Accidentado día de pesca, en Solarriba. Por Max.
El hombre después de cruzar la recta carretera asfaltada que va dar al Faro de Peñas, se apresta a descender con paso decidido, el repecho de ribera conocida como Solarriba. El mar se divisaba al fondo tranquilo y azulado; en el rostro del individuo se adivina la sana intención de pasar un plácido día de pesca, aprovechando el fin de semana. Iba alegre y ligero, cargando la caña en el hombro izquierdo; de la mano que sostiene el aparejo, cuelga entre los dedos índice y pulgar, un farias a punto de consumirse, que despide un humo pestilente. Lleva a su vez sujeto con la mano derecha un paxo confeccionado con tostados mimbres, en el que se distinguían: un gancho metálico, un cuchillo con la punta roma, unos guantes tan viejos como gastados; un par de pequeñas cajas, una de ellas con la tapa transparente que deja ver: plomos y anzuelos, y la otra de plástico blanco, presumiblemente con xorra dentro; aparte de la compañía de una manzana y un bocadillo de regulares dimensiones, envuelto en papel de estraza, que delata su contenido, con una gran mancha de grasa.
Un único y bravo tramo de bajada le esperaba, alrededor de cien metros de desnivel que había que salvar por medio de un zigzagueante, estrecho y empinado sendero, al borde del abismo; entre árgumas floridas. A partir de aquí el individuo extrema las precauciones, camina más despacio, el gesto serio, los pasos medidos, la vista clavada en el suelo, la vida le va en ello.
—Este sendero al terminar el invierno, cada vez está peor —pensó para sí, sin decir nada.
Por dos veces resbaló en la tierra pizarrosa, medio suelta, consiguiendo recuperar el equilibrio a duras penas, se dijo:
—¿Estás tonto Andrés? Después de haber subido cientos de sacos repletos de algas por este sendero, sin ningún contratiempo, estaría bueno que fueses a tener un percance, un día que vas de pesca.
A la tercera parecía la vencida, se tambaleó, estando a punto de caerse, pero logró evitarlo con un supremo esfuerzo, mientras profería una maldición, al retorcer el tobillo.
—¡Maldita sea! Desde crío bajando y subiendo por aquí y poco faltó para arribarme.
El dolor no le hizo desistir, le encorajinó más si cabe su torpeza, aunque era consciente que le restaba el tramo final más difícil y complicado, no iba a desistir por un pequeño contratiempo.
—El dolor ya se me pasará cuando meta el píe en la fría agua salada —se dijo al notar cierta hinchazón en el tobillo.
Cojeando con paso inseguro prosiguió sin mirar atrás, a fin de cuentas tampoco le faltaba tanto, poco más de una docena de metros de desnivel para llegar a los bolos y el agua.
Estaba visto que el destino se la tenía jurada, no hizo más que dar un par de pasos cuando le falló la pierna lastimada y se produjo el accidente, no tuvo donde asirse, en cuestión de un segundo llegó al fondo como un fardo rebotando en las salientes rocas, que formaba la pendiente.
—¡Madre del alma! —exclamó tirado sobre los bolos
Era aquella la súplica de un hombre fuerte en peligro, tenía el corazón desbocado, acelerando unos latidos que le llegaban a las sienes. Luego una angustia vaga, una inquietud creciente fue apoderándose de su ánimo. El sapazo había sido de campeonato, intentó incorporarse con un supremo esfuerzo, no le siendo posible de momento, el pavor se dibuja en su cara, se humedeció los labios con la lengua, después apretó los dientes y se incorporó tambaleante, como borracho despertado por el relente.
El golpetazo había sido tremendo, no llegó a perder el conocimiento, aunque se encontraba bastante mareado del susto, agravado por el fuerte dolor que le producían los miembros lastimados. Escudriñó los daños, con los ojos cargados de lágrimas, que la sangre que le bajaba de la frente, llegaba a teñir de rojo: los brazos aparecían despellejados, de la herida frontal surgía un buen manantial, que le llegaba a nublar la visión, se palpó la rodilla izquierda que también sangraba y aparte comprobó que no la podía doblar; sentía la pierna entumecida y unos golpes internos en las venas le llegaban hasta la ingle. Tendió una mirada escudriñadora a su alrededor, no se divisaba un alma en el pedrero, solo el sonido de las olas le acompañaba, con su son monótono y siempre igual; las acres emanaciones salinas le llegaban a la nariz dolorida.
Ya se podría quedar ronco de dar voces, por muchos gritos que diese nadie llegaría a escuchar sus llamadas de auxilio, estaba cercado por la quebrada, del agua poco podía esperar, allí no solían llegar las lanchas, y lo más cercano hacia un lado era la playa de Verdicio y al otro el Cabo de Peñas, con lo ello significaba de inaccesible. Comenzó a sentir miedo, el día se había torcido y seguro que no tendría la suerte de que un ser humano se acercase en toda la mañana al pedrero. Permaneció clavado en el suelo varios minutos, como debatiéndose consigo mismo, ahogado en un mar de dudas. No le quedaban fuerzas para gritar, aparte que hubiera sido inútil, malgastarlas desgañitándose.
Encogiéndose de dolor, avanzó lenta y cautelosamente hasta la orilla, por momentos se arrastró de espalda por encima de los bolos y las piedras húmedas y resbaladizas, hasta llegar a un pozo; con el embozo de la mano –haciendo de cacillo- echó agua que parecía helada por la frente, que ya ni la sentía y menos mal que estaba de espaldas sino se habría venido en el pozo de cabeza, al sentir el escozor del salitre en la herida, quizá la irritación y el frío le ayudó a despabilarse. Terminó sumergiendo la pierna en el charco y el fresco vino a aliviarle el dolor, al par que teñía de rojo el agua, logrando que la hemorragia disminuyera.
Volvió la vista y miró lentamente en torno suyo al círculo de mundo, enteramente suyo y aislado que abarcaba. Se quitó la camisa y procedió ayudándose de los dientes a hacerla jirones, estaba pálido y asustado, su mirada era la de un ciervo malherido. En la refriega el paxo había salido volando, de los restos del alunizaje recogió el gancho y con los restos de unas tablas que por suerte por allí estaban a mano, procedió a entablillarse la pierna. La caña le sirvió de bastón y ayuda, en la ímproba tarea de tratar de ponerse en pie.
Fue consciente que si era complicado y difícil el bajar, ni te cuento lo que podría significar la subida con los brazos y manos magulladas, el hueso frontal partido y una pierna tiesa con la rótula bastante dañada –seguramente rota- juzgaba sería empresa poco menos que de titanes. No diré que sudaba, ya que de pálido que estaba los poros se habían cerrado, impidiendo que la secreción aflorase a la superficie, al sentirse tan impotente, lo sacudieron profundos sollozos sin lágrimas. Cerca del horizonte el sol se despabilaba y ardía débilmente, medio oscurecido por las nubes entre grises y transparentes.
Al fin se convenció que no era razonable el esperar ayuda de brazos cruzados, que tendría que salvarse con sus propios medios, así que vendó el tobillo dislocado, y se decidió a poner remedio a sus males. Necesariamente debía salir al camino, subir y subir, donde tal vez alguien le ayudaría a seguir.
Llevaba una eternidad dibujando una figura grotesca en el acantilado y solo había logrado escalar -a veces medio encorvado, otras arrastrándose como una oruga- media docena de metros, el mismo trecho que menos de un segundo le había costado bajar de golpe; el cuerpo cada vez más dolorido. El jirón de tela que se había atado a la frente, dejaba resbalar la sangre que le llegaba a la boca tibia. Sintió mucha sed.
El hombre descansó el peso de su cuerpo sobre la pierna sana, aunque magullada todavía le respondía, se sentó acomodando la pierna tiesa y tendió la mirada suplicante a lo alto, nadie en lontananza; abajo las aguas dormidas marcaban una fina cinta de blanca espuma que contrastaba con los prietos y mojados bolos. Sobre su cabeza las gaviotas no cejaban de revolotear y graznar su monótono y destemplado quer, quer, quer, que le sonaron a burla, las maldijo y les gritó –y mira por donde le vino bien, el desahogo, le hizo olvidar por un instante sus penurias- Mientras tanto pugnaba por ponerse en pie –por demás era una tarea lenta y ardua- aquella maldita articulación hinchada, era como un gozne mohoso que rozara contra el casquillo, produciendo una enorme fricción, tal como si un perro le tuviese clavados los dientes en ella todo el tiempo. Tardó cerca de un minuto en alcanzar la posición erecta.
No se sentía con suficientes fuerzas para llegar arriba, el resto era la nada, le embargó una desolación tremenda y aterradora, que trajo y prendió inmediatamente el pánico en sus ojos, la pierna menos averiada, le temblaba como una cañavera, la otra ni siquiera esa vana licencia se permitía. Se lamentó:
—¿Qué podía hacer? Sería triste y cruel venir a morir desangrado, a cuatro pasos de donde había nacido, allí solo y sin que nadie le pudiera brindar una mano amiga.
Movido por una desesperación que rayaba en la locura, tratando de no hacer caso del dolor, siguió subiendo la pendiente hasta alcanzar una zona con menos desnivel, su andar era grotesco y vacilante, cuando no arrastraba la pata tiesa, marcando un surco en el suelo como si fuese una babosa. Aunque no reparó en ello, el cueto de la Herbosa apenas se divisaba distante, al otro lado, la punta de la Rosca, la de la Campana, la del Infierno o la misma del cabo Negro, con sus altos acantilados, según se perdían en la distancia, no le hubieran infundido más ánimos, ni elevado la moral. Estaba solo pero no perdido, aquellos parajes le eran bien familiares, conocía de memoria todas las revueltas del sendero, e iba descontando metro a metro lo que le restaba de penosa cuesta.
Tanteando, tanteando fue subiendo el repecho hasta divisar un montón de escombros; tropezando, cayendo, levantándose cuando no caminaba balanceándose como cascarón a merced de la tormenta, la luz ceniza del medio día pintaba de gris su cara magullada y deforme. Llegando al alto –a las inmediaciones del pueblo del Ferrero- el cielo se le abrió, al divisar a un convecino que al verle de aquella facha se brindó a trasladarle presto al sanatorio.
El parte de guerra del hospital fue claro: rotura del hueso frontal en cinco cachos, la rótula de la pierna izquierda se había partida por la mitad como una nuez, aparte de magulladuras y erosiones varias por todo el cuerpo, y después de todo había tenido suerte con su entereza, que le permitió superar el percance con: sangre, sudor y lágrimas.

























El último día de pesca. Por Max.
Recuerdo con claridad aquel día y pese a los muchos años transcurridos, tengo la sensación de haber quedado con el corazón encogido desde aquella infausta jornada, fue sin duda uno de los más amargos de mi existencia. No sé la cantidad de hiel que me tendrá reservado el destino, pero la impotencia y angustia pasados en aquellas horas, no se las deseo ni a mi mayor enemigo.
Aunque por ascendencia y nacimiento soy claramente de tierra adentro, el haber pasado mi primer año de vida a nivel del mar me hacía pertenecer también al club de los “del culo moyau” como nos solía denominar en el pueblo, con guasa, el tío Ramón. Con todo y con ello, siempre tuve mucho respeto al inmenso mar, descubierto por segunda vez, en una excursión a Xixón junto con el abuelo y el primo Balbino, cuando ya levantaba cuatro palmos del suelo.
Partimos a media mañana del pueblo de Ferrero, éramos dos mayores y cinco niños, que oscilaban –si mal no recuerdo- entre los cuatro años de la pequeñina, hasta los once del mayor. Puede que fuese un sábado de verano, como otro cualquiera, del que no cabía esperar mayores novedades o problemas. Subidos al auto, recorrimos con cuidado los desiguales caminos terreros, hasta llegar, después de bajar un buen trecho, a una zona conocida como Coneo, donde quedó aparcado el cuatro latas; nos dio la bienvenida la maltrecha figura de los cascarones de dos grandes pesqueros que se pudrían abandonados, muy cerca ya del majestuoso cordón de rocas, que forman el imponente cabo Peñas.
La tropa menuda marchaba alegre, con los ojos húmedos y brillantes por la excitación, que solo dan los pocos años. Unos calzan chanclos, otros botas de goma o alpargatas, lo que si llevaban todos adornando la tiesta, con gorra calada para protegerse del sol. Descendimos del auto, cargados como abechas, con cañas, cestos, bocadillos, merucos, ganchos, espátulas y demás utensilios, más o menos marineros.
El último trecho de la bajada se hacía caminando, hasta llegar aun estrecho paso en el que arrimados a la roca, era necesario pasar en volandas a los más pequeños, esto llegando ya casi a nivel del agua. Faltaba poco para la bajamar, así que dispusimos toda la impedimenta, extendida y a resguardo de la próxima pleamar y sin pérdida de tiempo preparamos los aparejos, dispuestos a pasárnoslo en grande.
Un amplio roquedo de superficie lisa y bruñida, que quedaba al descubierto y se adentraba en el agua, fue elegido como base de operaciones, caminamos por encima encontrando varios pozos a los que les llegaba el agua por reducido canal, y en cuyos márgenes afloraban colonias de mejillones y de xorra escondida, los primeros eran machacados y empleados para ser arrojados al agua en la zona donde eran caladas las cañas y atraer así a los peces al engaño del anzuelo, en el que se prendía el verdoso meruco ciempiés -conocido por aquellos mares, como xorra- que era previamente arrancada a la fría y húmeda piedra.
Las aguas quietas y estancadas, reflejaban un azul profundo que les alcanzaba desde la bóveda celeste, con la que se llegaban a confundir en la línea de un horizonte, en que se perdía y naufragaba la vista. Descansaban aquel día placidamente dormidas las olas, sin dibujar su arrugada faz, que producía normalmente la mar arbolada del Cantábrico, aunque en aquella zona, siempre estuviese atenuada al abrigo del cabo. La tranquilidad del aire había dado paso a una tersura de estanque, que hacía innecesario atenerse al aserto que dice: “que pa pescar peces ye necesariu moyase el culo”
Ni un velero ni una lancha interrumpían la soledad animada de los chiquillos, que correteaban alegres sobre la roca, recogiendo con la ayuda de una espátula o un cuchillo con la hoja rota, de los bordes de los cuencos naturales, las apretadas colonias de mejillones, y oricios, que llevaban a puñados para ser machacados con una piedra. Las gaviotas desde los riscos contemplaban ajenas e indiferentes, nuestros manejos. Los dos adultos mojábamos el meruco a un lado de la roca, separados por escasos metros y ajenos al mundanal ruido, comentando al descuido, que la mar estaba demasiado quieta y transparente y por eso seguramente no picaban los sarrianos y no digamos las mandiatas, que eso ya era artículo de lujo, para dos pescadores aficionados como éramos nosotros.
A toro pasado me pregunto: ¿Teníamos alguna justificación para lanzarnos caña en ristre, con una recua de críos al proceloso mar? Sin reparar en los peligros que comportaba tal desatino, y menos alguien que ni siquiera era aficionado a la pesca. A todo más, no podíamos aspirar a otra cosa, que no fuese el recibir el empalagoso y húmedo perfume de las algas, contemplar como saltaban las pulgas de mar al ser pisadas las ramas secas de la cherva. Reconozco que es una gozada y un alivio para los ojos cansados de trabajar toda la semana, el contemplar el reflejo azul del agua, y seguro que las píldoras de yodo que respiras, cooperan a dar color a las mejillas de niños pálidos y ojerosos, pero sin duda convendréis conmigo que fue una temeridad, el ir con tanta tropa menuda.
El tiempo pasaba sele, estábamos la mar de entretenidos, cuando de pronto… aunque el sol brillaba en el cielo despejado, sentí como si una sombra se hubiese proyectado, me vino una premonición de peligro indefinido, sin saber como el corazón me dio un vuelco, se me subió a la garganta. La sangre la noté helada en la venas, sentí un sudor frío en la piel que me pegaba la camisa, quedé en suspenso intentando localizar la fuente de esa fuerza misteriosa que me avisaba, con creciente ansiedad buscaba la cosa invisible que me amenazaba los sentidos, sofocadora. Surgió delante de los ojos una niebla que anunciaba imperiosa, el destino insensible se disponía a segar una vida a pocos pasos, se alumbraba una tragedia de muerte, y sin duda ese impulso de sexto sentido estalló incontenible, con una pregunta desgarradora:
–¿Dónde está Miguel?
Nadie supo dar cuenta del crío desde hacía unos minutos, tiré la caña y como locos nos pusimos a llamarlo a gritos y buscarle por el perímetro de la roca, hasta que lo descubro como un muñeco, un trapo mojado y medio hundido, boca abajo, en un pozo al que le llegaba el agua del mar por un pasadizo y con una profundidad de poco más de metro y medio. Me metí en el pozo y lo pesqué con la mano por las ropas, arrastrándolo hasta la orilla del cuenco.
Se conoce que intentando recoger oricios o mejillones debió resbalar y caer al agua sin ser visto por nadie ni llegar a chillar, y seguramente perdió el conocimiento del susto de verse en el agua, ya que flotaba tendido boca abajo y quieto, varado como resto de un naufragio.
Tenía los ojos cerrados, la cara pálida y afilada, la cabeza se le iba para los lados, parecía sumido en un sueño muy profundo, no tenía pulso, le sacudimos y tratamos de abrirle la boca, que se resistía, contaba con los dientes apretados y las mandíbulas rígidas, en la operación nos cargamos uno de sus dientes de leche, logramos meterle un palo en la boca y pugnamos por llenar de aire sus pulmones, sin saber muy bien como llevarlo a cabo.
Primero le apretamos el pecho intentado que expulsara el previsible agua, al ver que no tenía, lo movimos con fuerza tratando que reaccionase. Hubo un momento en que nos decíamos que estaba muerto, pero nos negábamos a admitirlo, los minutos pasaban interminables y en una de estas notamos como si intentase respirar por si solo.
Desde entonces ya no dejamos de moverle los brazos para ayudarlo, por lo menos muerto no estaba, no sabíamos los daños cerebrales que pudiera tener, ni los minutos que habría estado sin respirar, pero recobramos un poco el ánimo, dispusimos el llegar al coche corriendo, recuerdo que los nervios me atenazaban las piernas y casi no acertaba a respirar de lo fatigado que iba, no podía soltar el crío. Juzgué que no estaba en condiciones de conducir así que le rogué a mi cuñado -que parecía más calmado- lo hiciese.
El resto de la tropa, al cuidado de los mayores los dejamos llorosos y compungidos por el estado del primo y hermano, a la altura de los cascarones, encaminados en dirección a la casa de los abuelos. Lo nuestro fue una carrera desenfrenada hasta alcanzar el pueblo, aunque era verano por la ventanilla abierta, noté que entraba un viento helado que me llegaba de la tierra fría, los árboles parecían ennegrecidos, fruto de una naturaleza fea y hosca. Llegados al pueblo y visto el estado nervioso del que hacíamos gala, allí fuimos relevados, siendo los tíos los encargados del traslado hasta el ambulatorio de Luanco y después de rápida consulta médica, se acordó la conveniencia del ingreso en un centro hospitalario de Gijón, que contaba con mejores medios.
Por la tarde llegaban buenas noticias desde el hospital, el ahogado había recobrado el conocimiento y no mostraba ninguna secuela del percance. Al caer la noche me acerqué a la habitación de la Residencia – que es el lugar que tenemos destinado los gijoneses como peaje entre la vida y la muerte- Al contemplar el crío que a duras penas paraba quieto, pálido y sumido entre las blancas sábanas, mostrando al hablar y reír el hueco dejado por el diente de menos, terminé por convencerme que sin duda había vuelto a nacer, le toqué la cabeza para asegurarme que no era un sueño, y no pude reprimir que unos gruesos lagrimones resbalaran por mis mejillas, cabal desahogo a una dura jornada, con final feliz.
En ese momento tomé una determinación: ¡Nunca más volvería a pescar! A un mal día como este, valía más trazarle una cruz negra, darle con la puerta en las narices y borrarlo de la memoria, aunque hoy -pasados bastantes años- quiero rescatar del fondo del armario, sus apagadas cenizas, ocultas entre telas de araña.
Puesta del sol en el Cabo Peñas. Por Max.
La tarde de mediados de Agosto, había sido espléndida, sol a raudales aunque a última hora se torció un tanto, apuntaban las nubes por el occidente, que manejaba la brisa con suma delicadeza, en contra del habitual ventarrón que suele venir aullando del cercano mar, no en vano estamos en la rasa, una península plana, y elevada más de cien metros sobre el nivel del agua. Eran unas nubes ligeras y gaseosas, que dejaban ver el intenso cielo azul, por entre sus bordes redondeados.
Así que mitad y mitad, de media docena de hombres y muyeres, animados y cargando con sus limitaciones como andariegos, abandonan la finca donde se dedican –por las mismas fechas todos los años- a pasar la mayoría del tiempo, alrededor de la barbacoa y llenando las panzas. Caminan dirección norte, primero suelo arenoso, después un trecho, campo a traviesa; cruzan la carretera del Cabo y siguen por la senda entre prados y tierras, hasta llegar a un amplio campillo de cotollas –dicen que protegidas- tuercen a la derecha divisando el faro al frente. La mitad son nacidos allí, el resto de tierra adentro, todos canosos y con algún achaque propio de la edad.
A lo lejos la línea del horizonte de la tierra, más atrasada la del mar, marcando claramente la diferencia con el cielo. Un grupo de barcas pescan, amparadas por el cueto la Arbosa, diminuta isla cercana al acantilado. Caminan sobre la proa de un gran transatlántico que enfila decidido el norte. El camino está desierto, aunque llegando al faro aparecen cientos de autos aparcados, algunas gentes se entretienen paseando al borde del abismo –no en vano es el segundo lugar más visitado de la provincia- la mayoría optan por practicar la sentada, dentro o fuera del chiringuito de Pirulo, consumiendo. El día languidece, es obligación el rondar cerca del acantilado y hacer unas asemeyas al alto pedrusco, que destaca brillante por la luz del sol, que le da un tono amarillento, le llega perpendicular y con las mismas refleja los chorros dorados sin mancharlos.
Era una excursión propicia para aventuras como antaño, cuando llevaban los críos de la mano a ver el mar, o para desfogarlos trotando hasta llegar a Coneo, con el mar testigo del juego de la piesca, el salto, o sin más, recibir la brisa cargada de salitre en la cara. La verdad es que para estar completo el hechizo, les faltaba el enjaezado caballo, los playeros deberían ser botas de montar con espuela, el bastón larga espada de punta afilada. ¿Dónde se oculta el Castillo encantado de Gozón? ¿Do habita la Princesa de los cabellos dorados…? de pronto reparan en el abismo que se abre a sus pies, y se frustra el embrión de aventura, la realidad es que hay que dejarse de ensoñaciones y monsergas, mangarse la ropa de diario y procurar mover los pies con cuidado, a los que no son ángeles, les puede resultar fatal el caminar por las nubes.
Van con paso lento, aguardando que el sol decline, desde la altura mucho antes que el astro termine su recorrido, se ven reflejados los destellos, como un reguero de oro sobre el agua, por momentos unas pequeñas nubes se interponen y lo ocultan, nadie habla, el silencio es sagrado. Tienen algo mágico aquí las puestas, les viene a la imaginación, aquellos primitivos ¿serían acaso una especie de monos? llegarse al abismo y quedar sobrecogidos viendo al dios sol hundirse en el agua, mientras ellos resultaban copados contra el barranco, por las negras tinieblas.
En cuanto llega la noche, el faro de Peñas, celoso perdido, desafía al astro rey, se enseñorea del contorno y con su rayo de fuego que dicen puede alcanzar, hasta cien kilómetros dentro del mar, se compromete solícito, a guiar los barcos durante las tinieblas y dejarlos sanos y salvos, en buen puerto. ¡Así sea!
Vamos para atrás como el cangrejo. Por Max.
Se veía venir, nos tomaron la delantera y ahora no hay quien los pare, las gentes que estaban acostumbradas a las penalidades y a la lucha continua, hace años que hicieron mutis por el foro y los actuales habitantes del inmundo, no estamos preparados para atrincherarnos y mantener las posiciones, nos arrastramos, reculamos y reculamos sin descanso. Desconocemos todo sobre el arte de la guerra de guerrillas y así nos va a lucir el pelo. Paso a paso y una por una, nos irán desmontando las conquistas que tanta sangre y sudores les costaron a nuestros deudos el conseguir. Aquella vieja comunión, aquella piña primigenia de los obreros de finales del siglo XIX permanece secuestrada, brilla por su ausencia. ¿Qué fue de los en otras horas combativos sindicatos? El primer paso del capital consistió en infiltrarlos y a continuación comprarlos, así puestas las cosas la rendición de la fortaleza -qué digo, ¿fortaleza? ¡chiringuito y gracias!- era cuestión de tiempo. Es desolador el panorama, nos cercan el neofascismo, el individualismo, el consumismo y la única válvula de escape que nos permiten es el fútbol. No hay nada más allá, un erial, terreno baldío.
En nuestras manos está el pasar de todo o luchar ¿Qué os apostáis que una vez más pasaremos de todo? Esta Europa de los mercaderes en la que nos ha tocado subsistir, comenzó con disimulo legislando una normativa contra la inmigración sin papeles, siempre con la mente puesta –en el futuro- en ajustarles las cuentas –cuando los tiempos fuesen propicios- al resto de los mortales y en ese capítulo estamos -incluidos también los nativos- al fin llegó nuestra hora, estamos en capilla. ¡Que el diablo nos coja confesados!
Atrás quedaron los viejos postulados del marxismo ¡cuanta razón encerraban! que nos decían que: “la jornada laboral era el resultado de la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo en cada momento dado” Y dado que la globalización del capital avanzó en estos últimos años a paso de gigante, tanto como retrocedió en el mismo tiempo el trabajo y sus peones. Era de esperar que el primero hiciese valer su posición de supremacía y mayor peso, para conseguir un nuevo fiel de equilibrio ¡ahí lo tenemos! las sesenta y cinco horas semanales lo marcan, es el resultado. El estado del bienestar hace tiempo que amenaza derribo. Al primero de Mayo hay que enterrarlo huele que apesta, ni los tres ochos nos respetaron ¡ya son historia! –ocho horas de trabajo, ocho para vivir la vida y ocho para dormir- ¡que nos las han robado sin darnos por enterados, compañeros! Y lo que es más triste ¡Sin lucha, sin una leve protesta de nuestra parte!
Volveremos a la contratación individual al libre albedrío del patrón, del encargado, del mayoral, ¡este me sirve, aquel no! Me río yo de la futura contratación colectiva, en vez de conseguir que los chinos progresaran y se acercasen a nuestro bienestar, al revés nosotros vamos a su encuentro, dentro de muy poco nos equipararemos con ellos, en la falta de bienestar. Esto va en cascada, es un castillo de naipes que se derrumba aceleradamente, a las pensiones les quedan cuatro telediarios. Las vacaciones pagadas es otro capítulo muy oneroso para el patrón y por lo tanto primer candidato a ser suprimido de un plumazo, en cuanto el estado mengüe un poquito más y que acontezca el perder píe por algún tropezón… ¡zás! le seguirá la abolición del salario mínimo. La cobertura sanitaria universal es un desatino, que como se podría suponer, nunca lo cometieron los espabilados gringos que van muy por delante nuestro. ¿A quien en su sano juicio se le puede ocurrir el prestar servicios sociales gratuitos a todo cristo? ¡Urge abolirlos! ¡Todo se andará y lo que te rondaré morena!
El tiempo apunta negros nubarrones y tormentas. Los dueños del dinero son ruines hasta en el planteamiento, llevan la mayor parte de la culpa de la crisis provocada por el ladrillo y la especulación con el dinero y al final la aprovechan para darle una nueva vuelta de tuerca al mundo laboral y conseguir réditos contantes y sonantes. La gente temerosa ante el previsible aumento del paro, se muestra indecisa y paralizada, no sabe como reaccionar, lo que les viene de perilla a los golfos del capital. Hay que tener más baba que un saco de caracoles, para presentar las sesenta y cinco horas semanales como un avance social, solo les resta sacar la picha y mexarnos. ¡Nos lo tenemos merecido por borregos! Otros en cambio no caben en sí de gozo, se felicitan con lo bien que emplearon su dinero, en comprar los representantes del pueblo para propio beneficio.
El libro de hoy es todo un clásico el “Pedro Páramo” del gran escritor mexicano Juan Rulfo.
Los fotos pertenecen a Asturias.
Vetusta
Valle del Lago
Universidad Laboral
Somiedo
Sierra del Cuera
Puerto de Luarca
Playa Toró, tenebrosa
Playa el silencio
Playa
Niembru
Montañas
Luarca
Deva
Cudillero
Costa
Cordillera Cantábrica
Cantábrico
Cabo Peñas
Atardecer en el Cabo Peñas
Peñas













































































































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