MAX Y LOS CHATARREROS

La crisis de ellos. Por Max.

Posted in Actualidad by maxalvarez on mayo 14, 2009

Entre la mayoría del personal de izquierda, tenemos asumido y por ende venimos a considerar erróneamente, que la crisis que padecemos, la tenemos catalogada como la crisis de ellos, de los capitalistas. Tal como si nosotros fuésemos ajenos, y no tuviésemos nada que ver con ella. Estamos narcotizados, hace tiempo que nos olvidamos de la lucha de clases –que se disolvió en un atroz y castrante individualismo- la rebeldía yace desde décadas enterrada, ya no soltamos tantas coces como debiéramos. Nos movemos dentro de una absoluta bulimia social. Creemos que por el mero hecho de disponer de coche y casa, ya somos clase media, y pensamos que en esta medianía está la razón y la virtud. Cuando los genios de la ganancia están contentos, saben que la crisis les depara otra llave, para aplicarnos una nueva vuelta de tuerca a los de abajo.

¡Valientes mentecatos y badulaques, estamos hechos! Con las consecuencias dramáticas, tan terribles que se están derivando sobre el mundo del trabajo. Mientras se produce una colosal hemorragia laboral. Permanecemos quietos a pesar de la ruina que esparcen sobre la cabeza de los más desfavorecidos, sin trabajo, sin dinero, sin nada de nada. En suma estamos inmersos en una tremenda crisis, prueba palpable de una manifiesta inviabilidad del capitalismo, que afecta a todo quisque, en mayor o menor medida, y por la que vamos a pagar un altísimo precio, los de siempre, los pringaos.

Cuando no deberíamos consentir cohecho ni perdonar derecho. Asistimos al rescate por parte del estado de estos ricos tiñosos, al medrar impune de los raposos, sin mover un dedo, sin protestar ni siquiera. La sangre que corre por nuestras venas debe ser aguachirle. Somos unos necios, tontilocos desclasados. Ciegos e individualistas. Ni siquiera nos aplicamos a conciencia a tornar los gochos, como deberíamos. Permitimos que sigan comiendo, tan campantes, las mejores tajadas. Estamos como ciruelos, esperando si cae o no cae el capitalismo. Andamos a mozas, mientras los crápulas dejan sin perras el caxón de todos.

Las izquierdas vivimos enredados en vanas disquisiciones filosóficas de siglas y demás zarandajas, mientras el ruin y miserable gallo seduce –en cinco minutos- cien gallinas sindicales, sin tanta filosofía. Somos unos sarnosos que moriremos aplastados como sapos, por la caída del capitalismo sobre nuestros míseros cuerpos, y sin darnos por enterados. Seguimos cargando a todas horas con la galbana a cuestas, ante la imperiosa necesidad de pasar al ataque, ante la siempre pretendida reforma del mercado laboral ¡reforma sí! pero para dejar un solo contrato: fijo e indefinido para todos. Un nuevo engaño con la quimera de la recuperación, nos sabe a puchero para enfermo.

Es el capitalismo un carnívoro vergonzante, que esconde sus dientes como quien oculta sus armas. Merecemos que nos hinquen el diente, estamos pasmados, que sí, que no, que qué sé yo, sin tomar cabal determinación. No debiéramos olvidar que estamos aquejados por una crisis de identidad permanente. Apechugamos con el mochuelo de la crisis, sin haber tenido el menor arte ni parte. Continuamos haciendo el oso todos los días y a todas horas.

Y todavía se atreven esos cuervos que se visten por la cabeza, a seguir engañando al lucero del alba, con su dios y sus paparruchadas. Tiene delito ese podrido y cínico Señor, que nos cuentan, que ha devuelto la vida a los muertos, la vista a los ciegos, la salud a los paralíticos, pero a los pobres, a los que se han quedado con los pies desnudos y sucios, que van por la vida con los calcaños puercos, como santa concesión, les recomienda tener paciencia y esperar a la otra vida. El miedo no nos guarda la viña como al Señor, y seguimos dejándonos la lana en sus divinas zarzas. Centellas partan a ese dios cristiano, miserable, ruin y abusador.

Estoy convencido que la principal causa de la crisis es la tremenda desigualdad, y nada se hace por remediarla. Recuerdo como un antiguo jefe, tenía una máxima muy apropiada y que solía cumplirse casi siempre, venía a decir: “Toda persona de inteligencia mediana, debe hacer lo contrario de lo que le dicte la cabeza” Teniendo en cuenta que todos los que nos gobiernan no sobresalen precisamente por ser unas lumbreras, deberían pensar un momento y después hacer lo contrario de su reflexión. Seguro que acertarían mucho más de lo que suelen. Que la cabeza les pide bajar los salarios, la solución correcta: subirlos. Que la chola les pide retrasar la edad de jubilación, la solución apropiada: bajarla. Que su necia mollera les pide recortar las prestaciones sociales, la solución ajustada: ampliarlas. Que el coco a los pperros, les dice que hay que bajar los impuestos, la solución apropiada: subirlos. Y todas a ese tenor.

El sistema evidentemente está hace rato en su etapa terminal, de nada van a valer los parches ¿Porqué no comenzamos a idear algo nuevo antes que colapse, para qué esperar que llegue ese momento?
Es hora de subirnos a la chepa la mentalidad de los sastres y tomar medidas, plantearnos que hasta aquí hemos llegado, y decir muy alto ¡basta! Esta situación no es buena para nadie. Si nos comparamos con el resto de Europa, llegamos a la conclusión de que la carga impositiva es demasiado baja, y no contentos con ello aquí tenemos a ZP -en el debate del Estado de la Nación- haciendo más política de derechas y bajando la carga impositiva a los que más pueden. Así no vamos a ninguna parte.

SIGUEN CINCO MARAVILLOSOS CUENTOS DE CLARÍN QUE SE PUEDEN BAJAR HACIENDO DOBLE CLIC.

ADIOS CORDERA

BENEDICTINO

EL QIN

LA CONVERSION DE CHIRIPA

PROTESTO

Las fotos pertenecen a cuadros de un contemporáneo de Clarín
Wiliam Adolphe Bouguereau
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El pintor

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Clarín en Guimarán. Rutas Clarinianas. Por Max.

Posted in Caminatas by maxalvarez on mayo 11, 2009

Hace unos días recordaba a Clarín, al caminar muy cerca de aquí. Hoy traigo una iniciativa pionera en España, en funcionamiento, es: “La Ruta Clariniana” Experiencia literaria-turística, la narración se encuentra inmersa en el paisaje, en el escenario donde acontecen los hechos. Durante el recorrido el visitante podrá disfrutar leyendo las citas del propio escritor, alusivas a los parajes y sus gentes. Además están señalizados cruces y lugares de interés. Esta ruta por tierras de Carreño, se debe hacer con el libro en la mano o, en su defecto, en la memoria. Es una experiencia gratificante, la literatura se une a la excursión en un enlace redondo.

Que mejor que la maestría de Clarín para describir la iglesia parroquial de Santa María la Real, pese a que la mayoría de los castaños hayan desaparecido.

“….Era en el campo, a media ladera de una verde colina, desde cuya meseta, coronada de encinas y pinares, se veía el Cantábrico cercano. El templo ocupaba un vericueto, como una atalaya, oculto entre grandes castaños; el campanario vetusto, de tres huecos -para sendas campanas oscuras, venerables con la pátina del óxido místico de su vejez de munís o estilitas, siempre al aire libre, sujetas a su destino- se vislumbraba entre los penachos blancos del fruto venidero y los verdores de las hojas lustrosas y gárrulas, movidas por la brisa, bayaderas encantadas en incesante baile de ritmo santo, solemne. Del templo rústico, noble y venerable en su patriarcal sencillez, parecía salir, como un perfume, una santidad ambiente que convertía las cercanías en bosque sagrado. Reinaba un silencio de naturaleza religiosa, consagrada. Allí vivía Dios.

A la iglesia parroquial de Lorezana se entraba por un pórtico, escuela de niños y antesala del cementerio. En una pared, como adorno majestuoso, estaba el ataúd de los pobres, colgado de cuatro palos. Debajo dos calaveras relucientes como bajo-relieve del muro, y unas palabras de Job.

La puerta principal, enfrente del altar, bajo el coro, era, según el párroco, bizantina; de arco de medio punto, baja, con tres o cuatro columnas por cada lado, con fustes muy labrados, con capiteles que representaban malamente animales fantásticos. Aquellas piedras venerables parecían pergaminos que hablaban del noble abolengo de la piedad de aquella tierra.

El templo era pobre, pero limpio, claro; de una sencillez aldeana, mezclada de antigüedad augusta, que encantaba. En la nave, el silencio parecía reforzado por una oración mental de los espíritus del aire. Fuera, silencio; dentro, más silencio todavía; porque fuera las hojas de los castaños, al chocar bailando, susurraban un poco.

Dos lámparas de aceite, estrellas de día, ardían delante de altares favoritos. A la Virgen del altar mayor la iluminaba un rayo de sol que atravesaba una ventana estrecha de vidrios blancos y azules.

Sobre el pavimento, de losas desiguales y mal unidas, quedaban restos del tapiz de grandes espadañas por allí esparcidas pocos días antes al celebrar una fiesta; la brisa, que entraba por una puerta lateral abierta, movía aquellas hojas marchitas, largas, como espadas rendidas ante la fe; un gorrión se asomaba de vez en cuando por aquella puerta lateral, llegaba hasta el medio de la nave, como si viniera a convertirse, y al punto, pensándolo mejor, salía como una flecha, al aire libre, al bosque, a su paganismo de ave sin conciencia, pero con alegre vida.

En el presbiterio, a la derecha, sentado en un banco, el cura, anciano, meditaba plácidamente leyendo su breviario. No había más almas vivientes en la iglesia. El gorrión y el cura…” (“Viaje redondo”, de Clarín)

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O cuando nos habla de su casa:

“…Yo tengo mi casa de campo en la marina, donde los montes alzan poco la cresta y parecen las olas suaves y nada altaneras que se deshacen sobre la playa en ondas graciosas, tenues, cada vez más tenues, hasta ser un cordón de encaje que entre el sol y la arena disipan de una sola chupadura. Las montañas, como olas de la tierra que van al encuentro de las olas del agua, son, en el alta mar de los puertos, gigantes que meten la cabeza cana, como de rizada espuma, por las nubes plomizas; pero según se van acercando a la costa, se van achicando, achicando, hasta ser colinas, cubiertas de verdores, hasta la cima, y luego suaves lomas que llegan a confundirse con las dunas, donde las montañas del Océano también se desvanecen.

Desde un altozano, donde tengo una huerta, u en medio de ella un modesto belvedere, suelo yo contemplar en la lejanía del horizonte, medio borrados por la niebla, los picos y las crestas de las sierras y cordales, que son la espina dorsal del Pirineo por esta parte cantábrica. Cuando el cielo está muy despejado por todos los puntos cardinales, se ve desde mi huerta los Picos de Europa, que parecen girones de nubes que a veces dora el sol, para mí ya ausente…” (“El cura de vericueto” Clarín)

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DSC_00890001Fuente del Cellero

A poca distancia de la casa de sus padres, sitúa y da vida a este precioso cuento de indianos:

“…En la carretera de la costa; en el trayecto de Gijón a Avilés, casi a mitad de camino, entre ambas florecientes villas, se detuvo el coche de carrera al salir del bosque de la Voz, en la estrechez de una vega muy pintoresca, mullida con infinita hojarasca de castaños y robles, pinos y nogales, con los naturales, tapices de la honda pradería de terciopelo verde oscuro que desciende hasta refrescar sus lindes en un arroyo que busca deprisa y alborotando el cauce del Aboño. Era una tarde de agosto, muy calurosa aún en Asturias; pero allí mitigaba la fiebre que fundía el ambiente una dulce brisa que se colaba por la angostura del valle, entrando como tamizada por entre ramas gárrulas e inquietas del robledal espeso de la Voz que da sombra en la carretera en un buen trecho.

Al detenerse el destartalado vehículo, como amodorrado bajo cien capas de polvo, los viajeros del interior, que dormitaban cabeceando, no despertaron siquiera. Del cupé saltó como pudo, y no con pies ligeros ni piernas firmes, un hombre flaco, de color de aceituna, todo huesos mal avenidos, de barba rala, a que el polvo daba apariencia de cana, vestido con un terno claro, de verano, traje de buena tela, cortado en París, y que no le sentaba bien al pobre indiano, cargado de dinero y con el hígado hecho trizas.

Pepe Francisca don José Gómez y Suárez en el comercio, buena firma, volvía a Prendes, su tierra, después de treinta años de ausencia; treinta años invertidos en matarse poco a poco, a fuerza de trabajo, para conseguir una gran fortuna, con la que no podía ahora hacer nada de lo que él quería: curar el hígado y resucitar a Pepa Francisca de Francisquín, su madre.

De la boca del coche sacó el zagal, con gran esfuerzo, hasta cuatro baúles, de mucho lujo todos y vistosos, y una maleta vieja, remendada, que Pepe Francisca conservaba como una reliquia, porque era el equipaje con que había marchado a Méjico, pobre, con pocas recomendaciones, pocas camisas y pocas esperanzas. Dio Pepe a los cocheros buena propina, y a una señal suya siguió su marcha el destartalado vehículo, perdiéndose pronto en una nube de polvo.

Quedó el indiano solo, rodeado de baúles, en mitad de la carretera. Era su gusto. Quería verse solo allí, en aquel paraje con que tantas veces había soñado. Ya sabía él, allá desde Puebla, que la carretera cortaba ahora el Suqueru, el prado donde él, a los ocho años, apacentaba las cuatro vacas de Francisquín de Pola, su padre. Miraba a derecha e izquierda; monte arriba, monte abajo, todo estaba igual. Sólo faltaban algunos árboles y… su madre. Allá enfrente, en la otra ladera del angosto valle, estaba la humilde casería que llevaban desde tiempos remotos los suyos. Ahora vivía en ella su hermana Rita, su compañera de llinda, en el Suqueru, casada con Ramón Llantero, un indiano frustrado, de los que van y vuelven a poco sin dinero, medio aldeanos y medio señoritos, y que tardan poco en sumirse de nuevo en la servidumbre natural del terruño y en tomar la pátina del trabajo que suda sobre la gleba. Tenían cinco hijos, y por las cartas que le escribían conocía el ricachón que la codicia de Llantero se le había pagado a Rita, y había reemplazado al cariño. Los sobrinos no le conocían siquiera. Le querían como a una mina. Y aquélla era toda su familia. No importaba; quisiéranle o no, entre, ellos quería morir: morir en la cama de su madre. ¡Morir! ¿Quién sabía? Lo que no habían podido hacer las aguas de Vichy, los médicos famosos de Nueva York, de París, de Berlín, las diversiones del mundo rico, los mil recursos del oro, podría conseguirlo acaso el aire natal; pobre frase vulgar que él repartía siempre para significar muchas cosas distintas, hondas complicaciones de un alma: faltaba vocabulario sentimental y sobraba riqueza de afectos. Lo que él llamaba exclusivamente el aire natal era la pasión de su vida, su eterno anhelo; al amor al rincón de verdura en que había nacido, del que le habían arrojado de niño, casi a patadas, la codicia aldeana y las amenazas del hambre. Era un chiquillo enclenque, soñador, listo pero débil, y se le dio a escoger entre hacerse cura de misa y olla o emigrar; y como no sentía vocación de clérigo, prefirió el viaje terrible, dejando las entrañas en la vega de Prendes, en el regazo de Pepa Francisca. La fortuna, después de grandes luchas, acabó por sonreírle; pero él la pagaba con desdenes, porque la riqueza, que procuraba por instintos de imitación, por obedecer a las sugestiones de los suyos, no le arrancaba del corazón la melancolía. Desde Prendes le decían sus parientes: «¡No vuelvas! ¡No vuelvas todavía! ¡Más, más dinero! ¡No te queremos aquí hasta que ganes todo lo que puedas!» Y no volvía; pero no soñaba con otra cosa. Por fin, sucedió lo que él temía: que faltó su madre antes de que él diese la vuelta, y faltó la salud, con lo que el oro acumulado tomó para él color de ictericia. Veía con terrible caridad de moribundo la inutilidad de aquellas riquezas, convencional ventura de hombres sanos que tienen la ceguera de la vida inacabable, del bien terreno sólido, seguro, constante.

Otra cosa amarilla también le seducía a él, le encantaba en sus pueriles ensueños de enfermo que tiene visiones de vida sana y alegre. Le fatigaban las idas abstractas, sin representación visible, plástica, y su cerebro tendía a simbolizar todos los anhelos de su alma, los anhelos de vuelta al aire natal, en una ambición bien humilde, pero tal vez irrealizable… La cosa amarilla que tanto deseaba, con que soñaba en Puebla, en París, en Vichy, en todas partes, oyendo a la Patti en Covent Garden, paseándose en Nueva York por el Broadway, la cosa amarilla que anhelaba saborear era… un pedazo de torta caliente de maíz, un poco de boroña (borona), el pan de su infancia, el que su madre le migaba en la leche, y que él saboreaba entre besos…” (“Boroña” de Clarín)

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DSC_00290001Panorama que se divisa

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DSC_00690001Carretera Gijón-Avilés

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Aunque un par de siglos más antigua, se sitúa en vecindad, la casa del pintor Juan Carreño de Miranda, que seguramente también había admirado los mismos montes; siguen unas fotos de la casona, con capilla y escudo, y en trance de ser restaurada.

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Carlos_II_por_Juan_Carreño_de_Miranda

DSC_00590001Casona de los Carreño

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CUENTOS DE CLARÍN

BOROÑA

DOÑA BERTA

EL CURA DE VERICUETO

VIAJE REDONDO

Puertas abiertas en el Jardín Botánico Atlántico. Por Max.

Posted in Caminatas by maxalvarez on mayo 6, 2009

Poco trabajo cuesta aprovechar tales días, y franquear las puertas abiertas, así que habiendo llegado la primavera juzgué obligado, el tratar de entretener la mañana dejándome sorprender –una vez más- por el precioso Jardín Botánico Atlántico de Gijón, que siempre fiel y a veces también generoso, se brinda a la visita y disfrute de sus instalaciones, para todo el mundo, y más si cabe, cuando como en esta ocasión, era gratis la  entrada.

Nunca había visto tanta gente en el recinto, y hasta tuve que optar por aparcar en la Universidad Laboral, por falta de sitio. Poco antes de medio día, lucía el sol descarado, después de varios jornadas del pertinaz y molesto orbayu. El gentío parece ser que estaba ansioso de poder disfrutar de la naturaleza, así es que se perdía, entre el río de colores y perfumes, con la tierra todavía mojada, y que gracias al calor recibido, desprendía un olor y un vaho penetrante, que no solo te despejaba las fosas nasales, cual impagable sauna natural, sino que también cooperaba a disipar de los ojos, las legañas invernales, apreciando por tanto, más intensidad en los colores de las variadas plantas, que vestían sus mejores galas para seducir los ansiados y cálidos rayos del ¡al fin! rescatado de la hibernación, el tan deseado y muchas veces rumboso, Lorenzo.

Plazoleta de entrada, de frente el arroyo y el puente que lo cruza, al fondo una pareja empujando un carro de niño pequeño, se acercan al estanque, comentando sus pareceres, este que os cuenta, junto con su compañera, fiel a su espíritu, tomó a la izquierda, por el camino de arena, que nos conduce a una de las zonas recreadas del paraíso terrenal, otras más lejanas, en cambio son naturales, como el Jardín de la Isla o la carbayera del Tragamón, franja arbolada con centenarios carbayos, que fue testigo de reuniones y mítines, en la época de la timorata y tan cacareada transición.

Grupos poco numerosos, siempre con alguno de sus miembros cargando con el dichoso paraguas, seguramente escarmentados del tiempo poco de fiar. Cielo medio despejado, y el dedo presto a pulsar el disparador de la cámara, avanzamos despacio por la jungla, entre setos y gradas, matas de violetas, filosas e hileras marcan, los caminos del recinto adelante.

Pasando a través de una pequeña hondonada llena de hierbas, divisando al fondo la cuadrada torre con el reloj, se aprecian caras jóvenes y alegres, disfrutando satisfechas, observando como las centellas del sol se partían en vivos colores, sobre ramas, hojas y flores, mezclando amarillos y ocres, con verdes oscuros, alternando con otros más vivos y frescos, mirando y remirando los pétalos, las hojas y los activos reflejos del sol, según se va apagando y apareciendo entre las nubes, dibujando un ameno y vistoso cuadro en el jardín de los amores.

Es una bendición este recinto, cuando sientes que la morriña te llama al campo, a menos de dos kilómetros del centro de la ciudad, te encuentras espinos cargados de nieve olorosa, que ni enfría, ni humedece, miles de árboles y plantas identificados, para que todo el mundo les pueda recordar por su nombre, y los más jóvenes conocer, que seguramente buena falta les hace.

Siempre al fondo, testigo callado, se muestra la esbelta torre de la Universidad Laboral, el arco iris orgulloso, esparce su amplia gama de colores sobre el espacio, sin pedirnos nada a cambio, pequeños charcos que espejean tonos verdes y azules, ramas pobladas de brotes, parterres coloreados por el selecto pincel de la naturaleza, césped aquejado de loca viruela de diminutas y blancas margaritas, troncos y yedras que se abrazan sin pudor, orgullosos y elevados árboles, doblan gentiles el espinazo, ante la marabunta de visitantes, musgos que flotan en los estanques y se confunden con el reflejo, cuevas con hilos de agua colgando como lianas, los helechos se cuadran inmóviles, doseles umbríos oscurecen por momentos el sendero, robles centenarios continúan vegetando pese a los frecuentes achaques debidos a la edad, a poca distancia destacan solitarias las espineras, engalanadas y vestidas de fiesta, cual novia inmaculada, presta al compromiso, rodeada de cientos de verdes, añosos, insolentes, arrugados y nudosos pretendientes.

Alegra contemplar  la escena de una señora un poco mayor, vestida de oscuro, quieta y embelesada, contemplando y oliendo un rosal sin tocarlo, su actitud te lleva a imaginarla sonriente contemplando las hormigas, o los merucos, con las uñas sucias, armada con la pala, el rastrillo, la tijera; contenta y satisfecha de poder saborear y entretener el tiempo, en un mimoso y gratificante trabajo de cuidado de rosales y plantas de ornamento, oficio que seguro aprendió, como autodidacta, hace muchos años, cultivando las más prosaicas fabes, lechugas o tomates y que sin duda le traen tiernos recuerdos, estos acicalados y frescos pétalos. Por un segundo los ojos de la señora me miraron contándome algo, seguros de que yo sería incapaz de descubrir de qué se trataba; burlándose por anticipado, de mi incomprensión y también, de lo que pudiera entender como equivocado. Sus ojos, establecieron por un instante conmigo una complicidad desdeñosa. Como si yo fuese un crío, o se desnudara frente a un ciego. Los ojos todavía brillantes, sin renuncia, cercados por el instante, chispearon un segundo, su impersonal revancha, sumida entre sus atrayentes arrugas.

Jardines y caminos de arena, en la zona más pantanosa con tablas de maderas en su piso, remedio habilitado contra el afloramiento del barro, presas de agua, setos cobrando vida y queriendo enterrar presto la tristeza invernal, pasarelas, senderos, riachuelos con estanques, hasta nos es dado disfrutar, de ingenios hidráulicos del siglo XIX, una antigua bomba de agua, movida por unas palas con cangilones de madera, sobre los que cae el agua, y era empleada para alimentar del líquido elemento, los depósitos de la vivienda originaria, que están más elevados. Una hermosa quinta, con edificio devenido en restaurante, rodeado de árboles que se asoman sobre el muro. Al sur discurre aledaña y delimita el recinto, sombría carretera, con cercado a trozos de hormigón, que deja ver por el interior, una hilera de hermosas camelias, seguido del verde y cuidado césped, paseo entre tallos de enormes árboles desnudos, dispuestos en perfectas y alineadas hileras.

Caminar sin rumbo, con las manos unidas en la espalda, aflojar las ligaduras, dejarte llevar entre un laberinto de escalones, rampas y atajos; si es verano tirarte a descansar en cualquier sombra, sintiendo el rumor del agua entre los juncos; en el otoño, sentado sobre montones de mullidas hojas de roble, dejar sin prisa, pasar el tiempo, y sentir una paz total que te nutre y alimenta por las venas, y si es después de comer, seguro que no perdonarás un canto obligado a la siesta, o al menos al breve pigazo, y en las noches campesinas del verano, acudir a las veladas musicales que suelen organizar, y disfrutar sin límite, de una poesía primitiva, llena de sonidos, olores y colores a raudales, que te inundan y secuestran el espíritu. Visto el decorado, no cuesta demasiado imaginar, hace un siglo, corriendo por este vergel, a faetones, o coches de caballos, tirados por briosos y engalanados corceles, bajo la luna con el ruido ahuecado del trote –me parece escuchar el sonido de sus cascos- con un compuesto conductor en el pescante y un rojizo farol oscilando sobre su cabeza. ¡Monumento vegetal, el paraíso en Gijón!

Clarín en “Cuesta abajo”

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Alrededores

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De Xivares a Candas, pasando por la ciudad de Perlora. Por Max

Posted in Caminatas by maxalvarez on mayo 1, 2009

Partimos de una playa abierta al Cantábrico, batida y sin amparo, grande en la bajamar, diminuta en la pleamar, a la derecha y al fondo, destacaban los bloques de hormigón que forman la escollera del superpuerto del Musel, en un plano más elevado se avista el faro y la campa de Torres, con sus aflorados restos romanos, durmiendo una tranquila y acunada siesta, parecen querer cerrar los ojos al virus de grandonismo, que últimamente hizo presa en los xixoneses. Pasamos a continuación por la pequeña ciudad fantasma de Perlora, medio abandonada, con mucho sabor a sindicato vertical y al más rancio franquismo, decenas de casas esparcidas por un amplio y llano campo, avejentadas y desconchadas, amenazando ruina, setos sin recortar, jardines salvajes, calles y avenidas con el firme deteriorado y colonizado por las hierbas. Que haya sido símbolo y solaz de muchos de los miserables jefecillos, adeptos a los correajes y las flechas, de los cuarenta años de fascismo, no justifica el total abandono actual.

Como lugar de arribo, llegamos a un típico pueblo marinero con encanto, conjuga a todas horas el lenguaje del mar, acreditado con el nombre de Candas, ballenero por tradición, con calles empinadas y del que -según sus lugareños- Gijón es su barrio más conocido. Coqueto casco urbano, añorando su antigua industria conservera, de gran calidad, en el presente encarnada en un único representante “pescados Albo” –los Ojeda quedaron en el camino- Cuenta desde unos cuantos siglos, con una fuente de cinco caños, con una calidad de aguas fuera de toda duda, siendo famoso el dicho popular “La Fuente de Santarúa fai a la xente aguda”

El recorrido discurre contemplando a tus pies el mar, siguiendo el antiguo trazado del ferrocarril del Carreño, el Tranqueru es un alto balcón asomado a los acantilados –recuerdo como se le encogía la bragueta al más pintado, cuando el tren circulaba a toda máquina por esta vereda, sobre estrecha vía, sin contar con una mísera barrera, unos cuantos metros por encima de las atrayentes y desafiantes olas, que cantarinas retaban zalameras: ven y ven, trenecito ven a mis rizos, que te darán mullido lecho.

Lucían las margaritas, en todo su esplendor, acompañadas por un amplio ramillete de amarillentas florecillas, formando dorado manto, las nubes azuzadas por el viento, mostraban despeinado y revuelto el firmamento, la línea del horizonte parecía nítida, marcada con gran precisión, mar y cielo aparentaban estar reñidos, azul oscuro abajo, arriba desleído, con las nubes colgadas a secar al sol.

Se respira en el ambiente el espíritu del gran Leopoldo Alas Clarín, no en vano su madre vivía a poca distancia, y él –según nos cuenta- pasó muchos veranos por estos andurriales. Aquí prepara y escribe novelas, cuentos y artículos, lee a destajo, hace visitas y las recibe. Se pierde por romerías, mercados y fiestas en la cercana villa de Candas –capital del concejo- y se presume que más de un baño habrá dado a su escuálido esqueleto, en la playa de Xivares, o en la entonces preciosa y resguardada ensenada de Aboño. Ahora convertida por el progreso, en una ramplona explanada, adornada por grandes pilas del negro carbón, importado de allende los mares, para ser quemado en las térmicas, o en las factorías de Arcelor.

No en vano, gracias a esas estancias veraniegas en Guimarán, se convirtió en perspicaz observador de la vida del paisaje y del paisanaje, de este concejo campesino y marinero, marcado también por la servidumbre y la emigración de muchos de sus lugareños a las Américas. Los prados, los labriegos, los clérigos, las familias infanzonas y las aldeas de Carreño se incorporaron -con sus propios nombres o con otros supuestos- a las páginas de su preciosa narrativa inmortal.

El libro de hoy va de Clarín “Su único hijo”


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dsc_00330001_1Fuente y lavadero

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Caminata de Las Caldas a Trubia. Por Max.

Posted in Asturias by maxalvarez on febrero 6, 2009

Hace un tiempo habíamos visitado el balneario de aguas termales de Las Caldas. En esta ocasión partimos del mismo lugar –campo de golf municipal- y durante la caminata pudimos dar fe que las obras del hotel del balneario, daban la sensación de estar a punto de ser coronadas con el ramo de laurel. Cruzamos el Nora –el regato de Ovieu- al lado de los torreones del romántico castillo conocido como de las Caldas, dejamos a nuestra derecha el pueblo de Caces y caminando a la vera del Nalón un buen trecho, lo cruzamos por medio de un puente colgante que va a dar a la central hidroeléctrica de Puerto, recuperada hace unos años por aquello de la energía barata, no se cuanta energía verde producirá, pero el canal llevaba un buen caudal de agua y estas centrales dicen que son las más rentables y no contaminan ni una pizca. Este paso aéreo sobre el río Nalón, antiguamente parece ser que era efectuado, por medio de unas barcazas al efecto, pienso que de ahí el nombre de la central, que coincidía con uno de los puntos de atraque de las chalupas.

Llegamos al pueblo de Fuso de la Reina –otros le llaman Puerto- hasta alcanzar una estación fantasma, abandonada, en la que tenías la sensación de que en cualquier momento pudiese aparecer la fatigada máquina coronada con su penacho de humo negro, por la estrecha vía adelante –ahora reconvertida en senda peatonal- Aquí mismo se bifurcaba a Soto Ribera –por medio de un agujero en la peña- y a la capital, con puente sobre el Nalón al final del cual la senda la encontramos interrumpida, no era permitido pasar, creo que a resultas de unos desprendimientos en un túnel. Regresamos a llenar el buche a Caces y por la tarde bien comidos, tomamos rumbo a Trubia, por una senda que coincide con una antigua carretera, abierta en los perdidos tiempos de la República. Animada caminata llevando el Nalón a un costado, tocamos de refilón algún que otro núcleo habitado, en que el maíz crecía de extraña y singular manera, en ristras de panoyas de un atrayente amarillo rojizo, adornando hórreos y paneras.

A mitad de recorrido hay una finca con más de un kilómetro de longitud y que tiene plantados unos cuantos miles de frutales de kiwi, es un árbol que se adaptó perfectamente al clima de estas tierras y que cada vez más a menudo, se encuentra haciendo compañía a nuestros manzanos.

El alubión del río se hace más ancho cuando nos acercamos a la Química del Nalón, el olor a zotal se hacía insoportable, habiendo perdido la cercanía al cauce para recuperarlo después más civilizado encauzado y atravesado por varios viejos puentes cargados de remaches e historia.

Trubia fue el primer polígono industrial de la Vetusta de Clarín, así como la Regenta seguramente tendería a perderse por la señorial Las Caldas, en sus amores adúlteros con el magistral, y es fácil imaginar los gozosos paseos de los amantes por las instalaciones termales, mucho antes ya el poderío industrial de los hornos trubiecos era conocido en el mundo entero. Recuerdo haber encontrado una buena colección de cañones -con el sello bien marcado de hace más de un siglo- en la Habana en la misma fortaleza de la Cabaña, a la entrada del puerto cubano.

El regreso con la noche pisándonos los talones, nos dio ocasión para contemplar en un prado la apresurada carrera de un jabalí hasta perderse en un matorral, los lados de la senda mostraban las señales inequívocas de haber sido trabajadas a conciencia por estos hozadores animales en busca de las sabrosas y otoñales bellotas y castañas.

El libro es de Eduardo Galeano “Patas arriba”

dsc_00580001Estación fantasma

dsc_00460001Nalón

dsc_00520001Puerto y presa de la central

dsc_00620001Más Nalón

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