Los desagradecidos hijos de… banquero. Por Max.
Podemos pasar -con la que está cayendo- de los sonrojantes beneficios anunciados por los principales bancos españoles. Podemos pasar de las multimillonarias ayudas que les dimos -a escote- a los grandes especuladores, entre todos los pobretarios patrios. Podemos pasar –por conocido- que el gobierno se arrugaría ante el Gran Poder. Ahora por lo que no podemos pasar es que esos hijos de mala madre se salgan con la suya, en la pretendida enésima reforma del mercado laboral. Les parece poco que haya millones de mil euristas -condenados de por vida a subsistir en precario- que también tratan -y no se sonrojan lo más mínimo- de convertir a estos medio desheredados en seisciento euristas. Aparte de la mercancía humana, arrojada un día sí y otro también, sin contemplaciones a buscar el sustento en los contenedores de basura.
Es ya hora que el gremio de los Botines -usureros por vocación y devoción- repartan los beneficios con los más desfavorecidos. Nadie se muere por dejar de comer langosta y jamón de pata negra unos días, y puede que hasta sea saludable engullir a cambio unas míseras lentejinas- ¡Por una Banca nacionalizada ya! ¡No permitamos ni un día más, que las sicav de los ricos continúen robando impunemente!
Produce grima, que un partido que se supone con un leve tinte de izquierdas, no se atreva a tocarles ni un pelo a los más ricos, si bien es sangrante que no le meta mano a la secta católica, pero ¡por favor! que tenga tantos remilgos con quienes son sus enemigos declarados, no se comprende ¿o sí? Solo se entiende tamaña condescendencia, si siguiésemos habitando en un estado feudal, en que los socialistos fuesen los lacayos sodomizados por los Señores, posibilidad que cada vez tiene más visos de ser cierta.
Como siempre, será la clase media quien tenga que apechugar y socorrer a los más desfavorecidos, y con esto no quiero decir que no deba arrimar el hombro como todo cristo, pero… produce -entre otras cosas- agravio comparativo, que quienes más tienen, se vayan de rositas y que ni siquiera se vean obligados –por quienes asumieron la devoción de velar por los intereses de la mayoría- a repartir alguna que otra limosna.
Al final siempre volvemos al punto de partida, a vernos las caras con los ricos banqueros, así que seguimos con otro capítulo del olvidado tema Banesto, que nos da fe de la catadura moral de estas tenidas como principales gentes.
“…Que Botín no canta como un ruiseñor, ni posee el don de la poesía es algo que se demuestra por si mismo, especialmente cuando se le ve y se le oye en cualquier acto publico. Pero le ofendemos gravemente si llegáramos a presumir en nuestro héroe el divino don de la generosidad: por lo que hemos dicho hasta ahora el Santander saco una tajada de un billón de pesetas con la intervención de Banesto, y sus secuaces la dadiva de mas de seis millones de acciones del banco intervenido, mientras que a los empleados de la casa se les aplicaba una receta bastante mas austera. No vamos a hablar, porque por desgracia el dato es sobradamente conocido, de los miles de trabajadores que se han quedado sin empleo, sino de las singulares operaciones financieras en que aparecen como inocentes y desamparadas victimas desplumadas de mala manera por los nuevos administradores.
El 23 de enero de 1998 el departamento de recursos humanos de Banesto envío a todas las sucursales una carta sobre créditos concedidos a los empleados para la compra de acciones del banco. En la carta, a la que se debía «dar la máxima difusión», se cursaban órdenes a los directores para conseguir, «tanto de los empleados en activo como del personal pasivo, que vendiesen sus acciones de Banesto para aplicar el importe de la venta a la cancelación de los créditos que se les habían concedido para la compra de esas mismas acciones». Hasta entonces las acciones estaban bloqueadas en garantía de los créditos, por lo que no se permitía su venta, pero ahora, de pronto y sin más explicación, se autorizaba a los empleados a vender sus acciones, siempre que el importe se destinara a amortizar los créditos; la amortización, obvio es decirlo, sería parcial, puesto que, tras la bajada en la cotización provocada por la intervención del banco, el valor de los títulos no podía cubrir más que una parte de las deudas, que, por tanto, seguirían gravitando sobre los empleados por el resto no amortizado.
Los directores cumplieron eficazmente las órdenes recibidas «de arriba»: lo prueba que los empleados vendieron un total de 12 millones de acciones, aproximadamente. Muy poco tiempo después, al anunciarse la opa del Santander sobre las acciones de Banesto, la cotización bursátil subió unas 1.000 pesetas por título, de manera que la «invitación» previa a los empleados para que vendieran sus acciones, poco antes de promover la oferta de compra, supuso para el personal un perjuicio de 1.000 pesetas por acción, es decir, se les hizo perder a los empleados, a quienes un día se dio la «oportunidad» de participar en el capital de la empresa, unos 12.000 millones de pesetas.
Sin embargo, mientras los empleados -ignorantes de que el Santander estaba a punto de lanzar la opa – perdían esa enorme fortuna, unos pocos —los enterados— hacían su agosto. Según publicó el diario Expansión el 6 de marzo del 98, a lo largo de 1997 y enero de 1998, Francisco Luzón, consejero—director general del Banco Santander, e Ignacio Soler, consejero del mismo banco, se habían dedicado a comprar acciones de Banesto, por lo que en el momento de publicarse la opa ya obtenían un beneficio del 69%. Era presumible que, cuando Botín compareciese ante la Audiencia Nacional como testigo en el «caso Banesto», se le iba a preguntar sobre este turbio asunto, que se ofrecía ante la opinión pública como un caso evidente de insider trading por parte de dos impor¬tantes administradores de su banco. La pregunta se refirió concretamente a Luzón, y la respuesta de Botín es de las que dejan petrificado al interlocutor:
«…tenemos 72.000 personas, que a alguno se le ocurra comprar acciones de Banesto… Lo que puedo decirle es que fue modélico el planteamiento y la ejecución de esta opa.»
Es decir, Botín colocaba a su consejero-director general en el mismo plano que a las 72.000 personas que trabajaban en el grupo. Daba por supuesto que Luzón, uno de sus más íntimos colaboradores, consejero y director general del banco, tenía el mismo nivel de información que el último «botones» de la casa. El letrado que había formulado la pregunta, Jesús Castrillo, es hombre de exquisita educación, por lo que sin duda se guardó el escueto «por favor, don Emilio, no me joda», que sin duda habría soltado fuera de la Sala. El silencio más espeso se ha cernido sobre todo esto, que habría levantado una intensísima polvareda si cualquier ex administrador de Banesto hubiese hecho algo parecido. ¡Ah, los famosos periodistas de investigación! ¡Ah, la prensa independiente! ¡Ah, la fiscalía anticorrupción! ¡Ah, los magistrados incorruptibles con una sola vara de medir para hacer justicia!
Pero el abuso contra los empleados de Banesto no termina ahí. Después de formular la opa el Santander, se envió una nueva carta a la red para proponer a los trabajadores que todavía no habían vendido, y a la clientela en general, que acudieran a la subsiguiente oferta pública de canje de acciones del Santander por acciones de Banesto. La Asociación de Mandos Intermedios (AMI), organización sindical que agrupaba a buena parte de los empleados con acciones del banco, sospechó que la «recomendación» tenía gato encerrado y en su boletín n°2 («Extra de marzo de 1998») desaconsejaba a los empleados acudir al canje. Entre otras cosas, decía:
«Si alguna realidad básica presenta esta operación, que no
viene explicitada en las condiciones generales de la oferta, consiste en que se propone canjear acciones que ya han cubierto su recorrido revalorizador en el mercado por otras que apenas lo han iniciado, en una proporción lógicamente favorable a las ya revalorizadas. Esto es, se cambian 3,2 acciones sin revalorizar por 1 del Santander revalorizada.»
Efectivamente, la ecuación de canje fue de 3,2 acciones de Banesto por una del Santander. Pero poco después de producirse esa gigantesca operación, una sola acción de Banesto pasó a valer en Bolsa más que una acción del Santander. Por tanto, la operación supuso en pocos meses una pérdida para los accionistas de Banesto de más de las dos terceras partes del valor de sus acciones. Entre los perjudicados estaba un gran número de empleados, que primero habían sido objeto de la paternal autorización para vender sus acciones y, luego, los que no habían seguido el consejo, sufrían la presión institucional para acudir a la nueva oferta del Santander. Otro resultado manifiestamente perjudicial para los antiguos accionistas de Banesto, que estaba en contradicción con las previsiones anunciadas oficialmente por ambos consejos, el del Santander y el de Banesto, al formularse su oferta. ¡Ah, los unos, los otros y los de más allá, éstos con solemne toga y brillantes puñetas!
En el folleto informativo de la oferta de venta de acciones de Banesto formulada por el Banco Santander y registrado en la CNMV el 27 de septiembre de 1994 (página 170), consta que, antes de esta operación, el Santander había vendido al Royal Bank of Scotland un 2% del capital de Banesto (más de 12.000.000 de acciones), al Metropolitan Life Insurance otro 1% (más de 6.000.000 de acciones) y a la Caixa un 1,47%. Todas estas ventas se hicieron a precios comprendidos entre las 830 y las 762 pesetas por acción, lo que demuestra que los títulos valían, más o menos, el doble del precio de 400 pesetas al que se ofrecían a los antiguos accionistas de Banesto. Estaba claro que se trataba de una oportunidad propicia para reducir en parte el enorme perjuicio que les había causado la intervención del banco, aunque de lo que se tra¬taba era de disimular el inmenso «pelotazo» que habían dado Botín y sus secuaces.
Pues bien, entre esos accionistas perjudicados por la intervención se hallaban determinadas filiales de Banesto: Ceosa, Mercurio y la Fundación Banesto, controladas todas ellas por los administradores provisionales. Entre las tres entidades poseían 5.693.446 acciones, por lo que les habría correspondido la adquisición de 2.846.723 nuevas acciones a 400 pesetas cada una. Es decir, habrían pagado 1.138 millones de pesetas por unas acciones que valían el doble en aquel momento. Sin embargo, Sáenz Abad y su equipo decidieron que estas entidades -y, por tanto, el banco que administraban con funciones públicas- desecharan semejante oportunidad de obtener un beneficio inmediato, ya que en las páginas 40 y 41 de folleto Informativo de la opv consta que no acudieron a la oferta de venta. ¿Qué había ocurrido para incidir en semejante omisión tan gravemente perjudicial? Pues sencillamente que Banesto y sus accionistas minoritarios se habían perjudicado en unos 1.138 millones de pesetas, cantidad que Sáenz Abad y su equipo habían regalado al Santander sin contrapartida, infringiendo con ello sus deberes de administradores públicos al frente de Banesto…”
La primera en la frente, Don Emilio. Por Max.
Seguimos con un nuevo capítulo de la apasionante historia del Gran Poder.
“…El contenido mítico de la saga se anuda con justicia a la personalidad eminente del padre, el don Emilio por antonomasia, gran jugador en las mesas de juego de las finanzas y los negocios. Cuando hablamos de este «gran jugador» no lo hacemos en sentido metafórico. Ahora pretenden los hagiógrafos forjar una leyenda deslumbrante en torno a los antecedentes bancarios del actual presidente del Santander, y hablan de que es hijo, nieto y bisnieto de banqueros. Lo que no se corresponde con la realidad porque la historia financiera de la familia, sin duda brillante, lo que admitimos sin la menor reserva, empieza verdaderamente en el padre del que ahora es don Emilio. El abuelo y el bisabuelo, dos señores bienintencionados y anodinos, a buen seguro que no sabían distinguir una letra a la vista de otra a días o meses vista, y hay quienes tienen por cierto que les hubiese resultado imposible de todo punto liquidar una cuenta corriente por el método hamburgués. Don Emilio, el de verdad, el padre, era un joven santanderino de fina estampa sin oficio ni beneficio, el cual, hasta que entró en el banco llevado de la mano por su tío Marcelino, se dedicaba a desplumar a sus paisanos jugando admirablemente al póquer. Así lo contaba con gracia y gran lujo de detalles el que fue presidente de Informaciones, Víctor de la Serna, primogénito del gran escritor, una familia que mantuvo gran intimidad con los Botín. El banco se hallaba en una situación muy difícil, y el presidente, don Marcelino, sorprendió un buen día a los pocos consejeros que quedaban en la casa diciéndoles que, para arreglar las dificultades casi insalvables, había contratado a su sobrino Emilio como director. Obvio es decir que los demás administradores, espantados, dimitieron en el acto, ajenos a la optimista predicción del tío, que luego se cumplió en términos insospechados: desde ese mismo día Emilio Botín Sanz de Sautuola y López se dio de baja en todos los casinos y empezó a jugar a lo grande en otras mesas de juego mucho más apasionantes y provechosas: los consejos de administración de las múltiples sociedades que se ponían a tiro. Víctor de la Serna también contaba que acompañó con otros amigos a Emilio Botín a pasar unos días en Montecarlo, y todos entraron a probar fortuna en la ruleta, menos don Emilio, que se abstuvo de tentar a la suerte.
Esto de las biografías a tanto la palabra es un singular remedio tan viejo como el tiempo para tapar cualquier molesto desajuste de los antecesores: el ejemplo más característico es el de Juan March, cuyas múltiples fechorías se desvelan en “El último pirata del Mediterráneo”, un texto en el que no vamos a abundar por ser sobradamente conocido. Diremos, no obstante, que el sagaz contrabandista mallorquín, para lavar su nombre, lo que no era empresa fácil, pretendió entrar en el consejo de Banesto cuando lo presidía don Pablo Garnica y Echeverría, el cual se opuso terminantemente a semejante pretensión y de tal manera que el viejo conspirador contra la República y patrocinador de la rebelión franquista tuvo que desistir de su propósito. Ahora sus nietos, con buen acuerdo, porque estas cosas siempre se agradecen desde el otro mundo, han encargado a un acomodaticio biógrafo británico que cante por todo lo alto las excelencias del causante, entre ellas la Fundación March, constituida bajo la sabia inspiración jurídica de Alejandro Bérgamo Llabrés, autor de una magnífica monografía sobre las sociedades anónimas, el cual construyó una inexpugnable fortaleza para que la Administración Pública no pudiera meter las narices en el reducto fundacional y sólo la familia March decidiera las cosas según su real gana. Las fundaciones dan mucho de sí en estos tiempos: bajo el sacrosanto ropaje de la cultura se ocultan cuidadosamente todas las lacras de los fundadores, y de paso, sirven para evadir impuestos al por mayor y para que los descendientes, siempre ilustres y sobre todo progresistas, sigan ejerciendo el poder en parcelas esenciales de la realidad social. Ya que nos hemos referido de pasada a los March, digamos que la gente de la banca los apellida con los más variados apodos, en especial a cuenta de las turbias hazañas del abuelo. Pero predomina uno, aplicado tanto al nieto que se exhibe en mayor medida como al que se muestra más reservado y cauteloso: ambos, para el mundo cruel de las finanzas, son los «urracas», en plural, o Juan «el urraca» y Carlos «el urraca», en singular. Camilo José Cela ha escrito bellamente: «La historia natural tiene una relación inmediata con lo que pasa cada día y la historia sagrada nos habla de los pájaros del aire y de sus costumbres: el mirlo es melodioso, el ruiseñor está enamorado como un doncel y la urraca es ladrona y esconde bajo las tejas las piedras preciosas que roba; en el siglo pasado agarrotaron a una criada por culpa de una urraca en la que seguramente había encarnado el demonio».
En sus 36 años de mandato, don Emilio dirigió con mano férrea el banco hasta conseguir la identificación, prácticamente absoluta, mediante la osmosis y la endósmosis entre su familia y la entidad. Quienes trabajaron con el cántabro, o le trataron en la intimidad, dicen que, además de sus grandes dotes de negociador, era un conversador excelente. Sobresalía en él otra nota de indudable mérito: cualquiera que fuese recibido en su casa, por modesta que resultara la condición del huésped, Emilio primero le consagraba su solícita atención de tal suerte que muy rara vez accedía a interrumpir la entrevista si le anunciaban cualquier llamada telefónica urgente. Un amigo se lo encontró saliendo del edificio de la calle de Alcalá, en donde el Santander tenía entonces su oficina principal en Madrid, acompañado de un modesto director de sucursal. El presidente dijo al ver a su amigo: «Te presento a uno de los mejores directores de nuestro banco; está haciendo una labor excepcional en su ciudad». Luego, cuando se fue el subordinado henchido de orgullo por el elogio, añadió el presidente: «Comprenderás que siempre hay que decir estas cosas porque dan un magnífico resultado: ahora este hombre, al regresar a su pueblo, va a liquidar a todos sus competidores juntos». En las comidas que í ofrecía en su casa, don Emilio obsequiaba invariablemente a sus I invitados con un riquísimo pescado lleno de espinas, por lo que siempre se ofrecía a servirlo él mismo practicando la operación con ” el cuidado y la habilidad del más experto microcirujano. César Martínez Beascoechea, entonces secretario general de la entidad, todavía no alcanza a comprender cómo logró convencer a Pablo Garnica Mansi para que Banesto no se merendara al Santander. Todo lo contrario de lo que ha ocurrido ahora, cuando los de la Montaña han engullido al viejo banco madrileño de un bocado. Al fin y a la postre, todo es cosa de cuidar convenientemente la gastronomía, como recordaban Pablo Tarrero y Luis Bergaz al hablar de las prácticas habituales de su patrón el viejo don Emilio. La verdad es que la avispada fauna del Poder aprende concienzudamente el arte de tratar de la manera más solícita a sus invitados, abstracción hecha de la particular idiosincrasia o la verdadera categoría de cada uno. En un restringido almuerzo (todos estos almuerzos son restringidos, de manera que el incauto de turno se cree siempre el invitado «de honor») ofrecido en su día por Emilio Botín padre al profesor Jesús Fueyo el banquero se deshizo en elogios hacia el político, e incluso se permitió citar alguna de sus obras apoyándose en unas «chuletas» preparadas por algún colaborador con textos convenientemente elegidos, por lo que el invitado, que no cabía en sí de satisfacción, se despachó con un largo monólogo para asegurar -clarividente- que, después de la muerte de Franco, iban a subsistir las mismas estructuras políticas bajo la pantalla convencional de un monarca reducido a figura decorativa en manos de las gentes del régimen. Terminado el almuerzo, Fueyo se levantó de la mesa creyendo que Botín ya comulgaba con sus convicciones sobre el futuro del país, ignorando que, cuando abandonó la estancia, el banquero le puso de vuelta y media ante los otros dos invitados. Esto es lo que hacen normalmente estas gentes: cuando los elegidos del Poder se quedan solos, quitan la piel a tiras a cualquiera que se va de los «lugares santos» creyendo que ha deslumbrado a estos ejemplares superlativos de la hipocresía y el cinismo. El método es siempre el mismo: primero se le pone al incauto de turno en los cuernos de la luna, y luego, si se tratase de un periodista, éste será, por definición, un ignorante de tomo y lomo, mientras que el político invariablemente resulta un tío ridículo que acabará comiendo en la mano del banquero, y si el invitado es cualquier intelectual, por eminente que parezca, siempre será para el Poder un insoportable pedante sin una sola idea de verdadero mérito en la cabeza. Y así sucede con cualquiera que se siente a la mesa, a quien se le hará creer que sus opiniones, sus ambiciones o sus deseos son plenamente correspondidos por esa gente de la banca acostumbrada a hacer de su capa un sayo y a considerar siempre a todos los que desfilan ante ellos unos servidores incondicionales indefectiblemente adscritos a la gleba.
La compra del Banco Mercantil fue una jugada maestra. Una contienda en la que el pez pequeño se comió al grande. La operación fue tan comentada en todos los círculos financieros, que más de un banquero, con envidiables dotes adivinatorias, llegó a pronosticar el hundimiento definitivo de don Emilio. Sin embargo, y al margen de la agresividad que le caracterizaba, era una persona emotiva, al punto de que en los entierros se le saltaban las lágrimas con facilidad. A pesar de exteriorizar sentimientos tan nobles, cuando se trataba de defender los intereses del banco no dejaba pasar por alto el menor fallo, ni le temblaba el pulso a la hora de cesar a cualquier directivo, por muchos y provechosos servicios que hubiese prestado a la entidad.
Don Emilio ha pasado tanto a la historia como a la leyenda de la banca, a lo que ha ayudado no poco su impecable porte externo. Aparecía en verano con un impoluto traje blanco de lino y bastón en ristre con delicada empuñadura de plata, y cubierto en invierno con un abrigo de visón hasta los pies y un elegante sombrero. Dejó dicho: «Casi nadie gasta de acuerdo con lo que tiene. Unos viven por encima de sus posibilidades y otros por debajo». (Convengamos una vez más en que tales reflexiones están lejos de la inmortalidad) La familia Botín ha estado siempre entre los segundos, sobre todo porque lo que gastan sus miembros lo paga el Santander, incluso el agua de mar que le traían al prócer desde el Cantábrico para llenar su piscina de Somosaguas. Cuenta el director de una editorial de Burgos, con fama acreditada en la publicación de libros históricos, que le fue a visitar el director de la sucursal principal del banco en aquella plaza para pedirle una de las obras que interesaba a alguien de la familia Botín, pero al mismo tiempo solicitó «una importante rebaja» porque así se «lo habían ordenado de arriba». El precio del ejemplar era de 1.500 pesetas, y el director de la editorial optó por regalarlo para que no padeciese de manera significativa la solvencía económica de la familia, de la que por supuesto no recibió muestra alguna de agradecimiento.
La creación de la entidad bancaria comienza en 1857, sin ningún apellido Botín entre sus fundadores. Se trataba de cubrir las necesidades comerciales que en aquella época tenía la Montaña: lo que exportaba Castilla había que embarcarlo en Santander rumbo a las Américas, a cambio de productos exóticos y ultramarinos. Esta fue la razón que a los comerciantes de la zona les llevó a unirse para fundar el pequeño banco que ha dado origen al gigante de hoy día. El 20 de agosto de 1857 la entidad abrió por vez primera sus puertas al público en un local que pertenecía al Marqués de Pombo, y que, posteriormente, acogió al Club de Regatas. Deben pasar muchos años, y algún que otro incendio, para que en 1890 el banco se establezca en el número 2 del Muelle, el actual paseo de Pereda, con un capital social de cinco millones de reales y una plantilla de trece personas. Una vez concluida la fusión del Santander y el BCH, el portaaviones nuclear cuenta con 39,8 billones de activos, 8.681 oficinas, 106.519 empleados y 800.000 accionistas.
Los comienzos del banco no fueron muy boyantes, así lo reflejan las crónicas de aquellos años. Muy pronto perdió el privilegio de emitir papel moneda, reservado con carácter exclusivo al Banco de España. Don Emilio Botín López, el iniciador de la saga, un hombre con pocas dotes para las finanzas y que a buen seguro no sabía distinguir una cambial de un pagaré, no fue presidente hasta 1909, debido al carácter rotatorio del cargo, por lo que su trayectoria bancaria resultó tan fugaz como anodina. De ahí que lo del pedigrí obedezca al denodado esfuerzo de interesados cronistas en pintar de vivos colores hasta lo más insignificante y gris de esta familia: de aquí en adelante asomará por toda España cierta sorna a cuenta de los relatos brillantísimos que hagan plumas a sueldo sobre los antecesores financieros de nuestro personaje.
El apellido ilustre de la familia lo aporta el bisabuelo Marcelino Sanz de Sautuola, descubridor con su hija María de las cuevas de Altamira en 1879. Los Sanz de Sautuola heredaron la fastuosa finca de Puente San Miguel, en donde, al casarse doña María con Emilio Botín López, el matrimonio fijó su residencia. Era la casa donde el profesor Cartailhac, de la Universidad de Toulouse, hubo de acudir a disculparse en 1905 por haber cuestionado la autenticidad de las pinturas rupestres, lo que hizo ante la abuela.
Otro de los amigos más dilectos de don Emilio era Antonio Escalante Huidobro, terrateniente extremeño, que llegó a sufrir algunos avatares adversos en sus negocios agrícolas y ganaderos, lo que le indujo a suscribir determinados créditos con el Banco Santander. Don Emilio le propuso que se presentara a las primeras elecciones generales, con el fin de añadir un político más a su cuadra. A Escalante no le seducía la idea, habida cuenta de la marcha irregular de sus actividades, pero el patriarca, sugerente, le convenció: «Tú de eso no te preocupes, Antonio, lo importante es que no salgan elegidos los rojos». Con tan recomendable doctrina política y tan alta y confortante bendición, a Escalante le pareció que el tiempo que iba a hurtar a sus asuntos estaría sobradamente compensado con las ayudas que sin duda iba a recibir del banquero. Mas el terrateniente no tuvo suerte en su empeño contra la horda de la izquierda. Se presentó, claro está, por las listas de Alianza Popular en las legislativas del 79; quinientos votos escasos le separaron de la gloria que circunda la cabeza de los padres de la patria. Don Emilio, tras la derrota sufrida por su mandado amigo, lo borró del mapa, y el Santander ejecutó de inmediato todos los créditos dejándolo en la miseria, en cueros vivos, como suena.
Los Botín han reinado en el Banco Santander como monarcas absolutos. La pleitesía a la figura del presidente está acuñada a perpetuidad; la relación monarca/siervos forma parte de su idiosincrasia. A quien intente hacerles sombra lo fulminan. El episodio con tintes de tragedia, del que son protagonistas los Serrano Goyría, lo evidencia con cruel elocuencia. La historia se inicia en 1946, cuando Felipe Serrano, palentino de origen y dedicado a la venta de efectos navales, se estableció en Santander con buen pie. El negocio fue lo suficientemente próspero como para acumular unos buenos ahorros que, en principio, decidió invertir en acciones de Telefónica, las consabidas matildes. Se dirigió para ello a las oficinas del Banco Santander, en donde quien le atendió no fue otro que el mismísimo don Emilio, cuyas dotes persuasorias le hicieron cambiar de idea: Felipe Serrano invirtió su dinero, 150.000 pesetas de la época, en acciones del Santander. El banco entonces tenía un capital social de 50 millones de pesetas.
Desde aquella primera inversión, Felipe Serrano hizo muchas más cosas en el mundo de los negocios, con cuyos beneficios obsequiaba generosamente a sus tres hijos, José Miguel, Luis Felipe y Juan Pablo. El que toma el timón del patrimonio familiar, tras los pasos de su padre, fue José Miguel. En 1986 los hermanos Serrano Goyría compran el 62% de la empresa Inmuebles y Transportes (Intra), dedicada al transporte de viajeros desde distintas estaciones de ferrocarril a múltiples poblaciones del País Vasco. Un año después, la familia transforma la sociedad, que contaba con un capital de 52 millones de pesetas, en Intra Corporación Financiera, se traslada el domicilio social de Bilbao a Santander y la empresa inicia un crecimiento que resultó espectacular. Tres años después, Intra posee un capital de 14.000 millones; sucesivas ampliaciones y la emisión de bonos habían llevado a la sociedad a cotizar en la Bolsa de Madrid. Canalizan las inversiones sin apartarse de la tradición familiar -invertir en inmuebles-, y en la adquisición de acciones del Banco Santander, del que compran 400.000 títulos, siempre con el visto bueno de los Botín. Cuando los Serrano Goyría alcanzan el millón de acciones, los Botín invitan a José Miguel a sentarse en el consejo de administración. La familia es considerada como accionista ejemplar: ha concurrido a todas las ampliaciones y nunca ha vendido una sola acción. Lo que ocurre en 1988.
Todas esas efusivas felicitaciones que los Botín dispensaban a José Miguel Serrano Goyría y el parabién traducido en un sillón del consejo, no eran más que el abrazo del oso al segundo accionista del banco, del que empezaron a desconfiar, sin duda porque ellos ni siquiera se fían de sí mismos. Entre tanto, Intra prosigue su paseo triunfal por cada negocio que emprende. En su junta general de accionistas anuncia dos nuevas ampliaciones de capital. José Miguel Serrano Goyría, sin percatarse de su alcance, comete un pecado mortal, de los que —según aseguran los más eminentes teólogos- privan indefectiblemente de ir al cielo: entre vítores y aplausos, desvela que su familia controla el 2% del capital del Banco Santander; acaban de comprar 300.000 acciones más, y ya son 10.000 millones los que tienen invertidos en el banco. Para los Botín tal revelación era todo lo abominable que cualquier bien pensado podía imaginar: se trataba de la gota, el vaso, la fuente, lo que ustedes quieran, la órdiga en do mayor. Los Serrano Goyría habían traspasado con inconcebible desvergüenza la línea, efectiva más que imaginaria, del coto bunquerizado de los Botín: el control en exclusiva y sin fisuras del propio banco. El «hasta aquí podíamos llegar» fue el grito de guerra lanzado al unísono. Emilito, que ya había aprendido de su antecesor -tanto por apreciación visual propia como por asimilación genética— la manera de eliminar del mapa a quien se pusiera por delante, escenificó apropiadamente el preludio de los acontecimientos que iban a sucederse. Actualidad Económica se hizo eco de la insospechada revelación de José Miguel Serrano Goyría y tituló en portada «El salto a la fama», con inclusión de la consabida foto del declarante. Revista en mano, Emilio Botín, en reunión exigida por él, recibió a Serrano Goyría a quien le pregunta «¿el salto a qué?», y sin esperar respuesta le pone los puntos sobres las íes. Emilio Botín no puede entender que, después de haberle nombrado consejero, haya persistido en comprar más acciones del banco: «Si quieres comprar más acciones, tienes que pedirnos permiso.» Y para demostrar que aquello no era sólo una reprimenda, le anuncia las tres plagas bíblicas que se le venían encima «desde ahora mismo»: todos los créditos del banco concedidos a las sociedades de Intra quedan cancelados; le conmina a adquirir de inmediato todas las participaciones que el Santander tiene en su grupo, y lo más letal, el Banco Santander dejará de figurar como referente en cualquier información relacionada con Intra. Lo único que Serrano Goyría le pudo arrancar a Botín en aquella dramática entrevista fue que el «desde ahora mismo» se aplazara un mes. De poco serviría la tregua, la suerte estaba echada. La temible maquinaria del Santander se puso en marcha, los torpedos contra la línea de flotación de Intra se dispararon de manera tan implacable como certera. Los servicios de comunicación del banco se pusieron a trabajar a toda pastilla: el Santander retiraba los créditos y dejaba caer, como quien no quiere la cosa, que «Intra podía ser la nueva Rumasa», una información que destilaba veneno dirigida al Banco de España, a la Comisión Nacional del Mercado de Valores y hasta al mismísimo apuntador. El Banco Santander fue machacando implacablemente a Intra hasta febrero de 1991, fecha en que se vio obligada a presentarse en suspensión de pagos. A los Serrano Goyría no les quedó más remedio que poner sobre la mesa su paquete del 2% del capital del Santander para hacer frente a sus acreedores. Los 10.000 millones de pesetas en acciones estarían desde este momento en manos de atomizados accionistas acreedores de Intra. Sólo quedaba por cumplimentar el epílogo ineluctable: Emilio Botín solicitó la inmediata dimisión como consejero de José Miguel Serrano Goyría, al que tampoco dijeron entonces que se sacara las manos de los bolsillos; mas bien le empujaron con fuerza para que rodase escaleras abajo y se rompiese la crisma.
* Otro capítulo del que curiosamente nunca se han ocupado los medios de comunicación, lo que no deja de extrañarnos profundamente, es el relativo a la incursión periodística de don Emilio valiéndose de sus amigos Víctor y Jesús de la Serna. Se trataba de resucitar el viejo vespertino Informaciones, lo que se logró por la voluntad concertada de Emilio Botín, el marqués de Deleitosa, el conde de Cadagua y los Match, con lo que el periódico de la calle de San Roque volvió a salir a la luz. La acertada labor de su director, Jesús de la Serna, fue de singular eficacia, y en torno a él logró reunir a un plantel de periodistas que luego formaron la base profesional de El País. Pero a poco de comenzar su andadura, los banqueros, siempre divididos entre sí, nunca estaban de acuerdo sobre cualquier cosa que publicara el periódico, incluso la más nimia, y por supuesto se sucedieron también las presiones políticas, hasta desbordar incluso lo más ridículo que cabe imaginar: por ejemplo, el entonces ministro de Obras Públicas llegó a quejarse ante José María Aguirre Gonzalo de que en la primera página del periódico se había dado cuenta del descarrilamiento de un tren en el que murieron seis personas; para el ministro resultaba escandalosa la publicación de semejante noticia de modo tan destacado, ya que podían haberla reducido, según él, a un par de líneas en cualquier hoja par. Lo cierto es que ante las incertidumbres del cambio político, las desavenencias interbancarias subieron de punto y dejaron caer el periódico de la peor manera, sin preocuparse lo más mínimo del destino de la plantilla: así, a Víctor de la Serna, el gran amigo de los Botín, ni siquiera le concedieron cualquier indemnización por el despido. Insistimos en que nos sorprende el silencio de los medios sobre algo que les afecta de manera tan esencial; pero claro, se trata del Poder… No habíamos caído en la cuenta…”
Las fotos pertenecen al elegido como el mejor power point de 2008.
El Poder Supremo, el dueño del botín. Por Max
No es partidario de salir en la foto, y menos se puede considerar único y ejemplar, ni especie en peligro de extinción como el urogallo. No os dejéis engañar por su apariencia, ni por tener marcado corte de xatero, de vulgar tratante de ganado. Igual que otro antiguo poder supremo –por suerte ya periclitado hace un tiempo- dirá que Él no se mete en política ¿para que? ¡si igual que su admirado mentor, acumula en sus manos todo el poder! No cuenta con ninguna capacidad relevante, aunque se le supone una total falta de escrúpulos. Viene de escuela de pago, antiguo alumno de los jesuitas en Gijón y se adapta de maravilla al medio. Su fuerte no ha sido el haber creado o inventado algo muy provechoso para la sociedad, ¡que va! solo pertenece por herencia a esa carcomida y corrupta casta, privilegiada e impune, que mueve los invisibles hilos del poder, sin necesidad de respetar las pendejas exigencias y límites del Estado de Derecho, sin haber pasado por el filtro y refrendo de las casposas urnas. Ejerce de moderno corsario sin aparente parche en el ojo.
Su poderosa palanca para mover el tinglado es ¡quien lo diría! el dinero que le confiaron millones de gentes, por un mísero interés. Un dinero ajeno manejado a su libre albedrío para aumentar las razones de la fuerza, movilizar voluntades, acallar conciencias y sellar bocas, mientras que también eran aprovechados estos caudales, al mismo tiempo, en incrementar el poder económico, con marcados tintes mafiosos.
Es respetado y agasajado por políticos, jueces y periodistas –si hace falta bailan y dan cabriolas a su alrededor, o dejan que las imputaciones caduquen- no es llevado bajo palio, por que el tema quedó muy desprestigiado después de la muerte de la última momia paseante, no obstante desde hace unos años, la secta cristiana, luce en el manto de una de sus más prestigiosas vírgenes, el rojo y reluciente anagrama de la poderosa empresa banquera.
Hace unos días escribía en un post anterior, que vivimos en la inopia, hoy seguimos en las mismas y me afianzo en la opinión allí vertida, por lo menos en lo que se refiere a cuestiones de verdadero interés, pasó el carro por delante de las vacas, ya ni siquiera pedimos trabajo solo queremos el vil dinero. Los clásicos poderes del Estado –legislativo, ejecutivo, judicial- se hicieron a un lado ante el empuje del Gran Poder, personificado en los grandes grupos capitalistas, que superan con creces el papel que pudiera tener en un sistema democrático.
El gran deterioro ético de las instituciones del Estado, que han puesto a disposición de los corsarios de turno sus atribuciones, propiciando que el Gran Poder haya medrado a sus expensas, succionando parasitariamente la savia del sistema democrático, que muestra un gran deterioro y síntomas de anemia perniciosa, y amenaza pronto y previsible deceso.
El refranero asturiano aunque sea denostado por los espíritus exquisitos, nos lo resume en forma lapidaria:
“Si ye ricu y fue probón ¿quién nun diz que ye lladrón?”
“De xineru a xineru va ‘l dineru pal banqueru”
“Bona ye la pita si otra la cría”
“Con un bon traxe atápase’l roín llinaxe”
“Burru cargáu d’oru algámalo tou”
“El que con señores anda llora, que nun cancia”
“El que de probe pasa a ricu nun hay quién-y mire pal focicu”
“El que nun tien pan yá cenó”
“Pal probe siempre ye nueche”
“Nin en broma nin de veras, col to amu partas peres”
“El gochu y el señor tienen que ser de raza”
“El bon tiempo ye la capa de los probes”
“Al ricu xúnta-y l’aire la fueya”
“Al probe, los garitos sáben-y comoal ricu los pitos”
“Al probe nunca-y alborez”
“Amu que sabe selo, va’l can goliéndo-y el peu”
“L’aguya del probe val más si dobla, que non si rompe”
“Páxaru verde, yá que nun comes, bebe”
“Pixa derecha nun cree en Dios”
“Ilusiones d’home probe son peos de burra veya”
“Pa ser probe nun hai que char empeños”
“A cuartu va la vaca; sinun hai cuartu, nun hai vaca”
“El que nada tén, nada ye rouban”
“Cuando yo tenía dinero llamábenme don Tomás, agora que que nun lu tengo llámenme Tomás na más”
“Les cuentes ayenes nun me quitan de dormir”
“De dineros y bondá, quita siempre la metá”
“Su único hijo” y “Pipá” son novelas de don Leopoldo Álas Clarín
La mayoría de las fotos son de Gijón y pertenecen a mis amigos Penchy y Antuña que pueden visitar en: http://www.flickr.com/photos/penchytu
Y de paso admirar su preciosa colección de fotos colgadas en flickr.

Colegio jesuita de la Inmaculada, en Gijón

Cerro de Santa Catalina (Penchy)

Universidad Laboral desde el Jardín Botánico (Penchy)

Palacio de Revillagigedo (Penchy)

Temporal en el muelle (Penchy)

Iglesia de san Pedro en la playa (Penchy)

Paseantas por la arena (Penchy)

Seguimos en el muelle (Penchy)

Se avecina la tormenta (Penchy)

Contemplando el temporal (Penchy)
¿La justicia? Menudo esperpento. Por Max.
Que más quisiéramos, que la justicia estuviese aquejada de unas leves cataratas, que a fin de cuentas siempre se podrían operar, o que siguiese funcionando como vulgarmente se dice a palpo, quizá con el tiempo gracias al mecanismo de compensación, pudiera dar lugar a que se agudizara alguno de sus otros sentidos, pero me temo que los males están más extendidos de lo deseable, para colmo, no se si será hemofílica pero se constata, que también está aquejada de gran sordomudez. En resumen, una verdadera facha, una piltrafa.
A propósito de dos llamativos y recientes casos, que vienen a certificar el conocido comportamiento injusto y parcial de la injusticia española, soportado con resignación por los de siempre. Produce rabia e impotencia palpar como el que tiene medios se pasa la justicia tan ricamente por la entrepierna y a los demás solo nos cabe darnos por jodidos, si algún día dependemos de la resolución de sus tribunales o su espada redentora.
Asustan los pleitos y más si cabe, sus irreales y torcidas fianzas. Decía uno de mis abuelos, que me cuidara muy mucho de las gentes que viven de enmarañar las disputas, que al fin y a la postre era la razón de ser de tanto leguleyo. Hace unos días llegué a sentirme muy molesto con las machaconas noticias esparcidas por los falsimedios –lo del grupo de sus prisas, no tiene nombre- dando cuenta a troche y moche de la detención de la embajadora de las FARC en Europa, poco menos que de la misma calaña que un sanguinario terrorista de ETA. Conocida la credibilidad de quien extiende los certificados de terrorismo en el mundo, sería para sentirse escamado, pero que los medios, el gobierno y con ella la justicia española, piquen y den pábulo sin más, a unas gentes –Uribe, Iguarán o Santos- que -siendo generosos- cuando menos no ofrecen más credibilidad con sus acciones, que los guerrilleros que son tenidos por terroristas. Recuérdense, el reciente y criminal asalto a país vecino, consumando de paso una nocturna masacre, al poco tiempo emplean sin miramientos los símbolos de la cruz roja para engañar al contrario, hecho que no se atrevieron a poner en práctica ni los más sanguinarios regímenes que en el mundo han sido, y eso sin tener en cuenta la más que confirmada condición de estado narco-paramilitar. Con todo y con ello, al Garzón no le cupo otra alternativa -ante la falta de pruebas- que dejar a la señora Remedios García en libertad, pero el brazo incorrupto de la ley se toma su cumplida venganza –por haberle hecho caer en tamaño ridículo- y en vez de disculparse y reconocer su error, agranda el horror perpetrado contra una indefensa mediadora de causas difíciles aquí y allá, exigiéndole doce mil euros de fianza ¿Acaso está en la misma proporción al aval pedido en su día a los: Mario Conde, Botín, los Albertos, el Roca o el Fabra? ¡Una cosa está clara, si se demuestra que es terrorista –cosa que dudo- como decían, al trullo con ella, y si no lo es, a la puta calle, sin fianza ni más escarnios! Este leguleyo estrella si no tiene ocupación, que se entretenga investigando los cientos de crímenes de la santa Transición. Hay que tener cara para considerar la transición española como modélica, cuando la que verdaderamente habría que echarle de comer aparte fue la portuguesa, donde no hubo ni un muerto, y no lo cacarean tanto como nosotros. Está visto que vale casi todo, en tiempos del glorioso quícaro sanguinario, el santo y seña era la “conspiración judeo masónica” ahora es la “lucha contra el terrorismo” que lo abarca todo.
Más conocido es el caso de Manuel Fuentes, alcalde de Seseña –honrado donde los haya- y sus cuatro compañeros concejales. El Pocero –con el riñón bien cubierto- se querella una vez más contra ellos y el tribunal, en vez de multar al Pocero por denuncia falsa, le pide a los acusados, de escribir un artículo (pulsar aquí y se enlaza el artículo de marras) que depositen una fianza de 133.333 euros. Si las verdades que se cuentan en el artículo valen tanto dinero, ¿Cuánto valdría bien pesado, el comentario –incitando a delinquir- hecho por el Pocero tratando de comprar al alcalde? —“no seas gilipollas, que así lo único que va a pasar es que me sales más barato”- Para más INRI a los pocos días de salir a la luz la desvergüenza del mafioso, tuvo lugar una manifestación de apoyo por parte de los trabajadores de “El Pocero” a su patrón. ¡Tenemos lo que nos merecemos! El mundo al revés, que decía Galeano, los pájaros disparan las escopetas contra los cazadores.
Como final, de como el abogado Enrique Santiago defensor de Remedios García, dejó con el culo al aire a Garzón con su recurso de apelación, que pueden leer >aquí.<
El libro del día es de Juan Carlos Onetti
Cuando ya no importe Juan Carlos Onetti
Vasaltar Gozón
El ministro Santos
Troncomovil del Pocero
Uribe
Chupatintas del Pocero
Cayuco del Pocero
Remedios García
¿Socialistas? Cualquier parecido es pura casualidad. Por Max.
El libro del día
La tregua. Por Mario Benedetti
Con cuatro años por delante, con las fuerzas contrarias en retirada y en plena descomposición y aún así no se atreven a meter mano a la Santa Madre Iglesia ¿que cabe esperar de gentes tan arrojadas? ¿y esos son tenidos por socialistas? La verdad poca cosa, más bien nada. ¡Alma de cántaro! si tampoco se pedía nada del otro mundo. Guardar el crucifijo y la Biblia en el caxón, como ordena nuestra Carta Magna. Pese a los antecedentes y a la mala prensa, nunca fue nuestra intención el arrojar a la pira tan sagrados instrumentos ¡ni mucho menos! Tan solo nos mueve el afán de preservar –una obra tan principal- del deterioro producido por la luz directa y las manos pringosas de tanto falsario desaprensivo y perdulario que jura en vano sobre ella. Es triste pero la realidad nos muestra que los del cáliz, el libro gordo de Mefisto y los dos palitroques cruzados, no precisan que los pperros gobiernen, se las apañan de maravilla con sus otros hermanos en Cristo.
¿Cómo no nos vamos a sentir engañados? Si diluvia sobre mojado, nuestra católica y mojigata vice-presidenta a la que le falta arranque para vérselas con los representantes de dios en la tierra, parece ser que según el ex ministro Rato, en su día hizo gala –desde un puesto de menos relumbrón- de agallas y tenerlos bien puestos, mandando parar al abogado del estado, asumiendo así una participación de primera fila, para evitar que el verdadero dueño de España –un tal Botín, aunque por su poder sea más Botón que Botín- hubiera podido pasarse unos años… –perdón quise decir días u horas- a la sombra, debido a las numerosas y cuantiosas irregularidades cometidas por su banco, con un más que manifiesto perjuicio billonario contra la Hacienda Pública -de algunos más que otros-
Las mascaradas socialistas proliferan, es puro cachondeo, son incapaces de hacer cumplir a las comunidades gobernadas por la oposición, algo tan simple como que se implante de una jodida vez, la asignatura Educación para la Ciudadanía, digo yo que con alguna herramienta contará el Gobierno para obligarlos a acatar las resoluciones y que dejen de pitorrearse del Estado y de los ciudadanos. En casos como este lo más efectivo suele ser cortarles el grifo de los dineros.
Con la estimable colaboración de los sociatas, se van dando los pasos fundamentales para poner en manos de empresas privadas el importante presupuesto público de la sanidad. El capital que hasta hace poco conseguía cuantiosos beneficios con la construcción, ante los problemas sobrevenidos con el inoportuno frenazo, pretende ahora refugiarse en un bien seguro y que mejor cosa que hincarle el diente al sabroso pastel de la Sanidad, un bien fiable que cuenta detrás con las arcas repletas y generosas del Estado. Y para este fin han servido indistintamente los gobiernos estatales del PP, del PSOE, de las Comunidades Autónomas, ya sean de la derecha estatal o nacionalista o de la supuesta izquierda, con la complicidad de los ex sindicatos CCOO y UGT.
Por ejemplo en Madrid, asistimos más que espantados como la Esperancita sacó la apisonadora y se dedica en cuerpo y alma a la demolición sin tapujos de la sanidad pública, piquetas, buldózer, cargas controladas, todo vale para cargarse el viejo edificio. Mientras el gobierno socialista -de brazos cruzados- asiste impasible simulando mirar a otro lado.
En los hospitales privados de tan modélica comunidad, prevén beneficios anuales de entre el 15 y el 25 % de los fondos obtenidos de la financiación pública. Para ello no dudan en reducir la cantidad y la cualificación del personal, precarizar los contratos, ahorrar en dotación de medios y, sobre todo, seleccionar pacientes, rechazando a enfermos crónicos y a todos aquellos en los que por la vejez y la pobreza son de prever mayores cuidados. Las quejas no se hacen esperar, ya se conoce a estos nuevos hospitales como ambulatorios con camas y la que les espera y nos espera, ante tamaña estafa en marcha. Por que no nos engañemos, ya verán como la ola salta barreras, se extiende y termina por salpicarnos a todos. Si nos dejamos apalear alguna culpa tendremos ¿digo yo?
Por ello es hora de gritar bien fuerte:
¡ORGANIZACIÓN DE SANITARIOS Y USUARIOS EN CADA BARRIO, EN CADA ÁREA!
¡DEROGACIÓN DE LA LEY 15/97, DE NUEVAS FORMAS DE GESTIÓN!
¡SI PODEMOS!. ¡LA PRIVATIZACIÓN, NO PASARÁ!
Las fotos de hoy nos muestran algunos de los faros de Asturias.
Faro Peñas
Faro Cudillero
Faro Bustio
Faro de Candás
Faro Luarca
Faro de Lastres
Faro Llanes
Faro Ribadesella
Faro de San Juan
Faro Tapia
Faro Torres
Faro Vidio
Faro Luarca
Faro Cudillero







































































































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