MAX Y LOS CHATARREROS

Amor propio, y vieyera en los Picos. Por Max.

Posted in Asturias, Caminatas, Excursiones by maxalvarez on septiembre 19, 2010


Todo comenzó la víspera del 61 cumpleaños, para celebrarlo y visto que ese fin de semana libraba de ir a dormir con el viejo, mi querida compañera y un servidor, decidimos hacer una escapada a los Picos de Europa, por la vertiente de Cantabria que nos era y es, más desconocida, aunque contábamos con el inconveniente que teníamos que elevarnos por medio del teleférico que hay en Fuente Dé.


Consciente del vértigo que me producen las alturas, aunque lo raro es que caminando por la montaña me siento seguro y no suelo padecerlo, me fío en gran manera del suelo rocoso que piso y mucho menos de las construcciones de los humanos, que esas sí que me dan verdadero pánico.


En dos ocasiones precedentes había rehusado el remontar la montaña suspendido de aquel cable, y menos metido en aquella precaria caja de cerillas. En esta ocasión me dije que alguna vez tendría que ser la primera y haciendo de tripas corazón, me dispuse a desvirgar los azules cielos de la montaña de la comarca de Liébana.


En un día cargado de sol de amanecer, llegamos a píe de cable, hicimos unas asemellas al círculo de rocas en la altura, sacamos las entradas, siguieron unos minutos de espera y ufano remonté el vuelo como las águilas, entretenido con la excusa de hacer fotos para los lados y procurando no mirar hacia abajo y menos darle vueltas y rumiar el atrevimiento.


Si te paras a pensar un poco, hay que reconocer que debes estar un tanto grillado, para aventurarte a llegar a una roca suspendida sobre los cortados, a la que casi no te alcanza la vista, colgado de una frágil y mísera liana.


Consumí esos breves minutos de viaje, sorprendido de la aparente tranquilidad –tampoco era ocasión de dar allí el cante- rodeado de gente menuda. Desde el mirador nuevas asemeyas, ahora hacia abajo. Tomamos a continuación el llano y polvoriento camino, con la firme determinación de adentrarnos en la meseta que nos brindan los altos Picos de Europa, alegres y contentos. Prueba superada, las cosas aparentaban ir, como miel sobre hojuelas.


Aquello parecía una romería de gente, pequeños y mayores bajo un sol que comenzaba a hacer mella –no en vano estábamos a más de 1800 metros de altura- caminamos rodeados de un paisaje impresionante, crestas afiladas y roca viva, casi sin vegetación, pienso que por lo menos una vez en la vida –con buen tiempo- se debe realizar este sencillo recorrido.


En nada llegamos a la denominada Horcadina de Covarrobres, nos asomamos a divisar la especie de valle y deliciosos pastos de Aliva, que ya conocíamos, no en vano habíamos hecho otra caminata, viniendo desde el pueblo de Sotres. En esta ocasión tomamos hacia la izquierda ya que pretendíamos llegar a la Horcadas Rojas, que nos prometían impresionantes vistas del mítico pico Urriellu y su entorno.


Faldeamos a media ladera, por ancho y pedregoso camino, por el que bien pueden transitar los todo terrenos, pisando los deshechos pedreros calizos, que caen de Peña Olvidada, en el fondo a la izquierda se muestran lo que en invierno deben ser pequeñas lagunas y que ahora se muestran secas, excepto de una.


Como a media hora de caminata, llegamos a la denominada Vueltona, el camino se bifurca, a la izquierda dirección a Castilla, se divisa un camino de revueltas muriadas, que va elevándose mediante piedras hábilmente apiladas, que según parece sirvió para llevar y traer a la gorrona realeza, a disfrutar de sus puestos de caza, que por estas santas tierras tenían los regios parásitos.


Tomamos a la derecha por camino de herradura, zigzagueando al tiempo que subiendo por los pedreros de Peña Vieja, el sendero se empina, la marcha se ralentiza, nos acompañan las cabras que no se muestran nada esquivas y hasta se brindan al posado, el único problema son las piedras que de vez en cuando sueltan, y aunque no suelen ser muy grandes hay que estar atentos para esquivarlas. La parienta marca el paso en cabeza decidida y ágil, entre parar para hacer las asemeyas y filmar con la videocámara, la mayoría del tiempo, marcho haciendo la goma, y diciéndome: esa costilla de los demonios, como está acostumbrada a caminar a diario, abusa de un pobre viejo.


Después de un trecho, el camino de nuevo se vuelve a bifurcar, siguiendo hacia la derecha, iríamos a dar a la collada de la Canalona y hasta podríamos llegar a la cumbre de Peña Vieja, pero eso ya deben ser palabras mayores. Continuamos por la izquierda ascendiendo por el camino principal, acompañados de una agradable brisa, que te hace más llevadero el intento de achicharramiento, del siempre pendejo y quemante, Lorenzo.


El camino de los Horcados Rojos dobla la torre del mismo nombre, a la altura de la cúpula metálica de Cabaña Verónica, a la que se accede por la izquierda, y que parece una nave marciana descendida en plenos Picos de Europa, allí te puedes aprovisionar de agua y comida. Los Horcados Rojos es la depresión que se forma entre ésta torre y el Tesorero, cima compartida por Cantabria, León y Asturias.


Llegados a destino, el paisaje es grandioso, de los que marcan época, de frente tenemos al mítico Naranjo de Bulnes, y casi parecemos estar a su altura, debajo el Jou de los Boches, y más lejos la Vega de Urriellu. El plácido descanso lo provechamos para reponer fuerzas, dejamos al descuido, algunos trozos de pan, que pronto son recogidos por los cuervos, lo que dio ocasión para hacerles unas asemeyas de cerca, en verdad deben ser parientes de los de dos patas, o bien como ellos, se adaptan perfectamente a los tiempos –no se espantan de los ateos-


Iniciamos el regreso con buen paso, concienciado en resarcirme de la humillación de la mañana –a quien se le ocurre, una muyeruca de la costa, dejar atrás a un nacido en la montaña- tomé la cabeza dispuesto a no dejarla darme ni un relevo, bajamos a tumba abierta, dejando por el camino a jóvenes parejas, que no pudieron resistir el ritmo de aquellos dos vieyos.


Llegado a la Vueltona y dado que llevaba un trecho de ventaja, el demonio me tentó, el sentarme a descansar a la sombra de una roca; en esas estaba, cuando de improviso la pierna derecha a la altura del muslo, se vio aquejada por fuertes calambres. No se si sería el sartorio, el aductor o el bíceps femoral, o todos ellos a la vez, el caso es que tuve ganando la cebada por el suelo entre el grijo un gran cacho, entre medio reprimidos quejidos y la condenada costilla partiéndose de risa. Tiempo después pasaron las jóvenes parejas y juraría que a sus risueños rostros, los adornaban burlonas sonrisas, yo continuaba en el suelo en una posición no demasiado decorosa.


Después de un tiempo de descanso, recuperé el ánimo y hasta pude reanudar la marcha caminando con cuidado, con la ayudado del palo requisado a la jacarandosa reidora, visto que todavía disponíamos de un tiempo, en la Horcadina de Covarrobres, continuamos hasta avistar el refugio de Aliva, regresando al Cable donde repusimos los líquidos perdidos. Abordamos el cachivache –“caxeto” en bable- que se descolgó veloz, rumbo a Fuente Dé, siempre con el temor en el cuerpo, de que me volviesen los calambres, por aquello de la tensión. Menudo cuadro hubiera sido, arribar a la estación, tirado en el suelo del artilugio, narcotizado por los quesos de los demás pasajeros.

El Peque, andanzas por Xixón. Por Max.

Posted in General by maxalvarez on enero 27, 2010


El día era primaveral, a media mañana finalizaba la clase de Cálculo impartida con sabia maestría por el joven profesor Joaquín Mateos, la verdad sea dicha, con tiempo tan estupendo, se hacía pesado el seguir las arduas explicaciones matemáticas –calentar la cabeza con derivadas e integrales a cual más enrevesada- y con mayor razón ahora que el curso estaba llegando a su fin, con la primavera en plena sazón, cooperando en alterar la sangre; Andrés y Celestino abandonan el edificio de la Escuela de Ingeniería Técnica, cruzan la calle Calvo Sotelo y a la altura del bar del Túnel, cercano al centro docente, concurrido refugio y solaz de los numerosos estudiantes del parche en el ojo. Se asoman a la puerta… en el justo momento en que se disponían a abandonar el recinto el Peque, Pañeda, Ordoqui y el Naves, compañeros de curso y más que expertos jugadores de mus…-o lo que se terciase sobre el tapete verde- habituales componentes de la programada y disputada partida de cartas que tenía lugar la mayor parte las mañanas sin más, o bien se organizaba con premeditación y alevosía, mientras tanto que unos pocos escogidos –los menos- asistían y penaban en el aula conocida como la Siberia (grande y fría) del vetusto edificio de Peritos.


–Andrés, tienes que pasame los apuntes de cálculo de hoy –le dice el Peque por saludo. No es que fuese un estudiante demasiado trabajador, pero mal que bien solía hacerse con los estupendos apuntes que dictaba el profesor.


–¿Si pagas bien? –le responde


–¿Dónde vais?


–Cansados de ser atufados por el puro del Peque y con este precioso día de sol, vamos asomarnos a la playa un rato y parar por la Galana, a tomar algo –dijo el Naves.


–¿Venís?


–Bueno… si no hay nada mejor que hacer ¡vamos!

–Invita a unas botellas de sidra Pañeda, que pa eso el padre tien perras asgaya –completaba el Peque.

Caminan alegres por la acera de la carretera de Oviedo, también conocida como avenida de Fernández Ladreda (en homenaje a otro de los fieles perros del franquismo) dirección al centro de la ciudad, los unos discutiendo los lances del juego, los otros enfrascados en el tema de las integrales dobles tratadas en clase; cuando el Peque se percata que en la parada del autobús hay plantada una moza de muy buen ver, blusa blanca, corta falda plisada de cuadros con fondo azul pálido, que dan paso a unas piernas largas y bien torneadas, veintipocos y tipo de sirena, morena con larga melena, ojos grandes y un poco pintados, aparentemente un verdadero bombón.
Recelosa y observándole de reojo, ve acercarse al Peque que se separa del grupo y se queda quieto mismo delante de ella y a corta distancia, mirando con insistencia su buena delantera, eso sí con las manos atrás.

–¿Oye neña eso ye todo tuyo? –le suelta de improviso con voz grave el Peque, fijando su visual en las imponentes domingas, que entre los tacones de ella y que el individuo no era muy espigado que digamos, casi le quedaban a la altura de los ojos.


–¡No de tu madre! –le responde con fiereza torciendo el gesto e intentando hacerse a un lado.

Entonces el Peque le echa mano a los pechos, al tiempo que le espeta:


–¡Pues lo que ye de mi madre ye mío también! –presto se agacha esquivando el tortazo al aire, emprendiendo la retirada a toda prisa, ante la persecución de la neña con el bolso levantado.

Ni que decir tiene que el resto percatados de la peripecia se partían de risa ante la improvisada escena, viendo y escuchando a la moza que regresaba a la parada, roja y fatigada, con los senos a punto de salirse de madre, acomodándose con la mano un mechón del pelo que le había caído sobre la frente, al tiempo que se volvía para insultarle.


–¡Sinvergüenza! ¡Gamberro! ¡Sarnoso! ¡Como te pille te vas enterar!

–Tienes toda la razón moza, esi cabrón ye un aprovechado atorrante y un hijo de la gran puta, -le soltó guasón al cruce el Ordoqui.

Le alcanzan a la altura de la Puerta la Villa.


–¡Pobre neña! -Se quejó Celestino en tono de reproche.


–¡Vete a la mierda Celestino!


–Mucho presumir pero bien que perdiste el culo, con el rabo entre las piernas cuando la moza intentó darte un bolsazo.


–Podeis tocame las bolas –replicó, haciendo el ademán correspondiente.


–El Peque está muy perjudicado por las hostias que le da la madre –Replicó Naves -Como cuando… (anécdota bien conocida por todos y que no está de más recordar) le llevó a una zapatería de la calle Corrida y al verle entrar le espetó el dueño o encargado:


–¿Hoy vienes a comprar o a desarmarme la zapatería? –Venía el comentario a cuenta de que no hace tantas vegadas, había una dependienta que le gustaba y cuando quería refrescar un poco, o no tenía mejor cosa en que entretenerse, entraba en la zapatería y tenía a las dependientas bajando y subiendo cajas a los estantes y probando sin ninguna intención de comprar, y los cachetazos que le soltó aquella vez su madre.


–Que tienes que dejame mal en todas partes –le reprochaba la madre a la salida, mientras le atizaba.


–Si estuviese tu padre bien, no te atreverías a hacerlo, seguro que no lo hacías. Se lamentaba amenazante. Tu padre te cruzaba la cara de un sopapo, mocoso de mierda.


–Todavía me acuerdo –abundaba en la herida el Pañeda- aquel día en que entramos en los almacenes Simeón de la calle los Moros, y para embromar a las dependientas desenrolló y extendió una alfombra en el pasillo y estuvo un rato sentado encima, pasaban los clientes y se quedaban mirando y sonreían dando la cabeza, las dependientas como ya le conocían se reían cuchicheaban y no se atrevían a acercarse, hasta que llegó el encargado y le preguntó todo serio:


–¿Oiga, qué hace vd. ahí?


–¡Nada hermano! toy probando por si yera voladora –le contestó el Peque tan campante.

Era el Peque de la misma piel del diablo, había hecho Calderería (Oficialía y Maestría) en Revillagigedo y pasado después a la Escuela Universitaria para seguir estudiando, era espabilado, aunque gamberro y mal hablado por naturaleza, pese a los arduos desvelos de su madre tevergana, por convertirlo en un hombre de bien y de su padre que estaba delicado de salud y era natural de las Cuencas, y ex minero y silicoso por más señas. Vestía ese día, polo granate con el botón de arriba desabrochado, que dejaba ver el cuello de la camiseta, pantalón de pana marrón, gastados zapatos negros de cuero trenzado, gesto delicado al sostener el cigarrillo de continuo entre los dedos dejando la marca tostada de la nicotina y que contrastaba con su rudeza de primera vista. Pelo negro peinado hacía atrás que lucía sin necesidad de brillantina, mas bien chaparrito, de voz fuerte, contaba con un poblado mostacho -a lo mejicano- también ennegrecido y que le tapaba los labios, nariz recta casi larga, gran aficionado al cine y amigo de comentar las peripecias de la trama en alto, lo que le había acarreado el estar fichado por la mayoría de los acomodadores y haber sido expulsado de las salas en repetidas ocasiones, con mayúsculo escándalo.

La Galana es un chigre situado en la plaza Mayor en el barrio de Cimadevilla, disponía de dos alturas, en la más baja al nivel de la plaza tenía una barra a la izquierda de la entrada y era donde se escanciaba la sidra, con los parroquianos acodados en el mostrador o sentados en los bancos de las mesas. Como clientes habituales solían ascender por media docena de peldaños al nivel superior y situados en mesa larga y recia con los libros desparramados pedían un tapete y baraja y allí se pasaban las horas con una consumición, techo muy alto con fuertes vigas de madera, con un cuadro abstracto pintado y amarillento del humo en el techo, una escalera ascendía a recinto privado y una mampara separaba la zona de restaurante con sus mesas. Al fondo cajas con botellas de sidra vacías, entre medias un elevador que daba a la cocina que estaba debajo, a la derecha se divisaba una máquina de descorchar botellas justo debajo de una recia prensa de llagar de sidra que servía de decoración y estante al mismo tiempo.

El tipo apareció de improviso en el chigre, ante la indiferencia de la concurrencia, por detrás de la mampara. Se inclinó disimuladamente por sobre el hombro del Peque, lo tocó en el brazo y le dijo a corta distancia “Quiero hablar contigo”.

El Peque levantó la vista, lo miró con el ceño fruncido como si no lo conociera, luego largó una hojeada de refilón sobre los otros componentes de la mesa y amago el encogerse de hombros.


–¡Vamos paquel rincón! -dijo el otro resuelto, señalando las mesas del fondo, junto a la escalerilla de acceso a los servicios.

El Peque sorprendido, calmoso se puso de pie, serio y un tanto cortado, cosa rara en él que no se acojonaba ni ante el lucero del Alba. Parecía que sus amigos, ni Pañeda, ni Andrés, ni los demás se habían percatado de la situación.


– ¡Págale lo que le debes al muchacho! -dijo en voz alta, Ordoqui que estaba a su lado, y era el único que había caído en la cuenta.


–¿Siempre el mismo, Peque? -se anotó el Andrés, zumbón.


– No le pegues mucho.

Pero el tipo, muy serio, ya se alejaba hacia el fondo. Ahora sí, los demás hicieron un instante de silencio, prestándole una mínima atención al suceso.


– Parece que se pone seria la cosa -se rió el Andrés.


–¿No oísteis al punto? -preguntó Ordoqui- “Quiero hablar contigo” le espetó. Nada de “¿Podría hablar un momento contigo?” o “¿Tendrías un minutín para atenderme?”.


–Nada. “Quiero hablar contigo” y sin más a la esquina.


–Será un faltoso cualquiera –apuntó Celestino.


–Déjalos que se engarren, bueno ye el Peque -dijo Pañeda -Si hay hostias por el medio ya habrá tiempo para intervenir. Y sin transición alguna volvieron al socorrido tema de las neñas, y de las tres negrazas que se habían traído para el chou del Horóscopo.


–Diréis que no tienen pasta pero últimamente se traen unas jacas que quitan el hipo, el sábado estuve tomando unas copas y estoy seguro que nunca tuvieron tan buen ganado.

El tipo se había sentado enfrente del Peque y se quedó mirando hacia el lado del mostrador, los ojos entrecerrados, como si le costase rebuscar algo con la lengua entre los dientes, tomando con la mano izquierda el otro puño cerrado, El Peque pudo repararlo un poco más. Sin ser muy alto, era trabado y tenía cierta pinta de bestia parda. Barba negra y cerrada, con un costurón en la frente.

Por un momento bastante largo, pareció que el tipo estaba encasquillado, que no iba arranca a hablar nunca.


– Tu te tiraste a mi novia -soltó de sopetón mirando, ahora sí, al Peque para observar de primera mano, su reacción.


– ¿Cómo? -el Peque adelantó la cabeza con un sobresalto elástico del cuello, tal como si un lagarto caminase de pie.


– Que tú te tiraste a mi novia –recalcó sin levantar la voz.


–¿A tu novia?

El otro había adelantado el rostro con fiereza y no dijo más.


— Espérate un momento… Espera un momento…-se atrevió articular el Peque amagando una sonrisa forzada y nerviosa-. Yo ¿te conozco? A tí…


– Sí, que me conoces…


– Porque, tu apareces aquí… –ignoró el Peque la última información… me vienes a buscar a la mesa, pa que venga a hablar contigo… Me fais levantar de la mesa, donde estaba tomando unas sidrinas con unos amigos…


–Que sí me conoces… -recalcó


–… estoy tan tranquilo con los compañeros conversando y de repente, vienes y me sales con ese cuento de que…


–No te hagas el despistado, que bien me conoces…


–¿Que yo te conozco? ¿De dónde te conozco? A ver si de repente nos volvimos todos chiflaos.


–Me conoces de la puerta de la academia Serrano en la calle Covadonga.

El Peque quedó un instante en suspenso…


–¿O vas decime que no? -aseveró la pregunta.


–Yo voy a esperar a mi novia, que está haciendo por la tarde mecanografía y tu sales de clase, aunque no se que coño andas estudiando.


–¡Para el carro manín! y a todo esto… ¿Quién ye tu novia?


– No te hagas el despistao que de sobra sabes quién ye mi novia.


–No, mante… –puso cara de enojo el Peque.


–No sé quién cojones ye tu novia y menos tengo la más puta idea de quien yes tu…y no me acuerdo de tu cara ni un carajo.


–No levantes la voz, no levantes la voz -pidió el otro, lo que en parte vino a tranquilizar al Peque.

Al parecer, el inquisidor no buscaba armar un escándalo aunque su tono estaba más cerca de la tosca amenaza que de la indulgencia paternal.


–Y no te hagas el estrecho que te tengo muy calao. Y te diré más: el jueves de la semana pasada salías por la puerta justo al lado mío y ví como saludabas a mi Ana.


–¡Oye hermoso! Esto es increíble, las cosas que tiene uno que escuchar -dijo el Peque echándose hacia atrás en la silla, en parte por guardar las distancias, con aquellos ojos inquisidores y observando de paso si los compañeros seguían las alternativas del episodio y si llegado el caso estarían prestos a intervenir, en una eventual escaramuza, en que llovieran los hostiazos o volaran las sillas.


–No me vengas con que no me conoces y que tampoco conoces a mi novia, por que está muy claro que no es así. Y tampoco pierdas el tiempo mirando pa la mesa de tus amigotes, por que ninguno va venir a echarte una mano. Esos son muy buenos pa fardar y dar a la sin hueso, pero a la hora de repartir estopa, seguro se borran todos.


–Pero ¿Qué dices? –quedó cortado el Peque, frunciendo el ceño, no tanto por el calificativo de gallinas que había hecho sobre sus amigos, como por que aquel tipo se había dado cuenta de su desamparada mirada de cordero degollado en demanda de un perentorio auxilio.


–Y te digo más…-siguió el otro. Todos vosotros sois muy amigos de haceros los finolis ante las rapazas. Pero donde yo me crié esas cosas no cuelan. Allá estas cosas se resuelven como hacen los paisanos ¡Si hay guevos! ¡Saliendo a la calle! Y no como facen esas pandas de pajilleros de tus amigos…


–Para el carro ¡amigo! -buscó una tregua el Peque, sin saber muy bien como continuar.

–Por eso me vas a explicar muy bien explicado como fue el tema con mi novia, mejor dicho, con la hija de puta de mi novia…


–Un momento…Un momento –continuó haciendo tiempo el Peque. Te estoy respondiendo por una elemental regla de cortesía, cuando debería mandarte a freír espárragos, por que tu no eres mi padre, ni juez para demandame con ese asunto…


–¿Sabes quién soy yo? ¿Sabes quién soy yo? -el otro engallado volvió a elevar los hombros y abrir los codos con las manos apoyadas en la mesa. Yo soy el novio de Ana. La pareja de Ana. Ese soy yo. El novio cornudo de la Ana que follaste, o andas follando, que eso habrá que velo.


–¿Quién es Ana? ¿De que Ana me hablas?


–Ana Pascual Rodríguez… ¿Caes ahora? –se podría decir que una especie de rictus-sonrisa cínica se dibujaba en la boca del tipo.


–¿Ana Pascual? No caigo Mira…aquellos amigos míos los conozco por el nombre y los apellidos por que alguna vez coincidimos en clase y pasan lista, por eso aunque me digas Ana Pascual, yo te digo… que sí… que pudiera ser… que por lo menos…


–La rubia y pequeñina, un poco gordita… a la que le prestaste un libro de un tal Leopoldo Alas, creo que Clarín le dicen…


–El Peque se le quedó mirando en suspenso. Convencido que ya no había escapatoria, ni mayores posibilidades de evadirse del tema. No obstante se preguntó:


–¿Un libro de Clarín? –caviló pasando la mano por el pelo. Ah sí…


–Pa iniciar en el adulterio las novietas axenas…recalcó con sorna el otro.


–Si ya sé cual ye… La Regenta.


–La muy pendeja se deslumbra con cualquier cosa.

Pasaron unos segundo callados, expectante el tipo, con las velas plegadas, como a la defensiva el Peque.


–¿Entonces que me dices? -apremió el tipo.


–Entoces…¿Qué? –contestó el Peque como cogiendo aire.

El otro mantuvo la mirada fija, sin pestañear.


–Bueno sí –admitió el Peque sin dejar que la bandera arriase hasta el suelo. Si es esa que dices, coincidí y hablé con ella alguna vez, pero nada más.

–¿Pero vamos a ver, quién te dijo que yo me enrollé con tu novia? ¿Quién te metió ese cuento por la chola?

–Ella. Ella misma me lo confesó.

–¿Ella te dijo eso? ¿Ana?

–Sí señor, Ana me lo dijo.

–¿Ella te lo dijo? –repitió con cara de incredulidad

–Ella

–¡Mentira!

–Claro, a más de cornudo mentiroso –sonrió de mala leche el otro.

–Te está tomando el pelo, ya sabes como son las muyeres –aventuró el Peque.

–Claro, me toma el pelo…

–¡Por mis cojones que sí! ¡Seguro! por supuesto… está hablando por hablar ¿de donde si no podía ocurrírsele esa barbaridad?

–¿Y pa que me lo diz? ¿Dí simpático?

–Qué se yo. Te quedra joder. Anda tu a saber. A veces no hay quien las entienda. Hay muyeres que son muy hijas de puta, muy…

–¡Oye tú! ¡Cuidadín con lo que dices!

–Bueno hombre –acertó a disculparse sin atinar a descifrar por donde le podría venir el zurriagazo, o donde posar el pie, sin que la mina estallase debajo. Lo digo en un sentido figurado…


–Tienes razón, seguramente que la tienes –admitió el otro

–Sin embargo, quizá sea mi novia muy hija de puta, pero no es fata, ni nada que se le parezca. No se atrevería a decime una cosa tan grave por decir, pa que me líe a hostiazos con todas las de la ley. No vino a indicarme que había perdido el anillo que le regalara, o extraviado el paraguas. Me dijo que se había encamado con un tipo…

–¡Si claro! y justo viene a meterme a mí en el chanchullo.

–…sabe de sobra que ante una cosa así la voy a liar, seguro que la lío…

–Que se yo, te sale con esas cosas por que te habrá pillado en algún renuncio con otra moza, ya sabes que en esas cosas las muyeres son muy vengativas. Son capaces de inventar cualquier historia con tal de…

–¿Inventar sin más cualquier patraña? – arremetió el otro ¿Inventar también el día en que fue a la cama contigo, la hora y el hotel? ¡Demasiada imaginación le fías!


–¿El hotel? ¿Te dijo el hotel? Esa neña va pa novelista.

–Además que sepas, que no soy de engañar a mi novia. Yo podré tener mil engarradiellas con ella, pero no me lío con la primera que se me cruza por delante –dijo golpeando con la palma el pecho.


–¡Joder que imaginación!

–Nada de imaginación. Me la armará con muchas cosas, pero me lo contó todo y si viene a contarme una cosa así, es por es la pura verdad, verdad de la buena. Es cierto, no me cabe duda.

Otro silencio. El Peque enarcó las cejas, se atusó el bigote y se encogió de hombros.


–¿Qué quies que te diga?…si ella te dijo eso…

–El martes pasado a las cinco de la tarde, en hotel León de la avenida de la Costa y con video porno.


–¿No te contó lo de la cama de agua…? Puestos a inventar… nunca pude imaginar que Ana se le ocurriesen tantas cosas.


–Así que quiero que arreglemos el asunto cuanto antes. El Peque se le quedó mirando entre curioso e intranquilo.


–Afuera en la plaza del Ayuntamiento sin cuartel y hasta que uno caiga –señaló el otro con un leve movimiento la cabeza hacia la puerta.


–Estas zumbao… ¿Qué estás diciendo?


–Lo que te digo, o donde se te ocurra. Salimos…


–Pero… ¿tu de que vas?

–Nos damos un buen repaso a hostiazo que te crió.

–¿A hostiazos? -El Peque le miró incrédulo, parecía no salir de su asombro, al tiempo que cavilaba sus posibilidades que le daban todas las de perder.

–Sí señor. A hostiazo limpio.

El Peque no esperaba el impacto directo. Se quedó pálido. Miró por el ventanal que daba casi a nivel con la callejuela que sube a Cimadevilla, viendo sin ver como pasaban caminando los bultos borrosos. Sintió a los amigos discutir, el mundo seguía girando a su alrededor y él esperando un milagro, ante un inquisidor demasiado informado. Parece acorralado se masca la tragedia, cuando la sidra vino en su ayuda… pasaba el camarero con una caja de botellas del licor de la manzana… cuando se le ocurrió.

–¡Carlos tráenos una sidra que tengo seco el gaznate! –le gritó al par que cavilaba que bien pudiera ser un arma defensiva si se complicaba el tema.

–Si casi no la conozco, con quien tengo más amistad es con la amiga. –se disculpó el Peque


–¿Con la Patricia?

–Sí, con esa.

–¿Así que tienes amistad con la amiga pero le prestas el libro a mi novia? -le dejó caer con ironía.

–Bueno a tu novia la conozco…escúchame…como se puede conocer a tanta gente, por medio de Patricia –con la que coincidí en la escuela- que seguramente me la presentó y por eso crees que somos todos amigos…

–Pero nada más…

El Peque se echó hacia atrás en la silla, ladeando la cabeza para levantar la visual.

–¿Sabes lo que te digo? Yo no me lío a hostiazos ni por mi madre -aclaró.

– No metas a tu santa en este asunto.

– Yo a mi madre la meto donde me sal de los cojones –dijo engallado y elevando el tono de voz el Peque, y continuó:

–No me faltaba más que cualquiera venga a decirme, lo que tengo que hacer con mi madre.

A todo esto, llegó la sidra a la mesa y el camarero se aprestó a escanciar unos culinos.

–Lo que pasa ye que tenéis mucho cuento y en el fondo sois unos putos gallinas, estáis acostumbrados a mucha lectura, tu y toda esa recua de micos pajeros, mucho de parlar de todo, pero sin levantar el culo de la silla y arrugándose cuando hay que facerlo –dijo el otro llevando el dedo índice a los labios.

–Te equivocas amigo, estás equivocado -dijo el Peque jugueteando con el corcho entre los dedos. No nos pasamos leyendo, si acaso estudiando pa los exámenes.

–Estás en un error –aseveró el Peque, más tranquilo al comprobar que pese a la convidada a la violencia pese a la inflamada invitación a la acción directa, la cosa había tomado el manso y trillado sendero de la dialéctica, como para derivar de improviso en un holocausto.

–Tómate el culín –aprovechó para invitar el Peque, indicando al camarero para que le acercase el vaso con la rubia bebida escanciada, con las burbujillas de la manzana resbalando expalmadas por las paredes del vaso.

Tomo la palabra ya que se podría haber armado una zapatiesta del carajo, la mesa comenzó a poblarse al olor de la sidrina, me parece que nunca llegaremos a saber a ciencia cierta si tuvo lugar el fornicio del que fue acusado el Peque o fue víctima de una intriga bien urdida ya que el interfecto no suelta prenda sobre el particular del asunto, aparte que le viene bien a incrementar su fama de jaranero, mujeriego y enemigo de matalas callando y otros testigos que bien pudieran aportar algo de luz, desgraciadamente ya han fallecido.


–¿Quién ye esi punto? –preguntó disimuladamente Pañeda


–¿A mí que cojones me cuentas? –respondió el Peque

Dejó el Peque rodar una mirada por los rostros, buscando engranar con alguna sonrisa socarrona, un leve guiño, unos labios apretados reprimiendo una risita sólo vio gestos serios, atentos algunos, desentendidos otros, somnolientos varios, la sidra corría sin cesar. No creo que acertara a reparar en la mirada cómplice del Ordoqui con el otro…

–A todo esto ¿como te llamas?

–Mi nombre ye Javier y trabajo de soldador en el astillero Marítima del Musel.

–A ti te conozco –intervino el Ordoqui y prosiguió a modo de justificación: hace unos años, cuando era un mocoso trabajé varios meses en el astillero.

–No me suena tu cara –respondió el otro.

–Si te soy sincero tengo que confesar que no me gusta Ana, no digo que sea un esperteyu, pero me gustan más grandotas ¿que quies? aunque yo sea pequeño me atraen más macizas.


–Dirás que ye pequeñina pero ya quisieran muchas tener el culo y la pechuga que tien mi Ana, la verdad ye que gana mucho en bolas. –defendió Javier.

Pasaba de las dos de la tarde cuando atravesaban la plaza del Ayuntamiento abrazados formando una piña y marchaban cantando a grito pelado:


–¡Javier ye cojonudo! ¡Como Javier no hay ninguno!

Solo les faltó sacarlo a hombros o mantearlo, siendo el preludio de una larga amistad… atrás habían quedado vacías varias cajas de buena sidra Fanjul…total pagaba el Pañeda.

Hoy cuelgo una colección de preciosos cuentos de Roberto Fontanarrosa que lleva por título “No se si he sido claro”

MACIZO CENTRAL DE LOS PICOS DE EUROPA

MAJADA LA TENEROSA

PICU URRIELLU

NEVERON DEL URRIELLU

EL URRIELLU

PARDINA Y EL LLAMBRION

PEÑA VIEJA Y EL JOU DE LOS BOCHES

TORRE BERMEJA – TORRECERREDO Y LOS CABRONES

SUBIDA AL NEVERON DE URRIELLU

VISTA DESDE EL NEVERON

LA PARTIDA Y TORRECERREDO

PICOS DE DOBRESENGROS

PICO URRIELLU O NARANJO DE BULNES

EL CUITU TEYAU DESDE SOTRES

CUETO ALBO

TORRECERREDO DESDE TORRE BERMEJA

TORRE BERMEJA

PICO LOS CABRONES

GLACIAR DEL CIRCO DEL JOU NEGRO

DOBRESENGROS

MACIZO OCCIDENTAL Y PEÑA SANTA DE CASTILLA

TORRE DE SANTA MARIA DE ENOL

HORCADA DE DON CARLOS

PUENTE LA JAYA PONCEBOS – BULNES

PUENTE COLINES

BULNES

COLLADO DE PANDEBANO

XATINES

LAGO ERCINA

LAGO ENOL

MAJADA DE LAS BOBIAS

GUARDANDO LAS OVEJAS

ELABORANDO EL QUESO

JITO DE ARIO

Amieva, central de la Jocica. Por Max.

Posted in Asturias, Excursiones by maxalvarez on abril 2, 2009

No hizo falta que el estridente acorde del despertador me alertase, un poco antes de recibir en los oídos tan granada y cruel diana, ya había distinguido una raya de luz que se colaba mustia, por debajo de la persiana. La mañana aparentaba querer proseguir emboscada, con su tosca y desagradable faz, continuaba tal como había amanecido con la niebla por montera picona, restos nocturnos de una desapacible y pendeja noche, la llovizna y la oscuridad cenicienta, se sumaban para disuadirnos de tomar la carretera. Pese a los negros presagios, no nos dejamos intimidar por los síntomas negativos, y emprendimos la excursión. Las vías estaban despejadas, casi vacías, lo que nos llevó a conseguir -en un periquete- recalar en temprana hora, en la primer capital de la Reconquista. Entre medias, el panorama había dado un animoso vuelco, lucía por todo lo alto el sol, en la villa Canguesa, y pudimos recargar el maletero como improvisada alacena, en el siempre animado mercado dominical, con abundantes provisiones de fabas –a solo cinco euros y pura manteca- diversos embutidos y variadas hortalizas, para un sano y posterior disfrute, por lo menos durante unos cuantos días de la semana entrante. Rematamos en especie de provechoso almuerzo, con un agradable paseo matinal, por el entorno del más famoso puente romano de la provincia, y uno de los más hermosos de los que se conservan de aquella época historiada. Después a llantar con buen diente y sin complejos, en uno de tantos, de los buenos restaurantes de la villa de Onís.

A media tarde llegamos al pueblo de Amieva, dejamos el auto junto a la fuente sita al lado del portalón de una vieja iglesia parroquial, a cuyas piedras el sol arrancaba reflejos color miel. Cambiamos el calzado, tomamos los bastones, cámara de fotos al hombro, sobre camisa gris de manga larga, linterna y mochilas repletas con ropas de abrigo y demás enseres, propios para efectuar una precavida caminata. Comenzamos la ruta, según panel indicador, por pista encementada, siguiendo la conocida senda del Arcediano. La idea era acercarnos a la presa de la Jocica –por cierto en ella trabajó de ingeniero el padre del conocido periodista Rafael Reig- y esa obra de los tiempos del innombrable –según cuenta- dio lugar a que conociese a la canguesa que luego sería la madre del escritor. Lucía el sol con ganas, hasta resultaba molesto en las cuestas. Algún que otro coche se aventuraba senda adelante, siempre con la precaución de anunciarse con el claxon, antes de entrar en las curvas, ya que en la mayoría del recorrido, no permite cruzarse a los vehículos. Praderías con yeguas y algún que otro asturcón, con los fresnos sin hojas, asomándose por encima de los muros. Hermoso paisaje de montaña, altas cumbres y montes nevados con el sol derritiendo a marchas forzadas, el blanco manto del oportuno y quizás azucarado disfraz invernal.

Llegados al collado de Angón, nos desviamos por la izquierda -por la derecha discurre la ruta del Arcediano- entre prados y cabañas la mayoría devenidas en lo que aparentan ser acogedores refugios vacacionales, a los que llega a sus mismas puertas el cemento y con ello terreno abonado para el fácil arribo del depredador auto. Llaneando o en suave descenso, alcanzamos en poco tiempo, la central hidráulica del Restañu, obra de los años cincuenta del siglo pasado. En una pared del edificio principal, rezaba una placa con los siguientes datos: Caudal máximo 8.800 l/seg., potencia 14.400 Kw, que seguramente por aquellos tiempos, daba para alimentar unos cuantos miles de bombillas, y así conseguir alumbrar un poco, las oscuras noches del tortuoso y difícil camino de la posguerra –aunque para algunos que todos conocemos, fue y sigue siendo considerada aquella época, como una luminosa avenida, alfombrada de rosas, inmaculada y del gusto supremo-

Pasada la central comienza a empinarse de verdad la senda, y pasa a ser una republicana senda, ahora muy al contrario, discurre entre aroma de plantas y tierra, entre acebos y robles, con la primavera común alegrando las cunetas y revueltas del camino, en una de ellas divisamos a lo lejos, la espectacular cascada que forma la riega –fonte prieta- de Ozania -no dispusimos de tiempo para acercarnos a disparar algunas fotos- la nieve y las rocas calizas, brillaban reflejando el sol amarillento, que preñado de bostezos con legañas, busca acomodo, para irse acostando en el regazo de los montes. Me maravilla mi compañera, esta mujer jubilada debido a la molesta artritis, con el aire al rostro tostado y alegre, nacida a la vera del mar y que llega al final de las cuestas un poco fatigada y sudorosa, pero no solo no se queda atrás en estos terrenos agrestes, que la mayoría de las veces hay que frenarla y darle el alto, no le asusta la noche, aunque después llegue medio muerta al coche, eso sí, siempre con una mueca de cansancio feliz, dibujada en el rostro. Rebasada una pequeña braña con sus cabañas de piedra, el camino desciende y se divisan los restos de los feos casetones empleados en la construcción del muro y embalse del embridado Dobra, ¿por que no demolerán estos informes cachos de hormigón, y se los llevarán a casa dios? La verdad es que desentonan en plena naturaleza. En la base, accesible por escalera de vértigo, aparece el recio talud de cemento armado, que no aparenta pasar de cien metros de longitud, aunque el fondo se presume de tanta o más dimensión en profundidad. Es coqueto el muro, con dos pilastras a sus márgenes y aliviadero en una de ellas, entre medias un semi-arco de grueso mortero. Forma el embalse conseguido, tras arduos trabajos en zona remota de los Picos de Europa, una lengua de agua nieve, que actúa como un espejo en la caída de la tarde, encajonado entre dos verdosos y quebrados marcos, que casi se dan la mano.

Llegados a este punto, después de admirar el entorno, con el pasto comenzando a ser humedecido por el rocío, que intentaba también hacerse presente dejando escarcha en el bigote; Terreno desigual y peligroso aunque contábamos con barandilla protectora a la sima del improvisado mar azul de agua dulce, en dirección al antiguo cauce anegado del viejo río, con la promesa firme de enlazar en próxima ocasión, con la senda del Arcediano en tierras castellanas, juzgamos pertinente el darnos la vuelta ya que las horas de luz que restaban eran pocas, y la noche secreta y tibia, avanzaba veloz a nuestra encuentro, temiéndonos muy mucho, que el último tramo del regreso, lo tuviésemos que hacer sin la cálida compañía de la luna, con la ayuda de la linterna, que como oportuna luciérnaga nos guiase, como así al fin aconteció. ¿Por qué ahora es tan difícil encontrar esos bichos con luz, que conocíamos como luciérnagas? Hace años que no logro coincidir con una de esas misteriosas lucecitas de la naturaleza, en los caminos de la noche, a diferencia de como solía hacer cuando niño, por los pueblos de mi tierra tevergana. ¿Las habrá matado la contaminación? Sería una pena, ya que nos regalaban un halo de misterio y encanto en la oscuridad, eran como pequeñas y refulgentes estrellas verdosas, al alcance de la mano, que contrastaban con los altos e inaccesibles millones de faros, del firmamento despejado.

El libro de hoy es de Julio Cortazar y lleva por título “Un tal Lucas”


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La mar, sus bufones y Cuevas del Mar. Por Max.

Posted in Asturias by maxalvarez on febrero 16, 2009

Hace unos días contemplaba -en las costas del oriente asturiano- la fiereza del oleaje del Cantábrico, todos los indicios apuntaban a que se encontraba la mar de cabreado. Al hilo de la actualidad de la fuerza de la naturaleza y los elementos revueltos y desatados, te paras a pensar un momento y no te queda más remedio que descubrirte, ante unas gentes que embarcados en un simple cascarón se aventuraban y se aventuran, en la mar enfurecida, a merced de unos elementos desatados, batidos cual hoja en la Seronda por el viento de las castañas, con vendaval cercano a los 200 kilómetros por hora, cercados por olas gigantes, y no te lo pierdas, todavía disponían de los suficientes arrestos para trabajar ¡que remedio, les iba la vida en ello! en aquellas condiciones extremas, tratar de meter en las bodegas unos peces hijos de una mar madrasta, que como no podía ser menos defendía cual madre enloquecida y que se resistía con todas sus fuerzas a entregarles. Perdidos y aislados soportando las envestidas por descabalgarlos y engullirlos en la oscura entraña, porfiando durante semanas y meses, se supone que más muertos de miedo que otra cosa, ateridos y calados hasta los huesos, aquello si era y es suprema valentía, seguramente propiciada por la necesidad imperiosa de tratar de ganarse el diario mendrugo de pan para uno y su familia, nada comparable a nuestro temor cuando subimos a una moderna aeronave, rodeados de todas las comodidades y seguridad, y pese a ello nos embarga el terror ante un leve bamboleo de la nave, producido por un pequeño viento de costado, pasamos los minutos o las horas en vilo, sudando sin resuello y sin llegarnos la ropa al cuerpo.

Los bufones eran una verbena, ni sitio quedaba en la caleya para aparcar, muchas parejas jóvenes, con los ojos brillantes contemplando como el sol dibujaba por momentos el arco iris, tratando de esquivar los surtidores y las duchas que el viento hacía descargar sobre sus cabezas, embargadas por el espectáculo que nos brindó gratis la gran marejada. Ese día no se oían las esquilas de las cabras, ni se recortaba la silueta de las vacas contra el cielo azul, las reses permanecían recogidas en los establos.

Peñascos mezclados con suaves colinas forman este litoral, dando la sensación de ser animales marinos varados en la orilla, los hay de todos los estilos, grises y parduscos, otros se podrían tomar como ballenas verdes con el chorro de agua saliéndoles por el lomo, recostadas cachazudas en la arena. Esta rasa litoral surcada por miles de grutas, da lugar a que en ocasiones se forme algún que otro sifón, rematados en chimeneas verticales que antiguamente aprovechaban los diablos del mar para desahogarse emitiendo extraños y lúgubres rugidos. Si tienes la paciencia de observar el suelo, las rocas con detenimiento, notarás que respiran por cientos de poros, descubres pequeños arbustos que son soplados desde las raíces produciéndoles unos extraños temblores, diminutos charcos que borbotean de forma inusitada, y todo esto lo produce el fenómeno de los bufadores, el agua se pulveriza y sale a la superficie impelida por la fuerza de las olas.

Por estas tierras bufonas, anduvo hace más de un siglo el poeta José Zorrilla que había trabado amistad en México, con un indiano llanisco de pro, de apellido Lamadrid. Al poeta le encantaron estas tierras y nos cuenta en uno de sus escritos: “aquellos montes cuajados de sectilares encinas y robustísimos castaños, aquellos maizales sonorosos, tendidos como tapices en las hondonadas de los valles, aquellas rocas escarpadas y cortadas a pico sobre aquel mar rara vez en calma, y aquellos horizontes rematados por un lado en el círculo del agua y por el otro en apilados montes, cuyas espaldas parece que guardan los embrenados Picos de Europa.”

Por la tarde visitamos la playa de Cuevas del Mar para hacer una comparación con la estupenda jornada vivida el último verano en las cercanas playas, éramos un buen puñado de gentes los que permanecimos como hipnotizados contemplando las olas, esperando otra más grande y lechosa. Viendo como se desparramaba por los bolos, la espuma de la leche recién ordeñada por el viento.



El libro de hoy es de Juan Carlos Onetti y lleva como título

“Cuando ya no importe”

Bufones en Primavera y en Invierno

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06-bufon7Fotos tomadas un día de Primavera

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19-dsc_01620001bCuevas del Mar

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Playas de las Cuevas del Mar y San Antonio. Por Max.

Posted in Medio ambiente. by maxalvarez on julio 14, 2008


En la costa oriental asturiana se encuentra el que en su día fue proclamado pueblo ejemplar de Asturias, conocido como Nueva de Llanes. Situado a caballo entre el mar y la montaña, cuenta con un amplio abanico de servicios. Entre su mobiliario destacan varias casonas de indianos, una iglesia construida por la aportación cristiana, fruto maduro de un más que probable hurto, que esos mismos inmigrantes llevaron a cabo en las Américas, cuando nuestras pateras recalaban sin trabas detrás del charco, no como ahora que tratamos de recibir a los descendientes de los que nos acogieron generosamente, internándolos en unas suertes de perreras.

Costa de altos acantilados, jalonada por preciosas e inaccesibles calas –a no ser por vía del mar- Calizas horadadas por la fuerza y la machacona insistencia del mar, muy cerca de aquí encontraremos los famosos bufones de Llanes, las batidas rocas calizas son similares, los acantilados y las cuevas que los convierten en inanimados quesos gruyeres también.

Muy cerca del núcleo habitado se encuentra la playa de Cuevas del Mar, que cuenta con varias oquedades y cuevas, hasta ella llega el asfalto. Un poco más alejada tenemos la playa de San Antonio, más pequeña, proporcionada y hermosa, solo puedes acercarte caminando y gracias a ello se conserva semi-salvaje, a su lado se conserva la cala que aparece en alguna de las fotos y que es más bien para disfrute visual, a no ser que dispongas de lancha, ya que es inaccesible desde tierra, aunque si dispones de una cuerda pudieras emulando a Tarzán descolgarte en ella. En su derredor coronando el acantilado de calizas verticales, se enseñorea el verde césped moteado y cuajado de gotas de lluvia. Destaca y se aprecia una inmaculada limpieza de la arena, las aguas ni te cuento, son de un verdor que parece irreal y que conste que las fotografías se tomaron en un día plomizo con ratos de pertinaz llovizna. Son paisajes que te hacen olvidar el mundo, que te transportan a un universo de hace miles de años cuando los animales de dos patas no habíamos alcanzado a degradar este heredado solar.

Si eres marinero de agua dulce te puedes aventurar en el descenso del Sella en piragua, no en vano distas apenas ocho kilómetros de Ribadesella desembocadura del río. Con un poco de suerte en la misma villa podrás visitar la cueva de Tito Bustillo con importantísimo arte prehistórico. Los ya citados bufones están a tiro de piedra y un poco más allá luce majestuoso el parque natural de los Picos de Europa. Es lo que tiene nuestro particular paraíso, que puedes pasar en menos de una hora de una cala perdida y salada –por partida doble- al píe de una alta cumbre.

El libro de hoy va de un gringo singular y plural, el gran escritor William Faulkner.

Absalon- Absalon Por William Faulkner

Cala

Entrada a la Cala

San Antonio