –si fuese progresista hace tiempo que hubiera dejado a su crápula consorte y tirado a la basura su anacrónica corona de ciervo- todo el mundo calla porque no se deben valorar las opiniones de los miembros de la Casa Real. ¡Siento vergüenza ajena! No nos merecemos esta clase política que solo se atreve a reírle las gracietas a estos caros y disolutos reyezuelos, pero jamás osarán enmendarles la plana. ¡Panda de bufones impresentables! ¡Inmunda gentuza! ¡Calostros!
La España que tan magistralmente nos retratara el Larra, regresa -sin haberse ido- en un juzgado de Logroño, el fiscal Peña, poco antes de que entrara en la sala una nigeriana que iba a ser juzgada por un caso de violencia familiar, previamente la mujer había pasado dos días encerrada en un calabozo de la policía sin que se le permitiera asearse demasiado, tuvo a bien hacer una solicitud: “¡Abrid las ventanas, que la negra huele mal!” Nada que ver con el olor de la justicia y sus togados si no apestaran a rancia naftalina, a prepotencia, a racismo. ¡Yo sí se cual es más insoportable de los dos olores!
Leía hace unos días un acertado artículo de Antonio Honrubia Hurtado donde comparaba al capitalismo con el clásico cuento de la lechera, recordarán como tras unas series de elucubraciones mentales de nuestra heroína la lechera, encadenadas ventas y reventas, y como por obra y gracia del valor añadido conseguía un fabuloso beneficio, hasta que al dar el salto, se cayó de su cabeza el cántaro que se quebró, derramando toda la leche, dando al mismo tiempo al traste con: leche, pollos, cerdo, vaca y ternero y viendo todas sus vanas ilusiones de ganancia, enterradas en un segundo en el polvo del camino.
“El capitalismo es el cuento de la lechera, y dentro de tal cuento, el crédito, las deudas, son como la leche que llena el cántaro originario, y que, a base de ventas y reventas de los productos monetarios y financieros generados a partir de ello, van engordando especulativamente el sistema económico en su conjunto, hasta que ante un pequeño traspiés, el tarro se rompe, la leche se derrama, y los sueños del sistema comienzan a esfumarse”
Nos alertaba certeramente Marx, hace muchos años: “los capitalistas harán todo lo posible para ganar dinero sin necesidad de tener que pasar por el turbulento proceso de la producción” Era premonitoria esta alerta, ya hemos comprobado en nuestras carnes como el capitalismo inventa las herramientas apropiadas para comerciar, negociar y enriquecerse al margen del trabajo real.
Destaca la dependencia absoluta que todo el sistema financiero y monetario capitalista tiene del crédito y la confianza. Es el crédito, y nuestra ilusa confianza, lo que hace funcionar la maquinaria financiera capitalista, sin crédito no hay nada, ni dinero, ni finanzas, ni nada de nada.
Es un monumental juego de artificio, más del 90% del dinero que circula en el ámbito financiero y monetario no tiene respaldo alguno en la economía real, no tiene la más mínima relación con el sistema productivo. No es más que papel mojado que se compra y se vende, se cede y se traspasa alegremente.
Hay que ser muy confiado para entregar nuestros ahorros a alguien que sabemos positivamente que simplemente, con que las personas que tienen el 10% del dinero que les confían a los diferentes bancos, sólo con que esos pocos individuos les entrara por la chola sacar al mismo tiempo de una vez su dinero, todo el sistema colapsaría, se vendría abajo como un castillo de naipes. Es lo que tiene operar con dinero virtual, creado por arte de magia, de la nada a través del crédito.
Mostraba un ejemplo muy simple e instructivo: Fulanito haciendo de tripas corazón del pago recibido por su trabajo, logra ahorrar 1000 euros y se los confía a una caja de ahorros, esta caja va y de ese dinero le presta 900 euros a Menganito. Ocurre entonces que el banco, aunque en realidad tan sólo cuenta con el respaldo real de esos 1000 euros originales que les entregó Fulanito, fruto de sus sudores, ya cuenta en sus operaciones con 1900 euros, de los cuales 900 no son dinero real con el que cuente verdaderamente el banco, sino posible dinero que se supedita a la devolución del crédito por parte de Menganito. Ahora multipliquen la operación anterior unas cuentas cientos de veces, miles de veces, y tendrán la actual situación, en la que es fácil deducir, que cada nuevo paso dado en esa dirección, va haciendo que el sistema financiero sea cada vez más ficticio y tenga menos respaldo real, y se aleje el parentesco con la base productiva de la sociedad.
Seguimos con otro libro de Saul Bellow
El Big Ben y la abadía de Westminster. Por Max.
Aunque es erróneo tomar la esbelta torre como Big Ben, ya que en realidad ese nombre pertenece a la campana que externamente no se puede ver, y que más bien nos suele entrar por los oídos reclamando por ese medio nuestra atención, dando fe de su existencia el repetitivo sonido que cada hora se deja sentir en la lejanía, muchas veces apagado por el estruendo de la circulación, aunque la verdad esta no suela ser demasiado numerosa, habida cuenta que la mayoría de las gentes se desplazan acertadamente mediante el enterrado metro. Es sin duda el símbolo más representativo de la ciudad de Londres. El conjunto del edificio conforma la Casa del Parlamento, situado al final del puente de Westminster sobre el Támesis.
En los rescoldos de un incendio –siempre y en todo lugar el fuego da lugar a revitalizar un cambio con mejora- acaecido hace cerca de 200 años, se sitúa el edificio actual, con la torre de base cuadrada de 15 por 15 metros y con una altura a la que le falta muy poco para alcanzar los 100 metros. Esta torre nos acompaña en la retina como algo que identifica y distingue una ciudad, unas gentes y hasta todo un país. Dispone de cuatro cuadrados relojes de más de siete metros de lado, que llevan cada uno de ellos impresa la inscripción, por demás la clásica patochada inglesa que dice algo así como “Dios salve a nuestra majestad la Reina Victoria”
Es la abadía de Westmeinster una simple iglesia de la que a mi personalmente me encantó su arquitectura, aquí se celebraron los funerales de la princesa Diana que tantos regueros de tinta real hicieron correr por los diarios de todo el mundo. Estos ingleses son unos flipados, se liaron a enterrar allí, reyezuelos y demás parásitos reales, no pienso perder un solo minuto en enumerarlos, destacaré en cambio a otras gentes, que por cierto nada tienen que ver con la gentuza anterior, que por méritos propios sí merecen estar sus restos en lugar destacado: Charles Darwin -David Livingstone- Isaac Newton- Charles Dickens- George Frideric Handel- Rudyard Kipling- Laurence Olivier- Henry Purcell- Geoffrey Chaucer- Thomas Cochrane- Ernest Rutherford
El libro de hoy es del añorado Vázquez Montalban
El laberinto griego. Manuel Vázquez Montalbán.
Pallozas y vaqueiros de alzada en Somiedo. Por Max.
El libro del día
Con y sin nostalgia. Por Mario Benedetti
Tienen estas antiguas construcciones ubicadas en altas brañas como común denominador, aparte de sus paredes de piedra, sus peculiares techos –de cubierta vegetal- confeccionados con un elemento muy abundante en la zona, como es la retama –conocida en las aldeas como escoba, ya que también se emplea para lograr el volador auto de las brujas- Es la misma planta que divisamos en la primavera a menudo en los lados de las carreteras –por lo menos aquí en Asturias- adornando con sus flores de un intenso y cautivador amarillo y que más de uno seguro que en alguna ocasión tuvo la tentación de confinarla en un jarrón para adorno de la casa, siendo victima de la venganza de ese arresto ilegal, ya que desprende un penetrante olor que te garantiza un fuerte dolor de cabeza en poco tiempo. En realidad ese nombre de pallozas no es correcto –ya que no son de planta redonda sino rectangular, ni su techo es de centeno como en la palloza. En la zona son conocidos como teitos
Se asocian estos establos –de las que eran solo vivienda o compartidas quedan muy pocas- a los vaqueiros de alzada y podemos estar seguros de que los siglos fueron testigos de la íntima relación entre estos actores. Cobijo del agua, de la nieve y de la penetrante neblina, recibieron gentes y ganados de estas antiguas construcciones y de otras antiquísimas –que están a punto de desaparecer, ya que solo quedan cuatro- con techo de losas de piedra, conocidas como corros. Diré de las primeras que eran compartidas, que contaban con una única puerta para el acceso de hombres y animales. En su interior se dividían las dependencias por medio de tabique trenzado con varas de avellano o haya –llamado portiellu- separando la cocina o llar –situada en el suelo- y arriba el dormitorio, de la corte o establo del ganado, que también encima contaba con el pajar o tenada. El portiellu facilitaba el paso de la cálida calefacción aportada por los animales a la vivienda, que seguro en los crudos días se agradecía bastante. En el remate de los muros aparecen unas losas inclinadas hacia fuera, para impedir que el agua penetre en el interior –se conocen como grinchadas-
Hablan de los vaqueiros de alzada, como de procedencia celta o morisca, pienso que son puras elucubraciones sin fundamento, seguramente serían gentes que por circunstancias se vieron avocados a la vida trashumante, sin diferencias con sus vecinos los xaldos y marnuetos. El invierno lo pasaban –junto con sus enseres y ganado- en sus pueblos de los valles o cercanos al mar, si bien al llegar la primavera daban el salto a la braña donde permanecían seguramente la mayoría del otoño, hasta que las primeras nevadas les obligaban a retomar el camino de vuelta. Dicen que los xaldos y marnuetos despreciaban a los vaqueiros, denostándolos y tratándolos como una raza inferior. Seguramente la iglesia contribuyó como siempre con su conocida caridad y odio por gentes más libres y que por su continuo movimiento, eran más propicios a escaparse de su férreo puño, alentando estas primitivas muestras de xenofobia, marcando en las iglesias unos límites y una frase diciendo que el vaqueiro no podía pasar de ellas.
Como descendiente de campesinos y habiendo vivido hasta la adolescencia en el campo, fui testigo de como el campesino asturiano vivió hasta hace poco, de una economía autosuficiente y de subsistencia. En la vivienda se realizaban todas las tareas relativas a la producción de alimentos, confección de ropas, herramientas, etc. Tanto la casa como los aperos e instrumental respondían a este modo de vida. La braña o majada era el otro elemento diferenciado, consistente en un área de pasto en abierto, donde el ganado deambula y pasta conjuntamente y cuyo suelo es propiedad del municipio y no de los pueblos, sino que éstos pagan un canon de aprovechamiento y disfrute de pastos, y en el que se asientan sus construcciones de aspecto primitivo, tosco y familiar.
Seguramente de origen castreño, evolucionados con el tiempo, son los corros –la foto primera- y los chozos. Son estos simples refugios que aparecen en las brañas estivales y que son utilizados para guardar el ganado recental y para que el brañeiro pernocte. Construidos con losas de piedra caliza casi sin trabajar. De planta circular con un diámetro no superior a los cuatro metros, cubierto con una falsa cúpula levantada por la técnica de aproximación de hiladas progresivas de grandes llábanas -losas de piedra- En su interior –en el centro- encontramos el llar, con bancos corridos de piedra (poyos) alrededor. Es el suelo comúnmente de tierra apisonada y en ocasiones aparece, adosado a la construcción, un corral donde se recogían las crías del ganado. Los chozos se diferencian en la cubierta de teito de escoba, que es de forma cónica, obtenido mediante varas apoyadas del muro hacia el centro y sobre las que se asientan la escobas. En el interior aparece la pachareta o cama del brañeiro y los peselbes –pesebres- hechos con tablones de madera adosados a las paredes, que servían para contener la yerba de donde comían los animales.
El Katrina en Myanmar. Por Max.
Cuesta creer y hasta daría pena –si no supiésemos de sobra de que pie cojean- el ver y oír las arengas de los medios de desinformación masiva, reclamando la pronta intervención de la comunidad internacional en la antigua Birmania. Poco menos que invadirla por tierra y mar, arrasarla a bombazo limpio, las fuerzas del bien desatadas contra esa dictadura criminal que no protegió a su pueblo lo suficiente, contra la maldad de la naturaleza. ¡Y por desgracia tienen toda la razón del mundo!
¿Dónde estarían esos medios, cuando hace unos tres años pasó por Gringolandia, un tal huracán Katrina? ¿Les sonará aquello de Nueva Orleáns? No creo haberlos oído reclamar las mismas medidas contra un gobierno, que con muchos más medios que los birmanos, dejó a sus gentes indefensas sin mover un solo dedo. O será que como en aquella ocasión se trataba del matón de turno, nadie osó sacarle los colores. Me temo que somos muy valientes contra los débiles, pero se nos ve mucho el plumero con los fuertes. ¡Gentuza!
Alegan razones convincentes para la intervención en Asia, aunque si seguimos el orden cronológico, deberíamos actuar primero en Nueva Orleáns, ya que los gringos no tuvieron ni tienen intención de brindar asistencia a las decenas de miles de damnificados, que ocasionó su supino desprecio por la vida de los demás, seguramente se dijeron: ¡total la mayoría eran negros! Al parecer no entra en sus planes el recuperar la ciudad, a la que un año antes de la catástrofe, habían rechazado destinar más recursos económicos, en mejorar sus defensas contra las inundaciones, ya que estaban dedicados en cuerpo y alma a dar muerte indiscriminada a desarrapados iraquíes. Por cierto que en una muestra más de su democrático proceder, cuando llegaron sus tardías ayudas, se dedicaron a trasladar –como cabía esperar- a los ciudadanos que pudieron pagar su socorro, los sin medios tuvieron que aguantar el chaparrón y dejarse morir.
Con la disculpa de haber sido asaltados algunos supermercados –los supervivientes querían comer- los siempre considerados policías yankis, se dedicaron a disparar a mansalva sobre los presuntos alborotadores, ayudando así a la naturaleza a incrementar el número de decesos. Mientras se elevaban las voces doloridas de la negritud, el presidente gringo seguía muy ocupado rascándose la barriga de vacaciones. A fuer de sinceros tampoco les habría reportado grandes beneficios a los pobres damnificados, el tener al arbusto al pie del cañón, o que siguiese –como siguió- de vacances.
Dicen que esta impresentable junta militar rechazó la ayuda internacional, cuando más necesaria se hacía. Calcadito al comportamiento tenido por los usanos en su día, cuando rechazaron de plano la primer ayuda internacional, que casualmente procedía de una cercana islita pobre y perdida en el Caribe ¡Aunque digna y solidaria como ninguna! A posteriori fue digno de alabanzas el empleo de los dineros destinados a la ayuda: Un funcionario cambió de sexo, otro lo empleó en pagar un abogado para el divorciarse, un tercero compró videos pornográficos, un cuarto se fue de vacaciones al Caribe, un quinto compró joyas y entradas para el fútbol americano, un sexto aprovechó para conocer Hawai, etc. etc. Conclusión: son almas gemelas. Tanto monta, monta tanto, la dictadura de Myanmar, como la democracia de Gringolandia.


































































































































































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