Crónica no tan rosa. Por Max.
Con un año de retraso por culpa de las dichosas fotos, hoy por fin lo cuelgo.
No todos los veranos se te casa un hijo, así que hoy aprovecho para tratar de llevar a cabo una especie de crónica social, del antes durante y después, y de paso colgar algunas fotos del feliz evento.
Gemma y Rubén llevaban varios años de plena convivencia y decidieron oficializar la unión en el marco del Ayuntamiento, ante una piña de testigos, terminando con el consabido maduque en un restaurante cercano.
Tiene su gracia el tema de las invitaciones, los contrayentes se encargan de invitar ¡valiente clase de invitación! cuando la realidad es que el cubierto lo suele pagar el invitado ¡y con creces! Aparte de la cínica convidada, pienso que lo más gratificante es la convivencia por unas horas con familiares y amigos y el recuerdo que perdura en el tiempo.
Mi señora como buena jubilada, lleva unos días de un trajín agotador, un servidor como todavía trabaja algo, está un poco al margen, como será la cosa que la satisfecha mamá piensa que hay que estar muy grillado para casarse en estos tiempos, y les ruega encarecidamente -a las dos hijas que van después- que ¡por favor que no se les ocurra casarse nunca!
En la víspera, los amigos de los contrayentes –queda dicho que son la caraba- se entretuvieron en empapelar los portales de las viviendas de los novios, con pasquines y pancartas dedicadas a Furaco y su consorte, con el coche fantástico de por medio.
Es día de autos, así que hoy no trabajo, ni habrá comida reglada, las operaciones de acicalado femenino tienen ocupado el tiempo de las cocineras, tendré que contentarme con unos canapeses salados, con la esperanza de desquitarme en la cena con el bugre, el mero y el solomillo. Música de Luís Cobos ameniza la espera delante del ordenador mientras pulso las teclas para pergeñar la parte del antes, dispuesto a emprender en breve, el rodaje del video casero, siendo el comienzo la operación de peinado del moño de la novia.
La noche pasada dormí de un tirón es buena señal, en cambio los huevos a santa Clara parece que no van a surtir el efecto deseado, ya que el día está gris y orbaya sin cesar, esperemos que al menos se abra un claro a la hora del enlace. Lavoteo tempranero de las legañas, hay que madrugar. Bajo al garaje y por una vez te puedes arrimar a las puertas del auto, no untan, ayer tarde lo recogí de un limpiado a fondo y está como un jaspe de reluciente, es hora de colgarle los adornos, es el coche que llevará al novio, la madre y el padre ¡si le dejan! y no tiene que desplazarse en autobús. De chofereso oficia el primo Jorge, con pocos años y amigo de hacer el Fitipaldi.
Llegamos en hora, el sonido de la gaita enardece los ánimos en la plaza del Consistorio, mucho ruido, nueces y castañas las justas. Da prestancia la figura lánguida del gaitero con montera picona y sus lucidas acompañantes, no diré que llevan levitas raídas, sino que visten sugestivos trajes asturianos, tiene el músico unos dedos flacos, sobre el grupo folclorista –que no quiere robar protagonismo a los novios- les descarga una gran reprimenda el engolado y estirado fotógrafo, por no haber salido a recibir los contrayentes. Las tristes notas se ahogaban entre el estrépito del ensayo, en un escenario situado al otro lado de la plaza, que daba la murga a la misma hora y que después azotaba de vez en cuando los vidrios de las ventanas largas y estrechas, perturbando la ceremonia, con su dale que le darás.
Casa del pueblo, que por cierto tiene las paredes adornadas con muchos cuadros, destacando el del patricio Jovellanos, desgastadas y viejas piedras que hacían estornudar por su frescura, tomaba aires de recinto grave y suntuoso, vestíbulo de jaspes de colores del país, con amplia escalinata central bifurcada en dos laterales.
Por la mañana me había imaginado a la novia levantando las enaguas y saltando los charcos de los húmedos pasadizos y la plaza ¡mierda de día! Y que en la acera delante de la puerta del restaurante la Galana, se apiñaban los mirones con los paraguas abiertos, como jilgueros en el alambre prestos a la partida. ¿Qué clima más endemoniado? ¡Siempre lloviendo! Por suerte a la hora prevista, el tiempo dio una tregua, que fue muy de agradecer.
Paisaje hermoso y húmedo, delicias naturales, el Ayuntamiento en un extremo de la playa, ubicado a menos de treinta metros de las termas romanas, al final del arco arenero el restaurante, un par de kilómetros de nada, arriba en el barrio de la Providencia verdura y en el de Cimadevilla como una maceta de flores rodeando al water de King Kon (Elogio del horizonte), la plaza repleta de gente joven con trajes nuevos y repeinados, se palpaba mucha vida, animación, alegría…
Ya en el restaurante, sí hubo corte de jamón de entremés, al novio –como buen comilón- le encanta la cocina española, y habiendo pasado una larga temporada en la Pérfida Albión, no se le ocurre burlarse del puchero y los guisotes, que comía acá; aunque fuese allá, siempre que se terciaba, trataba de degustar la sopa grasienta con pedacitos de jamón, la fabada le encandila y no digamos las berzas que preparaba su abuela materna, que tiene en un pedestal, tanto la una como a las otras.
Los convidados se apiñaban en las mesas redondas como buscando calor unos en otros. No todos los comensales tienen las mismas pulgas, según corría el morapio se tornaban las caras más coloradotas, pero no hubo que lamentar ni desafíos, bofetadas o insultos atroces, nada comparable a las fiestas antiguas, en que no alcanzaban fama si no había unos buenos palos de por medio. Las bromas van y vienen y se devuelven con creces entre las mesas. Se notaba que los jóvenes, desperdigados por el mundo durante todo el invierno, ahora que se juntan, aunque fuesen taciturnos, retraídos y nada despiertos, eran precisamente los que en la boda sacaban más los pies del plato y tenían ocurrencias más peregrinas y hacían las mayores atrocidades, palabra técnica, que significaba divertirse, seguir la jarana.
Nadie se había presentado cual jinete en un burro garañón dentro del comedor ¿y qué más? Por supuesto Gemma estuvo a punto de gastar las suelas de los zapatos de tanto bailar, y hasta el novio tuvo un final muy animado de baile desenfrenado con la corbata por montera. Me comentaba un compañero de trabajo de Rubén, que había venido desde Valencia y no conocía nuestra región, si terminaban las fiestas siempre de una forma tan animada, que ya conocía la canción de “Asturias si yo pudiera cantarte…” aunque le había encantado la entrañable “Gijón del alma…” que sirvió de colofón al baile sobre las cinco de la madrugada. Fue el final lo más animado, con las luces rompiendo los cuerpos, disfrazando las pieles, destruyendo la simetría de las sudorosas faces en el baile del pañuelo, se veían las caras contentas intentando hablar en lucha contra la música, copas en la mano, cada uno inmerso en su particular nube de alcohol, apresurados abrazos y besos de los danzantes No se habló de política, ni se puso en tela de juicio la fama de bellas y no muy timoratas, que gozaban las muchachas de Gijón, ni gestos de vinagre en las chicas y mucho menos que eran feas, pero honradas a fuerza de salvajes, que alguien pudiera tomar como todo un cumplido. Ni hubo idilios consumados al raso que yo sepa… y si los hubo mejor para ellos. Hacía buena temperatura aunque hubo momentos en que llegamos a temer que fuese obligada llevar ropa de invierno.
Expectación general; cesa el sonido de tenedores; los camareros se detienen a oír lo que va a soltar… toma aire y grita ¡Vivan los novios! ¡Vivan! le responden. Aunque no se pidió esmoquin, tampoco nadie vino en chancletas, ni nadie hizo calceta con gesto avinagrado en las mesas.
Ahora que ya estáis al tanto, os voy a presentar los novios:
Es Gemma mies de trigo rubio, eterna sonrisa, pequeñina y galana, cariñosa y detallista como ninguna, vestido blanco del que poco se puede decir aparte que le quedaba ceñido como un guante, recogido en el peinado, tacones altos para compensar la desventaja de tamaño con Furaco. A Rubén nadie le discute que es alto y fornido, podría decir que de hoja perenne sino no fuese por la más que incipiente calvicie, de tez blanca -en Inglaterra da poco el sol- mano grande pero delicada, con dedos largos más propios para manejar el ratón del ordenador -que la azada como hicieron sus abuelos- con uñas de color de rosa. Sobre el vientre, un chaleco de la más rica tela, con cazadora y pantalón de alpaca de seda gris completaban el traje de tan arrogante buen mozo, cuya pierna había de atraer sin duda, las miradas de las mujeres –por lo menos eso piensa el padre de la criatura-
Es tarde, las tantas de la madrugada, y más para uno que está acostumbrado a ir al catre a las diez –aunque después me pase leyendo varias horas- el día fue pesado e intenso ¿Qué será que toma uno tanto cariño a todas estas personas que conoce de tan poco tiempo –otras de mucho- y que al despedirse de cada cual, parece que se le deja llevar un pedazo del alma? El final del baile con los jóvenes más recalcitrantes, fue el desmadre cantado, para muestra los acordes y el trozo postrero de “Gijón del alma…” que intentaré se pueda ver y escuchar en Facebook. (Como así fue).
De pésames y funerales. Por Max.
De unos años a esta parte los funerales y pésames suelen tomar una deriva, digamos que un tanto pintoresca, sobre todo si acontecen en cualquier pueblo de los alrededores, y con doble motivo si coinciden con el fin de la semana y por la mañana. Después de los abrazos, besos y achuchones de rigor, el asunto termina con la organización sobre la marcha de una comida en compañía de algunos parientes a los que hace unos días que no te encuentras, siempre con el sano propósito de charlar y celebrar el poder seguir contándolo. Asumimos resignados que cada vez nos resta menos tiempo y el día menos pensado, puede ser cualquiera de nosotros, el que falte a la cita del gratificante manduque. Las circunstancias dictan, hay que aprovechar para darle gusto a la sin hueso y al acomodaticio buche que cada vez se conforma con menos.
Habíamos ido a parar aquel domingo con la disculpa antes apuntada, al tanatorio de la villa, en esta ocasión se trataba de un tío pegado de la costilla, un anciano demasiado digno -de alrededor de noventa años- que no queriendo ser una carga para sus parientes en este mísero mundo, decidió sin pedir permiso al santón del Vaticano, adelantar la excursión al más allá, colgándose de la panera, cual ristra de maíz.
Le siguió una buena comida, pescado de la zona sabroso y cocinado con el cariño y las primorosas manos de la abuela, el dueño del restaurante es amigo de uno de mis cuñados, y por su mediación nos fue improvisado un rincón pese a estar el comedor abarrotado por celebrarse la fiesta del Socorro, degustamos, reímos y discutimos de la creciente crisis, salieron a relucir chismes del gobierno y del charco infecto de la derechona, que tiene montado en la capital del reino, en el que destaca la destartalada nave pilotada por la perrita Marilín, hubo unanimidad en alentar la esperanza, que sean tragados por los tiburones y paguen así el Tamayazo, aunque visto lo que lleva sucediendo con el Fabra puede que hasta salgan reforzados. Al final como siempre era obligado recoger las bolsitas de azúcar que sobran del café, invitación a chupitos de los que un servidor como responsable manejador de la reata de caballos, se tuvo que conformar con poco más que mojar los labios, pese a que estaba dulce de veras, no obstante algo se deslizó por el gurguelo abajo. Unas mesas más allá un ex guardia civil local, celebraba sus 102 años, en verdad son duros de pelar estos chusqueros del tricornio, que sirvieron con ferviente devoción -durante cuarenta años- al quícaro sanguinario.
Recorriendo las callejuelas de Luanco y llegando a una casona solariega -al lado de la iglesia parroquial- de la conocida y originaria familia de la villa “los Pola” me viene a la memoria un cura de la época del instituto -Félix Pola Granda- se trataba de un cuervo muy singular, con su tosco careto tallado a hacha, no hacía falta tener demasiada imaginación para adjudicarle -en tiempos de la guerra incivil- el pistolón al cinto. Era enemigo acérrimo de las mujeres –todo apunta a que detrás de sus sempiternas gafas negras, ocultaba cierta debilidad por los maromos- Cuando algún alumno tenía problemas en clase y eran llamados a capítulo sus progenitores –también era jefe de estudios- recalcaba al presunto la obligación de abstenerse de acudir a la cita la madre, según su expresión: “eran gentes menores de edad y gobierno, a las que no se dignaba recibir” y no creo que fuese por miedo a ser tentado por las pérfidas Evas. Recuerdo como dio muestras de su mala entraña, en una de las pocas ocasiones en que la nieve hizo acto de presencia en el antiguo Instituto Jovellanos y como zanjó la espontánea guerra -con bolas de nieve- que se había desatado entre los alumnos del patio central contra los de los corredores del primer piso, y como alineó a las falanges contendientes y con sus blancas manos tuvo la paciencia de ir introduciendo por el pescuezo debajo de la camiseta, una pequeña bola de nieve helada que se encargaba de hacer deslizar por la espalda aplastándola si acaso para mayor disfrute del frío purificador, bien es verdad que aquella ardiente juventud le duraba segundos el derretir cualquier bola de nieve, a renglón seguido todos a rezar y encomendarse a dios en sus clases, y el domingo por la tarde castigados con la obligación de acudir al Instituto, en horario que nos privaba de poder acudir al cine en sus sesiones de la tarde.
Continuo con otro libro de Juan Carlos Onetti “El Astillero”
Unas fotos de Luanco
Sigue una buena colección de fotos que me remiten unos amigos
Arte fotográfico
Paseo en Teverga, de la Focella a las Navariegas. Por Max.
Produce cierta alegría el regresar al solar donde yacen los restos de los abuelos, sientes que allí reposan los huesos de unos seres que fueron y siguen siendo tan queridos y te liga más si cabe a ellos. Acrecienta la íntima satisfacción de poder ubicarlos, comprobar que son reales, concretos, que están ahí, que no fueron un mal sueño. Te convences que muchos episodios que quizá tenías bastante olvidados –sin duda difuminados- recobran de nuevo actualidad, que no han muerto, que recuperan presencia y cobran vida dentro de tu cerrado caletre, y vuelves a revivir con mayor claridad aquellos años tan lejanos en el tiempo y tan cercanos en este instante. Repasar cuanto cambio sobrevenido desde que volvieron a la tierra, ellos que nacieron en el concejo pasaron la mayor parte de su vida en él y escogieron ser enterrados en esa su tierra. Ahora su sangre se extiende por tierras lejanas y quien sabe hasta donde podrá llegar. En el desconchado recuerdo se agolpan infinidad de vivencias perdidas, de añoranzas, y presientes que la labor de los viejos quedó recompensada, plantaron unas firmes raíces, que los ladinos años por arte de magia, se encargaron de transformar en varias vidas, mientras nuevas ramas se fueron añadiendo a este intrincado, complejo y enmarañado árbol que es nuestra vida.
Regreso una vez más a los orígenes, con el simple propósito de caminar por la naturaleza y acercarme a una braña vaqueira conocida como la de las Navariegas. No hace muchas fechas había estado en el pueblo de Páramo –camino del Xiblu- en esta ocasión en vez de subir dirección a puerto de Ventana, en mitad del mismo poblacho nos desviamos a la derecha, al de la Focella, por estrecha y empinada carretera, que en menos de tres kilómetros te deja en los aledaños de un lago de temporada –ahora está seco y enseñoreado por las espadañas- que ya citaba Jovellanos, hace más de doscientos años. Se trata de una bonita aldea perdida, con casas de gruesas paredes de piedra, techos con tejas rojizas, gastadas y descoloridas y en el que la mayoría de los habitáculos, fueron o están en trance de ser restaurados. Este núcleo rural fue protagonista -junto con los dos pueblos vecinos- de una antiquísima historia, allá por la edad media –por orden de uno de tantos reyezuelos- uno de sus nativos recibió una recompensa extensiva a todos sus vecinos, por no haber traicionado la lealtad al Borbón de turno, otorgándoles el privilegio de quedar exentos de pagar impuestos –talmente como se hace ahora con los ricos-
Al lado mismo de un venerable tejo, tomamos un llano camino, alternando entre tramos de tierra con otros empedrados, que bien pronto nos condujo a encontrarnos con un cerezo bien cargado, que nos ofrecía generoso su roja gabela, de pequeñas pero sabrosas cerezas. La ronda discurre escoltada por altos bardales de espinos, avellanos y algún que otro fresno, y los alegres cantos de raitanes y jilgueros, todavía conserva buena parte del firme empedrado al que también se refiere Jovellanos –en una de sus andanzas por tierras cercanas- en que fue testigo, de la antiquísima tradición de efectuar los fines de semana -de la primavera- la puesta en firme y la reparación de los caminos aledaños que confluían en los pueblos, por cierto vías imprescindibles para el cómodo acarreo de los frutos, mediante trabajos comunitarios, conocidos como estaferias. Hará cerca de cuarenta años que desapareció esta singular tradición, y bien que se nota ya que va menguando a marchas forzadas el firme empedrado, arrastrado por las lluvias, dando paso al incómodo barro y con este la proliferación de ortigas, artos, malezas que a la postre se enseñorean de los pequeños surcos que en su día fueron caminos, haciéndolos intransitables -sobre todo en invierno-
Según vamos cogiendo altura el sendero más y más se empina y las matas de arándanos se espesan y abundan a entrambos lados, y aunque los frutos estaban todavía muy pequeños su sabor se muestra exquisito, dulce y meloso -sería de tener en cuenta repetir el recorrido bien entrado Septiembre para disputarles a los urogallos tan preciado fruto- En una revuelta del camino encontramos un lugareño llevando del ronzal a brioso corcel con perro pastor a su lado, nos pronostica que la niebla bajará pronto lo que hace que apresuremos el paso. Disfrutamos de pasada en la lejanía en una zona escarbada en la roca, de la vista de una parte de la cascada del Xiblu, en esta ocasión el caudal se notaba bastante disminuido.
Llegados al alto en la campera nos aguardan cabañas de piedra ennegrecida y los singulares corros con techo de antiquísima factura, ya que las lascas planas y alargadas de la misma piedra se van situando corridas y apiladas hacia el centro, manteniéndose en precario equilibrio y formando una especie de iglú de piedra, si bien es verdad que pocos quedan en píe, también otras construcciones más recientes con techado de teja, muestran el paso del tiempo derribadas por el peso de la nieve y el abandono. Los pastos se encuentran concurridos con las características vacas del país con xatos y terneras, escoltados todos por un buen semental que nos mira desafiante.
Damos cuenta de sendos bocadillos, que después de la merma de energías, quemadas en la ardua subida, sientan de maravilla y saben a gloria, contemplando al fondo la peña de Sobia. Obligados por las circunstancias acordamos dar por finalizado el recorrido sin poder asomarnos a tierras de Torrestio, ni contemplar un par de cascadas que se encuentran un poco más arriba, y emprendemos el regreso azuzados por la niebla. La bajada nos hace disfrutar y reparar con mayor detenimiento en los bosques de hayas mezcladas con robles, notando que los suelos se muestran limpios sin matorrales, eso sí sembrados de helechos que le dan más vistosidad con su verde intenso en contraste a los pardos, oscuros y añosos troncos.
El libro de hoy es del antiguo y festivo escritor italiano Giovanni Bocaccio
El Decamerón Giovanni Bocaccio
Tejo
Cerezal
Planta del arándano
Exterior del corro
Techo del corro por el interior
Corro al que se le vino abajo la techumbre









































































































































































deja un comentario