MAX Y LOS CHATARREROS

La abuela Estrella hornea el pan de escanda. Por Max.

Posted in Asturias, Recuerdos by maxalvarez on agosto 11, 2011

Discurría bien avanzado el mes de Julio –también conocido por los aldeanos como el mes de la yerba- hacía un tiempo magnífico, eran unas jornadas en que no acertabas a distinguir si eran más doradas que azules y en que todo se volvía calor. Los habitantes de la vieja casa-molino –conocido como la del Río- hicieron la comida de medio día a toda prisa para a continuación armados con forcadas y garabatos al hombro, marchar como aguerrida tropa, en dirección al prado de las Cuandias, con la idea de recoger una partida de hierba que suponían que con tanto sol, ya estaría bastante seca y bien curada, no en vano casi habían pasado dos días, desde que resultara segada, esparcida y revuelta.

Estrella, la joven-abuela de apariencia tan de vieja, se quedó sola… -si no contamos un renacuajo que apenas levantaba dos palmos del suelo, testigo mudo que hoy maneja la pluma puede que alimentada por los lejanos recuerdos- Dejáramos la buela en la cocina con las manos en remojo, fregando los platos, al tiempo que sacaba adelante la quincenal amasada del pan, hecho por el cual, fue dispensada de acudir a la paña a la testera del sol. El fuego en el fogón parecía agonizar bajo un gran perol con comida pa los gochos, que oportunamente dejaban sentir sus gruñídos, que parecían salir de debajo del piso, dado que la cocina estaba situada mismamente encima de la porquera, reclamaban con machacona insistencia su ración, quiero recordar que dijo la abuela a punto de enfadarse:

-¡Rediós! El trabajo que dan esos condenados, no perdonan una comida y cada día que pasa aumentan de tamaño y tienen más fame, pa encima verme condenada, con estos calores y por culpa de esos fartones, a tener que mantener todo el día el fogón enceso.

Al lado tenía otra pota más pequeña, con agua hirviendo, de la que se servía con un cazo para ir echando al balde, donde restregaba los cacharros que habían resultado manchados por los hambrientos comensales, esos platos y cacerolas eran lavados entre una nube de vapores, a fuerza de agua hirviendo, sin jabón, y ese agua grasosa, mezclada con los restos de comida, terminaban en el duerno de los puercos, como alimenticia llabaza, era la economía, el ecologismo y el reciclado –aún antes de estar de moda- llevados a los últimos extremos, nada aquí se desperdiciaba.

Aprovechando que la puerta de entrada había quedado un poco abierta, con la idea de conseguir que se moviese un poco el aire interior, la gallina más atrevida, haciendo alarde de su audacia, se aventuró ligera debajo de la mesa y los bancos, en busca y captura de alguna miga caída, hasta que fue descubierta y expulsada a escobazos, terminando la abuela, por trancar la parte inferior de la puerta, para evitar que entrasen las demás pitas y dejasen marcadas sus asquerosas huellas, dibujadas como tres palitroques unidos por un extremo, apuntado en sentido contrario a la dirección de la marcha, dando como resultado el dejar hecha un “zaque” –cosa que presumo debía ser algo muy malo y asqueroso- la madera del piso. A continuación pasó la bayeta húmeda por encima de la larga mesa, secó los platos y los recogió en la alacena, terminando por dar un escobazo al suelo, barriendo también de paso, el descansillo y la escalera de piedra que daba acceso a la puerta de entrada.

Habiendo completado las tareas derivadas del refrigerio de medio día de su numerosa recua de dos patas, se dirigió a la aledaña cocina de leña, recinto donde se encontraban: una masera con la tapa medio levantada, la puerta del horno de cocer el pan abierta y chisporroteando dentro, la leña que ardía con buena llama, al fondo una escalera por la que se accedía al desván, un montón de troncos de leña en el suelo, amén de dos pequeños armarios; de frente una estrecha puerta de madera, daba también paso a un diminuto servicio. Los pontones y la madera del techo estaban tan renegridos como los cojones de un burro, el suelo era de ladrillo macizo y parecía tan prieto como el mismo techo, no en vano allí mismo en el piso se prendía fuego a madera verde, para tratar de afumar los dolcos de chorizos y morcillas que colgaban de unas varas de avellano, situadas ex profeso y guindadas a los listones de arriba. A través de un pequeño ventanuco se filtraba el radiante sol que vino a descubrirle unas telas de araña que colgaban bamboleándose de los horizontales y carbonizados palos, les atizó con el rodillo que siempre llevaba al hombro, hasta desaparecerlas, diciendo: ¡mira que son aplicadas estas tejedoras arañas, un minuto que te descuides ya tendieron sus redes por todas partes!

Previamente había efectuado el amasado de la harina de escanda. Serían alrededor de treinta kilos de farina que hubo que mezclar con agua, sal y levadura, a lo que fue menester emplear toda la fuerza de sus brazos pa menear, estirar y golpear, tarea en la que invirtió media mañana, dejándola bastante fatigada, y eso que contó con la ayuda…-aunque la mayoría de las veces casi lo prefería hacer sola- del abuelo Avelino que siempre estaba dispuesto… ¡es más! le encantaba caciplar en esa tarea, recordando sus años mozos de panadero en la Habana, de lo que no veas lo orgulloso que se sentía él. La verdad sea dicha ¿pa que negarlo? casi siempre terminaban engarrados, a cuenta del grado de cocción que se les debía aplicar a los panchones –el los prefería medio crudos, ella demasiado cocidos- pese a los años que llevaban casados y las cientos de veces que habían amasado juntos, nunca fueron capaces de ponerse de acuerdo, así que la cosa solía terminar en inevitable empate -ni pa ti, ni pa mí- la mitad crudos y la otra mitad más bien churruscados.

Aprovechando que la masa -tapada con una sábana- estaba yeldando en la masera –se necesitaban como mínimo un par de horas- la abuela pasó a la galería abriendo una de las puertas de los ventanales que daban al sur, intentando que corriese el aire, apoyó los brazos en el marco, mientras contemplaba como las gallinas de su hija y vecina, escarbaban el estiércol dentro del acotado cuchero, en busca de lombrices, y era de ver cuando una de ellas lograba hacerse con uno de aquellos gusanos, corría con él prendido en el pico como una banderola al viento, siéndole disputado el trofeo con fiera saña de picotazos que hacían trizas en un segundo, el cuerpo del desafortunado gusano. Aunque el asentado abono daba la sensación de estar casi seco, diría que desprendía una especie de vaho. Hurgaban las gallinas y se enterraban en los pozos por ellas escarbados con patas y alas, mientras el gallo erguido y soberbio, de vez en cuando se subía a sus lomos, picoteándoles si acaso la cresta, o daba vueltas a su alrededor con un débil y camelante cacareo. Las gallinas lo recibían resignadas y si acaso doblaban sumisas las patas, soportando aquel pesado y presumido sobre sus alas, hasta que el gallo de la quintana tuviese a bien el apearse, después sacudían las plumas, levantando polvo a su alrededor, mientras el gallo brabucón se pavoneaba cantando su triunfo a grito pelado, siendo este respondido por los gallos de la vecindad, que tomaban aquel desaforado canto, como un reto amoroso.

La abuela se sentía cansada y aunque las calcinadas maderas convertidas por el fuego en rojas ascuas estaban dejando el forno a punto, este aire tan quieto y recalentado le hacía sudar la gota gorda, se asomó a la puerta -con la pañoleta calada en la cabeza- de aquel infierno en miniatura, observando como los ladrillos refractarios se habían apropiado del calor, de la forma que cabía esperar. Todavía le faltaba cortar la masa y moldear los morenos panchones, pero se dijo que aún le sobraba tiempo, así que caminando despacio y con cuidado trasladó el balde de la humeante llabaza al duerno de los puercos que se lanzaron como temibles fieras metiendo las patas delanteras y su largo focico en el revuelto caldo. A continuación fue en busca de los huevos al gallinero, los había blancos y marrones, los recogió en el mandil doblado, faltaba uno para la docena, guardándolos a continuación con cuidado en el aparador dentro de una güevera de rejilla metálica. Salió a descansar un instante en la plazoleta de entrada, el polvoriento camino estaba escoltado de airosos fresnos que con las hojas mustias parecía dormitar. De frente observó la alta hierba del Ribacho que estaba sin segar, en la que los dorados dientes de león estallaban como fogonazos, aunque en general predominaba un color verde fuerte, mientras la sombra de la cerezal y los más lejanos nogales, dibujaban un círculo un poco alargado, al pie de cada árbol.

La tapa de la masera se había elevado unos centímetros, empujada por la amasada pasta que aumentó de volumen al resultar esponjada por la levadura. Despojada la masa de la blanca mortaja, nos mostraba un atrayente bombo de embarazada con la piel estirada y fina sin estrías, de un color crema apagado, con tonos medio parduzcos, y que juraría que lleva vida dentro –y no me extraña nada que así fuese, por que millones de criaturas de este perro mundo, pudieron subsistir y desarrollarse gracias al germen de vida de tan generoso cereal- Provista de un cuchillo de grandes dimensiones, la abuela procede a cortar la blanda y multiojada pasta, en una serie de tacos de un tamaño similar, a continuación con las manos se encarga de modelar los panchones, dándoles una forma redondeada similar a un gran y alimenticio seno femenino, en que el pezón está invertido y es el resultado de empujar con el dedo pulgar hacia dentro la cúspide de la medio redondeada pirámide, dando lugar a un pequeño y coqueto hoyo como ojo ciego de Polifemo –la verdad nunca tuve explicación lógica, para este inevitable remate de los panchones-

Declinaba la tarde cuando llegaban por el empedrado camino del Cantón algunos de los cansados y alegres yerberos, después de haber terminado la faena del día, afirmaron distinguir en el aire… vete tu a saber, si aquellas pretendidas dotes de emular el fino olfato de un perro de caza, se debieran más al deseo, que a lo realmente percibido del olor de patatas fritas, hasta suponían que acompañadas con los inevitables: huevo y chorizo, y en este caso también del pan de escanda recién sacado del horno, mientras los ojos -de puro contentos- se les hacían chiripitas.

La verdad es que doy fe que no se habían equivocado mucho en sus cálculos y suposiciones, ya que la hacendosa abuela, amén de atender el horno y conseguir cocer un bollo adelantado, teniéndolo casi frío y dispuesto para hincarle el diente, había tenido tiempo para pelar patatas cortarlas en alargadas tiras, freírlas en la prieta, grasienta y kilométrica sartén, acompañadas de huevos y unos trozos de longaniza que se retorcían entre el aceite, y hasta una fuente alargada de loza de San Claudio, dibujada con unas ramas azuladas por fuera, lucía adornada por dentro, con unos tomates cortados y jugosos, junto con una ecológica lechuga del huerto que estaba al lado de casa, que no se sabe como, aunque se supone que por arte de magia había resultado mezclada, con los rojos y extremistas tomates.

Las estrellas aparecieron en las profundidades del cielo cuando terminaban de dar buena cuenta de las viandas, se presentaba una noche espléndida y salieron a la plazoleta de entrada a la casa, era la hora de la tertulia, unos tacos de troncos aserrados paralelos hacían de toscas tachuelas, hacia el río chilló una lechuza, volaban por el aire los antiguos efluvios que el calor condensado de aquel caluroso día, había hecho brotar de la tierra aplastada del camino y los campos; los murciélagos dibujaban en el aire apresuradas estelas más prietas que la misma noche, buscando siempre… buscando… por que no hay duda que era su buena hora y buscaban mosquitos con que alimentarse. La luna como una enorme linterna alumbraba con su haz de luz oblicua las lomas circundantes y la elevada plazoleta, dando la sensación de haberse transformado en un pequeño escenario, y allí surgieron temas de conversación, hablaron del tiempo, que era favorable para las cosechas, del año, que se anunciaba bien, y luego de los vecinos, de toda la comarca, de ellos mismos, de las fiestas -pa Santana ya no faltaba mucho- de la aldea, de su juventud y la actual, de sus recuerdos, de los padres que se habían ido para siempre. La abuela de vez en cuando se perdía dentro de la casa, para atender los bollos, darles vuelta sacarlos, meter los no cocidos. Pasaba de media noche cuando la abuela terminó la intensa faena y satisfecha amén de galdida se fue a acostar. Y eso sin contar que el abuelo anduviese con ganas de jarana, que la cosa aún podía alargarse hasta las tantas…

Tengo que confesar que por culpa seguramente de mi juventud –disculpable el pecado al considerar que los dientes de leche no eran las herramientas mas apropiadas para enfrentarse a la dureza del pedernal en que terminaban por transformarse después de unos cuantos días los panchones del pan de escanda- Por ello en aquella época, un servidor era más partidario del pan blanco –de trigo- en contra del pan negro –de escanda- Aún teniendo en cuenta la teoría derivada de una anécdota –muy celebrada- de uno de uno de mis tíos, que siendo un crío había constatado que era mucho más alimenticio el pan de escanda ¡ande vas a parar, no tenía color! Contaba que primero se había desayunado una tazada de farugas de pan blanco con leche y quedó con fame, en cambio a continuación se mazcó otra con pan de escanda, quedando totalmente satisfecho y hasta fartuco, lo que venía a certificar la supremacía del pan negro sobre el blanco.

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Antroxu del 60, una de maestros. Por Max.

Posted in Cuentos, Recuerdos by maxalvarez on enero 2, 2011

Pese a nuestros pocos años, el calificativo de ser buen maestro, nos tenía un poco mosqueados. Hacía poco más de un año que se había ido don Octavio –desasnador oficial de varias generaciones de compatriotas- y era unánime el consenso en considerarle un buen maestro, eso sí, practicante habitual de las enseñanzas de la vieja escuela inglesa “del palo y tente tieso” A la llegada de los fascistas, estuvo en un tris de ser depurado, ya que había fundadas dudas en su contra, como posible desafecto al cruel régimen, puesto que uno de sus hermanos -también maestro- había sido partidario de la admirable, Institución Libre de Enseñanza, entronizada durante la breve II República y que había llegado a crear en tres años, la friolera de casi 15.000 escuelas. Este hermano mayor, en un oscuro episodio, había resultado muerto por las hordas franquistas. En defensa de don Octavio –sin sacarle los trapos al sereno- tengo que hacer constar: que en su escuela, jamás se entonó “el cara al sol” y demás himnos de exaltación fascista, y por supuesto “la internacional” tampoco.

Nuestros mayores nos sentenciaban entonces, muy apenados: “¡Seguro que como él no vendrá otro tan bueno! ¡Bien que lo vais a echar de menos!” A lo de “echar de menos…” responderé que: aunque entonces no éramos conscientes, sabido es que el futuro es incierto, y que las cosas tienden a empeorar por naturaleza, en cuanto al término de “bueno” no le terminábamos de coger el punto en toda su extensión, en este caso no quería decir que fuese buena persona –que seguramente también lo era- se refería a que era recto y fiero ¡como debería ser todo enseñante que se preciara! Si se le metía en la cabeza que en la fiesta de Santana los críos no debían traspasar la línea que marcaba la zona del baile de las parejas agarradas, había que llevarlo a rajatabla, o que le diese por aparecer de improviso por el baile del Toral y en menos de dos segundos abandonaban el recinto por las ventanas –poco menos que volando- nutridas bandadas de jovenzuelos, tal como si la rapiega se hubiese colado en un gallinero.

Si era necesario partirle la cara a uno de aquellos arrapiezos, o zurrarle la badana a conciencia al más pintado, se hacía sin remordimiento y sin despeinarse. Aparte que contaba con la aviesa complicidad de los padres ¡Ni se te ocurriera quejarte del maltrato propinado por el maestro! por que te hacías acreedor a llevar otra somanta de palos en casa ¡ya que algo malo habrías hecho! ¡Cuánto cambiaron las cosas! ¿Verdad?

Tanta era la fe y confianza depositada en las dotes del viejo maestro, como alfarero de tiernos espíritus, o enderezador de árboles un poco torcidos, así es que nos vimos condenados, la mayoría de los escolinos del pueblo -durante todo un curso- hiciese sol, nevase o ventase, a tener que desplazarnos a diario, alrededor de tres kilómetros, por malos caminos hasta la capital del concejo, detrás de sus sabias y bondadosas enseñanzas, aunque para ello tuviésemos que pechar con el inconveniente de madrugar una hora antes, comer fuera de casa, y gastar la suela de zapatos, alpargatas o chanclos, hasta dejarlas como papel de fumar.

Bien es verdad que en compensación, la mayoría teníamos buena letra, las cuatro reglas también eran artículo de dominio general, aunque hubiera sido fruto de algún que otro descalabro accidental –daños colaterales que dirían ahora- y soportar en pantorrillas y manos, las filigranas y arabescos dibujados por la cimbreante vara de avellano, merced al diestro manejo de la misma que reportaba el don. Todos sabíamos cantar a grito pelado, la tabla del siete, y es que por aquellos tiempos estaba de moda y hacía furor, la máxima que decía que: “la letra con sangre entra” Así que nada que objetar a que de vez en cuando apareciese algún mocoso, con los morros partidos. O que por obra y gracia del espíritu santo, de su nariz, u oídos -o entrambos a la vez- comenzase a manar un rojo manantial, que casi siempre coincidía con la administración de un justo y merecido castigo corrector, por parte del sabio maestro.

Así que cuando fue destinado al pueblo un nuevo maestro, era todo un jovenzuelo –apellidado Barrio- que conocíamos como “el cazurro” recién licenciado de milicias, usaba gafas graduadas, tenía los labios finos y portaba una sonrisa un tanto cínica, buen mozo, llevaba la cabeza un poco ladeada, como si le pesase…(sería por lo grande) Se instaló de posada en casa de tía Josefa, y la verdad sea dicha, tan cercana vecindad, en principio a los tres primos, no nos hacía ni una pizca de gracia. Considerábamos que aquel inmigrante castellano, instalado a la fuerza en nuestros dominios, venía a perturbar la idílica paz del aislado barrio.

Cuatro chatas casitas de un piso, formaban el apartado barrio del Río, perteneciente al pueblo de Prado. Una de ellas, aparte de vivienda también era molino, se hermanaban y daban la mano mediante pistas polvorientas. A los habitantes del reducido núcleo les unían estrechos lazos familiares.

Era sábado, un día feriado, sin clase, nada de olor a tinta, a cuadernos nuevos, a maestro mandón. Aquel fin de semana se celebraba el Antroxu, así que sudorosos y cansados de jugar a la pelota dentro de la cocina de los abuelos, aprovechando que estábamos enterados que ese tiempo de carnaval, también era propicio para llevar a cabo alguna diablura de enmascarados, y que la anciana acababa de subir del molino, decidimos pedirle a la abuela:

-Buela ¿Por qué no nos preparas unos disfraces, para ir a asustar al otro primo, o meter miedo a los amigos?

-¡De acuerdo! –aceptó gustosa, ya que tenía por delante un par de horas, antes de que le reclamase de nuevo la atención de la molienda.

En la semi oscuridad de la cocina, nuestra vieja y querida abuela, permanece de pie, tiene las crenchas canosas cubiertas por un pañolón negro, y se muestra afanada ultimando la compostura de los disfraces de los dos rubios y risueños nietos, que no se están quietos ni un segundo, dando saltos de alegría. Hasta la cara nos ha tapado con sendas y ralas fardelas viejas, a las que ha practicado un par de agujeros para los ojos, estábamos irreconocibles. Uno va vestido de mujer, con una saya larga que le cubre hasta los pies, lleva un apretado cinturón de la misma tela y un pañuelo prieto en la cabeza, que contrasta con la blancura de la careta; la pareja va de viejo, pantalones de mahón azul, chaleco y chaqueta raídos, y adornados con varios costurones, boina oscura bien calada, tapándole la careta fardelera y el pelo por arriba. El lleva en la mano, el recio bastón del abuelo, ella porta una fina y pelada vara de avellano. Tiene humor la anciana, ella sola en un periquete confeccionó los disfraces con ropas viejas, recordando sus tiempos de juventud, y eso que es época de molienda y anda atareada, el riachuelo va crecido y el molino cada poco le pide ser alimentado, se muestra feliz y disfruta de ver contentos a sus dos nietos.

En principio nos dirigimos, sin malas intenciones, a gastarle una broma al cercano primo. Vamos cogidos del brazo, dibujando la estampa de una pareja de viejitos sobre el puente, continuamos hasta subir el par de escalones que nos acercan a la puerta, donde aplicamos unos fuertes bastonazos, para llamar la atención de las gentes que habitan la vivienda, y que era donde tenía la posada el maestro, y dio la casualidad que este se encontraba cenando, interrumpiendo el refrigerio para ver aquellos enmascarados que picaban a la puerta.

El primero en aparecer fue Jose Antonio, después la tía y renglón seguido el primo y el maestro…al ver aparecer la conocida silueta del maestro, enmarcada en la cancela, hubo un instante en que nos sentimos cohibidos, nos invadió el miedo, pero al notar que no éramos reconocidos, nos animó y haciendo de tripas corazón proseguimos con la bulla, tampoco era momento de rajarse, todo ello sin pronunciar una palabra, ya que temíamos ser reconocidos por la voz. Se notaba en sus rostros expectantes, el deseo de descubrir la identidad de los llegados, así que muy zalameros nos invitan a pasar, invitación que rehusamos, seguros de que era la disculpa para echarnos mano y descubrirnos. Entre risas y disputas, el joven maestro hizo ademán de querer sujetar y quitarle la careta al de la boina…

Mientras tanto la vieja abuela, desde la vecina casa, muraba la jugada detrás de los cristales con la luz apagada, disimulada y escondida entre los visillos.

La compañera viendo a su pareja agredida, aprovechando el impune anonimato, vino a propinarle un par de estacazos con todas sus fuerzas al maestro, que hicieron soltar la presa y retroceder a este, y desistir de quitarles la máscara a los dos llegados, mientras le decía a la tía Josefa:

-¡Seguro son dos niñas del pueblo!

Ya que juzgaba que los críos no se atreverían, no tenía en cuenta que aunque uno era muy tímido, el otro era atrevido y guerrero, y como bien lo había definido, el mismo en cierta ocasión: “era capaz de reírse hasta de su propia sombra” Las manos le quedaron calientes, y las estuvo soplando un buen rato, eso sí en un acto de cobarde impotencia, nos arrojó los chanclos de goma que estaban a la puerta, lo que aprovechamos los chiquillos para esquivarlos y tomar las de Villadiego, acercándonos al pueblo con la sana intención, de meter miedo a todo bicho viviente que nos saliese al paso.

Seguimos camino en dirección al pueblo, sin dirigirnos a casa de la abuela, sabedores que éramos observados por los frustrados desenmascaradores, y también por no delatarnos. Entre un cierto temor por las consecuencias, lo que más nos alegraba, eran los palos que por una única, vez se habían vuelto contra el maestro. El que hubiese probado su habitual jarabe de palo, con vara de avellano, nos llenaba de gozo, y más confiando en la impunidad.

Llegados al Cantón debajo de la panera comunitaria, dimos alcance a Ubaldino al que acorralamos, no nos había reconocido y le entró pánico, de verse en manos de aquella siniestra pareja de viejos, comenzando a llorar como una pipera, lo que nos obligó a quitarnos las caretas un instante, para tranquilizar a nuestro compañero de escuela.

Seguramente con el tiempo, el joven maestro llegaría a conocer la identidad de quien le había propinado los palos (terminó sus labores como docente, en el barrio de La Calzada de Gijón). En la escuela el lunes siguiente, se limitó a denostar aquellos ritos paganos, que anulaban la identificación personal y que bien podían dar pie a perpetrar hasta horrendos crímenes, aparte que el Régimen –tan previsor el- también los consideró durante muchos años, perversos e ilegales. Para recuperar totalmente el espíritu tradicional de la Fiesta del Antroxu, como ahora tiene lugar en el clásico Descenso Fluvial de la Calle Galiana –en Avilés- tendrían que pasar muchos años…

Maestro Barrio y los dos protagonistas.

¿Te atreves a adivinar quienes son? Aparte del maestro están en la fina superior.

Descenso fluvial de la calle Galiana

Noticias y recuerdos del pueblo. Por Max.

Posted in Recuerdos by maxalvarez on noviembre 11, 2010

De tanto en tanto me alcanzan noticias del pueblo, por lo regular son atrasadas, eternamente las mismas noticias, saludos repetidos y recuerdos que van y vienen en boca de un familiar o amigo, con el que me tropiezo, y que terminan casi siempre por dejarte algún muerto al descuido. Así es como poco a poco se va muriendo el pueblo –igual que uno mismo- no son novedades de fortuna, hablan de fin de trayecto, de renuncias y tristes desapariciones. Hace años que no paseo por sus callejas y me temo que tengo miedo a descubrir lo viejos que nos hemos vuelto, entrambos.

Si parece que fue ayer cuando emprendía viaje antes del amanecer, en dirección a Entrago. Apresurado y nervioso a coger el coche de la línea “Álvarez” con los ojos nublados por una escarcha salada. Bien es verdad que va hacer de esto, dentro de poco, la friolera de cincuenta años, que están seguramente en alguna parte, desparramados, perdidos por el mundo…Recuerdo la vuelta al entierro de la abuela, un año después; el telegrama llegó de madrugada. José el hermano del abuelo Gildo, fue el encargado de darnos la mala nueva. Esperamos unas horas y cuando comenzaba a clarear nos pusimos en marcha, montados en una Vespa. Era otoño, concretamente el 21 de Noviembre del 64, hacía fresco, las hojas tostadas, caían sobre nuestras cabezas al pasar debajo de los altos álamos, que escoltaban la antigua carretera Gijón-Oviedo en Pinzales. A las afueras de Oviedo, camino de Trubia, hicimos una parada a tomar café y calentarnos, llevaba las piernas escayolas por la fría brisa otoñal.

Llegamos a Entrago y allí coincidimos con el tío Pedro que cargaba en el mulo la caja para enterrar la abuela, fue un choque que vino a confirmar la evidencia, hasta entonces seguía aferrado a la posibilidad de haber tenido un mal sueño, un telegrama equivocado. Abrazos y lágrimas, y una contenida alegría interior por el regreso, al que había sido tu hogar durante tantos años de niñez, al pronto encuentro con más parientes y amigos. Con la luz del retorno medio apagada en la memoria, continuo: la moto se quedó en Santianes -no había más carretera- después con las perneras de los pantalones doblados –a un servidor, por llevarlos cortos, no le hizo falta- tomamos el embarrizado y mullido camino de Mendoza, entre robles y fresnos desnudos, fantasmales y con la piel cenicienta.

Pronto arribamos al pueblo de Prado, y al Río, allí más abrazos y lloros; el abuelo está sereno, empero algunas lágrimas resbalan por sus mejillas, flacas y transparentes, parece más menudo. Él que contaba una docena de años más que la abuela y que sin duda aspiraría –cuando fuese muy viejín y no se valiese por si mismo- a que ella le atase los cordones de los zapatos, le peinase el lengüetazo ceniza que le caía sobre la frente, o le abrochase el último botón de la camisa sin cuello, y hasta le encasquetase –entre protestas- la boina de las fiestas, para ir a la feria a San Martín y comer carne guisada en un chigre de la Plaza, pero… ella se le había adelantado, servicial como siempre, seguramente quiso ir preparando el terreno en el más allá, abriendo camino y tenerlo todo dispuesto, para cuando a él –y a los demás- nos llegase la hora, no tener más que pasar, decir ¡hola! colgar de un clavo la boina o la gorra, como si viniésemos de sembrar patatas de la Viña, y ponernos a cenar las papas calientes.

Al llegar todavía alentaba un resquicio de desvariada esperanza, de encontrarla apoyada en la puerta cancela de entrada, con su pañuelo negro en la cabeza, observando como subíamos los peldaños de la escalera de piedra. Sabía de los días de lloros y lágrimas por aquel hijo póstumo, añadido por la cruel desgracia, que también se había ido. Quizá aquel postrer dolor había contribuido en acelerar y terminar de averiar su ya gastado corazón. El recuerdo es confuso, pero veo a la entrada de la cocina un almanaque y en el mismo clavo un ramo de laurel, que ya no tendrían ocasión de agregar sus manos con los dedos anquilosados –a temprana edad- por la artrosis, al arroz con carne de gocho, que ya nunca inundaría la estancia de un olor tan agradable.

El sol penetra furtivo por los estrechos cristales, y se derrama como una lengua de miel, sobre las tablas melladas y nudosas de la galería, al tiempo que lame zalamero las altas puertas de las habitaciones. En una de ellas ya descansa en su caja, el cuerpo de la muy querida anciana… ¿qué digo? si me faltan menos de cuatro años para tener su misma edad, me desdigo: ¡de la joven abuela! Fue un día demasiado intenso, iglesia y cementerio, no hacía mucho que había dejado de creer en cuentos de dioses y sectas.

La casa de mis abuelos -sita entonces en remoto pueblo- se descubre medio oculta en una vaguada, era escoltada alrededor por otras tres viviendas. Ese diminuto núcleo casi se veía rodeado por un monte irregular, al este, fresnos y un nogal en cada extremo, al otro lado, cercanos: huertos con perales y manzanos y un poco más alejados una hilera de orgullosos álamos, sin olvidar un imponente castaño de indias, y ya perdiéndose en la pendiente, más alejados, un monte de castaños, al norte varias huertas escalonadas que con su nombre –la Viña- seguramente nos quieren transmitir noticias de remotos viñedos.

Cuatro caminos llegaban y se perdían en el barrio, por ellos me internaba en la infancia, mientras iban que iban de árbol en árbol los gorriones, los jilgueros y los cuervos. Visto desde la galería, a la caída del sol, la punta de los álamos -que quedaban al oeste- se encendían con un color naranja y el monte se aquietaba, quedaba en suspenso, en medio de un vaho neblinoso, que sube como una nube y que pugna por consumir el sol con su lento fuego, esparciendo una especie de humo perfumado, de fin de verano.

Por delante de la casa sube un camino de tierra raída y piedras gastadas, a continuación y paralelo, se sitúa un profundo surco –ahora seco- que en invierno hace de torrentera, y que cruza por debajo, buscando juntarse con las aguas también turbias de otro compañero, que por la parte de atrás copa la retirada a la casa, es una edificación maciza y singular, vivienda y molino todo en uno.

Delante una pequeña huerta ganada al ribacho, en la que se destacan unas peonias rojas que lucen orgullosas sus vivos colores todo el mes de Julio, para envidia de los que por allí pasan, no en vano es tenida como la flor de la prosperidad, aunque su vida sea muy delicada y corta. Sus garbosas flores, tiemblan delicadamente con el suave viento de Verano, que levanta un fresco olor a terrones, a humo perfumado, a pan casero, a resina de madera de castaño mezclada con hierba seca.

Dan sombra a la vivienda, una hilera de frondosos fresnos que enraízan abajo en el lecho del arroyo, junto a la finca de la Tejera y casi alcanzan la altura del montículo. En lo alto del Ribacho arrimado a un farallón calizo, hay un caseto hecho con ladrillos musgosos y que es el refugio de los conejos, que pastan a su libre albedrío, en amplio cercado con tela metálica.

Me viene a la memoria un episodio con la abuela Estrella, que me marcó por una temporada, fue unos años antes: la veo con su cara de luna llena perlada de surcos y con el pelo blanco. Se desvanecía la tarde y llegaba la hora temprana de cena, yo era un crío y estaba sentado en un banco corrido de la larga mesa familiar, balanceando las desnudas y mataduradas piernas, distraído escuchaba el monótono roer de un ratón sin lograr ubicar su escondrijo, los gatos ajenos al trabajo de su fresco bocado, se divertían jugando en el desván, desplazando las castañas en sus locas carreras con gran estruendo. Con parsimonia –hablando y comiendo- daba buena cuenta de un plato fondo, de papas con leche, a las que espolvorea con abundantes cucharadas de azúcar y que tanto me gustaban, mientras la abuela, sentada al lado de la cocina de carbón, al calor del soplido de la hornilla, atendía una gran pota llena de ortigas –pa los gochos- que despedía vapor, que a su vez pugnaba por levantar la tapa y de cuando en cuando lo lograba, dando paso a un líquido espumoso, que resbala por los bordes y caía sobre la encarnada chapa; efímeras gotas que rodaban veloces unos instantes sobre ella, hasta caer dentro del quemante fogón, o bien evaporarse.

Llevaba al mismo tiempo, desgranados con paciencia, de sus caxinas, unos buenos puñados de arbejos, para una pequeña palangana, con los que pensaba preparar el pote del día siguiente, cuando, de improviso de su nariz comienza a manar un chorro de sangre que tiñe de rojo la blanca palangana, presto retira los arbejos a otro cacharro y deja que la catarata siga manando dentro de la palangana. Yo niño de unos ocho años, me quedo paralizado ante tanta sangre, aunque no es la primera vez que le sucede el percance a la abuela, el torrente se me figura que puede dejarla sin sangre en las venas, en cuestión de pocos minutos.

Repuesto del susto corro en busca de la ayuda, llegada esta, intentan taponar la nariz de la anciana con algodones que no logran restañar el torrente, el rojo líquido mana con una fuerza tremenda y se lleva por delante cuantas barreras le son interpuestas. Presto parte su hijo Pedro, con la mula en busca del médico, empero…. el matasanos dista por lo menos una hora de camino cuesto y polvoriento.

La abuela en principio estaba serena, era animosa, aunque poco a poco se va quedando más y más pálida, nadie quiere hablar de peligro de muerte… aunque quien más y quien menos en sus mentes, se abre un cruel interrogante.

-Má, seguro que tienes la tensión a tope ¿Cuánto haz que no vas al médico?

No es hora de reproches, pero teniendo en cuenta que en alguna ocasión, el índice había llegado hasta la mágica cifra de 25, era de suponer que en aquella ocasión, no sería muy distinto el guarismo.

Son minutos de febril impotencia y desasosiego, hay quien aconseja que se recueste la enferma, otros opinan que es mejor tenerla de pie o sentada, el caso es que el torrente sigue manando y no hay quien lo tapone, ni detenga ¡con lo escandalosa que es la sangre! paños empapados, todo se tiñe de colorado, las manos de los improvisados practicantes dan la sensación de andar de matanza.

Pasan lentos los minutos, y se continúa con la labor de meter gasas y algodones presionando con fuerza las pinzas dentro de la dilatada aleta de la nariz, el remedio aunque poco efectivo hace disminuir el caudal externo, aunque también parece fluir hacia el interior de la boca.

Arropan la abuela que siente frío y tirita. Se desesperan, el médico parece que no llegará nunca, se dicen que no hubo suficiente tiempo, mientras se alientan en la espera.

Se preguntan: ¿Cuántos litros de sangre tendrá una persona? Alguien contesta: que entre cinco y seis. ¿Cuántos se habrán perdido? Difícil medir o calcular a ojo.

Por la ventana, afuera los colores poco a poco se van igualando, los perfiles desaparecían sin remedio, ya es noche cerrada, infinitamente larga, negra y roja. El tiempo se ha detenido.

La mujer tiene sed, así que le dan de beber, sin saber si será conveniente, o perjudicial. Nadie quiere separarse del lado de la enferma madre.

La sangre comenzaba a darme mucho miedo, estaba aterrorizado, pensaba que la abuela se moriría bien pronto si seguía sangrando así, sentí deseos de llorar de gritar muy fuerte.

El caño no se agotaba, pinga a pinga, el surco se dibujaba, primero por el labio superior, traspasaba la depresión de la boca y seguía por el labio inferior hasta la barbilla, bien es verdad que cada vez más despacio, con menos fuerza, no se sabe si debido a que el manantial estaba a punto de agotarse, o por que la herida se iba restañando.

Como dos horas después del incidente, apareció con su oscuro maletín el médico, resultando su llegada un alivio para los presentes. La tensión máxima de la enferma marcaba seis y bajando, y opinaba el galeno, que gracias a que la venita de la nariz había servido de oportuno aliviadero, se había librado de un derrame cerebral, que seguramente habría resultado fatal.

Al poco ya relajado, con el firme propósito de velar toda la noche por la delicada abuela, dicen que dormía como un bendito.

Las fotos que siguen son de mi segundo pueblo: Xixón

El precio de la libertad de un mulo. Por Max.

Posted in A su aire, Recuerdos by maxalvarez on agosto 29, 2010

El relato es verídico, cualquier similitud con un cuento, es pura coincidencia.

Envuelta y arropada por la gris penumbra, la anciana Estrella se acerca a la cama, camina sigilosa, como si de un felino dispuesto a dar el salto se tratara, precaución inútil ya que su misión al fin y a la postre, es despertar al nieto dormido.

Con ambas manos apenas mece con delicadeza al niño, que dormita hundido en un jergón de hoja de maíz, mientras le dice:

    –Mino, vamos arriba ¡ya es la hora!

    El crío no contesta, pero se encoje y trata de tapar la cabeza con el embozo.

    Emplea unos minutos en abrir los ojos pequeños, sinceros y asombrados, lleva desde los dos años, creciendo y acomodándose a la vida sufrida de la aldea, sin otro remedio ni reclamación; había terminado hacía poco, el curso en la escuela, pero en los meses de la hierba, era necesario arrimar el hombro, ayudar, echar las dos manos, cada uno acorde con su tamaño y condiciones físicas.

    La vieja abuela hacía humear el fogón bien de madrugada, y tenía a punto la leche, el chocolate o el café colado de la manga, para brindárselo a los habitantes de la casa-molino, y hasta al mismo pendejo sol, que después no tendrían duelo de nadie durante todo el día. En esta época, no se trabajaba de sol a sol, sino que desde mucho antes que Lorenzo se quitase las legañas, hasta después que rendido de achicharrar las tiestas de los yerberos, se acostase.

    El ambiente, aunque el verano va bien mediado, en aquella hora precoz, peca de fresco. Verdaderamente es duro el trabajo en el campo, aparte de los horarios intempestivos, el relente mantiene la pación húmeda, arrancando los rayos lunares, destellos plateados de las hojas caídas, pero sin lugar a dudas, se siente frío en horas tan tempranas. El cielo luce despejado, acogotado de estrellas, mientras los cuernos de la Luna marcaban nítido el cuarto creciente.

    A la puerta de la casa aparece atada una caballería, que el abuelo Avelino, previamente se encargó de aparejar. No sabría decir si era un mulo muy macho o un macho muy mulo, de lo que si estoy seguro es que era viejo y aparentaba estar bastante resabiado, durante muchos años -en la mina- se había visto condenado a arrastrar cientos de vagonetas –sin ser consciente de haber cometido delito alguno- por ello desde que cambió su suerte, habiendo mudado las tinieblas del agujero, por el radiante sol, valoraba mucho más la posibilidad de ser totalmente libre, como veremos más adelante.

    El arrapienzo, no tenía pinta de ser tirador de piedras, ni perseguidor de perros, ni mucho menos de maltratador de mulos, aunque la violencia del ser humano, sale a flote en cuanto te descuides un segundo; las peleas a pedradas con los niños de los pueblos vecinos, siempre fueron recursos socorridos, de desfogue y disfrute masoquista, pese al empeño del maestro Octavio, por reducir el número de descalabros, decretando castigos ejemplares en las huestes de tan aguerrida tropa escolar.

    Al crío le hubiera gustado acariciar una larga crin, pero el mulo carecía de ella, y no se dejaba querer, si acaso le sobraban sus permanentes malas pulgas, y abundantes restos de mataduras, en sus costillares salientes y desgarbados, devorados con fruición por las golosas moscas.

    Una de las zunas más molestas de la bestezuela, era que solía revolver la cabeza, con el hocico jocoso, enseñando los dientes fuertes y amarillentos, al tiempo que trataba de propinarle un bocado a la faltriquera del aparejador, cuando este le acomodaba la albarda encima de los costillares y le apretaba la cincha -no solía fallar- aparte que el muy tunante se las sabía todas, juraría que hinchaba la barriga para que la correa quedase floja, en cuanto el vientre recobraba su tamaño real, así no le molestaba después, aunque por contra el jinete –a poco que se descuidara- corría el peligro de terminar –por deslizamiento- entre las patas del animal.

    Les van saliendo al paso, sombras fugaces de casas pequeñas, poderosos nogales con sus brazos abiertos, les acompañan cuando se deja el pueblo -junto al abrevadero que hay por encima de la escuela- el camino empieza a jadear, brillan las gastadas piedras, y se encuentra, en los bordes del camino, abundante vegetación de artos y espineras, hasta casi llegar al puerto de Marabio.

    No los comía del todo la oscuridad, ya que por la Mucheirina se alumbraba un débil resplandor anticipo del cercano asomo del astro rey. Al pasar entre las casas del pueblo silentes al alba, en algunas se adivinaba trajín, ya que soltaban extrañas y confusas señales de humo por sus chimeneas.

    Dormitaban las gallinas encaramadas en sus sucios palos, en cambio siempre hay un condenado chucho que ladra al paso de los madrugadores, intentando meterle miedo a la noche, con sus histéricos gruñidos y ladridos destemplados.

    Suben el cansado camino de Marabio, el pequeño sobre el mulo, el adulto, su tío –de nombre Pedro- a pie llevando el ronzal en la mano, aunque soñolientos, llevan buen ánimo; está seca la ruta y las herraduras de la bestia arrancan chispas de las piedras gastadas, hasta cerca de las Cuandias, va quedando atrás al fondo, el pueblo de Prado.

    Los adelanta al galope un brioso caballo negro, montado por joven jinete, lleva las alforjas con sendas cantimploras de aluminio, de cuyas tapas penden unos trapos blancos que hacen de junta, ahora van cargadas de agua fresca, por la tarde regresarán llenas de leche. El macho sigue con su paso cansino, si acaso enfoca sus pequeñas orejas a escuchar por si tenía alguna nueva que comunicarle su pariente equino.

    Llegando al alto, crecen a los lados helechos y árgumas, los fresnos, desde sus elevadas copas, los contemplan pasar sobre sus raíces, descubiertas por el temporal del invierno. Después del canto de Áspara, cuando llueve, la calzada se encharca y embarra, durante el día el tórrido sol de Castilla, hace de horno de alfarero y deja esculpidas las huellas de los animales que pisan el barro arcilloso, son restos que ahora con la seca, se van deshaciendo otra vez en polvo, a la espera del agua y el nuevo amasado por medio de las pezuñas de las bestias, que den lugar a tan adornadas y caprichosas esculturas.

    Se alza el cielo para enrasar con la altura de peña Gradura, mientras se arrastra en el fondo del valle, entre Santianes y Entrago, silva el viento en Santana y desmelena los castaños y robles por el Calecho y Brañamoucada. El arroyo ya no corre ni muge como en Abril, está callado.

    El caso es que llegaron, tío y sobrino, a la braña de Cubielles, en concreto al prau de la Corrada del Canto, cuando comenzaba a clarear el día. Las piernas con pantalón corto del crío van entumecidas de frío, aunque ya pasaron la hondonada de Marabio, donde la rociada vestía con su tenue gasa las árgumas y hacía un frío que escaraballa el pelleyu (te deja la piel de gallina).

    Desde la cercana sierra les llegaba una suave brisa, doblando las hojas de los abedules y les dejaba alegres trinos de jilgueros; no muy lejos hacía poco se había descubierto una cubil invernal del oso, perdida en una pequeña hondonada, cuando se buscaban unos terneros extraviados.

    En el cercado del prado de Gasparín -que ya tenía recogida la yerba- fue atado con una cuerda larga el sangrudo macho, en prevención de problemas posteriores, conocida su afición a juntarse con los rebaños de yeguas que pasaban por los alrededores pastando.

    Durante el día un abigarrado coro de grillos se afanaban en extender sobre el colorido mar de yerbajos, una música de encantamiento, seducido y jaleado por tamaña orquesta, el corazón del crío cantaba como si hubiesen anidado en el, una pareja de mirlos.

    Marallo va y marallo viene, cuando llegó el medio día, más de dos tercios del prado aparecían con su fruto tumbado y esparcido (esmarayado) y secándose a la testera del sol; el crío -aunque de vez en cuando- se iba tras los saltamontes, aprovechaba para azuzar con la esparba las topineras o inundar con la meada los agujeros de las cigarras, para obligarlas a salir, pese a todo había cumplido su misión.

    Arde el aire y quema como llama, cuando pasa una res junto al muro de piedra, con su cencerro colgado, que ve alterado su monótono son, al mover esta la cabeza con fuerza, para espantar las moscas, se apresura buscando refugio a moscar en la mata Oscura del canto.

    Dormida la siesta amparados por la sombra de un tejo y cabruñada la guadaña al despertar, en poco tiempo quedó completada la faena… y en ese momento dio comienzo la odisea.

    Cansados pero contentos por haber dado fin al trabajo en hora temprana de la tarde, regresan en dirección al prado donde habían dejado el mulo, siendo su sorpresa el encontrarse con que la bestia había desaparecido, ni rastro quedaba del mulo, ¡miento!: allí estaban las huellas del delito, un trozo de la roída cuerda y la albarda con la cincha encima del paredón, que le habían sido quitadas -en buena hora- para que estuviese más cómodo el animal.

    Preguntadas a las gentes que por aquellos prados se afanaban recogiendo la hierba, les dieron razón que el mulo parece ser que atendiendo a la llamada de la sangre o de sus hermanos, se había entretenido en roer el ramal hasta romperlo, a continuación saltó limpiamente el muro, y se había unido a una manada de caballos medio salvajes que por allí pastaban, tomando todos camino de la sierra, dirección al pico Calduveiro, o más probable al lago de la Tambaisna.

    Allí tenemos al cansado segador después de manejar la guadaña durante toda la jornada, cargando al hombro con la albarda del animal, subiendo la sierra chorreando de sudor por el camino romano hasta avistar el lago. ¡Ni rastro del fugado!

    Al regreso al pasar por la braña de Cubielles allí quedó la albarda, según las últimas nuevas la recua transitaba camino de Praudongo o la Cruz de Fuexu, esa dirección siguieron las dos almas en pena, descubriendo el reo tan campante pastando en compañía de sus nuevos amigos. A campo descubierto hubo un primer intento de apresar el mulo, resultando el intento fallido, después de carreras y sudores baldíos ¡échale un galgo!

    No obstante con la ayuda de varios vaqueros, se logró encaminar la manada de equinos por el valle y fue conducida hasta las inmediaciones del prado de Brañamayor, al que se le abrió la cancilla, logrando meter el tropel de caballos sin domar en el cercado, y al fin se le pudo echar el guante al amante de la libertad, que tanto gustillo le había tomado aquella tarde, pasaba de las diez horas de la tarde, estaba oscureciendo y apuntaban las primeras estrellas, cuando se consiguió dominar y meter en cintura al fugado.

    Se avecinaba una negra noche, aunque el cielo estuviese adornado por millares de luciérnagas, montaron encima de la bestia, a pelo, Pedro delante, detrás el chiquillo agarrado a la cintura de su tío, ya que con sus cortas piernas no alcanzaba a engarfiarlas sobre el lomo del mulo. Al primer estacazo sobre los cuartos traseros, el animal respondió con un salto en la campera que estuvo a pique de dar con la carga en el suelo, menudearon los estacazos atrás, adelante y por todas partes, el crío pálido no descartaba el recibir algún golpe de la enfurecida tanda. Pasaron por delante del pozo del Agua, el pozo Seco, a galope tendido, enfilaron la cuesta de Piedrachonga sin decaer la carrera. El mulo llevaba el rabo levantado haciendo de timón y juraría que hasta el chiquillo había momentos que marchaba también horizontal paralelo al rabo de la bestia, tal era la endemoniada velocidad con que se desplazaban, que más parecían volar que otra cosa.

    El viento tomaba fuerza a su alrededor, de la boca del encrespado jinete salían rayos y centellas, él que era de pocas palabras, gritaba como un endemoniado, desahogando la furia contenida, en insultos a la mala bestia, los fresnos se movían llevados y traídos por el viento y hasta aparentaban querer gemir al paso de aquel rayo desbocado.

    El llegar a Santana y desmontar supuso un alivio para el muchacho, era noche cerrada y cuesta abajo corrió sin descanso, hasta plantarse en el Río en menos de media hora. No tuvo tiempo de sentir miedo, la noche estaba clara y el acaloramiento de la carrera, hicieron el resto. El mulo fue castigado a llevar a Pedro hasta la misma puerta del molino. El paladeo de unas horas de total libertad, a la postre, le habían resultado bastante caras, cientos de palos en sus costillares, y una carrera agotadora, de los que tardó unos cuantos días en recuperarse.

    Ya lo decía Cicerón: “La libertad no consiste en tener un buen amo, sino en no tenerlo” ¿O no será así? Igual estaba más acertado Camilo José Cela : “La libertad es una sensación. A veces puede alcanzarse encerrado en una jaula, como un pájaro”. Aunque a la filosofía del mulo, quizá le cuadre mejor la opinión del insigne José Martí: “La libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella, o comprarla por lo que nos pidan”.

    Ya que por estas fechas se celebra la fiesta de Santana en Marabio, sirva este recuerdo de modesto homenaje, a los que por aquellas camperas se divierten en tal día.

    Ermita de Santana


    Santa Ana


    Valle de Teverga


    Pico Calduveiro al fondo


    Cuadra de Brañamayor


    Mirando a Cuacartel y Cubielles


    Braña de Villamayor y cordal de la Mesa


    Teverga desde el alto de Santa Cristina


    Prado, Gradura y valle de Teverga.

    La mayoría de las fotos son de Alberto Montes y están en Panoramio

Cuando cantan los tejados en el Río. Por Max.

Posted in Asturias, Relatos by maxalvarez on julio 20, 2010

Canta con estrépito la lluvia sobre las tejas, mientras el desván hace de caja de resonancia, de cientos de gotas que en su caída golpean las rojas y curvadas teclas del aparente piano que cubre el techo, y dejan en el aire sus monótonos acordes. Por la ventana entre abierta, observa como los goterones que no recogía el canalón, fundaban en el suelo al caer, redondas islas de piedrecillas relucientes, desplazando al tiempo el polvo circundante, dando lugar a pequeños hoyos, y como a continuación las panzudas gotas de agua, cargadas de arcilla, toman como abrigo un barro rojizo, estas ondas preñadas se van saliendo de madre y acuerdan el juntarse con sus vecinas gemelas, creando infinitos y caprichosos regueros, que toman veloz rumbo a las cunetas del camino y después todos juntos, cogidos de la mano, se despeñan al río por la canaleta que alimenta el molino.

El cielo se ha vuelto gris y opaco, en cambio su mente se despeja por momentos y siente un bienestar de espíritu que achaca a esa lluvia que convierte las caleyas en río, y casi nunca falla, vuelve a ser el mismo niño, que antaño calzando unos enormes chanclos de goma, intentaba que unas elípticas latas de conserva navegasen por el arroyuelo, como precarios barquichuelos. Sin duda sus primeros viajes los hizo en tan livianas embarcaciones, que se deslizaban pueblo abajo, arrastradas por la corriente tormentosa. Eso no quita para que en aquella época los relatos del abuelo, le hicieran imaginar islas fantásticas, o países lejanos, habitados por unas mulatas, de aquí te espero, mojando pan en sus carnosas bocas.

Acurrucado tras los recuerdos de una feliz ensoñación, quieto y sentado en una silla baja, afirmando la espalda contra el respaldo, siente como el frío torna en tiesas alambres los pelos de sus brazos, ve pasar como un fantasma, por el camino que flanquea las lomas, a un lugareño cubierto con el negro paraguas, arreando las vacas con una vara larga, estos aldeanos suelen mirar al frente, al cielo solo para mantener vigiladas las nubes cargadas de líquido y al suelo para esquivar el meter las madreñas en los charcos, mientras sus pesados párpados, cautivos por las notas armoniosas, por el agradable ronroneo, que le llega de las turbias aguas al caer en la poza y juntarse los dos arroyos en uno, se vuelven pesados, y el embrujo le hipnotiza y adormece.

En lo mejor del sueño, cuando estaba duro como un tronco, creyó distinguir una montaña muy grande, un rincón de verdura, brisa rústica, unos ojos rasgados, una frente lisa, un cuello de gacela, unas piernas blancas, largas y bien torneadas, las rosas le parecen más rojas y esparcen sin duda más aroma, las estrellas dan más luz. Se le ladea la cabeza sorprendida por un repentino pigazo, mientras la mente permanece cautiva de: la redondez de la luna llena, las ondas de la serpiente sin veneno, el suave abrazo de las plantas trepadoras, la esbeltez del rosal sin espinas, el terciopelo de las flores, la galanura de los mimbres, el leve vuelo de las hojas en otoño, la loca alegría del rayo de sol asomando tras la nube negra, el fúnebre chillido del búho, la mirada desamparada del cervatillo en el monte, las lágrimas de las nubes que algunas veces le mojan la calva, el dulce sabor a caramelo de la miel, la suavidad de las plumas del cuello de la paloma, el susurro de la tórtola, la crueldad del lobo, el orgullo del pavo real, la timidez de la liebre en el campo, el calor del fuego, la prestanza del urogallo. ¿Es la mujer soñada?, ¡el ideal!, que llama a la puerta… un trueno sordo y prolongado, le despierta, pregunta: ¿donde estoy? ¡siente frío! la ventana de la galería está abierta, juraría que está en el Río, en sueños escucha el son del tejado y contempla sin ver la lluvia a cámara lenta, caer al río.