Feria de Cuerín en la Plaza (Teverga). Por Max.
Era el día tres de septiembre de hace muchos años… -no ha lugar a equivocarme ya que tal día es mi cumpleaños- y en la Plaza tenía ocasión de celebrarse -como cada año- la tradicional feria de Cuerín. Por todos los caminos, y desde la mayoría de los pueblos del concejo, a la misma hora, bajaban y convergían en la capital como arroyos desatados en una repentina y mañanera marabunta. El colorido reguero lo formaban, ganaderos y campesinos, acompañados también de sus mujeres y algún que otra recua de xente menuda. Los hombres son de hablar poco y pausado, caminan despacio, dando grandes zancadas, y dejando marcada estela por los polvorientos caminos. Aunque solían marchar un tanto arrumbados, trataban de estirarse para mantener la vertical, al ser obligados por los pendientes senderos en bajada que venían a confluir en el centro del municipio de Teverga. Con parsimonia movían sus largas y torcidas piernas, deformadas por los rudos trabajos diarios con que las habían castigado desde bien jóvenes, tal como eran: el afirmarlas con fuerza, esparrancadas en el suelo para segar, cargar y desplazarse en los píndios prados, sosteniendo por encima de sus cabezas pesadas paladas de yerba, seguir y dirigir el arado romano, y hasta los más afortunados, compaginaban estos bastos trabajos al aire libre, con otros amén de rudos también peligrosos y dañinos para la salud, enterrados en húmedas galerías, bien picando, paleando carbón, posteando oscuras galerías o empujando pesadas vagonetas sobre metálicos rieles, cargadas con el negro mineral o los estériles.
Más madrugadores habían sido quienes disponían de algún animal con la intención de ser feriado. De ellos algunos habían arreado, atada con una cuerda por los cuernos, con gran pena a la Galana de turno, que se veían en la obligación de desprenderse de ella, por no tener alimento suficiente que darle, para que pudiese pasar el que se esperaba fuese un crudo invierno, pese a que el agradecido animal, llevase varios años siendo el sufito de la familia, sacando adelante, con su generosa leche, una caterva de seguidos y flacos arrapienzos, que seguro serían los más afectados por la marcha del cornudo animal, o también por necesitar los cuartos que pudieran darle por ella, por lo que es más triste “pa poder subsistir” Otros llevaban uno o más terneros en recua, detrás marchaban sus mujeres o muchachas, dándoles golpes en los lomos con una vara de avellano, o bien con ramas recién cortadas del mismo arbusto, que al tiempo servía para espantarles las madrugadoras, molestas y picajosas moscas.
Los más pobres calzan chirucas, chanclos o alpargatas de suelo de esparto, y zapatos relucientes y de punta fina, los que cuentan con más medios, todos visten y lucen sus mejores galas, camisas blancas con cuello duro, pantalones de mahón por parte de los necesitados –eso sí de momento bien limpios- y de tergal los más pudientes. Por parte femenina abundan las blusas blancas, azules, brillantes y tiesas todas, poco menos que desprendiendo destellos cual si la tela llevase una capa de barniz; volanderos vestidos de tonos claros, adornados con dibujos en puños y pechera, al que no lograban rellenar del todo unas escasas y flacas carnes, y del que sobresalían: una cabeza con el rostro curtido y el pelo ahuecado, dos brazos huesudos y blancos, sustentado el conjunto dos piernas poderosas mucho mejor formadas. Varias de estas mujeres portan enormes cestos, donde de vez en cuando estira el pescuezo una gallina o pollo. También se da el caso de alguna paisana, que encamina a golpe de vara, una gran cerda de la raza celta, empeñada en hozar y desenterrar, cuanta raíz divisa en su camino, seguida de una buena recua de lechones, inquietos, rechonchos y gruñidores. Hay quien carga a la espalda, usando el bastón como balanza, llevando una gran jaula, atestada de palomos, otro porta un cesto de mimbre con asa donde unos conejos dan fuertes patadas al asustarse del balanceo. Las damas aunque en general, suelen ser más pequeñas, en la marcha compensan sus pasos más menudos, con su mayor frecuencia, haciendo más vivaracho, animado y gracioso el desplazamiento.
Adelantan a los caminantes, caballos enjaezados al trote y con los jinetes luciendo vestimenta de cuero, las herraduras de los cascos despiden chispas al chocar contra las losas calizas a la altura de Chichicueto, otros más modestos asientan sus posaderas sobre gastadas albardas encima de mataduradas mulas, o de orejudos borricos; ellos jinetean tiesos con las perniles colgando, ellas van sentadas de lado con las dos piernas hacia el mismo flanco de la bestia. Llegados al pueblo de Entrago se acaban los penosos caminos, y comienza una grijosa pista prácticamente plana. Pequeños y ruidosos camiones pasan a los caminantes levantando una nube de polvo, que se mezcla con el negro humo de los escapes que deja en el ambiente un marcado olor a gasoil quemado. En medio del mismo pueblo se situaba la finca del palacio de Entrago, sin duda los campesinos daban a esta palabra “palacio” un significado de riqueza y esplendor, ya que la hacienda era sin duda la más extensa, opulenta y ordenada del concejo. Aparte del macizo caserón, cuenta con capilla propia, palomar y un delicioso estanque, rodeado de una hilera de magníficos árboles para defenderlo de la violencia del viento, un cuidado césped por donde se dejaban ver un sin fin de patos, entre la hierba crecida. Precisamente en este recinto, acotado con muros de piedra, trabajó de cantero alrededor de veinte años seguidos, mi bisabuelo Pedro. Esta mansión, también cuenta con un oscuro y trágico pasado, ya que durante la guerra incivil fue habilitada como cárcel y en ella fueron torturados y muertos a palos, y a manos de: falangistas, soldados y fuerzas de abuso y desorden, varios vecinos del concejo por ser amantes de la libertad, en aquellos trágicos y señalados años.
En aquellas horas tempranas una espesa niebla, dormitaba confiada sobre el río, sin calar ni un leve soplo de aire, talmente parecía una nube de algodón, dejada al descuido sobre el agua, ni siquiera se distinguía el camino que paralelo a la corriente del agua, discurría por la otra orilla. Al comenzar a alborear se fue descubriendo un mundo de casas a los lados de la carretera, revocadas y blancas, llegaba claro el canto de los gallos, habíamos llegado al barrio de la Faborita, pasado este y el puente sobre el río, delante del Tocote, se juntó una gran multitud, de animales y personas entremezclados que se acercaban al ya cercano recinto, se fundían y alternaban los chillidos, los saludos, las risas, con los apagados mugidos de las vacas que llegaban de la feria. Flotaba en el ambiente un penetrante tufillo a establo, a sudor, a heno, a leche, a cuchero; era un olor como agrio, bestial, con su aquel de repelente y humano, propio del trajín de las gentes del campo, y que seguramente resultaría desagradable a los que piensan que tienen una pituitaria delicada y todo ello por que viven en la gran ciudad, aunque habría que ver quien disfruta más, si los que alternan estos fuertes olores con los agradables perfumes de las florecillas en primavera, al perderse en el campo, en contra de los tenidos por afortunados, que viven y respiran, enterrados en la gran urbe -todo el tiempo- entre vapores de gases de escape.
En el recinto de la feria se juntaba una abigarrada multitud, un verdadero batiburrillo de individuos y de bestias, entreverados, donde sobresalían por encima, los retorcidos cuernos de las vacas y los más derechos y cortos de los toros. En la zona de entrada, al lado del lateral izquierdo de la nave prerrománica de la Colegiata se situaba el ganado vacuno y al frente de la entrada que da acceso -a través de un arco- a la cuadrada torre y al antiguo monumento con momias dentro, el caballar. Las vacas y los xatos se arraciman alrededor de los troncos de los numerosos y recios árboles que pueblan el recinto. Unos personajes muy destacados en toda feria que se precie, eran los tratantes, se distinguían por que solían llevar mandilón azul y pululaban observando las reses más llamativas, palpaban, sopesaban y sobre todo trataban de enredar y aprovecharse de la necesidad del que se ve obligado a vender su preciado animal, por cuatro cuartos. Era todo un arte el desplegado por esos tratantes en reses, ofrecían, se alejaban, volvían otra vez con nuevas ofertas, espiando el resultado de las propuestas en el rostro del vendedor, esforzándose por descubrir, el o los, defectos del animal, un tira y afloja interminable, agrias disputas sobre los años de la res, que si tenían palas en la dentadura, si daba patadas, si envestía a la gente, si saltaba los cierres y era amiga de pacer en cercado ajeno, adobados por ambas partes por una tenacidad y disimulos enfrentados, hasta que finalmente llegaba el apretón de manos que sellaba el acuerdo. También tenían lugar transacciones entre vecinos, aunque estas se guiaban más de oídas, por confidencias, aunque normalmente los secretos o defectos, terminaban siendo de dominio público.
A ambos lados de la recta de entrada al recinto, se alinean docenas de puestos con quincallas colgando, donde las reinas de la demanda eran las navajas de Albacete de todos los tamaños y para todos los gustos, con mangos dorados, de madera, de nácar o de hueso, con hojas largas y finas, también las hay pequeñas para colgante de adorno en las cadenas que se llevan al cuello; automáticas de muelle y grandes dimensione las de Taramundi que solían ser las preferidas –aunque resultasen más toscas y caras- Abundan también los puestos de guarnicioneros, donde se divisan: cabezadas, colleras, bocados, albardas, monturas de piel repujada y toda clase de aparejos. No faltan los chiringuitos, dedicados a las herramientas del campo, donde las reinas con las guadañas de las marcas: el toro y las dos liras, aunque la más asequible sea la vasca “la bellota” con sus complementos de hierros de cabruñar, estiles, cachapos, piedras de afilar, arados metálicos y ruedas para carros, acompañadas a poca distancia, de picos, palas, azadas, horcadas, trientes, garabatos, rastrillos y sogas de variados gruesos. Sin faltar los puestos de golosinas, muñecas de trapo y juguetes metálicos para los más pequeños.
Personajes lisiados llamaban la atención y se dedican con verdadero ardor a la venta de hojas de colores impresas con romanzas y coplas de ciego. Las aves de corral aparecían tiradas sobre la tierra con las patas atadas, el ojo quieto como asustado y la cresta caída, pugnando con gran esfuerzo por levantar la cabeza de entre el polvo. Poco después de medio día, se van dando por finalizadas la mayoría de las operaciones, algunos esperan para entregar las reses destinadas al matadero, darles el último adiós y ayudar en la carga de las mismas en los camiones, otros emprenden el camino de regreso a sus casas con los animales cuya venta se vio frustrada por fas o por nefás, o retornan caminando satisfechos por la compra realizada. Los que viven lejos, tuvieron venta y quedaron libres con la cartera repleta, o simplemente vinieron a ver, se van distribuyendo por los chigres y casas de comida, otros con dinero calentito, aprovechan para comprar en las tiendas que aunque sea día festivo permanecen con sus puertas abiertas, se va deshaciendo la feria y aumenta la animación en tiendas y bares, la sidra y el tintorro de León ayudan lo suyo a tal menester.
En un periquete las mesas de los establecimientos de la misma Plaza o de la aledaña capital San Martín, se vieron ocupadas por hambrientos comensales, un delicioso aroma de carne guisada con todo su jugo se dejaba oler al pasar, animando a entrar a los más reacios, y de tanto en tanto las puertas entre abiertas de las cocinas, dejaban admirar sobre la brasa, ensartados, pollos, pichones y piernas de cordero, de cuyas doradas pieles, resbalaban chorros de jugo, que no se sabe bien la razón por la que venían a encandilar los ojos de los peregrinos que acertaban a contemplarlas de pasada, al tiempo que las bocas se les hacían agua. Por aquella época todavía no proliferaban los desertores del arado, la mayoría estaban en sus puestos alerta, así es que las fuentes circulaban sin descanso, cargadas con tan cárnicos manjares, vaciándose como por ensalmo, igual que las jarras del tintorro y las botellas de sidra. La mayoría comentaban las compras o ventas realizadas, continuando después con el capítulo relativo al estado de las cosechas de seronda, o bien se preguntaban, si continuaría la seca que terminaría por arruinar los pastos de otoño en las brañas.
De pronto se dejó oír delante de la casa la corneta del municipal, a no ser los indiferentes que no los levantaban de su sitio ni a tiros, el resto corrieron a la puerta o se acercaron presurosos a las ventanas, con las servilletas de tela en la mano y las bocas llenas, el uniformado después de dejar el estridente instrumento, dio comienzo a la lectura del bando municipal, con voz entrecortada y recalcando el final de las frases del pregón:
-De orden del Ayuntamiento, se hace saber que a partir del lunes 11 del corriente, se puede proceder al pago voluntario de las vacadas, en las oficinas del Concejo.
El pregonero continuó su camino, los ecos de su repetitivo mensaje se fueron apagando al tiempo que se alejaba. Lo que dio lugar a comentar el suceso y quejarse del afán recaudatorio del Consistorio, sin levantar demasiado la voz y sin señalarse, ya que la guardia civil en aquellos tiempos, contaba con cientos de oídos y el Alcalde era quien ostentaba el mando de la Benemérita y la verdad era que los del tricornio, no tenía demasiados reparos en atizarle una camada de palos al más pintado, sin que mediase motivo alguno. Tomado el café de manga -con pingaratas de coñac- los mayores acompañado también este, de una buena copa de Fundador, emprendimos el regreso, los pequeños llevando orgullosos en el bolso del pantalón la reluciente “cheira” (navaja) que nos habían feriado en Cuerín.
Recuerdos aldeanos, camín de Marabio. Por Max.
¡Que le vamos facer! de vez en cuando me apetez xuntar letras, tengo el vicio enraizau, reconozco que así entretengo el monótono paso de las horas, espantando a su vez el pernicioso aburrimiento, pero no dejo de preguntarme, si verdaderamente: ¿merecerá la pena dejar constancia de unos recuerdos de infancia que quizá a nadie interesen? Dirán que es vano -con la que está cayendo- perder el tiempo pulsando teclas… puede que sea esta la válvula de escape que nos queda a unos cuantos antiguos a la fuerza de tan viechus, que disfrutamos rebobinando a nuestro antojo. Aparte de la íntima satisfacción de auto-engañarse, creyendo que los hechos se vuelven más reales por tenerlos plasmados como caprichosos garabatos en una hoja, fijados y modelados a nuestra manera, con la inestimable y correctora ayuda del olvido. Conscientes de la imposibilidad de volver a vivirlos, aunque al pasar esos recuerdos al papel, esperas cobren una nueva dimensión, o por lo menos como mal menor, que sirva para librarte de ellos, posarlos, descargarlos de unos hombros, que se van agachando con el peso de tanta carga de sentimientos, alegrías, frustraciones y sobre todo del cruel paso de los años. Estoy convencido que la completa felicidad es el estar papando moscas, soñando despierto, pero esa cabrona placidez, se parez tanto al ensueño que sustenta el feliz recuerdo…
Para los que nada conocen de aquellos tiempos, y que consideran a los campesinos como unos redomados haraganes, por que ven ahora, sus campos abandonados y en barbecho, les tengo que decir que hubo otra época en que por aquellos paraísos perdidos, reinaba la febril actividad. ¿Qué les puedo contar a esas gentes de ciudad, para tratar de convencerles? Pensarán que son puros cuentos. ¡No os engaño! era en verdad dura la vida de unos aldeanos, que no notaban la diferencia entre un laborable y un festivo, y si pretendían feriar, eran conscientes de lo que les esperaba: madrugar primero y doblar después el espinazo hasta las tantas. Estoy seguro que ni por asomo se imaginan lo que es subir a Santana lloviendo, con la niebla queriendo traspasarte los huesos, dejar atrás Piedrachonga con el aliento convertido en escarcha, en cuanto osa abandonar tu boca. Arrear las vacas refugiado bajo un simple paraguas –que tapa lo que tapa- con las nubes xarreando si dios tien agua, y el frío nordeste castigándote sin piedad los riñones.
Comenzaré por lo que tengo más a mano –no en vano allí pasé mis primeros años- un pueblo, Prau, con sus caleyas de tierra y su Río casi seco, sus prados floridos, que en verano hervían de saltamontes a la hora de la siesta, y que al llegar la noche se agazapa como temeroso, detrás de la peña Gradura, acurrucado en silencio, debajo de las bombillas y faroles, nublados por un halo de insectos. Un concejo, Teverga, al que siempre llevaré muy dentro, por que de allí proceden mis raíces que me unen con la tierra donde nacieron y murieron los abuelos, delicadas raíces que te sueldan con la forma de hablar de sus habitantes, como piensan, las costumbres, los alimentos, el perfume de la tierra, de sus aldeas, del mismo aire. A tan poca distancia de las casas de los tíos, donde los dos primos eran compañeros de fatigas, a cualquier hora, para jugar a la pelota, a la piesca, o lo que se terciase; al oscurecer bajo el foco del palo de la luz, o el de la puerta de entrada a la casa de los abuelos; haciendo un alto al xuegu, cuando entraba en escena algún sapo, que osaba ponerse de pie y estiraba el pescuezo para tratar de comerse los insectos que se emborrachaban de dar vueltas alrededor de la luz y llegaban a su alcance, hasta cerca del nivel del suelo, y que presto era alejado del lugar, a palazo que te crió.
Los orgullosos habitantes de las calles asfaltadas, nunca tendréis oportunidad de ser cautivados por la magia de los arroyos, por esos reinos de los espejismos, de fantasmas sin cuento; hogar de entes misteriosos, donde en la noche surgen cosas que no existen, donde se oyen ruidos desconocidos, donde de pronto te tiemblan las canillas sin saber por que. Sumidos en la sombra, sin luna que les acompañe, los arroyos imponen; aúllan y braman las torrenteras, cuando las cabalgan las tormentas, cargadas con sus rubias y rizadas melenas de arcilla, mientras el resto del año fluye su hilo de agua silencioso y puede que hasta pérfido y sibilino; por el contrario se muestran sublimes bailando al sol naciente, chapoteando suaves, entre riberas de esbeltas y tiesas varas de avellano.
En otras ocasiones, de los manzanos en flor, mecidos por la brisa, se desprenden remolones copos de nieve, formados por pequeños pétalos, que antes de posarse, planean con gracia en el aire, hasta cubrir la florida y alta hierba de mayo, donde da contraste al blanco y mullido lecho, unos bordes creados por alineados riegos de cientos de diminutas copas de sangre, que la esplendorosa luz de primavera consigue de las amapolas, que se destacan tiesas y orgullosas desde el suelo, creando una colorida y preciosa alfombra mora.
Sentir el sol de julio llegar a raudales al portal del molino y contemplar como arroja su cálida llama sobre un suelo de tierra oscura primero, después de piedra y madera, pasadizo pisoteado por las madreñas de tres generaciones de aldeanos. Los olores del campo llegaban también, emburriados por la brisa ardiente, olores de yerba, de espigas de pan de escanda, de hojas quemadas por el sol de medio día, mientras los saltamontes se desgañitan, con su claro chasquido, que seguramente era imitado por los silbatos de agua que nos vendían a los niños en las ferias…
Es Teverga tierra alta y hermosa, que tan pronto se alza al cielo en sus lomas e imponentes peñas calizas, como se arrodilla y arrastra en el valle. Silba allá el viento entre poblados y orgullosos castañeos y robledales, y riza aquí mientras aletean, las pequeñas y finas hojas de los fresnos. Regada por cientos de caminos reales y senderos, tantos como pies que los buscaban y transitaban a todas horas. Se hunde el sendero entre el follaje, se adentra y baja a las hondonadas, se enloda en las charcas, mientras en los pelados calveros los tuesta un sol inmisericorde. Crecen en las veras de sus caminos –más o menos reales- las zarzas, los miruénganos (fresas salvajes), los arándanos y los olorosos espinos, mientras a su vez los perfuman también –sobre todo al terminar el invierno- las primaveras y los lirios; el álamo gigante -desde sus altas ramas- los contempla, saltar sobre sus raíces, subiendo y bajando a pueblos, brañas y montes.
Y ya metidos en harina seguiré con uno de los especimenes que habitaban aquellos parajes. Ojillos pequeños e inquietos, bajo cejas pobladas; la frente estrecha, las orejas como de vejiga transparente, grandes y caídas –pura oreya yarga- la cara esculpida en madera vieja, la boca pesllada con firmeza; la nariz chata, el pelo tieso y corto. En la voz, en la consistencia del mirar, en el entrecejo fruncido y elevado, aquel hombre daba sensación de gallardía, de haber tenido que permanecer siempre estirado, en todo lo poco que podía dar de sí, desde que un día ya lejano, se decidió a levantarse y comenzar a caminar. Pequeño y fibroso, los brazos nervudos y con venas gruesas y en relieve, las manos con dedos largos, nudosos, duros, cual patas de cangrejo, huesudas y ásperas y cuyas palmas daban la sensación de ser mariechas, de tantos callos como tenían. Analfabeto sí, pero con mucho mundo, no en vano había pasado bastantes años en la Perla del Caribe. Trabajador incansable. Ese era mi abuelo Avelino, habiendo sido al mismo tiempo: minero, ganadero y labrador.
En esta tierra de los abuelos, la mayoría de la xente vivía de trabayar en la mina, que complementaban con algo de ganadería y cuatro cultivos de la tierra –pa ir tirando- Desde hacía la tira de generaciones, pacientes y alegres, tomaban mucha leche, comían cocidos adobados con chorizo sabadiego y carne de gochu, cenaban papas de maíz, y pa celebrar las fiestas o la venta de alguna res en la feria, se facían un homenaxe, fartándose de carne guisada en un chigre de la Plaza y bebiendo buenos caclipaos de vino de pellejo traído de León, aunque después terminaran -bastantes veces- desandando el camín, poco menos que a rastras.
Hago un alto en el camino, para dirigir una rápida excursión al corazón propio, centro de ese mundo interior de los descendientes de buenos aldeanos, normalmente ignorado por los de la ciudad, que viven más de cara a la galería ¡Como me asaltan los recuerdos de mis paseos de muchacho! Me imagino en la tarde, sentado en el sillón de mimbre del abuelo, viendo desde la galería la puesta de sol por Santa Marta, recordando los avatares del pasado, siendo abordado por el recuerdo del olor de la tierra húmeda, mezclado con el perfume de las primaveras, de las que se descuelgan cual perlas cayendo perezosas, las gotas de la rociada; sintiendo el roce de los ramajes en la cara, con el calor del astro rey hundiéndose en el agua del regato y la tibieza húmeda de sus primeros rayos, mientras con el aliento afanado asciendo el bosque de la Melendral, arreando el arrimo al prau de Bobia de una recua de vacas… todo ello me viene a la imaginación como si estuviese ocurriendo ahora, sin tener en cuenta que han pasado más de cincuenta años.
Un mundo perfumado conforma el ameno recuerdo, los objetos están presentes son reales, arriba el desván, cargado de cosas ya inútiles, lo que parecía inservible allí era confinado; benditos muebles amigos, la mayoría de ellos ya desaparecidos, aunque desde la niñez los sigo teniendo presentes, muy cercanos ¡me recuerdan tantas cosas! Alegrías, tristezas, fechas, horas sombrías o dulces; cosillas insignificantes, que en cuanto las descubres en un rincón de la memoria, se tornan en fieles y antiguos testigos ¡de tantas cosas! de facciones semi borradas, de ojos amantes, de bocas y voces perdidas para siempre.
Cuando se terminaba de recoger la yerba, había que comenzar a coyer la espiga, pa después de molido el grano, poder amasar y cocer, el pan de escanda; trabajo que también se hacía en el forno de cada casa. La abuela cocinaba pa un regimiento y se pasaba el tiempo fregando pilas de platos en un balde en la cocina. Al tiempo que cocinaba potadas de ortigas pa los gochos, acudía a echar maíz a las pitas que se entretenían todo el tiempo, picoteando y escarbando con sus patas el polvo de los caminos, en busca de lombrices. Molinera por temporadas, bondadosa, con la puerta abierta a todos los caminantes, y con la mesa puesta para quien picase a su cancela. Estos eran los aldeanos que producían carne y huevos, y que la necesidad los llevaba a vender por unos miserables céntimos, y privarse en muchos casos de comer ellos mismos, aquellos ecológicos, exquisitos y auténticos manjares.
Llegaba la época de dir pal puertu, y había que dormir en Marabio, bajo las estrellas, y arreglarse con la luz que da una palmatoria con una vela prendida encima. ¿Como se les ocurre tachar de folganzanes a los teverganos? Seranlo si acaso los de ahora, pero no los anteriores, por ellos pongo la mano en el fueu. En estas acogedoras tierras no se solía desconfiar de los demás, bastante desgracia tenían con soportar la cruel dictadura fascista, como para andar recelando de tus semejantes. El camín del puertu se encarama a la roca, serpentea, gira, va, vuelve, sin jamás perder de vista la mayoría de un valle lleno de árboles, lleno de arroyos, pleno de vida y frescura, que desciende hacia Entrago, dejando ver en el horizonte a Peña Negra, Peña Chana y Peña Ubiña; que pasa recto bajo las blancas enaguas de recién casada de la Mucheirina, así sube el sendero a Marabio, indiferente y retorcido, acompañado a los lados, no se si por yerba guinea, pero pequeñas margaritas había abondas, escalando el cerro, como mullida alfombra.
Bien a menudo, el sol hervía y hacía retorcerse bajo su fuego, las diminutas hojas de los fresnos que escoltaban el sendero, a su vez el viento calentucio que por Ventana llegaba de las Babias, las hacía temblar. Era asignatura bien aprendida por los lugareños, el manejar con soltura, la guadaña, el pico, el hacha, la pala y la azada. Rozar los prados, arrancar las ortigas y los artos, llevar las vacas al toro o al veterinario para la inseminación artificial. ¿Todavía se atreverán a decirme que los campesinos del pueblo yeran haraganes? Que tan pronto estaban en el pico Calduveiro detrás de una yegua, como traspasaban el alto Santiago buscando una novilla, o bajaban desde el canto del Pládano a la ermita de Santana, en cuatro zancadas. Puede que hasta algún día tuviesen que arrear a una vaca vellada con un xatín detrás, desde el lago la Tambaisna hasta la Plaza, pa venderlo por cuatro cuartos, en la feria de Cuarín, y quedar expuestos a llevar una cornada, de una vaca enfurecida por que le han vendido el xatín.
Xentes que se pasaban metidos a todas horas en el humedal como hongo enterrado en el barrizal. Al terminar el día, les comía la oscuridad, por doquier les aparez un fantasma, mientras la noche grita sin descanso, por boca de los condenados perros. Si tienen un minuto libre se ven forzados a reparar la soga desflecada, componer el aparejo de la mula que está a punto de romperse. Ordeñar a la mañana y a la tarde, curar las heridas de las reses, cebarlas, echarles sal en el pesebre, mullirlas, barrerlas. Soltar a mamar a los xatos. O cuando toca sembrar, trabajar en el maizal, sayando, desyerbando pa que la maleza no se trague los cultivos, quemando los rastrojos, catando cestados de hortigas pa cocer y con ello engordar los gochos, arreglando la empalizada que en mala hora se llevó la crecida del río, estirando la vieja alambrada de púas, tronzando y fendiendo, los troncos secos para usar como leña en el fogón; cuchar la tierra, cargando primero el abono en los esterones que iban encima de la albarda del animal, para descargar después y todo ello repetido durante unos cuantos días seguidos. Coser los esterones, componer las angarillas. Recoger las avellanas, las nueces, las manzanas y las castañas. Y que decir de cerezas, ciruelas y figos que servían pa endulzar el paladar y complementar la dieta, pero hay que recogerlas antes pa poder tenerlas en el plato y en la boca. En el campo se aprovecha todo, si bien es demasiado pesada el hacha, la tela de las camisas es exageradamente recia y seguramente rozaría las delicadas pieles, de los mírame y no retoques, habitantes de la ciudad ¿y esos seres enclenques pretender mirar por encima del hombro a los aldeanos?
Y que decir de la abuela, que echaba de comer a las gallinas, que fabricaba el queso picón, que firía la leche pa sacarle la dorada manteiga, que atendía solícita al abuelo y a toda la familia; y que hacendosa barría a diario la antoxana, que fumeaba el fogón de madrugada y tenía el café colado de la manga antes de las siete y el chocolate bien caliente y espeso. Arrancando las patatas, arreglando el huerto, faciendo las morcillas y las longanizas cuando la matanza. Que con gran maña desgrana el maíz y muele este y la escanda, pa facer boroñas, tortas o pan que golían que escoñaba. Como no había televisión, a medio día bastaba una llamada de la abuela, para que todos sus animalitos de dos patas, se alinearan en la larga mesa reluciente y gastada por su continuado uso, sentados en dos bancos corridos y dispuestos cada uno en su específico lugar.
No te dejes engañar por el aparente andar cansino del aldeano, los días son largos y el trabajo no acaba nunca, aunque para ellos al final la jornada siempre se queda corta. La tregua no existía para el hombre del campo. Al amanecer antes que el sol convirtiese en precarios espejos las fueyas de los castaños, haz cuanta ya que trajinaban ellos. O cuando ya soñoliento los ojos se atreven a buscar el catre, le pesa al hombre doblarse para quitarse los calcetos de lana, diz que está galdiu (cansado) y no es para menos, uno de la ciudad en su lugar estaría poco menos que muerto.
En la nuechi, sobre nosotros la reluciente herradura del cuarto menguante, despierto o durmiendo en el solitario monte, dentro del pachar, entre la yerba o en su defecto en una estrecha cabaña en la que apenas cabe el jergón del catre, con el viento llegando por la techavana y con fuerte olor a estiércol; expuestos a ser colonizados por cachiparros (garrapatas), que suelen pasar a las árgumas –desprendidas de algún animal- y que al rozar en dichos arbustos -que pueblan los senderos- se encaraman presurosos en tus ropas… y que costaba la de dios el arrancarlos de la piel con las uñas, ya que a menudo les quedaba la cabeza clavada, con lo que volvían a reproducirse. Los pequeños ventanucos que dan al exterior, aparecen cargados de telas de araña que remedan filosas cortinas, así como también cuelgan de los techos de las cuadras y ante los que hay que ir agachándote para tratar de esquivar tan livianas telas.
Era un día cualquiera, caía sobre el camín de Marabio el pesado calor de una tarde de verano, y aunque no soplaba brisa alguna, ascendía del suelo un polvillo rubio, arcilloso, opaco, asfixiante y cálido que se pegaba a la húmeda piel, cegaba la vista y hasta te penetraba en los pulmones. La niebla se alzaba como copos de nieve flotando, el ambiente estaba pegajoso, presagiando tormenta. Al poco llegaba ésta con fuerza, viéndonos obligados a soportar aquellas escandalosas tempestades, de rato en rato venía el fogonazo de luz clara, rápida, y resonaba el trueno con que parecía querer reventar el cielo.
Claro que hay marcadas diferencias ¿quién lo duda? entre gentes trabajadoras, sufridas, más o menos conformes con su vida miserable, mal calzados y quizá bastante sucios; y los otros: codiciosos, fatuos, vacíos, innecesarios, retorcidos entre sus lacras morales. Yo siempre defenderé a los primeros, pa los de la ciudad no tengo más que pedorretas.
Noticias y recuerdos del pueblo. Por Max.
De tanto en tanto me alcanzan noticias del pueblo, por lo regular son atrasadas, eternamente las mismas noticias, saludos repetidos y recuerdos que van y vienen en boca de un familiar o amigo, con el que me tropiezo, y que terminan casi siempre por dejarte algún muerto al descuido. Así es como poco a poco se va muriendo el pueblo –igual que uno mismo- no son novedades de fortuna, hablan de fin de trayecto, de renuncias y tristes desapariciones. Hace años que no paseo por sus callejas y me temo que tengo miedo a descubrir lo viejos que nos hemos vuelto, entrambos.
Si parece que fue ayer cuando emprendía viaje antes del amanecer, en dirección a Entrago. Apresurado y nervioso a coger el coche de la línea “Álvarez” con los ojos nublados por una escarcha salada. Bien es verdad que va hacer de esto, dentro de poco, la friolera de cincuenta años, que están seguramente en alguna parte, desparramados, perdidos por el mundo…Recuerdo la vuelta al entierro de la abuela, un año después; el telegrama llegó de madrugada. José el hermano del abuelo Gildo, fue el encargado de darnos la mala nueva. Esperamos unas horas y cuando comenzaba a clarear nos pusimos en marcha, montados en una Vespa. Era otoño, concretamente el 21 de Noviembre del 64, hacía fresco, las hojas tostadas, caían sobre nuestras cabezas al pasar debajo de los altos álamos, que escoltaban la antigua carretera Gijón-Oviedo en Pinzales. A las afueras de Oviedo, camino de Trubia, hicimos una parada a tomar café y calentarnos, llevaba las piernas escayolas por la fría brisa otoñal.
Llegamos a Entrago y allí coincidimos con el tío Pedro que cargaba en el mulo la caja para enterrar la abuela, fue un choque que vino a confirmar la evidencia, hasta entonces seguía aferrado a la posibilidad de haber tenido un mal sueño, un telegrama equivocado. Abrazos y lágrimas, y una contenida alegría interior por el regreso, al que había sido tu hogar durante tantos años de niñez, al pronto encuentro con más parientes y amigos. Con la luz del retorno medio apagada en la memoria, continuo: la moto se quedó en Santianes -no había más carretera- después con las perneras de los pantalones doblados –a un servidor, por llevarlos cortos, no le hizo falta- tomamos el embarrizado y mullido camino de Mendoza, entre robles y fresnos desnudos, fantasmales y con la piel cenicienta.
Pronto arribamos al pueblo de Prado, y al Río, allí más abrazos y lloros; el abuelo está sereno, empero algunas lágrimas resbalan por sus mejillas, flacas y transparentes, parece más menudo. Él que contaba una docena de años más que la abuela y que sin duda aspiraría –cuando fuese muy viejín y no se valiese por si mismo- a que ella le atase los cordones de los zapatos, le peinase el lengüetazo ceniza que le caía sobre la frente, o le abrochase el último botón de la camisa sin cuello, y hasta le encasquetase –entre protestas- la boina de las fiestas, para ir a la feria a San Martín y comer carne guisada en un chigre de la Plaza, pero… ella se le había adelantado, servicial como siempre, seguramente quiso ir preparando el terreno en el más allá, abriendo camino y tenerlo todo dispuesto, para cuando a él –y a los demás- nos llegase la hora, no tener más que pasar, decir ¡hola! colgar de un clavo la boina o la gorra, como si viniésemos de sembrar patatas de la Viña, y ponernos a cenar las papas calientes.
Al llegar todavía alentaba un resquicio de desvariada esperanza, de encontrarla apoyada en la puerta cancela de entrada, con su pañuelo negro en la cabeza, observando como subíamos los peldaños de la escalera de piedra. Sabía de los días de lloros y lágrimas por aquel hijo póstumo, añadido por la cruel desgracia, que también se había ido. Quizá aquel postrer dolor había contribuido en acelerar y terminar de averiar su ya gastado corazón. El recuerdo es confuso, pero veo a la entrada de la cocina un almanaque y en el mismo clavo un ramo de laurel, que ya no tendrían ocasión de agregar sus manos con los dedos anquilosados –a temprana edad- por la artrosis, al arroz con carne de gocho, que ya nunca inundaría la estancia de un olor tan agradable.
El sol penetra furtivo por los estrechos cristales, y se derrama como una lengua de miel, sobre las tablas melladas y nudosas de la galería, al tiempo que lame zalamero las altas puertas de las habitaciones. En una de ellas ya descansa en su caja, el cuerpo de la muy querida anciana… ¿qué digo? si me faltan menos de cuatro años para tener su misma edad, me desdigo: ¡de la joven abuela! Fue un día demasiado intenso, iglesia y cementerio, no hacía mucho que había dejado de creer en cuentos de dioses y sectas.
La casa de mis abuelos -sita entonces en remoto pueblo- se descubre medio oculta en una vaguada, era escoltada alrededor por otras tres viviendas. Ese diminuto núcleo casi se veía rodeado por un monte irregular, al este, fresnos y un nogal en cada extremo, al otro lado, cercanos: huertos con perales y manzanos y un poco más alejados una hilera de orgullosos álamos, sin olvidar un imponente castaño de indias, y ya perdiéndose en la pendiente, más alejados, un monte de castaños, al norte varias huertas escalonadas que con su nombre –la Viña- seguramente nos quieren transmitir noticias de remotos viñedos.
Cuatro caminos llegaban y se perdían en el barrio, por ellos me internaba en la infancia, mientras iban que iban de árbol en árbol los gorriones, los jilgueros y los cuervos. Visto desde la galería, a la caída del sol, la punta de los álamos -que quedaban al oeste- se encendían con un color naranja y el monte se aquietaba, quedaba en suspenso, en medio de un vaho neblinoso, que sube como una nube y que pugna por consumir el sol con su lento fuego, esparciendo una especie de humo perfumado, de fin de verano.
Por delante de la casa sube un camino de tierra raída y piedras gastadas, a continuación y paralelo, se sitúa un profundo surco –ahora seco- que en invierno hace de torrentera, y que cruza por debajo, buscando juntarse con las aguas también turbias de otro compañero, que por la parte de atrás copa la retirada a la casa, es una edificación maciza y singular, vivienda y molino todo en uno.
Delante una pequeña huerta ganada al ribacho, en la que se destacan unas peonias rojas que lucen orgullosas sus vivos colores todo el mes de Julio, para envidia de los que por allí pasan, no en vano es tenida como la flor de la prosperidad, aunque su vida sea muy delicada y corta. Sus garbosas flores, tiemblan delicadamente con el suave viento de Verano, que levanta un fresco olor a terrones, a humo perfumado, a pan casero, a resina de madera de castaño mezclada con hierba seca.
Dan sombra a la vivienda, una hilera de frondosos fresnos que enraízan abajo en el lecho del arroyo, junto a la finca de la Tejera y casi alcanzan la altura del montículo. En lo alto del Ribacho arrimado a un farallón calizo, hay un caseto hecho con ladrillos musgosos y que es el refugio de los conejos, que pastan a su libre albedrío, en amplio cercado con tela metálica.
Me viene a la memoria un episodio con la abuela Estrella, que me marcó por una temporada, fue unos años antes: la veo con su cara de luna llena perlada de surcos y con el pelo blanco. Se desvanecía la tarde y llegaba la hora temprana de cena, yo era un crío y estaba sentado en un banco corrido de la larga mesa familiar, balanceando las desnudas y mataduradas piernas, distraído escuchaba el monótono roer de un ratón sin lograr ubicar su escondrijo, los gatos ajenos al trabajo de su fresco bocado, se divertían jugando en el desván, desplazando las castañas en sus locas carreras con gran estruendo. Con parsimonia –hablando y comiendo- daba buena cuenta de un plato fondo, de papas con leche, a las que espolvorea con abundantes cucharadas de azúcar y que tanto me gustaban, mientras la abuela, sentada al lado de la cocina de carbón, al calor del soplido de la hornilla, atendía una gran pota llena de ortigas –pa los gochos- que despedía vapor, que a su vez pugnaba por levantar la tapa y de cuando en cuando lo lograba, dando paso a un líquido espumoso, que resbala por los bordes y caía sobre la encarnada chapa; efímeras gotas que rodaban veloces unos instantes sobre ella, hasta caer dentro del quemante fogón, o bien evaporarse.
Llevaba al mismo tiempo, desgranados con paciencia, de sus caxinas, unos buenos puñados de arbejos, para una pequeña palangana, con los que pensaba preparar el pote del día siguiente, cuando, de improviso de su nariz comienza a manar un chorro de sangre que tiñe de rojo la blanca palangana, presto retira los arbejos a otro cacharro y deja que la catarata siga manando dentro de la palangana. Yo niño de unos ocho años, me quedo paralizado ante tanta sangre, aunque no es la primera vez que le sucede el percance a la abuela, el torrente se me figura que puede dejarla sin sangre en las venas, en cuestión de pocos minutos.
Repuesto del susto corro en busca de la ayuda, llegada esta, intentan taponar la nariz de la anciana con algodones que no logran restañar el torrente, el rojo líquido mana con una fuerza tremenda y se lleva por delante cuantas barreras le son interpuestas. Presto parte su hijo Pedro, con la mula en busca del médico, empero…. el matasanos dista por lo menos una hora de camino cuesto y polvoriento.
La abuela en principio estaba serena, era animosa, aunque poco a poco se va quedando más y más pálida, nadie quiere hablar de peligro de muerte… aunque quien más y quien menos en sus mentes, se abre un cruel interrogante.
-Má, seguro que tienes la tensión a tope ¿Cuánto haz que no vas al médico?
No es hora de reproches, pero teniendo en cuenta que en alguna ocasión, el índice había llegado hasta la mágica cifra de 25, era de suponer que en aquella ocasión, no sería muy distinto el guarismo.
Son minutos de febril impotencia y desasosiego, hay quien aconseja que se recueste la enferma, otros opinan que es mejor tenerla de pie o sentada, el caso es que el torrente sigue manando y no hay quien lo tapone, ni detenga ¡con lo escandalosa que es la sangre! paños empapados, todo se tiñe de colorado, las manos de los improvisados practicantes dan la sensación de andar de matanza.
Pasan lentos los minutos, y se continúa con la labor de meter gasas y algodones presionando con fuerza las pinzas dentro de la dilatada aleta de la nariz, el remedio aunque poco efectivo hace disminuir el caudal externo, aunque también parece fluir hacia el interior de la boca.
Arropan la abuela que siente frío y tirita. Se desesperan, el médico parece que no llegará nunca, se dicen que no hubo suficiente tiempo, mientras se alientan en la espera.
Se preguntan: ¿Cuántos litros de sangre tendrá una persona? Alguien contesta: que entre cinco y seis. ¿Cuántos se habrán perdido? Difícil medir o calcular a ojo.
Por la ventana, afuera los colores poco a poco se van igualando, los perfiles desaparecían sin remedio, ya es noche cerrada, infinitamente larga, negra y roja. El tiempo se ha detenido.
La mujer tiene sed, así que le dan de beber, sin saber si será conveniente, o perjudicial. Nadie quiere separarse del lado de la enferma madre.
La sangre comenzaba a darme mucho miedo, estaba aterrorizado, pensaba que la abuela se moriría bien pronto si seguía sangrando así, sentí deseos de llorar de gritar muy fuerte.
El caño no se agotaba, pinga a pinga, el surco se dibujaba, primero por el labio superior, traspasaba la depresión de la boca y seguía por el labio inferior hasta la barbilla, bien es verdad que cada vez más despacio, con menos fuerza, no se sabe si debido a que el manantial estaba a punto de agotarse, o por que la herida se iba restañando.
Como dos horas después del incidente, apareció con su oscuro maletín el médico, resultando su llegada un alivio para los presentes. La tensión máxima de la enferma marcaba seis y bajando, y opinaba el galeno, que gracias a que la venita de la nariz había servido de oportuno aliviadero, se había librado de un derrame cerebral, que seguramente habría resultado fatal.
Al poco ya relajado, con el firme propósito de velar toda la noche por la delicada abuela, dicen que dormía como un bendito.
Las fotos que siguen son de mi segundo pueblo: Xixón
El destino en una disputa. Por Max.
En medio de un gran robledal, se aprecia una mancha oscura, sin duda se trata de una de tantas escombreras fruto de los estériles de mina, que vinieron a inundar los preciosos montes asturianos -a mediados del siglo pasado- cual sarpullido de primavera en adolescente, y que padecieron la mayoría de los concejos asturianos, que guardaban el preciado –en aquel entonces- y negro mineral, bajo su manto. El color prieto del cazcacho contrastaba con el verde intenso de los árboles que la circundaban.
Varias mujeres acompañadas de niños pequeños, revuelven y escarban la empinada y desigual pila, todo el mundo calza alpargatas desflecadas, y a la mayoría les asoma un dedo gordo renegrido, como si de un ratón asomando la cabeza por su agujero se tratara, buscan piedras de carbón que por descuido acompañen a los deshechos. Cada cierto tiempo nuevas vagonetas son descargadas y bajan rodando los cantos más gruesos, hasta parar en el cierre inferior del antiguo prado, formado por matojos de espineras, los mineros advierten antes de proceder a la descarga.
Desde lo alto de la pila un hombretón mal encarado observa el trajín de mujeres y niños harapientos, con las manos y la cara tiznadas de negro, les amenaza con la vara que lleva en la mano, y les grita que se alejen.
-Ya está ahí arriba el sinvergüenza del señoritango de don Pedro, como todos los días –se queja una de las afanadas señoras.
-Cree que por que ye hermano del dueño tien derecho a privarnos de recoger algo de carbón, pa espantar el frío de nuesos neñus ¡va apañau si piensa que nos intimidan las sus amenazas!
-¡Que venga la guardia civil a echanus! –le desafía otra airada levantado la mano para llamar su atención.
El tal Pedro, tiene como costumbre azuzar con malos modos a los obreros, en el negro agujero procura aventurarse poco –se nota que le tiene demasiado respeto- son sus víctimas predilectas, los mineros que empujan las vagonetas por la explanada, formada esta a la entrada de la bocamina, a expensas de la tierra sacada del interior y que poco a poco va aumentando su superficie, y donde se acomodan varios barracones de madera, en orden de almacenes y demás servicios del precario chamizo de montaña.
-¡Más aprisa holgazanes, más garbo! –eran sus predilectas voces destempladas.
Ni que decir tiene que no goza del aprecio de casi nadie, y no van descaminadas las críticas de las mujeres, ya que el individuo a quien se refieren es en verdad hermano del dueño y se aprovecha del parentesco para apropiarse de parte del mineral en beneficio propio, cuestión por la que anda enfrentado, al que en realidad maneja la mina, un tal Roberto, nacido a poca distancia, hijo de un ganadero y que con catorce años comenzó un duro aprendizaje de las labores de la mina, espabilado por naturaleza, unos años después la empresa le brindó la oportunidad de trabajar y estudiar capacitándose como facultativo de minas en la escuela de las Cuencas Mineras, lleva poco tiempo en el puesto pero ya tuvo varios enfrentamientos con el déspota de mano larga.
En uno de los estrechos barracones el facultativo atiende a uno de los mineros, cuando aparece el tal Pedro furioso, entra sin llamar y se dirige con malos modos a Roberto:
-¡La culpa tienes la tu! Por ser tan condescendiente con esas muertas de hambre, que nos están robando el carbón de las escombreras.
-En primer lugar, antes de entrar hay que pedir permiso.
-Y en segundo lugar, quienes roban el carbón son otros que de sobra sabe Vd. quienes son, y no esas mujerucas que escarban en las pilas.
-¿Acaso te atreves a inculparme a mí?
-Pues ya que lo dices, sí, y no solo eso, estoy dispuesto a dar parte a su hermano en cuanto me reúna con él.
-¿Te atreverás? En el fondo eres de la misma camada, un muerto de hambre como ellas.
Roberto encorajinado ante los insultos, agarra una callada que el minero había colgado en la percha a la entrada y la emprende a golpes contra el deslenguado, este es fuerte y encaja los golpes y no solo eso, pasa al contraataque con lo que Roberto se ve obligado a retroceder con tan mala fortuna que tropieza y cae al suelo, el hombretón se le viene encima, aunque le da tiempo a sacar una pequeña navaja que como hombre de campo solía llevar en el bolsillo, con la que amenaza desde el suelo a su contendiente, este al verse en mejor situación, intenta quitarle el arma, resultando en el forcejeo con cortes en una mano, el minero presente consigue separarlos, saliendo del barracón los dos contendientes, uno camino del botiquín entre voces destempladas juramentos e insultos, al revuelo habían acudido como espectadores en la distancia la numerosa prole de la escombrera, siendo testigos de cómo Roberto al abandonar la explanada, cogía un ladrillo y se lo lanzaba a su contendiente, con tan buena puntería que impactó en la cabeza del tal Pedro, por lo que este caía a tierra sin conocimiento, ni que decir tiene que hubo in disimulados olés y aplausos por parte de la grey expectante, que en parte se veían desagraviados de las vejaciones a que los sometía el cruel representante de la empresa catalana, propietaria de las minas. Fue curado de urgencia el doblemente herido y posteriormente trasladado –habiendo recobrado el conocimiento- al hospitalillo donde fue atendido por el médico.
Por su parte Roberto se encamina a su casa, que distaba bien poco de la mina y de acuerdo con el acertado consejo de su padre y hermanos, que juzgaron prudente el que pernoctase en otra vivienda distinta, por si aparecía la guardia civil en su busca, sabidos los métodos empleados en aquellos tiempos por las fuerzas de la benemérita, de principio una manta de palos en el cuartelillo al interfecto ¡por que sí! y después ya se trataría de esclarecer los hechos.
Así fue como pasó esta primera noche –después del incidente- en casa de una de sus tías y en compañía de sus primos, en alerta y con la trapa que comunicaba la vivienda con el molino, abierta, por si tenía que huir por esa escapatoria. A la mañana siguiente bien temprano, equipado de ropas y un poco de comida –por si necesitaba seguir unos días más en paradero desconocido- salió en dirección a la cercana finca de las Curnielles, que era un inmejorable observatorio del pueblo, donde pudo seguir sin ser visto, todos los movimientos de las gentes del pueblo y de todo quien osara acercase al núcleo habitado, por cualquiera de sus caminos.
Desde su improvisado escondite, contempla el pueblo de Prado que se despierta, siguiendo con atentos ojos, el trajín de sus habitantes, está animado y con espíritu sereno aunque preocupado. Al disiparse las tinieblas lo primero que observa son las inequívocas señales de humo que por sus chimeneas anuncian que los moradores comienzan su dura jornada. Los ganaderos se apresuran con las cantimploras llenas de leche en dirección a las cocinas para hervirla, a renglón seguido los muchachos o las mujeres arrean las vacas por los caminos llevándolas a pastar a los prados de los alrededores del pueblo. Poco después los niños salen de las casas, cargando sus pesados maletines de madera, repletos de libros y corren apresurados hacia la escuela que está en el barrio de la Tejera -parte alta del pueblo- al mismo tiempo el variado colorido de los ropajes de las niñas, las delata marcando un rumbo distinto, se encaminan al fondo del pueblo, donde les aguarda la maestra.
A la hora del almuerzo -media mañana- otras gentes avanzan por el camino llevando del ronzal a los jumentos, cargados sus esterones de esparto colmados de estiércol, con el loable propósito de abonar sus tierras. Hasta los hubo que madrugaron con la pareja de animales yuncidos llevando el carro detrás en el que viaja el viejo arado romano que servirá durante la jornada para regar las tierras o sembrar sin más. Hasta alguna mujeruca –pese a la rociada- revestida de negro, se muestra encorvada manejando la fesoria con garbo en el huerto, que por lo regular suelen estar cercanos a las viviendas, o bien escardan cultivos anteriores, ya que si siembras grano de escanda en un par de semanas plantas de escanda tienes, si es maíz ocurre otro tanto, pero esas tiernas y agradecidas plantas hay que ayudarlas a que prosperen, procurando arrancar las malas hierbas circundantes, plantas empeñadas en competir en buena lid, por el abono de la tierra.
Sus parientes le brindan el espectáculo de ver como arrancan las losas de piedra de una cantera cercana, para hacer una cuadra adosada a la casa de su primo Ramón, primero le llega el eco retardado del acompasado golpear de la maza contra la barrena o puntero y después contempla o mejor escucha el estallido de la dinamita que revienta la dura caliza, elevando un surtidor de pequeñas piedras. Hay quien se entretiene limpiando sus fincas con la quema de matojos.
A medio día también contempla con el corazón apresurado y dispuesto a tener que elevar anclas en cualquier momento, como se acerca con paso cansino una pareja de la guardia civil, los ve detenerse en casa de Eronda, lo que allí preguntan e indagan le intriga pero no lo conoce, pero cuando un tiempo después toman el camino de Marabio su corazón se tranquiliza, se ve que estuvieron aclarando el gaznate con un poco de tintorro y que continúan con su rutinaria ronda al vecino concejo de Tameza; en la sierra ya había unos años que desaparecieran los guerrilleros fugaos, no obstante la autoridad fascista, periódicamente aventuraba un reconocimiento de la alta braña de Marabio.
En la tarde una recua de caballerías atendidas por alegres, alborotadoras y lozanas mozas, seguían el camino de Entrago con la intención de recoger los sacos de carbón que les correspondía mensualmente a los mineros. Era un pago en especie que hacía la propia compañía minera, de primera mano a sus trabajadores, para la que también resultaban consumidores del negro mineral que arrancaban. Hacia las cuatro sintió el alborotado paso por la Melendral de los mineros, compañeros de fatigas, que vivían en el pueblo y regresaban del tajo y poco después los contempló perderse en sus moradas, y en corto tiempo salir otra vez y encaminarse a cumplir tareas agrícolas o ganaderas, con las que complementar la escasa soldada.
Hasta la llegada de la noche permaneció en su camuflado escondite, viendo desfilar sus convecinos, más tarde arropado por la oscuridad recorrió el corto trecho hasta casa de su tía, donde fue puesto al tanto de las últimas novedades, el herido parece ser que evolucionaba bien, así que acordaron que al día siguiente bien temprano, su padre lo recogería con un par de caballerías, dispuestos a hacer un largo recorrido, cruzando valles y montes para entregarse en el juzgado de Belmonte, concejo limítrofe y al que pertenecía en cuestiones administrativas por ser este el centro de partido judicial.
Esta noche durmió mucho mejor, todavía reinando la oscuridad, apareció el pá, después de desayunar y despedirse de sus parientes, padre e hijo, emprendieron el camino de Belmonte al que llegaron después de una larga cabalgada bien entrado el día. Allí tuvo lugar la entrega al juez que dio parte al cuartel de la guardia civil, después de hacer declaración en entrambos sitios, ingresa en el calabozo, decretando la autoridad por la tarde la puesta en libertad, con la obligación de presentarse en el cuartelillo de Entrago en Teverga.
Por supuesto fue despedido del trabajo, aunque a decir verdad no hubiera vuelto ni aunque se lo pidiesen de rodillas, unos meses después formó familia y siguió vinculado a la mina por otros derroteros, pero eso ya sería materia para otro escrito.
La mayoría de las veces la vida de un hombre se reduce a un mísero apunte, un par de fechas apenas separadas: nacimiento y muerte. Quizá en otros casos podríamos extendernos un tanto, e intercalar un atado manojo de mustias tristezas y desengaños, que ocuparían como mucho, otras cuatro torcidas líneas. Así también acontece muy a menudo, que muchos años de una vida permanecen ocultos bajo una monótona y espesa oscuridad, pero lo que más me maravilla es que en la gran mayoría de las ocasiones, un hecho aislado, en el lapso de unas pocas horas, es capaz de marcar y decidir –para bien o para mal- el destino del común de los mortales.
El precio de la libertad de un mulo. Por Max.
El relato es verídico, cualquier similitud con un cuento, es pura coincidencia.
Envuelta y arropada por la gris penumbra, la anciana Estrella se acerca a la cama, camina sigilosa, como si de un felino dispuesto a dar el salto se tratara, precaución inútil ya que su misión al fin y a la postre, es despertar al nieto dormido.
Con ambas manos apenas mece con delicadeza al niño, que dormita hundido en un jergón de hoja de maíz, mientras le dice:
–Mino, vamos arriba ¡ya es la hora!
El crío no contesta, pero se encoje y trata de tapar la cabeza con el embozo.
Emplea unos minutos en abrir los ojos pequeños, sinceros y asombrados, lleva desde los dos años, creciendo y acomodándose a la vida sufrida de la aldea, sin otro remedio ni reclamación; había terminado hacía poco, el curso en la escuela, pero en los meses de la hierba, era necesario arrimar el hombro, ayudar, echar las dos manos, cada uno acorde con su tamaño y condiciones físicas.
La vieja abuela hacía humear el fogón bien de madrugada, y tenía a punto la leche, el chocolate o el café colado de la manga, para brindárselo a los habitantes de la casa-molino, y hasta al mismo pendejo sol, que después no tendrían duelo de nadie durante todo el día. En esta época, no se trabajaba de sol a sol, sino que desde mucho antes que Lorenzo se quitase las legañas, hasta después que rendido de achicharrar las tiestas de los yerberos, se acostase.
El ambiente, aunque el verano va bien mediado, en aquella hora precoz, peca de fresco. Verdaderamente es duro el trabajo en el campo, aparte de los horarios intempestivos, el relente mantiene la pación húmeda, arrancando los rayos lunares, destellos plateados de las hojas caídas, pero sin lugar a dudas, se siente frío en horas tan tempranas. El cielo luce despejado, acogotado de estrellas, mientras los cuernos de la Luna marcaban nítido el cuarto creciente.
A la puerta de la casa aparece atada una caballería, que el abuelo Avelino, previamente se encargó de aparejar. No sabría decir si era un mulo muy macho o un macho muy mulo, de lo que si estoy seguro es que era viejo y aparentaba estar bastante resabiado, durante muchos años -en la mina- se había visto condenado a arrastrar cientos de vagonetas –sin ser consciente de haber cometido delito alguno- por ello desde que cambió su suerte, habiendo mudado las tinieblas del agujero, por el radiante sol, valoraba mucho más la posibilidad de ser totalmente libre, como veremos más adelante.
El arrapienzo, no tenía pinta de ser tirador de piedras, ni perseguidor de perros, ni mucho menos de maltratador de mulos, aunque la violencia del ser humano, sale a flote en cuanto te descuides un segundo; las peleas a pedradas con los niños de los pueblos vecinos, siempre fueron recursos socorridos, de desfogue y disfrute masoquista, pese al empeño del maestro Octavio, por reducir el número de descalabros, decretando castigos ejemplares en las huestes de tan aguerrida tropa escolar.
Al crío le hubiera gustado acariciar una larga crin, pero el mulo carecía de ella, y no se dejaba querer, si acaso le sobraban sus permanentes malas pulgas, y abundantes restos de mataduras, en sus costillares salientes y desgarbados, devorados con fruición por las golosas moscas.
Una de las zunas más molestas de la bestezuela, era que solía revolver la cabeza, con el hocico jocoso, enseñando los dientes fuertes y amarillentos, al tiempo que trataba de propinarle un bocado a la faltriquera del aparejador, cuando este le acomodaba la albarda encima de los costillares y le apretaba la cincha -no solía fallar- aparte que el muy tunante se las sabía todas, juraría que hinchaba la barriga para que la correa quedase floja, en cuanto el vientre recobraba su tamaño real, así no le molestaba después, aunque por contra el jinete –a poco que se descuidara- corría el peligro de terminar –por deslizamiento- entre las patas del animal.
Les van saliendo al paso, sombras fugaces de casas pequeñas, poderosos nogales con sus brazos abiertos, les acompañan cuando se deja el pueblo -junto al abrevadero que hay por encima de la escuela- el camino empieza a jadear, brillan las gastadas piedras, y se encuentra, en los bordes del camino, abundante vegetación de artos y espineras, hasta casi llegar al puerto de Marabio.
No los comía del todo la oscuridad, ya que por la Mucheirina se alumbraba un débil resplandor anticipo del cercano asomo del astro rey. Al pasar entre las casas del pueblo silentes al alba, en algunas se adivinaba trajín, ya que soltaban extrañas y confusas señales de humo por sus chimeneas.
Dormitaban las gallinas encaramadas en sus sucios palos, en cambio siempre hay un condenado chucho que ladra al paso de los madrugadores, intentando meterle miedo a la noche, con sus histéricos gruñidos y ladridos destemplados.
Suben el cansado camino de Marabio, el pequeño sobre el mulo, el adulto, su tío –de nombre Pedro- a pie llevando el ronzal en la mano, aunque soñolientos, llevan buen ánimo; está seca la ruta y las herraduras de la bestia arrancan chispas de las piedras gastadas, hasta cerca de las Cuandias, va quedando atrás al fondo, el pueblo de Prado.
Los adelanta al galope un brioso caballo negro, montado por joven jinete, lleva las alforjas con sendas cantimploras de aluminio, de cuyas tapas penden unos trapos blancos que hacen de junta, ahora van cargadas de agua fresca, por la tarde regresarán llenas de leche. El macho sigue con su paso cansino, si acaso enfoca sus pequeñas orejas a escuchar por si tenía alguna nueva que comunicarle su pariente equino.
Llegando al alto, crecen a los lados helechos y árgumas, los fresnos, desde sus elevadas copas, los contemplan pasar sobre sus raíces, descubiertas por el temporal del invierno. Después del canto de Áspara, cuando llueve, la calzada se encharca y embarra, durante el día el tórrido sol de Castilla, hace de horno de alfarero y deja esculpidas las huellas de los animales que pisan el barro arcilloso, son restos que ahora con la seca, se van deshaciendo otra vez en polvo, a la espera del agua y el nuevo amasado por medio de las pezuñas de las bestias, que den lugar a tan adornadas y caprichosas esculturas.
Se alza el cielo para enrasar con la altura de peña Gradura, mientras se arrastra en el fondo del valle, entre Santianes y Entrago, silva el viento en Santana y desmelena los castaños y robles por el Calecho y Brañamoucada. El arroyo ya no corre ni muge como en Abril, está callado.
El caso es que llegaron, tío y sobrino, a la braña de Cubielles, en concreto al prau de la Corrada del Canto, cuando comenzaba a clarear el día. Las piernas con pantalón corto del crío van entumecidas de frío, aunque ya pasaron la hondonada de Marabio, donde la rociada vestía con su tenue gasa las árgumas y hacía un frío que escaraballa el pelleyu (te deja la piel de gallina).
Desde la cercana sierra les llegaba una suave brisa, doblando las hojas de los abedules y les dejaba alegres trinos de jilgueros; no muy lejos hacía poco se había descubierto una cubil invernal del oso, perdida en una pequeña hondonada, cuando se buscaban unos terneros extraviados.
En el cercado del prado de Gasparín -que ya tenía recogida la yerba- fue atado con una cuerda larga el sangrudo macho, en prevención de problemas posteriores, conocida su afición a juntarse con los rebaños de yeguas que pasaban por los alrededores pastando.
Durante el día un abigarrado coro de grillos se afanaban en extender sobre el colorido mar de yerbajos, una música de encantamiento, seducido y jaleado por tamaña orquesta, el corazón del crío cantaba como si hubiesen anidado en el, una pareja de mirlos.
Marallo va y marallo viene, cuando llegó el medio día, más de dos tercios del prado aparecían con su fruto tumbado y esparcido (esmarayado) y secándose a la testera del sol; el crío -aunque de vez en cuando- se iba tras los saltamontes, aprovechaba para azuzar con la esparba las topineras o inundar con la meada los agujeros de las cigarras, para obligarlas a salir, pese a todo había cumplido su misión.
Arde el aire y quema como llama, cuando pasa una res junto al muro de piedra, con su cencerro colgado, que ve alterado su monótono son, al mover esta la cabeza con fuerza, para espantar las moscas, se apresura buscando refugio a moscar en la mata Oscura del canto.
Dormida la siesta amparados por la sombra de un tejo y cabruñada la guadaña al despertar, en poco tiempo quedó completada la faena… y en ese momento dio comienzo la odisea.
Cansados pero contentos por haber dado fin al trabajo en hora temprana de la tarde, regresan en dirección al prado donde habían dejado el mulo, siendo su sorpresa el encontrarse con que la bestia había desaparecido, ni rastro quedaba del mulo, ¡miento!: allí estaban las huellas del delito, un trozo de la roída cuerda y la albarda con la cincha encima del paredón, que le habían sido quitadas -en buena hora- para que estuviese más cómodo el animal.
Preguntadas a las gentes que por aquellos prados se afanaban recogiendo la hierba, les dieron razón que el mulo parece ser que atendiendo a la llamada de la sangre o de sus hermanos, se había entretenido en roer el ramal hasta romperlo, a continuación saltó limpiamente el muro, y se había unido a una manada de caballos medio salvajes que por allí pastaban, tomando todos camino de la sierra, dirección al pico Calduveiro, o más probable al lago de la Tambaisna.
Allí tenemos al cansado segador después de manejar la guadaña durante toda la jornada, cargando al hombro con la albarda del animal, subiendo la sierra chorreando de sudor por el camino romano hasta avistar el lago. ¡Ni rastro del fugado!
Al regreso al pasar por la braña de Cubielles allí quedó la albarda, según las últimas nuevas la recua transitaba camino de Praudongo o la Cruz de Fuexu, esa dirección siguieron las dos almas en pena, descubriendo el reo tan campante pastando en compañía de sus nuevos amigos. A campo descubierto hubo un primer intento de apresar el mulo, resultando el intento fallido, después de carreras y sudores baldíos ¡échale un galgo!
No obstante con la ayuda de varios vaqueros, se logró encaminar la manada de equinos por el valle y fue conducida hasta las inmediaciones del prado de Brañamayor, al que se le abrió la cancilla, logrando meter el tropel de caballos sin domar en el cercado, y al fin se le pudo echar el guante al amante de la libertad, que tanto gustillo le había tomado aquella tarde, pasaba de las diez horas de la tarde, estaba oscureciendo y apuntaban las primeras estrellas, cuando se consiguió dominar y meter en cintura al fugado.
Se avecinaba una negra noche, aunque el cielo estuviese adornado por millares de luciérnagas, montaron encima de la bestia, a pelo, Pedro delante, detrás el chiquillo agarrado a la cintura de su tío, ya que con sus cortas piernas no alcanzaba a engarfiarlas sobre el lomo del mulo. Al primer estacazo sobre los cuartos traseros, el animal respondió con un salto en la campera que estuvo a pique de dar con la carga en el suelo, menudearon los estacazos atrás, adelante y por todas partes, el crío pálido no descartaba el recibir algún golpe de la enfurecida tanda. Pasaron por delante del pozo del Agua, el pozo Seco, a galope tendido, enfilaron la cuesta de Piedrachonga sin decaer la carrera. El mulo llevaba el rabo levantado haciendo de timón y juraría que hasta el chiquillo había momentos que marchaba también horizontal paralelo al rabo de la bestia, tal era la endemoniada velocidad con que se desplazaban, que más parecían volar que otra cosa.
El viento tomaba fuerza a su alrededor, de la boca del encrespado jinete salían rayos y centellas, él que era de pocas palabras, gritaba como un endemoniado, desahogando la furia contenida, en insultos a la mala bestia, los fresnos se movían llevados y traídos por el viento y hasta aparentaban querer gemir al paso de aquel rayo desbocado.
El llegar a Santana y desmontar supuso un alivio para el muchacho, era noche cerrada y cuesta abajo corrió sin descanso, hasta plantarse en el Río en menos de media hora. No tuvo tiempo de sentir miedo, la noche estaba clara y el acaloramiento de la carrera, hicieron el resto. El mulo fue castigado a llevar a Pedro hasta la misma puerta del molino. El paladeo de unas horas de total libertad, a la postre, le habían resultado bastante caras, cientos de palos en sus costillares, y una carrera agotadora, de los que tardó unos cuantos días en recuperarse.
Ya lo decía Cicerón: “La libertad no consiste en tener un buen amo, sino en no tenerlo” ¿O no será así? Igual estaba más acertado Camilo José Cela : “La libertad es una sensación. A veces puede alcanzarse encerrado en una jaula, como un pájaro”. Aunque a la filosofía del mulo, quizá le cuadre mejor la opinión del insigne José Martí: “La libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella, o comprarla por lo que nos pidan”.
Ya que por estas fechas se celebra la fiesta de Santana en Marabio, sirva este recuerdo de modesto homenaje, a los que por aquellas camperas se divierten en tal día.
Ermita de Santana

Mirando a Cuacartel y Cubielles

Braña de Villamayor y cordal de la Mesa

Teverga desde el alto de Santa Cristina

Prado, Gradura y valle de Teverga.
La mayoría de las fotos son de Alberto Montes y están en Panoramio


































































































































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