Volkswagen Passat = Caca pinchada en un palo. Por Max. Capitulo nº1
Os preguntareis que gano con esta campaña, en realidad nada de nada, si acaso perder el tiempo, pero en esta pendeja mercocracia en que nos tocó vivir, deberíamos acostumbrarnos a denunciar más los atropellos, a no dejarnos intimidar por los poderosos, a no callar ante las fechorías perpetradas por tanto hijo de mala madre, de los millones que pueblan este inmundo, por ello me doy por bien pagado, si consigo que una docena de posibles compradores del Volkswagen Passat, o tienen la desgracia de caer en esa cueva de ladrones y estafadores que llevan ese rótulo, se lo piensen mucho antes de dejarse atrapar en las garras de esos desalmados.
La pesadilla en realidad comenzó hace unos años, cuando en mala hora decidí acercarme al concesionario Astur Wagen para encargar el auto. Días antes el anciano Nissan Primera –contaba con casi 18 años- Aquello si era un auto de verdad, ¡no me dejó tirado nunca! ¡miento! Excepto el día que entregó su alma nipona al chatarrero Cañamina, después de casi llegar a los 300.000 km, acompañándome fielmente por las caleyas asturianas, que no está nada mal para un coche de gasolina. A lo que íbamos, bien es verdad que la costilla me venía advirtiendo que aquellos cabezas cuadradas no podían hacer nada curioso, y yo sin hacerle caso ¿qué quies? Estaba aducido y engañado por el espantajo de la fiabilidad y controles de calidad de aquellos que a la postre, resultaron ser unos perfectos cuatreros y estafadores, unos cabezas de chorlito. La cosa parecía marchar como miel sobre hojuelas, coche nuevo, potente, tenía reprís, aparentemente iba de maravilla, pero el mal discurría parejo como la carcoma, era la novedosa obsolescencia programada, sí ese invento de obligarte a que tengas que cambiar el articulo después de unos años de uso, ya que fue programado para durar ese tiempo. En mi caso hay que quitarse la gorra, merecen una medalla. El auto tenía una garantía de tres años y podéis creer que dos meses después de caducada esta, se fue al carajo el primer inyector, como si de una maldición bíblica se tratara. Recuerdo que era fin de semana y circulábamos por la autopista de Gijón a Avilés dispuestos a hacer una caminata por la costa, un poco antes de llegar a Tabaza, de pronto el coche que no va, piso el acelerador y que si quies arroz Catalina, apenas me dio tiempo con el impulso de la marcha el arrimarlo al arcén. Fue toda una experiencia inolvidable, nunca había hecho una parada en la autopista en un día de intenso tráfico, mientras colocaba los triángulos llegué a sentir miedo y es que te movían como una hoja de otoño al pasar como centellas por tu lado los tronantes autos locos. Llegó la guardia civil cuando contactaba con el seguro para que me enviasen la grúa. Por supuesto la caminata programada se tuvo que posponer y dejar para mejor ocasión. Total unos días sin coche y menos mal que por aquel tiempo podía disponer para trabajar del Skoda del hijo que por aquel entonces laboraba en la Pérfida Albión. Al parecer se le había estropeado –cosa por otra parte según decían muy rara- un inyector de lo más fiable que había fallado el pobre (después me enteré de la verdad ¡fíate tu de los controles de calidad de los alemanes! que son de risa, el 90% de aquellas tandas dieron problemas) Con uno y con otro el importe de la reparación venía a rondar los 700 €. Continuará… Para quitar el mal sabor de boca siguen unas fotos de Gijón y Avilés que tomé hace un tiempo, eso sí con un recordatorio de lo que le puede esperar al amigo lector si tiene la mala tentación de comprar un Volkswagen.
Noticias y recuerdos del pueblo. Por Max.
De tanto en tanto me alcanzan noticias del pueblo, por lo regular son atrasadas, eternamente las mismas noticias, saludos repetidos y recuerdos que van y vienen en boca de un familiar o amigo, con el que me tropiezo, y que terminan casi siempre por dejarte algún muerto al descuido. Así es como poco a poco se va muriendo el pueblo –igual que uno mismo- no son novedades de fortuna, hablan de fin de trayecto, de renuncias y tristes desapariciones. Hace años que no paseo por sus callejas y me temo que tengo miedo a descubrir lo viejos que nos hemos vuelto, entrambos.
Si parece que fue ayer cuando emprendía viaje antes del amanecer, en dirección a Entrago. Apresurado y nervioso a coger el coche de la línea “Álvarez” con los ojos nublados por una escarcha salada. Bien es verdad que va hacer de esto, dentro de poco, la friolera de cincuenta años, que están seguramente en alguna parte, desparramados, perdidos por el mundo…Recuerdo la vuelta al entierro de la abuela, un año después; el telegrama llegó de madrugada. José el hermano del abuelo Gildo, fue el encargado de darnos la mala nueva. Esperamos unas horas y cuando comenzaba a clarear nos pusimos en marcha, montados en una Vespa. Era otoño, concretamente el 21 de Noviembre del 64, hacía fresco, las hojas tostadas, caían sobre nuestras cabezas al pasar debajo de los altos álamos, que escoltaban la antigua carretera Gijón-Oviedo en Pinzales. A las afueras de Oviedo, camino de Trubia, hicimos una parada a tomar café y calentarnos, llevaba las piernas escayolas por la fría brisa otoñal.
Llegamos a Entrago y allí coincidimos con el tío Pedro que cargaba en el mulo la caja para enterrar la abuela, fue un choque que vino a confirmar la evidencia, hasta entonces seguía aferrado a la posibilidad de haber tenido un mal sueño, un telegrama equivocado. Abrazos y lágrimas, y una contenida alegría interior por el regreso, al que había sido tu hogar durante tantos años de niñez, al pronto encuentro con más parientes y amigos. Con la luz del retorno medio apagada en la memoria, continuo: la moto se quedó en Santianes -no había más carretera- después con las perneras de los pantalones doblados –a un servidor, por llevarlos cortos, no le hizo falta- tomamos el embarrizado y mullido camino de Mendoza, entre robles y fresnos desnudos, fantasmales y con la piel cenicienta.
Pronto arribamos al pueblo de Prado, y al Río, allí más abrazos y lloros; el abuelo está sereno, empero algunas lágrimas resbalan por sus mejillas, flacas y transparentes, parece más menudo. Él que contaba una docena de años más que la abuela y que sin duda aspiraría –cuando fuese muy viejín y no se valiese por si mismo- a que ella le atase los cordones de los zapatos, le peinase el lengüetazo ceniza que le caía sobre la frente, o le abrochase el último botón de la camisa sin cuello, y hasta le encasquetase –entre protestas- la boina de las fiestas, para ir a la feria a San Martín y comer carne guisada en un chigre de la Plaza, pero… ella se le había adelantado, servicial como siempre, seguramente quiso ir preparando el terreno en el más allá, abriendo camino y tenerlo todo dispuesto, para cuando a él –y a los demás- nos llegase la hora, no tener más que pasar, decir ¡hola! colgar de un clavo la boina o la gorra, como si viniésemos de sembrar patatas de la Viña, y ponernos a cenar las papas calientes.
Al llegar todavía alentaba un resquicio de desvariada esperanza, de encontrarla apoyada en la puerta cancela de entrada, con su pañuelo negro en la cabeza, observando como subíamos los peldaños de la escalera de piedra. Sabía de los días de lloros y lágrimas por aquel hijo póstumo, añadido por la cruel desgracia, que también se había ido. Quizá aquel postrer dolor había contribuido en acelerar y terminar de averiar su ya gastado corazón. El recuerdo es confuso, pero veo a la entrada de la cocina un almanaque y en el mismo clavo un ramo de laurel, que ya no tendrían ocasión de agregar sus manos con los dedos anquilosados –a temprana edad- por la artrosis, al arroz con carne de gocho, que ya nunca inundaría la estancia de un olor tan agradable.
El sol penetra furtivo por los estrechos cristales, y se derrama como una lengua de miel, sobre las tablas melladas y nudosas de la galería, al tiempo que lame zalamero las altas puertas de las habitaciones. En una de ellas ya descansa en su caja, el cuerpo de la muy querida anciana… ¿qué digo? si me faltan menos de cuatro años para tener su misma edad, me desdigo: ¡de la joven abuela! Fue un día demasiado intenso, iglesia y cementerio, no hacía mucho que había dejado de creer en cuentos de dioses y sectas.
La casa de mis abuelos -sita entonces en remoto pueblo- se descubre medio oculta en una vaguada, era escoltada alrededor por otras tres viviendas. Ese diminuto núcleo casi se veía rodeado por un monte irregular, al este, fresnos y un nogal en cada extremo, al otro lado, cercanos: huertos con perales y manzanos y un poco más alejados una hilera de orgullosos álamos, sin olvidar un imponente castaño de indias, y ya perdiéndose en la pendiente, más alejados, un monte de castaños, al norte varias huertas escalonadas que con su nombre –la Viña- seguramente nos quieren transmitir noticias de remotos viñedos.
Cuatro caminos llegaban y se perdían en el barrio, por ellos me internaba en la infancia, mientras iban que iban de árbol en árbol los gorriones, los jilgueros y los cuervos. Visto desde la galería, a la caída del sol, la punta de los álamos -que quedaban al oeste- se encendían con un color naranja y el monte se aquietaba, quedaba en suspenso, en medio de un vaho neblinoso, que sube como una nube y que pugna por consumir el sol con su lento fuego, esparciendo una especie de humo perfumado, de fin de verano.
Por delante de la casa sube un camino de tierra raída y piedras gastadas, a continuación y paralelo, se sitúa un profundo surco –ahora seco- que en invierno hace de torrentera, y que cruza por debajo, buscando juntarse con las aguas también turbias de otro compañero, que por la parte de atrás copa la retirada a la casa, es una edificación maciza y singular, vivienda y molino todo en uno.
Delante una pequeña huerta ganada al ribacho, en la que se destacan unas peonias rojas que lucen orgullosas sus vivos colores todo el mes de Julio, para envidia de los que por allí pasan, no en vano es tenida como la flor de la prosperidad, aunque su vida sea muy delicada y corta. Sus garbosas flores, tiemblan delicadamente con el suave viento de Verano, que levanta un fresco olor a terrones, a humo perfumado, a pan casero, a resina de madera de castaño mezclada con hierba seca.
Dan sombra a la vivienda, una hilera de frondosos fresnos que enraízan abajo en el lecho del arroyo, junto a la finca de la Tejera y casi alcanzan la altura del montículo. En lo alto del Ribacho arrimado a un farallón calizo, hay un caseto hecho con ladrillos musgosos y que es el refugio de los conejos, que pastan a su libre albedrío, en amplio cercado con tela metálica.
Me viene a la memoria un episodio con la abuela Estrella, que me marcó por una temporada, fue unos años antes: la veo con su cara de luna llena perlada de surcos y con el pelo blanco. Se desvanecía la tarde y llegaba la hora temprana de cena, yo era un crío y estaba sentado en un banco corrido de la larga mesa familiar, balanceando las desnudas y mataduradas piernas, distraído escuchaba el monótono roer de un ratón sin lograr ubicar su escondrijo, los gatos ajenos al trabajo de su fresco bocado, se divertían jugando en el desván, desplazando las castañas en sus locas carreras con gran estruendo. Con parsimonia –hablando y comiendo- daba buena cuenta de un plato fondo, de papas con leche, a las que espolvorea con abundantes cucharadas de azúcar y que tanto me gustaban, mientras la abuela, sentada al lado de la cocina de carbón, al calor del soplido de la hornilla, atendía una gran pota llena de ortigas –pa los gochos- que despedía vapor, que a su vez pugnaba por levantar la tapa y de cuando en cuando lo lograba, dando paso a un líquido espumoso, que resbala por los bordes y caía sobre la encarnada chapa; efímeras gotas que rodaban veloces unos instantes sobre ella, hasta caer dentro del quemante fogón, o bien evaporarse.
Llevaba al mismo tiempo, desgranados con paciencia, de sus caxinas, unos buenos puñados de arbejos, para una pequeña palangana, con los que pensaba preparar el pote del día siguiente, cuando, de improviso de su nariz comienza a manar un chorro de sangre que tiñe de rojo la blanca palangana, presto retira los arbejos a otro cacharro y deja que la catarata siga manando dentro de la palangana. Yo niño de unos ocho años, me quedo paralizado ante tanta sangre, aunque no es la primera vez que le sucede el percance a la abuela, el torrente se me figura que puede dejarla sin sangre en las venas, en cuestión de pocos minutos.
Repuesto del susto corro en busca de la ayuda, llegada esta, intentan taponar la nariz de la anciana con algodones que no logran restañar el torrente, el rojo líquido mana con una fuerza tremenda y se lleva por delante cuantas barreras le son interpuestas. Presto parte su hijo Pedro, con la mula en busca del médico, empero…. el matasanos dista por lo menos una hora de camino cuesto y polvoriento.
La abuela en principio estaba serena, era animosa, aunque poco a poco se va quedando más y más pálida, nadie quiere hablar de peligro de muerte… aunque quien más y quien menos en sus mentes, se abre un cruel interrogante.
-Má, seguro que tienes la tensión a tope ¿Cuánto haz que no vas al médico?
No es hora de reproches, pero teniendo en cuenta que en alguna ocasión, el índice había llegado hasta la mágica cifra de 25, era de suponer que en aquella ocasión, no sería muy distinto el guarismo.
Son minutos de febril impotencia y desasosiego, hay quien aconseja que se recueste la enferma, otros opinan que es mejor tenerla de pie o sentada, el caso es que el torrente sigue manando y no hay quien lo tapone, ni detenga ¡con lo escandalosa que es la sangre! paños empapados, todo se tiñe de colorado, las manos de los improvisados practicantes dan la sensación de andar de matanza.
Pasan lentos los minutos, y se continúa con la labor de meter gasas y algodones presionando con fuerza las pinzas dentro de la dilatada aleta de la nariz, el remedio aunque poco efectivo hace disminuir el caudal externo, aunque también parece fluir hacia el interior de la boca.
Arropan la abuela que siente frío y tirita. Se desesperan, el médico parece que no llegará nunca, se dicen que no hubo suficiente tiempo, mientras se alientan en la espera.
Se preguntan: ¿Cuántos litros de sangre tendrá una persona? Alguien contesta: que entre cinco y seis. ¿Cuántos se habrán perdido? Difícil medir o calcular a ojo.
Por la ventana, afuera los colores poco a poco se van igualando, los perfiles desaparecían sin remedio, ya es noche cerrada, infinitamente larga, negra y roja. El tiempo se ha detenido.
La mujer tiene sed, así que le dan de beber, sin saber si será conveniente, o perjudicial. Nadie quiere separarse del lado de la enferma madre.
La sangre comenzaba a darme mucho miedo, estaba aterrorizado, pensaba que la abuela se moriría bien pronto si seguía sangrando así, sentí deseos de llorar de gritar muy fuerte.
El caño no se agotaba, pinga a pinga, el surco se dibujaba, primero por el labio superior, traspasaba la depresión de la boca y seguía por el labio inferior hasta la barbilla, bien es verdad que cada vez más despacio, con menos fuerza, no se sabe si debido a que el manantial estaba a punto de agotarse, o por que la herida se iba restañando.
Como dos horas después del incidente, apareció con su oscuro maletín el médico, resultando su llegada un alivio para los presentes. La tensión máxima de la enferma marcaba seis y bajando, y opinaba el galeno, que gracias a que la venita de la nariz había servido de oportuno aliviadero, se había librado de un derrame cerebral, que seguramente habría resultado fatal.
Al poco ya relajado, con el firme propósito de velar toda la noche por la delicada abuela, dicen que dormía como un bendito.
Las fotos que siguen son de mi segundo pueblo: Xixón
Un moribundo en el tejado. Por Max.
El día amanecía gris, las nubes como pañoletas azuzadas por el viento de las castañas, surcaban el horizonte hechas jirones y terminaban de deshilacharse, al choque contra los afilados dientes de tiburón de los picachos, estaban cargadas, bien prietas y amenazaban sin disimulo, la precaria claridad, que a duras penas lograba anunciarse y esparcir su apagada y cenicienta luz mañanera, y de propina chantajeaban con descargar su destilado y bautismal líquido, al paso sobre el poblado.
Un viejo caduco, yacía quejoso sobre una destartala cama, situada en la buhardilla de la vivienda, agotado de retorcer las delgadas manos y morder la almohada, con la mirada perdida en las tejas a techa vana, las apolilladas ripias del techo y una especie de claraboya abisagrada, sita entre dos de las correas y que permitía el acceso al tejado de la casa.
El anciano llevaba toda la noche clamando sin tregua y no dejando dormir a su fiel esposa e hijo, que en las habitaciones de abajo, habiendo sido consumidos en la velada madrugada, todos los remedios caseros sin aparente mejoría, escuchaban apenados y fastidiados –todo hay que decirlo- la persistente y machacona gotera de sus lamentos.
-¡Estoy muy malo! –casi gritaba y repetía cada poco, como eterna y gastada letanía.
A lo que respondía -por lo bajo- bastante acalorada su vieja y desgreñada compañera:
-Nun debe ser pa tanto, cuando tantas mojigangas faes, mientras bien alto te queixas.
Su hijo José, había intentado en la noche, marchar caminando –huelga decir que el pueblo no disponía de carretera y el teléfono era un artículo de lujo, por lo que ni la línea telefónica llegaba- en busca de un médico a la capital del concejo, pero su pá no se lo había permitido, quería morrer de una santa vez, sin la ayuda de ningún matasanos.
Era domingo y visto el cariz que tomaba la situación, madre e hijo acordaron llegarse a Viescas en busca del sacerdote antes de la misa de diez, para que acudiese a administrarle el viático al quejoso anciano, remedio que juzgaban seguramente le vendría bien al ánimo del ateo enfermo, o por lo menos ningún daño le podría hacer y también en previsión de lo que pudiera pasar, tratando de congraciarse, limar asperezas y aproximar posiciones ¡por si acaso! con el influyente párroco.
Ahí tenemos al ojeroso José, calzado de madreñas camín del Toral, llegando a la iglesia y entrando en la sacristía cuando el cura ayudado por dos monaguillos, se aprestaba a sustituir la sotana por las ropas de decir misa.
-¿Qué te trae por esta casa, hermano? –le dice extrañado el vicario de Cristo, conocedor que el pueblo era un poco pagano y la casa del señor solía serlo, más bien cosa de mujeres y niños.
-¡Don Jesús, mieu pá, está muy mal!
Le miró el vicario con medio disimulada sonrisa bailándole en el rostro, mientras le contestaba:
-¿Así que el descreído Manuel, regresa al redil? llevo años esperando esta llamada.
-Estos hijos arrepentidos son los más queridos por el Señor –apostilló de seguido dirigiendo la mirada a los monaguillos.
-Bueno, ye cosa más bien de mieu má, el pá tovía nun sabe nada –se justificó el atribulado José, tratando de salir al paso de posteriores reclamaciones.
Así que sin pérdida de un segundo, sobre la marcha hubo cambio de planes, la misa quedó aplazada para un poco más tarde. Veloz preparó el viático y emprendió el encuentro con aquella oveja descarriada, presagiando un triunfo que de hecho le serviría para afianzar el dominio sobre aquellas almas cándidas.
Marchan en cabeza los dos monaguillos, portando la campanilla y dos estandartes rematados por cruces, dejando al cura con el santo óleo en el medio, detrás las feligresas madrugadoras, enteradas del suceso, deciden acompañar en procesión hasta la casa de su moribundo convecino.
Cunde la voz de alarma y antes de salir de Viescas se van agregando más y más penitentes, sin contar la recua femenina con sus mantillas en la cabeza y los repeinados y endomingados niños que acudían a la semanal misa y el catecismo, y que al verse sorprendidos deciden volver sobre sus pasos y seguir la comitiva, hasta hay quien acompaña –después de dejar atendido el ganado- caminando serio y en silencio, como si de un entierro se tratara…. Solo que ahora marchan en sentido contrario, al habitual.
Cuando la comitiva llega a las inmediaciones de la vivienda, la forman ciento y la tira, medio pueblo incluidos viejos y jóvenes en procesión. Se adelantan José y el sacerdote, la anciana esposa sale al quite sorprendida de tanta recua y comenta:
-Debíose dormir, por que tcheva un bon rato sin queixase nada.
Añade que “nun quixo subir pur nun lu despertare, después de la murga que nus dio tola nueche” pero como el párroco tiene pendiente el decir misa, la anciana esposa sube la empinada escalera hasta la buhardilla, dispuesta a poner en antecedentes al enfermo…
-¡Nun tá! ¡Rediós! Nun será que lu tchevaría el diaño –exclama la anciana desde la puerta
Sube en dos pasos José, detrás el coloradote párroco revestido para la ocasión con su capa blanca, al paso la madre se justifica: “pos baxar nun baxó” “tuve tol tiempu alrededor del fogón” Al encontrar la estancia vacía, se percatan que la claraboya está levantada, se asoma José y descubre a su padre colocando unas tejas tan campante.
-¿Qué fai ahí pá? Después de la nuechi que pasaste, tas bueno pa tar ahí engaramau ¡Quies matate, oh! –le dice en son de recriminarle.
Reingresa no sin dificultad el anciano al mísero cuartucho -ayudado por su hijo- quedando sorprendido por la presencia del cura, advertido de las intenciones del vicario de Cristo, le dirige una mirada de inquina, al tiempo que le dice:
-¿A que vien Vd aquí? ¿Ya olía la carnaza, eh? Pues va tener que esperar ¡tovía nun ye d’esta! –le espeta sin muchos miramientos.
En las inmediaciones de la vivienda comienza a formarse una cierta algarabía, demandando la presencia del moribundo, con lo que no le queda más remedio que asomarse, prorrumpiendo los expectantes congregados -felicitándose de la repentina mejoría- en un fuerte aplauso al distinguir su figura y gritando ¡Viva Manuel!
El ensotanado –con las orejas gachas- aprovecha para hacer mutis por el foro, no sin antes tratar de apuntarse un tanto, dejando caer mientras se alejaba, su campanuda sentencia:
-“Los caminos del señor son inescrutables”
Las fotos pertenecen al ferrocarril TransCantábrico y algunos de los lugares por donde cercano pasa.
Obligaciones. Por Max.
Que duda cabe que hubiese preferido quedar en mi habitación, estudiando… para que nos vamos a engañar, con trece años… adivinareis que era mera disculpa, la verdad es que me había dejado un compañero, un par de colecciones de tebeos con las aventuras del Capitán Trueno y el Jabato y me consumía la impaciencia por devorarlos, pero pronto vino mi hermana para anunciarme, que teníamos que acompañarla a misa.
Por supuesto contesté que fuese ella sola, que yo tenía que estudiar. Preparaba el dar más explicaciones detalladas, cuando asomó la cabeza padre por el hueco de la puerta y se quedó mirándome… recuerdo que estrenaba casco para montar en la Vespa, e ir a trabajar a la Fábrica Moreda, en el turno de la tarde, no necesitó decir nada, tuve que asentir, que claro y al galope. Diligente me cambié de ropa y en compensación puse el jersey de los domingos.
Ellas ya estaban preparadas, salimos a la calle Ancha, cruzamos la avenida de los Campones a la altura de la fuente, seguimos por la supuesta acera pegada al muro de la Quinta Valle y traspasamos las vías del tren Carreño por el apeadero, por cierto que Marina la guardesa –que era un tantín bruta- comentó al vernos pasar:
–Abuela, vaya neñus más sanos y coloradotes, seguro tán criaos con buenas papas y boroña.
Aparte que era mentira, pues si de algo pecábamos, sería el estar más bien flacos, y eso sin contar que la boroña en nuestro pueblo la solían comer los xatos ¡nunca las personas! lo que vino a dejarme los mofletes ardiendo, y más rojos que un piño de cerezas de monte. Pasamos a la vera del lavadero y rematamos la excursión en el cercado de la iglesia de Tremañes -dedicada a San Juan Bautista- encontrando trancado el templo, con el anuncio en una pequeña urna, que hasta las siete de la tarde no había misa. La anciana tenía mono de misa y no era cuestión de que en la espera le entrase un peligroso delirium tremens religioso, así que acordamos el acompañarla al centro de Gijón, que allí seguro había misas a porrillo.
Con las mismas, desmadejamos el camino, después continuamos por el sendero que pasaba al lado de los antiguos talleres de la RENFE, que como siempre soltaban el molesto polvillo de aserrín y esparcían el característico ruido de maquinaria trabajando la madera; cruzamos la vía ancha de rieles paralelos que va camino de Oviedo, a la altura del apeadero de la Algodonera. Proseguimos por la avenida de las Industrias, manchando –con gran pena- los relucientes zapatos –para el tema del calzado, padre, era muy quisquilloso, estaba emperrado en que mis sucias y despellejadas babuchas, sirvieran de espejo… ¡nunca lo logramos!- el culpable era un polvillo negruzco y pegajoso que abundaba delante de la Cristalera, de la Algodonera y de la Harinera y de todas cuantas industrias ejercían, en calle tan laboriosa; llegando a Cuatro Caminos con la intención de coger el tranvía, que del puerto del Musel, pasando por el Natahoyo, llegaba al Muelle, al final de la calle Corrida, en concreto a los diminutos –un par de palmeras mal contadas- Jardines de la Reina.
Desde allí cruzamos delante de la estatua de Pelayo y el palacio de Revillagigedo, seguimos por la plaza del Ayuntamiento saliendo en un periquete, a la playa de San Lorenzo, pateamos por encima de las termas romanas –que de aquella permanecían mudas y ocultas, ni se conocían- y accedimos a la iglesia de San Pedro, allí dentro quedó la abuela sumida en el rezo y sus santas monsergas, esperando la nueva misa que en breve habría de comenzar.
Era verano, salí al paseo, la marea estaba baja, primero caminé hasta divisar el club de Regatas, después retrocedí en dirección a los jardines del Náutico, dejé atrás el edificio de la Pescadería, llegando a la conocida Escalerona, el paseo estaba muy animado, la fina y húmeda arena, también, toda ella lucía rebosante de vida, jóvenes bañistas “medio en porrica” –según comentó la abuela, después- intentaban apropiarse del mayor número de rayos de sol. Algún que otro biquini con cuerpos esculturales dentro, barrunto que fuesen francesas o suecas –ya que las nativas todavía no habían traspasado la raya de tamaño atrevimiento- daban colorido y animaban el brillo de los ojos de los paseantes masculinos.
A la hora convenida acudí a la puerta del templo y dado que a la religiosa anciana, con tan buen tiempo, le apetecía dar un paseo por el muro de la playa, cosa que a mi hermana maldita la gracia que le hacía, conocedora del recato de la anciana, de veras se temía algún altercado. Procuré animarla, expectante de ver la reacción de la beata abuela, enfrentada a la cruel desnudez de aquellos pendones desorejados, con las chichas al aire, que se dejaban ver por la pagana arena.
La verdad es que no fue para tanto, aparte de llevarse las manos a la cabeza –imagino que con la sana intención de sujetar el negro pañuelo, para que no se lo llevase la fuerte brisa- o juntar manita con manita y ponerse a rezar por tanta oveja descarriada, fue de lo más comedida, se limitó a dirigirse desde la barandilla a dos que paseaban luciendo el palmito por el arenero, y se acercaron peligrosamente al muro, diciéndoles con voz meliflua:
_Con lo saladinas que sois, cuanto más guapinas estaríais vestidinas, como Dios manda.
Tampoco era cuestión de seguir tentando la suerte; proseguimos llevando la religiosa abuela en el medio, enfilamos la calle Jovellanos, pasando por delante del Instituto dedicado al insigne patricio; por parte de la anciana, hubo un intento –abortado en origen- estas gentes mayores, aquejadas de tamaña fé, son como los borrachos, todo templo les viene bien, pugnó un instante en asomarse a la Iglesiona, a duras penas la convencimos de la necesidad de continuar, a través de Álvarez Garaya vinimos a dar en la plaza de los Mártires, donde cogimos el autobús dirección al barrio de Tremañes, al que llegamos sin mayor novedad, ni contratiempo digno de reseña.
El Poder Supremo, el dueño del botín. Por Max
No es partidario de salir en la foto, y menos se puede considerar único y ejemplar, ni especie en peligro de extinción como el urogallo. No os dejéis engañar por su apariencia, ni por tener marcado corte de xatero, de vulgar tratante de ganado. Igual que otro antiguo poder supremo –por suerte ya periclitado hace un tiempo- dirá que Él no se mete en política ¿para que? ¡si igual que su admirado mentor, acumula en sus manos todo el poder! No cuenta con ninguna capacidad relevante, aunque se le supone una total falta de escrúpulos. Viene de escuela de pago, antiguo alumno de los jesuitas en Gijón y se adapta de maravilla al medio. Su fuerte no ha sido el haber creado o inventado algo muy provechoso para la sociedad, ¡que va! solo pertenece por herencia a esa carcomida y corrupta casta, privilegiada e impune, que mueve los invisibles hilos del poder, sin necesidad de respetar las pendejas exigencias y límites del Estado de Derecho, sin haber pasado por el filtro y refrendo de las casposas urnas. Ejerce de moderno corsario sin aparente parche en el ojo.
Su poderosa palanca para mover el tinglado es ¡quien lo diría! el dinero que le confiaron millones de gentes, por un mísero interés. Un dinero ajeno manejado a su libre albedrío para aumentar las razones de la fuerza, movilizar voluntades, acallar conciencias y sellar bocas, mientras que también eran aprovechados estos caudales, al mismo tiempo, en incrementar el poder económico, con marcados tintes mafiosos.
Es respetado y agasajado por políticos, jueces y periodistas –si hace falta bailan y dan cabriolas a su alrededor, o dejan que las imputaciones caduquen- no es llevado bajo palio, por que el tema quedó muy desprestigiado después de la muerte de la última momia paseante, no obstante desde hace unos años, la secta cristiana, luce en el manto de una de sus más prestigiosas vírgenes, el rojo y reluciente anagrama de la poderosa empresa banquera.
Hace unos días escribía en un post anterior, que vivimos en la inopia, hoy seguimos en las mismas y me afianzo en la opinión allí vertida, por lo menos en lo que se refiere a cuestiones de verdadero interés, pasó el carro por delante de las vacas, ya ni siquiera pedimos trabajo solo queremos el vil dinero. Los clásicos poderes del Estado –legislativo, ejecutivo, judicial- se hicieron a un lado ante el empuje del Gran Poder, personificado en los grandes grupos capitalistas, que superan con creces el papel que pudiera tener en un sistema democrático.
El gran deterioro ético de las instituciones del Estado, que han puesto a disposición de los corsarios de turno sus atribuciones, propiciando que el Gran Poder haya medrado a sus expensas, succionando parasitariamente la savia del sistema democrático, que muestra un gran deterioro y síntomas de anemia perniciosa, y amenaza pronto y previsible deceso.
El refranero asturiano aunque sea denostado por los espíritus exquisitos, nos lo resume en forma lapidaria:
“Si ye ricu y fue probón ¿quién nun diz que ye lladrón?”
“De xineru a xineru va ‘l dineru pal banqueru”
“Bona ye la pita si otra la cría”
“Con un bon traxe atápase’l roín llinaxe”
“Burru cargáu d’oru algámalo tou”
“El que con señores anda llora, que nun cancia”
“El que de probe pasa a ricu nun hay quién-y mire pal focicu”
“El que nun tien pan yá cenó”
“Pal probe siempre ye nueche”
“Nin en broma nin de veras, col to amu partas peres”
“El gochu y el señor tienen que ser de raza”
“El bon tiempo ye la capa de los probes”
“Al ricu xúnta-y l’aire la fueya”
“Al probe, los garitos sáben-y comoal ricu los pitos”
“Al probe nunca-y alborez”
“Amu que sabe selo, va’l can goliéndo-y el peu”
“L’aguya del probe val más si dobla, que non si rompe”
“Páxaru verde, yá que nun comes, bebe”
“Pixa derecha nun cree en Dios”
“Ilusiones d’home probe son peos de burra veya”
“Pa ser probe nun hai que char empeños”
“A cuartu va la vaca; sinun hai cuartu, nun hai vaca”
“El que nada tén, nada ye rouban”
“Cuando yo tenía dinero llamábenme don Tomás, agora que que nun lu tengo llámenme Tomás na más”
“Les cuentes ayenes nun me quitan de dormir”
“De dineros y bondá, quita siempre la metá”
“Su único hijo” y “Pipá” son novelas de don Leopoldo Álas Clarín
La mayoría de las fotos son de Gijón y pertenecen a mis amigos Penchy y Antuña que pueden visitar en: http://www.flickr.com/photos/penchytu
Y de paso admirar su preciosa colección de fotos colgadas en flickr.

Colegio jesuita de la Inmaculada, en Gijón

Cerro de Santa Catalina (Penchy)

Universidad Laboral desde el Jardín Botánico (Penchy)

Palacio de Revillagigedo (Penchy)

Temporal en el muelle (Penchy)

Iglesia de san Pedro en la playa (Penchy)

Paseantas por la arena (Penchy)

Seguimos en el muelle (Penchy)

Se avecina la tormenta (Penchy)

Contemplando el temporal (Penchy)



























































































































































































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