La abuela Estrella hornea el pan de escanda. Por Max.
Discurría bien avanzado el mes de Julio –también conocido por los aldeanos como el mes de la yerba- hacía un tiempo magnífico, eran unas jornadas en que no acertabas a distinguir si eran más doradas que azules y en que todo se volvía calor. Los habitantes de la vieja casa-molino –conocido como la del Río- hicieron la comida de medio día a toda prisa para a continuación armados con forcadas y garabatos al hombro, marchar como aguerrida tropa, en dirección al prado de las Cuandias, con la idea de recoger una partida de hierba que suponían que con tanto sol, ya estaría bastante seca y bien curada, no en vano casi habían pasado dos días, desde que resultara segada, esparcida y revuelta.
Estrella, la joven-abuela de apariencia tan de vieja, se quedó sola… -si no contamos un renacuajo que apenas levantaba dos palmos del suelo, testigo mudo que hoy maneja la pluma puede que alimentada por los lejanos recuerdos- Dejáramos la buela en la cocina con las manos en remojo, fregando los platos, al tiempo que sacaba adelante la quincenal amasada del pan, hecho por el cual, fue dispensada de acudir a la paña a la testera del sol. El fuego en el fogón parecía agonizar bajo un gran perol con comida pa los gochos, que oportunamente dejaban sentir sus gruñídos, que parecían salir de debajo del piso, dado que la cocina estaba situada mismamente encima de la porquera, reclamaban con machacona insistencia su ración, quiero recordar que dijo la abuela a punto de enfadarse:
-¡Rediós! El trabajo que dan esos condenados, no perdonan una comida y cada día que pasa aumentan de tamaño y tienen más fame, pa encima verme condenada, con estos calores y por culpa de esos fartones, a tener que mantener todo el día el fogón enceso.
Al lado tenía otra pota más pequeña, con agua hirviendo, de la que se servía con un cazo para ir echando al balde, donde restregaba los cacharros que habían resultado manchados por los hambrientos comensales, esos platos y cacerolas eran lavados entre una nube de vapores, a fuerza de agua hirviendo, sin jabón, y ese agua grasosa, mezclada con los restos de comida, terminaban en el duerno de los puercos, como alimenticia llabaza, era la economía, el ecologismo y el reciclado –aún antes de estar de moda- llevados a los últimos extremos, nada aquí se desperdiciaba.
Aprovechando que la puerta de entrada había quedado un poco abierta, con la idea de conseguir que se moviese un poco el aire interior, la gallina más atrevida, haciendo alarde de su audacia, se aventuró ligera debajo de la mesa y los bancos, en busca y captura de alguna miga caída, hasta que fue descubierta y expulsada a escobazos, terminando la abuela, por trancar la parte inferior de la puerta, para evitar que entrasen las demás pitas y dejasen marcadas sus asquerosas huellas, dibujadas como tres palitroques unidos por un extremo, apuntado en sentido contrario a la dirección de la marcha, dando como resultado el dejar hecha un “zaque” –cosa que presumo debía ser algo muy malo y asqueroso- la madera del piso. A continuación pasó la bayeta húmeda por encima de la larga mesa, secó los platos y los recogió en la alacena, terminando por dar un escobazo al suelo, barriendo también de paso, el descansillo y la escalera de piedra que daba acceso a la puerta de entrada.
Habiendo completado las tareas derivadas del refrigerio de medio día de su numerosa recua de dos patas, se dirigió a la aledaña cocina de leña, recinto donde se encontraban: una masera con la tapa medio levantada, la puerta del horno de cocer el pan abierta y chisporroteando dentro, la leña que ardía con buena llama, al fondo una escalera por la que se accedía al desván, un montón de troncos de leña en el suelo, amén de dos pequeños armarios; de frente una estrecha puerta de madera, daba también paso a un diminuto servicio. Los pontones y la madera del techo estaban tan renegridos como los cojones de un burro, el suelo era de ladrillo macizo y parecía tan prieto como el mismo techo, no en vano allí mismo en el piso se prendía fuego a madera verde, para tratar de afumar los dolcos de chorizos y morcillas que colgaban de unas varas de avellano, situadas ex profeso y guindadas a los listones de arriba. A través de un pequeño ventanuco se filtraba el radiante sol que vino a descubrirle unas telas de araña que colgaban bamboleándose de los horizontales y carbonizados palos, les atizó con el rodillo que siempre llevaba al hombro, hasta desaparecerlas, diciendo: ¡mira que son aplicadas estas tejedoras arañas, un minuto que te descuides ya tendieron sus redes por todas partes! Previamente había efectuado el amasado de la harina de escanda. Serían alrededor de treinta kilos de farina que hubo que mezclar con agua, sal y levadura, a lo que fue menester emplear toda la fuerza de sus brazos pa menear, estirar y golpear, tarea en la que invirtió media mañana, dejándola bastante fatigada, y eso que contó con la ayuda…-aunque la mayoría de las veces casi lo prefería hacer sola- del abuelo Avelino que siempre estaba dispuesto… ¡es más! le encantaba caciplar en esa tarea, recordando sus años mozos de panadero en la Habana, de lo que no veas lo orgulloso que se sentía él. La verdad sea dicha ¿pa que negarlo? casi siempre terminaban engarrados, a cuenta del grado de cocción que se les debía aplicar a los panchones –el los prefería medio crudos, ella demasiado cocidos- pese a los años que llevaban casados y las cientos de veces que habían amasado juntos, nunca fueron capaces de ponerse de acuerdo, así que la cosa solía terminar en inevitable empate -ni pa ti, ni pa mí- la mitad crudos y la otra mitad más bien churruscados. Aprovechando que la masa -tapada con una sábana- estaba yeldando en la masera –se necesitaban como mínimo un par de horas- la abuela pasó a la galería abriendo una de las puertas de los ventanales que daban al sur, intentando que corriese el aire, apoyó los brazos en el marco, mientras contemplaba como las gallinas de su hija y vecina, escarbaban el estiércol dentro del acotado cuchero, en busca de lombrices, y era de ver cuando una de ellas lograba hacerse con uno de aquellos gusanos, corría con él prendido en el pico como una banderola al viento, siéndole disputado el trofeo con fiera saña de picotazos que hacían trizas en un segundo, el cuerpo del desafortunado gusano. Aunque el asentado abono daba la sensación de estar casi seco, diría que desprendía una especie de vaho. Hurgaban las gallinas y se enterraban en los pozos por ellas escarbados con patas y alas, mientras el gallo erguido y soberbio, de vez en cuando se subía a sus lomos, picoteándoles si acaso la cresta, o daba vueltas a su alrededor con un débil y camelante cacareo. Las gallinas lo recibían resignadas y si acaso doblaban sumisas las patas, soportando aquel pesado y presumido sobre sus alas, hasta que el gallo de la quintana tuviese a bien el apearse, después sacudían las plumas, levantando polvo a su alrededor, mientras el gallo brabucón se pavoneaba cantando su triunfo a grito pelado, siendo este respondido por los gallos de la vecindad, que tomaban aquel desaforado canto, como un reto amoroso. La abuela se sentía cansada y aunque las calcinadas maderas convertidas por el fuego en rojas ascuas estaban dejando el forno a punto, este aire tan quieto y recalentado le hacía sudar la gota gorda, se asomó a la puerta -con la pañoleta calada en la cabeza- de aquel infierno en miniatura, observando como los ladrillos refractarios se habían apropiado del calor, de la forma que cabía esperar. Todavía le faltaba cortar la masa y moldear los morenos panchones, pero se dijo que aún le sobraba tiempo, así que caminando despacio y con cuidado trasladó el balde de la humeante llabaza al duerno de los puercos que se lanzaron como temibles fieras metiendo las patas delanteras y su largo focico en el revuelto caldo. A continuación fue en busca de los huevos al gallinero, los había blancos y marrones, los recogió en el mandil doblado, faltaba uno para la docena, guardándolos a continuación con cuidado en el aparador dentro de una güevera de rejilla metálica. Salió a descansar un instante en la plazoleta de entrada, el polvoriento camino estaba escoltado de airosos fresnos que con las hojas mustias parecía dormitar. De frente observó la alta hierba del Ribacho que estaba sin segar, en la que los dorados dientes de león estallaban como fogonazos, aunque en general predominaba un color verde fuerte, mientras la sombra de la cerezal y los más lejanos nogales, dibujaban un círculo un poco alargado, al pie de cada árbol. La tapa de la masera se había elevado unos centímetros, empujada por la amasada pasta que aumentó de volumen al resultar esponjada por la levadura. Despojada la masa de la blanca mortaja, nos mostraba un atrayente bombo de embarazada con la piel estirada y fina sin estrías, de un color crema apagado, con tonos medio parduzcos, y que juraría que lleva vida dentro –y no me extraña nada que así fuese, por que millones de criaturas de este perro mundo, pudieron subsistir y desarrollarse gracias al germen de vida de tan generoso cereal- Provista de un cuchillo de grandes dimensiones, la abuela procede a cortar la blanda y multiojada pasta, en una serie de tacos de un tamaño similar, a continuación con las manos se encarga de modelar los panchones, dándoles una forma redondeada similar a un gran y alimenticio seno femenino, en que el pezón está invertido y es el resultado de empujar con el dedo pulgar hacia dentro la cúspide de la medio redondeada pirámide, dando lugar a un pequeño y coqueto hoyo como ojo ciego de Polifemo –la verdad nunca tuve explicación lógica, para este inevitable remate de los panchones-
Declinaba la tarde cuando llegaban por el empedrado camino del Cantón algunos de los cansados y alegres yerberos, después de haber terminado la faena del día, afirmaron distinguir en el aire… vete tu a saber, si aquellas pretendidas dotes de emular el fino olfato de un perro de caza, se debieran más al deseo, que a lo realmente percibido del olor de patatas fritas, hasta suponían que acompañadas con los inevitables: huevo y chorizo, y en este caso también del pan de escanda recién sacado del horno, mientras los ojos -de puro contentos- se les hacían chiripitas. La verdad es que doy fe que no se habían equivocado mucho en sus cálculos y suposiciones, ya que la hacendosa abuela, amén de atender el horno y conseguir cocer un bollo adelantado, teniéndolo casi frío y dispuesto para hincarle el diente, había tenido tiempo para pelar patatas cortarlas en alargadas tiras, freírlas en la prieta, grasienta y kilométrica sartén, acompañadas de huevos y unos trozos de longaniza que se retorcían entre el aceite, y hasta una fuente alargada de loza de San Claudio, dibujada con unas ramas azuladas por fuera, lucía adornada por dentro, con unos tomates cortados y jugosos, junto con una ecológica lechuga del huerto que estaba al lado de casa, que no se sabe como, aunque se supone que por arte de magia había resultado mezclada, con los rojos y extremistas tomates. Las estrellas aparecieron en las profundidades del cielo cuando terminaban de dar buena cuenta de las viandas, se presentaba una noche espléndida y salieron a la plazoleta de entrada a la casa, era la hora de la tertulia, unos tacos de troncos aserrados paralelos hacían de toscas tachuelas, hacia el río chilló una lechuza, volaban por el aire los antiguos efluvios que el calor condensado de aquel caluroso día, había hecho brotar de la tierra aplastada del camino y los campos; los murciélagos dibujaban en el aire apresuradas estelas más prietas que la misma noche, buscando siempre… buscando… por que no hay duda que era su buena hora y buscaban mosquitos con que alimentarse. La luna como una enorme linterna alumbraba con su haz de luz oblicua las lomas circundantes y la elevada plazoleta, dando la sensación de haberse transformado en un pequeño escenario, y allí surgieron temas de conversación, hablaron del tiempo, que era favorable para las cosechas, del año, que se anunciaba bien, y luego de los vecinos, de toda la comarca, de ellos mismos, de las fiestas -pa Santana ya no faltaba mucho- de la aldea, de su juventud y la actual, de sus recuerdos, de los padres que se habían ido para siempre. La abuela de vez en cuando se perdía dentro de la casa, para atender los bollos, darles vuelta sacarlos, meter los no cocidos. Pasaba de media noche cuando la abuela terminó la intensa faena y satisfecha amén de galdida se fue a acostar. Y eso sin contar que el abuelo anduviese con ganas de jarana, que la cosa aún podía alargarse hasta las tantas… Tengo que confesar que por culpa seguramente de mi juventud –disculpable el pecado al considerar que los dientes de leche no eran las herramientas mas apropiadas para enfrentarse a la dureza del pedernal en que terminaban por transformarse después de unos cuantos días los panchones del pan de escanda- Por ello en aquella época, un servidor era más partidario del pan blanco –de trigo- en contra del pan negro –de escanda- Aún teniendo en cuenta la teoría derivada de una anécdota –muy celebrada- de uno de uno de mis tíos, que siendo un crío había constatado que era mucho más alimenticio el pan de escanda ¡ande vas a parar, no tenía color! Contaba que primero se había desayunado una tazada de farugas de pan blanco con leche y quedó con fame, en cambio a continuación se mazcó otra con pan de escanda, quedando totalmente satisfecho y hasta fartuco, lo que venía a certificar la supremacía del pan negro sobre el blanco.
Feria de Cuerín en la Plaza (Teverga). Por Max.
Era el día tres de septiembre de hace muchos años… -no ha lugar a equivocarme ya que tal día es mi cumpleaños- y en la Plaza tenía ocasión de celebrarse -como cada año- la tradicional feria de Cuerín. Por todos los caminos, y desde la mayoría de los pueblos del concejo, a la misma hora, bajaban y convergían en la capital como arroyos desatados en una repentina y mañanera marabunta. El colorido reguero lo formaban, ganaderos y campesinos, acompañados también de sus mujeres y algún que otra recua de xente menuda. Los hombres son de hablar poco y pausado, caminan despacio, dando grandes zancadas, y dejando marcada estela por los polvorientos caminos. Aunque solían marchar un tanto arrumbados, trataban de estirarse para mantener la vertical, al ser obligados por los pendientes senderos en bajada que venían a confluir en el centro del municipio de Teverga. Con parsimonia movían sus largas y torcidas piernas, deformadas por los rudos trabajos diarios con que las habían castigado desde bien jóvenes, tal como eran: el afirmarlas con fuerza, esparrancadas en el suelo para segar, cargar y desplazarse en los píndios prados, sosteniendo por encima de sus cabezas pesadas paladas de yerba, seguir y dirigir el arado romano, y hasta los más afortunados, compaginaban estos bastos trabajos al aire libre, con otros amén de rudos también peligrosos y dañinos para la salud, enterrados en húmedas galerías, bien picando, paleando carbón, posteando oscuras galerías o empujando pesadas vagonetas sobre metálicos rieles, cargadas con el negro mineral o los estériles.
Más madrugadores habían sido quienes disponían de algún animal con la intención de ser feriado. De ellos algunos habían arreado, atada con una cuerda por los cuernos, con gran pena a la Galana de turno, que se veían en la obligación de desprenderse de ella, por no tener alimento suficiente que darle, para que pudiese pasar el que se esperaba fuese un crudo invierno, pese a que el agradecido animal, llevase varios años siendo el sufito de la familia, sacando adelante, con su generosa leche, una caterva de seguidos y flacos arrapienzos, que seguro serían los más afectados por la marcha del cornudo animal, o también por necesitar los cuartos que pudieran darle por ella, por lo que es más triste “pa poder subsistir” Otros llevaban uno o más terneros en recua, detrás marchaban sus mujeres o muchachas, dándoles golpes en los lomos con una vara de avellano, o bien con ramas recién cortadas del mismo arbusto, que al tiempo servía para espantarles las madrugadoras, molestas y picajosas moscas.
Los más pobres calzan chirucas, chanclos o alpargatas de suelo de esparto, y zapatos relucientes y de punta fina, los que cuentan con más medios, todos visten y lucen sus mejores galas, camisas blancas con cuello duro, pantalones de mahón por parte de los necesitados –eso sí de momento bien limpios- y de tergal los más pudientes. Por parte femenina abundan las blusas blancas, azules, brillantes y tiesas todas, poco menos que desprendiendo destellos cual si la tela llevase una capa de barniz; volanderos vestidos de tonos claros, adornados con dibujos en puños y pechera, al que no lograban rellenar del todo unas escasas y flacas carnes, y del que sobresalían: una cabeza con el rostro curtido y el pelo ahuecado, dos brazos huesudos y blancos, sustentado el conjunto dos piernas poderosas mucho mejor formadas. Varias de estas mujeres portan enormes cestos, donde de vez en cuando estira el pescuezo una gallina o pollo. También se da el caso de alguna paisana, que encamina a golpe de vara, una gran cerda de la raza celta, empeñada en hozar y desenterrar, cuanta raíz divisa en su camino, seguida de una buena recua de lechones, inquietos, rechonchos y gruñidores. Hay quien carga a la espalda, usando el bastón como balanza, llevando una gran jaula, atestada de palomos, otro porta un cesto de mimbre con asa donde unos conejos dan fuertes patadas al asustarse del balanceo. Las damas aunque en general, suelen ser más pequeñas, en la marcha compensan sus pasos más menudos, con su mayor frecuencia, haciendo más vivaracho, animado y gracioso el desplazamiento.
Adelantan a los caminantes, caballos enjaezados al trote y con los jinetes luciendo vestimenta de cuero, las herraduras de los cascos despiden chispas al chocar contra las losas calizas a la altura de Chichicueto, otros más modestos asientan sus posaderas sobre gastadas albardas encima de mataduradas mulas, o de orejudos borricos; ellos jinetean tiesos con las perniles colgando, ellas van sentadas de lado con las dos piernas hacia el mismo flanco de la bestia. Llegados al pueblo de Entrago se acaban los penosos caminos, y comienza una grijosa pista prácticamente plana. Pequeños y ruidosos camiones pasan a los caminantes levantando una nube de polvo, que se mezcla con el negro humo de los escapes que deja en el ambiente un marcado olor a gasoil quemado. En medio del mismo pueblo se situaba la finca del palacio de Entrago, sin duda los campesinos daban a esta palabra “palacio” un significado de riqueza y esplendor, ya que la hacienda era sin duda la más extensa, opulenta y ordenada del concejo. Aparte del macizo caserón, cuenta con capilla propia, palomar y un delicioso estanque, rodeado de una hilera de magníficos árboles para defenderlo de la violencia del viento, un cuidado césped por donde se dejaban ver un sin fin de patos, entre la hierba crecida. Precisamente en este recinto, acotado con muros de piedra, trabajó de cantero alrededor de veinte años seguidos, mi bisabuelo Pedro. Esta mansión, también cuenta con un oscuro y trágico pasado, ya que durante la guerra incivil fue habilitada como cárcel y en ella fueron torturados y muertos a palos, y a manos de: falangistas, soldados y fuerzas de abuso y desorden, varios vecinos del concejo por ser amantes de la libertad, en aquellos trágicos y señalados años.
En aquellas horas tempranas una espesa niebla, dormitaba confiada sobre el río, sin calar ni un leve soplo de aire, talmente parecía una nube de algodón, dejada al descuido sobre el agua, ni siquiera se distinguía el camino que paralelo a la corriente del agua, discurría por la otra orilla. Al comenzar a alborear se fue descubriendo un mundo de casas a los lados de la carretera, revocadas y blancas, llegaba claro el canto de los gallos, habíamos llegado al barrio de la Faborita, pasado este y el puente sobre el río, delante del Tocote, se juntó una gran multitud, de animales y personas entremezclados que se acercaban al ya cercano recinto, se fundían y alternaban los chillidos, los saludos, las risas, con los apagados mugidos de las vacas que llegaban de la feria. Flotaba en el ambiente un penetrante tufillo a establo, a sudor, a heno, a leche, a cuchero; era un olor como agrio, bestial, con su aquel de repelente y humano, propio del trajín de las gentes del campo, y que seguramente resultaría desagradable a los que piensan que tienen una pituitaria delicada y todo ello por que viven en la gran ciudad, aunque habría que ver quien disfruta más, si los que alternan estos fuertes olores con los agradables perfumes de las florecillas en primavera, al perderse en el campo, en contra de los tenidos por afortunados, que viven y respiran, enterrados en la gran urbe -todo el tiempo- entre vapores de gases de escape.
En el recinto de la feria se juntaba una abigarrada multitud, un verdadero batiburrillo de individuos y de bestias, entreverados, donde sobresalían por encima, los retorcidos cuernos de las vacas y los más derechos y cortos de los toros. En la zona de entrada, al lado del lateral izquierdo de la nave prerrománica de la Colegiata se situaba el ganado vacuno y al frente de la entrada que da acceso -a través de un arco- a la cuadrada torre y al antiguo monumento con momias dentro, el caballar. Las vacas y los xatos se arraciman alrededor de los troncos de los numerosos y recios árboles que pueblan el recinto. Unos personajes muy destacados en toda feria que se precie, eran los tratantes, se distinguían por que solían llevar mandilón azul y pululaban observando las reses más llamativas, palpaban, sopesaban y sobre todo trataban de enredar y aprovecharse de la necesidad del que se ve obligado a vender su preciado animal, por cuatro cuartos. Era todo un arte el desplegado por esos tratantes en reses, ofrecían, se alejaban, volvían otra vez con nuevas ofertas, espiando el resultado de las propuestas en el rostro del vendedor, esforzándose por descubrir, el o los, defectos del animal, un tira y afloja interminable, agrias disputas sobre los años de la res, que si tenían palas en la dentadura, si daba patadas, si envestía a la gente, si saltaba los cierres y era amiga de pacer en cercado ajeno, adobados por ambas partes por una tenacidad y disimulos enfrentados, hasta que finalmente llegaba el apretón de manos que sellaba el acuerdo. También tenían lugar transacciones entre vecinos, aunque estas se guiaban más de oídas, por confidencias, aunque normalmente los secretos o defectos, terminaban siendo de dominio público.
A ambos lados de la recta de entrada al recinto, se alinean docenas de puestos con quincallas colgando, donde las reinas de la demanda eran las navajas de Albacete de todos los tamaños y para todos los gustos, con mangos dorados, de madera, de nácar o de hueso, con hojas largas y finas, también las hay pequeñas para colgante de adorno en las cadenas que se llevan al cuello; automáticas de muelle y grandes dimensione las de Taramundi que solían ser las preferidas –aunque resultasen más toscas y caras- Abundan también los puestos de guarnicioneros, donde se divisan: cabezadas, colleras, bocados, albardas, monturas de piel repujada y toda clase de aparejos. No faltan los chiringuitos, dedicados a las herramientas del campo, donde las reinas con las guadañas de las marcas: el toro y las dos liras, aunque la más asequible sea la vasca “la bellota” con sus complementos de hierros de cabruñar, estiles, cachapos, piedras de afilar, arados metálicos y ruedas para carros, acompañadas a poca distancia, de picos, palas, azadas, horcadas, trientes, garabatos, rastrillos y sogas de variados gruesos. Sin faltar los puestos de golosinas, muñecas de trapo y juguetes metálicos para los más pequeños.
Personajes lisiados llamaban la atención y se dedican con verdadero ardor a la venta de hojas de colores impresas con romanzas y coplas de ciego. Las aves de corral aparecían tiradas sobre la tierra con las patas atadas, el ojo quieto como asustado y la cresta caída, pugnando con gran esfuerzo por levantar la cabeza de entre el polvo. Poco después de medio día, se van dando por finalizadas la mayoría de las operaciones, algunos esperan para entregar las reses destinadas al matadero, darles el último adiós y ayudar en la carga de las mismas en los camiones, otros emprenden el camino de regreso a sus casas con los animales cuya venta se vio frustrada por fas o por nefás, o retornan caminando satisfechos por la compra realizada. Los que viven lejos, tuvieron venta y quedaron libres con la cartera repleta, o simplemente vinieron a ver, se van distribuyendo por los chigres y casas de comida, otros con dinero calentito, aprovechan para comprar en las tiendas que aunque sea día festivo permanecen con sus puertas abiertas, se va deshaciendo la feria y aumenta la animación en tiendas y bares, la sidra y el tintorro de León ayudan lo suyo a tal menester.
En un periquete las mesas de los establecimientos de la misma Plaza o de la aledaña capital San Martín, se vieron ocupadas por hambrientos comensales, un delicioso aroma de carne guisada con todo su jugo se dejaba oler al pasar, animando a entrar a los más reacios, y de tanto en tanto las puertas entre abiertas de las cocinas, dejaban admirar sobre la brasa, ensartados, pollos, pichones y piernas de cordero, de cuyas doradas pieles, resbalaban chorros de jugo, que no se sabe bien la razón por la que venían a encandilar los ojos de los peregrinos que acertaban a contemplarlas de pasada, al tiempo que las bocas se les hacían agua. Por aquella época todavía no proliferaban los desertores del arado, la mayoría estaban en sus puestos alerta, así es que las fuentes circulaban sin descanso, cargadas con tan cárnicos manjares, vaciándose como por ensalmo, igual que las jarras del tintorro y las botellas de sidra. La mayoría comentaban las compras o ventas realizadas, continuando después con el capítulo relativo al estado de las cosechas de seronda, o bien se preguntaban, si continuaría la seca que terminaría por arruinar los pastos de otoño en las brañas.
De pronto se dejó oír delante de la casa la corneta del municipal, a no ser los indiferentes que no los levantaban de su sitio ni a tiros, el resto corrieron a la puerta o se acercaron presurosos a las ventanas, con las servilletas de tela en la mano y las bocas llenas, el uniformado después de dejar el estridente instrumento, dio comienzo a la lectura del bando municipal, con voz entrecortada y recalcando el final de las frases del pregón:
-De orden del Ayuntamiento, se hace saber que a partir del lunes 11 del corriente, se puede proceder al pago voluntario de las vacadas, en las oficinas del Concejo.
El pregonero continuó su camino, los ecos de su repetitivo mensaje se fueron apagando al tiempo que se alejaba. Lo que dio lugar a comentar el suceso y quejarse del afán recaudatorio del Consistorio, sin levantar demasiado la voz y sin señalarse, ya que la guardia civil en aquellos tiempos, contaba con cientos de oídos y el Alcalde era quien ostentaba el mando de la Benemérita y la verdad era que los del tricornio, no tenía demasiados reparos en atizarle una camada de palos al más pintado, sin que mediase motivo alguno. Tomado el café de manga -con pingaratas de coñac- los mayores acompañado también este, de una buena copa de Fundador, emprendimos el regreso, los pequeños llevando orgullosos en el bolso del pantalón la reluciente “cheira” (navaja) que nos habían feriado en Cuerín.
Recuerdos aldeanos, camín de Marabio. Por Max.
¡Que le vamos facer! de vez en cuando me apetez xuntar letras, tengo el vicio enraizau, reconozco que así entretengo el monótono paso de las horas, espantando a su vez el pernicioso aburrimiento, pero no dejo de preguntarme, si verdaderamente: ¿merecerá la pena dejar constancia de unos recuerdos de infancia que quizá a nadie interesen? Dirán que es vano -con la que está cayendo- perder el tiempo pulsando teclas… puede que sea esta la válvula de escape que nos queda a unos cuantos antiguos a la fuerza de tan viechus, que disfrutamos rebobinando a nuestro antojo. Aparte de la íntima satisfacción de auto-engañarse, creyendo que los hechos se vuelven más reales por tenerlos plasmados como caprichosos garabatos en una hoja, fijados y modelados a nuestra manera, con la inestimable y correctora ayuda del olvido. Conscientes de la imposibilidad de volver a vivirlos, aunque al pasar esos recuerdos al papel, esperas cobren una nueva dimensión, o por lo menos como mal menor, que sirva para librarte de ellos, posarlos, descargarlos de unos hombros, que se van agachando con el peso de tanta carga de sentimientos, alegrías, frustraciones y sobre todo del cruel paso de los años. Estoy convencido que la completa felicidad es el estar papando moscas, soñando despierto, pero esa cabrona placidez, se parez tanto al ensueño que sustenta el feliz recuerdo…
Para los que nada conocen de aquellos tiempos, y que consideran a los campesinos como unos redomados haraganes, por que ven ahora, sus campos abandonados y en barbecho, les tengo que decir que hubo otra época en que por aquellos paraísos perdidos, reinaba la febril actividad. ¿Qué les puedo contar a esas gentes de ciudad, para tratar de convencerles? Pensarán que son puros cuentos. ¡No os engaño! era en verdad dura la vida de unos aldeanos, que no notaban la diferencia entre un laborable y un festivo, y si pretendían feriar, eran conscientes de lo que les esperaba: madrugar primero y doblar después el espinazo hasta las tantas. Estoy seguro que ni por asomo se imaginan lo que es subir a Santana lloviendo, con la niebla queriendo traspasarte los huesos, dejar atrás Piedrachonga con el aliento convertido en escarcha, en cuanto osa abandonar tu boca. Arrear las vacas refugiado bajo un simple paraguas –que tapa lo que tapa- con las nubes xarreando si dios tien agua, y el frío nordeste castigándote sin piedad los riñones.
Comenzaré por lo que tengo más a mano –no en vano allí pasé mis primeros años- un pueblo, Prau, con sus caleyas de tierra y su Río casi seco, sus prados floridos, que en verano hervían de saltamontes a la hora de la siesta, y que al llegar la noche se agazapa como temeroso, detrás de la peña Gradura, acurrucado en silencio, debajo de las bombillas y faroles, nublados por un halo de insectos. Un concejo, Teverga, al que siempre llevaré muy dentro, por que de allí proceden mis raíces que me unen con la tierra donde nacieron y murieron los abuelos, delicadas raíces que te sueldan con la forma de hablar de sus habitantes, como piensan, las costumbres, los alimentos, el perfume de la tierra, de sus aldeas, del mismo aire. A tan poca distancia de las casas de los tíos, donde los dos primos eran compañeros de fatigas, a cualquier hora, para jugar a la pelota, a la piesca, o lo que se terciase; al oscurecer bajo el foco del palo de la luz, o el de la puerta de entrada a la casa de los abuelos; haciendo un alto al xuegu, cuando entraba en escena algún sapo, que osaba ponerse de pie y estiraba el pescuezo para tratar de comerse los insectos que se emborrachaban de dar vueltas alrededor de la luz y llegaban a su alcance, hasta cerca del nivel del suelo, y que presto era alejado del lugar, a palazo que te crió.
Los orgullosos habitantes de las calles asfaltadas, nunca tendréis oportunidad de ser cautivados por la magia de los arroyos, por esos reinos de los espejismos, de fantasmas sin cuento; hogar de entes misteriosos, donde en la noche surgen cosas que no existen, donde se oyen ruidos desconocidos, donde de pronto te tiemblan las canillas sin saber por que. Sumidos en la sombra, sin luna que les acompañe, los arroyos imponen; aúllan y braman las torrenteras, cuando las cabalgan las tormentas, cargadas con sus rubias y rizadas melenas de arcilla, mientras el resto del año fluye su hilo de agua silencioso y puede que hasta pérfido y sibilino; por el contrario se muestran sublimes bailando al sol naciente, chapoteando suaves, entre riberas de esbeltas y tiesas varas de avellano.
En otras ocasiones, de los manzanos en flor, mecidos por la brisa, se desprenden remolones copos de nieve, formados por pequeños pétalos, que antes de posarse, planean con gracia en el aire, hasta cubrir la florida y alta hierba de mayo, donde da contraste al blanco y mullido lecho, unos bordes creados por alineados riegos de cientos de diminutas copas de sangre, que la esplendorosa luz de primavera consigue de las amapolas, que se destacan tiesas y orgullosas desde el suelo, creando una colorida y preciosa alfombra mora.
Sentir el sol de julio llegar a raudales al portal del molino y contemplar como arroja su cálida llama sobre un suelo de tierra oscura primero, después de piedra y madera, pasadizo pisoteado por las madreñas de tres generaciones de aldeanos. Los olores del campo llegaban también, emburriados por la brisa ardiente, olores de yerba, de espigas de pan de escanda, de hojas quemadas por el sol de medio día, mientras los saltamontes se desgañitan, con su claro chasquido, que seguramente era imitado por los silbatos de agua que nos vendían a los niños en las ferias…
Es Teverga tierra alta y hermosa, que tan pronto se alza al cielo en sus lomas e imponentes peñas calizas, como se arrodilla y arrastra en el valle. Silba allá el viento entre poblados y orgullosos castañeos y robledales, y riza aquí mientras aletean, las pequeñas y finas hojas de los fresnos. Regada por cientos de caminos reales y senderos, tantos como pies que los buscaban y transitaban a todas horas. Se hunde el sendero entre el follaje, se adentra y baja a las hondonadas, se enloda en las charcas, mientras en los pelados calveros los tuesta un sol inmisericorde. Crecen en las veras de sus caminos –más o menos reales- las zarzas, los miruénganos (fresas salvajes), los arándanos y los olorosos espinos, mientras a su vez los perfuman también –sobre todo al terminar el invierno- las primaveras y los lirios; el álamo gigante -desde sus altas ramas- los contempla, saltar sobre sus raíces, subiendo y bajando a pueblos, brañas y montes.
Y ya metidos en harina seguiré con uno de los especimenes que habitaban aquellos parajes. Ojillos pequeños e inquietos, bajo cejas pobladas; la frente estrecha, las orejas como de vejiga transparente, grandes y caídas –pura oreya yarga- la cara esculpida en madera vieja, la boca pesllada con firmeza; la nariz chata, el pelo tieso y corto. En la voz, en la consistencia del mirar, en el entrecejo fruncido y elevado, aquel hombre daba sensación de gallardía, de haber tenido que permanecer siempre estirado, en todo lo poco que podía dar de sí, desde que un día ya lejano, se decidió a levantarse y comenzar a caminar. Pequeño y fibroso, los brazos nervudos y con venas gruesas y en relieve, las manos con dedos largos, nudosos, duros, cual patas de cangrejo, huesudas y ásperas y cuyas palmas daban la sensación de ser mariechas, de tantos callos como tenían. Analfabeto sí, pero con mucho mundo, no en vano había pasado bastantes años en la Perla del Caribe. Trabajador incansable. Ese era mi abuelo Avelino, habiendo sido al mismo tiempo: minero, ganadero y labrador.
En esta tierra de los abuelos, la mayoría de la xente vivía de trabayar en la mina, que complementaban con algo de ganadería y cuatro cultivos de la tierra –pa ir tirando- Desde hacía la tira de generaciones, pacientes y alegres, tomaban mucha leche, comían cocidos adobados con chorizo sabadiego y carne de gochu, cenaban papas de maíz, y pa celebrar las fiestas o la venta de alguna res en la feria, se facían un homenaxe, fartándose de carne guisada en un chigre de la Plaza y bebiendo buenos caclipaos de vino de pellejo traído de León, aunque después terminaran -bastantes veces- desandando el camín, poco menos que a rastras.
Hago un alto en el camino, para dirigir una rápida excursión al corazón propio, centro de ese mundo interior de los descendientes de buenos aldeanos, normalmente ignorado por los de la ciudad, que viven más de cara a la galería ¡Como me asaltan los recuerdos de mis paseos de muchacho! Me imagino en la tarde, sentado en el sillón de mimbre del abuelo, viendo desde la galería la puesta de sol por Santa Marta, recordando los avatares del pasado, siendo abordado por el recuerdo del olor de la tierra húmeda, mezclado con el perfume de las primaveras, de las que se descuelgan cual perlas cayendo perezosas, las gotas de la rociada; sintiendo el roce de los ramajes en la cara, con el calor del astro rey hundiéndose en el agua del regato y la tibieza húmeda de sus primeros rayos, mientras con el aliento afanado asciendo el bosque de la Melendral, arreando el arrimo al prau de Bobia de una recua de vacas… todo ello me viene a la imaginación como si estuviese ocurriendo ahora, sin tener en cuenta que han pasado más de cincuenta años.
Un mundo perfumado conforma el ameno recuerdo, los objetos están presentes son reales, arriba el desván, cargado de cosas ya inútiles, lo que parecía inservible allí era confinado; benditos muebles amigos, la mayoría de ellos ya desaparecidos, aunque desde la niñez los sigo teniendo presentes, muy cercanos ¡me recuerdan tantas cosas! Alegrías, tristezas, fechas, horas sombrías o dulces; cosillas insignificantes, que en cuanto las descubres en un rincón de la memoria, se tornan en fieles y antiguos testigos ¡de tantas cosas! de facciones semi borradas, de ojos amantes, de bocas y voces perdidas para siempre.
Cuando se terminaba de recoger la yerba, había que comenzar a coyer la espiga, pa después de molido el grano, poder amasar y cocer, el pan de escanda; trabajo que también se hacía en el forno de cada casa. La abuela cocinaba pa un regimiento y se pasaba el tiempo fregando pilas de platos en un balde en la cocina. Al tiempo que cocinaba potadas de ortigas pa los gochos, acudía a echar maíz a las pitas que se entretenían todo el tiempo, picoteando y escarbando con sus patas el polvo de los caminos, en busca de lombrices. Molinera por temporadas, bondadosa, con la puerta abierta a todos los caminantes, y con la mesa puesta para quien picase a su cancela. Estos eran los aldeanos que producían carne y huevos, y que la necesidad los llevaba a vender por unos miserables céntimos, y privarse en muchos casos de comer ellos mismos, aquellos ecológicos, exquisitos y auténticos manjares.
Llegaba la época de dir pal puertu, y había que dormir en Marabio, bajo las estrellas, y arreglarse con la luz que da una palmatoria con una vela prendida encima. ¿Como se les ocurre tachar de folganzanes a los teverganos? Seranlo si acaso los de ahora, pero no los anteriores, por ellos pongo la mano en el fueu. En estas acogedoras tierras no se solía desconfiar de los demás, bastante desgracia tenían con soportar la cruel dictadura fascista, como para andar recelando de tus semejantes. El camín del puertu se encarama a la roca, serpentea, gira, va, vuelve, sin jamás perder de vista la mayoría de un valle lleno de árboles, lleno de arroyos, pleno de vida y frescura, que desciende hacia Entrago, dejando ver en el horizonte a Peña Negra, Peña Chana y Peña Ubiña; que pasa recto bajo las blancas enaguas de recién casada de la Mucheirina, así sube el sendero a Marabio, indiferente y retorcido, acompañado a los lados, no se si por yerba guinea, pero pequeñas margaritas había abondas, escalando el cerro, como mullida alfombra.
Bien a menudo, el sol hervía y hacía retorcerse bajo su fuego, las diminutas hojas de los fresnos que escoltaban el sendero, a su vez el viento calentucio que por Ventana llegaba de las Babias, las hacía temblar. Era asignatura bien aprendida por los lugareños, el manejar con soltura, la guadaña, el pico, el hacha, la pala y la azada. Rozar los prados, arrancar las ortigas y los artos, llevar las vacas al toro o al veterinario para la inseminación artificial. ¿Todavía se atreverán a decirme que los campesinos del pueblo yeran haraganes? Que tan pronto estaban en el pico Calduveiro detrás de una yegua, como traspasaban el alto Santiago buscando una novilla, o bajaban desde el canto del Pládano a la ermita de Santana, en cuatro zancadas. Puede que hasta algún día tuviesen que arrear a una vaca vellada con un xatín detrás, desde el lago la Tambaisna hasta la Plaza, pa venderlo por cuatro cuartos, en la feria de Cuarín, y quedar expuestos a llevar una cornada, de una vaca enfurecida por que le han vendido el xatín.
Xentes que se pasaban metidos a todas horas en el humedal como hongo enterrado en el barrizal. Al terminar el día, les comía la oscuridad, por doquier les aparez un fantasma, mientras la noche grita sin descanso, por boca de los condenados perros. Si tienen un minuto libre se ven forzados a reparar la soga desflecada, componer el aparejo de la mula que está a punto de romperse. Ordeñar a la mañana y a la tarde, curar las heridas de las reses, cebarlas, echarles sal en el pesebre, mullirlas, barrerlas. Soltar a mamar a los xatos. O cuando toca sembrar, trabajar en el maizal, sayando, desyerbando pa que la maleza no se trague los cultivos, quemando los rastrojos, catando cestados de hortigas pa cocer y con ello engordar los gochos, arreglando la empalizada que en mala hora se llevó la crecida del río, estirando la vieja alambrada de púas, tronzando y fendiendo, los troncos secos para usar como leña en el fogón; cuchar la tierra, cargando primero el abono en los esterones que iban encima de la albarda del animal, para descargar después y todo ello repetido durante unos cuantos días seguidos. Coser los esterones, componer las angarillas. Recoger las avellanas, las nueces, las manzanas y las castañas. Y que decir de cerezas, ciruelas y figos que servían pa endulzar el paladar y complementar la dieta, pero hay que recogerlas antes pa poder tenerlas en el plato y en la boca. En el campo se aprovecha todo, si bien es demasiado pesada el hacha, la tela de las camisas es exageradamente recia y seguramente rozaría las delicadas pieles, de los mírame y no retoques, habitantes de la ciudad ¿y esos seres enclenques pretender mirar por encima del hombro a los aldeanos?
Y que decir de la abuela, que echaba de comer a las gallinas, que fabricaba el queso picón, que firía la leche pa sacarle la dorada manteiga, que atendía solícita al abuelo y a toda la familia; y que hacendosa barría a diario la antoxana, que fumeaba el fogón de madrugada y tenía el café colado de la manga antes de las siete y el chocolate bien caliente y espeso. Arrancando las patatas, arreglando el huerto, faciendo las morcillas y las longanizas cuando la matanza. Que con gran maña desgrana el maíz y muele este y la escanda, pa facer boroñas, tortas o pan que golían que escoñaba. Como no había televisión, a medio día bastaba una llamada de la abuela, para que todos sus animalitos de dos patas, se alinearan en la larga mesa reluciente y gastada por su continuado uso, sentados en dos bancos corridos y dispuestos cada uno en su específico lugar.
No te dejes engañar por el aparente andar cansino del aldeano, los días son largos y el trabajo no acaba nunca, aunque para ellos al final la jornada siempre se queda corta. La tregua no existía para el hombre del campo. Al amanecer antes que el sol convirtiese en precarios espejos las fueyas de los castaños, haz cuanta ya que trajinaban ellos. O cuando ya soñoliento los ojos se atreven a buscar el catre, le pesa al hombre doblarse para quitarse los calcetos de lana, diz que está galdiu (cansado) y no es para menos, uno de la ciudad en su lugar estaría poco menos que muerto.
En la nuechi, sobre nosotros la reluciente herradura del cuarto menguante, despierto o durmiendo en el solitario monte, dentro del pachar, entre la yerba o en su defecto en una estrecha cabaña en la que apenas cabe el jergón del catre, con el viento llegando por la techavana y con fuerte olor a estiércol; expuestos a ser colonizados por cachiparros (garrapatas), que suelen pasar a las árgumas –desprendidas de algún animal- y que al rozar en dichos arbustos -que pueblan los senderos- se encaraman presurosos en tus ropas… y que costaba la de dios el arrancarlos de la piel con las uñas, ya que a menudo les quedaba la cabeza clavada, con lo que volvían a reproducirse. Los pequeños ventanucos que dan al exterior, aparecen cargados de telas de araña que remedan filosas cortinas, así como también cuelgan de los techos de las cuadras y ante los que hay que ir agachándote para tratar de esquivar tan livianas telas.
Era un día cualquiera, caía sobre el camín de Marabio el pesado calor de una tarde de verano, y aunque no soplaba brisa alguna, ascendía del suelo un polvillo rubio, arcilloso, opaco, asfixiante y cálido que se pegaba a la húmeda piel, cegaba la vista y hasta te penetraba en los pulmones. La niebla se alzaba como copos de nieve flotando, el ambiente estaba pegajoso, presagiando tormenta. Al poco llegaba ésta con fuerza, viéndonos obligados a soportar aquellas escandalosas tempestades, de rato en rato venía el fogonazo de luz clara, rápida, y resonaba el trueno con que parecía querer reventar el cielo.
Claro que hay marcadas diferencias ¿quién lo duda? entre gentes trabajadoras, sufridas, más o menos conformes con su vida miserable, mal calzados y quizá bastante sucios; y los otros: codiciosos, fatuos, vacíos, innecesarios, retorcidos entre sus lacras morales. Yo siempre defenderé a los primeros, pa los de la ciudad no tengo más que pedorretas.
Antroxu del 60, una de maestros. Por Max.
Pese a nuestros pocos años, el calificativo de ser buen maestro, nos tenía un poco mosqueados. Hacía poco más de un año que se había ido don Octavio –desasnador oficial de varias generaciones de compatriotas- y era unánime el consenso en considerarle un buen maestro, eso sí, practicante habitual de las enseñanzas de la vieja escuela inglesa “del palo y tente tieso” A la llegada de los fascistas, estuvo en un tris de ser depurado, ya que había fundadas dudas en su contra, como posible desafecto al cruel régimen, puesto que uno de sus hermanos -también maestro- había sido partidario de la admirable, Institución Libre de Enseñanza, entronizada durante la breve II República y que había llegado a crear en tres años, la friolera de casi 15.000 escuelas. Este hermano mayor, en un oscuro episodio, había resultado muerto por las hordas franquistas. En defensa de don Octavio –sin sacarle los trapos al sereno- tengo que hacer constar: que en su escuela, jamás se entonó “el cara al sol” y demás himnos de exaltación fascista, y por supuesto “la internacional” tampoco.
Nuestros mayores nos sentenciaban entonces, muy apenados: “¡Seguro que como él no vendrá otro tan bueno! ¡Bien que lo vais a echar de menos!” A lo de “echar de menos…” responderé que: aunque entonces no éramos conscientes, sabido es que el futuro es incierto, y que las cosas tienden a empeorar por naturaleza, en cuanto al término de “bueno” no le terminábamos de coger el punto en toda su extensión, en este caso no quería decir que fuese buena persona –que seguramente también lo era- se refería a que era recto y fiero ¡como debería ser todo enseñante que se preciara! Si se le metía en la cabeza que en la fiesta de Santana los críos no debían traspasar la línea que marcaba la zona del baile de las parejas agarradas, había que llevarlo a rajatabla, o que le diese por aparecer de improviso por el baile del Toral y en menos de dos segundos abandonaban el recinto por las ventanas –poco menos que volando- nutridas bandadas de jovenzuelos, tal como si la rapiega se hubiese colado en un gallinero.
Si era necesario partirle la cara a uno de aquellos arrapiezos, o zurrarle la badana a conciencia al más pintado, se hacía sin remordimiento y sin despeinarse. Aparte que contaba con la aviesa complicidad de los padres ¡Ni se te ocurriera quejarte del maltrato propinado por el maestro! por que te hacías acreedor a llevar otra somanta de palos en casa ¡ya que algo malo habrías hecho! ¡Cuánto cambiaron las cosas! ¿Verdad?
Tanta era la fe y confianza depositada en las dotes del viejo maestro, como alfarero de tiernos espíritus, o enderezador de árboles un poco torcidos, así es que nos vimos condenados, la mayoría de los escolinos del pueblo -durante todo un curso- hiciese sol, nevase o ventase, a tener que desplazarnos a diario, alrededor de tres kilómetros, por malos caminos hasta la capital del concejo, detrás de sus sabias y bondadosas enseñanzas, aunque para ello tuviésemos que pechar con el inconveniente de madrugar una hora antes, comer fuera de casa, y gastar la suela de zapatos, alpargatas o chanclos, hasta dejarlas como papel de fumar.
Bien es verdad que en compensación, la mayoría teníamos buena letra, las cuatro reglas también eran artículo de dominio general, aunque hubiera sido fruto de algún que otro descalabro accidental –daños colaterales que dirían ahora- y soportar en pantorrillas y manos, las filigranas y arabescos dibujados por la cimbreante vara de avellano, merced al diestro manejo de la misma que reportaba el don. Todos sabíamos cantar a grito pelado, la tabla del siete, y es que por aquellos tiempos estaba de moda y hacía furor, la máxima que decía que: “la letra con sangre entra” Así que nada que objetar a que de vez en cuando apareciese algún mocoso, con los morros partidos. O que por obra y gracia del espíritu santo, de su nariz, u oídos -o entrambos a la vez- comenzase a manar un rojo manantial, que casi siempre coincidía con la administración de un justo y merecido castigo corrector, por parte del sabio maestro.
Así que cuando fue destinado al pueblo un nuevo maestro, era todo un jovenzuelo –apellidado Barrio- que conocíamos como “el cazurro” recién licenciado de milicias, usaba gafas graduadas, tenía los labios finos y portaba una sonrisa un tanto cínica, buen mozo, llevaba la cabeza un poco ladeada, como si le pesase…(sería por lo grande) Se instaló de posada en casa de tía Josefa, y la verdad sea dicha, tan cercana vecindad, en principio a los tres primos, no nos hacía ni una pizca de gracia. Considerábamos que aquel inmigrante castellano, instalado a la fuerza en nuestros dominios, venía a perturbar la idílica paz del aislado barrio.
Cuatro chatas casitas de un piso, formaban el apartado barrio del Río, perteneciente al pueblo de Prado. Una de ellas, aparte de vivienda también era molino, se hermanaban y daban la mano mediante pistas polvorientas. A los habitantes del reducido núcleo les unían estrechos lazos familiares.
Era sábado, un día feriado, sin clase, nada de olor a tinta, a cuadernos nuevos, a maestro mandón. Aquel fin de semana se celebraba el Antroxu, así que sudorosos y cansados de jugar a la pelota dentro de la cocina de los abuelos, aprovechando que estábamos enterados que ese tiempo de carnaval, también era propicio para llevar a cabo alguna diablura de enmascarados, y que la anciana acababa de subir del molino, decidimos pedirle a la abuela:
-Buela ¿Por qué no nos preparas unos disfraces, para ir a asustar al otro primo, o meter miedo a los amigos?
-¡De acuerdo! –aceptó gustosa, ya que tenía por delante un par de horas, antes de que le reclamase de nuevo la atención de la molienda.
En la semi oscuridad de la cocina, nuestra vieja y querida abuela, permanece de pie, tiene las crenchas canosas cubiertas por un pañolón negro, y se muestra afanada ultimando la compostura de los disfraces de los dos rubios y risueños nietos, que no se están quietos ni un segundo, dando saltos de alegría. Hasta la cara nos ha tapado con sendas y ralas fardelas viejas, a las que ha practicado un par de agujeros para los ojos, estábamos irreconocibles. Uno va vestido de mujer, con una saya larga que le cubre hasta los pies, lleva un apretado cinturón de la misma tela y un pañuelo prieto en la cabeza, que contrasta con la blancura de la careta; la pareja va de viejo, pantalones de mahón azul, chaleco y chaqueta raídos, y adornados con varios costurones, boina oscura bien calada, tapándole la careta fardelera y el pelo por arriba. El lleva en la mano, el recio bastón del abuelo, ella porta una fina y pelada vara de avellano. Tiene humor la anciana, ella sola en un periquete confeccionó los disfraces con ropas viejas, recordando sus tiempos de juventud, y eso que es época de molienda y anda atareada, el riachuelo va crecido y el molino cada poco le pide ser alimentado, se muestra feliz y disfruta de ver contentos a sus dos nietos.
En principio nos dirigimos, sin malas intenciones, a gastarle una broma al cercano primo. Vamos cogidos del brazo, dibujando la estampa de una pareja de viejitos sobre el puente, continuamos hasta subir el par de escalones que nos acercan a la puerta, donde aplicamos unos fuertes bastonazos, para llamar la atención de las gentes que habitan la vivienda, y que era donde tenía la posada el maestro, y dio la casualidad que este se encontraba cenando, interrumpiendo el refrigerio para ver aquellos enmascarados que picaban a la puerta.
El primero en aparecer fue Jose Antonio, después la tía y renglón seguido el primo y el maestro…al ver aparecer la conocida silueta del maestro, enmarcada en la cancela, hubo un instante en que nos sentimos cohibidos, nos invadió el miedo, pero al notar que no éramos reconocidos, nos animó y haciendo de tripas corazón proseguimos con la bulla, tampoco era momento de rajarse, todo ello sin pronunciar una palabra, ya que temíamos ser reconocidos por la voz. Se notaba en sus rostros expectantes, el deseo de descubrir la identidad de los llegados, así que muy zalameros nos invitan a pasar, invitación que rehusamos, seguros de que era la disculpa para echarnos mano y descubrirnos. Entre risas y disputas, el joven maestro hizo ademán de querer sujetar y quitarle la careta al de la boina…
Mientras tanto la vieja abuela, desde la vecina casa, muraba la jugada detrás de los cristales con la luz apagada, disimulada y escondida entre los visillos.
La compañera viendo a su pareja agredida, aprovechando el impune anonimato, vino a propinarle un par de estacazos con todas sus fuerzas al maestro, que hicieron soltar la presa y retroceder a este, y desistir de quitarles la máscara a los dos llegados, mientras le decía a la tía Josefa:
-¡Seguro son dos niñas del pueblo!
Ya que juzgaba que los críos no se atreverían, no tenía en cuenta que aunque uno era muy tímido, el otro era atrevido y guerrero, y como bien lo había definido, el mismo en cierta ocasión: “era capaz de reírse hasta de su propia sombra” Las manos le quedaron calientes, y las estuvo soplando un buen rato, eso sí en un acto de cobarde impotencia, nos arrojó los chanclos de goma que estaban a la puerta, lo que aprovechamos los chiquillos para esquivarlos y tomar las de Villadiego, acercándonos al pueblo con la sana intención, de meter miedo a todo bicho viviente que nos saliese al paso.
Seguimos camino en dirección al pueblo, sin dirigirnos a casa de la abuela, sabedores que éramos observados por los frustrados desenmascaradores, y también por no delatarnos. Entre un cierto temor por las consecuencias, lo que más nos alegraba, eran los palos que por una única, vez se habían vuelto contra el maestro. El que hubiese probado su habitual jarabe de palo, con vara de avellano, nos llenaba de gozo, y más confiando en la impunidad.
Llegados al Cantón debajo de la panera comunitaria, dimos alcance a Ubaldino al que acorralamos, no nos había reconocido y le entró pánico, de verse en manos de aquella siniestra pareja de viejos, comenzando a llorar como una pipera, lo que nos obligó a quitarnos las caretas un instante, para tranquilizar a nuestro compañero de escuela.
Seguramente con el tiempo, el joven maestro llegaría a conocer la identidad de quien le había propinado los palos (terminó sus labores como docente, en el barrio de La Calzada de Gijón). En la escuela el lunes siguiente, se limitó a denostar aquellos ritos paganos, que anulaban la identificación personal y que bien podían dar pie a perpetrar hasta horrendos crímenes, aparte que el Régimen –tan previsor el- también los consideró durante muchos años, perversos e ilegales. Para recuperar totalmente el espíritu tradicional de la Fiesta del Antroxu, como ahora tiene lugar en el clásico Descenso Fluvial de la Calle Galiana –en Avilés- tendrían que pasar muchos años…
Maestro Barrio y los dos protagonistas.
¿Te atreves a adivinar quienes son? Aparte del maestro están en la fina superior.
Descenso fluvial de la calle Galiana


![37 [Resolucion de Escritorio]](http://maxalvarez.files.wordpress.com/2011/08/37-resolucion-de-escritorio.jpg?w=720&h=553)



































































































































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