MAX Y LOS CHATARREROS

Volkswagen Passat = Caca pinchada en un palo. Por Max. Capitulo nº1

Posted in General by maxalvarez on mayo 17, 2012

Os preguntareis que gano con esta campaña, en realidad nada de nada, si acaso perder el tiempo, pero en esta pendeja mercocracia en que nos tocó vivir, deberíamos acostumbrarnos a denunciar más los atropellos, a no dejarnos intimidar por los poderosos, a no callar ante las fechorías perpetradas por tanto hijo de mala madre, de los millones que pueblan este inmundo, por ello me doy por bien pagado, si consigo que una docena de posibles compradores del Volkswagen Passat, o tienen la desgracia de caer en esa cueva de ladrones y estafadores que llevan ese rótulo, se lo piensen mucho antes de dejarse atrapar en las garras de esos desalmados.

La pesadilla en realidad comenzó hace unos años, cuando en mala hora decidí acercarme al concesionario Astur Wagen para encargar el auto. Días antes el anciano Nissan Primera –contaba con casi 18 años- Aquello si era un auto de verdad, ¡no me dejó tirado nunca! ¡miento! Excepto el día que entregó su alma nipona al chatarrero Cañamina, después de casi llegar a los 300.000 km, acompañándome fielmente por las caleyas asturianas, que no está nada mal para un coche de gasolina.

A lo que íbamos, bien es verdad que la costilla me venía advirtiendo que aquellos cabezas cuadradas no podían hacer nada curioso, y yo sin hacerle caso ¿qué quies? Estaba aducido y engañado por el espantajo de la fiabilidad y controles de calidad de aquellos que a la postre, resultaron ser unos perfectos cuatreros y estafadores, unos cabezas de chorlito.

La cosa parecía marchar como miel sobre hojuelas, coche nuevo, potente, tenía reprís, aparentemente iba de maravilla, pero el mal discurría parejo como la carcoma, era la novedosa obsolescencia programada, sí ese invento de obligarte a que tengas que cambiar el articulo después de unos años de uso, ya que fue programado para durar ese tiempo. En mi caso hay que quitarse la gorra, merecen una medalla. El auto tenía una garantía de tres años y podéis creer que dos meses después de caducada esta, se fue al carajo el primer inyector, como si de una maldición bíblica se tratara.

Recuerdo que era fin de semana y circulábamos por la autopista de Gijón a Avilés dispuestos a hacer una caminata por la costa, un poco antes de llegar a Tabaza, de pronto el coche que no va, piso el acelerador y que si quies arroz Catalina, apenas me dio tiempo con el impulso de la marcha el arrimarlo al arcén. Fue toda una experiencia inolvidable, nunca había hecho una parada en la autopista en un día de intenso tráfico, mientras colocaba los triángulos llegué a sentir miedo y es que te movían como una hoja de otoño al pasar como centellas por tu lado los tronantes autos locos. Llegó la guardia civil cuando contactaba con el seguro para que me enviasen la grúa. Por supuesto la caminata programada se tuvo que posponer y dejar para mejor ocasión.

Total unos días sin coche y menos mal que por aquel tiempo podía disponer para trabajar del Skoda del hijo que por aquel entonces laboraba en la Pérfida Albión. Al parecer se le había estropeado –cosa por otra parte según decían muy rara- un inyector de lo más fiable que había fallado el pobre (después me enteré de la verdad ¡fíate tu de los controles de calidad de los alemanes! que son de risa, el 90% de aquellas tandas dieron problemas) Con uno y con otro el importe de la reparación venía a rondar los 700 €.

Continuará…

Para quitar el mal sabor de boca siguen unas fotos de Gijón y Avilés que tomé hace un tiempo, eso sí con un recordatorio de lo que le puede esperar al amigo lector si tiene la mala tentación de comprar un Volkswagen.

Playa de Xagón en el concejo de Gozón. Por Max.

Posted in General by maxalvarez on noviembre 17, 2011

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Era domingo por la tarde y estábamos un tanto cansados del encierro entre las cuatro paredes –llevábamos todo el día enjaulados en el dulce hogar- así que de común acuerdo con mi querida compañera, montados en el auto, tomamos la Y griega dirección Avilés, nos desviamos a su entrada por la carretera de Luanco y unos metros más allá seguimos a la izquierda rumbo a San Juan de Nieva, terminando por aparcar en una curva, al poco de iniciada la bajada a la playa. Es lo bueno que tiene el vivir en una ciudad de tamaño ideal y contar con unos alrededores de ensueño, a los que puedes llegar en menos de media hora de auto.

Cualquier época del año es buena para pasear, descansar, o trotar al borde de este extenso arenal de unos dos kilómetros. Puedes disfrutar a pleno pulmón de los olores frescos y húmedos de la mar, admirar su amplia panoplia de colores verdes, azules u ocres, y con un poco de suerte hasta acertar a ver surgir los destellos del sol del mismo agua, a la llegada de la noche; ¡en fin! el motivo y beneficios estaban claros, el contagiarte de la vida sensorial que esparce este generoso arenal, en toda su extensión y sin cobrarte nada por ello.

Esta playa pese a la proximidad de Avilés no se queda pequeña ni en pleno verano, hay sitio abondo pa todos, sean estos surferos, jugadores de raquetas, amigos de hacer volar la cometa, o xugar a la pelota, ahogar las pulgas del perro en el agua, bañarse en porrica… u lo que se tercie, y nada digamos de los aficionados a la pesca con caña que a veces son legión, dada la merecida fama de que goza esta amplia puesta, gracias a las lubinas que dicen haber capturado por aquí, aunque por lo general los de este gremio, ya sabemos que suelen ser un poco exagerados; y hasta los más arrojados practican el parapente y vuelan como moscardones sobre tu cabeza, después de lanzarse desde el alto acantilado. Absolutamente todos sin discriminación, tienen su acomodo, aunque sea en las horas alrededor de la pleamar.

Caía la tarde y éramos muy pocos los que en aquellas horas tardías, nos aventurábamos aquel festivo en la playa. Sobre la línea donde mueren las olas, alguna osada sujetaba con una mano los botines de charol y del otra le colgaban los calcetines como bandera al viento, con el pantalón subido por encima de las rodillas, caminaba por la orilla empapando sus pies desnudos en la espuma que debería estar helada. Si no fuese por las engorrosas medias que me comprimen las malvadas varices, seguro hubiese caído en la tentación de imitarla. Al fondo dos jinetes montados en sus yeguas, galopaban al borde del agua dejando en la arena húmeda, bien marcado su herrado y caprichoso sendero.

La espuma del pequeño temporal dibujaba cientos de surcos blancos sobre la superficie levemente rizada, y dado que estábamos pesarosos por no poder gozar a plenitud del agradable dibujo, así que decidimos elevarnos para poder contemplar aquella maravilla a vista de pájaro desde las alturas de Cabo Negro, por lo que tuvimos previamente que recorrer toda la extensión del arenal. Vuelta la vista atrás según íbamos ascendiendo por el acantilado, la ciudad de Avilés volvió aparecer con su ría, a nuestra izquierda como una espuma azul, detrás de la península de San Juan de Nieva. Cuenta este extenso arenero con campos dunares y un par de lagunas interiores donde se refugian y solazan entre sus juncos, varias especies aladas y varias más de sangre fría. Cerca de la orilla, se perfiló una sombra, borrosa de principio, fue poco a poco agrandándose, dibujándose. Era un barco que esperaba para adentrarse en la ría, y según avanzábamos por la playa, fue descubriendo el amplio volumen de sus bodegas.

Acunado por la brisa que llegaba del mar, entre dos mundos uno líquido y azul el otro sólido y amarillo, pensaba en la pequeña humanidad, en la ajetrada e insignificante vida, tan modesta y hostigada, esperando que llegue el lunes para volver a la rutina y moverte como un grano de arena perdido en la polvareda de los mundos, sumido en la miserable legión de hombres, diezmados día a día por las enfermedades, aplastados por los terremotos financieros, sacudidos por un mundo que gira y gira sin control. En esos míseros seres casi invisibles al final del arenero y tan cerca de la gran urbe, tan vanidosos y locos, tan pendencieros, que se ocupan en perder el tiempo matándose unos a otros, no teniendo más que cuatro días para vivir y disfrutar de estos paraísos que todavía –por poco tiempo- nos brinda la naturaleza.

¿Hay algo más agradable que dejar correr el pensamiento, mientras se avanza con parsimonia por el borde del acantilado, muy cerca del pueblo de Laviana? Envueltos en luz, acariciados por la brisa, caminamos contemplando las olas que van llenando de paletadas con destellos amarillos y blancos el grandioso lienzo. Desde arriba contemplaba maravillado la inmensidad de la rectilínea playa y poco cuesta imaginar, que aquellas diminutas viviendas que apenas se divisan en la lejanía, encaramadas en lo alto del istmo de San Juan, que en un día no tan lejano, seguro que mismamente aquella que aparece aislada junto al camino que serpentea, era antaño una reducida vivienda de pescador, con paredes de barro y techo de paja; que tenía frente a la puerta un huerto grande como un pañuelo, donde crecían algunas cebollas, coles y perejil, todo ello rodeado por una empalizada de troncos de castaño. El hombre ha salido a pescar, la mujer está remendando las redes tendidas a lo largo del muro de cierre, como una inmensa tela de araña.

En la leve niebla dormida sobre la playa no calaba el más leve soplo de aire. Parecía una nube de algodón recostada y dormida sobre el agua, se distinguía la orilla, aunque confundida con los vapores de formas raras de las nubes. El perfil de una pareja corriendo con el perro se destacaba sobre el oscuro acantilado del fondo y el reflejo claro del sol sobre la orilla húmeda. Las asemeyas ya no salían nítidas, no cantaban los gallos pero si ladraban los perros, sonido que llegaba apagado desde los dispersos núcleos habitados. El mar se estaba tranquilizando si acaso continuaba un poco rizado; aun así me sentí emocionado por el silencio extraordinario que se adivinaba envuelto por el fondo rumoroso de las olas. Todos los animales, ranas y sapos, esos cantantes nocturnos de las lagunas dunares, aparentaban estar callados. La noche poco a poco hacía su presencia y no apetecía marcharse, de pronto, a mi derecha, muy cerca de mí, una rana croó. Me estremecí. Se calló. Fue la señal de dar comienzo al regreso.

Denomino esta playa como Xagón por que mi suegra Nieves –ya fallecida- así la llamaba y como nacida y habitante del concejo durante toda su vida, seguro tenía sus poderosas razones para hacerlo.

Disputas desde el canto de la sepultura. Por Max.

Posted in Asturias, Cuentos, General by maxalvarez on junio 30, 2011

El viejo Leandro “alias el Peque” había sido toda su vida lo que se dice “un viva la virgen” Logró terminar -a duras penas- los estudios de Perito en la vieja escuela de Gijón, y se podría decir también –sin faltar a la verdad- que lo había hecho en régimen de -semi distancia- que era la que existía entre el vetusto caserón y el bar el Túnel, aula alternativa, donde los jóvenes y menos estudiosos aspirantes a peritos, aparte de relacionarse, adquirían provechosos conocimientos de barra y mostrador; en compensación a tamaño esfuerzo, su cuerpo normalmente se veía regado interiormente, con abundante tintorro y externamente con alimenticias raciones de tapete verde, al fin y a la postre era para ellos, el aula magna y donde se pasaban la mayoría del tiempo. Lo que no fue obstáculo para que años después, puesto a trabajar, asociado con otro compañero, hubiesen fundado una empresa de trabajos eléctricos en la ría de Avilés, en la avenida Conde de Guadalhorce y que al amparo del descomunal crecimiento de ENSIDESA, progresara él también, en la recaudación del vil metal, logrando un éxito más que notable.

Entre medias haciendo gala de su espíritu siempre decidido, se había casado con una lugareña de la villa del Adelantado, aunque el matrimonio con Adela, desde el principio se desarrollara en un ambiente tan espeso –por entonces- como el de la misma contaminada urbe. No exagero si digo que Adela no era agraciada, ya de joven, pequeña y con la cara grande, cuerpo demasiado cuadrado y tetón, sin cintura, en ella el sexy brillaba por su ausencia, aunque hay que reconocerle que tenía unos labios hermosos, carnosos y bien dibujados; era su mayor mérito para quien supiese descubrirlos, y fuese capaz de imaginar y sentir sus besos, cualidad que dudo mucho estuviese en condiciones de apreciar “el bala perdida” del Peque. Su desmadejada manera de vestir realzaba sus débiles atributos femeninos. Las faldas le parecían repicar siempre de un lado. Sin lograr tener hijos, que vinieran a paliar la falta de entendimiento en origen, acabando por descarrilar del todo el desigual matrimonio –fruto de una cogorza, como confesara él, en alguna ocasión- años después, con la disculpa de una joven secretaría, con la que terminó encoñándose, “el pestaña alegre del Peque” Aunque en aquellos tiempos no existía el divorcio, a menudo se solía practicar el “ahí te quedas” con lo que pasó a vivir a su Xixón del alma, con su querida. No teniendo impedimento para repartirse con su ex, un viejo caserón de indianos –como bien ganancial- formado por dos amplias viviendas, muy cerca del centro de la urbe -total no pensaba habitarlo nunca-

Aunque ya no era conocido por “el Peque” con los años había ascendido a D. Leandro, había perdido su abundante cabellera negra, sus encías –como es lógico- aparecían menos pobladas que en sus años mozos, y su andar se había vuelto lento y moroso. Jubilado hacía un tiempo, recuperó los hábitos de solterón a la fuerza, después de ser abandonado por la secretaria que se cansó de lavarle los calzoncillos… y dado que entonces tampoco se conocía la viagra, ante el evidente enfriamiento de la pasión y parece ser que el asunto tampoco funcionaba mucho más allá –los años no perdonan- O por lo menos al ritmo que le exigía la diferencia de años de su compañera, quedando más solo que la una, y lo que es peor ¡casi sin cuartos! Terminando por verse obligado a regresar sus escasas pertenencias, a la parte que le correspondiera del olvidado caserón, cercano a la céntrica calle Galiana.

Se instaló en la vieja mansión, que aunque estaba un poco marchita, daba la apariencia de haber sido un caserón distinguido. A la entrada contaba con un par de palmeras, detrás de un muro de piedra y donde venía a dar una calle arbolada, tranquila y perfumada. Con casas bajas a los lados y por la que escasamente se aventuraba algún coche; toda la algarabía se reducía a unos chiquillos los domingos por la tarde, que solían tomarla como cancha, para sus juegos de pelota. Calculaba que con un poco de suerte le quedarían diez o quince años de vida, su camino estaba más que trazado: sin sorpresas, solo, sin parientes allegados. Se podría considerar que le esperaba una vida poco menos que paradisíaca, mientras se valiese por si mismo. Sus largos días los dedicaría a escuchar música, leer cuentos, novelas, y evocar escenas de la infancia, dormir la siesta y dar largos paseos hasta el parque del Muelle, cruzando el casco antiguo, que todavía conservaba su vieja prestancia señorial. Estaba decidido a que desde el primer día, el contacto con la recuperada urbe, se tornase reglado y selectivo: cultivar el ocio, tirado a la bartola en casa, y como excesos, girar una visita temprana -un par de veces al mes- a un distinguido burdel, terminando con una cena en casa Lín, Alvarín o la Parra y de postre regresar en taxi, acompañado de una buena borrachera.

Sabido es que en esta vida nada sale como nos proponemos, y el diablo dicen que no descansa… así es que en el recodo más virginal e inocente, nos espera la vil serpiente, acechando escondida, con toda su carga de veneno. Los fantásticos planes de vida muelle, para su vejez, pronto se vieron alterados. No contaba con que la vieja y rencorosa Adela, con los años, había acrecentado el odio que le profesaba. Salió al balcón que daba a la fachada interior del caserón, justo cuando su ex –todavía más gorda y desfigurada que la última vez que la viera- asomaba con un pañuelo negro de bruja, amarrado a la cabeza, al verla reculó para adentro trancando la puerta, siendo imitado por ella con un fuerte portazo. Fueron suficientes unas décimas de segundo de mirarse a los ojos para renovarse el mutuo encono.

¡Carajo! Sabía que un día u otro terminarían por encontrarse, pero no esperaba que al percibir la mirada de odio de ella, se despertaran en el los antiguos deseos homicidas contra la interfecta, rescoldos del fuego surgido, años ha, cuando tuvo lugar el pleito de divorcio. Le embargó un sentimiento de ansiedad, decidiendo que en adelante la postura a seguir, debería centrarse en espiar a su enemiga, rastrear todos sus movimientos, hasta encontrar sus puntos vulnerables, que ya tenía medio olvidados. Al cabo de una semana de monitorear todas sus idas y venidas, tenía confeccionada una hoja de ruta detallada: Se levantaba alrededor de las siete, hacía las compras en una tienda, al comienzo de la calle Galiana; a media mañana asistía a misa a la iglesia de San Nicolás de Bari, no solía recibir visitas, y bastantes tardes acudía a curiosear escaparates; conservaba su proverbial mal gusto en el vestir, y muchas tardes cosía y en tono bajo, berreaba a la vez –aquello que salía de su garganta, no se le podría considerar como cantar, de ninguna de las maneras- sentada en una vieja mecedora en el porche de la entrada.

Los primeros días de tanteo fueron tranquilos, aparte de algún que otro portazo, caños abiertos a deshora, nada parecía turbar la idílica paz que se respiraba en el ambiente, hasta que se le ocurrió escuchar un disco de Alfredo Kraus, sentado placidamente, disfrutaba con los ojos entre cerrados cuando… un seco golpe en la pared vino a llamar su atención ¿Qué fue eso? –se preguntó, quedando en suspenso, expectante, y de nuevo se volvió a repetir el golpe, paró el tocadiscos, llegando a sus oídos a través de la pared, el desagradable y conocido vozarrón:

-¿Vas a quitar esa música de mierda?

Leandro quedó helado, sabía por haberlo vivido, que el bell canto, no era precisamente una de las debilidades de su ex, pero atreverse a ofender al dios Kraus ¡era intolerable! Sin hacer caso, en venganza aumentó el volumen del tocadiscos. Cuando de la pared surgió nítido el insulto:

-¡Pedazo de cabrón! No te dije que me molestan esos aullidos de chacal.

Leandro quedó callado un instante después le gritó:

-¡Te aguantas, zorra!

En mala hora lo hizo, lo que siguieron ya no fueron golpes, seguramente se puso a dar la matraca a una cacerola. Leandro estuvo en un trís de ceder pero… adivinando que una cesión en aquellas circunstancias, le llevaría a una derrota segura, así que le dio a tope al volumen. Su ex siguió con la cacerolada, alternando con golpes en la pared y gritos destemplados, hasta que se cansó y abandonó la casa dando un portazo que hizo temblar todo el edificio. Este primer incidente halagó la vanidad de macho de Leandro, no se había dejado intimidar “se había salido con la suya”. En días sucesivos continuó con sus raciones de ópera, para dejar en claro quien mandaba en el edificio, solo contestadas con protestas apagadas, que llegaban a sus oídos con lindezas del estilo de:

-¡Ya empieza ese hijo de puta!

Que hicieron a Leandro sentir que el enemigo estaba acoquinado y se batía en retirada, y que por ende, la batalla estaba prácticamente ganada, pero…una tarde estando fumando, asomado a la ventana, vio a su ex jadeando cargada con un paquete voluminoso. Algo en su remango le vino a intrigar, así que optó por acercar el oído a la pared de las rencillas, escuchando al poco arrastrar muebles y canturrear alegre a la mujer. Al cabo de una media hora, de pronto la pared comenzó poco menos que a temblar y vibrar, impulsada por la voz desgarradora de una mujer, que después descubrió que se trataba de la cantante mexicana -Paquita la del Barrio- dando rienda suelta a sus desgraciados amores, e insultando sin piedad a los hombres. Leandro escuchó paralizado unas cuantas canciones, después harto puso en funcionamiento su tocadiscos con el divo a cuanto daba, su ex al notar la contra programación aumentó a su vez el volumen, volviéndose aquello una casa de locos, habían dado comienzo las primeras escaramuzas, de una incruenta guerra de las ondas.

Esta batalla duró varios días, las majestuosas óperas de Kraus, competían con los llantos, quejidos y los desabridos insultos, de la del Barrio, hasta que Leandro, cansado de que el dios Alfredo se viese rebajado a enfrentarse a pelo, con la pelandusca de la Paquita, decidió acercarse a Discorama y agenciarse unos cuantos discos de música de trompeta y marchas militares. Así que ahora menudearon los conciertos guerreros, enfrentados a los mariachis y el canto desgarrado de la mexicana, redobles de tambores y timbales, clarines y trompetas atronaban la rodiada, y menos mal que la casa estaba aislada por un amplio jardín. Aquellos días tuvo lugar una lucha grandiosa, con escaramuzas, ataques y contra ataques, aunque la similitud de fuerzas hizo que la guerra se tornase insostenible, hasta que ambos terminaran -ante la imposibilidad de que la balanza se inclinase de su lado- en caer en un armisticio tácito, casi al unísono fueron bajando los volúmenes, hasta terminar escuchando sus respectivos aparatos a un discreto volumen, o haciéndolo cuando el otro había salido, se puede decir que el resultado fue claramente: de un empate.

Igual que después de la tempestad, llega la calma, los dos contendientes se sumergieron en los placeres del armisticio y la paz recobrada. Procuraban no coincidir en la escalera ni en la galería de entrada, lo que traía consigo que tuviesen que estar pendientes uno del otro siempre. Así fue como Leandro descubrió que su ex y también vecina, dedicó un par de semanas a pintar el interior de la vivienda, siguiendo a continuación con la galería de entrada, la vieja mecedora la forró con un estampado chillón que ofendía la vista, y en la baranda situó una hilera de macetas vacías, que fueron llenándose en días sucesivos, de plantas que si mal no recordaba, deberían ser: geranios, dalias, peonías, claveles y otras que no lograba distinguir. Detrás del cristal Leandro vio surgir todo un vergel en la vecindad. Aunque Adela no se afanaba en silencio, entre dientes le escuchó mascullar más de una vez:

-Algunos no saben lo que es vivir decentemente y tienen su casa como cubiles de marranos.

Leandro no hizo aprecio a sus comentarios, pero le entró la mosca detrás de la oreja. ¿No sería aquello el inicio de unas nuevas hostilidades? -pese a la conocida tosquedad de su ex- ¿podrían ser muestras de una inusitada sutileza? ¿Estaría tratando de dejarlo mal de cara a las visitas? A Leandro no le apasionaban las flores -el era más de canciones, música y otras gaitas- de modo que renunció a competir con su vecina en este sentido, pero recordó haber visto en una floristería de la calle la Cámara, un pino que levantaría más de un metro, con el se hizo de inmediato, colocándolo a un lado de la puerta. Estuvo atento a la llegada de Adela –quería ver la impresión que le producía- la contempló subir bufando las escaleras, y como se detuvo asombrada y durante un gran rato como examinaba sin cortarse el esbelto arbusto, eso sí con cara de pocos amigos, terminando por soltar -al retirarse hacia su vivienda- una estruendosa carcajada.

Se sintió un poco desilusionado, ya que esperaba verla palidecer de envidia, no obstante hizo otra incursión a la floristería, en la que se agenció un acebo -cargado de bolas rojas y todo- que vino a situar al otro lado de la puerta, lo que tampoco pareció impresionar a su vecina. Completando poco después su particular vergel, con un tupido rosal que situó en amplia jardinera, contra la barandilla. Esta última planta fue la que provocó un fruncimiento de nariz de su ex, una mueca de abatimiento, que Leandro no dudó en interpretar como una muestra de la envidia que la corroía, la prestancia del rosal la había vencido. Para hurgar en la herida, cada vez que regaba su jardín, no dejaba de decir bastante alto, para que se le oyese:

– Geranios y claveles, florecillas sin chicha. Hay que tener mal gusto para cultivar tiestos de peluquera. La distinción está en los arbustos garbosos, que te dan la sensación de habitar en el campo.

Esta rivalidad campestre hubiera terminado en nada, si no fuese que Adela para acceder a su vivienda, debía pasar un trecho por delante de la habitada por el ex Peque. El pino había extendido sus ramas, lo mismo que el rosal sobrepasara con creces la barandilla, y lo que antes era un corredor amplio se había convertido en una gatera, por la que se debía cruzar con precaución.

Una tarde Adela al salir apresurada de casa, tuvo la mala fortuna de enganchar el vestido en una espina… los gritos y maldiciones despertaron a Leandro de la siesta, él al percatarse del tema, no se atrevió a asomar el focico y disimuladamente detrás de la contra a medio cerrar, siguió el desarrollo de los acontecimientos. Cuando ella se enteró que se había producido un desgarrón en el vestido, la emprendió a bastonazos con el pobre rosal, bajándose varias cañas. Leandro esperó pacientemente que ella se perdiera por el portón, restañó lo mejor que pudo las heridas del rosal, invadiendo a continuación la propiedad vecina, eligiendo una maceta con geranios a la que aplicó un leve empujón que la defenestró desde la altura, haciéndose trizas el tiesto contra el suelo.

Al día siguiente Leandro notó que un nuevo vendaval se había abatido contra su maltrecho rosal, esa misma noche no le quedó más remedio, que después de esperar que su fiera vecina se hubiese dormido, que echarle abajo una nueva maceta. Las represalias no se hicieron esperar mucho: Dos días después Leandro comprobó como su pino había sido desmochado –le habían cortado la guía- condenándolo a quedar mutilado para siempre. Presa del lógico furor, esa noche voló un par de macetas de su vecina, a mitad del patio. Al día siguiente su ex debió madrugar, ya que las bolas rojas del acebo estaban esparcidas por la galería, como si una cruel granizada se hubiese ensañado en la noche, con su indefenso arbusto. Llegados a este punto Leandro vaciló… si merecería la pena proseguir esa silenciosa y noctámbula guerra. No obstante esperó a media noche para dar un último golpe y destruir la joya de la corona de su ex –la peonía- dispuesto a ello, salió silencioso a la galería, caminando sigiloso como un felino, cuando de improviso se abrió la puerta de su vecina, apareciendo esta en bata:

-¡Te pillé sinvergüenza! ¡Crápula! Te aprovechas de esta desamparada mujeruca, para destruirle todas sus plantas.

-Me estaba paseando ¡Vieja fedionda! ¿Acaso voy a tener que pedirte permiso a ti, para salir a tomar el fresco por la galería?

-¡Mentiroso! Hoy te pillé con las manos en la masa, estabas a punto de empujar mi tiesto con la peonía, te tenía vigilado desde la ventana ¡Pedazo de cabrón!

-¿Qué dices…? ¡loca histérica!

-Además esto no va quedar así, te voy a demandar ante la justicia por daños a la propiedad.

-¡No te atreverás vieja pendeja! Cualquier día de estos te retuerzo el gañote –le espetó Leandro, mientras se recogía, haciendo oídos sordos a los postreros insultos, y sin haber logrado su objetivo de destruir la última y preciada joya de su enemiga.

Leandro tardó en dormirse, en parte por estar con el oído atento por si a su ex se le ocurría terminar de arrasar sus arbustos. Por la mañana comprobó que nada nuevo había acontecido, y sintió que estaba sin coraje para prolongar más la reyerta. El intercambio de insultos parecía haber aplacado los ánimos de contienda de ambos. Inaugurándose una tregua; ya sería valioso, aunque solo fuese un armisticio, sin haber sellado una paz duradera, esperaba que por lo menos fuese prolongado.

Siguieron unos días de calma chicha, empero su vecina desarrolló una febril actividad, arreglando los tiestos y alguno más que mercó, para sustituir las bajas tenida en la contienda, regando en abundancia las flores y macetas, hasta que un día a la tarde apareció un taxi y vio como se introducía en el su ex, todo lo compuesta que cabía esperar –la verdad tenía mal arreglo- y por lo que escuchó dedujo que se dirigía a pasar unos días al balneario de las Caldas –cerca de Oviedo- lugar donde los viejos se juntan en pandillas, para tratar de desafiar la guadaña, o cuando menos espantarla por una temporada.

Aquello era lo más parecido al paraíso, escuchar las óperas hasta altas horas de la noche, desde el corredor con las piernas apoyadas en la barandilla, con un tiempo primaveral, en pijama, fumando y bebiendo, y hasta una tarde tuvo el atrevimiento de tumbarse en la mecedora de su ex, quedando transpuesto, hasta que el frío del relente, vino a despertarle.

Mas la tranquilidad nunca es eterna, un día apareció de nuevo Adela, bufando como de costumbre al subir la escalera, eso sí un poco más morena de cara, fueron seguidas sus evoluciones disimuladamente desde la ventana por Leandro, tratando de adivinar si los días de cura termal, la habrían persuadido de las ventajas de proseguir con la convivencia pacífica. Dedicó los primeros minutos a reanimar con abundante agua, sus mustias plantas, continuando en días sucesivos con sus viejas rutinas, quizá con la expresión en la cara, menos avinagrada a como solía.

Esa semana sin tener la preocupación de vigilar a su vecina, había servido para que Leandro se parase a pensar en la conveniencia, de contratar unas manos femeninas que le ayudasen en las tareas del hogar. Con la comida –mal que bien- se iba apañando, y visto que la limpieza del hogar y el lavado y planchado de la ropa –aparte que no se le daban demasiado bien- cada vez le daban más pereza… con lo que la suciedad y el desorden amenazaban, con convertir la casa en una suerte de pocilga y a él mismo en un desastrado pordiosero. Así que decidió contratar una muchacha, que un par de veces a la semana, le echase unas manos, en esas delicadas tareas. Total con la jubilación y las cuatro perras de que disponía en Cajastur, se lo podía permitir, además para los pocos años que seguramente le restarían por vivir, tampoco era cuestión de privarse.

Doña Adela -en principio- no se percató de la novedad sobrevenida en su ausencia, pero… después de observar varias veces la llegada de una mujer sola, verla penetrar en casa de su vecino, y permanecer dentro largo rato, comenzó a sospechar que algo no demasiado santo se estaba cociendo en su vecindad, no tardando en poner el grito en el cielo: ¡Hay que ver lo callado que se lo tenía el muy crápula! ¡Mira tú por donde, ahora se echó barragana! ¡A la vejez viruelas! ¡Atreverse a meter mujerzuelas en la casa! ¡No puedo permanecer callada! ¡Esas cochinadas al burdel! ¡No se puede consentir que convierta una casa decente y con buen nombre, en un lupanar! ¡Como que hay Dios que lo tengo que denunciar al Ayuntamiento! Leandro que había acudido a la puerta ante el guirigay de quejas de su vecina, no le quedó más remedio que enfrentarse a ella directamente.

-¡Es mi empleada del hogar, vieja fedionda y mal pensada!

Ambos comenzaron a insultarse a voz en grito, haciendo oídos sordos a los argumentos del contrario, terminando por darse la espalda y refugiarse en sus casas. Leandro entró refunfuñando, gesticulando, evidentemente afligido y nervioso, tan pronto se sentaba, como se levantaba para apoyarse en la ventana, mirando hacia fuera, hablando solo:

-Esta vieja asquerosa, no me deja vivir en paz, va conseguir ponerme de los nervios.

En días posteriores Adela extremó la vigilancia, saliendo al paso de la pobre muchacha, que sin comerlo ni beberlo, se vio envuelta en la refriega y también insultada gravemente. Aquella añeja enemistad entre los dos viejos ex esposos, tomaba tintes de delirio. Ella seguramente terminó por comprender que la visitante era solo una inocente empleada, pero embarcada en una nueva cruzada, que le daba todas las de ganar, continuó sin dar un paso atrás. Mientras tanto Leandro, visto que las apariencias lo condenaban sin remisión, se mantuvo a la defensiva. Hasta que el diablo vino en su ayuda, brindándole la ocasión de tomar la iniciativa de nuevo.

El caso es que doña Adela, un día -por más esfuerzos que hizo- tuvo que admitir que se le había atascado el desagüe… el del fregadero -no el de ella- del que si se le preguntase al ex Peque diría: que seguro tenía ¡hasta telas de araña! Ante la posibilidad más que cierta de inundación, decidió llamar a la ferretería para que le enviasen un operario. Así fue como por la tarde apareció un sudamericano cargando un maletín con herramientas. Leandro, nada más verlo, ya supo de sobra a que había venido el fontanero, pero no quiso desaprovechar la ocasión de vengarse, así que en cuanto se ausentó el trabajador, salió a la galería e imitando a su tenor favorito, improvisó el canto:

-¡La vieja chocha tiene un amante! ¡Mucho rezar y darse golpes de pecho, en San Nicolás de Bari! ¡Para después terminar metiendo en la cama, un sudamericano! ¡Que lo sepa todo el mundo, la vieja hipócrita anda liada con un sudaca!

Al instante ya había acudido su ex, acalorada, roja como cresta de gallo, amenazándole -desde sus dominios- con el bastón levantado, aquello fue arder Troya, mientras se cruzaban insultos, babeando, gruñendo: ¡Cornudo! Replicado con: ¡Vieja puta! Respondido con: ¡Eso si que no te lo consiento! Desafiado por: ¿Qué me vas hacer? ¡Si ya no hay quien te eche un polvo, ni pagando! Toma y daca, que terminó como casi siempre, dándose la espalda y rematando con sendos portazos, que hicieron temblar el vetusto edificio.

Llegada a esta altura del relato, el narrador ve conveniente hacer una pequeña migración, cambia de posada, se muda aquí al lado, a la vecina casa de doña Adela, desde donde seguirá las evoluciones de la disputa, para que no me tachen de machista y de atender a un solo lado del contencioso.

Hay que admitir que esta vivienda tiene una pinta muy distinta: limpia y reluciente, ordenada y con cada cosa en su sitio, ¿Dónde vas a parar? nada que ver con el antro de su vecino.

El caso es que a los pocos días estando Adela a punto de recogerse en su habitación, cuando una algarabía vino a perturbar el silencio con que el prieto manto de la noche, pretendía convencer a los habitantes de la mansión la conveniencia de adoptar la posición horizontal. Voces destempladas llegaban del pasillo de entrada:

-¡Adela! ¡Sal al pasillo, que tengo ganas de juerga! ¡Vengo caliente como una fragua! ¡Hoy va arder la quintana!

-Abre vieja bellaca, que vengo dispuesto hacerte un fío… Lo que no pude hacerte de joven, voy hacerlo de viejo -después se paró en seco- y soltaba unas estruendosas carcajadas. Tanteaba el mantener la vertical, al poco se decía: -¡Rediós, que borracho toi!

A Adela, detrás de los visillos con la luz apagada, se la notaba nerviosa por el escándalo, hasta sintió miedo al verlo de aquella facha, la camisa casi desabotonada, brillandole a la luz del farol de entrada la blanca panza, con la falda fuera, pasó por delante de la ventana tambaleándose, intentando mantenerse tieso, terminando por asirse a la barandilla para no caerse, reculó, no encontraba la puerta, hablaba solo. Por esta vez permaneció callada aunque se dijo: “Viene bueno el viejo asqueroso, no faltaba más que ahora también le de por la bebida y termine en alcohólico ¡Menuda me espera!”

Por momentos cambiaba la voz y se ponía meloso:

-¡Déjame pasar amor mío! ¡Cariñín recuerda lo bien que lo pasábamos cuando éramos jóvenes! No creas que por que ya la tenga medio difunta, si te aplicas en una buena mamada, todavía se me levanta y hasta cumplo.

El encontrar el agujero a la cerradura de la puerta, fue un trabajo delicado de precisión, aunque al final resultó un verdadero triunfo, el lograr encajar la llave en la raja. Traspasada la puerta, nada se oyó, la noche quedó en silencio.

Durante el día Adela, estuvo pendiente del ruido que podría llegarle de la estancia vecina, ni una señal de vida daba; llegada la tarde se decía:

-¡Da gusto, que tranquilidad! El muy canalla duerme la mona a pierna suelta.

Al día siguiente por la mañana, mientras se entretenía en regar las plantas de la entrada, un poco extrañada de que su ex no hubiese dado ninguna señal de vida en las dos últimas jornadas, se asomó a su ventana con precaución, no fuese a salirle con alguna de las suyas. Creyó distinguir un bulto tirado en el suelo y se dijo:

-El crápula tuvo su merecido ¡seguro que palmó!

No obstante entró en casa desasosegada y se apuró en llamar a la policía, al poco llegaron los municipales, junto con los bomberos, forzaron la puerta y se encontraron con Leandro tendido en el suelo, muerto no estaba pero le faltaba poco, fue transportado por una ambulancia al hospital de San Agustín, donde quedó internado en cuidados intensivos.

Los primeros días Adela los pasó encantada, escuchaba la radio y hasta de vez en cuando se permitía poner en el tocadiscos a Paquita la del Barrio, mientras arreglaba las plantas, sin tener que privarse de disminuir el sonido, disfrutó de una paz y sosiego, ya casi olvidados pero… con el paso del tiempo notaba que se iba amodorrando, comenzó a aburrirse, a darle vueltas en la cabeza a su vida anterior, a pensar y recordar: “He sido la mujer y la criada de ese calostro, y aunque ahora le odie… él ha sido todo lo que más he querido, todavía tengo los ojos resecos de tantos y abundantes lloros. ¡Me las hizo pasar canutas! Pero en el fondo tenía algún resto oculto del antiguo cariño, por aquel maldito bribón que le había dado tantos disgustos.

Habían pasado unos tres meses, durante este tiempo Adela, hasta se decidió un día a ocuparse de regar el rosal, el pino y el acebo de su enemigo, al verlos mustios y sin que nadie aparecía por allí; contando con que los arbustos no tenían la culpa de que su vecino fuese un descuidado y los condenara a secarse. Cuando una ambulancia apareció un día de improviso, de ella fue bajado en silla de ruedas su ex Leandro, Adela espió intrigada el trajín, observó como se manejaba con dos muletas, pero la mayoría del tiempo se movía sentado en la silla de ruedas. Al día siguiente de su vuelta, mientras barría la galería de la entrada, lo vio recelosa, mirando con el rabillo del ojo, como se le acercaba impulsando la silla con sus manos, hasta estar a dos pasos, diciendo con una amabilidad desconocida:

-¡Ángel de mi guarda te debo la vida! ¿Cómo podré pagártelo?

-No necesitas pagar nada, hasta el más mísero can, merece que le echen una mano, cuando se encuentra en peligro de muerte.

-Tenemos que hablar, ya ves que quedé bastante jorobado y quisiera hacer las paces, sé que soy culpable y me porté muy mal contigo, pero estos meses que pasé ingresado, me sirvieron para recapacitar y tengo el firme propósito de tratar de reparar en lo posible el daño. Dirás que es puro egoísmo, pero acerté a ver la muerte tan de cerca, que pienso ese golpe me ha cambiado.

-¿Ahora me necesitas? ¡eh castrón! Pues te jodes y aguantas. –le contestó ella mostrando bien a las claras su añejo encono y resentimiento.

-Te pido que lo pienses con calma, sin duda te hice mucho daño, pero… quisiera que no despreciases un corazón que ahora –por la causa que fuere- late con más fuerza cuando tu te acercas.

En principio se dijo que ni “farta de sidra” pero después lo pensó mejor…

-¿Por qué no? En mi mano está el hacerle pagar las que me hizo, todas juntas.

Así que días después, cuando él insistió en preguntarle por la decisión que tomara, haciéndose rogar: dio su consentimiento, no sin antes dejarle en claro dos puntos: “Dormirían en habitaciones distintas” –no estaba dispuesta a que los ronquidos de su ex la desvelaran- “Nada de acercamientos íntimos”

Era la hora en que la ciudad con sus luces artificiales, comenzaba a domeñar y pasar por encima del brazo de mar de la ría; el sol, que acababa de ponerse, había dejado el cielo rosa a su paso, salpicando de polvo de oro el horizonte entre San Juan y Salinas; la Ría sin una arruga, todavía mantenía cierto resplandor, bajo la tenue luz del día agonizante, parecía una plancha de metal galvanizado, olvidada por ENSIDESA a un costado de la urbe. Desde la galería los dos viejos, contemplaban lejos, a su izquierda hacia el oriente, la montaña con el pico Gorfolí, como lomo de ballena dibujando su perfil negro, en contraste con el púrpura pálido del occidente.

En él se había producido una aparente y radical transformación: el abandono, la soledad, la impotencia, la necesidad, habían obrado el milagro. Llegaba la noche y ya no sentía la necesidad de chillar de placer como la lechuza, en el lupanar; ni de correr por los desvanes del placer, como hacen los gatos detrás de las gatas; ni siquiera el impetuoso deseo de amar se encendía en sus venas. Solo la melancolía del crepúsculo hacía pesadas las palabras, produciendo un sentimiento de ternura en el alma del desvalido Leandro.

-Adela, dame un beso –le soltó de improviso.

-¿Qué quieres? –le preguntó ella, como si no hubiese oído bien, contestando a continuación:

-Eso ¡Pídeselo! a una de esas pendejas, a las que eras tan dado.

-Nada que hacer con este pobre viejo, no hay nadie le tenga un poco de compasión –dijo él quejoso.

-¡Anda ya! ¿Tenerte yo compasión? Da gracias que te hago compañía, y te preparo la comida, aparte de eso, no pasas de ser mi perrito faldero, que llevo donde quiero ¡y sin rechistar! Ahora estás en mis manos.

Era digno de admiración el repentino cambio obrado en aquel hombre, pasar de la noche a la mañana, de ser en su juventud, a jornada completa, un “viva la virgen” ahora en la vejez a: ver a una sola persona, tener un solo pensamiento, un solo deseo y un solo nombre –a todas horas- en los labios… “Adela” que ascendía de continuo, como el agua de un manantial, desde lo más hondo del alma hasta los labios, nombre susurrado y repetido, como una plegaria, seguramente más por obligación y necesidad que por otra cosa.

Igual que les pasa a los alcohólicos con su enfermedad, aquello que se ama con violencia, sin duda, acaba por matarlo a uno. Leandro desde su silla al sereno, miraba sobre su cabeza, el río negro perlado de estrellas, recortado en parte por el tejado del caserón, ondeando como un caudaloso torrente de astros. Brillaban tantas luces allá arriba y daban tanta luz, como abajo las farolas de la ciudad, dejando la sensación de iluminarse las tinieblas, así pensaba que no es de extrañar que muchas personas, prefieran la alegría de las noches claras, que los más esplendorosos días de sol.

Recordaba como cuando era joven, amaba la noche con loca pasión y la había vivido ¡de que manera! sin que un solo sentido, quedara al margen: con los oídos escuchó durante muchos años, su silencio animado; con los ojos veía su tenue sombra, que hacía que todas las gatas fueran pardas; con el olfato respiró cientos de noches “de sidra y farra” y hasta las tinieblas cariñosas, acariciaron bastantes veces, su carne. Ahora igual que el búho huye en la noche, a él también le gustaría huir, pero no puede, está atrapado en un cepo, lo más seguro es que ya esté muerto sin saberlo.

En su abandono le había crecido una obsesión y un deseo, conseguir a toda costa un beso de ella, creía en su loco delirio, que un beso de su ex mujer le transportaría a los cielos… –era a lo más que llegaba- igual que labio llama a labio; después esperaba que su sueño continuara con la más sabrosa de las caricias, que embriaga como el vino y que fuese como la fruta en sazón que te perfuma la boca; ya ni siquiera amaba la carne… -y más le valía por que ella nunca había sido: bella, blanca ni tersa- Como se suele decir: “…después de viejo gaitero” aquella boca que con los años había ganado blandura, que cuando abandonaba el rictus amargo y se limitaba a sonreír, le tenía hechizado, y se había convertido en su fetiche. Sin duda había terminado por mudarse -en su desamparo- a militar más en el tierno placer de la compañía, el pasar a ser más de mano amiga en el hombro, de complicidad, de saberse entendido con una simple mirada, y donde la caricia es la reina que: embriaga, chifla, ablanda, agota y consuela, siendo al mismo tiempo, el más tenue de los perfumes y tan leve como la brisa; y que nunca podría llegar a hacerte daño, y ¿quién sabe? hasta quizás pudiera conseguir merced al mimo regalado: gritar, llorar o gemir de placer y dicha.

A él se lo iban a decir, que por suerte había disfrutado de todos los placeres de la vida, y que pensaba que a fin de cuentas la verdadera felicidad -y poco importan los años- suele llegar cuando sabes esperar y aguantarte las ganas. No lo es todo –ni mucho menos- la posesión ciega, es más se atrevía a asegurar –en su experiencia- que las personas más felices y satisfechas son aquellas que no se privaron de ninguna caricia y disfrutaron de ellas con total entrega, y no digamos lo que de hecho significa para las mujeres, que por su especial naturaleza, por su mayor sensibilidad, que vive y habita en ellas a flor de piel. Una mujer acariciada hasta la saciedad, nada más necesita; la caricia es el bálsamo que todo lo cura, el eterno consuelo. El embrujo resultante se manifiesta bien a las claras en su rostro, aflora en su cara, en su piel delicada y luminosa que atrae y hechiza al mismo tiempo, en su tranquila sonrisa de satisfacción plena y gozadora; y eso son señales que a buen observador no se pueden ocultar jamás.

La disculpa fue bien simple: ¿Mira lo que se me metió en un ojo? Cuando ella se agachaba sin malicia, aprovechó para cogerle con las dos manos la cabeza por atrás y atraerla hacia él a pique de tirarla sobre la misma silla y encima del, eso sí le estampó un beso largo que duró hasta que ella al fin pudo zafarse. Aquello era un auténtico beso robado y sabido es que un beso consentido, no vale ni por asomo lo que uno robado.

-¡Desgraciado! eso no fue lo que acordamos –dijo ella sofocada.

-Vieja pedorra nunca lo hubieras soñado, ¿qué más quieres? yo que te dejé tirada como una colilla, ahora estoy en tus manos, y hasta un beso te tengo que suplicar –le contestó Leandro enfadado.

No se sabe, si despechado, por no haber dado de sí el beso, todo lo esperado… lo que sin duda aconteció es que la tregua había tocado a su fin, pero nunca más volvieron a ser ratas solitarias, ¿insultarse? a diario, ¿separarse? tampoco… ¡Se necesitaban!

A modo de resumen final:

Adela –como la mayoría de las jovencitas de entonces- fue educada a creer demasiado en la dicha, sin tener en cuenta que la realidad te obliga a combatir y padecer. Al primer encontronazo su corazón quedó muy dañado…coqueteando herido, con la vana esperanza de ver pasar algún día por delante de su cancela, un torrente de felicidad y sumergirse de lleno en el mismo, ya que se preguntaba a menudo: ¿cuántas veces pasaremos al lado de un posible gozo sin percatarnos? Adela, fiel a su estirpe, trató de amar solo una vez, con toda la fuerza que le daba su apasionado corazón. Amó con tanta violencia, sin ternura, que aquel fuego se extinguió de una forma natural en breve tiempo, como fogata que en una gran llamarada, consume toda su provisión de leña seca.

¿Quién será el atrevido que se aventure a juzgar el misterio de los pensamientos, los secretos desánimos de la voluntad, la imperiosa llamada muda de la carne, del complicado arcano del alma de una mujer, cuya boca permanece en silencio y sus ojos te miran, impenetrables y claros? Con el tiempo ella aprendió a desentrañar el significado del deleite y de los sueños, y descartó por completo la venida de una gran felicidad ¡ya que esta no existe! El secreto estaba en la espera infinita, de una serie de alegrías que jamás llegan a alcanzarnos del todo, la dicha es la espera en sí, marcada y cercada por la ilusión, el horizonte y los sueños… todos ellos, difícilmente alcanzables. Leandro en cambio, nada le pidió a la vida, si bien fue valiente en tomar partido, y después simplemente se dedicó a vivirla según le vino. Tenía una máxima: “Si la tentación te atrae ¡disfruta de ella!”

Y así vivieron unos cuantos años más, hasta que –como pasa siempre- uno terminó por morirse, quedando el otro, al canto de la sepultura, más solo que un corderillo sin madre, perdido entre la niebla de la peña Sobia, mientras el superviviente, mascullaba entre dientes, todos los días, la vieja letanía de insultos, contra el que se había ido antes -más por costumbre que por verdadero encono- y por supuesto no teniendo la grandeza de corazón de perdonar a quien se adelantó, dejando al otro tan solo -y seguramente sin pretenderlo- empeñado en algo que con gran sarcasmo llamamos: “disfrute de la vejez” cuando ya no resta ni un mísero objetivo, y solo se trata de un mero “vegetar por vegetar”

FIN.

SIGUEN UNAS CUANTAS ASEMEYAS DE LA CIUDAD CON EL CASCO HISTÓRICO MAS HERMOSO DE TODA ASTURIAS -AVILÉS-

Avilés está de moda. Por Max.

Posted in Asturias, Excursiones, Fotografía by maxalvarez on abril 7, 2011

En los tiempos que corren es muy necesario indignarse, diría que es vital permanecer indignado y gritar muy fuerte contra la indiferencia, pero… no todo se va reducir a pasarse el día encabronado por tanto político cínico, hipócrita o vendido -ya que peligras terminar con una úlcera del tamaño de una boina- Es más positivo que confiemos en que los ricos comiencen a pagar impuestos, al fin y a la postre son ellos los que más pueden perder -el que nada tiene poco puede perder- ya que en un plazo no muy largo -si así no lo hacen- se tendrán que enfrentar a revoluciones en todas partes. Mientras esperamos que nuestro queridos y mimados ricos, entren en razón, y lleguen al convencimiento de la necesidad de aflojar la cartera voluntariamente, o nosotros salgamos del letargo en que permanecemos sumidos y se lo demandemos, cargados de razones más contundentes.

Está muy bien pasear por los montes alejado del mundanal ruido, pero hay veces que apetece perderse entre los recovecos de esas madrigueras donde habitamos, y uno de esos rincones preferidos por mi compañera y un servidor –será por que allí nos conocimos, haz la tira de años y que da pie a que recordemos nuestro años mozos- es Avilés.

El sábado lo habíamos pasado trotando por las inmediaciones del río Infierno y el domingo con la disculpa de las jornadas del atún rojo, reservamos mesa en la Dársena de Fernando, restaurante situado al píe de la escalinata que te lleva al Niemeyer. En otra ocasión habíamos tratado de degustar su cocina, pero no tuvimos oportunidad, así que esta vez actuamos con anticipación para procurarnos mesa. El resultado fue a plena satisfacción, después de un aperitivo, de primero degustamos unas longanizas de Avilés, fritas y rellenas de fua que estaban para chuparse los dedos, el segundo fue el consabido atún rojo que daba nombre a las jornadas y que estaba en su punto, terminando como no podía ser menos con el siempre dulce postre.

Todo el mundo lo reconoce, Avilés está de moda. La verdad es que el cambio observado de hace cuarenta años a la actualidad es abismal, alguien que la recordase de entonces ahora no la reconocería. De la permanente niebla Ensidesera de entonces y del hollín llenándote de chorretes la calva, pasamos a un aire casi limpio y a poder contemplar y disfrutar de unas calles y edificios preciosos. Antes no podías arriesgarte a abrir del todo los ojos por miedo a que la carbonilla ambiente se te clavase en ellos.

Y como la semana que viene hace cuatro años que escribí unas letrucas –las había titulado: “Bandidos y banderas”- dedicadas en aquella ocasión a los pperros, visto lo visto están de actualidad, y dado que considero que son la misma mierda, el partido de los pperros tanto como sus hermanos en el desgobierno, el de los socialistos, hoy se las dedico a ambos, ya que en calidad de cómplices, herederos y continuadores de lo que dejó bien atado el “Quicaro Sanguinario” alias “Patas Curtias” –no nos engañemos- tan añorado por muchos de los fieles seguidores de entrambos escombros políticos.

Solo el verles la cara te corta el aliento, son unos muertos muy vivos, puros fósiles, caminan en manada o van en bandadas, los delata su helada sonrisa, el rictus amargo que adorna sus jetas de pocos amigos. Se deslizan lentamente con pasos cortos y acompasados, arrumbados por la tradición y el peso de sus muchos años. Portan pancartas contra el que gobierna. Gritan mucho sin saber por que, y cantan cansinos sortilegios, acompañados de marciales músicas de viento.

Desde que el padrecito patas curtias los abandonó –agravado el mal de unos por la posterior renuncia de su mínimo fhurercillo, y la de los otros por la del ZP- son incapaces de dejar de hollar con sus torpes pasos las calles de su España, y tienen una manifiesta querencia a la plaza de Oriente, sin duda reminiscencias de gloriosos tiempos pasados.

Piensan que ZP o el Rajoy los relegó a la retaguardia y eso bien podría destrozarles el alma, en el caso que la tuviesen. Muestran bigotes recortados, manos finas acostumbradas a manejar la fusta, el palo de golf, y a vivir de los dineros afanados y sudores del prójimo. Pasean los ajados galones de alféreces provisionales, fueron en su día diligentes somatenes y marchan cogidos del brazo de rancias abuelas de mucho rezo, poco y lejano goce, escapulario y reconfortante confesión diaria, y aunque unos hayan abandonado la negra mantilla y los otros la chaqueta de pana, se siguen adornando con vistosos collares, pesadas pulseras de pedrería y con banderitas en las muñecas. A pesar de sus muchos quebrantos, todavía se mantienen altaneras y altaneros, con la tiesta tiesa.

Puede que el aguilucho y la rosa se les haya desteñido un poco, pero esos trapos con los malditos colores, ofenden, -roxu, amariellu, roxu- produce asco tanto y más por lo que representan y destilan -lo más carca y retrógrado ¡pasado tenebroso, puro fascio y muerte!- como por su añorado dictador y sus apadrinados parásitos Borbones –generales de la guerra por desgracia divina- herederos pasados y presentes que nos hace recordar y volver a padecer.

Aunque las montañas nevadas no son lo que eran, ni ellos permanezcan todo el tiempo cara al sol, ni mirando a Rodiezno como solían. Enarbolan con sádico y fálico furor la rojigualdiroja, acometidos de un irrefrenable ímpetu digno de mejores causas. Nos la restriegan a todas horas por la caja tonta. Las portadas de los falsimedios con ellas se rellenan. Ahora sé que no es mi bandera, ni me representa, ¡hasta aquí hemos llegado! la detesto y desde ya prometo pasar de: pelos engominados, cortes orgánicas, horas del ángelus, arriba España, capitales imperiales, a mí la legión, guerrilleros de cristo rey, aires de grandeza, cejas levantadas, prietas las filas, banderitas en el reloj, sumisión a los mercados, ni recias ni marciales, bajadas de pantalones.

Españas azules y de la rosa, crucifijos en las escuelas, tantas santas pascuas, sargentos chusqueros, brazos incorruptos, gaviotas de vertedero, rosas con espinas, santas teresitas, rosarios falangistas, adictos al régimen, ondear por la fuerza colgaduras en los balcones, cristofascistas, palios y parafernalias de las jons, cortes de pelo aliñados con ricino, desatinos siniestros con destino en lo universal, bendiciones de armas, mensajes de navidad, actos de afirmación nacional, espadas vencedoras, desfiles de la victoria, bulas y burlas, oscuros confesionarios, trogloditas zaplanescos, curas pederastas, procesiones del silencio, Isabeles Católicas, abuelos procuradores, callar por chitón, grandes pendones y pendejos, por la gracia de Dios, botas y correajes brillantes, Santiagos Matamoros, humillación y diestra victoria, patriotas por cojones.

Mientras el resto de los mortales en la piel de este ajado toro descabellado, pensamos en comer y en su defecto como: mejorar la calidad de vida, conseguir una enseñanza laica, una sanidad acorde con los tiempos, dejar de pagar diezmos, una vivienda digna, un empleo gratificante, igualdad de trato entre los sexos y culturas. Nos mueve la esperanza de llegar a conseguir democratizar el poder político, pero estamos seguros que nunca lo lograremos con los banqueros, los pperros y los socialistos, habría que abolirlos por ley y empezar nuevamente de cero.

Que ninguna bandera justifique un solo muerto. Las banderas deberían ser solo aquello que representan, el morado emblema del feminismo marca el creciente protagonismo de la mujer, y quizá por que amamos a las muyeres la tricolor es la que nos pone, es y será para siempre nuestro emblema, nuestra enseña, el 14 de Abril nuestro santo y el tonillo callejero y liberal del himno del Riego nuestra música.

Y llego un año más, reviejo y cansado, eternamente esperando otro catorce de abril, aunque me consuelo con que en mis oídos nunca se apagarán los sones de “Banderas de libertad” (Flags of freedom) cantada por Neil Young. Las verdaderas banderas se llevan calladas en el corazón, no es necesario agitarlas al viento, y nos acompañarán a la sepultura.

Pulsando aquí encima, el video de la canción de Neil Young

A continuación unas asemeyas de Avilés

Barrio de Sabugo, del Tayco al café Colón. Por Max.

Posted in Cuentos, Recuerdos by maxalvarez on enero 15, 2011

Como de costumbre lo primero que hizo Emilio, al llegar a la sala de fiestas del Tayco, después de bajar la media docena de escalones, pagar la entrada con derecho a consumición en la taquilla y traspasar la antesala de columnas, fue dirigirse a la diestra, a tiro fijo, directamente al bar. Allí tomó asiento en un taburete alto y se acodó en la barra, pidiendo al camarero “un cacharro” -que en aquellos tiempos no significaba otra cosa que un cubalibre- normalmente de ginebra MG. Acercó a los labios el vaso alto, y le dio con ansias el primer lingotazo. Últimamente ¿no sé por que? le entraba un secaño tremendo, no hacía más que poner los pies en la sala, para sentir el gaznate reseco como el de un turriado en el desierto, así que procedió con el rito de menear el cilindro de cristal, tal como si de una maraca se tratara, para acelerar la mezcla entre la piedra de hielo y la ginebra con el oscuro y turbio líquido patentado por los gringos, y después continuó bebiendo su incierta espera, sin darle tregua, ni descanso.

Aprovechando que estaba en una posición elevada, casi un metro por encima de la rectangular pista de baile, dejó deslizar la mirada sobre el recinto, y observó que la mayoría de la gente estaba emparejada, excepto algún que otro tipo, que como el mismo, apagaban la sed acodados en el mostrador, mientras se ocupaban de chupar como sapos, los blancos cilindros del negro tabaco Ducados, y dejar en el aire una tupida niebla, que pronto se adueñaba de todo el recinto.

A su derecha divisó como ya bien conocía, toda una hilera de mesas y bancos, donde se sentaban grupos de jovencitas, que reían y charlaban animadamente, a la espera de que se les acercase algún adonis, a sacarlas a bailar. Al acecho de tan venturoso acontecimiento, se ocupaban matando el tiempo, criticando o despellejando a todo bicho viviente que cayese en su visual. El dirigir sus pasos en aquella dirección, la verdad es que Emilio no se sentía con suficientes ánimos para hacerlo, en parte por que bailaba muy mal, y seguro le daban calabazas, y en otra parte -con lo seco y cortado que era- no sabía que decirles a las muchachas.

En general, tenía observado que los bailarines torpes, propensos a posar –sin querer- sus zapatones encima de piececitos delicados, solían retener a su pareja, en base a la mucha labia de la que hacían gala, don impagable, que les permitía sostener una charla amena e ingeniosa, o se pasaban la mayor parte del tiempo –cuando no se daban el lote muy agarrados, con lo que disminuía el peligro de aplastar los reluciente zapatitos de charol de la colega- dándole a la sin hueso sentados y disfrutando de la compañía de lindas muchachas avilesinas y gozoniegas que abundaban por aquellos lares.

Por contra los acémilas que no sabían hablar, y la mayoría de las veces escupían más que relataban sus cuitas, ¿no sé como se las arreglaban? Pero habían logrado aprender a bailar, tan bien y con tal maestría, que las chicas se los rifaban, por estar entre sus brazos, dando vueltas por la pista como peonzas.

Lo malo de Emilio es que no contaba con las cualidades de unos ni de los otros, y por el contrario pechaba con todos sus defectos, por lo que era inevitable el mayor de los fracasos, en sus vanos intentos de entablar una relación estable –o intermitente- tampoco era cuestión de ser exigente ¡con las ganas que tenía de echarse novieta! o cuando menos “arrimar el pizarrín” como le recomendaba el deslenguado del Peque.

Al poco comenzó a aburrirse y preguntarse: ¿por que habría venido? Emplear una hora en el Carreño desde Gijón para terminar tomando un caclipado de cacharros, cuando eso mismo podía hacerlo en el Villagrás sin moverse de su ciudad, si en el fondo estaba claro que detestaba las fiestas y los bailes, lo de él era divertirse en compañía de los amigos, o en su defecto matar el tiempo secando el vaso.

Estas repetidas excursiones habían tenido comienzo hacía una temporada, por cambiar de aires y en compañía del Peque se hicieron habituales visitantes de fin de semana, de la villa del Adelantado. El viaje, bien en el tren o en el Alsa resultaba siempre muy entretenido, sobre todo contando con que su compañero era de la misma piel del diablo, pero ahora… el amigo se había echado novia, y aunque iban y regresaban juntos y a la misma hora, la cosa ya no era lo mismo, el compañero era el atrevido, él demasiado apocado.

Aunque hacía poco había comenzado la veintena, se sentía mayor al lado de tanto niñato, terminaba el tercer cacharro cuando vio su cara reflejada en el espejo de la barra y pensó que sus ojos estaban un tanto nublados, parecía que el licor comenzaba hacer efecto y reparó en que tenía ojeras, el ir aplazando los estudios durante el curso y tener que apurarlos a última hora era lo que traía, terminar con “ojos de viejo” se sintió un tanto desalentado, así que pidió un cuarto cacharro.

Con el vaso en la mano y tratando de despabilarse se dirigió al fondo de la sala, bajó a la pista y cruzó delante del escenario, donde llegó a sus oídos como un grupo de muchachas pedían a los músicos que tocasen unas canciones de Rafael, y eso era más de lo que estaba dispuesto a soportar, era alérgico al “roba bombillas” así que en plan de fastidiar, se animó a solicitar el pasodoble de “Paquito el chocolatero” las chicas le miraron de arriba a bajo con sorpresa, diciendo la más osada:

—¿Que dices chalado? Eso está bien para viejos.

Este último comentario vino a darle la puntilla, se dijo: ¿Acaso esa moza, estará insinuando que soy un viejo? ¿Tanto se me notará en la cara? Se creía un chico normal, su voz decían que sonaba a campana nueva, y su pecho fuerte asomaba con alegría, entre la obligada camisa blanca, tampoco era tan feo, como para tener que hacer las compras de noche. Le apenaba no haber bailado ni una, la verdad es que ni lo había intentado, en el viaje de regreso al Peque le diría que habían sido media docena y con buenas hembras. Estaba un poco achispado, así que decidió cambiar de aires.

Cabizbajo, roto y acomplejado, salió al exterior, se sentía como un pordiosero llevando colgada de la solapa la invisible insignia de la soledad, caminaba por el barrio de Sabugo –antiguo poblado extramuros de la villa de Avilés, habitada por valientes pescadores, que en su día se enfrentaran, con un relativo éxito, a las pestes medievales armados con el jugo de los oricios- Siguió pensativo unos metros por la calle la Cámara, torció por la avenida de Alemania, que le dejó en Marcos del Torniello llegando a continuación a la plaza del Carbayo, casi pasó rozando los muros de piedra a su izquierda, de la vieja iglesia de Sabugo, se deslizó sobre el irregular piso, hecho con bolos de la mar, teniendo como dosel los soportales de la estrecha calle de Bances Candamo, va bajando sin detenerse hasta cruzar Carreño Miranda, viniendo a dar a Emile Robín, con la cara bastante menos congestionada –debido al calor y la ginebra- que cuando abandonó la sala de baile, aunque para nada contagiado del legendario espíritu de los pescadores del barrio por donde transitaba, que solían cantar en su tiempo, con ánimo guerrero esta copla:

Sabugo ¡tente firme!
Rivero ya cayó
Y Galiana tá temblando
de los palos que llevó.

En la esquina de la calle la Muralla con el parque del Muelle esta sito el Café Colón, que era el destino que llevaba en mente, en una ancha acera que hace ángulo y se ciñe a toda la fachada del local, se podrían contar seguramente hasta medio centenar de mesas, con pies de forja rematados por losa de mármol, y encima va una terraza volada soportada por artísticas columnas de fundición, con otras tantas mesas. Tomó asiento abajo, dispuesto a que le sirviesen la espuela –aunque pensaba que ya estaba un poco cargado- divisando la parada del ALSA que salía de allí al lado. El tiempo no era bueno, el nordestillo había hecho aparición y la gente pronto se fue recogiendo a sus casas, aparte que el tiempo vuela y pronto sería lunes día de curro o de estudio.

Llegaba a su término, un triste fin de semana más, del saldo de la dictadura, el cielo amenazaba lluvia por momentos. Acudió a servirle un jovenzuelo con desgana, seguramente fastidiado por tener que seguir atendiendo a los pesados parroquianos -con lo bien que estarían recogidos en sus casas…- Había pensado que quizá le viniese bien para variar, un café para despejar un poco, pero el camarero le indicó que la cafetera ya estaba apagada, así que no le quedó otro remedio que seguir con la ginebra y el agua turbia.

Sorbía el cacharro y miraba de soslayo la hora, cuando se le acercó una joven un poco madura preguntando:

—¿No será por casualidad amigo del Peque?

—¡Así es! —respondió Emilio

Al mirarla, recordó que se la había presentado el Peque un día que terminaron atracando allí, después de una de sus habituales galernas, la verdad es que estaba de muy buen ver, tendría treinta y tantos años, era la dueña del local, parecía una mujer libre, de las que no se sentían encadenadas a la cacerola ni al dedal. Le vino a la memoria que su amigo comentara que estaba viuda y vivía en el piso de arriba, que parecía experimentada, y que “tenía un buen polvo y parecía una mujer bastante liberada” expresiones en las que estaba de acuerdo con el Peque, aunque el último calificativo era de su propia cosecha, ya que el de su amigo era un poco más zafio. De sonrisa agradable, pelo corto y labios carnosos… Le animaba el pensar lo bueno que sería el poder acariciar aquellos muslos tan apetecibles, el alcohol ingerido le llevaba a sentirse más audaz. Su reprimida virilidad reclamaba sus legítimos derechos.

—Parece que el tiempo está refrescando, ¿no le apetece pasar a las mesas del interior? –le interpeló la dueña con amabilidad, dedicándole su mejor sonrisa.

Acomodado dentro, ella tomó asiento a su lado y parecía querer entablar conversación, dirigiéndose a él con mayor confianza.

— ¿Te gusta pasear? –sin esperar respuesta, añadió:

— Yo soy un poco noctámbula. Pero en este barrio la gente se acuesta temprano y a partir de medianoche, siempre me encuentro sola.

— Parece un barrio apagado, en Gijón a estas horas todavía hay buen ambiente –se atrevió a contestar.

—Yo vivo arriba –dijo señalando con la mano y continuando:

—A las dos tranco la puerta y me acuesto.

En esto se acercó el muchacho camarero, dirigiéndose a la dueña:

—Estoy muy cansado y mañana tengo que madrugar

— No te preocupes hijo ¡márchate ya! hoy cierro y recojo yo –contestó ella solícita.

Debía ser el único cliente que quedaba en el café, que olía a vainilla y pastel de manzana. La mujer se perdió un instante en el interior hablando con el muchacho, y regresó pronto, traía con ella una botella de coñac y una copa.

—Lo acompañaré —dijo sentándose a su lado—. Tengo la costumbre de beber siempre algo con el último parroquiano. Acto seguido se sirvió una copa.

La mujer encendió un cigarrillo, soplaba el humo con elegancia con gesto risueño. Emilio la miraba a escondidas, alisó los cabellos con la mano, y comenzó a sentirse animado y seguro. La situación prometía, le parecía excitante… ¡si le pudiese ver el Peque!

—¿Tienes una moneda, para poner algo de música? —dijo ella

Si bién solía andar rascado, a Emilio le faltó tiempo para rebuscar en los bolsillos y entregarle una moneda de 25 pesetas. Ella se dirigió a la maquina, puso música mexicana y regresó. Cuando a sus oídos llegó la voz desgarrada de Paquita la del Barrio y su “Invítame a pecar” Emilio echo un vistazo a la calle: ni una sombra se divisaba. Alentado por ese detalle y preso de un repentino coraje, la invitó a bailar. Pensó: ¡Mira por donde, seguro que triunfo esta noche!

Se disculpó por anticipado:

—Aunque no soy buen bailarín, nos podemos echar un baile, con el firme compromiso de no pisarla.

—¡Encantada, eres muy amable! —respondió la mujer, dejando su cigarrillo en el cenicero, despojándose de seguido de su chaquetilla y dejando al descubierto unos hombros carnosos y salpicados de pecas.

Cuando la tuvo cogida del talle —por demás, tieso y envarado- bajo su mano inexperta, Emilio tuvo la convicción de estar realizando uno de sus viejos sueños: tener una aventura con una mujer, por la cara, sin tener que pagar. Que fuese unos años más mayor que él, era lo de menos. Aparte que no era buen fisonomista, y eso de las edades era bastante relativo, ya se encargaría su calenturienta imaginación de expurgar todos sus defectos, si los hubiese. Observando las repisas con botellas que parecían girar a su alrededor, Emilio se reconciliaba por momentos con la vida, con el cochino mundo, ya no le importaba que le llamasen viejo.

Después de bailar regresaron a la mesa, la mujer le invitó a una copa que el aceptó al instante, estaba embalado, así que le propuso volver a bailar. Paquita la del Barrio seguía desgranando por el aire su desgraciada vida hecha a jirones, con aquello de “…la segunda vez te engañé por capricho, la tercera por placer…”

—Primero cerraré las persianas —dijo la mujer y se encaminó secundada por Emilio, que veía en ello la confirmación de una mayor intimidad.

Siguieron bailando un buen rato, Emilio ya había perdido la noción del tiempo, aquello marchaba, seguro que ya pasaba de las doce, y hasta se había atrevido a tenerla cogida de la mano sin soltarla.

— Bueno —dijo la dueña desasiendo la mano — ya es hora de ir cerrando la cafetería. Y se dirigió resuelta a la terraza superior.

—Yo me quedo —dijo Emilio, con un tono decidido que a él mismo sorprendió. Y siguió tras de sus pasos por la escalera.

Al llegar arriba la mujer se dio la vuelta:

—¡Claro, está convenido! —y continuó su marcha en dirección a una apartada sala de un extremo de la terraza que estaba vacía, de donde les sale al paso un gato persa gris ceniciento, ella lo recoge del suelo y lo acaricia sonriente y zalamera, esos arrumacos prodigados al minino hacen imaginar a Emilio, la dicha que le espera…

Contempló comido por la impaciencia, como ella recogía algunos vasos, tazas y ceniceros que quedaban sobre las mesas, dejándolos a continuación sobre el mostrador, después con las mismas, se dirigió a la puerta de la sala del fondo, quedando allí quieta y mirando fijamente para él, como implorando.

—¿Qué pasa? —preguntó Emilio, al verla allí varada.

—¡Neno! hay que guardar las mesas de la terraza, ya que seguramente terminará lloviendo esta noche.

Emilio se levantó, maldiciendo entre dientes, mientras para animarse y quedar bien, decía en voz alta:

—¡Eso es trabajo de hombres!

Cuando reparó a fondo, en la terraza, casi le da un patatús: así a grosso modo había allí desperdigadas, cerca de media centena de mesas, con sus correspondientes sillas, bien es verdad que eran livianas, no como las de abajo, que se veían robustas y macizas. Calculó que si se apuraba un poco, en menos de media hora habría terminado.

Aunque no estaba acostumbrado a trabajar duro -él era más de estudios- una noble causa como aquella, bien merecía un pequeño sacrificio. Así que comenzó el trabajo con buen ánimo, iniciando por las más cercanas al almacén. Resuelto, agarra con ganas la primer mesa y la lleva como una pluma, después las cuatro sillas plegadas juntas de una tacada. Ella supervisaba, recordándole que las apilase con orden y cuidado, ya que mañana habría que volver a sacarlas todas.

Dio la una cuando iba por la mitad, la frente le chorreaba de sudor. La dueña sentada en la barra, le contemplaba pasar a su lado con una amorosa expresión en el rostro, de vez en cuando le secaba el sudor acariciándole el cabello, lo que venía a mitigar un poco sus resoplidos. Gesto que terminó por convencerlo de que estaba cumpliendo los deberes conyugales, para a continuación recoger sus legítimos y merecidos derechos.

—Estoy galdido, ya no puedo más —se quejó al contemplar que por obra de un mágico encantamiento, las condenadas mesas y sillas, parecían parir y no daban señal de acabarse nunca.

—Creí que con ese corpachón, eras más entero —comentó la mujer con ironía.

Emilio se le quedó mirando a los ojos y aunque no dijo nada, en su expresión, ella vino a captar algo así como un tono de desafío: “después comprobarás lo que es un chicarrón del norte, te enterarás de lo que es bueno”

Al fin habían sido confinadas en el redil, todas las descarriadas ovejas, que lo habían dejado medio muerto, hasta le entraban dudas de no poder cumplir, de no estar a la altura.

—Bueno amigo, ahora solo nos resta recoger las sillas de abajo –en caso contrario se las llevan- y para que terminemos primero, yo te voy a echar una mano.

Aquello supuso un nuevo golpe bajo, pero en la cara risueña de la mujer se reflejaban promesas sin cuento, así que haciendo de tripas corazón, en otra media hora quedaron almacenadas todas las sillas. La verdad es que a costa de no dar ni pie ni mano, estaba fundido, seguramente ya había sudado todos los cubalibres y más, tenía la mente despejada, pero los brazos y las piernas agotados.

—¡Vamos campeón! –le animaba ella con sonrisa burlona cuando se cruzaban en sus idas y venidas.

Y todavía debería estar agradecido, por que si tuviese que vérselas con las mesas con pie de forja y tablero de mármol que estaban en la acera de la calle la Muralla -que esas seguro pesaban como plomo- aquello hubiese resultado un empeño superior a sus escasas fuerzas, y en consecuencia habría tenido que renunciar, a la tan dulce recompensa que le aguardaba.

Acababan de dar las dos en el reloj del Ayuntamiento, cuando quedó completada la recogida nocturna. Con el pañuelo secó los últimos sudores de la frente. La confianza había subido enteros y teniendo como tenía la barra a su disposición, se disponía a servirse, un buen y merecido cacharro -para reponer líquidos- cuando la mujer le contuvo diciendo:

—¿Vas a dejar en la acera el trípode de anuncio de la puerta?

—¡Rediós! -todavía faltaba el puto espantapájaros de palitroques con su contrapeso. Salió fuera y rojo de coraje le echó mano y con el impulso de la mala hostia, hasta lo levantó en vilo. Como un santo Cristo cualquiera –con la cruz en prevengan- avanzó tambaleante –el contrapeso le castigaba sin duelo las espinillas- en dirección a la puerta de entrada, cuando para su sorpresa vio como esta se cerraba. Detrás del cristal alcanzó a divisar a la mujer que le contemplaba sin abandonar su risueña expresión.

—¡Abra, maldita sea! —le soltó Emilio, comenzando a mosquearse.

La dueña con el dedo índice levantado, movió la mano repetidas veces a los lados, en gracioso gesto negativo.

—¡Por favor, abra, que ya no estoy pa bromas!

La mujer continuó en su negativa, mientras con la mano izquierda le tiraba un beso, al tiempo que le decía adiós sin perder la sonrisa, corrió los cerrojos, agachó la cabeza en media reverencia, y dándole la espalda se alejó apagando las luces, hasta perderse por la puerta del fondo.

Cuando la oscuridad se hizo dueña del local y todo quedó en silencio, Emilio se dio cuenta que todavía seguía con el estandarte entre las manos, pegando un bramido en plan karateca, lo lanzó a la mitad de la calle y no contento con ello, en un ataque de furia, terminó destrozando los restos, contra las artísticas columnas.

Se sintió tal como si un perro hubiese levantado la pata y le soltase su calentucio chorro de orines, en toda la cara. ¡Porca miseria! Y para colmo, tendría que hacer autostop, ya que era muy tarde y se le había pasado la hora del último tren o autobús, para regresar a Gijón.

Las fotos que siguen pertenecen a Avilés y la mayoría nos muestran sitios donde se ambienta el relato.


Tomás de Cantorbery, a la izquierda la calle la Cámara


Calle Bances Candamo, se puede apreciar restos del antiguo piso de bolos


Iglesia de Sabugo


Interior de la antigua iglesia de Sabugo


Plaza del Carbayo


Entrada a la antigua sala de fiestas el Tayco


Calle de la Cámara y su entroque con avenida de Alemania


Columnas y terraza del antiguo café Colón


Fachada del antiguo café Colón. a la calle de la Muralla


Iglesia de los Franciscanos


Parque del Muelle


“El adelantado” Pedro Menéndez de Avilés


Barrio del Rivero


Estación del tren Carreño


Edificio donde estaba situado el café Colón


Gatos persas