MAX Y LOS CHATARREROS

Cuando cantan los tejados en el Río. Por Max.

Posted in Asturias, Relatos by maxalvarez on julio 20, 2010

Canta con estrépito la lluvia sobre las tejas, mientras el desván hace de caja de resonancia, de cientos de gotas que en su caída golpean las rojas y curvadas teclas del aparente piano que cubre el techo, y dejan en el aire sus monótonos acordes. Por la ventana entre abierta, observa como los goterones que no recogía el canalón, fundaban en el suelo al caer, redondas islas de piedrecillas relucientes, desplazando al tiempo el polvo circundante, dando lugar a pequeños hoyos, y como a continuación las panzudas gotas de agua, cargadas de arcilla, toman como abrigo un barro rojizo, estas ondas preñadas se van saliendo de madre y acuerdan el juntarse con sus vecinas gemelas, creando infinitos y caprichosos regueros, que toman veloz rumbo a las cunetas del camino y después todos juntos, cogidos de la mano, se despeñan al río por la canaleta que alimenta el molino.

El cielo se ha vuelto gris y opaco, en cambio su mente se despeja por momentos y siente un bienestar de espíritu que achaca a esa lluvia que convierte las caleyas en río, y casi nunca falla, vuelve a ser el mismo niño, que antaño calzando unos enormes chanclos de goma, intentaba que unas elípticas latas de conserva navegasen por el arroyuelo, como precarios barquichuelos. Sin duda sus primeros viajes los hizo en tan livianas embarcaciones, que se deslizaban pueblo abajo, arrastradas por la corriente tormentosa. Eso no quita para que en aquella época los relatos del abuelo, le hicieran imaginar islas fantásticas, o países lejanos, habitados por unas mulatas, de aquí te espero, mojando pan en sus carnosas bocas.

Acurrucado tras los recuerdos de una feliz ensoñación, quieto y sentado en una silla baja, afirmando la espalda contra el respaldo, siente como el frío torna en tiesas alambres los pelos de sus brazos, ve pasar como un fantasma, por el camino que flanquea las lomas, a un lugareño cubierto con el negro paraguas, arreando las vacas con una vara larga, estos aldeanos suelen mirar al frente, al cielo solo para mantener vigiladas las nubes cargadas de líquido y al suelo para esquivar el meter las madreñas en los charcos, mientras sus pesados párpados, cautivos por las notas armoniosas, por el agradable ronroneo, que le llega de las turbias aguas al caer en la poza y juntarse los dos arroyos en uno, se vuelven pesados, y el embrujo le hipnotiza y adormece.

En lo mejor del sueño, cuando estaba duro como un tronco, creyó distinguir una montaña muy grande, un rincón de verdura, brisa rústica, unos ojos rasgados, una frente lisa, un cuello de gacela, unas piernas blancas, largas y bien torneadas, las rosas le parecen más rojas y esparcen sin duda más aroma, las estrellas dan más luz. Se le ladea la cabeza sorprendida por un repentino pigazo, mientras la mente permanece cautiva de: la redondez de la luna llena, las ondas de la serpiente sin veneno, el suave abrazo de las plantas trepadoras, la esbeltez del rosal sin espinas, el terciopelo de las flores, la galanura de los mimbres, el leve vuelo de las hojas en otoño, la loca alegría del rayo de sol asomando tras la nube negra, el fúnebre chillido del búho, la mirada desamparada del cervatillo en el monte, las lágrimas de las nubes que algunas veces le mojan la calva, el dulce sabor a caramelo de la miel, la suavidad de las plumas del cuello de la paloma, el susurro de la tórtola, la crueldad del lobo, el orgullo del pavo real, la timidez de la liebre en el campo, el calor del fuego, la prestanza del urogallo. ¿Es la mujer soñada?, ¡el ideal!, que llama a la puerta… un trueno sordo y prolongado, le despierta, pregunta: ¿donde estoy? ¡siente frío! la ventana de la galería está abierta, juraría que está en el Río, en sueños escucha el son del tejado y contempla sin ver la lluvia a cámara lenta, caer al río.

El dolor de una madre, en su última noche. Por Max.

Posted in Recuerdos, Relatos by maxalvarez on julio 6, 2010

Se habían ido las visitas, el tema del aborto iba mal, rematadamente mal, no dejaba de sangrar, se había convertido en un manantial de rojo líquido, que pugna por manar con un encono inusitado, digno de mejor causa. Por mucho que disimule el doctor Mosquera, y quienes bien la quieren, traten de engañarla y engañarse, se aferren al clavo ardiendo de un cicatero milagro y no pierdan del todo la esperanza, ella sabe mejor que nadie, que no hay quien detenga la hemorragia, en su fuero interno piensa que está sentenciada y cavila que ha llegado su hora final:


–¡No hay remedio! ¿Señor, cuántas horas me quedan?

El viento arreciaba en la tarde-noche invernal, aunque a ella poco o nada parecía importarle, su mente estaba en otra guerra, empeñada en un maratón contra el reloj, de recuerdos y pensamientos atropellados, era consciente que tenía el tiempo más que tasado:


–Solo me resta el rezar… pero tengo tan pocas ganas ¡Virgen del Cébrano! Soy religiosa pero creo que esto no es justo. ¿A quién ofendí, para merecer tan gran castigo?

No siente dolor por la muerte en sí, es el desamparo con que deja detrás de ella aquellas dos criaturas, cuando más la necesitaban; el marido con el tiempo podrá rehacer su vida, pero le martiriza una pregunta sin respuesta en las sienes, que parecen a punto de estallarle:


–¿Qué será de mis tiernos corderillos, tan solos? Sin una mamá que los cuide y proteja… ¡que los ampare y cobije bajo el cálido manto de una madre!

Hoy precisamente se despidió de su frágil y diminuta pareja de alondras, y menos mal que ellos no son conscientes, por que sería para volverse loca. Con el corazón en un puño, rogó los llevasen con las abuelas, unos besos nada más. Siempre fue callada, de hablar poco, de querer en silencio, pero en aquellos momentos sintió vivos deseos de darse a las voces, chillar histérica, llorar a moco tendido ¡si no tuviese ya los ojos tan resecos…!

Por la tarde el sacerdote del hospital le administró el viático, que recibió con devoción, aunque le quedó un cierto resentimiento interior, que le restó ánimos para rezar el rosario con las hermanas, costumbre enraizada desde bien niña, de una madre más que religiosa, beata.

No hace ni un mes que había cumplido los treinta y tres años, nunca fue miedosa pero ahora la invade un terror difuso, por ellos, por ella, por todos, tiembla como una cañavera y siente el frío calándole los huesos, tan solo de pensarlo se le encoje el alma; quisiera tener –aunque solo fuese un instante- una ventana al futuro. Con los ojos cerrados bien podría hacerse una idea, imaginarlo: Los percibe perdidos en el monte, de su patria chica, apenas guarecidos de la lluvia y el viento, al pie de un árbol, solos en la compacta oscuridad de la noche y ella distante, sin poder guiarlos ni cogerles de la mano. En el fondo siente que les está fallando, se dice que es misión sagrada de toda mujer decente, el cuidar de su prole y ella por una parte se ve obligada, por la otra impotente, de comportarse como una buena madre, como hubiera sido su deseo.

¡Que noche tan larga! las monjas vienen y van, cambian vendas, mudan la cama, mientras la vida chorro a chorro se le va, no tiene ganas de dormir y quizá en el fondo fuese un alivio, el poder cerrar los ojos y dormir sin despertar.

Estaba convencida que su existencia llegaba a término. Se figuraba que la muerte aguardaba apostada con su fiera guadaña, detrás de la puerta. Nadie se crea que por el hecho de morirse uno, va dejar de salir el sol para los demás. Cuando hay vida, se piensa, que un día, tras un plazo prudencial de preparación, entraremos con el turno cumplido, en la sala de espera del umbral de la despedida. Es la ley fatal, prevista y aceptada sin remedio; tanto, que solemos dejarnos llevar por la imaginación y nos encaramamos a ese momento -supremo si lo hay- en que lanzamos el último suspiro.

Pero entre el supuesto instante y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, esperanzas y dramas nos superan en nuestra peregrina vida! Ahora alcanzo a comprender lo que le reservaba el destino a una madre como Gina, lo rápido que cambian las tornas –digamos que en el plazo de una semana- en lo que era una existencia llena de vigor, antes de abandonar el escenario del drama humano. Será éste el consuelo y la razón de vernos engolfados en nuestras divagaciones mortuorias: Cuando nos sentimos con fuerzas ¿Tan lejos vemos la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún? ¿Aún…? ¡Que sarcasmo! No contamos con que desde que nacemos, apenas nos alejamos un palmo, del canto de la sepultura, que nos aguarda artera, esperando nada más que un leve tropezón de nuestra parte.

No pasan los segundos, la semipenumbra de luz artificial, lo mismo que la oscuridad que le llega desde la ventana, continúan igual no avanzan ni un milímetro. En su desesperación tiene ganas de que llegue la mañana y a fin de cuentas: ¿para que? Le molesta la atroz sequedad de la garganta, esto cada vez se pone más duro, se cansa de beber agua, le invade una cruel somnolencia cargada de recuerdos a cuestas. Serían las dos cuando notó el periódico resplandor del faro de Torres que paseaba su luz por las ventanas, hasta la misma luna le quiso dar un guiño de despedida, asomando un instante su brillante faz, detrás de una nube.

Poco a poco el albor desplaza y borra la noche, sintió los primeros tranvías, el canto lejano de un gallo le trajo alegres recuerdos del pueblo, cuando bien pequeña –antes de ir a la escuela- era levantada de la cama para arrimar las ovejas y las cabras a pastar en la falda de peña Sobia, y lo feliz que había sido viviendo el silencioso despertar del pueblo, mientras correteaba por sus cuestas caleyas detrás de los nobles borregos. Y la cabra que había traído con ella a la ciudad, de casa de sus padres, para darles leche a sus criaturas.


–¿Que será de ellos ahora…? -a su pesar, dos gruesos lágrimones rodaron por sus pálidas mejillas

Sigue el aire fresco, arrecia la llovizna fina, en las ventanas se comienza a dibujar con un brochazo apresurado y gris la amanecida, continua la doliente con los ojos muy abiertos, intentando ver más de lo permitido, de la que calcula será la postrer jornada en este valle de lágrimas, sigue en reposo y se revela ¿a cuento de qué? Se dice que tiempo tendrá cuando se vaya para estar quieta, aunque las fuerzas la van agotando y apenas le permiten ya moverse.

Hubo unos momentos en la noche, en que se consideró una niña recostada en el regazo amoroso de una madre muy dulce, el cuerpo le pedía el no luchar más, abandonarse, dormir y dormir, sumida en una borrachera que convertía los objetos de los alrededores, en tonos amarillos y blancos, se sintió bien y creyó por unos instantes, que era el anticipo de la felicidad que le esperaba en el cielo, si es que se había hecho merecedora de entrar en él.

Todavía pudo escuchar el concierto de sirenas de las fábricas llamando al trabajo, el ruido de los motores de las lanchas pesqueras, la marea romper contra las rocas cercanas. Cascos apagados de caballería arrastrando un carro del que pensó que seguro sería el lechero, que baja al trote, de las quintanas de Jove, a repartir y vender su preciado alimento.

Llega el marido apresurado y nervioso, toda la noche estuvo dándole vueltas al asunto y maldiciendo su suerte, recordando cuando el médico les decía que todo iba bien ¡Ya se ve! Ayer la dejó muy mal y hoy la encuentra aún peor. Aunque en un supremo esfuerzo trate de animar el gesto se la ve agotada, pálida con un tono azulado, presiente que llega su fin, que está viviendo los últimos instantes de alguien muy querido, de esos gestos parcos, de la voz suave que irradia humildad, timidez y vergüenza. Trabajadora y siempre animosa, como persona más que un ángel, no veía los defectos de los demás y si acaso trataba de justificarlos diciendo que cada uno es como es y no hay más remedio que tomarlo así, ni más vueltas que darle. Cuerpo menudo, ojos castaños y dulces, pelo ondulado, manos con dedos cortos y fuertes. Hace un repaso inconsciente y la ve en pasado, siente que por momentos se le escapa de entre las manos, y hasta injuria el día en que se le ocurrió abandonar el pueblo en coche de línea y tomar el tren en la estación del Norte rumbo a Gijón.

Con un hilo de voz se despidió, fueron sus últimas palabras:


–En cuanto puedas, prométeme que los recuperarás…

No esperó la respuesta, ni hizo falta cerrarle los ojos, los párpados sin sangre ellos mismos se bajaron, no pronunció ni un ¡ay! se quedó dormida para siempre, como un gorrión encantado por la pérfida serpiente.

Dedicado al recuerdo de una madre, que por desgracia, ni siquiera llegué a conocer.

Gina con dos de sus abuelos

La pareja de húerfanos de madre, al fondo la silueta de la cabra, en Tremañes (Xixón)

Hermanos de Gina

Hospital de Jove, tal como era.

Hospital de Jove en la actualidad

Peña de Sobia (Teverga)

Desde la cafetería, a la vexez viruelas. Por Max.

Posted in Relatos by maxalvarez on junio 18, 2010

De pronto el Peque se quedó clisado mirando a un lado.

    — ¿Oye tú? –preguntó- Aquel que tá sentau allí xunto a la ventana ¿nun ye Fernando, hoo?

      — ¡Claro que sí! –le contestó Andrés sin volverse y colocando la mano al lado de la boca para continuar bajando la voz: – Vilo al entrar. Creo que nun me conoció

        — ¡Cojones que vieyu tá!

          — Anduvo jodido, o meyor, jodiendo más de la cuenta que nun ye lo mesmo, ni apaiciu y pue que peor.

            — ¿Entos?

              — Liose en un puticlub con una rusa treinta años más nueva que él, enterose la muyer y echolu de casa.

                — Si tien la nuesa edad y foi con nos a la escuela ¡Me cago en Ros, si paez que tien más de setenta años!

                  — ¿O nosotros taremos apaicius? -Se preguntó consternado el Peque mirando implorante al Andrés, después de un estudio total de la actual situación del antiguo compañero de estudios.

                    — ¡Nun jodas hermano! –soltó una risotada el Andrés

                      — ¿Él nus verá igual a nosotros…? –dejó caer el Peque con aprensión, como masticando las palabras.

                        — No home no. Según me dixieron esi rapaz estubo muy encoñau y seguramente y gastaría tolas perras la rusa y ni siquiera y quedaría pa comer algo, y menos pa vestise.

                        El Peque se despeñaba engranado el solo, en la vertiente trágica de la conversación.

                          — Muchas veces ye la forma de vestir, el traxe, la corbata ¿Nun ye ciertu? –caviló en alto el Peque- Fernando yera de los que andaba siempre comu un pincel, en la puta vida de sport y velo ahora desastrao, puerco… ¡por que paez que va puerco tamién! ¿No?

                            — Claro… y esu avexenta bastante.

                              — Aparte está chupado, consumido –atacó el Peque ensañado- Uno puede quedase pelado y si quies ponete gordo como un gochu… sabida la nuesa debilidad por el manduque en condiciones, pero…

                                — Paezme que exageras, tampoco me paeció que esté tan acabau como dices.

                                  — Claro, que yo recuerde, éste nun fizo deporte aparte el del colchón en, su puta vida.

                                    — Te digo que eso de la jodienda sin tino y más con una jovenzuca, desgasta mucho –terció el Andrés elevando un poco el tono de voz para llamar la atención de su amigo que seguía como medio ausente en su digresión.

                                      — Y eso con el tiempo se paga, ese desdejase acaba cun el más pintau.

                                        — Pa detrás los lios con la parienta y los fios, siempre pasan factura y terminan reflexados en la cara.

                                          — ¿Y como te enteraste de eso de los líos familiares?

                                            — Por que haz un tiempo encontrelo en el Korynto, ye un decir, taba yo con la mi muyer y allí apareció el probetón, con cara de perro sin amo.

                                              — Nun yera muy conversador, pur lu que me acuerdu.

                                                — ¿Coñu Fernando, que tal estás? -ei dixe, aunque bien se veía que la cosa nun taba pa tirar volaores precisamente-

                                                  — Ya ves por aquí me ando –me contestó él tan correcto como siempre, intentando dibujar una sonrisa que más bien resultó mueca, continuó preguntándome por todos sin demasiada gracia-

                                                    -Y yo tratando de tirai de la lengua pero nun soltaba prenda, hasta que la mi Mari fue al servicio y poco le faltó pa echáseme a llorar. Que si lo había echau la mujer, que si los fíos nun querían saber nada dél.

                                                      — Andrés ¿Cómo yes tan hijo puta? Aquí nos conocemos todos.

                                                        — Y fue cuando me soltó lo de la rusa esa, que se había encoñau sin dase cuenta, y pa encima lu había dexao descalzo y al final abandonau como un perro, y el probetón que tovía la quería y estaba enamorau della.

                                                          — Tu nun sabes lo que ye cuando tas al canto de la sepultura, tener carne xoven ente les manes –me dixo too compungido

                                                            — Ya ves a la vexez viruelas, como suele dicise

                                                              — Si paez que tien la cara amarillenta

                                                                — De tanto beber tará del hígado

                                                                  — Beberá el sou mexo como los chinos.

                                                                    — Mun digas babayaes, eso ye mas antiguo que mexar en los portales…

                                                                    Siguen unas bellas estampas, de mujeres leyendo