Recuerdos aldeanos, camín de Marabio. Por Max.
¡Que le vamos facer! de vez en cuando me apetez xuntar letras, tengo el vicio enraizau, reconozco que así entretengo el monótono paso de las horas, espantando a su vez el pernicioso aburrimiento, pero no dejo de preguntarme, si verdaderamente: ¿merecerá la pena dejar constancia de unos recuerdos de infancia que quizá a nadie interesen? Dirán que es vano -con la que está cayendo- perder el tiempo pulsando teclas… puede que sea esta la válvula de escape que nos queda a unos cuantos antiguos a la fuerza de tan viechus, que disfrutamos rebobinando a nuestro antojo. Aparte de la íntima satisfacción de auto-engañarse, creyendo que los hechos se vuelven más reales por tenerlos plasmados como caprichosos garabatos en una hoja, fijados y modelados a nuestra manera, con la inestimable y correctora ayuda del olvido. Conscientes de la imposibilidad de volver a vivirlos, aunque al pasar esos recuerdos al papel, esperas cobren una nueva dimensión, o por lo menos como mal menor, que sirva para librarte de ellos, posarlos, descargarlos de unos hombros, que se van agachando con el peso de tanta carga de sentimientos, alegrías, frustraciones y sobre todo del cruel paso de los años. Estoy convencido que la completa felicidad es el estar papando moscas, soñando despierto, pero esa cabrona placidez, se parez tanto al ensueño que sustenta el feliz recuerdo…
Para los que nada conocen de aquellos tiempos, y que consideran a los campesinos como unos redomados haraganes, por que ven ahora, sus campos abandonados y en barbecho, les tengo que decir que hubo otra época en que por aquellos paraísos perdidos, reinaba la febril actividad. ¿Qué les puedo contar a esas gentes de ciudad, para tratar de convencerles? Pensarán que son puros cuentos. ¡No os engaño! era en verdad dura la vida de unos aldeanos, que no notaban la diferencia entre un laborable y un festivo, y si pretendían feriar, eran conscientes de lo que les esperaba: madrugar primero y doblar después el espinazo hasta las tantas. Estoy seguro que ni por asomo se imaginan lo que es subir a Santana lloviendo, con la niebla queriendo traspasarte los huesos, dejar atrás Piedrachonga con el aliento convertido en escarcha, en cuanto osa abandonar tu boca. Arrear las vacas refugiado bajo un simple paraguas –que tapa lo que tapa- con las nubes xarreando si dios tien agua, y el frío nordeste castigándote sin piedad los riñones.
Comenzaré por lo que tengo más a mano –no en vano allí pasé mis primeros años- un pueblo, Prau, con sus caleyas de tierra y su Río casi seco, sus prados floridos, que en verano hervían de saltamontes a la hora de la siesta, y que al llegar la noche se agazapa como temeroso, detrás de la peña Gradura, acurrucado en silencio, debajo de las bombillas y faroles, nublados por un halo de insectos. Un concejo, Teverga, al que siempre llevaré muy dentro, por que de allí proceden mis raíces que me unen con la tierra donde nacieron y murieron los abuelos, delicadas raíces que te sueldan con la forma de hablar de sus habitantes, como piensan, las costumbres, los alimentos, el perfume de la tierra, de sus aldeas, del mismo aire. A tan poca distancia de las casas de los tíos, donde los dos primos eran compañeros de fatigas, a cualquier hora, para jugar a la pelota, a la piesca, o lo que se terciase; al oscurecer bajo el foco del palo de la luz, o el de la puerta de entrada a la casa de los abuelos; haciendo un alto al xuegu, cuando entraba en escena algún sapo, que osaba ponerse de pie y estiraba el pescuezo para tratar de comerse los insectos que se emborrachaban de dar vueltas alrededor de la luz y llegaban a su alcance, hasta cerca del nivel del suelo, y que presto era alejado del lugar, a palazo que te crió.
Los orgullosos habitantes de las calles asfaltadas, nunca tendréis oportunidad de ser cautivados por la magia de los arroyos, por esos reinos de los espejismos, de fantasmas sin cuento; hogar de entes misteriosos, donde en la noche surgen cosas que no existen, donde se oyen ruidos desconocidos, donde de pronto te tiemblan las canillas sin saber por que. Sumidos en la sombra, sin luna que les acompañe, los arroyos imponen; aúllan y braman las torrenteras, cuando las cabalgan las tormentas, cargadas con sus rubias y rizadas melenas de arcilla, mientras el resto del año fluye su hilo de agua silencioso y puede que hasta pérfido y sibilino; por el contrario se muestran sublimes bailando al sol naciente, chapoteando suaves, entre riberas de esbeltas y tiesas varas de avellano.
En otras ocasiones, de los manzanos en flor, mecidos por la brisa, se desprenden remolones copos de nieve, formados por pequeños pétalos, que antes de posarse, planean con gracia en el aire, hasta cubrir la florida y alta hierba de mayo, donde da contraste al blanco y mullido lecho, unos bordes creados por alineados riegos de cientos de diminutas copas de sangre, que la esplendorosa luz de primavera consigue de las amapolas, que se destacan tiesas y orgullosas desde el suelo, creando una colorida y preciosa alfombra mora.
Sentir el sol de julio llegar a raudales al portal del molino y contemplar como arroja su cálida llama sobre un suelo de tierra oscura primero, después de piedra y madera, pasadizo pisoteado por las madreñas de tres generaciones de aldeanos. Los olores del campo llegaban también, emburriados por la brisa ardiente, olores de yerba, de espigas de pan de escanda, de hojas quemadas por el sol de medio día, mientras los saltamontes se desgañitan, con su claro chasquido, que seguramente era imitado por los silbatos de agua que nos vendían a los niños en las ferias…
Es Teverga tierra alta y hermosa, que tan pronto se alza al cielo en sus lomas e imponentes peñas calizas, como se arrodilla y arrastra en el valle. Silba allá el viento entre poblados y orgullosos castañeos y robledales, y riza aquí mientras aletean, las pequeñas y finas hojas de los fresnos. Regada por cientos de caminos reales y senderos, tantos como pies que los buscaban y transitaban a todas horas. Se hunde el sendero entre el follaje, se adentra y baja a las hondonadas, se enloda en las charcas, mientras en los pelados calveros los tuesta un sol inmisericorde. Crecen en las veras de sus caminos –más o menos reales- las zarzas, los miruénganos (fresas salvajes), los arándanos y los olorosos espinos, mientras a su vez los perfuman también –sobre todo al terminar el invierno- las primaveras y los lirios; el álamo gigante -desde sus altas ramas- los contempla, saltar sobre sus raíces, subiendo y bajando a pueblos, brañas y montes.
Y ya metidos en harina seguiré con uno de los especimenes que habitaban aquellos parajes. Ojillos pequeños e inquietos, bajo cejas pobladas; la frente estrecha, las orejas como de vejiga transparente, grandes y caídas –pura oreya yarga- la cara esculpida en madera vieja, la boca pesllada con firmeza; la nariz chata, el pelo tieso y corto. En la voz, en la consistencia del mirar, en el entrecejo fruncido y elevado, aquel hombre daba sensación de gallardía, de haber tenido que permanecer siempre estirado, en todo lo poco que podía dar de sí, desde que un día ya lejano, se decidió a levantarse y comenzar a caminar. Pequeño y fibroso, los brazos nervudos y con venas gruesas y en relieve, las manos con dedos largos, nudosos, duros, cual patas de cangrejo, huesudas y ásperas y cuyas palmas daban la sensación de ser mariechas, de tantos callos como tenían. Analfabeto sí, pero con mucho mundo, no en vano había pasado bastantes años en la Perla del Caribe. Trabajador incansable. Ese era mi abuelo Avelino, habiendo sido al mismo tiempo: minero, ganadero y labrador.
En esta tierra de los abuelos, la mayoría de la xente vivía de trabayar en la mina, que complementaban con algo de ganadería y cuatro cultivos de la tierra –pa ir tirando- Desde hacía la tira de generaciones, pacientes y alegres, tomaban mucha leche, comían cocidos adobados con chorizo sabadiego y carne de gochu, cenaban papas de maíz, y pa celebrar las fiestas o la venta de alguna res en la feria, se facían un homenaxe, fartándose de carne guisada en un chigre de la Plaza y bebiendo buenos caclipaos de vino de pellejo traído de León, aunque después terminaran -bastantes veces- desandando el camín, poco menos que a rastras.
Hago un alto en el camino, para dirigir una rápida excursión al corazón propio, centro de ese mundo interior de los descendientes de buenos aldeanos, normalmente ignorado por los de la ciudad, que viven más de cara a la galería ¡Como me asaltan los recuerdos de mis paseos de muchacho! Me imagino en la tarde, sentado en el sillón de mimbre del abuelo, viendo desde la galería la puesta de sol por Santa Marta, recordando los avatares del pasado, siendo abordado por el recuerdo del olor de la tierra húmeda, mezclado con el perfume de las primaveras, de las que se descuelgan cual perlas cayendo perezosas, las gotas de la rociada; sintiendo el roce de los ramajes en la cara, con el calor del astro rey hundiéndose en el agua del regato y la tibieza húmeda de sus primeros rayos, mientras con el aliento afanado asciendo el bosque de la Melendral, arreando el arrimo al prau de Bobia de una recua de vacas… todo ello me viene a la imaginación como si estuviese ocurriendo ahora, sin tener en cuenta que han pasado más de cincuenta años.
Un mundo perfumado conforma el ameno recuerdo, los objetos están presentes son reales, arriba el desván, cargado de cosas ya inútiles, lo que parecía inservible allí era confinado; benditos muebles amigos, la mayoría de ellos ya desaparecidos, aunque desde la niñez los sigo teniendo presentes, muy cercanos ¡me recuerdan tantas cosas! Alegrías, tristezas, fechas, horas sombrías o dulces; cosillas insignificantes, que en cuanto las descubres en un rincón de la memoria, se tornan en fieles y antiguos testigos ¡de tantas cosas! de facciones semi borradas, de ojos amantes, de bocas y voces perdidas para siempre.
Cuando se terminaba de recoger la yerba, había que comenzar a coyer la espiga, pa después de molido el grano, poder amasar y cocer, el pan de escanda; trabajo que también se hacía en el forno de cada casa. La abuela cocinaba pa un regimiento y se pasaba el tiempo fregando pilas de platos en un balde en la cocina. Al tiempo que cocinaba potadas de ortigas pa los gochos, acudía a echar maíz a las pitas que se entretenían todo el tiempo, picoteando y escarbando con sus patas el polvo de los caminos, en busca de lombrices. Molinera por temporadas, bondadosa, con la puerta abierta a todos los caminantes, y con la mesa puesta para quien picase a su cancela. Estos eran los aldeanos que producían carne y huevos, y que la necesidad los llevaba a vender por unos miserables céntimos, y privarse en muchos casos de comer ellos mismos, aquellos ecológicos, exquisitos y auténticos manjares.
Llegaba la época de dir pal puertu, y había que dormir en Marabio, bajo las estrellas, y arreglarse con la luz que da una palmatoria con una vela prendida encima. ¿Como se les ocurre tachar de folganzanes a los teverganos? Seranlo si acaso los de ahora, pero no los anteriores, por ellos pongo la mano en el fueu. En estas acogedoras tierras no se solía desconfiar de los demás, bastante desgracia tenían con soportar la cruel dictadura fascista, como para andar recelando de tus semejantes. El camín del puertu se encarama a la roca, serpentea, gira, va, vuelve, sin jamás perder de vista la mayoría de un valle lleno de árboles, lleno de arroyos, pleno de vida y frescura, que desciende hacia Entrago, dejando ver en el horizonte a Peña Negra, Peña Chana y Peña Ubiña; que pasa recto bajo las blancas enaguas de recién casada de la Mucheirina, así sube el sendero a Marabio, indiferente y retorcido, acompañado a los lados, no se si por yerba guinea, pero pequeñas margaritas había abondas, escalando el cerro, como mullida alfombra.
Bien a menudo, el sol hervía y hacía retorcerse bajo su fuego, las diminutas hojas de los fresnos que escoltaban el sendero, a su vez el viento calentucio que por Ventana llegaba de las Babias, las hacía temblar. Era asignatura bien aprendida por los lugareños, el manejar con soltura, la guadaña, el pico, el hacha, la pala y la azada. Rozar los prados, arrancar las ortigas y los artos, llevar las vacas al toro o al veterinario para la inseminación artificial. ¿Todavía se atreverán a decirme que los campesinos del pueblo yeran haraganes? Que tan pronto estaban en el pico Calduveiro detrás de una yegua, como traspasaban el alto Santiago buscando una novilla, o bajaban desde el canto del Pládano a la ermita de Santana, en cuatro zancadas. Puede que hasta algún día tuviesen que arrear a una vaca vellada con un xatín detrás, desde el lago la Tambaisna hasta la Plaza, pa venderlo por cuatro cuartos, en la feria de Cuarín, y quedar expuestos a llevar una cornada, de una vaca enfurecida por que le han vendido el xatín.
Xentes que se pasaban metidos a todas horas en el humedal como hongo enterrado en el barrizal. Al terminar el día, les comía la oscuridad, por doquier les aparez un fantasma, mientras la noche grita sin descanso, por boca de los condenados perros. Si tienen un minuto libre se ven forzados a reparar la soga desflecada, componer el aparejo de la mula que está a punto de romperse. Ordeñar a la mañana y a la tarde, curar las heridas de las reses, cebarlas, echarles sal en el pesebre, mullirlas, barrerlas. Soltar a mamar a los xatos. O cuando toca sembrar, trabajar en el maizal, sayando, desyerbando pa que la maleza no se trague los cultivos, quemando los rastrojos, catando cestados de hortigas pa cocer y con ello engordar los gochos, arreglando la empalizada que en mala hora se llevó la crecida del río, estirando la vieja alambrada de púas, tronzando y fendiendo, los troncos secos para usar como leña en el fogón; cuchar la tierra, cargando primero el abono en los esterones que iban encima de la albarda del animal, para descargar después y todo ello repetido durante unos cuantos días seguidos. Coser los esterones, componer las angarillas. Recoger las avellanas, las nueces, las manzanas y las castañas. Y que decir de cerezas, ciruelas y figos que servían pa endulzar el paladar y complementar la dieta, pero hay que recogerlas antes pa poder tenerlas en el plato y en la boca. En el campo se aprovecha todo, si bien es demasiado pesada el hacha, la tela de las camisas es exageradamente recia y seguramente rozaría las delicadas pieles, de los mírame y no retoques, habitantes de la ciudad ¿y esos seres enclenques pretender mirar por encima del hombro a los aldeanos?
Y que decir de la abuela, que echaba de comer a las gallinas, que fabricaba el queso picón, que firía la leche pa sacarle la dorada manteiga, que atendía solícita al abuelo y a toda la familia; y que hacendosa barría a diario la antoxana, que fumeaba el fogón de madrugada y tenía el café colado de la manga antes de las siete y el chocolate bien caliente y espeso. Arrancando las patatas, arreglando el huerto, faciendo las morcillas y las longanizas cuando la matanza. Que con gran maña desgrana el maíz y muele este y la escanda, pa facer boroñas, tortas o pan que golían que escoñaba. Como no había televisión, a medio día bastaba una llamada de la abuela, para que todos sus animalitos de dos patas, se alinearan en la larga mesa reluciente y gastada por su continuado uso, sentados en dos bancos corridos y dispuestos cada uno en su específico lugar.
No te dejes engañar por el aparente andar cansino del aldeano, los días son largos y el trabajo no acaba nunca, aunque para ellos al final la jornada siempre se queda corta. La tregua no existía para el hombre del campo. Al amanecer antes que el sol convirtiese en precarios espejos las fueyas de los castaños, haz cuanta ya que trajinaban ellos. O cuando ya soñoliento los ojos se atreven a buscar el catre, le pesa al hombre doblarse para quitarse los calcetos de lana, diz que está galdiu (cansado) y no es para menos, uno de la ciudad en su lugar estaría poco menos que muerto.
En la nuechi, sobre nosotros la reluciente herradura del cuarto menguante, despierto o durmiendo en el solitario monte, dentro del pachar, entre la yerba o en su defecto en una estrecha cabaña en la que apenas cabe el jergón del catre, con el viento llegando por la techavana y con fuerte olor a estiércol; expuestos a ser colonizados por cachiparros (garrapatas), que suelen pasar a las árgumas –desprendidas de algún animal- y que al rozar en dichos arbustos -que pueblan los senderos- se encaraman presurosos en tus ropas… y que costaba la de dios el arrancarlos de la piel con las uñas, ya que a menudo les quedaba la cabeza clavada, con lo que volvían a reproducirse. Los pequeños ventanucos que dan al exterior, aparecen cargados de telas de araña que remedan filosas cortinas, así como también cuelgan de los techos de las cuadras y ante los que hay que ir agachándote para tratar de esquivar tan livianas telas.
Era un día cualquiera, caía sobre el camín de Marabio el pesado calor de una tarde de verano, y aunque no soplaba brisa alguna, ascendía del suelo un polvillo rubio, arcilloso, opaco, asfixiante y cálido que se pegaba a la húmeda piel, cegaba la vista y hasta te penetraba en los pulmones. La niebla se alzaba como copos de nieve flotando, el ambiente estaba pegajoso, presagiando tormenta. Al poco llegaba ésta con fuerza, viéndonos obligados a soportar aquellas escandalosas tempestades, de rato en rato venía el fogonazo de luz clara, rápida, y resonaba el trueno con que parecía querer reventar el cielo.
Claro que hay marcadas diferencias ¿quién lo duda? entre gentes trabajadoras, sufridas, más o menos conformes con su vida miserable, mal calzados y quizá bastante sucios; y los otros: codiciosos, fatuos, vacíos, innecesarios, retorcidos entre sus lacras morales. Yo siempre defenderé a los primeros, pa los de la ciudad no tengo más que pedorretas.
Durmiendo en Marabio y a la yerba. Por Max.
El día había sido laborioso, en pleno mes de Julio que suele ser el de más intenso trabajo en la montaña, el dios Lorenzo se había mostrado aquel verano, emperrado en soplar -como si de un pendejo fakir se tratara- su infernal fuego, valiéndose de una especie de tubo lanzallamas con la espita del gas abierta a tope y con el punto de mira apuntando al elevado valle de Marabio, castigó sin compasión durante toda la jornada, las tiestas y espaldas de los yerberos, en aquella época las mujeres en general siguiendo la teoría de lo que quita frío quita calor, poco les faltaba para adoptar el burka ya que las pieles morenas eran tenidas como ordinarias. Todos se habían afanado, primero en dar vuelta a la hierba y después en recoger con sus palas, garabatos y forcadas, las nidias y finas yerbas del prado de Brañamayor, hasta veintiséis montones o balagares se contaron, resultando un trabajo bien hecho y desarrollado a plena testera del sol ¿y que mejor regalo a un día tan penoso que el perfume prendido en el ambiente, el penetrante olor de la hierba seca bien curada? para al día siguiente en cuanto asentase el heno, ser unas pilas arrastradas (churiadas) ante el boquearon del pajar y metidos bajo techo a continuación, con arduos trabajos, dada la poca altura del recinto tenada, labor que solían encomendar a las gentes más menudas, siendo por ello los niños quienes saltaban sobre el esponjoso forraje y este cedía como trasero de señora madura ante el empuje de su joven amante, para calcarlo con la idea que ocupase el menos sitio posible, de allí salían medio ahogados por el polvo desprendido, cocidos y abrasados por el calor ambiente y sobre todo con las pieles chorreando copiosos sudores en que quedaban pegadas cantidad de granas de las herbáceas; Otros eran cargados en carros o ramos en días posteriores, para ser transportados al pueblo, después de un largo recorrido por caminos terreros. El puerto de montaña de Marabio no es que estuviese muy elevado, solo ronda los ochocientos metros, pero el prado al estar sito en una especie de hondonada, hacía las veces de fogón y eso junto con la cierta altura sobre el nivel del mar, se dejan sentir sin duda cuando hace calor en serio y aquel había sido un día de esos, de padecimientos sin cuento, gracias a los bochornosos calores primos hermanos de los habituales en Castilla. No estaría del todo mal para estar echado a la sombra de un fresno con la bota de vino al alcance de la mano y la cantimplora con agua fresca pero… andando a la yerba, es otro cantar muy distinto
El atardecer fluía sin pausa, abrazando con una temperatura ahora ideal –después de los bochornosos calores diurnos- a los chiquillos Balbino y Mino, previamente habían participado en una merienda-cena, delante mismo de la cabaña, a base de embutidos, sabrosas longanizas de chorizo, jamón de gocho tevergano, chuletas rebozadas de cerdo y como postre dulce de leche, los mayores partieron de seguido, regresando al pueblo de Prado, quedando solo los dos chiquillos y el abuelo; poco a poco se alargan las sombras convirtiéndolo todo en duda y lejanía, a los críos todavía les restan energías y se entretienen recogiendo las secas boñigas que dejan esparcidas las vacas cuando pacen o vienen a saciar su sed al pequeño y ahora casi seco lago que se sitúa en el pasto comunal, en los aledaños al muro del llano y circular prado, que cuenta con cuadra o establo de paredes de piedra con tenada encima y también una pequeña cabaña de pastores en el borde interior, delante una espinera y varios fresnos rodeando el cuchero como antoxana, el perfume de la hierba seca se extiende y mata el desagradable del apilado montón de estiércol, mientras se va acercando la noche. Se sirven de una carretilla de madera incluida la rueda, se turnan en el recorrido a la ida uno lleva la carreta cogida por los varales, con las venas del cuello hinchadas por el esfuerzo, el otro viaja dentro de la caja agarrado a los laterales, corretean alegres y reidores como alma perseguida por el diablo por la lisa y alfombrada campera de blancas manzanillas, dando la mayoría de las veces con la preciada carga en la campera y si acaso contra las desagradables árgumas, colorados como guindas y sudorosos lo están pasando en grande. Con la pala desprenden las boñigas, o a mano si ya están sueltas, que cargan en la carretilla corriendo a continuación a descargar el abono en el cuchero. Juegan ajenos al silencio que va adueñándose del entorno, poco a poco van desapareciendo en la oscuridad creciente las filas de carros cantarinos que enfilaban la cuesta de Piedrachonga con el paso cansino de las parejas de vacas, escoltados por los borricos, mulos y caballos cargados con gentes animosas que regresaban al pueblo satisfechas, cansadas los de más edad, doloridos los miembros de los más jóvenes aunque estos con la caída de la tarde adquirían renovadas energías después de la dura peonada.
–Vaya bien que nos lo vamos a pasar durmiendo hoy con buelo –dice Balbino.
–Tenemos que acordarnos de pedirle que nos prepare el chocolate antes de ir a dormir –recuerda Mino.
–Vámonos con él.
–¿Qué prisa tienes? Estamos muy a gusto jugando un rato más aquí con la carretilla.
– Tamién nos podemos entretener en tirar piedras al lago –apuntó Balbino
–Claro y después nos riñen –se queja Mino siempre temeroso.
–Quita pa ya: estás pingando de sudor.
–Y tu colorao como un pimiento.
En esto estaban, cuando el sonido apagado de unos cascos se deja sentir en la campera, avanza una mula cargada con el compañero Mario de Gradura y su padre que azuzaba a la yegua golpeándola con la muleta en los cuartos traseros.
–¡Arre mulaaa!
–¿Os quedais a dormir hoy? –les pregunta el colega al paso.
–Sí Mario, dormimos con el buelo –responde Balbino.
–Déjate de chácharas que es muy tarde y vamos a llegar muy de noche a casa –responde apurado el padre.
–¡Hasta mañana! espero que no os coman los lobos –les dice el rubio compinche, haciendo un guiño picardioso.
Mientras tanto el abuelo provisto de un picachón y un palote trata de reparar el camino que fue medio derruido por las últimas y torrenciales lluvias de primavera, brillaban los cantos rodados en el suelo de blanca arena, se acerca la noche y apurado el viejo maneja con presteza el pico y la pala recordando sus más de treinta años de picador en la mina, trabajo que hace casi diez años que ha dejado atrás. Es pequeño y fibroso sin una gota de grasa, sus remangados brazos dejan ver las venas que abultadas azulean como surcos en contraste con el blanco color de la piel, las manos nudosas y con amarillos callos en cambio lucen morenas y curtidas. Nariz diminuta, chato y feo a conciencia, con orellas llargas haciendo honor a su patria, mal genio aunque con los críos tien paciencia abonda, bastante más que la que tuvo con los fíos.
Antes de continuar con la historia de aquel atardecer, quiero recordar la siega de un par de días antes, que siempre era un acontecimiento, que producía una intensa emoción, aunque para ello fuese necesario madrugar y penar a las cuatro de la mañana y pasar un frió del carajo, recuas de sombras enfilaban el camino del puerto en plena noche alumbrado solo por la luna, a caballo y dando cabezadas, con el estil del gadaño molestándote en las piernas desnudas, con los pantalones cortos llegabas a Santana y el panorama parecía nevado de la copiosa rociada que había caído durante la noche, las piernas se les quedaban tiesas y congeladas y hasta el aliento se cuajaba, pero como después se sabía que arreciaría el calor y era muy bueno para conseguir la vitamina d –del crecimiento- el llevar las piernas desnudas, pues nada a ¡penar! ya se encargaría el calor del sol de derretir el corsé de las canillas de sustentación.
Amanecía cuando se llegaba a destino, el rocío humedecía las altas hierbas, pero a pesar de verte anquilosado por el frío, de buena gana los pequeños esmaralladores se hubiesen introducido en aquel mar amarillo verdoso a descubrir los nidos de codornices y sus pintos huevos, pero era grave pecado el osar abatir las hierbas con tus pisadas, aparte que quedaban las alpargatas pingando y era doble la reprimenda del abuelo.
Terminada la recogida en los prados cercanos al pueblo, se había discutido si ya sería el tiempo pa segar en el puerto.
–Avelino, ¿te pared que estará pa segar en Marabio?
–Este año al llover bastante en abril y mayo, quizá sería conveniente esperar una semana más, la yerba está muy crecida y bien curada la agradecerán los animales por sabrosa.
– Por otro lado cualquiera os pide esperar unos días con las ganas que tenéis de terminar cuanto antes la faena –concedió el abuelo.
–¡Así que está decido! Cabruñar las guadañas güey, que mañana bien temprano vamos pa Marabio.
Avelino ya no segaba en cuadrilla, los muchos años le habían relegado a entretener el gusanillo desaverando los lindes, aunque en sus tiempos debió ser un notable segador. Poco cuesta imaginar al pequeño y fibroso abuelo manejando derecho la guadaña, como si se tratase de una ligera pluma, sin aparente esfuerzo, acostumbrado al penoso trabajo de la pica de carbón diaria en la mina.
Bajo un cielo azul, con el horizonte recortado por las montañas, millones de estrellas dibujadas allá arriba, titilando con destellos nerviosos, son testigos mudos del comienzo de la caminata al monte, unos a pata otros subidos a lomos de caballos, mulos y asnos. No en balde se madrugaba para cuando el sol caliente en condiciones, tener la faena adelantada.
Era la fuente prostática de Ordiales quien aportaba el líquido elemento y la verdad es que sabía bien, le pasaba igual que la leche de las vacas que cuando pacen pastos de primavera donde abundan las flores, los mismos capullos donde sacan la miel las abejas y bebes esa leche recién ordeñada y caliente no necesitas endulzarla, algo así le pasaba al agua que en contra de la aceptada opinión de carecer de sabor, aquella si tenía un sabor especial. Mención aparte merece el vino castellano de pellejo con que se rellenaban las botas de vino. La fuente no se secaba nunca, pero todo el año solo un hilo te regalaba de agua fresca y sabrosa nacida entre calizas, tanto daba que fuese invierno que verano brotaba entre las rocas con el mismo caudal, contaba con un barcal o bebedero para los animales con muchos renacuajos dentro; se llegaba a ella entre camperas, por senderos como dibujados surcos pelados y privados de la vegetación debido a las continuas pisadas y el tránsito de los animales, entre helechos y árgumas, en los alrededores recuerdo haber sido testigo en la distancia a las tres de la tarde en pleno mes de la yerba, como una manada de lobos atacaba un rebaño de ovejas y como el pastor se veía incapaz de detener la escabechina, mientras llegaron gentes en su ayuda, de sobra sabían los lobos que no podrían aprovechar la carne de sus víctimas para saciar su hambre, pero querían dejar sentado quien manda en el monte, hasta seis ovejas dieron muerte las alimañas en unos minutos de aquella tarde, estaba el rebaño rodeado por los bichos, el pastor con la callada levantada acudía a espantar a un lobo, otro atacaba por el lado opuesto de la becera y mientras se desplazaba allí ellos iban alternando los coordinados asaltos por lados opuestos.
Al llegar la noche se podía disfrutar de un cielo azul, que se fundía al norte y a lo lejos con la cumbre del Caldoveiro, un firmamento limpio plagado de diminutas estrellas… cuando no te veías rodeado por una espesa niebla que no te dejaba ni ver los pies, precisamente el suelo al caer el día, al acercarse las tinieblas parecía cobra nueva vida, te asaltaba el sonido de los atareados grillos, en los que no reparabas en las horas de luz, también te acompañaba el rumor lejano de los cencerros de los animales paciendo y el desamparado mugido de los xatinos, llegaba apagado de todas direcciones con diferentes grados de intensidad aunque siempre acompasados, era el concierto de la noche y parecía que se contestaban las lluecas, como cuando los pájaros cortejan encaramados en los altos tilos o mejor los abedules con su porte elegante y preciosa corteza blanca que brillaba al oscurecer, al sur destaca la llanada del Michadorio y antes los pozos seco y el del agua, sumidero este último de las aguas del valle y salida buscada por el líquido del lago glaciar que se formara en tiempos remotos.
La sinfonía de la guadaña, aunque en algunas mentes lleve connotaciones negativas y siniestras, es un canto de alegría, de renovación, el fuit, fuit, fuit acompasado de las hojas de acero al tronchar las vistosas yerbas, unas largas y esbeltas, cabezudas otras, meras florecillas, granadas la mayoría, que van amontonando la mayor parte del arco iris, con sus vistosos verdes, amarillos, rojos, azules, blancos y tostados, imperando como era de esperar la variedad de tonos verdosos, es un arte ancestral, un ejercicio muy completo y gratificante para quien lo sabe practicar, confundido con el campo, sumido en él, respirándolo, viviéndolo en suma.
El segador más ducho o conocedor del terreno, solía encabezar la cuadrilla llevando el ritmo, aunque estando en faena los surcos se iban sumando y dibujando su abultado garabato con precisa simetría, se confundía la rueda encadenada, era terminar un marallo y comenzar el siguiente, sin que nadie se quedase atrás, hasta dar fin a la siega, solo interrumpida por la parada a afilar cada media docena de pasos, dependiendo esto también del terreno, arenisco, liso o con sucos, que bien pudieran cegar el corte antes y la menor o mayor cantidad de pasto y aprovechar cada cierto tiempo para echar un trago, refrescar la boca y reponer líquidos que el sudor te iba restando.
Allí estaban Ramón, Pedro, Pepe y Avelino los cuatro hijos del abuelo Avelino, avanzando lentamente y escalonados, en mangas de camisa o camiseta de tirantes, yendo directos hacia el recto linde de estacas y alambrada, mientras el abuelo esgadañaba las veras y los chiquillos armados de esparba procedían a esparcir las hileras para que el sol secase la hierba con menos dificultad. Progresaban moviendo la guadaña de muy diversas formas, unos encorvados otros tiesos, todos con las piernas firmes, moviendo los brazos acompasados y terminando con un golpe de riñón, bajando el talón, subiendo la puntera, intentando todos evitar las topineras que al ser arenosas cegaban el corte, tampoco ayudaban las finas hierbas que se negaban a sucumbir de primeras ante la guillotina del corte, segando por ello un poco más alto de lo normal, de pronto surge el vuelo rasante de una codorniz que tiene su nido entre las hierbas y al sentir el monótono fuit de la guadaña acercarse, abandona los pintos huevos que incubaba, precisamente uno de esos nidos había propiciado que siendo Pepe un rapaz dedicado a esmarayar, el haber sido cortado en uno de sus tobillos por la guadaña de su hermano Pedro al saltar para ver el nido coincidiendo fatalmente con el movimiento de corte, lo que dio lugar a que la abuela Estrella sacase a relucir sus mejores dotes de curandera, la cicatriz da fe del incidente muchos años después del hecho. Cada ciertos pasos se detienen, apoyan el estil de madera sobre el cachapo, cogen un puñado de hierba y la pasan por el borde superior de la hoja para limpiar los restos de grana que se quedan pegados al borde grueso debido a la copiosa rociada, procediendo a continuación a la operación del afilado del corte, de nuevo se reanuda la faena procurando traspasar bien el marallo y dejar los bordes lo más igualados posibles.
Se suceden las hileras, el sudor cae en copiosas gotas de rostros y nariz, empapa las espaldas de todos, cansan y descansan, beben vino y agua, se refrescan las caras, comentan, la hierba se va poco a poco recostando por oleadas, llevarían cuatro horas de ejercicio cuando…
–¡Ye hora de almorzar! –grita el abuelo.
–¿Ya es hora? Bueno, pues almorcemos.
Se abandonan con cuidado en el suelo, entre la yerba segada, las guadañas y los cachapos para que no se caiga el agua que acompaña la piedra de afilar y cuando el sol comienza a calentar se dirigen todos con paso cansino, a la cabaña a reponer fuerzas con un sólido y merecido almuerzo. Aprovechando el descanso emplearon unos minutos para efectuar un rápido y reparador cabruñado del corte, con lo que la música derivó en un concierto de golpes de martillo que hacían eco en la sierra de Ordiales, produciendo un repiqueteo hueco y extraño.
Se reanuda la siega y según las sabias palabras de Ramón, la guadaña se debe manejar sin esfuerzo, sin agarrotamiento, prácticamente dejarla deslizarse sola, bien cabruñada y afilada debe pesar como una pluma, ser liviana y poco menos que manejarla con el pensamiento. En el ínterin había subido la temperatura, ahora el sudor engrasaba los músculos de las blancas espaldas ya sin ropas protectoras, se solicitaba más a menudo el acercar la caramañola con el agua, o la bota de vino que se guardaba fría en la cabaña, cada vez eran más largos los paseos desde el final de un marallo al comienzo del siguiente, lo que era aprovechado con la guadaña al hombro, para enjugarse el sudor, respirar a pleno pulmón, contemplar los alrededores y disfrutar del campo que los rodeaba.
Continua el rutinario y acompasado movimiento de danzantes ciñendo con una mano por la cintura la querida de la muerte, cuando de improviso un escolancio (culebra sin veneno) sale huyendo o se escapa veloz entre las piernas de algún segador produciendo un alto, las que de veras imponían respeto eran las víboras pero no suelen ser tan numerosas, ya se hace necesario el molesto sombrero en la cabeza, aunque algunos prefieren hacer cuatro nudos en los extremos del pañuelo y colocárselo sobre la tiesta ya que dicen que puede recoger más y mejor el molesto sudor. Al poco cuando el calor se va haciendo casi insoportable, el sol llega perpendicular, se suspende la siega, ya aparecen más de dos tercios del prado tumbados, es hora de parar a comer.
Debajo de los fresnos se extiende un mantel, en la cabaña se prende fuego a unas árgumas secas y sobre un caballete de hierro es colocada una gran pota de color rojizo a calentar, llena de un cocido de berzas con patatas, fabas, chorizo, morcilla y tocino, son removidos los ingredientes con un cucharón de madera, por entre las tejas de la cabaña se eleva un humo blanco ya que no cuenta con chimenea, mientras los bordes de la pota se ennegrecen, el caldo aparece colorado por el pimentón y despide un aroma que despierta los sentidos. La comida está a punto, los platos dispuestos en el regazo de los comensales, donde se van vertiendo por turno las garfelladas de un alimento que si sabe solo la mitad de lo que huele, seguro está de saciar el apetito del más hambriento de los mortales. Poco después son distribuidos unos tazones redondos de porcelana, donde el jarro de leche deposita casi hasta el borde una leche que dibuja hasta ojos de nata en su superficie, sin demora son colocados trozos de pan que flotan en principio, siendo hundidos por la cuchara para empaparlos y a continuación rescatados y llevados a la boca para ser masticados y engullidos con gran placer por los segadores, el esfuerzo fue grande pero las viandas deben ser acordes con tanto brío desplegado. Poco después encima de mantas o sacos reposaban los segadores, a la sombra de los grandes fresnos y el gran abedul, ajenos al molesto zumbar de las moscas y otros insectos que pretendían chupar el sudor de sus rostros, dormían profundamente.
Después de un reparador sueño los cuatro esforzados, retoman la faena para dar remate a la siega con nuevos bríos, el sol va perdiendo fuerza y declinando por el occidente, la hierba se va secando sin tregua, los saltamontes se desplazan por medio de incesantes saltos hacia la hierba sin segar que les ofrece mejor abrigo, los cuervos vuelan y graznan despertando de su letargo de medio día y hasta las águilas hacen acto de presencia en las alturas. El ritmo de la siega cobró nuevos bríos ante la certeza que faltaba poco, animados por el ansia de terminar pronto.
–¡Venga que te voy a cortar! –se oída anunciar
–¡Hazte a un lado que paso por encima! –el ritmo se volvía trepidante.
Segando en sana competencia, la pequeña quebrada y alrededor de los árboles, la hierba era más menuda y suave, la sombra de los fresnos comenzaba a taparlo todo y a refrescar y humedecer el ambiente, el sonido de las guadañas se aguzaba y el chirriar de las piedras sobre las hojas se hacía más breve, no había tiempo que perder las últimas gadañadas estaban al caer y se animaban los hermanos unos a otros, ágiles y contentos por dar fin a la faena, esta zona estaba poblada por hongos hinchados que caían bajo los filos, la pena es que no eran expertos en setas y estas eran abandonadas cuando bien podrían haber servido para darse una sabrosa comida, fritas en la sartén.
Poco después los cuatro segadores más el abuelo y los dos chiquillos emprendían el regreso a sus cuarteles de residencia, montados a caballo, haciendo una primer parada en la fuente de Piedrachonga que ofrece la sabrosa y fría agua mediante un cuenco natural elevado –aunque tengo que confesar que alguna caballería poco respetuosa, también accedía con su focico al estratégico lugar- y de donde servirse y reponer el agua perdida durante la intensa jornada y hasta llegar a la ermita de Santana y desde allí un trecho a pata y otro caminando, cuesta abajo más de media hora que les llevaba acercarse al pueblo de Prau y al barrio del Río como meta.
En aquel tiempo no era del todo consciente pero la retina tiene memoria y me permite al cabo de los años volver en un segundo a recorrer unos caminos con largas zancadas, que son reales en la mente pese a la distancia, con susurros de voces interiores, que me hablan de una belleza heredada, de unos antepasados muertos, es una escapada y un placer el poder llanear por la mal llamada Cuesta, observando de reojo las apiñadas casas, enfilo aquel camino terrero entre muros y tapias de huertas, dudo que ahora el suelo huela a estiércol reciente de vaca como solía, pasando por el puente encima de un arroyo que se perdía oculto entre matas de salgueros y altos chopos, atrás quedaban los gorjeos de los gorriones o las escandaleras de los pájaros que revolotean entre los ramajes de los árboles frutales de la pomarada de los abuelos, mientras las golondrinas rasgaban el aire a la caza de los mosquitos ligeras como el viento y del alto te llega el monótono graznido de los cuervos enredados en sus cotidianas engarradillas, después de un corto trecho y pasar sobre el Outeiro, perfecto mirador que abarca la mayoría del pueblo, recobro el aliento sentado en una tosca piedra a la altura de Cadafeiche, a la sombra de un nogal, justo en el recodo del camino que comenzaba a subir, sumido en la calma distingo elevarse el humo en algunas chimeneas dibujando un garabato negro en la blanca pizarra de peña Gradura, impera el silencio desde la Techera hasta Viescas el pueblo se diría que está muerto, ya no acierto a distinguir sus gentes, solo robles, castaños y fresnos mueven sus ramas y dejan volar sus hojas por encima de esta monda cabeza desde el monte de las Curnielles y Bobia, no falta alguna que otra mariposa o la solitaria mariquita, vestidas con sus mejores galas que sin conocerme intentan pese a todo darme la bienvenida, prosigo el camino que se empina y en su día estaba empedrado, hoy imagino que pocas piedras seguirán donde manos laboriosas las dejaron reposar en días de estaferia, no dispongo de fuerzas ni los muchos años me permiten ya dar brincos y retozar al trote por los senderos o veredas colonizados por altas hierbas, donde solían huir despavoridos los saltamontes y enmudecer los grillos, los artos seguramente formarán dosel y dudo pueda llegar hasta las derruidas bocas de mina, por unos caminos que ya son historia o están a punto de serlo, el bosque poco a poco toma posesión de unos terrenos que nunca dejaron de pertenecerle por derecho y por torcido.
El recordar el Outeiro me da pie para hacer presente una historia que la abuela Estrella contara en una de esas tardes de invierno al calor de la cocina de carbón: Eran tiempos en que la ninfómana reina Isabel II regía los destinos de la patria, entre abundantes polvos y sudores, acunada por los brazos de sus muchos amantes, mientras tanto las pobres gentes en las aldeas, también disfrutaban de su trajín, cultivando las tierras con el sudor de sus frentes, para dar de comer a sus numerosas proles, los abuelos paternos de la abuela eran una de tantas parejas, que aquel día de invierno carreteaban el cucho de la cuadra por medio de burros y mulas, precisamente para la tierra del Outeiro, sobre la albarda del animal se colocaban unos esterones (algo así como un sujetador de señora en tejido de esparto y de talla gigante) que se llenaban con el abono cocido llevándolo a descargar en la tierra sin arar a la que pretendían abonar, se pasaron toda la tarde en esta tarea, mientras su hijo Antonio de alrededor de cuatro años jugaba y se entretenía acompañándoles, cuando llega la noche y al tomar cuenta el crío había desaparecido, uno contado que estaba con el otro y el otro con el uno… se da la voz de alarma y comienza la búsqueda, alguien creía haber oído llorar a última hora de la tarde a un niño en dirección al monte de Bobia, los vecinos organizan las batidas provistos de candiles recorren caminos y peinan prados y bosques sin obtener resultado, es la madrugada cuando deciden suspender la búsqueda hasta la llegada del nuevo día, decidiendo el padre de la criatura encaramarse a un alto castaño y pasar allí lo que restaba de noche, para cuando juzgaban que despertase el niño y comenzase a llorar acudir a socorrerle, con tan buena suerte que al hacer pie para encaramarse al árbol, poco le faltó para pisar el crío que rendido de llorar dormía como un bendito recostado precisamente en aquel castaño, terminando la búsqueda en una inmensa alegría, ya que justamente aquella madrugada una copiosa nevada extendió su manto sobre aquellos parajes y puede que el rendido niño hubiese perecido congelado y nunca llegado a despertar.
Retomo el relato donde había quedado aquel día de yerba… cansados de jugar los chiquillos, recorren el camino en busca del abuelo que un par de revueltas más abajo terminaba de acondicionar el firme para que pudiesen pasar con facilidad los carros y ramos cargados de la sabrosa yerba del puerto en su recorrido hasta el pueblo, la noche pese al noble empeño de las estrellas más y más prieta se había vuelto, caminan a brincos, veloces y puede que un tanto azuzados por un inconfesado miedo pero que quizá se ha hecho realidad después de llevar ignorado, escondido, metido en el cuerpo por recordadas historias de lobos, la noche y el monte. Llegan y descubren al abuelo tendido en la campera respirando con dificultad sin sentido, se quedan pálidos y asustados, presienten que ya nadie más pasará camino de regreso a los pueblos, no saben a quien acudir, hay más cabañas y quizá pudieran estar con gente pero… ¿A dónde dirigir los pasos? no se ven capaces de llegar al pueblo en busca de ayuda siendo tan de noche… son unos instantes de incertidumbre y aparte piensan que si lo dejan allí bien lo pueden devorar los lobos en la noche, saben que no está muerto y se les ocurre que podrían emplear la carretilla con que jugaban, para llevarlo al corral, meterlo en la cabaña, dudan si podrán cargarlo en ella y si después serían capaces, tendrán fuerzas suficientes para llevar la carretilla y aunque el abuelo es pequeño, está flaco y pesa poco, ellos tienen poco más de siete años, rompen a llorar de impotencia contemplando el abuelo caído cuando este recobra el conocimiento…
-¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? –poco a poco el abuelo va recuperando la conciencia.
Había tenido un desmayo, arrastraba una silicosis de la mina en tercer grado y el esfuerzo continuado del día al recoger la yerba con demasiado calor, sumado a la cena apresurada que sin descanso había empalmado con el manejo del picachón y la pala para arreglar el camino, le habían producido, un bajón de tensión unido a un repentino corte de digestión, ya que después también vomitó.
–¡Estoy muy malo, neñus esto se acaba! –les decía
Y aunque entonces por su corta edad no podían saber que los hombres son por lo general poco sufridos y bastante cagaleras, se sentían mayores no en vano la rayas que controlaban su estatura en el marco de la puerta de la sala de los abuelos, mostraban cada vez más distancia, aunque hubiese polémica sobre si el libro colocado sobre la cabeza no estaba lo plano que debiera o si los talones se habían elevado en la operación de tallarse, sin que él anciano llegase a confesar, temían que se les muriese allí… ¿y que harían ellos si ese fatal desenlace se producía? ¿serían capaces de pasar la noche al lado del querido abuelo muerto? Muchas preguntas a las que no sabían responder. Corrieron a la cabaña por la caramañola dándose ánimos mutuamente, le entregaron el agua para refrescarse la cara y beber un buen trago, era digna de ver aquella sombra arrastrándose en la negrura, arriba los murciélagos dejaban un toque surrealista al cuadro, con el radar a tope atareados con sus pasadas en plan camicace, dando buena cuenta de millones de mosquitos, apoyado el anciano con un crío por cada lado sirviendo de muleta, a duras penas lograron llegar al corral, los peques se encargaron de bajar unas mantas del pajar, extendieron una en el suelo del corral y con el otra le taparon hasta que el abuelo fue entrando en calor, recobrando parte de sus fuerzas, a todo esto la noche aunque era clara y estrellada, sobre el pasto solo las luciérnagas regalaban su escasa y fantasmal luz y los críos no sabían procurarse otra artificial. Todavía tuvieron que solventar otra dificultad, el sitio escogido para dormir era en el pajar vestidos, metidos entre las mantas y echados encima de unos montones de hierba del año anterior -ya que la yerba recién recogida no es apropiada para dormir, debido a que se produce una especie de cocimiento con suelta de gases que te puede producir la muerte- El boquearon del pajar estaba a más de un metro de altura y el abuelo con sus fuerzas disminuidas precisaba de ayuda para poder encaramarse, hasta habían deliberado en ayudarse con una soga, ya que disponían de varias de ellas que se empleaban para atar la yerba en los carros y dado que contaban con una roldada en la cabaña, el tema sería el ser capaces de izarlo ya que el abuelo pesaba más que los dos juntos y sabían por el colegio que necesitaban más peso en su ramal, otro tema que ocupó su fantasía era: ¿por donde atarlo? ¿por una pata? ¿por el pescuezo…? Al final con la ayuda de unos tachuelos y sobretodo por que el abuelo fue mejorando, accedieron los tres al precario dormitorio y pudieron acostarse sobre la yerba, contando como cielo –la techa vana- formada por las ripias de madera del tejado y las mismas tejas, el abuelo tardó más en dormirse los chiquillos rendidos bien pronto se abandonaron en brazos de Morfeo.
Llegados a este punto tengo que hacer un inciso, según me comunica mi primo Balbino: Acomodado el abuelo en el pajar, este tubo que abortar un nuevo intento de abandono de las trincheras por parte de los pequeños, que hicieron un última intentona de salir en plena noche en busca de los familiares, quizá las razones del abuelo o bien el miedo a llevar a cabo tan temeraria excursión con la noche tan oscura, terminó por desbaratar los planes de dejar en la estacada al enfermo, aunque hubiera sido por la noble causa de obtener ayuda.
Una foto bastante ajada de los pequeños protagonistas
Las preciosas fotos que van a continuación son de Teverga y van por cortesía de Ramón Gutierrez Arias a quien le digo: ¡GRACIAS COMPATRIOTA!
Las fotos que siguen pertenecen al bosque de Muniellos y fueron tomadas el día 20-02-2010 con la ayuda de Jose guarda del parque que nos acompañó en el recorrido por el monte y al que doy las gracias desde aquí.










































































































































































































7 comments