MAX Y LOS CHATARREROS

Recuerdos aldeanos, camín de Marabio. Por Max.

Posted in Asturias, Recuerdos by maxalvarez on mayo 13, 2011

¡Que le vamos facer! de vez en cuando me apetez xuntar letras, tengo el vicio enraizau, reconozco que así entretengo el monótono paso de las horas, espantando a su vez el pernicioso aburrimiento, pero no dejo de preguntarme, si verdaderamente: ¿merecerá la pena dejar constancia de unos recuerdos de infancia que quizá a nadie interesen? Dirán que es vano -con la que está cayendo- perder el tiempo pulsando teclas… puede que sea esta la válvula de escape que nos queda a unos cuantos antiguos a la fuerza de tan viechus, que disfrutamos rebobinando a nuestro antojo. Aparte de la íntima satisfacción de auto-engañarse, creyendo que los hechos se vuelven más reales por tenerlos plasmados como caprichosos garabatos en una hoja, fijados y modelados a nuestra manera, con la inestimable y correctora ayuda del olvido. Conscientes de la imposibilidad de volver a vivirlos, aunque al pasar esos recuerdos al papel, esperas cobren una nueva dimensión, o por lo menos como mal menor, que sirva para librarte de ellos, posarlos, descargarlos de unos hombros, que se van agachando con el peso de tanta carga de sentimientos, alegrías, frustraciones y sobre todo del cruel paso de los años. Estoy convencido que la completa felicidad es el estar papando moscas, soñando despierto, pero esa cabrona placidez, se parez tanto al ensueño que sustenta el feliz recuerdo…

Para los que nada conocen de aquellos tiempos, y que consideran a los campesinos como unos redomados haraganes, por que ven ahora, sus campos abandonados y en barbecho, les tengo que decir que hubo otra época en que por aquellos paraísos perdidos, reinaba la febril actividad. ¿Qué les puedo contar a esas gentes de ciudad, para tratar de convencerles? Pensarán que son puros cuentos. ¡No os engaño! era en verdad dura la vida de unos aldeanos, que no notaban la diferencia entre un laborable y un festivo, y si pretendían feriar, eran conscientes de lo que les esperaba: madrugar primero y doblar después el espinazo hasta las tantas. Estoy seguro que ni por asomo se imaginan lo que es subir a Santana lloviendo, con la niebla queriendo traspasarte los huesos, dejar atrás Piedrachonga con el aliento convertido en escarcha, en cuanto osa abandonar tu boca. Arrear las vacas refugiado bajo un simple paraguas –que tapa lo que tapa- con las nubes xarreando si dios tien agua, y el frío nordeste castigándote sin piedad los riñones.

Comenzaré por lo que tengo más a mano –no en vano allí pasé mis primeros años- un pueblo, Prau, con sus caleyas de tierra y su Río casi seco, sus prados floridos, que en verano hervían de saltamontes a la hora de la siesta, y que al llegar la noche se agazapa como temeroso, detrás de la peña Gradura, acurrucado en silencio, debajo de las bombillas y faroles, nublados por un halo de insectos. Un concejo, Teverga, al que siempre llevaré muy dentro, por que de allí proceden mis raíces que me unen con la tierra donde nacieron y murieron los abuelos, delicadas raíces que te sueldan con la forma de hablar de sus habitantes, como piensan, las costumbres, los alimentos, el perfume de la tierra, de sus aldeas, del mismo aire. A tan poca distancia de las casas de los tíos, donde los dos primos eran compañeros de fatigas, a cualquier hora, para jugar a la pelota, a la piesca, o lo que se terciase; al oscurecer bajo el foco del palo de la luz, o el de la puerta de entrada a la casa de los abuelos; haciendo un alto al xuegu, cuando entraba en escena algún sapo, que osaba ponerse de pie y estiraba el pescuezo para tratar de comerse los insectos que se emborrachaban de dar vueltas alrededor de la luz y llegaban a su alcance, hasta cerca del nivel del suelo, y que presto era alejado del lugar, a palazo que te crió.

Los orgullosos habitantes de las calles asfaltadas, nunca tendréis oportunidad de ser cautivados por la magia de los arroyos, por esos reinos de los espejismos, de fantasmas sin cuento; hogar de entes misteriosos, donde en la noche surgen cosas que no existen, donde se oyen ruidos desconocidos, donde de pronto te tiemblan las canillas sin saber por que. Sumidos en la sombra, sin luna que les acompañe, los arroyos imponen; aúllan y braman las torrenteras, cuando las cabalgan las tormentas, cargadas con sus rubias y rizadas melenas de arcilla, mientras el resto del año fluye su hilo de agua silencioso y puede que hasta pérfido y sibilino; por el contrario se muestran sublimes bailando al sol naciente, chapoteando suaves, entre riberas de esbeltas y tiesas varas de avellano.

En otras ocasiones, de los manzanos en flor, mecidos por la brisa, se desprenden remolones copos de nieve, formados por pequeños pétalos, que antes de posarse, planean con gracia en el aire, hasta cubrir la florida y alta hierba de mayo, donde da contraste al blanco y mullido lecho, unos bordes creados por alineados riegos de cientos de diminutas copas de sangre, que la esplendorosa luz de primavera consigue de las amapolas, que se destacan tiesas y orgullosas desde el suelo, creando una colorida y preciosa alfombra mora.

Sentir el sol de julio llegar a raudales al portal del molino y contemplar como arroja su cálida llama sobre un suelo de tierra oscura primero, después de piedra y madera, pasadizo pisoteado por las madreñas de tres generaciones de aldeanos. Los olores del campo llegaban también, emburriados por la brisa ardiente, olores de yerba, de espigas de pan de escanda, de hojas quemadas por el sol de medio día, mientras los saltamontes se desgañitan, con su claro chasquido, que seguramente era imitado por los silbatos de agua que nos vendían a los niños en las ferias…

Es Teverga tierra alta y hermosa, que tan pronto se alza al cielo en sus lomas e imponentes peñas calizas, como se arrodilla y arrastra en el valle. Silba allá el viento entre poblados y orgullosos castañeos y robledales, y riza aquí mientras aletean, las pequeñas y finas hojas de los fresnos. Regada por cientos de caminos reales y senderos, tantos como pies que los buscaban y transitaban a todas horas. Se hunde el sendero entre el follaje, se adentra y baja a las hondonadas, se enloda en las charcas, mientras en los pelados calveros los tuesta un sol inmisericorde. Crecen en las veras de sus caminos –más o menos reales- las zarzas, los miruénganos (fresas salvajes), los arándanos y los olorosos espinos, mientras a su vez los perfuman también –sobre todo al terminar el invierno- las primaveras y los lirios; el álamo gigante -desde sus altas ramas- los contempla, saltar sobre sus raíces, subiendo y bajando a pueblos, brañas y montes.

Y ya metidos en harina seguiré con uno de los especimenes que habitaban aquellos parajes. Ojillos pequeños e inquietos, bajo cejas pobladas; la frente estrecha, las orejas como de vejiga transparente, grandes y caídas –pura oreya yarga- la cara esculpida en madera vieja, la boca pesllada con firmeza; la nariz chata, el pelo tieso y corto. En la voz, en la consistencia del mirar, en el entrecejo fruncido y elevado, aquel hombre daba sensación de gallardía, de haber tenido que permanecer siempre estirado, en todo lo poco que podía dar de sí, desde que un día ya lejano, se decidió a levantarse y comenzar a caminar. Pequeño y fibroso, los brazos nervudos y con venas gruesas y en relieve, las manos con dedos largos, nudosos, duros, cual patas de cangrejo, huesudas y ásperas y cuyas palmas daban la sensación de ser mariechas, de tantos callos como tenían. Analfabeto sí, pero con mucho mundo, no en vano había pasado bastantes años en la Perla del Caribe. Trabajador incansable. Ese era mi abuelo Avelino, habiendo sido al mismo tiempo: minero, ganadero y labrador.

En esta tierra de los abuelos, la mayoría de la xente vivía de trabayar en la mina, que complementaban con algo de ganadería y cuatro cultivos de la tierra –pa ir tirando- Desde hacía la tira de generaciones, pacientes y alegres, tomaban mucha leche, comían cocidos adobados con chorizo sabadiego y carne de gochu, cenaban papas de maíz, y pa celebrar las fiestas o la venta de alguna res en la feria, se facían un homenaxe, fartándose de carne guisada en un chigre de la Plaza y bebiendo buenos caclipaos de vino de pellejo traído de León, aunque después terminaran -bastantes veces- desandando el camín, poco menos que a rastras.

Hago un alto en el camino, para dirigir una rápida excursión al corazón propio, centro de ese mundo interior de los descendientes de buenos aldeanos, normalmente ignorado por los de la ciudad, que viven más de cara a la galería ¡Como me asaltan los recuerdos de mis paseos de muchacho! Me imagino en la tarde, sentado en el sillón de mimbre del abuelo, viendo desde la galería la puesta de sol por Santa Marta, recordando los avatares del pasado, siendo abordado por el recuerdo del olor de la tierra húmeda, mezclado con el perfume de las primaveras, de las que se descuelgan cual perlas cayendo perezosas, las gotas de la rociada; sintiendo el roce de los ramajes en la cara, con el calor del astro rey hundiéndose en el agua del regato y la tibieza húmeda de sus primeros rayos, mientras con el aliento afanado asciendo el bosque de la Melendral, arreando el arrimo al prau de Bobia de una recua de vacas… todo ello me viene a la imaginación como si estuviese ocurriendo ahora, sin tener en cuenta que han pasado más de cincuenta años.

Un mundo perfumado conforma el ameno recuerdo, los objetos están presentes son reales, arriba el desván, cargado de cosas ya inútiles, lo que parecía inservible allí era confinado; benditos muebles amigos, la mayoría de ellos ya desaparecidos, aunque desde la niñez los sigo teniendo presentes, muy cercanos ¡me recuerdan tantas cosas! Alegrías, tristezas, fechas, horas sombrías o dulces; cosillas insignificantes, que en cuanto las descubres en un rincón de la memoria, se tornan en fieles y antiguos testigos ¡de tantas cosas! de facciones semi borradas, de ojos amantes, de bocas y voces perdidas para siempre.

Cuando se terminaba de recoger la yerba, había que comenzar a coyer la espiga, pa después de molido el grano, poder amasar y cocer, el pan de escanda; trabajo que también se hacía en el forno de cada casa. La abuela cocinaba pa un regimiento y se pasaba el tiempo fregando pilas de platos en un balde en la cocina. Al tiempo que cocinaba potadas de ortigas pa los gochos, acudía a echar maíz a las pitas que se entretenían todo el tiempo, picoteando y escarbando con sus patas el polvo de los caminos, en busca de lombrices. Molinera por temporadas, bondadosa, con la puerta abierta a todos los caminantes, y con la mesa puesta para quien picase a su cancela. Estos eran los aldeanos que producían carne y huevos, y que la necesidad los llevaba a vender por unos miserables céntimos, y privarse en muchos casos de comer ellos mismos, aquellos ecológicos, exquisitos y auténticos manjares.

Llegaba la época de dir pal puertu, y había que dormir en Marabio, bajo las estrellas, y arreglarse con la luz que da una palmatoria con una vela prendida encima. ¿Como se les ocurre tachar de folganzanes a los teverganos? Seranlo si acaso los de ahora, pero no los anteriores, por ellos pongo la mano en el fueu. En estas acogedoras tierras no se solía desconfiar de los demás, bastante desgracia tenían con soportar la cruel dictadura fascista, como para andar recelando de tus semejantes. El camín del puertu se encarama a la roca, serpentea, gira, va, vuelve, sin jamás perder de vista la mayoría de un valle lleno de árboles, lleno de arroyos, pleno de vida y frescura, que desciende hacia Entrago, dejando ver en el horizonte a Peña Negra, Peña Chana y Peña Ubiña; que pasa recto bajo las blancas enaguas de recién casada de la Mucheirina, así sube el sendero a Marabio, indiferente y retorcido, acompañado a los lados, no se si por yerba guinea, pero pequeñas margaritas había abondas, escalando el cerro, como mullida alfombra.

Bien a menudo, el sol hervía y hacía retorcerse bajo su fuego, las diminutas hojas de los fresnos que escoltaban el sendero, a su vez el viento calentucio que por Ventana llegaba de las Babias, las hacía temblar. Era asignatura bien aprendida por los lugareños, el manejar con soltura, la guadaña, el pico, el hacha, la pala y la azada. Rozar los prados, arrancar las ortigas y los artos, llevar las vacas al toro o al veterinario para la inseminación artificial. ¿Todavía se atreverán a decirme que los campesinos del pueblo yeran haraganes? Que tan pronto estaban en el pico Calduveiro detrás de una yegua, como traspasaban el alto Santiago buscando una novilla, o bajaban desde el canto del Pládano a la ermita de Santana, en cuatro zancadas. Puede que hasta algún día tuviesen que arrear a una vaca vellada con un xatín detrás, desde el lago la Tambaisna hasta la Plaza, pa venderlo por cuatro cuartos, en la feria de Cuarín, y quedar expuestos a llevar una cornada, de una vaca enfurecida por que le han vendido el xatín.

Xentes que se pasaban metidos a todas horas en el humedal como hongo enterrado en el barrizal. Al terminar el día, les comía la oscuridad, por doquier les aparez un fantasma, mientras la noche grita sin descanso, por boca de los condenados perros. Si tienen un minuto libre se ven forzados a reparar la soga desflecada, componer el aparejo de la mula que está a punto de romperse. Ordeñar a la mañana y a la tarde, curar las heridas de las reses, cebarlas, echarles sal en el pesebre, mullirlas, barrerlas. Soltar a mamar a los xatos. O cuando toca sembrar, trabajar en el maizal, sayando, desyerbando pa que la maleza no se trague los cultivos, quemando los rastrojos, catando cestados de hortigas pa cocer y con ello engordar los gochos, arreglando la empalizada que en mala hora se llevó la crecida del río, estirando la vieja alambrada de púas, tronzando y fendiendo, los troncos secos para usar como leña en el fogón; cuchar la tierra, cargando primero el abono en los esterones que iban encima de la albarda del animal, para descargar después y todo ello repetido durante unos cuantos días seguidos. Coser los esterones, componer las angarillas. Recoger las avellanas, las nueces, las manzanas y las castañas. Y que decir de cerezas, ciruelas y figos que servían pa endulzar el paladar y complementar la dieta, pero hay que recogerlas antes pa poder tenerlas en el plato y en la boca. En el campo se aprovecha todo, si bien es demasiado pesada el hacha, la tela de las camisas es exageradamente recia y seguramente rozaría las delicadas pieles, de los mírame y no retoques, habitantes de la ciudad ¿y esos seres enclenques pretender mirar por encima del hombro a los aldeanos?

Y que decir de la abuela, que echaba de comer a las gallinas, que fabricaba el queso picón, que firía la leche pa sacarle la dorada manteiga, que atendía solícita al abuelo y a toda la familia; y que hacendosa barría a diario la antoxana, que fumeaba el fogón de madrugada y tenía el café colado de la manga antes de las siete y el chocolate bien caliente y espeso. Arrancando las patatas, arreglando el huerto, faciendo las morcillas y las longanizas cuando la matanza. Que con gran maña desgrana el maíz y muele este y la escanda, pa facer boroñas, tortas o pan que golían que escoñaba. Como no había televisión, a medio día bastaba una llamada de la abuela, para que todos sus animalitos de dos patas, se alinearan en la larga mesa reluciente y gastada por su continuado uso, sentados en dos bancos corridos y dispuestos cada uno en su específico lugar.

No te dejes engañar por el aparente andar cansino del aldeano, los días son largos y el trabajo no acaba nunca, aunque para ellos al final la jornada siempre se queda corta. La tregua no existía para el hombre del campo. Al amanecer antes que el sol convirtiese en precarios espejos las fueyas de los castaños, haz cuanta ya que trajinaban ellos. O cuando ya soñoliento los ojos se atreven a buscar el catre, le pesa al hombre doblarse para quitarse los calcetos de lana, diz que está galdiu (cansado) y no es para menos, uno de la ciudad en su lugar estaría poco menos que muerto.

En la nuechi, sobre nosotros la reluciente herradura del cuarto menguante, despierto o durmiendo en el solitario monte, dentro del pachar, entre la yerba o en su defecto en una estrecha cabaña en la que apenas cabe el jergón del catre, con el viento llegando por la techavana y con fuerte olor a estiércol; expuestos a ser colonizados por cachiparros (garrapatas), que suelen pasar a las árgumas –desprendidas de algún animal- y que al rozar en dichos arbustos -que pueblan los senderos- se encaraman presurosos en tus ropas… y que costaba la de dios el arrancarlos de la piel con las uñas, ya que a menudo les quedaba la cabeza clavada, con lo que volvían a reproducirse. Los pequeños ventanucos que dan al exterior, aparecen cargados de telas de araña que remedan filosas cortinas, así como también cuelgan de los techos de las cuadras y ante los que hay que ir agachándote para tratar de esquivar tan livianas telas.

Era un día cualquiera, caía sobre el camín de Marabio el pesado calor de una tarde de verano, y aunque no soplaba brisa alguna, ascendía del suelo un polvillo rubio, arcilloso, opaco, asfixiante y cálido que se pegaba a la húmeda piel, cegaba la vista y hasta te penetraba en los pulmones. La niebla se alzaba como copos de nieve flotando, el ambiente estaba pegajoso, presagiando tormenta. Al poco llegaba ésta con fuerza, viéndonos obligados a soportar aquellas escandalosas tempestades, de rato en rato venía el fogonazo de luz clara, rápida, y resonaba el trueno con que parecía querer reventar el cielo.

Claro que hay marcadas diferencias ¿quién lo duda? entre gentes trabajadoras, sufridas, más o menos conformes con su vida miserable, mal calzados y quizá bastante sucios; y los otros: codiciosos, fatuos, vacíos, innecesarios, retorcidos entre sus lacras morales. Yo siempre defenderé a los primeros, pa los de la ciudad no tengo más que pedorretas.

Explosión de grisú en mina la Fabariega. Por Max.

Posted in Cuentos by maxalvarez on octubre 19, 2010

Para Andrés había sido un día de despedidas, primero en la escuela con el final del que era sin duda su última jornada de clase y el remate del curso del adiós. Aparte llevando en mente, de una manera no del todo consciente, que estaba a punto de cambiarle la vida, el destino comenzaba a definirse. Dentro de en un par de fechas, su padre le tenía apalabrado el que comenzase a trabajar en la mina de la Fabariega; el invierno pasado había cumplido los catorce años, e igual que antes había sucedido con su hermano mayor, le llegaba la hora de ganarse el sustento y llevar unas monedas a casa, que ayudaran a la manutención de varios hermanos más pequeños, que venían detrás emburriando, con hambre atrasada y dispuestos a comerse a dios por una pata.

Las necesidades en la casa eran muchas y su padre José, estaba enfermo de cuidado, cargando con la fase final de una silicosis de primer grado. Antaño recio picador que apodaban “el Fierro” y bien seguro había sido más que eso, un acero fino de alta calidad, ahora convertido en un guiñapo, trasto inútil, en un joven viejo, impedido para todo trabajo, la mirada perdida, los poros de la cara rellenos del polvillo del carbón, las más de las veces respirando con dificultad y renqueante ante el más leve esfuerzo físico.

Muy joven había comenzado José en la mina, había sido un verano demasiado caluroso, la tierra castigada con saña por el sol castellano, que llegaba por Ventana, se deshacía como boroña en la mano, y bajo el pie crujía como arena, las caleyas ardían como zanjas de lava, los animales eran devorados por las moscas y no tenían ni fuerzas para espantarlas con el rabo. Había sido un año muy duro, así que pese a su corta edad, tomó la determinación de meterse en la mina. Poco después sus vigorosos brazos manejaban con inusitada soltura la piqueta con diente de acero, que gracias a su fuerza y al ser todo fibra, se hundía en la beta del negro mineral, como si de manteca se tratara.

José era analfabeto, pero había procurado que todos sus hijos fuesen a la escuela y aprendiesen a leer y escribir y por lo menos las cuatro reglas fueron obligatorias para todos sus hijos, tanto hembras como machos. Tenía conciencia de su cruel destino y se lamentaba a menudo; se puede decir que últimamente estaba siempre que le llevaban los demonios, trataba de consolarse: ¡Pobre viejo! ¡Que suerte tienen esos miserables! que agotan nuestras vidas, nos chupan la sangre, dejándonos secos, convertidos en guiñapos, si supiesen la fuerza que tenemos y de la que ni siquiera nosotros somos conscientes, seríamos tenidos en cuenta y se mirarían muy mucho en pisarnos la cabeza. Se encorajinaba tembloroso resoplando fatigosamente, con la mirada perdida en el vacío, pareciera imaginar en lontananza una ola humana imponente, formada por famélicas legiones, que lo arrasasen todo a su paso, enarbolando el harapo como bandera, y de paso desterrar por siempre el pernicioso credo de servidumbre que en mala hora les habían legado sus ancestros. Con los años se había vuelto un convencido comunista.

Solía caminar con paso corto, por los alrededores de la vivienda, vistiendo bombachos azules, alpargatas teñidas del color del polvo y una boina capada -que fue negra de joven- ladeada en la cabeza. Hay que reconocer, que había sido demasiado penosa aquella vida que le había correspondido en esa lotería de suerte desgraciada. Años de sudores, de oler a cuerpos reventados de trabajo, de soportar el polvo negro al respirar, que teñía su piel blanca, que envolvía el ambiente y se posaba mezclándose con el agua de los manantiales, cortados en el avance, que se vieron obligados a mudar el color transparente de sus cristalinas aguas, por el de la desleída anilina, amén de variar su enterrado curso. Cruel destino para un trabajador sin tacha, el terminar hecho un despojo humano.

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Era el muchacho Andrés –aspirante a ingresar en breve en el gremio minero- rubio y larguirucho, todo fibra –decían que se parecía a su padre- la cara flaca y demacrada, ojos claros y vivos, toda la experiencia con la mina se limitaba al haberse adentrado, con el “pá” en una ocasión siendo aún muy niño, en el oscuro agujero, llevado de la mano a través de una bocamina de montaña, y recuerda con recelo que sintió angustia, frío y humedad mezclada con un olor extraño, penetrante que despedían el mar de cuadros de madera que hacían de dosel y las humedecidas traviesas sobre las que se asentaban los rieles, y sobre las que tenía que estirar la zancada para ir de una en una, toda esa aventura vivida cuando regresaba un día de verano de la yerba de Praumedio, y le había pedido aventurarse en el gran ojo ciego, en otras ocasiones solía quedarse embobado viendo surgir en la altura como una aparición, lamiendo las copas de los espigados álamos y castaños, el tren aéreo que transportaba el carbón de la mina al cargadero, situado en las inmediaciones del pueblo de Santianes. Le maravillaban aquellos caxetos que se deslizaban colgados de un grueso cable, llenos a rebosar del negro mineral y que como por arte de magia –la explicación del secreto le vino tiempo después- debido al propio peso del mineral elevaba por el cable paralelo otro cajón gemelo cargado de herramientas, combustibles o maderas para postear las galerías de la mina, y con el que se cruzaba a toda velocidad.

En su belfo superior se apuntaba algo más que pelusilla, síntoma del paso obligado de niño en adulto, había crecido cerca de la mina y no se sabe por que, le venían a la memoria conversaciones medio olvidadas de los mayores, sobre los peligros del trabajo en esos oscuros agujeros –en su fuero interno soñaba con tomar el relevo de su viejo y ser algún día tan buen picador como él- le entraba un cierto temor al recordar lo que decían del grisú, el aire viciado y el calor insoportable de aquellas ratoneras, en que pronto ingresaría sin remisión. Su hermano Ramón -cuatro años mayor- ya rezaba como ayudante de picador, se consideraba y era en realidad el sostén de la familia lo que le permitía sentirse mayor y seguro de si mismo y ser la sana envidia de su hermano, dormían en la misma habitación.

–Ramón ¿crees que yo podré tchegar a ser tamién picador como tu?

–¡Que vas a poder enano! si casi no puees con una piqueta, menos lo vas a lograr con los modernos y pesados martillos neumáticos –le tomaba el pelo.

–¡Mira que bolona tengo! –le desafiaba Andrés doblando el brazo izquierdo en ángulo, mientras apretaba con la mano derecha el supuesto abultamiento del biceps.

En la operación del trabajo del muchacho, había entrado también la venta de la mula Diana pelo negro y reluciente como el azabache y que era el orgullo del chiquillo por fuerte y veloz en las competiciones con sus compañeros de la infancia, así procuraba cuando era encargado de cuidarla, llevarla a pastar por los caminos, los mejores cardos y la pación más florida, condenada recientemente igual que él por pura necesidad, desde entonces, la una a arrastrar un tren de pequeñas vagonetas cargadas de estériles hasta la escombrera, el otro a enterrarse cuando la vida amenazaba con querer despuntar su primavera.

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Tres valles se suman para dar forma al concejo de Teverga: Val de Sampedro, Val de Carzana y Val de Santivañez, remedan las ondas del medio oxidado cuenco de hojalata, empleado antaño por las abuelas, como molde de sus deliciosos dulces. En las escarpadas laderas de sus bosques, los árboles crecen derechos y verdes, sus ramas son mecidas con gracia por la leve brisa; las aguas trasparentes, se deslizan campo a través, orilladas de flores, entonando su atrayente son, pleno, acompasado y musical, dejando tras de sí, una vasta y linda alfombra de colorida y permanente primavera.

Es la Carrilona una cuesta caleya del pueblo de Prau, piso terrero con bastantes piedras sueltas. A ese marginal camino se asoma elevada sobre un grueso paredón de piedra, la casa de planta baja que habitan desde hace casi veinte años la familia de: José –el Ferro- y su esposa Rosa; hasta siete hijos tienen –tres machos y cuatro hembras- a los que a duras penas van sacando adelante, y más desde hace un par de años en que el patriarca se ha convertido en una caricatura de lo que fue.

Tienen doble mérito estas heredadas casonas antiguas, convertidas en altares de los recuerdos, entre sus paredes se guardan y atesoran evocaciones impagables de la infancia, de los padres y hasta de los abuelos, de sus oscuros rincones emergen memorias sorprendentes y medio olvidadas, que nos cautivan y hablan con cariño del pasado. De entrada un techado portalón a teja vana, del que cuelgan los aperos de labranza, varios manojos secos de orégano y tomillo, en la pared a un costado tiene una puerta metálica, que da acceso al horno de cocer el pan, debajo aparece un montón de maderos apilados y ordenados para el fogón.

Un grueso tuero de fresno con un hacha de mina clavada en él, da fe de una reciente labor de corte de astillas. Al lado va un largo asiento de madera que se arrima a la pared y sirve como centro de reunión a la caída de la tarde, está orientado al sur y guarecido del frió nordeste, y recibe los últimos rayos tibios que el sol se digna dejarnos antes de acostarse por Santa Marta, a la derecha una cuadra con dos vacas y un xato, y un hueco vacío, que hasta hace unos días ocupaba la mula Diana, aledaño, un pequeño corral, con una caseta donde Rosa al anochecer contaba las gallinas subidas en los palos, recogía los huevos y trancaba para que no entrase la rapiega de madrugada, más alejado se oía el gruñido de los puercos en la pocilga.

Como pobres aldeanos cuentan con escasas posesiones, si acaso dos diminutos huertos y otro más grande en renta y cuatro pequeños prados, todos heredados y que escasamente permiten cultivar unas hortalizas en unos, y dar pasto a no más de tres vacas dedicadas a la cría de xatos y dar un poco de leche en los otros.

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La estancia está en penumbra, desde el ventanuco sin cortinas que da al este, se cuela un mustio rayo de luna que apenas permite distinguir los modestísimos muebles, el piso esta formado por recios, oscuros y gastados tablones, en que los nudos dan la sensación de ser de castaño, vigas y pontones de madera en el techo, con trozos de pintura blanca levantada y múltiples desconchones, en el centro de la estancia se descuelga un cordón trenzado y amarillento, que algún día fue de color claro, y termina en una bombilla apagada; las paredes desiguales y encaladas, la puerta por el lado interior, tiene clavada una percha de la que cuelgan varias prendas ajadas, en las que se destacan irregulares remiendos y apretados repasos, al fondo un pequeño armario de dos puertas, un par de toscas camas con jergón de hoja de maíz que ruxe al acostarse encima, separándolas está una raída y deshilachada alfombra con demasiadas huellas del tiempo y una diminuta mesita que preside un viejo despertador de cuerda, y sobre la que también descansa recostada una pera, para encender la luz, guarda la rinconera dentro, una bacinilla de porcelana, debajo en el suelo y justo en la esquina, se sitúa una palmatoria hecha de hojalata, con una vela a medio consumir. Elevada por encima, a media pared, aparece colgada una foto de los abuelos maternos, sobre la cama de la derecha una tabla oscura mantiene apilados varios libros con las pastas sobadas, en un lomo se puede leer “Cuesta abajo” por Leopoldo Álas Clarín. Afuera un perro ladra con enfado.

Los dos hermanos de disponen a dormir, el mayor mirando al techo, en su cara se dibuja una mueca de felicidad, ensoñadora, es seguro que alguna musa ronda su cabeza, el pequeño tapa la tiesta con la colcha.

–Ramón, ¿tas durmiendo? toy asustao, ¡tengo mieo! –dice mientras se destapa.

–Hay que ser valiente, en la mina aunque sea oscura, nun te come naide.

–Ayer nun te lo dixe, pero soñé que explotaba ese gas que hay en las minas.

–¡Serás cagón y miedica! ¡Duerme no pienses!

–Pa ti ye más fácil, como siempre tienes a tu Ana en la chola.

–¡Ramón! el otro día estuve leyendo lo que tienes anotao en la libreta de pastas duras -me daba la risa hermano- estás coladín, esa novia tuya te trae a mal traer –se nota que el muchacho quería espantar fantasmas y para ello trataba de alargar la conversación como fuere.

–¡Que sabrás tu, mocoso! ya te tchegará la hora.

–Cualquier día vaste con esa monina y nos dexas solos.

–Ye de ley que un día non muy allá, espero prosperar y ya sea xunto a Anita, o sin etcha, trataré de tchevaros a todos a vivir en la ciudad. A Xixón a poder ser.

–¿De veras faerías eso por nos? –le preguntó el muchacho

–Métete en tu dura mollera, que el ser minero no está reñido –sino todo locontrario- con ser leal a la familia, saber pensar, leer o xuntar letras, el trabayar en la mina ye ante too una razón de vida y el tratar de prosperar una razón de ser de etcha.

Aquella libreta era el desahogo del joven minero, también borrador y testigo de las sentidas cartas que todas las semanas, salían en manos de Antón el cartero camino de Xixón, que era donde vivía Ana la mayoría del año, descontando apenas un mes en que regresaba con su familia al palacio de los Miranda en la parte alta del pueblo, y que servía para que al joven enamorado le cambiase la cara, y anduviese más alegre que unas castañuelas, la escasa distancia que le separaba de la casona de su joven amada. De esos renglones a los que la curiosidad de Andrés había tenido acceso, entresaco unos sentidos párrafos escritos por el interfecto, a propósito de la presentación de la susodicha a sus padres:

“…llega sonriendo como un soplo de primavera en pleno invierno, adelanta un par de pasos garbosos con sus zapatos de charol de tacón bajo, golpeando con gracia sus rodillas la tela de su vestido con un débil ruido de visillo que sacude la brisa; se detiene, al tiempo que tiende la diestra a padre -siempre cálida, su contacto es caricia que agradecen las palmas frías- y da un par de besos a madre.

Madre azorada la invita a pasar y sentarse en la cocina, lentamente desabrocha los botones de los tajos de los ojales de su prenda de abrigo –aunque ya la conocían desde niña, todas las miradas están fijas en mi prenda querida- estira las puntas de la blusa-camisilla blanca, a continuación plancha por atrás la falda con la palma de la mano, parece tan fresca, femenina y juvenil como acostumbra, gentil y ligera toma asiento.

Aunque está a mi lado me quedo en suspenso, mirándola y felicitándome de la inmensa suerte de haberla conocido… aquellos ojos grandes y almendrados, de apariencia oscura y sin duda risueños, de mirada limpia. Sus labios entreabiertos son todo un poema, esparcen serena candidez de fruta madura cargada de almíbar, pura miel en panal de laboriosas avispas, labios perfectos que crean en su faz un delicado piño de rojas cerezas, amén de tiernos e infantiles; boca fresca como lago inmenso y no por su dimensión, apropiada para dejarte atrapar hundido para siempre en ella, hecha para besar y ser besada sin que nunca te llegue el fin. No hay nada que se pueda comparar con unos labios sangrantes, suaves y tiernos, diría que la piel de sus belfos, parece tan fina como la tela de seda, sedosa, dejándose deslizar silenciosa, entre las nalgas respingonas de una linda hembra, su contacto es una caricia furtiva. Lleva prendida en su precioso hocico, una rosa encarnada que no se marchita nunca, eterno manantial, como decía la poesía que nos recitaba en la escuela el maestro don Octavio y que nunca olvido: “…boca besada no pierde frescura, que se renueva como hace la luna…” Siempre roja, siempre suave y blanda, bajo la luna redonda o cornuda, cada noche clara, las rayitas pardas de sus ojeras, que son tan negras como la semilla de la amapola, agrandan sus ojos soñadores, seducen sus púdicos labios, sin necesidad de retoques, al natural, sin una gota de pintura. Su delicioso morro es un tierno desafío a la imaginación dormida.

Frente hermosa, ancha, con un mechón de pelo liso cayendo rebelde sobre ella, cejas marcadas con trazo fino, mansa ola en mar sereno, luna llena, canción antigua. Espalda recta bien formada, talle gentil, porte gracioso. Tirando a morena, esbelto cuello. Nariz airosa. Cuerpo flexible, de apariencia escurridizo. El perfume de azahar que invade su reino de las flores, es una manía pertinaz sentida por un obseso y hechizado. Lleva el pelo corto como ingrediente masculino, y tiene ese cuarto sentido de lucir siempre cual muchacha, aunque a sus espaldas se sigan encadenando las primaveras. Luce vestido original de corte enterizo, de crepé con bordado que marca el talle alto. Piernas largas y bien torneadas, son un sueño despierto que se puede sostener y de hecho sostienen y balancean un perfecto y preciado armazón.

Pudiera ser la soledad nocturna que engendra la dulzura de los sueños, ni cerca ni lejos, es enredadera de rosal o campo de flores, tiene una peca escondida donde el sol no osó mirar, como violeta de otoño, entre bordes de espuma de río umbroso. Es blancura de amanecer creciendo encima de nieve de leche de la Galana, que cae caliente y blanca en el frío vaso, manos largas que nunca tuvieron trabajos rudos, hechas a la medida de las caricias que pueden dar, parecen apropiadas para un corto filo de enagua o cierre de sujetador de la primer cita de un torpe y nervioso muchacho enamorado; le debo un recuerdo, que comienza con la cara, sigue con el pelo, y termina en unas firmes piernas como pedestal del gozo floral de amplias caderas, dispuestas a la eterna danza de los siete velos. Es tan sutil como la espera de la luz de la luna para bañarse desnuda. Tiene los ojos brillantes con la virtud, que por la risa se empequeñecen con ella. Así la siento como: Un rumor de coro distante, surgido de las conchas huecas, apenas hundidas en la arena de la playa que algún día conoceré; para ser la bahía de arena blanca que no figura en ningún mapa e irradia fuerza, alegría y entusiasmo; ternuras tapadas y escondidas, que solo pueden ser descubiertas y catadas entre sus brazos, por el afortunado mortal que la acompañe, en la negra y fría noche, cuajada de estrellas.

Diría que tiene un color pálido crepuscular y a la vez encendido, que es demasiado femenina viste siempre falda o vestido. Cuando sonríen son sus ojos como dos claros rayos de sol, asomados cegadores por un resquicio, en un pedazo de cielo prieto y oscuro, parecen negros sin serlo, rasgados y orientales, mirada de ensoñación, siendo lánguida, con aires de tristeza resignada y culpable, debajo va su nariz garbosa y los labios que parecen una colorida mariposa que me encandila y enamora.

Durante el resto del año si no la tengo delante, la evocación me resulta borrosa como una fotografía movida, con varias caras superpuestas. El imaginar su figura es como el desnudo integral ofrecido a un ciego que precisa palpar para ver, muy bien pudiera dejarte colgado eternamente. Tu nombre Anusca tiene reminiscencias orientales y como el más delicioso de los perfumes se cuela por la nariz y hace sonar música celestial en los oídos. No es posible que brille colgado de su cuello el crucifijo de un díos pagano en que no creo, solo está permitido el airoso refugio de sus cálidos senos…”

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Como tantos días al caer la tarde sentados en el banco delante de casa, debajo de la parra y al lado de la higuera, era la hora del repaso, asamblea y el arreglo del mundo, cada cual exponía sus cuitas:

–El martes pasado le tchamé la atención a Antón de Drada, nun se priva de fumar a escondidas en el tajo –dice Ramón

–¡Esi Antón sigue con tan pocu sentiu como siempre! paez mentira pa un minero tan experimentado como él, de sobra conoz que la capa sexta ye peligrosa po la cantidad de grisú que desprende –comenta el padre.

–Me daba apuro facelo con alguien que puede ser mieu pá, pero ya van varias veces y todo lu que e digas entrai por un oído y salei por el outro.

–Y con más razón ahora antes de terminar de calar el pozo de ventilación que tan dando cerca de Murias.

–Cualquier día arma una que paezcan dos.

–Y nun ye cuestión de denuncialo ya que se gana el que lo pongan en la calle cagando hostias.

–Ponése seriu con él sí, pero de eso a denuncialo ¡hay que mirase muncho!

–El tema ye jodido, está xugando con la vida de él y de unos cuantos más.

— Hay xente que nun cría xuicio por muchos años que tenga…

Continuaron hablando un gran rato y salieron a cuento recuerdos de José, como cuando él era un neño, en un prado que tenía la familia en Balcabás, la vena de mineral de la sexta que llegaba a tener en algunas partes hasta 16 metros de ancha, estaba a flor de tierra y como al labrar la tierra, araban el carbón que recogían las gentes para quemar en las cocinas.

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Muy cerca de la bocamina principal y encima de la primitiva escombrera se asientan y alinean los barracones y dependencias: Chabola de compresores, almacén del lampistero, de herramientas y materiales, un cuarto con unas destartaladas duchas, todas las edificaciones toscas y de madera, fuera de estas una tolva al nivel del suelo y unas decenas de vagonetas en las vías que conducen a la escombrera o la tolva, también se alinean pilas de troncos de diferentes diámetros y medidas en madera de eucalipto preparadas para ser empleadas por los posteadores.

Dentro de la mina, a los lados maderas verticales, la vista se enferma de querer ver, el oído atento al techo, siente el lamento y el crujir de los costeros bajo el peso de la tierra. Ni los mismos topos se aventuran en tan precarios agujeros y los murciélagos no se atreven volar en su interior. Afuera todo es verde, campos y bosques, llueve sin descanso o hace un sol castellano, la piel del monte aparece surcada de senderos, tiene vida, gentes recolectando yerba o bien cuando llega el otoño recogiendo erizos de castaña con las morgazas para el cesto o la fardela. Por doquier huellas de antiguas galerías hundidas, que son como arrugas que envejecen la que fue tersa fisonomía del cerro y las lomas.
Terminó la jornada, de las distintas secciones anexas a la mina salen los obreros en confuso tropel, las ropas sucias de carbón y las caras y manos casi tan negras como el mineral, solo se destacan y reluce el blanco de los ojos, los dientes si sonríen y el rojo de sus labios, los más animosos hacen cola para una rápida ducha con agua fría, otros deciden caminar hacia los pueblos de los alrededores de la misma facha que están, con la pintura de la diaria guerra colgada, de pálidas caras y vestidos.

En su prisa por abandonar la explanada se chocan y se estrujan, empero no se levanta una voz de queja o de protesta, quizá alguna chanza sale de la boca de algún guasón: los rostros están alegres por haber llevado a término una jornada más en la mina con vida, aunque seguramente a muchos les aguarden todavía arduos trabajos de ganadería o labranza en sus casas, para poder a duras penas subsistir. Poco a poco el rumor de pasos sonoros de las cachuscas de goma, se aleja y desvanece por los senderos arbolados, la mina va quedando desierta, el monte recupera el silencio animado, de sus pequeños habitantes.

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Era Rosa, esposa y madre de mineros, una mujer pequeña, delgada, de cabellos castaños y ondulados. Su rostro, pálido, tenía una expresión resignada y dulce que hacía más suave aún el brillo de sus ojos húmedos, aunque una cicatriz en el labio superior venía a compensar un tanto la aparente fragilidad, dándole un aire de fuerza y determinación. Se conservaba lozana, pese a llevar en su alma siempre pendiente sobre su cabeza el pesado fardo del temor a una desgracia, su imaginación no se apartaba un instante de las tinieblas del negro manto carbonífero que absorbía su existencia, y más ahora que el mediano de sus hijos, acababa de entrar también en la mina.

Hubiese dado su vida con tal que sus vástagos pudieran librarse de la esclavitud de la mina, pero no veía salida, no había conocido otra forma de vida, estaba convencida que era inútil tratar de sustraerse al destino que cada cual tenía de antemano asignado, y el de ella era permanecer mientras le quedase aliento, con el alma en vilo, sabiendo que sus vástagos tenían la vida vendida al diablo. No había alternativa “o morrer de fame” o exponerte a quedar enterrado en cualquier momento.

En su imaginación la muerte sobrevolaba el aire. Negro es el agujero, oscuro, frío, siente que le odia cada vez más. Imposible rescatarlo. Son para ella largas y fúnebres sus galerías. Se dice que los hombres son demasiado valientes, se adentran en las entrañas de la tierra y llegan a las mismas puertas del infierno. La sentencia está tomada, solo falta la chispa redentora, la tragedia está servida, puede llegar en cualquier instante.

Hombres con palas y picos llevan desenterrando durante siglos el prieto mineral, puede que algunas veces hasta cantaran mientras le daban a la pica. Quizá el cantar fuese un desahogo, un cantar por no llorar, la mayoría seguro no abrigaría demasiados motivos para estar alegres, siendo como son jilgueros en jaula ajena, que mueren de pena cuando en el otoño se van sus hermanos, en busca de un clima más templado, ellos al entrar en la bocamina.
A la buena señora lo que no le cabe en la cabeza es que haya bastantes mineros, que prefieren trabajar dentro, le han cogido ley al oscuro agujero, debe ser una fatal atracción.

–Ramón, el otro día me quedó un mal de cuerpo, al oíte contar que Antón fumaba a escondidas en el tajo -hablaba Rosa con su hijo mayor a la hora de la cena.

–No se preocupe madre, nun tien por que pasar nada.

–¡Díxolo Blas, punto redondo! será como dices, pero desde entonces, toi que me tchevan los demonios.

–Nun ye pa tanto má, ¡cuanta ya que nun hay desgracias!
No obstante el muchacho, pareció quedar un tanto pensativo y silencioso, procurando disimular con un apresurado trasiego de cucharadas de papas con leche, a la boca.

–¡Total ahora ya tien otru minero en casa! –le soltó a la madre en son de chanza.

–¡Hay fío! ¡Tómaslo todo a chirigota! Igual me da decite las cosas en serio, entrate todo por un oído y salte pol otru.

El hijo hizo ¡fu! como el gato y soltó una carcajada.

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El cielo amaneció limpio, como ropa de cama, dispuesta para una feliz noche de boda, el muchacho ya lleva unas semanas trabajando y aprendiendo el duro oficio de minero, acudía todos los días camino de la Melendral arriba, animoso, en compañía de su hermano.
Es la hora del almuerzo, estaban a punto de abandonar el agujero, la mula Diana se dispone a recobrar la añorada luz, acompañada de su antiguo y joven amo, le sigue una riestra de vagonetas cargadas de mineral, azuza al animal un minero caballista de Sobrevilla, al que conocen como Primo, avanzan con la lámpara colgada del hombro, de improviso llega un apagado estallido del interior y un vaho de aire calentucio como fuego, los impulsa hacia el exterior. Cunde la alarma, algo grave ha sucedido en la mina, debe ser una explosión de grisú, el tan temido estallido. De los barracones comienzan a organizar el rescate con febril actividad, puede que haya mineros atrapados a los que ayudar, se preparan las brigadillas de rescate, se reparten mascaras y son dispuestas varias camillas, el joven muchacho es el primero en apuntarse, tiene a su hermano Ramón en el interior, está nervioso y alterado, no hay quien lo disuada, pese a sus pocos años, y la reticencia de los mayores que juzgan que aquel guaje, será un estorbo en vez de ayuda, ante su firme determinación, consienten en que sea de la partida.

–Ramón me necesita, tengo que encontrarle, no puedo regresar a casa sin él –dice el muchacho pálido y desencajado.

Unas horas antes, cuando entró el turno de las seis, avanzaba la cuadrilla, por la galería principal, son seis mineros, es lunes y los más jóvenes se dirigen al tajo soñolientos después del día de descanso del señor, uno de ellos es Ramón, en un recodo de la galería, le cae un bocadillo de un bolso y se da cuenta que también lleva el de su hermano, al recogerlo del suelo nota una fuga en la tubería de conducción del aire comprimido, avisa al vigilante que toma nota con la intención de comunicarlo al capataz cuando termine el turno, para que envíe a un tubero a reparar la conexión. Falta pocos metros para llegar al punto donde tienen proyectada una chimenea de ventilación, todo ya muy cerca del tajo. Trabajan en la sexta, es la maldita capa del grisú atrapado en sus entrañas, y que los fines de semana aprovecha el taimado gas azul, para liberarse de su cárcel de miles de años, y que gusta de jugar al escondite con los mineros, acumulándose en los huecos elevados sin ventilación.

Va con gesto serio, ojos vivos, casco en la cabeza, del bolsillo elevado en la pechera se engancha la lámpara, del hombro la bota de vino, en un bolso lateral medio descosido de la chaquetilla de mahón, asoman envueltos en un papel de estraza grasiento, un par de bocadillos de un tamaño considerable, botas de goma hasta media pierna, con calcetín de lana que recoge y guarda la pernera del pantalón dentro, paso decidido, procurando evitar los charcos de agua turbia que se forman a un lado del camino de hierro, y que le obliga a ir de traviesa en traviesa.

El primero en ser encontrado fue Ramón, herido contuso con las piernas rotas y quemaduras en la cara, que a la postre resultaron no ser demasiado profundas. Fue a dar con el herido, Andrés que marchaba a la vanguardia, la alegría con que se abrazó a su hermano, fue inmensa, cuando más desesperaba en encontrarle con vida, lloraron entrambos en un abrazo interminable. Lo que más los alegraba era el tremendo dolor que se había evitado a sus padres, en particular a su madre Rosa, a decir de Ramón: “… le había aforrado un caciplau de chágrimas”

La honda expansiva le derribó, con la inmensa fortuna de quedar al lado mismo de la rotura de la conducción de aire comprimido, que había apreciado al entrar el turno y que le permitió seguir respirando y mantener a raya el negro y sofocante humo, dando lugar a una burbuja vital que le salvó la vida. Poco antes mientras reponía fuerzas, se había alejado del tajo un trecho, hasta la galería principal, en busca de su hermano ya que llevaba en el bolsillo de su chaqueta también su bocadillo, creyendo que Andrés estaría por allí enganchando las vagonetas, pero el muchacho se había adelantado y estaba lejos. La casualidad, la feliz circunstancia –o el milagro que dirán otros- vino en su auxilio, librándole de una muerte segura, sus cinco compañeros no tuvieron esa suerte, perecieron en el accidente, asfixiados y medio quemados. Las causas de la explosión nunca se sabrán –a menos que alguno vuelva del más allá a contarlo- cosa arto improbable.

Años después pudieron los dos hermanos cumplir sus sueños, Ramón feliz casado con Ana, trabajaba y vivía en Gijón y aunque no había logrado realizar sus sueños por completo, ya que su padre había muerto al año siguiente del accidente, sin embargo logró llevar a su madre Rosa a la ciudad y tenía buenas noticias para su hermano Andrés, ya que necesitaban gente para trabajar en la nueva factoría que preparaba UNINSA.

Siguen unas cuantas fotos de mineros y minas.

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Durmiendo en Marabio y a la yerba. Por Max.

Posted in General, Asturias, Escursiones by maxalvarez on febrero 21, 2010

El día había sido laborioso, en pleno mes de Julio que suele ser el de más intenso trabajo en la montaña, el dios Lorenzo se había mostrado aquel verano, emperrado en soplar -como si de un pendejo fakir se tratara- su infernal fuego, valiéndose de una especie de tubo lanzallamas con la espita del gas abierta a tope y con el punto de mira apuntando al elevado valle de Marabio, castigó sin compasión durante toda la jornada, las tiestas y espaldas de los yerberos, en aquella época las mujeres en general siguiendo la teoría de lo que quita frío quita calor, poco les faltaba para adoptar el burka ya que las pieles morenas eran tenidas como ordinarias. Todos se habían afanado, primero en dar vuelta a la hierba y después en recoger con sus palas, garabatos y forcadas, las nidias y finas yerbas del prado de Brañamayor, hasta veintiséis montones o balagares se contaron, resultando un trabajo bien hecho y desarrollado a plena testera del sol ¿y que mejor regalo a un día tan penoso que el perfume prendido en el ambiente, el penetrante olor de la hierba seca bien curada? para al día siguiente en cuanto asentase el heno, ser unas pilas arrastradas (churiadas) ante el boquearon del pajar y metidos bajo techo a continuación, con arduos trabajos, dada la poca altura del recinto tenada, labor que solían encomendar a las gentes más menudas, siendo por ello los niños quienes saltaban sobre el esponjoso forraje y este cedía como trasero de señora madura ante el empuje de su joven amante, para calcarlo con la idea que ocupase el menos sitio posible, de allí salían medio ahogados por el polvo desprendido, cocidos y abrasados por el calor ambiente y sobre todo con las pieles chorreando copiosos sudores en que quedaban pegadas cantidad de granas de las herbáceas; Otros eran cargados en carros o ramos en días posteriores, para ser transportados al pueblo, después de un largo recorrido por caminos terreros. El puerto de montaña de Marabio no es que estuviese muy elevado, solo ronda los ochocientos metros, pero el prado al estar sito en una especie de hondonada, hacía las veces de fogón y eso junto con la cierta altura sobre el nivel del mar, se dejan sentir sin duda cuando hace calor en serio y aquel había sido un día de esos, de padecimientos sin cuento, gracias a los bochornosos calores primos hermanos de los habituales en Castilla. No estaría del todo mal para estar echado a la sombra de un fresno con la bota de vino al alcance de la mano y la cantimplora con agua fresca pero… andando a la yerba, es otro cantar muy distinto

El atardecer fluía sin pausa, abrazando con una temperatura ahora ideal –después de los bochornosos calores diurnos- a los chiquillos Balbino y Mino, previamente habían participado en una merienda-cena, delante mismo de la cabaña, a base de embutidos, sabrosas longanizas de chorizo, jamón de gocho tevergano, chuletas rebozadas de cerdo y como postre dulce de leche, los mayores partieron de seguido, regresando al pueblo de Prado, quedando solo los dos chiquillos y el abuelo; poco a poco se alargan las sombras convirtiéndolo todo en duda y lejanía, a los críos todavía les restan energías y se entretienen recogiendo las secas boñigas que dejan esparcidas las vacas cuando pacen o vienen a saciar su sed al pequeño y ahora casi seco lago que se sitúa en el pasto comunal, en los aledaños al muro del llano y circular prado, que cuenta con cuadra o establo de paredes de piedra con tenada encima y también una pequeña cabaña de pastores en el borde interior, delante una espinera y varios fresnos rodeando el cuchero como antoxana, el perfume de la hierba seca se extiende y mata el desagradable del apilado montón de estiércol, mientras se va acercando la noche. Se sirven de una carretilla de madera incluida la rueda, se turnan en el recorrido a la ida uno lleva la carreta cogida por los varales, con las venas del cuello hinchadas por el esfuerzo, el otro viaja dentro de la caja agarrado a los laterales, corretean alegres y reidores como alma perseguida por el diablo por la lisa y alfombrada campera de blancas manzanillas, dando la mayoría de las veces con la preciada carga en la campera y si acaso contra las desagradables árgumas, colorados como guindas y sudorosos lo están pasando en grande. Con la pala desprenden las boñigas, o a mano si ya están sueltas, que cargan en la carretilla corriendo a continuación a descargar el abono en el cuchero. Juegan ajenos al silencio que va adueñándose del entorno, poco a poco van desapareciendo en la oscuridad creciente las filas de carros cantarinos que enfilaban la cuesta de Piedrachonga con el paso cansino de las parejas de vacas, escoltados por los borricos, mulos y caballos cargados con gentes animosas que regresaban al pueblo satisfechas, cansadas los de más edad, doloridos los miembros de los más jóvenes aunque estos con la caída de la tarde adquirían renovadas energías después de la dura peonada.

    –Vaya bien que nos lo vamos a pasar durmiendo hoy con buelo –dice Balbino.

      –Tenemos que acordarnos de pedirle que nos prepare el chocolate antes de ir a dormir –recuerda Mino.

        –Vámonos con él.

          –¿Qué prisa tienes? Estamos muy a gusto jugando un rato más aquí con la carretilla.

            – Tamién nos podemos entretener en tirar piedras al lago –apuntó Balbino

              –Claro y después nos riñen –se queja Mino siempre temeroso.

                –Quita pa ya: estás pingando de sudor.

                  –Y tu colorao como un pimiento.

                  En esto estaban, cuando el sonido apagado de unos cascos se deja sentir en la campera, avanza una mula cargada con el compañero Mario de Gradura y su padre que azuzaba a la yegua golpeándola con la muleta en los cuartos traseros.

                    –¡Arre mulaaa!

                      –¿Os quedais a dormir hoy? –les pregunta el colega al paso.

                        –Sí Mario, dormimos con el buelo –responde Balbino.

                          –Déjate de chácharas que es muy tarde y vamos a llegar muy de noche a casa –responde apurado el padre.

                            –¡Hasta mañana! espero que no os coman los lobos –les dice el rubio compinche, haciendo un guiño picardioso.

                            Mientras tanto el abuelo provisto de un picachón y un palote trata de reparar el camino que fue medio derruido por las últimas y torrenciales lluvias de primavera, brillaban los cantos rodados en el suelo de blanca arena, se acerca la noche y apurado el viejo maneja con presteza el pico y la pala recordando sus más de treinta años de picador en la mina, trabajo que hace casi diez años que ha dejado atrás. Es pequeño y fibroso sin una gota de grasa, sus remangados brazos dejan ver las venas que abultadas azulean como surcos en contraste con el blanco color de la piel, las manos nudosas y con amarillos callos en cambio lucen morenas y curtidas. Nariz diminuta, chato y feo a conciencia, con orellas llargas haciendo honor a su patria, mal genio aunque con los críos tien paciencia abonda, bastante más que la que tuvo con los fíos.

                            Antes de continuar con la historia de aquel atardecer, quiero recordar la siega de un par de días antes, que siempre era un acontecimiento, que producía una intensa emoción, aunque para ello fuese necesario madrugar y penar a las cuatro de la mañana y pasar un frió del carajo, recuas de sombras enfilaban el camino del puerto en plena noche alumbrado solo por la luna, a caballo y dando cabezadas, con el estil del gadaño molestándote en las piernas desnudas, con los pantalones cortos llegabas a Santana y el panorama parecía nevado de la copiosa rociada que había caído durante la noche, las piernas se les quedaban tiesas y congeladas y hasta el aliento se cuajaba, pero como después se sabía que arreciaría el calor y era muy bueno para conseguir la vitamina d –del crecimiento- el llevar las piernas desnudas, pues nada a ¡penar! ya se encargaría el calor del sol de derretir el corsé de las canillas de sustentación.

                            Amanecía cuando se llegaba a destino, el rocío humedecía las altas hierbas, pero a pesar de verte anquilosado por el frío, de buena gana los pequeños esmaralladores se hubiesen introducido en aquel mar amarillo verdoso a descubrir los nidos de codornices y sus pintos huevos, pero era grave pecado el osar abatir las hierbas con tus pisadas, aparte que quedaban las alpargatas pingando y era doble la reprimenda del abuelo.

                            Terminada la recogida en los prados cercanos al pueblo, se había discutido si ya sería el tiempo pa segar en el puerto.

                              –Avelino, ¿te pared que estará pa segar en Marabio?

                                –Este año al llover bastante en abril y mayo, quizá sería conveniente esperar una semana más, la yerba está muy crecida y bien curada la agradecerán los animales por sabrosa.

                                  – Por otro lado cualquiera os pide esperar unos días con las ganas que tenéis de terminar cuanto antes la faena –concedió el abuelo.

                                    –¡Así que está decido! Cabruñar las guadañas güey, que mañana bien temprano vamos pa Marabio.

                                    Avelino ya no segaba en cuadrilla, los muchos años le habían relegado a entretener el gusanillo desaverando los lindes, aunque en sus tiempos debió ser un notable segador. Poco cuesta imaginar al pequeño y fibroso abuelo manejando derecho la guadaña, como si se tratase de una ligera pluma, sin aparente esfuerzo, acostumbrado al penoso trabajo de la pica de carbón diaria en la mina.

                                    Bajo un cielo azul, con el horizonte recortado por las montañas, millones de estrellas dibujadas allá arriba, titilando con destellos nerviosos, son testigos mudos del comienzo de la caminata al monte, unos a pata otros subidos a lomos de caballos, mulos y asnos. No en balde se madrugaba para cuando el sol caliente en condiciones, tener la faena adelantada.

                                    Era la fuente prostática de Ordiales quien aportaba el líquido elemento y la verdad es que sabía bien, le pasaba igual que la leche de las vacas que cuando pacen pastos de primavera donde abundan las flores, los mismos capullos donde sacan la miel las abejas y bebes esa leche recién ordeñada y caliente no necesitas endulzarla, algo así le pasaba al agua que en contra de la aceptada opinión de carecer de sabor, aquella si tenía un sabor especial. Mención aparte merece el vino castellano de pellejo con que se rellenaban las botas de vino. La fuente no se secaba nunca, pero todo el año solo un hilo te regalaba de agua fresca y sabrosa nacida entre calizas, tanto daba que fuese invierno que verano brotaba entre las rocas con el mismo caudal, contaba con un barcal o bebedero para los animales con muchos renacuajos dentro; se llegaba a ella entre camperas, por senderos como dibujados surcos pelados y privados de la vegetación debido a las continuas pisadas y el tránsito de los animales, entre helechos y árgumas, en los alrededores recuerdo haber sido testigo en la distancia a las tres de la tarde en pleno mes de la yerba, como una manada de lobos atacaba un rebaño de ovejas y como el pastor se veía incapaz de detener la escabechina, mientras llegaron gentes en su ayuda, de sobra sabían los lobos que no podrían aprovechar la carne de sus víctimas para saciar su hambre, pero querían dejar sentado quien manda en el monte, hasta seis ovejas dieron muerte las alimañas en unos minutos de aquella tarde, estaba el rebaño rodeado por los bichos, el pastor con la callada levantada acudía a espantar a un lobo, otro atacaba por el lado opuesto de la becera y mientras se desplazaba allí ellos iban alternando los coordinados asaltos por lados opuestos.

                                    Al llegar la noche se podía disfrutar de un cielo azul, que se fundía al norte y a lo lejos con la cumbre del Caldoveiro, un firmamento limpio plagado de diminutas estrellas… cuando no te veías rodeado por una espesa niebla que no te dejaba ni ver los pies, precisamente el suelo al caer el día, al acercarse las tinieblas parecía cobra nueva vida, te asaltaba el sonido de los atareados grillos, en los que no reparabas en las horas de luz, también te acompañaba el rumor lejano de los cencerros de los animales paciendo y el desamparado mugido de los xatinos, llegaba apagado de todas direcciones con diferentes grados de intensidad aunque siempre acompasados, era el concierto de la noche y parecía que se contestaban las lluecas, como cuando los pájaros cortejan encaramados en los altos tilos o mejor los abedules con su porte elegante y preciosa corteza blanca que brillaba al oscurecer, al sur destaca la llanada del Michadorio y antes los pozos seco y el del agua, sumidero este último de las aguas del valle y salida buscada por el líquido del lago glaciar que se formara en tiempos remotos.

                                    La sinfonía de la guadaña, aunque en algunas mentes lleve connotaciones negativas y siniestras, es un canto de alegría, de renovación, el fuit, fuit, fuit acompasado de las hojas de acero al tronchar las vistosas yerbas, unas largas y esbeltas, cabezudas otras, meras florecillas, granadas la mayoría, que van amontonando la mayor parte del arco iris, con sus vistosos verdes, amarillos, rojos, azules, blancos y tostados, imperando como era de esperar la variedad de tonos verdosos, es un arte ancestral, un ejercicio muy completo y gratificante para quien lo sabe practicar, confundido con el campo, sumido en él, respirándolo, viviéndolo en suma.
                                    El segador más ducho o conocedor del terreno, solía encabezar la cuadrilla llevando el ritmo, aunque estando en faena los surcos se iban sumando y dibujando su abultado garabato con precisa simetría, se confundía la rueda encadenada, era terminar un marallo y comenzar el siguiente, sin que nadie se quedase atrás, hasta dar fin a la siega, solo interrumpida por la parada a afilar cada media docena de pasos, dependiendo esto también del terreno, arenisco, liso o con sucos, que bien pudieran cegar el corte antes y la menor o mayor cantidad de pasto y aprovechar cada cierto tiempo para echar un trago, refrescar la boca y reponer líquidos que el sudor te iba restando.

                                    Allí estaban Ramón, Pedro, Pepe y Avelino los cuatro hijos del abuelo Avelino, avanzando lentamente y escalonados, en mangas de camisa o camiseta de tirantes, yendo directos hacia el recto linde de estacas y alambrada, mientras el abuelo esgadañaba las veras y los chiquillos armados de esparba procedían a esparcir las hileras para que el sol secase la hierba con menos dificultad. Progresaban moviendo la guadaña de muy diversas formas, unos encorvados otros tiesos, todos con las piernas firmes, moviendo los brazos acompasados y terminando con un golpe de riñón, bajando el talón, subiendo la puntera, intentando todos evitar las topineras que al ser arenosas cegaban el corte, tampoco ayudaban las finas hierbas que se negaban a sucumbir de primeras ante la guillotina del corte, segando por ello un poco más alto de lo normal, de pronto surge el vuelo rasante de una codorniz que tiene su nido entre las hierbas y al sentir el monótono fuit de la guadaña acercarse, abandona los pintos huevos que incubaba, precisamente uno de esos nidos había propiciado que siendo Pepe un rapaz dedicado a esmarayar, el haber sido cortado en uno de sus tobillos por la guadaña de su hermano Pedro al saltar para ver el nido coincidiendo fatalmente con el movimiento de corte, lo que dio lugar a que la abuela Estrella sacase a relucir sus mejores dotes de curandera, la cicatriz da fe del incidente muchos años después del hecho. Cada ciertos pasos se detienen, apoyan el estil de madera sobre el cachapo, cogen un puñado de hierba y la pasan por el borde superior de la hoja para limpiar los restos de grana que se quedan pegados al borde grueso debido a la copiosa rociada, procediendo a continuación a la operación del afilado del corte, de nuevo se reanuda la faena procurando traspasar bien el marallo y dejar los bordes lo más igualados posibles.
                                    Se suceden las hileras, el sudor cae en copiosas gotas de rostros y nariz, empapa las espaldas de todos, cansan y descansan, beben vino y agua, se refrescan las caras, comentan, la hierba se va poco a poco recostando por oleadas, llevarían cuatro horas de ejercicio cuando…

                                      –¡Ye hora de almorzar! –grita el abuelo.

                                        –¿Ya es hora? Bueno, pues almorcemos.

                                        Se abandonan con cuidado en el suelo, entre la yerba segada, las guadañas y los cachapos para que no se caiga el agua que acompaña la piedra de afilar y cuando el sol comienza a calentar se dirigen todos con paso cansino, a la cabaña a reponer fuerzas con un sólido y merecido almuerzo. Aprovechando el descanso emplearon unos minutos para efectuar un rápido y reparador cabruñado del corte, con lo que la música derivó en un concierto de golpes de martillo que hacían eco en la sierra de Ordiales, produciendo un repiqueteo hueco y extraño.

                                        Se reanuda la siega y según las sabias palabras de Ramón, la guadaña se debe manejar sin esfuerzo, sin agarrotamiento, prácticamente dejarla deslizarse sola, bien cabruñada y afilada debe pesar como una pluma, ser liviana y poco menos que manejarla con el pensamiento. En el ínterin había subido la temperatura, ahora el sudor engrasaba los músculos de las blancas espaldas ya sin ropas protectoras, se solicitaba más a menudo el acercar la caramañola con el agua, o la bota de vino que se guardaba fría en la cabaña, cada vez eran más largos los paseos desde el final de un marallo al comienzo del siguiente, lo que era aprovechado con la guadaña al hombro, para enjugarse el sudor, respirar a pleno pulmón, contemplar los alrededores y disfrutar del campo que los rodeaba.

                                        Continua el rutinario y acompasado movimiento de danzantes ciñendo con una mano por la cintura la querida de la muerte, cuando de improviso un escolancio (culebra sin veneno) sale huyendo o se escapa veloz entre las piernas de algún segador produciendo un alto, las que de veras imponían respeto eran las víboras pero no suelen ser tan numerosas, ya se hace necesario el molesto sombrero en la cabeza, aunque algunos prefieren hacer cuatro nudos en los extremos del pañuelo y colocárselo sobre la tiesta ya que dicen que puede recoger más y mejor el molesto sudor. Al poco cuando el calor se va haciendo casi insoportable, el sol llega perpendicular, se suspende la siega, ya aparecen más de dos tercios del prado tumbados, es hora de parar a comer.

                                        Debajo de los fresnos se extiende un mantel, en la cabaña se prende fuego a unas árgumas secas y sobre un caballete de hierro es colocada una gran pota de color rojizo a calentar, llena de un cocido de berzas con patatas, fabas, chorizo, morcilla y tocino, son removidos los ingredientes con un cucharón de madera, por entre las tejas de la cabaña se eleva un humo blanco ya que no cuenta con chimenea, mientras los bordes de la pota se ennegrecen, el caldo aparece colorado por el pimentón y despide un aroma que despierta los sentidos. La comida está a punto, los platos dispuestos en el regazo de los comensales, donde se van vertiendo por turno las garfelladas de un alimento que si sabe solo la mitad de lo que huele, seguro está de saciar el apetito del más hambriento de los mortales. Poco después son distribuidos unos tazones redondos de porcelana, donde el jarro de leche deposita casi hasta el borde una leche que dibuja hasta ojos de nata en su superficie, sin demora son colocados trozos de pan que flotan en principio, siendo hundidos por la cuchara para empaparlos y a continuación rescatados y llevados a la boca para ser masticados y engullidos con gran placer por los segadores, el esfuerzo fue grande pero las viandas deben ser acordes con tanto brío desplegado. Poco después encima de mantas o sacos reposaban los segadores, a la sombra de los grandes fresnos y el gran abedul, ajenos al molesto zumbar de las moscas y otros insectos que pretendían chupar el sudor de sus rostros, dormían profundamente.

                                        Después de un reparador sueño los cuatro esforzados, retoman la faena para dar remate a la siega con nuevos bríos, el sol va perdiendo fuerza y declinando por el occidente, la hierba se va secando sin tregua, los saltamontes se desplazan por medio de incesantes saltos hacia la hierba sin segar que les ofrece mejor abrigo, los cuervos vuelan y graznan despertando de su letargo de medio día y hasta las águilas hacen acto de presencia en las alturas. El ritmo de la siega cobró nuevos bríos ante la certeza que faltaba poco, animados por el ansia de terminar pronto.

                                          –¡Venga que te voy a cortar! –se oída anunciar

                                            –¡Hazte a un lado que paso por encima! –el ritmo se volvía trepidante.

                                            Segando en sana competencia, la pequeña quebrada y alrededor de los árboles, la hierba era más menuda y suave, la sombra de los fresnos comenzaba a taparlo todo y a refrescar y humedecer el ambiente, el sonido de las guadañas se aguzaba y el chirriar de las piedras sobre las hojas se hacía más breve, no había tiempo que perder las últimas gadañadas estaban al caer y se animaban los hermanos unos a otros, ágiles y contentos por dar fin a la faena, esta zona estaba poblada por hongos hinchados que caían bajo los filos, la pena es que no eran expertos en setas y estas eran abandonadas cuando bien podrían haber servido para darse una sabrosa comida, fritas en la sartén.

                                            Poco después los cuatro segadores más el abuelo y los dos chiquillos emprendían el regreso a sus cuarteles de residencia, montados a caballo, haciendo una primer parada en la fuente de Piedrachonga que ofrece la sabrosa y fría agua mediante un cuenco natural elevado –aunque tengo que confesar que alguna caballería poco respetuosa, también accedía con su focico al estratégico lugar- y de donde servirse y reponer el agua perdida durante la intensa jornada y hasta llegar a la ermita de Santana y desde allí un trecho a pata y otro caminando, cuesta abajo más de media hora que les llevaba acercarse al pueblo de Prau y al barrio del Río como meta.

                                            En aquel tiempo no era del todo consciente pero la retina tiene memoria y me permite al cabo de los años volver en un segundo a recorrer unos caminos con largas zancadas, que son reales en la mente pese a la distancia, con susurros de voces interiores, que me hablan de una belleza heredada, de unos antepasados muertos, es una escapada y un placer el poder llanear por la mal llamada Cuesta, observando de reojo las apiñadas casas, enfilo aquel camino terrero entre muros y tapias de huertas, dudo que ahora el suelo huela a estiércol reciente de vaca como solía, pasando por el puente encima de un arroyo que se perdía oculto entre matas de salgueros y altos chopos, atrás quedaban los gorjeos de los gorriones o las escandaleras de los pájaros que revolotean entre los ramajes de los árboles frutales de la pomarada de los abuelos, mientras las golondrinas rasgaban el aire a la caza de los mosquitos ligeras como el viento y del alto te llega el monótono graznido de los cuervos enredados en sus cotidianas engarradillas, después de un corto trecho y pasar sobre el Outeiro, perfecto mirador que abarca la mayoría del pueblo, recobro el aliento sentado en una tosca piedra a la altura de Cadafeiche, a la sombra de un nogal, justo en el recodo del camino que comenzaba a subir, sumido en la calma distingo elevarse el humo en algunas chimeneas dibujando un garabato negro en la blanca pizarra de peña Gradura, impera el silencio desde la Techera hasta Viescas el pueblo se diría que está muerto, ya no acierto a distinguir sus gentes, solo robles, castaños y fresnos mueven sus ramas y dejan volar sus hojas por encima de esta monda cabeza desde el monte de las Curnielles y Bobia, no falta alguna que otra mariposa o la solitaria mariquita, vestidas con sus mejores galas que sin conocerme intentan pese a todo darme la bienvenida, prosigo el camino que se empina y en su día estaba empedrado, hoy imagino que pocas piedras seguirán donde manos laboriosas las dejaron reposar en días de estaferia, no dispongo de fuerzas ni los muchos años me permiten ya dar brincos y retozar al trote por los senderos o veredas colonizados por altas hierbas, donde solían huir despavoridos los saltamontes y enmudecer los grillos, los artos seguramente formarán dosel y dudo pueda llegar hasta las derruidas bocas de mina, por unos caminos que ya son historia o están a punto de serlo, el bosque poco a poco toma posesión de unos terrenos que nunca dejaron de pertenecerle por derecho y por torcido.

                                            El recordar el Outeiro me da pie para hacer presente una historia que la abuela Estrella contara en una de esas tardes de invierno al calor de la cocina de carbón: Eran tiempos en que la ninfómana reina Isabel II regía los destinos de la patria, entre abundantes polvos y sudores, acunada por los brazos de sus muchos amantes, mientras tanto las pobres gentes en las aldeas, también disfrutaban de su trajín, cultivando las tierras con el sudor de sus frentes, para dar de comer a sus numerosas proles, los abuelos paternos de la abuela eran una de tantas parejas, que aquel día de invierno carreteaban el cucho de la cuadra por medio de burros y mulas, precisamente para la tierra del Outeiro, sobre la albarda del animal se colocaban unos esterones (algo así como un sujetador de señora en tejido de esparto y de talla gigante) que se llenaban con el abono cocido llevándolo a descargar en la tierra sin arar a la que pretendían abonar, se pasaron toda la tarde en esta tarea, mientras su hijo Antonio de alrededor de cuatro años jugaba y se entretenía acompañándoles, cuando llega la noche y al tomar cuenta el crío había desaparecido, uno contado que estaba con el otro y el otro con el uno… se da la voz de alarma y comienza la búsqueda, alguien creía haber oído llorar a última hora de la tarde a un niño en dirección al monte de Bobia, los vecinos organizan las batidas provistos de candiles recorren caminos y peinan prados y bosques sin obtener resultado, es la madrugada cuando deciden suspender la búsqueda hasta la llegada del nuevo día, decidiendo el padre de la criatura encaramarse a un alto castaño y pasar allí lo que restaba de noche, para cuando juzgaban que despertase el niño y comenzase a llorar acudir a socorrerle, con tan buena suerte que al hacer pie para encaramarse al árbol, poco le faltó para pisar el crío que rendido de llorar dormía como un bendito recostado precisamente en aquel castaño, terminando la búsqueda en una inmensa alegría, ya que justamente aquella madrugada una copiosa nevada extendió su manto sobre aquellos parajes y puede que el rendido niño hubiese perecido congelado y nunca llegado a despertar.

                                            Retomo el relato donde había quedado aquel día de yerba… cansados de jugar los chiquillos, recorren el camino en busca del abuelo que un par de revueltas más abajo terminaba de acondicionar el firme para que pudiesen pasar con facilidad los carros y ramos cargados de la sabrosa yerba del puerto en su recorrido hasta el pueblo, la noche pese al noble empeño de las estrellas más y más prieta se había vuelto, caminan a brincos, veloces y puede que un tanto azuzados por un inconfesado miedo pero que quizá se ha hecho realidad después de llevar ignorado, escondido, metido en el cuerpo por recordadas historias de lobos, la noche y el monte. Llegan y descubren al abuelo tendido en la campera respirando con dificultad sin sentido, se quedan pálidos y asustados, presienten que ya nadie más pasará camino de regreso a los pueblos, no saben a quien acudir, hay más cabañas y quizá pudieran estar con gente pero… ¿A dónde dirigir los pasos? no se ven capaces de llegar al pueblo en busca de ayuda siendo tan de noche… son unos instantes de incertidumbre y aparte piensan que si lo dejan allí bien lo pueden devorar los lobos en la noche, saben que no está muerto y se les ocurre que podrían emplear la carretilla con que jugaban, para llevarlo al corral, meterlo en la cabaña, dudan si podrán cargarlo en ella y si después serían capaces, tendrán fuerzas suficientes para llevar la carretilla y aunque el abuelo es pequeño, está flaco y pesa poco, ellos tienen poco más de siete años, rompen a llorar de impotencia contemplando el abuelo caído cuando este recobra el conocimiento…

                                              -¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? –poco a poco el abuelo va recuperando la conciencia.

                                              Había tenido un desmayo, arrastraba una silicosis de la mina en tercer grado y el esfuerzo continuado del día al recoger la yerba con demasiado calor, sumado a la cena apresurada que sin descanso había empalmado con el manejo del picachón y la pala para arreglar el camino, le habían producido, un bajón de tensión unido a un repentino corte de digestión, ya que después también vomitó.

                                                –¡Estoy muy malo, neñus esto se acaba! –les decía

                                                Y aunque entonces por su corta edad no podían saber que los hombres son por lo general poco sufridos y bastante cagaleras, se sentían mayores no en vano la rayas que controlaban su estatura en el marco de la puerta de la sala de los abuelos, mostraban cada vez más distancia, aunque hubiese polémica sobre si el libro colocado sobre la cabeza no estaba lo plano que debiera o si los talones se habían elevado en la operación de tallarse, sin que él anciano llegase a confesar, temían que se les muriese allí… ¿y que harían ellos si ese fatal desenlace se producía? ¿serían capaces de pasar la noche al lado del querido abuelo muerto? Muchas preguntas a las que no sabían responder. Corrieron a la cabaña por la caramañola dándose ánimos mutuamente, le entregaron el agua para refrescarse la cara y beber un buen trago, era digna de ver aquella sombra arrastrándose en la negrura, arriba los murciélagos dejaban un toque surrealista al cuadro, con el radar a tope atareados con sus pasadas en plan camicace, dando buena cuenta de millones de mosquitos, apoyado el anciano con un crío por cada lado sirviendo de muleta, a duras penas lograron llegar al corral, los peques se encargaron de bajar unas mantas del pajar, extendieron una en el suelo del corral y con el otra le taparon hasta que el abuelo fue entrando en calor, recobrando parte de sus fuerzas, a todo esto la noche aunque era clara y estrellada, sobre el pasto solo las luciérnagas regalaban su escasa y fantasmal luz y los críos no sabían procurarse otra artificial. Todavía tuvieron que solventar otra dificultad, el sitio escogido para dormir era en el pajar vestidos, metidos entre las mantas y echados encima de unos montones de hierba del año anterior -ya que la yerba recién recogida no es apropiada para dormir, debido a que se produce una especie de cocimiento con suelta de gases que te puede producir la muerte- El boquearon del pajar estaba a más de un metro de altura y el abuelo con sus fuerzas disminuidas precisaba de ayuda para poder encaramarse, hasta habían deliberado en ayudarse con una soga, ya que disponían de varias de ellas que se empleaban para atar la yerba en los carros y dado que contaban con una roldada en la cabaña, el tema sería el ser capaces de izarlo ya que el abuelo pesaba más que los dos juntos y sabían por el colegio que necesitaban más peso en su ramal, otro tema que ocupó su fantasía era: ¿por donde atarlo? ¿por una pata? ¿por el pescuezo…? Al final con la ayuda de unos tachuelos y sobretodo por que el abuelo fue mejorando, accedieron los tres al precario dormitorio y pudieron acostarse sobre la yerba, contando como cielo –la techa vana- formada por las ripias de madera del tejado y las mismas tejas, el abuelo tardó más en dormirse los chiquillos rendidos bien pronto se abandonaron en brazos de Morfeo.

                                                Llegados a este punto tengo que hacer un inciso, según me comunica mi primo Balbino: Acomodado el abuelo en el pajar, este tubo que abortar un nuevo intento de abandono de las trincheras por parte de los pequeños, que hicieron un última intentona de salir en plena noche en busca de los familiares, quizá las razones del abuelo o bien el miedo a llevar a cabo tan temeraria excursión con la noche tan oscura, terminó por desbaratar los planes de dejar en la estacada al enfermo, aunque hubiera sido por la noble causa de obtener ayuda.

                                                Una foto bastante ajada de los pequeños protagonistas

                                                Las preciosas fotos que van a continuación son de Teverga y van por cortesía de Ramón Gutierrez Arias a quien le digo: ¡GRACIAS COMPATRIOTA!

                                                Las fotos que siguen pertenecen al bosque de Muniellos y fueron tomadas el día 20-02-2010 con la ayuda de Jose guarda del parque que nos acompañó en el recorrido por el monte y al que doy las gracias desde aquí.

Recuerdos de aldea, Prau de Teverga. Por Max.

Posted in General, Recuerdos by maxalvarez on enero 6, 2010

Amanece como no podía ser menos, un día más en la pequeña aldea, tirado a la bartola en un recodo de la febril imaginación, espío y paladeo el agreste confín de la montaña astur, precioso remanso de paz, entrañable paisaje de juventud y de borrosos y casi olvidados amigos de la infancia. Decorado mítico de la niñez, donde el negro hollín disparado por los tubos de las chimeneas, se eleva y dispersa en un cielo casi despejado, oreando un fuerte olor a ceniza, mientras que por otra parte languidece y se apaga por el oriente, la luz de las estrellas más remolonas del firmamento. Creo observar en la distancia, sintiéndome casi despierto, al abrir los ojos, sumido en la modorra, cuando apenas clarea, como va surgiendo en medio de tan agradable duerme vela, una diminuta vaguada, apenas una hendidura rasgada en la niebla, donde se juntan y confluyen dos regatos, cabalgados con sonoro estruendo por un líquido turbio de color arcilloso, mientras el viento se afana en terminar de desvestir las otoñales ramas de los árboles, se presume a ras de tierra en la semi-penumbra un valle colmado de vida sumida en un hondo silencio. La bifurcación que baja por la diestra, parte desde la misma base de una plateada mole caliza y se alimenta de las aguas llovidas por las veleidosas nubes, que emburriadas por el viento no supieron, o no pudieron levantar el vuelo a tiempo y terminaron estrelladas contra la peña Gradura, muy cerca de la Mucheirina; el otro ramal de la imaginaria uve se dibuja con débil trazo entre sucos y espesos matorrales, oculto por momentos por la arboleda, se inicia en los hasta hace poco, áridos y resecos pastos de los prados del pueblo de Murias. Son estos rubios y desbocados manantiales -que lo inundan todo- y se divierten peinando los resecos y tostados yerbajos, fruto de una fuerte tormenta reciente. La proximidad de bosques de castaños y robles, infunde y regala al rincón el leve rumor y la magia de sus aires, preñados de un ventolín fresco. Ladra con desgana en el camino un can de raza indeterminada, mientras se estira y despereza; se escucha alejándose el monótono traqueteo de un carro. Chillonas bandadas de gorriones disputan y se afanan, buscando alimento, volando entre los bardiales.

Cierro los ojos y muro el horizonte agazapado desde la distancia, mientras desciendo lentamente al acogedor cuenco donde nací, ya contemplo el verde familiar de los fresnos, respiro el aire perfumado, quizá solo sea una ilusión, el confuso y feliz recuerdo de un aroma del pasado, mezclado con un leve regustillo a mohoso y gastado, de los cargados árboles frutales de sus pomaradas, cuando menos deben ser las manzanas alineadas en los estantes de la oscura panera que me dicen: ¡ven! de una sosegada aldea tevergana, con sus caleyas empinadas, sus destartaladas casonas de piedra, sus rincones y sus gentes, o bien pudiera ser el recuerdo de los paseos vagabundos por el bosque de castaños que ciñe el barrio por la Melendral dirección a las Curniellas y Bobía, hasta perderse en el cauce hondo de la vaguada, sin olvidar el cortejo de elevados álamos que la continua hasta el barrio de Viescas. ¿Qué es lo que queda de aquellos tiempos pasados de niñez y juventud, aparte del campaneo de los recuerdos y sensaciones, vestigios mentales que se despiertan por momentos como reales en mi fantasía? Ya no acierto a distinguir el vuelo de tantas golondrinas dispuestas a refugiarse en los aleros sin techo, o posarse en los alambres del tendido eléctrico, ni me llama la atención la orla rojiza del crepúsculo sobre el perfil de la loma de Santa Marta como quieto lomo de un gran animal muerto, y pienso con pesar que al álbum familiar ya no le restan más que noches en blanco y estas distantes, ajadas y descoloridas asemeyas del carajo.

Hace unos instantes que la abuela Estrella destrancó la puerta del gallinero, dando libertad al más preciado manjar de la rapiega, alados habitantes que duermen durante la noche encaramados haciendo equilibrio en una de sus patas sobre redondos palos de avellano, ensuciados y teñidos por sus propios excrementos, de un corral, en el que un gallo de color negro y cresta carmesí, acicalado con sus mejores galas, canta y escarba arrastrando el ala desafiante, tratando de controlar las gallinas que corretean atareadas picoteando y dando cruel martirio a los merucos, que reptaban ajenos a las andanadas de picotazos que se les vienen encima de improviso, tratando de ocultarse entre húmedas hojas, restos de acelgas y lechugas o pasto recién cortado, que alfombran la entrada de un recinto acotado mediante empalizada de juntas y paralelas mitades de pelados troncos de madera de castaño, fruto del laborioso quehacer, del anciano ex minero y silicótico abuelo Avelino. Nos encontramos en un rincón apartado del pueblo de Prado (Prau pa los nativos). Una fuerte racha de viento agacha y sacude los altos fresnos que se alinean siguiendo el borde de uno de los riachuelos, dejando elevarse libremente sus volanderos frutos, habiendo previamente culminado el concienzudo barrido de los últimos restos de las nubes, que en la noche descargaron sus perladas gotas sobre las sedientas tierras teverganas, huele a tierra mojada que acaba de saciar su sed y el ambiente está fresco, observando las abundantes hojas tostadas en los suelos, diría que estamos en un mundo otoñal y caduco y que la Seronda se muestra bastante avanzada.

Cuatro casas conforman el diminuto y retirado barrio del Río, la más elevada destaca por su blanco encalado y pertenece al tío Ramón y su familia, tiene planta rectangular con el piso superior como vivienda, debajo la cuadra de las vacas y el caballo Moro, en la parte trasera el pajar y un huerto que lo rodea, que ahora parece desangelado, muestra una hilera de berzas de cuello largo y desgarbado, unos cuantos nabos en un arríate, un mar de cenizos y tallos filamentosos de cola de caballo, que son los restos de los frutos y malas hierbas de la temporada. Aledaña y separada por una presa que baja llena a rebosar, como vena hinchada por el gran esfuerzo, surcada por veloces y abundantes hojas, dicha conducción es empleada para alimentar un molino hidráulico, cuyo cubo aparece unos metros más abajo; en este paraje se sitúa la casa de los abuelos, origen del asentamiento allá por los años veinte del siglo pasado. Esta vivienda, a diferencia de sus vecinas y compañeras, en su parte inferior no dispone de establo, siendo ocupada la estancia por las redondas muelas, la tolva, estantes, duerno de salar carne y arcón de herramientas de labranza y mina. En su nivel más bajo aparece el rodeno unido a recio árbol o eje de madera que recibe el empuje del líquido y lo transmite a los pesados discos de piedra, pertenecientes todos a la impedimenta de un molino harinero de temporada de lluvias.

Trajina afanada la vieja señora, de cara redonda y arrugada, vestida de negro, peinada de moño y con una pañoleta sobre la cabeza, se trata de nuevo de la abuela Estrella y aunque aparente bastantes más años, tiene recién cumplidos los sesenta, muestra las manos tiznadas de blanco, restos sin duda de piñerar recientemente con el cedazo harina, se oye de fondo el monótono son del molino; despide a una parroquiana, que se aleja llevando del ronzal a un asno nervioso y perlado de mataduras, después de haber depositado en el portalón el odre, sacado del pellejo de un cabrito, relleno de grano de maíz, a fin de ser convertido en sabrosa harina para preparar papas o boroñas. Abandona la negra figura el camino de tierra, sube unos macizos peldaños de piedra con barandilla de madera y se introduce en la vivienda, dentro está un rapacín repeinado, larguirucho y flaco –al que hace años que conozco- ronda los once años y responde al nombre de Mino, está dando cuenta de una buena taza de farugas de pan con leche.

–Espabila pesau, que ya salía de casa Balbino –le comunica a su nieto al entrar.

En la percha del pasillo de entrada, cuelga una abollada zurrona -empleada pa bajar la leche del monte- una oscura zamarra y un sombrero de paja, componen el austero mobiliario de la estancia cocina, una mesa larga y dos bancos corridos, de una madera que parece blanca, quizás debido a las fuertes friegas con arena y lejía, aunque suele estar cubierta por un hule.
Un gato zalamero levanta la cabeza y miaga suplicante, frotando su tieso rabo contra las piernas del chiquillo que solícito empuña la jarra de leche y vierte el blanco manjar, en un cuenco de madera posado en el suelo, que sirve de comedero para los mininos. De frente entra la luz a través de un ventanal con visillos, las contras están recogidas y son estrechas y alargadas, le acompañan dos tiestos con geranios que adornan su parte inferior, deja delante el fregadero un grifo que surte con agua corriente canalizada desde el río; del picaporte cuelga un reluciente y amarillento cangilón de metal con largo rabo, que se emplea para beber, al lado va la cocina de carbón de marca Hergón, tiene una barra plateada con remates amarillentos donde cuelga un rodillo grasiento, encima van un par de planchas macizas de hierro colado, que se suelen calentar colocándolas sobre el fogón, al frente un horno que en el invierno es muy útil para caldear las zapatillas, secar los calcetines mojados y los mismos pies -si se tercia- después de pescar una buena mojadura, cuenta también con una paila para calentar el agua, el suelo es de madera de castaño veteada y nudosa. Detrás y elevada hay otra ventana que da a la tapa del cubo del agua del molino, con dos armarios empotrados, el mayor con puerta al frente y se emplea como alacena de la comida, en el lateral aparece otro hueco con puerta con tupida red apropiado para secar quesos, fuera del alcance de las golosas moscas, donde también se sitúa un farol con cristales color miel, hecho con hojalatas de forma artesanal por el hojalatero que se anunciaba en el pueblo una vez al mes, como los afiladores a voz en grito y que se ganaba la vida con esas obras y de colocar remaches a las potas viechas; emplea el candil aceite con una mecha para dar luz, está pedido por el chiquillo para ir a cortejar a Blanquina la pecosa y delicada hija de Virtudes, cuando tenga edad. Del techo cuelga suspendida por trenzado cordón, una pantalla con revestimiento de porcelana, el conjunto parece blanco aunque las manchas producidas por los oscuros excrementos de los molestos insectos voladores, le confieren aire de apolillada, la bombilla se alimentada a los 125 voltios habituales en aquellos tiempos. En otro pequeño armario con patas, situados en la parte izquierda van los platos, tazas de bola, cuencos, potas y cazos, a la diestra, cartucho de azúcar, sal, arroz y fardelas con fabas, arbejos y farina de maíz.

Al fondo tenemos una puerta pintada de gris perla y que da paso a una sala contigua, con una laja de gastada piedra como base, restos de la antigua entrada a la vivienda ya que la actual cocina fue en su día un portalón. Es la sala rectangular y tiene en el frente una galería que mira al sur, dotada de estrechos cristales con visillos y contras de madera que se sujetan cerradas con calavichas que ahora cuelgan como badajos de esquilones, cada lateral cuenta con dos puertas y en medio sendos armarios para ropa y los cacharros, destacando la desgastada batería de cocina de San Claudio, pa las fiestas, arrimado a uno de los armatostes se divisa la encapuchada figura de una vieja máquina de coser Singer, los huecos portalados dan a las cuatro habitaciones, pequeños habitáculos en los que apenas caben las camas, a la izquierda cuelga de la pared una foto de los abuelos, a la derecha un redondo sillón de mimbre donde el abuelo se solía acomodar y que yo solía aprovechar como acogedor columpio sentado en su pie, debajo del se abre una trampilla que mediante escalera te permite bajar a la sala del molino, empleada sobre todo en la noche y en el invierno para atender la molienda sin tener que salir de la casa, a su vera el recio y desconchado baúl con los tesoros que el abuelo Avelino se había traído de la Perla del Caribe, arcón lleno a rebosar de fantasías de niñez. Es la sala el lugar apropiado para pegar la hebra en las tardes, cuando el sol apenas nos calienta con sus oblicuos rayos mientras declina y se apaga sumido entre los árboles.

Una gran pota rojiza borbotea sobre el fogón, es la comida de los gochos una mezcla de harina de salvado, patatas y castañas –en muchas ocasiones eran añadidas hortigas- que dejaban en la cocina un penetrante olor a llabaza. El hervidor de leche le acompaña un poco alejado de la rojas anillas, con su tapa de aluminio que siempre terminaba por bailar a destiempo, derramando el contenido, dejando por su costados el rastro del delito, delatores restos tostados del líquido; era habitual que te encargasen vigilar la leche y siempre te distraías -mirando por la ventana, atento al paso de quien fuese o distraido pensando en las musarañas- cuando la tapa se levantaba y terminaba quemando el blanco elemento encima de la chapa de la cocina, antes que pudieras acudir apresurado con el rodillo a quitar el hervidor, al final recibías como pago un coscorrón y la reprimenda consiguiente.

–¿Buela, que vas facer pa comer güey?

–Un pote de berzas,

–Siempre berzas -protestaba, con lo poco que me gustaban los potes, adoraba el jamón, el chorizo y los dulces, el arroz con leche, dulce de leche y nata con azúcar, cheiche a todas horas, eso ya era idolatría.

–Pa detrás tienes tamién castañas amagostadas y una potada de pulguinas que sobraron de ayer.

–Si me faes arroz con leche, como el pote sin rechistar -le chantajeaba

–Cierra el pico y échale una paletada de carbón a la cocina pa que nun se apague –me pedía
Obediente levantaba con el gancho la tapa redonda central y con la otra mano cargaba la paleta en un cajón con negras piedras y alimentaba el fuego que por momentos se apagaba pa coger después más fuerza.

Suena ruido de descalzar madreñas y no se oye el Ave María Purísima, ni hay falta de responder con el consabido Sin pecado concebida -letanías repetidas y gastadas por aquellos tiempos- chirría la manilla de la puerta y unos segundos después penetra como un torbellino un neño rubio, con pelo liso y tieso, con cara de revoltoso e inquieto, lleva pantalones cortos y las rodillas muestran la cicatriz con postilla seca de la última caída, porta una voluminosa cartera.

–Mino ¿Ya sabes los verbos del francés? ¡Hoy seguro pregunta! –dice en cuanto se encara con su primo y compañero de andanzas escolares.

–Nun seas cenizu –Cheva días diciendo que va preguntar y después nun se acuerda. -¿Te los sabes? Yo nun me aclaro.

–Regular, hay tiempos que tracamundio un poco.

Emprenden el camino del Cantón cargados de libros como abechas, con los pies calentinos en las zapatillas dentro de las madreñas y taconeando sobre las gastadas piedras. A la altura de casa Virtudes que tiene sus ventanas adornadas con tiestos, tuercen a la izquierda y antes de comenzar la Carrilona se les une David y Ubaldino a la carrera, era casi la hora de entrar y subían al trote y sin aliento por la empinada travesía, que contaba en lo más alto con una piedra tótem donde tenía lugar una singular competición entre los pequeños, al salir de la escuela con la vejigas repletas, llenas a rebosar, el reto consistía en quien era capaz de aventar más el mexu.

Transcurre tranquila la mañana en la escuela, enredados en sus quehaceres habituales, los mayores perdiendo el tiempo pensando en sabe el diablo que, o bien charlando disimuladamente con los compañeros y sobretodo procurando que el maestro –que por cierto tien mala cara- no tuviese que interrumpir sus tareas cotidianas de corregir cuentas, dictados y dar explicaciones a los más duros de mollera y tomase cartas en el asunto cuando el gallinero comenzaba a desmadrarse.
Es el maestro de nombre Manuel, joven y ligero de peso, cara estrecha y alargada, rostro con piel basta y marcas de viruela, la mirada de zorro, de familia de maestros, era su primer destino como enseñante, aquel día sus labios se habían tornado tirantes y resecos –mala seña- peleaba con cerca de una cincuentena de rapaces, pequeños y grandes, los mayores al final de la clase en una hilera de mesas se preparaban para el primer curso de bachiller, con exámenes a efectuar en Oviedo como libres en el instituto Alfonso II al terminar el curso. A partir de las cinco de la tarde en que el aula era abandonada por los alumnos de curso normal, una escasa decena continuaban hasta cerca de las 9 de la noche en clase particular preparando el bachillerato.
Caserón rectangular, amplia sala y alto techo perteneciente al palacio de los Tuñón barrio de la Techera, tres ventanales daban al oeste y de refilón al pueblo que se perdía en la ladera hasta llegar al río, dos al sur y uno de ellos pertenecía a al salón de la escuela, con una pequeña peana especie de losa de piedra que sobresalía en la pared. El edificio contaba con un gastado escudo en la fachada, lucida y pintada de blanco en la parte alta, abajo piedra vista, el piso de madera, unas cuantas hileras de mesas con un par de redondos agujeros practicados para alojar el tintero: debajo se sitúa una oscura bodega con llagar equipado de una gran prensa con usillo de madera para exprimir la manzana, la entrada tiene un portalón con arco, el piso empedrado, patio cuadrado a la diestra con restos de una antigua vivienda –donde precisamente había nacido mi abuelo Avelino- los restos de los montones de piedras están irregularmente escalonados, cubiertos en parte por la yedra nos servían para llevar a cabo muchos juegos, escaramuzas guerreras y más de un descalabro; en la parte plana solíamos jugar al balón, a la queda, a la pita ciega, al pañuelo, al marro, aprovechando unos hoyos al efecto a las bolas también conocida por el guá, a la pica la mula y la zapatilla bajo techo en el portalón cuando llovía y tantos otros que hoy ya ni recuerdo. Era oscura y de piedra la escalera a la que daba un pequeño ventanuco que apenas filtraba unos rayos de luz, el descanso negro como un ciguato, a la izquierda la escuela a la derecha la casa de Ismael el de la Techera, minero tosco y con malas pulgas al que solíamos importunar la siesta, con nuestros gritos y gran algarabía y que de vez en cuando se vengaba rajándonos la pelota –si la pillaba cuando saltaba al prado que tenía debajo del patio- Un largo y prieto encerado, una recia mesa de nogal pal maestro, y dos desteñidas fotos colgadas en la pared, una con uniforme militar del quícaro sanguinario y otra de paisano un tan Jose Antonio –fascista falangista y llorado mártir- entre dos de las ventanas un armario empotrado en la gruesa pared de piedra, donde se guardaban ropas que debieran ser de la capilla -aledaña al palacio- y cuando quedábamos de limpieza servían para enmascararnos y jugar con las dorados vestidos de uso en los ritos religiosos. En primavera durante los recreos salíamos a dar una vuelta por los alrededores y a veces recalábamos en una huerta cercana, donde Tomás anciano de pelo blanco, campechano, simpático y parlanchín, de similares ideas izquierdosas al abuelo, también como él pertenecía a la cofradía de los eternos optimistas, que más por deseo que otra cosa, afirmaban para tratar de auto-convencerse, repitiendo inasequibles al desaliento la gastada cantinela “ de este año no pasa, seguro que cae el gobierno fascista…” cuidaba las abechas, desde un precario caseto techado con uralitas, situado en mitad de la finca y vigilaba que las laboriosas obreras carretearan pa los truébanos (colmenas) todas las flores de las alrodiadas (alrededores).

Como animal que añora su cueva, de vuelta a casa a medio día, con la fame justa, ahora tengo un recuerdo para Ramón, era mi tío preferido y padre de Balbino, buena estatura, pelo liso peinado hacia atrás, tocado con gorra montera de color gris, pantalones de burdo azul mahón sostenidos por un cinturón de cuero gastado, el pañuelo le cuelga en el bolsillo de atrás, jersey de lana tejido en ochos por las laboriosas manos de María, mirada franca, sus ojos brillaban siempre con ironía, socarrón y amigo de embromar a todo el mundo, eterna expresión de buen humor y burla, disponía de una mente certera y ágil respuesta verbal, muy experto posteador en la mina y madreñero en sus ratos libres, un verdadero manitas y un perfeccionista al que no había oficio que se le resistiera; ganadero, labrador y quien nos enseñó a segar con guadaña en el prado de la Melendral por aquella época, cuando nos aprestábamos a abandonar la niñez. Lo sitúo en el portal del molino de píe y maneja con una destreza que maravilla, encima de un tuero de fresno, una afilada hacha que va golpe a golpe, desbastando unos maderos de nogal para fabricar madreñas, primero fendiendo los troncos que previamente cortara con el tronzón a un tamaño de algo más de una treintena de centímetros, dependiendo del grueso del tronco se pueden sacar una o un par de madreñas o quizá más, su maestría alcanza a manejar como si fuese un bisturí, la zuela, el raseiru y la llegra, dando forma a unos toscos tueros de madera. Todavía recuerdo el día en que nos tomaba el pelo con la lámpara eléctrica de la mina, le ordenaba con voz grave ¡enciendete! Y el candil minero le obedecía, después le mandaba apagarse y la magia funcionaba de nuevo, a continuación nos brindaba que nosotros le ordenásemos y no veas nuestro desconcierto al no ser atendidos, hasta que descubrimos que el truco estaba en un leve giro que le daba a la parte inferior de la lámpara que hacía de interruptor.

Era Ramón también el matarife oficial de los sabrosos cerdos para el consumo familiar del diminuto y familiar barrio, el ritual del San Martín celebrado todos los años al caer el invierno, suponía una fiesta del sacrificio, que sirvió y servía para aliviar el hambre de muchas gentes, bien se merece un monumento el generoso cerdo y no apechugar en su nombre con la carga negativa de ser un insulto ¡ya pudieran llegarle a la suela de las pezuñas los animales de dos patas, que son tenidos como tales! Les clavaba un largo cuchillo desde la papada hasta el corazón desangrándolos para un caldero donde recogían el cálido y rojo líquido, no dejando de remover para que no cuajase, después era empleada para mondongar unas sabrosas morcillas. Cuando éramos pequeños no nos dejaban presenciar el sacrificio de los bichos, más adelante ya cooperábamos a pelar al animal con el agua hirviendo, raspar con el cuchillo la piel; consumado el sacrificio, el experto carnicero procedía a la operación de abrir en canal tan agradecido animal –del que no se desperdicia nada- y sacar las tripas, corazón hígado, lomos, etc. A continuación de haber vaciado las vísceras se colgaba por las patas traseras a la entrada del molino y se dejaba a serenar toda la noche, para al día siguiente descuartizar, operación que consistía en cortar los jamones, lacones, tocinos, untos y hasta la calamona. Eran en verdad sabrosos aquellos lomos del que siempre terminábamos llevándonos algún trozo al descuido y en improvisada fogata los freíamos sin adobar pero con un aroma que quitaba el sentido y nos los zampábamos de una asentada.

Mientras esperaba que pusiesen la mesa pa comer, desde la galería veía como cruzaba sobre el puente de troncos sobre el río, al que alimentaban las aguas de los dos regatos al juntarse debajo de la casa de los abuelos, observaba a una mujeruca no identificada porteando un haz de leña a la espalda, mientras se cruzaba con Jesús un anciano de piel traslúcida, labio inferior caído y pelo muy blanco, llevaba de la mano una vaca sujeta por una cuerda atada a los cuernos, en dirección a la Cuesta que no era tal ya que el camino negando su nombre era llano, mientras tanto el manso animal pastaba los bordes, las cunetas, el viejo hablaba solo como tenía por costumbre en su delirio, era el loco oficial del pueblo aunque seguro que había muchos más que no le andaban a la zaga en sus cuerdos desvaríos.

Sumido en la espera de aquel tiempo, no se por que me viene a la memoria…la esfoyaza, manos rudas se encargaban de la esfuecha aunque no eran descartadas las finas y delicadas de muyeres y neños, me encantaban las tertulias a que daban lugar al anochecer, aquellos días la cocina estaba desbordada por un montón de panoyas desplazando la mesa, se formaba un corro sentados en bancos y taburetes bajos con los abuelos, tíos y primos, todos compitiendo en rapidez de desvestir las mazorcas, era tiempo de frío y el fogón caldeaba el ambiente, mientras borboteaba la pota de las papas para la cena de los participantes al final de la faena, reunidos bajo la mortecina luz eléctrica de una bombilla de poco voltaje y potencia, cuando no era sustituida por la más romántica de las velas, si el diaño o la rama de algún árbol no le daba por derivar la corriente de la línea eléctrica a tierra, con el consiguiente y habitual apagón; las panoyas preparadas con sus tiesas hojas eran colocadas en una goxa o maniega ordenadamente para facilitar el ser cogidas sin perdida de tiempo por parte del enrestrador. Era ocupación y divertimento de los niños saltar y tirarse sobre los montones de hojarasca del narbaso que a veces también eran empleadas para hacer jergones para dormir en las cabañas del monte. Excuso decir que no había radio ni televisión, solo pieles juveniles tersas y risueñas, al lado de otras viejas y arrugadas con el polvo de la tierra adherida tornándolas marchitas y sobre todo la palabra, la tertulia el comentario los chismes, la atenta escucha de los mayores, las anécdotas contadas por unos u otros con más o menos gracejo, novedades o historietas que eran la salsa de la reunión, muertes recientes, cuentos, amoríos y casamientos.

Así contaba uno como hace unos días Constante el de Campiello y si no quedaba identificado para todos, aquí salía a relucir toda su parentela, que si era fío de Maruja, hermano de Pedro el minero, casado con… Se había llevado un susto de muerte, subió al coche de línea -que venía de Oviedo- en Proaza y aunque el tiempo estaba revuelto y lloviznaba de vez en cuando, como venía bien abrigado con una buena zamarra, decidió encaramarse al techo del vehículo ya que dentro solía marearse, trepó por la escalerilla y se acomodó en un banco de madera, no había nadie allá arriba solo en la parte delantera apreció que iba sujeta una caja para entierro que no le dio muy buena espina, atento a sortear las ramas que amenazaban con peinarle el focico, cuando el autobús de línea se acercaba a los laterales para cruzarse con algún camión o coche, en esas estaba cuando apreció como se levantaba de improviso la tapa de la caja… dándole un balto al corazón y una voz que le decía: -¿Ya paró de chover? que le dejó helado, a la sazón un ocurrente vecino de Entrago -poco miedoso- a la altura de San Andrés y dado que habían comenzado a caer unas gotas, ni corto ni perezoso, tomó acomodo dentro de la caja y cuando sintió que alguien más se había encaramado en lo alto del vehículo decidió gastarle una pesada broma.

Otro comentaba como Paco el de Bárcena que había quedado viudo hacía poco, se desplazó a San Martín a preparar los trámites del entierro de la parienta y como el dolor era grande y la llamada del vino castellano le jugaron una mala pasada, así de taberna en taberna y bebiendo para olvidar, terminó llegando al pueblo con la gran tajada, haciendo eses por el camino y con la corona de la difunta colgada del pescuezo como si de la collera de una caballería se tratara.
Si se terciaba que alguno de los participantes entonaba bien…cosa poco habitual ya que nunca ví una familia más negada pal cante, salían a relucir cantos picardiosos que alegraban las chanzas:

Alegrate vaqueirina

qu’esti añu hai bon maíz

tengo yo una panochona

barbada pu la raíz.

Muchos cuentos me habían contado siendo niño, algunos los llegue a creer, otros servían para crear un mundo paralelo en el que habitar cuando las cosas se torcían en este. Aquellos apreciados días en que te acunaba la melodía suave del viento en las ramas de los fresnos, al caer la noche llegaba el aliento calentucio de Castilla, durante el día arreciaba el canto de las cigarras, distraído seguías el nervioso ajetreo de las lagartijas asomando por entre las piedras de los paredones, era continuo el trajín de arrear el ganado por los caminos anunciado su paso por el son de sus cencerros, el palo en los costillares o el aguijonear sus cuartos traseros con la puntiaguda guiada. Cuando al oscurecer eras reclutado para desgranar el maíz, frotando una panoya con otra, al final de la tarea nos entreteníamos haciendo torres con los tueros en competición al que consiguiese colocar más pisos sin que se derrumbara el precario edificio. Recuerdo como un verano de unos años antes, al volver de haber pasado unos días durmiendo en Marabio se solía llevar a cabo en el mes de la yerba –para no tener que subir y bajar al monte todos los días- y como al regresar me había abrazado la abuela llorando a moco tendido, quedé muy extrañado sin saber el motivo, después fui atando cabos y resultaba que los abuelos habían recibido una carta de padre en la que anunciaba sus intenciones de casarse de nuevo, no se lo que le habrían contestado los viejos o por que otros motivos el caso es que se frustró el casorio, lo que estoy seguro es que la abuela le hacía un gran reproche, decía a quien quisiera escucharla:

–¿Cómo iba a darles una madrastra a los sus neñus?

Que debía ser lo peor del mundo, por lo menos así le parecía a ella, que era muy aficionada a leer libros de cuentos en los que no había una madrastra buena.

Era engorrosa la vida de un tímido siempre metido en la concha y ahora me estoy dando al vicio de los recuerdos, a la vejez le acompaña la caricatura, cualquiera se vuelve triste y ridículo, hasta nos embarga el miedo a palmarla, y te das cuenta que perdiste la alegría, es una pena sin salida, que nos niega deseos y ambiciones, convertidos así y asá en redomados egoístas, materialistas y roñosos; para casi todo hay más de una razón, a veces muchas explicaciones convencen menos que una sola bien atinada, así me alcanza la imagen de las chicas que aprendían costura con tía Armonía, era Tere la de Ignacio, una jovencita linda y alegre con unos ojos a los que le había prestado sus verdes destellos el campo asturiano, de Tere de Bandujo diré que me parecía lozana, tengo una imagen borrosa pudiera ser trigueña de piel blanca ¿o sería morena? no sabría distinguirla, hace décadas que no la veo para renovar la imagen. Cuando comenzabas a apreciar las mujeres de otra forma -en la escuela franquista solo maromos- siguió la edad del pavo encontrándonos descolocados no sabíamos como tratar a aquellas hembras que te atraían sin saber bien por que, o bien admirabas por el contraste y no eran las abuelas o tías; estando de vacaciones gustaba de pasar la tarde contemplando con ojillos redondos de pollo, aquellos seres de pelos largos que comenzaban a tomar formas rubicundas, que estaban en la flor de la vida y que se movían con tanto desparpajo entre hilvanes, ojales, botones, sisas, bordados y bodoques, está visto que para admirar y gozar la belleza y la vida no hay nada como la primer juventud.

Santa Ana o Santana era la fiesta del pueblo, olvidada ¡por fín! la yerba y hasta pasados los ardientes calores, obligados de soportar a la testera del sol por la recogida de la escanda del pan, a finales de Agosto subíamos pequeños y grandes –siempre a pata- caminando hasta el canto, alegres y risueños con las mejores galas puestas -los hombres en mangas de camisa, relucientes de blancas- cargados los cestos y las alforjas de las caballerías de fiambreras, empanadas de carne, de bonito y de dulce, sin olvidar el arroz con leche y el vino castellano de pellejo, iniciábamos la excursión campestre, con la retama salpicando la pendiente con sujerentes manchas amarillas, por caminos que serpenteaban escoltados por muros que parecían ríos de piedra, espoleados por los ruidosos voladores y el olor a pólvora; a medio día se celebraba en el alto la misa de campaña con procesión de la santa alrededor de la capilla. Gaitas y bailes de jota asturiana daban colorido al festejo junto con vendedores de avellanas y en el carrito de las golosinas también toscos juguetes de chapa y muñecas de trapo. Formaban la barraca o chigre cuatro palitroques arrimados a la pared de la capilla y unas tablas hacían de barra, con el techo de ramascos de fresno por si calentaba mucho el sol. Por la tarde era obligado el baile, amenizado por la orquesta de Juan el del Toral, el monte se veía invadido por música de viento sin altavoces, componían la acompasada banda, un batería seco y arrugado pariente cercano y muy amigo de la uva fermentada, Juan y su hermano Jose a los saxos, un acordeonista y el compañero Severino a la trompeta, completaban el cuadro artístico. A la hora de comer, esparcidos por el campo circundante, vistosos corros de familiares y amigos, dando buena cuenta de las sabrosas viandas y con la bota de vino pasando de mano en mano, con la vista puesta en el valle de Teverga, de improviso se armaba la tremolina cuando un garito de pan terminaba por impactar con algún tricornio, era una falta de respeto a la verdosa autoridad, muy grave delito en aquellos tiempos, el chamarlos “muertus de fame” la pareja amenazaba con suspender la fiesta y repartir palos, aunque días después cuando alguien iba con el cuento -confidentes haylos en todas partes y más en aquella época carcomida por el más fiero franquismo- el arriesgado autor recibía en el cuartel de Entrago una buena somanta de hostias, con lo que era lavada la afrenta y al culpable no le quedaban más ganas de repetir el desafío. Sobre las cinco de la tarde casi siempre hacía presencia la borrina (neblina) acompañada del desagradable viento nordeste, obligando a los alegres celebrantes a continuar la fiesta bajando al pueblo; allí los mayores como mirones acodados en la barandilla -las mujeres llevando sobre los hombros sus capilinas de lana- contemplaban con envidia desde arriba el baile en la pista, como se apretujaban las parejas, los pequeños corrían sudando entre los danzantes haciendo estallar petardos y devorando caramelos sin tino, si la luna no permanecía empingorotada en el firmamento, podías distinguir muy bien las estrellas, y hasta el mismo Spunik veloz se dejaba ver entre ellas, no faltando quien decía distinguir a la perrita Laika o al mismo Yuri Gagarín saludando con la mano desde la escotilla de la nave.

No sé si habría muchos borrachos pero en aquella época en el pueblo bares había abondos y llenos a rebosar sobre todo los fines de semana, y la cultura del vino en razón de contar muchos mineros no era de extrañar, algún que otro borrachín era bien conocido, pero tampoco puedo decir que fuese habitual encontrarte con gentes durmiendo la mona tirados por las callejas, eso sí las canturriadas a altas horas de la madrugada aumentaban con las fiestas. Me gustaba escuchar las conversaciones en los bares, los parloteos de los que jugaban al subastado, hablaban de la mina, de la yerba, de las cosechas, del ganado…y como era muy dormilón y al abuelo los bares no le llamaban, solía retirar pronto con la luna con su disco redondo alumbrando mis pasos camino de casa, tampoco era cuestión de andar un crío a las tantas.

En verano la democrática tertulia de jóvenes y mayores delante de casa Eronda, era otro de los entretenimientos al caer la tarde, en alguna ocasión recuerdo haber visto también –dentro del local que era bar y tienda a la vez- la actuación de algún mago y adivino que hacía las delicias de los más pequeños; acunados por la calina cazurra que entraba por la abierta Ventana, mientras le daba tregua y se lo consentía el frío y desagradable nordeste, sentados en corro sobre el semicircular muro de cemento que formaba la antoxana, que aún conservaba parte del calor del sol de la tarde, mientras te mantenía las posaderas templadas, pasábamos las horas que no volverán, hasta que Lorenzo deslizaba con su mano la cortina por el lomo de Santa Marta, desperfilando el paisaje con su luz amarillenta y mustia, solías aguantar hasta que te quedaba el culo frío; Máximo veterano jubilado haciendo honor a su nombre como máximo enterado y al tanto de las últimas novedades de los dimes y diretes del concejo, era el principal animador de los paliques; otros días la ocupación era corretear y jugar a siete marinos a la mar, por las píndias callejuelas o vagar sin rumbo a la buena ventura del Cantón al Fundil, de Viescas a Mendoza, o excursionar a Gradura aprovechando pa mercar manzanas en alguna pomarada, gastando las alpargatas de esparto, para quemar el exceso de energías que sin duda sobraban asgaya.

Los domingos ver la tele en la bolera del Toral, en la sala que a veces también era baile, arriba estaba el bar del que bajaba de vez en cuando algún parroquiano borracho, despechugado con la falda de la camisa fuera y la bragueta medio desabrochada o mal abotonada; chiquillos y mayores contemplábamos aquel invento que pedía paso y llamaba a nuestras puertas con insistencia, todavía no se podía ver en Asturias pero por Ventana que hacía de entrada, cuando el tiempo acompañaba con nubes que no dejaban dispersarse la señal, un resto de apretadas ondas, nos permitía adivinar en la nevada pantalla los partidos de fútbol del glorioso Madrid de la Copa de Europa, o las aventuras del perro Rin Tin Tin y del pequeño cabo Rusti, se trataba de la gran caja tonta sin cuya compañía ahora, muchas gentes serían incapaces de seguir viviendo.

–¡A comer! –llega una voz desde la cocina, cortando el hilo de los recuerdos. No obstante todavía me queda tiempo para dar cuenta de una anécdota que es la asemeya del machismo en que vivíamos y del que nos cuesta tanto desprendernos a quienes nos hicimos mayores en aquella época (Con ella no estoy tratando de justificar ¡que tamién! la nula ayuda que suelo prestar en los trabajos domésticos ¡soy un caso perdido!)

–Abuela, te ayudo a secar los platos, pa poder dir a la cama primero, ¡pero no se lo digas a naide! -Le rogaba ya que dormía en su misma habitación y tenía miedo el ir solo a acostarme y al tiempo no quería que nadie se enterase que hacía ese trabajo de muyeres.

Con el buche lleno, es un decir -ya que era un ruin comedor- me preparo para regresar a la escuela en el infausto día de autos.

–Antes de marchar chévale unas fuechas de berza a lus coneyus, las cueches en el guertu y las deixas dentru del corripu de tela metálica -me pide la abuela.

Frente a la casa al otro lado del camino que te llevaba al centro del pueblo, había un huerto y después de encaramarte por un retorcido y cuesto sendero se accedía a un recinto –conocido como el ribachu- con una caseta o corripo en el que estaban alineadas unas conejeras de madera preparadas al efecto para parir las conejas, vivían en semi libertad aunque algunas de las parideras, ellas mismas se encargan de practicar los agujeros en la tierra donde escarbaban con sus uñas los nidos-cueva para parir; me lleva al recuerdo de un perro vagabundo al que había adoptado como mascota y al que tuvo que sacrificar el abuelo, ya que se había aficionado a la carne de conejo, desde aquella me pasé a los gatos, menos fieles pero no dan tantos problemas. No se podría decir que olían bien las antotsanas de las casas ya que el cuchero se situaba indefectiblemente delante mismo de las puertas de entrada, tanto el establo como las viviendas, estábamos acostumbrados y ni nos esterábamos.

Si la memoria no me engaña -y bien puede que sí- pasaba de las cinco de la tarde, cuando Manolo se dirigía a los escolinos con media sonrisa aviesa…

–Como llevo advirtiendo desde hace bastantes días, los verbos franceses los hay que saber como el padre nuestro, de atrás para delante y de delante para atrás, así que hoy me vais a demostrar el caso que hicisteis.

El corazón nos latía con fuerza a todos, no se por que presentíamos la tormenta que se avecinaba.

–¡Emilio a la palestra! –indeciso y remolón se demora…

–¿Naciste cansado? -le apremia

Dos tiempos correctos dieron paso a un tercero con una equivocación en uno de sus personas.

–Las palmas hacia arriba –le pidió, mientras aprestaba la vara de avellano que ya portaba en la mano.

–Zas, zas,zas –la vara cortó el aire, estrellándose contra las blancas y ateridas manos, mientras las lágrimas pugnaban por desbordarse y a los demás se nos encogía el corazón, ante el castigo que se nos avecinaba.
Angel como más listo y estudioso fue quien aguantó más asaltos a las preguntas, pero al final también terminó probando las mieles de la fina y silvante vara. En pocos minutos todos terminamos saboreando la dureza y flexibilidad del avellano. Allí estábamos comenzando por el mayor David y siguiendo con Tito, Fernando y terminando por quien suscribe, la mayoría llorando como piperas, refugiando las manos debajo de los sobacos, para darles un poco de calor, e intentando a destiempo dar el callo y aprender a marchas forzadas los malditos verbos franceses, con la vista nublada por las lágrimas que dejaba sobre las hojas de los libros su huella y la certeza que las lágrimas son incoloras, inodoras y de sabor un tantín salado. Solo no llegaron a llorar David y Balbino que se retorcían rojos de ira sin darle el placer al maestro de conseguir que llorasen, excuso decir que fueron los dos, los que con más refinado ensañamiento maltrató el fiero cilicio del maestro, emperrado (dispuesto) en conseguir que aquella tarde todas las caras llevasen los surcos de las lágrimas marcadas en sus caras a la cama.

Apechamos con el castigo como buenamente pudimos, intentando caer de pié como los gatos, pero todavía nos esperaban más acontecimientos desagradables, nos concedió un nuevo tiempo de repaso y a continuación tuvimos una segunda ronda de preguntas y de nuevo palos a mansalva, tamaña golpiza la recordaremos mientras vivamos, al día siguiente tramamos venganza, ¡pobres ilusos! ¿Qué podíamos hacer en aquellos tiempos contra la autoridad y la vara del maestro? Las manos mostraban las huellas del castigo bien marcadas con los dedos doloridos y ligeramente hinchados, le mirábamos con rencor y maldiciéndole por lo bajo, apenas podíamos sostener la pluma entre los dedos.
El ritual del suplicio era conocido, manos extendidas con las palmas hacia arriba y que no se te ocurriese retirarlas cuando la justiciera vara trataba de alcanzarlas, pienso que esa actitud de manos medio encogidas y temblonas daban lugar a que la fuerza de la vara incrementara el daño en las manos desamparadas, en cambio las que encaraban el castigo con rabia y rigidez que convertían los dedos en alambres de acero quizá en parte repelían el castigo y a la postre recibían menos daño.

Todavía resuenan en mis oídos el je parlai, tu parlais, etc. O el je tins, tu tins, mezclados con nous partîmes vous partîtes y tantos otros tiempos sin orden ni sentido, que un día terminaron marcado las inocentes y delicadas manos, cuando el maestro decidió pagar sus malos humores en las tiernas carnes de sus alumnos.

Estas Navidades entre polvorones, turrón y algo de champán, decidí dejar en el blog unos lejanos recuerdos, para celebrar el post número 300, el estar a punto de llegar a las 75.000 visitas y el llevar más de dos años perdiendo el tiempo y a la vez entreteniéndome delante de la pantalla. Perdonad si me alargué más de lo acostumbrado, pero estas fiestas el cuerpo me pedía volver atrás en el tiempo.


Barrio del Río


Ramón, Balbino y María


Escolinos en la escuela de la Techera


Estrella


Avelino


Abuelos


Severo, David, Mino, Balbino, Ángel
José, Julio


Escuela de la Techera


Casa-molino


Casas en el Río


Interior del molino


Casa de María y Ramón


Casa de los abuelos


Barrio del Río


Casa Jose Antonio


Madreñas


Trabajando la madreña


Matanza


Esfoyaza (Esfuecha)


Enriestrar


Santa Ana


Valle de Teverga desde Santana


Entrago


Palacio


Alto Siecha


Sobrevilla, Munticiello, Las Vegas y San Martín


Peña Gradura


San Martín


Senda del Oso


Sobrevilla


Colegiata


Gildo y su yegua