Vuelta a la playa del Gaviero del Silencio. Por Max.
VIDEO RODADO DURANTE LA VISITA
Al final resultó un fin de semana de lo más completo, el sábado trotando por la montaña, por ello, en virtud de la alternancia, el domingo tocaba costa. En principio nos acercamos a Cadavedo, girando un paseo por su playa, encontrándola muy concurrida. Ese día había bajado la marea la tira, lo que dio lugar a que muchas gentes se acercasen al pedrero, a recoger orícios. Los verdes tuvieron que multiplicarse, no daban abasto tratando de controlar a tanto aficionado al espinado manjar, pidiendo licencias, inspeccionando capturas, nunca los imaginé tan atareados y con tanta entrega.
El día estaba oscuro amenazando lluvia, “puede que si” nos dijimos llegando al pueblo de Castañeras, donde abandonamos el auto, continuamos caminando dispuestos a volver a los conocidos acantilados y bajar a la preciosa playa del Gaviero, el camino estaba argayado, aunque no resultó impedimento para seguir a pata. Después de unos diez minutos de marcha afrontamos la bajada, ni que decir tiene que las asemeyas se iban acumulando en la tarjeta, con la sensación en los ojos húmedos y brillantes, por la excitación de contemplar el mágico panorama, nos decíamos: “que seguro resultarían de postal” –como así fue-
Abarcamos de una ojeada la líquida y verdosa llanura, que terminaba adornada en el borde del medio cuenco, con abundantes penachos de espuma blanca. El sonido de la mar llegaba fuerte y nítido, al sendero entre pinos –cargados de piñas- por donde transitábamos. Fuimos perdiendo altura, a través de un camino en zigzag, deteniéndonos en cada revuelta a contemplar las cambiantes visuales del pedrero, y paladear y disfrutar de las mismas. El paraje se mostraba solitario, nadie había elegido aquella zona para recoger orícios, así que pudimos sentirnos doblemente recompensados, visual y espiritualmente, acunados por tanta y tan honda paz.
Era medio día, allá íbamos mi querida compañera Hermelinda y un servidor, caminando como borrachos sobre las pilas de bolos sueltos, que los pasados temporales apilaron sobre la playa, ruxían bajo nuestras plantas y también al reflujo de las olas, dibujando blancas lenguas de espuma en la orilla. Tierra empinada, con barrancas hondas, coronadas por la florida retama que se agarra con cien manos al despeñadero. Quebradas que dan al fiero Cantábrico y por las que suben al amanecer, los dulces sueños que dejan en la playa las sirenas. Está alto el acantilado de piedra gris, tirando a blancuzca, propia para hacer cal. Se siente en el aire el olor de las algas cargadas de yodo y salitre, que te penetra por boca y nariz sin poderlo evitar, aunque lo quisieras. Se divisan escasas gaviotas, y las pocas, tan elevadas como lejanas.
Sería digno de contemplar desde aquí un temporal, con el horizonte desteñido, escuchar el viento gallego, un día de vendaval. A la fuerza tiene que resultar impresionante, sentirlo cargado de salitre, mordiéndote la cara con saña, rascándote la piel como si tuviese uñas, deslizando su salada lija por tus labios hasta hacerles daño. Raspando con fiereza las paredes de roca, arrancando diminutas esquirlas de ellas, escarbando con su picuda pala el arenero bajo tus pies, sentir las ropas incrustadas en la carne, observar como bulle dentro de uno, como si pretendiese traspasar hasta nuestros mismos huesos.
Vuelvo y me revuelvo hacia todos los lados, en derredor del sombrío semicírculo que limita la ensenada, mirando a través del visor de las cámaras, el mar, los acantilados, los bolos, la espuma, los troncos depositados en el borde por las olas. ¿Quién diablos haría este mar tan grande, tan igual, tan plano? Tan diferente a la tierra o el aire, donde puedes ver correr o volar, a animales y pájaros. Los peces en cambio se muestran distantes, lejanos, siempre por detrás del cristal.
Desde abajo no se divisa el pueblo de Castañeras que dejamos y se adivina en la altura, ni se oye el ladrido de los perros, ni hay parvadas de gaviotas ruidosas volando sobre nuestras cabezas, el viento viene del mar, ondulando de paso la líquida llanada y se retacha contra el barranco, inundándolo todo con su sonido. En la orilla, imperan las piedras de cantos romos, solo pequeñas islas de amarilla arena interrumpen aquel mar de bolos, redondos e iguales, a fuerza de siglos de estrellarse entre ellos, empujados por la alfarera y terca agua salada. En el acantilado llaman la atención, matas de retama florida, con un color amarillo intenso, que se turnan y cuelgan, junto con otras de verde pasto, y que contrastan en medio del ocre de las rocas.
Sobresalen de la superficie del agua, hileras de rocas puntiagudas, que la mar cántabra, no logró domeñar, aunque si esculpir con aristas cortantes, al tiempo que resisten inhiestas y desafiantes, contra la bravura del oleaje. El mar no estaba tranquilo, periódicamente hinchaba su torso, y espasmódicas sacudidas estremecían su espalda con relucientes destellos verdosos. Por momentos se formaban curvas ligeras, leves ondulaciones que iban a más, y que interrumpían por todas partes la gris-verdosa superficie. Un oleaje nervioso, con brioso y rítmico susurro, comenzó a azotar los flancos de las rocas y a depositar sobre el arenero y los bolos, albos copos de espuma, que bajo los cenicientos rayos del sol, tomaban los tonos cambiantes del nácar.
En la solitaria y escondida ensenada flotaba un ambiente de paz absoluta, de magia, que nos acompañó y nos mantuvo embelesados bastante tiempo, hasta que decidimos que había llegado el momento de procurarnos el alimento para el cuerpo, el espíritu lo teníamos colmado, lleno a rebosar y con las pilas bien recargadas para afrontar la ramplona y cotidiana vida, durante varios días.
FOTOS TOMADAS EL DÍA DE AUTOS
Cabo Vidio, playa de Bocamar y Cudillero. Por Max.
Después de una rápida recuperación –mas adelante se comprobó que había sido parcial- de un tonto, amén de irrisorio accidente laboral de poca monta, acaecido durante la semana, el tema es que cedieron las tablas apolilladas del piso de madera de un altillo, sin llegar a producirse una caída al nivel inferior, por una vez el estar un tanto grueso había venido en mi auxilio, quedando con las patas colgando, trabado en el agujero sobrevenido en el hundimiento, plegado en ángulo con la mullida barriga afirmada en el suelo. Pasé una noche de perros con una pierna más que dolorida, aunque unos días después casi no tenía aparentes secuelas, no era cuestión de forzar la máquina, así que en consenso con la costilla decidimos ir a comer a Cudillero en plan reposado, primero nos llegamos con el coche al faro automático –sin farero- del cabo Vidio, girando un corto paseo por sus alrededores, divisando la llanada del mar allá abajo, calmoso y sosegado, aguas que reflejaban el azul intenso del cielo, la quietud de la bajamar le daba apariencia de un gran estanque diáfano y sele, ni una pequeña arruga se dibujaba en su terso y azulado pellejo, mientras tanto una lancha rápida procedente de Luarca irrumpe en escena, turbando la augusta soledad, dibujando con su hélice un marcado surco en las calladas ondas, las gaviotas pasan paralelas a la costa haciendo alardes de su dominio del vuelo de planeo, dejando en el aire una escandalera de chillidos.
A continuación con las mismas encaminamos nuestros pasos a la cercana playa de San Pedro de Bocamar, que cuenta con toda clase de servicios, entre otros equipamientos destaca un buen camping y amplio aparcamiento, estiramos las piernas caminando al lado de un pequeño riachuelo que desemboca en la misma playa, en plan tranquilo de encadenadas y sesteantes revueltas, en una especie de duna, a la que tapan y dan sombra una hilera por cada orilla de tupidos árboles. Fue agradable el paseo bajo la enramada y pasar sobre el puente de madera, en el que nos demoramos apoyados en la baranda un buen rato, empecatados escuchando el canto desaforado y ramplón de las numerosas ranas, que nos llegaba de entre los juncos y espadañas.
Cuando se visita a Cudillero por primera vez, llama la atención el ver en las ventanas colgados trozos de pescado, se trata de pequeños tiburones –de piel tipo lija y que conocen como gatas- que después de ser descabezados y dejados sin vísceras, son colgados a secar. Aunque en principio no parezcan muy apetecibles, una vez preparados se vuelven exquisitos, su carne toma un color rojizo intenso y el olor y sabor recuerdan a la carne de caza –aparentando ser una especie de cecina de mar- Esta preciosa villa con su puerto pesquero tradicional, es un lugar al que me encanta regresar de vez en cuando y degustar su típico plato el ya famoso curadillo –con fabes o patatas- reserva culinaria de antaño de las familias marineras en las invernadas, cuando las lanchas no podían salir a pescar debido al mal tiempo. Los lugareños pixuetos en su tiempo fueron expertos en conseguir aceite de lija, que sacaban de los hígados de las gatas (lijas) rayas, glayos, tocas, para ello eran colocados los hígados de estas especies, colgados de un clavo al sol y en un recipiente situado es profeso debajo, era recogido el aceite que se iba destilando, llegando hasta venderse en farmacias como reconstituyente de jóvenes débiles y enfermizos.
Los mozos pixuetos solían antaño cantar cancioncillas –para aleccionar a las jóvenes aldeanas a las que pretendían cortejar- como la que sigue:
Muciquinas aldianas,
si queréis mozu pixuatu,
tenéis que saber guisar
curadillu pa’l iviarnu.
Vuelta a la playa del Gaviero del Silencio. Por Max.
Después de una noche de sábado, bien dormida, salimos de casa con la idea de continuar el sereno fin de semana, queríamos cabalgar la mañana con sosiego, dejarnos llevar por la tran-qui-li-dad y nada más que por la tran-qui-li-dad. Partimos a pie del pueblo de Castañeras, a la salida del mismo se dejaba ver el mar entre los pinos, unos minutos después ya marchábamos asomados al borde de los acantilados, la exploración fue breve por conocida, nos acompaña la soledad, la corta distancia estaba al alcance de nuestra visual, la busca de la playa apartada había concluido, su nombre tiene mucho de sugerente “el Silencio” ¡casi nada! -también conocida como el Gaviero- aunque resulte una contradicción ya que las gaviotas si de algo pecan es de ser cualquier cosa, menos que calladas. Seguimos bajo la arboleda, a mano izquierda quedaba el mar, habíamos dejado atrás el tendido y verde campo con algunas casas desparramadas, del alto bardial arranco un tallo tierno de arto, del que me gusta entretener, pelados sus pinchos, llevarlo cogido entre los dientes masticando su jugo. Alguien canta, voz de mujer, caminamos despacio, la camisa abierta, las manos sueltas fuera de los bolsillos, aroma de plantas y tierra, castigados por el sol. Calma; no calma de tregua, sino total y definitiva, calma chicha, como miel resbalando dulcemente por las venas, es la hora de la siesta.
Es una ensenada salvaje, desgarrada, remota, preñada de romanticismo. El mar entra y sale estrellado contra los acantilados tan abruptos como cambiantes, ya grises claros, pardos o terrosos refulgentes. Paraíso no corrompido. Afuera a los lados se divisan inhiestas agujas y picos, modelados por el agua, la espuma, la erosión de la lluvia, el viento y su fiel escudero el lento y seguro desgaste del tiempo.
Echados en la reducida y gruesa arena –a no ser con marea baja-entretenidos mirando las nubes que se acercan y pasan, sobrecoge por la grandiosidad, es seguramente la playa con abundancia de bolos más hermosa de Asturias. En sitios como este el mar nos hechiza, nos urge a contemplarlo ávidamente, nos engaña y promete incontables placeres, quizá nos sugiere demasiado, nos conquista con sueños de viajes, de aventuras, invasiones y naufragios, serpientes marinas y monstruos de una selva remota imaginada, que anhelamos por que vemos que no nos alcanza, que no es real, está fuera de este mundo.
Penetrante olor marino, a pescado, a algas, habiéndonos quitado los toscos zapatones, quedaron dos pares de pies tan blancos, que a la intemperie resultaron patéticamente desnudos, levanté la vista preparando el ánimo para un prolongado paladeo del mar circundante. Nuestra piel lucía demasiado nívea y no quisimos arriesgarnos a convertirnos en camarones andantes, por un descuido de excesiva, íntima y golosa comunión con la naturaleza, así que después de paladear unos minutos los rayos solares y la agradable brisa, continuamos vestidos de cintura para arriba.
En la superficie del agua se divisaban grumos y abundante espuma blanca, una especie de hervor en algunos núcleos aislados tirando a amarillento, contando con innumerables ojos y pompas, que no cesaban de moverse nerviosos, dibujando simétricas ondas sobre la mojada arena, el colérico graznido de las gaviotas con aleteos furiosos, nos acompaña desde que iniciamos la bajada –haciendo honor al mote de Gaviero-
La primavera hace tiempo que ha estallado, en brillantes y coloridos puñados de rosas, ya rojas, ya blancas, espléndidas todas, al tiempo que se vuelven efímeras y agónicas, perfumando el ambiente; las abejas zumbadoras se afanan libando la miel encaramadas en los cimbreantes plataformas que les brindan miles de albas o amarillentas flores, en un cambio veloz que contrasta con el lento, soñoliento y pesado que es patrimonio exclusivo del galvanoso verano, que despierta de su pereza con aguas estancadas y legiones de mosquitos, traviesos sin dejar de ser molestos e impertinentes nunca, haya demasiada luz o reine la sombra.



































































































































































































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