Alcalá del Júcar. Por Max.
Entre campos manchegos poblados de vides, llegamos demasiado temprano, teníamos intención de hacer aquel día muchas visitas y por ello habíamos madrugado la tira, dejamos Requena en dirección a Albacete, nos habían aconsejado abandonar la carretera nacional y desviarnos al bonito pueblo, entrando a la urbe por el alto, dejamos el coche contando con las casas a nuestros pies, en cuatro pasos estábamos a la puerta del Castillo que se asoma a la hoz que forma el río Júcar. Es un enclave natural de la comarca de la Machuela, y se encontraba trancado a cal y canto, aplazamos la visita para otra vegada.
En cuanto a gastronomía, se puede disfrutar de unos vinos con denominación de origen “Machuela” pasamos de los licores y vamos a los sabrosos embutidos y pan cocido con leña, que ya son de mi gusto y especialidad. Son preciosas sus casas recostadas contra las laderas esculpidas por el río, forman un laberinto que irradia historia y cultura árabe, las construcciones se sitúan a la falda del castillo del mismo origen. Los ancianos del lugar presto te recuerdan la leyenda de los intensos y trágicos amores entre el moro Garadén con la hermosa Zulema que en verdad debió ser bella por lo que nos cuenta la memoria del pueblo.
Al penetrar en el laberinto de sus calles empinadas, lo primero que te sorprende es la perfecta unidad de estilo arquitectónico y su singularidad que llega a su punto máximo cuando te cuentan que algunas de estas casas poseen una cueva profunda que cruza la peña hasta el otro lado del Júcar. Es uno más de los encantos, irrepetibles por su originalidad, de la espectacular y pintoresca villa. En la actualidad Alcalá del Júcar ha sabido continuar la conservación respetuosa de sus ancestros, los que sin duda han logrado detener el tiempo y preservar el poblado de ensueño, con una serie de iniciativas encaminadas a modernizar su entorno, para poder ofrecer al visitante las comodidades y los atractivos que la vida moderna exige, así cuenta con varias casas rurales y establecimientos hoteleros y gastronómicos, para que los turistas puedan sentirse satisfechos, y pasen aquí los más días posibles.
Dunas de Liencres, Cantabria. Por Max.
A poco más de una docena de kilómetros de Santander capital, sobreviven estas preciosas dunas, pese a que sabe dios ¡que hijo de mala madre! autorizó la degradación de la zona costera cercana, metiendo el dichoso ladrillo y su pariente el hormigón a escasos metros de la mar salada, no lograron degradar la zona totalmente, pero… tiempo al tiempo que todo se andará. Rocas que la ida mano de la mar cantábrica, supo esculpir en esbeltas columnas, pilares en precario equilibrio, restos de un monumento geológico arrumbado, son testigos mudos del todo vale, del ladrillazo que te crió. La manifiesta locura, no es más que el resultado de la endémica corrupción que padecemos a todos los niveles en la castigada España, aquí en el norte, por suerte y por ahora, sin llegar a los terroríficos y delictivos niveles de la costa mediterránea.
El antiguo profesor del instituto Jovellanos, de nombre Gerardo Diego, comienza uno de sus poemas “La tristeza de las dunas, que el mar y el viento moldean. La tristeza de las dunas” Liencres con arenas cambiantes y casi vivas, que hasta no hace muchos años, era tenido como un cómodo arenero –solo necesitábamos disponer de una pala para cargarla y un carro para llevársela- Acompaña la desembocadura del río Pas, que dibuja en su regazo un amplio y hermoso meandro, de un lado la playa y como no podía ser menos en la otra vera; primero la cortejó después tomó posesión del margen opuesto, la industria de los tiempos, un verde campo de golfos, para que puedan las élites de estos animalitos de dos patas que pululan y polucionan la ciudad, entretenerse dándole golpes a la pelotita picada de viruela, con sus sofisticados palitroques, a dos pasos de sus grandes mansiones de la capital.
La playa de Valdearenas se cierra hacia tierra por un bosque de pinos marítimos, plantados es profeso -precisamente el año de mi nacimiento- para fijar las dunas, a las que muchos días trata el viento gallego, de adentrar y extender inmisericorde –por cierto, debido al último temporal aparecían los restos tronchados de varios de estos árboles, como quebrados estandartes, o bien recostados con las raíces fuera del arenero, tal como si se tratase de la grotesca y monumental escoba abandonada por el gigante Polifemo- El parque natural tiene una empalizada, dando cara a la playa y digamos que está un poco restringido el paseo por este ambiente salino, ya que fueron plantados unos sedosos mimbres que debieran hacer de freno y barrera al avance de los diminutos y amarillos restos de conchas, o de los no menos vistosos granos de puro cuarzo que les hacen compañía.
El pueblo aledaño, que da nombre a las dunas, mostraba los resultados de la fiebre de estos últimos años, cientos de construcciones, esqueletos de casas, hoteles y edificios varios. Hicimos parada de medio día a comer en uno de sus restaurantes, ni bien ni mal, pasable. Para hacer la digestión nos adentramos por un sendero -dirección a la capital- que bordea los restos de pastizales que aún quedan, pasamos un arroyo y un trecho después al lado mismo de un gran agujero, donde el mar se divisaba en su fondo a bastantes metros. La ley de costas no es el problema, la aplicación sí lo es ¡y muy grave! Tuvimos una gran ministra del medio ambiente -Cristina Narbona- y un perfecto director de costas -Jose Fernández- lo grave es que duraron poco, las presiones sobre ZP pronto dieron resultado. En meter mano a la secta, hace oídos sordos, a todos los reclamos, en cambio se tomó gran diligencia en deshacerse de la protectora del medioambiente.
Como final de Juan Carlos Onetti “Correspondencia con Benedetti”
Playa de Xago. Por Max.
Aunque la playa pertenece al concejo de Gozón, contra toda lógica, nos acercamos desde el sur. Dejamos a nuestra izquierda los cientos de tubos esparcidos por el puerto de Avilés, que en su día completarán los mecanos de los molinillos generadores de energía eólica, que la empresa Gamesa se encargará de sembrar por los montes ventosos, destrozando de paso los paisajes con sus repetitivos molinillos de feria -es uno de los inconvenientes que tiene el progreso- Más adelante pasada la fábrica de aluminio, nos adentramos en un pequeño bosque de eucaliptos y pinos, donde antaño cuando la contaminación industrial no había llegado a la ría, seguramente gozaban los lugareños de Zeluán, de unos abrigados arenales, paraísos de placentero solaz y abrigo de toda suerte de peces y mariscos.
Pasamos caminando al lado mismo del faro de san Juan de Nieva que señala la entrada a la ría. Divisando al fondo el amplio arenero de Salinas y más cerca casi a tiro de piedra la orilla opuesta de la entrada de la ría. El mar se mostraba picado y los pescadores madrugadores e inasequibles al desaliento, continuaban desde el acantilado, pertrechados con sus inhiestas cañas, mojando el meruco, en espera de que la sabrosa lubina picase el tentador anzuelo. Continuamos senda costera adelante, se mostraba esta bien segada y desprovista de malezas, aunque no era óbice para avanzar con cuidado, ya que abundaban los charcos de agua, debido a las copiosas lluvias de la noche pasada, al poco divisamos a nuestro pies, las dunas y el amplio arenal, objeto de la tramada incursión mañanera.
Destacaba a sus extremos la bruma producida por el fuerte oleaje, pienso que quizá se alargue el arenal hasta llegar a dos kilómetros. Pasado un grupo de casas bajamos por una carretera hasta el campo de las dunas, y de estas pasamos al arenal a renglón seguido. La zona izquierda tiene muchos bolos –cantos rodados- y la derecha arena fina. El cabo Negro al este en dirección al cabo de Peñas, al que dan nombre sus pardas pizarras, forma un alto acantilado que propicia la práctica del parapente, del que recuerdo haber sido testigo hace más de treinta años, cuando no eran tan habituales los vuelos de esos grandes y coloridos pajarracos que se desplazan por el aire sin tener alas. Dada su gran extensión es una de las más utilizadas de Asturias para la práctica del surf, en cambio el mojar las canillas, debido al fuerte oleaje y al hecho de ser playa abierta, se debe efectuar con precaución.
Dado que era invierno y la marea estaba baja, pateamos la ensenada de lado a lado, escasa concurrencia, unos pocos humanos dándole trabajo al corazón con largas carreras, otros caminando despacio con niños pequeños o perros, todos respirando el aire yodado del Cantábrico, hasta hubo un momento que aparecieron dos amazonas con sus briosos corceles que dibujaron una estampa diferente y exótica en la playa, dejando sus cascos bien marcados en la arena húmeda.
El sol apagado por las nubes, debido a la época incidía con un ángulo muy abierto y se reflejaba por momentos en el arenal mojado, cegando la vista. Suele ser habitual de verano, que en algunas zonas de las dunas se practique el liberador nudismo, conviviendo sin mayores problemas con los teleros. Es una playa que reúne todas las modalidades y cuenta con todos los servicios.
Sigue una novela más de Vázquez Montalbán “Los mares del sur”
Xagó, al fondo la ría de Avilés
Xagó, al fondo playa de Salinas
La Cuevona, y la ruta de los molinos, en Ribadesella. Por Max.
Opino que esto de los molinos de agua, fue un gran invento preindustrial. Pasados los años, que no habría de sentir con nostalgia a favor de un muy agradable recuerdo, un descendiente de molinera, que fue acunado en su niñez por el canto de las piedras del molino, al triscar alegres los granos de maíz o escanda, y más si cabe por el simple artilugio de una saltarina vara seca de avellano, que con su baile cimbreante, era usada para alimentar el grano a las muelas, y también a la postre quien llevaba la voz cantante.
Es Asturias con sus abundantes lluvias, tierra propicia para aplicar esta añeja y entrañable industria, al estar regada por cientos de corrientes de agua. Así nos cuenta la historia, como por estos andurriales en la Edad Media, la fuerza humana dio paso paulatinamente a la hidráulica, para abastecer con sus ingeniosos cacharros, la muy necesaria harina panificadora, que alimentaba los redondos hornos de piedra, de que disponía a su entrada, toda casona de la comarca que se preciara. Para elaborar el alimenticio pan mata fames, incrementándose su uso sobre todo con la elaboración de la sabrosa boroña, a la llegada y cultivo en gran escala del maíz, después de ser importado por los indianos de sus queridas Américas.
Tiene su encanto la situación de estos polvorientos ingenios facedores de farina, siempre escondidos entre espesas arboledas, agazapados en escarpadas laderas fluviales, rodeados de un halo de leyendas, de atrayentes amoríos y de placeres ocultos y pecaminosos entre blancas, enharinadas y fantasmales xanas. La escasa luz permitida pasar por las tupidas copas de los árboles, a menudo incrementada la penumbra por la húmeda y espesa niebla, crean un ambiente propicio, con sus caminos casi siempre alfombrados de hojas secas, que amortiguan sin duda los cautelosos pasos del caminante y en su día el metálico de las herraduras de la yegua que transportaba el grano o la molienda, el continuo chapotear rumoroso del agua clara, que contrasta con el perenne silencio del bosque, solo turbado las jornadas ventosas, en que le acompañan el coro de los agudos silbidos y quejidos de los árboles en un extraño concierto. Levantas la vista y te quedan las pupilas encandiladas, siguiendo el ágil salto de rama en rama de las juguetonas ardillas, y cuando llega el atardecer el mustio canto del búho te envuelve y droga, sin querer apuras el paso que te lleva en volandas por las estrechas veredas, sin casi rozar el suelo.
En Ribadesella dentro de la conocida como riega de Trasmonte, se apiñan y encadenan a entrambos lados, los restos de varios centenarios molinos. Aún se conservan un par de ellos en buen estado, con tolva muelas y rodeno. Uno se brinda con la puerta abierta, y se podría hacer funcionar fácilmente, si nos lo propusiésemos –tan sencillo como, abrir la compuerta que da paso del líquido a la presa- y con ello llevarnos a casa unos buenos puñados de harina olorosa y tibia, recién molida. Corto y sencillo paseo por rincones que nos insinúan animados tiempos pasados, cargados de nostalgia y recuerdos junto al mítico Sella, cercanos caseríos abandonados, antiguas moradas de gentes instaladas ahora en las aledañas villas y ciudades, y que de seguro todas las noches regresan volando en sueños, a dormir sus alucinantes aventuras, en estos aislados y aldeanos parajes, llenos de vida a esas horas del alba, en contraste con la quietud imperante todo el resto del día.
Como final nos vamos al principio, comienza la caminata en un pueblo muy especial, se denomina Cuevas del Agua y se llega a él, a través de una oquedad que en su día debería haber tenido cientos de estalactitas -hoy quedan cuatro- la carretera se pierde en sus entrañas, llevando a su lado un pequeño riachuelo, y no vayan a creer que se traspasa la montaña como suele ser lo común, mediante túnel al efecto, sino que lo hace a través de una cavidad natural. Transitas tan campante por el asfalto cuando te ves introducido en una cueva de apariencia secreta con altas bóvedas iluminadas. Tiene unos trescientos metros de longitud y no es lineal, te obliga a serpentear, convencido que de repente el día se hizo noche y que estás atrapado por un sueño alucinante. Quedas sorprendido al desembocar en el pueblo, al que limita a un lado el Sella, que transita anchuroso con abundante agua, tendido y muerto. Ladran los perros a lo lejos, los gallos y gallinas pacen por los caminos como antaño, las casas y hórreos con las puertas trancadas, el pueblo aparenta estar solo y dormido, si acaso se escapa de alguna chimenea un humo blanco delator, aunque las huertas sembradas de coles y nabos, seguidos de una extensa plantación de kiwis, aledaña de otra más normal en estas latitudes, en que se alterna los manzanos viejos cargados de arfueyu con jóvenes retoños, niegan la teoría del total abandono. No llueve y se respira una relajante calma chicha. Dejas el coche aparcado entre las casa y te aventuras en lo que promete ser y de hecho fue, una agradable caminata.
El libro de hoy es de Juan Goytisolo y lleva como título Mar Menor.
Son 24 páginas que se leen en un periquete.
Presa y cubo
































































































































































































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