De Sobrevitsa a Sobia, en Teverga. Por Max.
Cada vez que retorno a los orígenes, al pueblo donde me nacieron, me pasa lo mismo, el fantasma de los abuelos se hace presente, cobran nueva vida esas etéreas y medio olvidadas formas. Comenzando por la abuela: pelo blanco, peinada de moño y encima el inevitable pañuelo negro, vestido también de luto permanente, nariz larga, ojos pequeños y vivaces; ¡mandona siempre! hay que reconocer que tenía dotes de organizadora y sabía hacerse obedecer. El caminar era vacilante, debido seguramente a las piernas arqueadas por la artrosis, la voz chillona y de aparente y eterno enfadado. No podía verte parado, en seguida te mandaba a buscar agua con la caramañola (cantimplora) a la fuente del pueblo. Su especialidad en la cocina era el arroz con leche, requemada con el gancho, con los cocidos teníamos peor suerte, ya que solían terminar la mayoría de las veces chamuscados y todo por que se le iba el santo al cielo… -nunca mejor dicho- era una viviente máquina de rezar.
En cambio el abuelo era la antítesis: callado –había que sacarle las palabras con sacacorchos- tratando de pasar desapercibido en todo momento, no hablaba por no ofender; ojos azules, la piel curtida de andar por el monte, el pelo aunque ahora me parezca blanco, cuando joven presumo fuese muy rubio, los mofletes y la punta de su aguileña nariz: colorados –y no era debido al tintorro- el andar cansino, y aunque diese sensación de menudo y frágil –que lo era- al mismo tiempo era fibroso, la voz no acertaba a despegarla del cuerpo; se mantuvo activo hasta última hora cuidando de las vacas, una bronquitis vino acabar con él, dos días después de nacer mi primer hijo.
Dignos abuelos -como lo eran la mayoría en aquellos tiempos- condenados a trabajar toda su vida como forzados; hacía unos cuantos años que la esclavitud adoptara formas más sutiles, ya no se estilaban los grilletes, habían pasado de moda, entonces era la misma tierra quien se encargaba de obligarte a penar para sobrevivir. Pagaban un precio muy alto para poder contar con un pequeño patrimonio, que legar a sus descendientes. Fue así como llegaron a mis manos, unas fincas que nada me rentan y materialmente poco valen, pero representan el sudor de aquellos ancestros y de las que me vería incapaz de mal vender, por que me parecería que estaba despreciando su sagrado sudor y ¡eso nunca! Que lo hagan los viznietos que ellos no tienen la carga sentimental que yo arrastro.
Hacía más de diez años que no subía a Sobia, puerto alto, plataforma elevada que sirve de mirador de los concejos de Quirós y Teverga. El excursionar a Sobia siempre representó un reto para todo tevergano, sean estos: jóvenes, maduros o mayores, el hecho en si de elevarte por encima del farallón calizo ¡es una pasada! -como dirían los de ahora- y contemplar desde arriba -si la niebla te deja- casi todos los pueblos, montes y tierras del concejo. Lugar de estancia durante el verano de rebaños trashumantes de los hermanos extremeños. De esas épocas antiguas se conservan una docena de corros, construcciones singulares todas de piedra -incluido el techo- aunque este suele terminar colonizado por la vegetación. Al final resultaron más sólidos que las cabañas que se cuentan con los dedos de una mano, las que continúan en pie. Esta arcana relación explica el que haya fuertes y estrechos vínculos, y sólidos lazos de unión entre gentes que ni siquiera son vecinos de provincia.
Partimos junto a la ermita que tiene erigida la patrona del concejo: la virgen del Cébrano. El sol de la mañana caía filtrado por la tenues nubes, como amplia lluvia, sobre los árboles y praderías que se extienden, ondulantes, entre prados montunos, bosquecillos y sobretodo matorrales, ya no queda ni un solo sembrado, de los que antaño rodeaban las vegas del pueblo de Carrea, nada de centenos maduros y pan de escanda, amarillentos; ni siquiera avenas, de un verde claro, o cenizos de un verde sombrío, cubren, con su tosca colcha rayada, semoviente y suave, el desnudo vientre de esta tierra abandonada.
El primer tramo de camino es empinado y pronto comenzamos a sudar la gota gorda, y después de todo tuvimos suerte, ya que había bastantes nubes y el sol no nos castigaba demasiado, por otra parte los oídos disfrutaban como verderones, con el continuo canto de jilgueros, raitanes, y toda una caterva de paxarinos que aunque en apariencia sean menudos, sin duda son muy grandes y virtuosos solistas, amén de expertos en el canto rural. Llegando al final de la primer gran cuesta, quise distinguir el prado de Valdelapiedra, donde recuerdo haber estado…¡cuanta ya! en más de una ocasión, segando con los tíos Heliodoro, Mino “el cura” y el primo de ellos Manolín el de Ramona; llegabas tan cansado al prado después de la larga caminata desde el pueblo, que ya te apetecía echarte a descansar a la sombra de un fresno, y no salir de allí en toda la mañana, y menos mal que a continuación de tirar los primeros marallos, de la parte más plana de la entrada, te adentrabas en unos recovecos y pequeños pascones, rodeados de matos y mucha arboleda, donde bien podías perderte disimuladamente… y si acaso disfrutar del oasis en la sombra, sin tener a Heliodoro detrás arreándote y poco menos que segándote los tobillos.
La Cuquita como es más ligera caminó delante, el mi motor como ye diesel iba detrás a su ritmo, aunque tenía la disculpa que las asemeyas y el video se acumulaba en las tarjetas y me hacían perder algo de tiempo; poco antes de las envueltas cargamos –en una fuente cuyo nombre no recuerdo- agua ¡fresquina, fresquina! Llenamos a conciencia los buches y las botellas. Disminuía por momentos el concierto de los paxarinos, aunque en compensación aumentaba el más repetitivo y menos armonioso de los grillos. Nos encontramos con algún que otro todo-terreno que tenían que hacer maniobra en las revueltas para poder seguir. Al fin llegamos al lago encontrándolo concurrido de vacas y yeguas que se acercaban con la intención de aplacar la sed. Lo que no encontré fue la fuente donde la última vez –que fuimos en familia- habíamos bebido un agua –la verdad tengo que admitir que estaba un poco… bastante arcillosa- y a la que Gemma echó la culpa de unos ciertos desarreglos intestinales, aunque para mí: más se debieron al no estar acostumbrada al sol de altura y también a su delicado estómago, ya que de los teverganos y descendientes, ninguno resultó afectado. ¿Será por que somos una casta aparte…? A testones seguro no nos gana nadie.
Llegados arriba disfrutamos satisfechos de las vistas al concejo, después caminamos por el alfombrado tapiz y nos acercamos a los restos de una cabaña donde el fresno que había delante hace unos treinta años, es ahora un esqueleto seco, recuerdo que en aquella ocasión mi hijo Rubén que era muy pequeño, había subido desde el pueblo, montado a ratos en un burro de los abuelos al que tenía miedo, y pese a sus pocos años, prefirió hacer la mayoría del camino a pata. Al caer la tarde, aconteció que se quedaron la madre y el crío pequeño, delante de esa misma cabaña, habiendo ido el que os cuenta y los tíos en busca de unas reses, cuando de improviso llegó una niebla espesa, que no permitía ni verte las manos, el crío se asustó tanto y se quejaba a la madre diciendo:
-¡Ahora mi padre se perdió…! ¿Qué va a ser de nosotros? ¡Nos van a comer los lobos!
Comimos con gran apetito los bocadillos, la empanada, el yogur y la fruta, sentados en un paredón al lado de un corro, las vacas y las yeguas suspendieron por momentos el arrancar el corto césped con sus dientes, y se acercaban expectantes y si acaso hubo que espantarlas, ya que parecían dispuestas a participar en el festín, hasta se disputaron el rispio de las manzanas. Continuamos caminando en dirección a los restos del Cabanón de los abuelos, al que no logré distinguir, ya que por allí no quedaban más que piedras sueltas de muros deshechos, de varias y antiguas edificaciones. Llegamos al canto hasta divisar el concejo de Quirós, en dirección a la hondonada había un poco de niebla, que también apuntaba por los altos picos, así que la vista aunque estaba la cortada impresionante como siempre, no resultó tan espectacular como cabía esperar en fotos y video.
Después de pasar la Vega de Adentro, llegamos al canal de Faya, e igual que el anterior, estaba colonizado por manadas de vacas y algún que otro torete, que nos miraban con cara de poco amigos, a la que respondimos con un cierto recelo de nuestra parte –ya no estamos en edad de torear, ni nuestra sombra siquiera- El ganado –tanto caballar como vacuno- se nos acercaba, talmente como si fuesen a coparnos, acostumbrados seguramente a que los ganaderos les suministrasen puñados de sal, y golosos trataban que nosotros, se la facilitáramos. Varios corros se repartían por el pequeño valle, observamos a la izquierda, elevado como se destacaba el Ventanón, aunque nunca tuve ocasión de asomarme, recuerdo como era el camino más corto entre Sobrevitsa y Sobia, por el bajaban y subían con la zurrona a la espalda y muchas veces hasta lo hacían de madreñas, por un camino de cabras, tan cuesto que si te ves al inicio, parece que sea imposible aventurarte en el, sin despeñarte.
Estuvimos tentados de acercarnos al desfiladero de Peñas Juntas, aunque después, acertadamente juzgamos, que quizá sería demasiado, volvimos sobre nuestros pasos y a continuación emprendimos la bajada; los alrededores del lago estaban copados por un regimiento de animales, aquello parecía el recinto de la Plaza, celebrando la Feriona en Sobia. Seguía la sesión continua del concierto de los alegres y flautistas pajarillos, dándole sin parar a la parpayuela. La bajada fue mucho más rápida, repostamos agua a medio camino en la fuente y llegamos al coche, a decir de los dos un tanto cansados, con el único contratiempo de unos pequeños calambres en un muslo, que me dieron al subir en el coche.
El dolor de una madre, en su última noche. Por Max.
Se habían ido las visitas, el tema del aborto iba mal, rematadamente mal, no dejaba de sangrar, se había convertido en un manantial de rojo líquido, que pugna por manar con un encono inusitado, digno de mejor causa. Por mucho que disimule el doctor Mosquera, y quienes bien la quieren, traten de engañarla y engañarse, se aferren al clavo ardiendo de un cicatero milagro y no pierdan del todo la esperanza, ella sabe mejor que nadie, que no hay quien detenga la hemorragia, en su fuero interno piensa que está sentenciada y cavila que ha llegado su hora final:
–¡No hay remedio! ¿Señor, cuántas horas me quedan?
El viento arreciaba en la tarde-noche invernal, aunque a ella poco o nada parecía importarle, su mente estaba en otra guerra, empeñada en un maratón contra el reloj, de recuerdos y pensamientos atropellados, era consciente que tenía el tiempo más que tasado:
–Solo me resta el rezar… pero tengo tan pocas ganas ¡Virgen del Cébrano! Soy religiosa pero creo que esto no es justo. ¿A quién ofendí, para merecer tan gran castigo?
No siente dolor por la muerte en sí, es el desamparo con que deja detrás de ella aquellas dos criaturas, cuando más la necesitaban; el marido con el tiempo podrá rehacer su vida, pero le martiriza una pregunta sin respuesta en las sienes, que parecen a punto de estallarle:
–¿Qué será de mis tiernos corderillos, tan solos? Sin una mamá que los cuide y proteja… ¡que los ampare y cobije bajo el cálido manto de una madre!
Hoy precisamente se despidió de su frágil y diminuta pareja de alondras, y menos mal que ellos no son conscientes, por que sería para volverse loca. Con el corazón en un puño, rogó los llevasen con las abuelas, unos besos nada más. Siempre fue callada, de hablar poco, de querer en silencio, pero en aquellos momentos sintió vivos deseos de darse a las voces, chillar histérica, llorar a moco tendido ¡si no tuviese ya los ojos tan resecos…!
Por la tarde el sacerdote del hospital le administró el viático, que recibió con devoción, aunque le quedó un cierto resentimiento interior, que le restó ánimos para rezar el rosario con las hermanas, costumbre enraizada desde bien niña, de una madre más que religiosa, beata.
No hace ni un mes que había cumplido los treinta y tres años, nunca fue miedosa pero ahora la invade un terror difuso, por ellos, por ella, por todos, tiembla como una cañavera y siente el frío calándole los huesos, tan solo de pensarlo se le encoje el alma; quisiera tener –aunque solo fuese un instante- una ventana al futuro. Con los ojos cerrados bien podría hacerse una idea, imaginarlo: Los percibe perdidos en el monte, de su patria chica, apenas guarecidos de la lluvia y el viento, al pie de un árbol, solos en la compacta oscuridad de la noche y ella distante, sin poder guiarlos ni cogerles de la mano. En el fondo siente que les está fallando, se dice que es misión sagrada de toda mujer decente, el cuidar de su prole y ella por una parte se ve obligada, por la otra impotente, de comportarse como una buena madre, como hubiera sido su deseo.
¡Que noche tan larga! las monjas vienen y van, cambian vendas, mudan la cama, mientras la vida chorro a chorro se le va, no tiene ganas de dormir y quizá en el fondo fuese un alivio, el poder cerrar los ojos y dormir sin despertar.
Estaba convencida que su existencia llegaba a término. Se figuraba que la muerte aguardaba apostada con su fiera guadaña, detrás de la puerta. Nadie se crea que por el hecho de morirse uno, va dejar de salir el sol para los demás. Cuando hay vida, se piensa, que un día, tras un plazo prudencial de preparación, entraremos con el turno cumplido, en la sala de espera del umbral de la despedida. Es la ley fatal, prevista y aceptada sin remedio; tanto, que solemos dejarnos llevar por la imaginación y nos encaramamos a ese momento -supremo si lo hay- en que lanzamos el último suspiro.
Pero entre el supuesto instante y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, esperanzas y dramas nos superan en nuestra peregrina vida! Ahora alcanzo a comprender lo que le reservaba el destino a una madre como Gina, lo rápido que cambian las tornas –digamos que en el plazo de una semana- en lo que era una existencia llena de vigor, antes de abandonar el escenario del drama humano. Será éste el consuelo y la razón de vernos engolfados en nuestras divagaciones mortuorias: Cuando nos sentimos con fuerzas ¿Tan lejos vemos la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún? ¿Aún…? ¡Que sarcasmo! No contamos con que desde que nacemos, apenas nos alejamos un palmo, del canto de la sepultura, que nos aguarda artera, esperando nada más que un leve tropezón de nuestra parte.
No pasan los segundos, la semipenumbra de luz artificial, lo mismo que la oscuridad que le llega desde la ventana, continúan igual no avanzan ni un milímetro. En su desesperación tiene ganas de que llegue la mañana y a fin de cuentas: ¿para que? Le molesta la atroz sequedad de la garganta, esto cada vez se pone más duro, se cansa de beber agua, le invade una cruel somnolencia cargada de recuerdos a cuestas. Serían las dos cuando notó el periódico resplandor del faro de Torres que paseaba su luz por las ventanas, hasta la misma luna le quiso dar un guiño de despedida, asomando un instante su brillante faz, detrás de una nube.
Poco a poco el albor desplaza y borra la noche, sintió los primeros tranvías, el canto lejano de un gallo le trajo alegres recuerdos del pueblo, cuando bien pequeña –antes de ir a la escuela- era levantada de la cama para arrimar las ovejas y las cabras a pastar en la falda de peña Sobia, y lo feliz que había sido viviendo el silencioso despertar del pueblo, mientras correteaba por sus cuestas caleyas detrás de los nobles borregos. Y la cabra que había traído con ella a la ciudad, de casa de sus padres, para darles leche a sus criaturas.
–¿Que será de ellos ahora…? -a su pesar, dos gruesos lágrimones rodaron por sus pálidas mejillas
Sigue el aire fresco, arrecia la llovizna fina, en las ventanas se comienza a dibujar con un brochazo apresurado y gris la amanecida, continua la doliente con los ojos muy abiertos, intentando ver más de lo permitido, de la que calcula será la postrer jornada en este valle de lágrimas, sigue en reposo y se revela ¿a cuento de qué? Se dice que tiempo tendrá cuando se vaya para estar quieta, aunque las fuerzas la van agotando y apenas le permiten ya moverse.
Hubo unos momentos en la noche, en que se consideró una niña recostada en el regazo amoroso de una madre muy dulce, el cuerpo le pedía el no luchar más, abandonarse, dormir y dormir, sumida en una borrachera que convertía los objetos de los alrededores, en tonos amarillos y blancos, se sintió bien y creyó por unos instantes, que era el anticipo de la felicidad que le esperaba en el cielo, si es que se había hecho merecedora de entrar en él.
Todavía pudo escuchar el concierto de sirenas de las fábricas llamando al trabajo, el ruido de los motores de las lanchas pesqueras, la marea romper contra las rocas cercanas. Cascos apagados de caballería arrastrando un carro del que pensó que seguro sería el lechero, que baja al trote, de las quintanas de Jove, a repartir y vender su preciado alimento.
Llega el marido apresurado y nervioso, toda la noche estuvo dándole vueltas al asunto y maldiciendo su suerte, recordando cuando el médico les decía que todo iba bien ¡Ya se ve! Ayer la dejó muy mal y hoy la encuentra aún peor. Aunque en un supremo esfuerzo trate de animar el gesto se la ve agotada, pálida con un tono azulado, presiente que llega su fin, que está viviendo los últimos instantes de alguien muy querido, de esos gestos parcos, de la voz suave que irradia humildad, timidez y vergüenza. Trabajadora y siempre animosa, como persona más que un ángel, no veía los defectos de los demás y si acaso trataba de justificarlos diciendo que cada uno es como es y no hay más remedio que tomarlo así, ni más vueltas que darle. Cuerpo menudo, ojos castaños y dulces, pelo ondulado, manos con dedos cortos y fuertes. Hace un repaso inconsciente y la ve en pasado, siente que por momentos se le escapa de entre las manos, y hasta injuria el día en que se le ocurrió abandonar el pueblo en coche de línea y tomar el tren en la estación del Norte rumbo a Gijón.
Con un hilo de voz se despidió, fueron sus últimas palabras:
–En cuanto puedas, prométeme que los recuperarás…
No esperó la respuesta, ni hizo falta cerrarle los ojos, los párpados sin sangre ellos mismos se bajaron, no pronunció ni un ¡ay! se quedó dormida para siempre, como un gorrión encantado por la pérfida serpiente.
Dedicado al recuerdo de una madre, que por desgracia, ni siquiera llegué a conocer.
La pareja de húerfanos de madre, al fondo la silueta de la cabra, en Tremañes (Xixón)

Hospital de Jove, tal como era.

Telva y Gildo en griesca (pelea). Por Max.
Aunque hace varias horas que las tinieblas dieron paso a la viva luz del verano, todavía el calor no resulta molesto, hace apenas unos minutos que el astro rey, trascantió la imponente mole caliza de la peña Sobia y sus rayos llegan perpendiculares y cegadores, como si fuesen despeñados desde la altura. La vida comienza a desperezarse en el corral, al que da cara la casa, que cuenta con una planta medio elevada, en la que se encuentran ubicadas sus dependencias principales, encima se acomodan las habitaciones. El suelo del patio está empedrado con buenas llábanas (piedras) calizas gastadas, finas y relucientes, que en sus junturas muestran como regueros ya secos, ya verdes, de irregulares colonias de yerbajos. A un nivel inferior al suelo del patio, se sitúa precisamente debajo de la casa, una cuadra o establo, y al que podemos acceder por rampa inclinada, tiene las paredes de piedra unidas con argamasa de cal, la altura de su techo es reducida –pa gente menuda- de las vigas y por las rendijas de las tablas del techo cuelgan filamentos vegetales y abundantes telarañas que hacen fantasmal la penumbra, ya que el recinto no cuenta con ningún ventanal y la única luz le llega por el portalón de entrada. Cuenta con pesebres en dos de sus lados opuestos, confeccionados con gruesos tablones de castaño, con una capacidad para un máximo de ocho animales adultos y un par de xatos, a su entrada se sitúa la carbonera, un palote, una pala o triente de cuatro pinchos, y una vara de avellano, terminada en un afilado aguijón, empleado para azuzar a las bestias, todas se muestran arrimadas a la pared. Al fondo dos vacas pardas del país, acostadas, rumian acompasadas y cachazudas, moviendo de vez en cuando la cabeza para espantar las impertinentes moscas, se respira un vaho calentucio con olor a cucho (estiércol).
Esta mañana las chimeneas de las viviendas que conforman el conglomerado de casas, llevan adelantados sus grises dibujos en el cielo, en el aire se respira el perfume de la yerba seca –hasta diría que bienoliente a jazmín- que llega desde otro portalón techado, que está al fondo y que es el resultado del acarreo realizado a primeras horas –como se suele hacer- mediante una especie de carros sin ruedas, que llamamos ramos, y que suelen arrastrar las parejas de vacas –circunstancialmente cuando el terreno es favorable también lo suele hacer el burro Casiano- levantando nubes de polvo por los caminos. Las recias sogas todavía aparecen dispuestas atando las secas y holorosas hierbas, a lo largo y por los costados, simulando un prisma recostado, es todo un arte el atar bien para que no se caiga por los barrancosos caminos, ese precioso alimento para estos animales con cuernos, que más que dar leche nos regalan pura manteca.
Vemos en primer lugar una escalera de piedra de pocos peldaños, cerrada a su comienzo por una cancilla pintada de gris, que se abisagra a la pared, y que chirría al abrirse, termina en un descansillo con banco alargado de madera –buena atalaya de recibimiento o recibidor- a la derecha está la recia puerta de la casa, con un pequeño ventanuco aledaño y ambos dando a la cocina de carbón, en la que trajina muy atareada la vieja Telva, quien procede a destapar una cacerola de color rojo de la que se escapa una nube de vapor que la envuelve dando la sensación -con su negra pañoleta- de ser una bruja ultimando sus brebajes, revuelve a continuación el cocido con un cucharón de madera y vuelve a tapar, dejando el utensilio revolvedor encima de la masera, camina con dificultad, a trancadas, tiene las piernas bastante arqueadas, después se asoma a la entrada y grita:
-¡Gildo! ¿nun vas a marchar pal molín?
El tal Gildo no contesta ni aparece. Irritada agita en el aire con rápido gesto, un rodillo grasiento de color indefinido -que lleva en el hombro- mientras chilla: -¡Zapeee…! Espantando un gato negro con pintas blancas, que afilaba tan campante y ajeno a la que se le viene encima de improviso, sus garras en el pasamanos, arqueando indolente su largo lomo; perturbado en su solaz, con el sobrevenido aspaviento, se turba la paz de la corrada, ya que el minino se vio obligado a dar un salto que a punto estuvo de dar con el pequeño felino sobre los lomos de una gallina, que cacarea asustada en su huída. La vieja desde la atalaya, después de observar y escuchar, durante unos instantes, vuelve a penetrar en la cocina.
En medio del corral se levanta un vetusto hórreo, en el que se ha garabateado Sobrevilla, tiene una maciza escalera de piedra que le da acceso. Debajo se encuentra dispuesto un pequeño pesebre donde suele estar atado el asno Casiano, grande y viejo, con mataduras y muchas zunas. Hoy en cambio se afana en espantar las moscas con el rabo y a bocaradas, está atado con largo ronzal en una argolla, al lado mismo de la entrada al gallinero de las pitinas, mientras estas pacen, cacarean, escarban y picotean tras de los caracoles y merucos, correteando sin descanso. La cirigüeña luce sus atrayentes florecillas de un amarillo intenso, por entre las piedras de los muros, al fondo un avellano tiene las hojas perladas de hierbas colgando como si de confeti se tratara.
Precisamente del hórreo, en el que por uno de sus costados, se alinean unas cuantas ristras de panoyas, que por efecto del sol parecen de oro, se descuelga de la ponte con gran parsimonia, un anciano portando un saco con algún grano dentro, se presume sean de maíz. Es pequeño y flaco, con ojos muy azules, nariz un poco aguileña, facciones proporcionadas y cara cuadrada, los pómulos con venillas y tirando a rojizos, pestañas pobladas, orejas grandes haciendo honor a su patria tevergana, silencioso, con una boina en la cabeza, gastada y capada, viste pantalones de pana y camisa de cuadros. Añadiré que no suele hablar por no ofender, tolerante, contaba con el don de hacer cálculos de memoria con reales y pesetas mejor que la más avanzada de las computadoras actuales, caminar pausado y sobretodo silencioso cual gato montés –descartando lo de felino- no se alteraba por nada. Aparentaba ser feliz y dichoso en su mundo.
Al rato aparece de nuevo la anciana Telva en el descansillo de la entrada preguntándose en voz alta:
-¿Dónde andará ese folganzán? Seguro está escondido a la sombra, descansando ¿Nun sé de que? en vez de estar preparando el saco de maíz pa chevar a moler.
Mientras tanto el calificado como folganzán, tenía acicalado el jumento, ya le había acomodado el saco sobre la albarda y parecía estar rebuscando al encuentro de una cuerda apropiada para sujetar el maíz, en una especie de despensa que tiene la casona en el frente, debajo de una pequeña galería con cristales estrechos, alargados y con postigos. A la entrada de la puerta del reducido rincón, se apilan diversos utensilios de labranza, a mano derecha un arcón para salar la carne del gochu, encima un pellejo con vino castellano y colgados se muestran: un serrucho, varias guadañas, un berbiquí, formones, cachapos y piedras de afilar, en el suelo arrimados a una esquina están: las hachas, las azadas y mangos de avellano secos para varias herramientas.
Pasa un cierto tiempo, en que las blancas y sedosas nubecillas cruzan el cielo como sedante cataplasma al calor, que por cierto ya arrecia y se encona, incrementada la sensación por el viento castellano que llega por Ventana, hasta que se produce una nueva aparición de Telva… de quien puedo decir: que era un palmo más alta que su marido, flaca con los huesos demasiado largos y mal avenidos por la artrosis, cuando estaba de buen humor –cosa que no era muy frecuente- su risa era peculiar, con fuertes carcajadas estridentes, nariz larga, recia y dura, pelo blanco y peinado en moño, sempiterno pañuelo negro en la cabeza, cejas en marcado arco, frente redonda y un poco abultada, dando la sensación de fortaleza de determinación, así que con estos antecedentes, no podía extrañar que resultase mandona, que no dejase descansar a nadie, eso sí con corazón desprendido y grande temor religioso. Su nueva entrada en escena, sobre la especie de púlpito o corredor de la entrada, indicaba por su expresión que estaba más cabreada que una mona. Ahora sí pilló al reo con las manos en la masa, lo que dio lugar a explayarse y darle un repaso de los que hacen época.
-¡Vago! ¡Siempre fuiste un baicharín! ¡Haragán! Son cerca de las diez y tovía nun fuiste capaz de sujetar el saco. ¿A que esperas folganzán? Después cuando chegues al molín nun podrás moler y volverás con el saco cargando pa casa otra vez. –A todo esto, el viejo aguantaba el chaparrón sin decir esta boca es mía, sin chistar, mudo y a su bola.
Se palpa una nueva andanada, arrecian los improperios, enardecida ante la falta de respuesta –se nota que la abuela se había levantado con ganas de griesca (guerra)-
-¡P’ancima así como tas atando el saco va caete pul camín!
¡Inutil! Si nun fuera por mí, ya fai tiempo que hubieras muerto de fame…
Esta última frase ya supuso el límite que esperaba escuchar aquel santo Job, fue digno de ver aquel hombrín, dejar caer la soga al suelo, elevarse sobre las punteras, desafiante, tieso y engallado, con las manos abiertas, un poco separadas del tronco, como dos alas dispuestas para volar, y comenzar a echar sapos y culebras por aquella boca:
-¡Me cago en mi madre! ¡Me cago en Dios! ¡Me cago en la Virgen! ¡Me cago en la Iglesia! ¡Me cago en la Santísima Trinidad! ¡Me cago en los apóstoles! ¡Me cago en el cielo santo! ¡Me cago en el espíritu divino!… -Y así pudo estar más de cinco minutos, sin tomar aliento, despeñando y emporcando todo lo divino y lo humano, aquel bondadoso abuelo, incapaz de tener un mal gesto, de un pecado ni venial, de matar una mosca, comedido y callado como ninguno. Mientras la mujer echándose las manos a la cabeza gritaba y repetía histérica desgañitándose al borde de un telele:
-¡Sacrílegooo! ¡Herejeee! ¡Más que hereje! ¡Condenado! ¡Que vas dir de cabeza al Infierno! –Alternando con juntar las manos y levantar la mirada al cielo diciendo:
-¡Perdónalo Señor, por que no sabe lo que dice!
Ante aquel tumulto sobrevenido, el sudado burro Casiano, no salía de su asombro, tan pronto enfocaba las orejas como si fuese una trompetilla para el púlpito, como las viraba a la letanía del viejo amo. Terminado el responso, finiquitado el desahogado a conciencia, habiendo logrado herir al contrincante donde más le dolía, ensañándose en el castigo, el abuelo cogió el burro del ronzal y se encaminó al fin, hacia el molino de Entrago. Puedo asegurar que hasta Casiano, marchaba moviendo el focico con asnales muecas jocosas.
Por último diré que un joven que frisaba los veinte años, estaba sentado debajo del hórreo siendo testigo mudo de los acontecimientos –uña y carne con quien suscribe- sujetaba con una mano una hoja de guadaña que situaba sobre una yunca clavada en el suelo, tiene a su lado una taza con agua y un estil o mango de madera, con la derecha maneja un martillo que va descargando acompasado, por su cara plana sobre la lámina cortante, de manera que la iba pillando ente la boca de la yunca y la superficie plana del martillo, haciendo que se adelgace el corte de la guadaña, de vez en cuando introduce la herramienta martilladora en la taza con agua, para marcar y refrigerar el cabruñado. En esas estaba cuando tuvo que suspender el trabajo, ante el peligro de cuartear el filo o machacar un dedo. En principio no daba crédito a lo visto y oído y quedó atónito, después se hartó de reír.
A la noche después de regresar de la siega, el joven se encontró al abuelo liando entre sus dedos, de un cuarterón de tabaco, un pitillo en la sala, había anochecido y acunado por el tictac del reloj de péndulo se entretenía, distanciado de la parienta, que llevaba en la cocina todo el día, rumiando su hosca furia, al mirarlo no pudo contener la sonrisa, recordando la grotesca escena de la mañana, juraría que el viejo abuelo, le devolvió una raposa sonrisa cómplice, sin muestras del menor arrepentimiento, por haber sacado los pies del tiesto.
Y ya que estamos metidos en labor, os enlazo unos videos con unos sonidos de gaita asturiana y también de tonada, por parte del Presi, que les gustaba a los abuelos:
Os dejo un libro de William Faulkner “El ruido y la furia”

Valle de Teverga desde Marabio

Subida al pico desde la calzada.

Por lo alto de la sierra de Sobia.
Teverga en el recuerdo. Por Max.
Era lo mismo que una planta de invernadero, criado con mimo y puede que también estrozado (consentido) por los abuelos paternos. Huérfano de madre, flaco y seco cual vara de avellano sin corteza, ruin comedor y llorón, recuerdo que me podía pasar dando la murga plañidera, durante una tarde entera sin saber –ni yo mismo- a ciencia cierta el por qué, de tanta y tan enconada llantina. Uno por propia iniciativa no lograba contenerla, y los sufridores tampoco acertaban a parar el manantial desbordado, a restañar la espita, y por supuesto resultaban contraproducentes los cachetes, o unas buenas nalgadas en las posaderas. Pienso que daba rienda suelta a una pena interior indefinida, que fluía por los ojos como río de lágrimas saladares…No se como explicarlo… Quizá se debiese al hecho de sentirme sin madre –aunque nada puedo reprochar a la querida abuela, ¡todo lo contrario!- Quiero pensar que la sinrazón de un temido desamparo, medio presentido, alimentaba el oculto manantial del pesado llorica. Mas adelante ya me enteré que los hombres nunca lloran y menos en aquellos tiempos de… “…prietas las filas, recias marciales…”
Se suele comentar que no hay un rubio -aunque parezca extraño por aquel entonces, lo era- que sea bueno y yo debía ser la excepción que confirma la regla, pues todos me consideraban muy buenín. Chiquillo larguirucho y enclenque ante los elementos, a cada soplo de aire respondía con un constipado. Víctima propiciatoria de todo virus que osase tomar contacto con la tropa menuda de aquel pueblo perdido entre las montañas teverganas. Aparentaba ser poca cosa, hombros estrechos, cara pálida con rosetas blancuzcas en verano, museo viviente en el que habían hecho presa y anidado tan campantes, el sarampión, la viruela loca, la tos ferina, la escarlatina y las paperas. De catarros y bronquitis que eran la principal especialidad ¡ni te cuento!
Dicen que fui sacado adelante – y seguramente llevan razón- con la espesa y espumosa leche de las vacas pardas del país –eso sí, casi siempre sin hervir- Era de ver el bigote que te dibujaba al pasar de la tapa de la lechera a la boca, recién ordeñada. Muy limitado en cuestiones de manduque, gozaba con el líquido y blancuzco elemento y todos sus derivados, personificados en la famosa “faruga” (pan con leche) Así di cuenta también de incontables tazadas de nata con pan de escanda –el de trigo era artículo de lujo- y azúcar, con el impagable complemento alimenticio del jamón y el chorizo, sacado de los famosos gochos teverganos, que dieron lugar a que con el tiempo tomara una cierta prestanza y color. Se notaba que aunque renacuajo tenía apego a la existencia y mostraba gran afán en arraigar en este pícaro mundo franquista en pleno desarrollo, con extraña energía sacada no se sabe de donde, pelechaba entre pestes –ayudado por los brebajes y gaseosos socorros de tisanas y fervidos de la abuela Estrella- saliendo de una pa caer en otra peor. Testón a conciencia –o si lo prefieres, obstinado- contando con la asistencia de los antibióticos ¿o quizá serían sulfamidas? que me suministraba el tío Ramón en inyecciones, vía flaca y maltrecha nalga.
Recuerdo una desigual batalla que libré con unos ocho años, durante bastantes días en la cama con alta fiebre y delirios, decía el médico que la bronquitis había pasado al pulmón, entre brumas lo oía comentar y me entraba un miedo distinto, bien creí -sin ser totalmente consciente de lo que significaba- que había llegado la hora de dimitir de una existencia tan disputada y costosa. Unos días después el débil junco logró superar el vendaval, habían pasado los sudores, noté que el sol entraba despierto y brillante por la ventana de la habitación que daba al este. Marcó el inicio del afianzamiento de aquel saquito de lavados huesos de pardón (aguilucho) o gracha (cuervo), en que me había convertido el último achaque.
Por aquella época tuvo lugar un hecho, que dio lugar a encendidos comentarios en la familia. Superados los contratiempos vitales, la abuela materna Telva, había prometido llevarme y ofrecerme en la fiesta al ángel de la guardia, que se celebraba en el mes de Marzo en el pueblo de Fresnedo, para tratar que por mediación del ángel, con sus muchos poderes, arraigar aquella delicada y achacosa planta. Acordados los términos del voto, el día de autos con los rizos peinados en elevada moña, más acorde con un vulgar lametazo de vaca, vestido con las mejores galas, bien temprano dejaba atrás el pueblo de Prado, caminando triste y rumiando la forma de hacer realidad la idea y promesa que llevaba en mente, con la firme resolución de regresar en la tarde, adelantándome a la segura oposición. Eran alrededor de cuatro kilómetros los que me separaban del pueblo donde había nacido y vivían los abuelos maternos. Repartidos primero en una bajada y terminando en otro tanto de subida, a través de desigual camino terrero, entre fresnos, matorrales y montes de castaños.
Está Sobrevilla en la falda de la calcárea peña de Sobia, bien orientada para recibir el vivificante sol la mayor parte del día, en ella habitaba la abuela Etelvina que se apellidaba García García –decían entonces que como la rapiega (raposa)- en esto coincidía también con la paterna, sin ser hermanas. Con ojos pequeños y vivarachos y de mirar duro, mandona por demás, nariz muy larga, repeinada en moño y siempre con la pañoleta negra puesta. Muy religiosa y con la confesada certeza de vivir místicas alucinaciones nocturnas, quizá consecuencia de su mal riego cerebral. Se pasaba media noche de rodillas rezando, así lucía unos gruesos callos en las rodillas. Tenía un corazón muy grande y su comida era patrimonio de todo hambriento que pasase por delante de su puerta, como tu bien sabes.
Iniciamos la caminata por terreno llano y tendido dirección a Carrea, la abuela, su hermana Ramona, y también la mía, Maribel dos años mayor que quien suscribe, quiero recordar que nos acompañaban las de Paquita –aunque no estoy seguro- después de un buen trecho, pasamos junto a los escasos restos del castillo de Alesga sito en las inmediaciones del poblado de San Salvador, del que díz la leyenda que aunque está situado en un alto promontorio, disponía de un secreto pasadizo interior que te llevaba al mismo río, que discurre no muy alejado y baja las aguas del puerto de Ventana, también se especulaba con la existencia enterradas dentro, fabulosas chalgas (tesoros) que servía para alimentar la calenturienta fantasía de los jóvenes excursionistas, o por lo menos las de un servidor.
La celebración transcurrió sin nada que reseñar, la comida tuvo lugar al aire libre, a base de friamberas con embutidos, empanadas y la clásica arroz con leche, para la que tenía muy buena mano la anciana abuela Telva. Llegó un momento en que la fiesta parecía alargarse más de lo que un servidor juzgaba conveniente y más contando con que en esos meses del final del invierno, los días son cortos y oscurece pronto. Por los síntomas pronto comencé a sospechar que la lentitud del regreso, la galbanosa marcha, obedecía a oscuros e inconfesados motivos, aguanté el cansino discurrir sin rechistar, mientras el camino me era desconocido, pero en cuanto nos fuimos acercando al pueblo y no temía el extraviarme en el monte, dejé plantada la compañía, puse pies en polvorosa, comenzando un loco trote hasta alcanzar el pueblo en un periquete.
-¿Dónde vas mante, a estas horas? Me dijo tía Encarnita al verme llegar solo a la corrada, encendido por el apretón final y conocer mis torvas intenciones. Poco le hubiera costado detenerme, acostumbrada al trabajo duro del campo, a lidiar desde bien pequeña con xatos de dos y cuatro patas, al arado romano, y demás aperos de labranza. Ventiañera, pequeña, recia y trabada, no creo que por aquellos tiempos, las osas Paca o Tola estuvieran preparadas para aguantarle un mal asalto, los mozos del pueblo -en la lucha asturleonesa- tardaban lo que un pater noster -en sus manos- en quedar picha arriba. Seguramente vio en la determinación de aquel mocoso, la de un jabalí acorralado, así que al final me dejó ir, sin trancarme la portiella, ni encerrarme en el corral de las cabras.
Cuando llegaba al bosque seco y muerto de Trechamata, encontré al abuelo Gildo que regresaba arreando las vacas desde el prado de Arbales, excuso decir que como bendito que sí lo era, solo tuvo tiempo para regalarme una tierna sonrisa de adiós, sin ningún reproche, ni intento de forzar mi voluntad, por muy oscuro que ya estuviese el día y la noche repicando con su negrura. La temperatura era benigna para el tiempo, tapado por la niebla, arriba se podría adivinar el cielo azul, tampoco aparecían las enramadas pobladas de pájaros siempre gárrulos y de francachela, seguramente estarían durmiendo y por supuesto yo bastante tenía pa mí, no estaba el forno pa apreciar tanta monserga.
-¿No tienes miedo? Me preguntó. Le respondí con un: ¡No! más aparente que seguro y decidido.
Con lo encalorado que iba, trataba de auto convencerme, que no temía ni al lucero del alba, ni siquiera al saca mantecas. Así me vi obligado a ir casi sin tocar con los píes en el suelo, de salto en salto por entre los añosos castaños, de ramas desnudas, apenas rozando con los zapatos la rojiza arcilla, sin tiempo a pararme a pensar, ni apreciar los fantasmas de macizo cuerpo y muchos brazos, en que habían convertido el invierno y la oscuridad los quietos árboles, y que parecían querer cortarme el paso. Con el aliento siempre a tope –aunque discurriese cuesta abajo- terminé el Rozo, desembocando en la carretera que pasaba al lado del palacio del conde de Agüera, no reparé demasiado en el molino y la central eléctrica que está al otro lado de la rue, pasé sobre el puente donde se juntan los ríos del concejo como alma que lleva el diablo, dejé atrás las oficinas de la mina Hullasa y el cuartel de la Guardia Civil, y sin perder un segundo comencé la empinada y empedrada cuesta, la noche ya había cerrado del todo su última contraventana, y la luna no osaba servir de escolta, ni enseñar sus cuernos entre el celaje de la niebla. Todavía restaban las últimas casas del pueblo de Entrago, por las que en algunas de las rendijas de sus ventanas se filtraba algún que otro rayo amarillento, de la luz de las bombillas al exterior.
Más adelante llegando a un monte de robles, quizá me asusté un poco, cuando sentí el canto de la lechuza, ahuecado por las altas copas, lo que hizo que el oído permaneciese desde entonces, más alerta si cabe, los ojos con las pupilas dilatadas intentando ver en la oscuridad, tratando de captar toda la luz posible, como los gatos. Conocía de memoria muy bien este camino, de haberlo pateado cientos de veces, presentía que cada mochuelo estaba encaramado en su olivo, ¿que digo? en su roble –aunque no me tranquilizaba- toda revuelta me resultaba familiar, los fresnos y los robles, las portillas y los cierres de las fincas, si me apuran un poco hasta las piedras del suelo, eso me daba más confianza y la certeza de estar llegando a destino, a casa. Según ascendía, atrás y abajo quedaban las apagadas luces de los pueblos de Entrago y Bárcena al frente el acomodo, la meta en Prau.
El susto de la abuela Estrella fue mayúsculo al verme aparecer tan entrada la noche y ya sin contar con el regreso, verdad es que le había prometido hacerlo, aunque supongo que no confiaba demasiado en que lo lograse, ya que seguramente presumía que no me dejarían volver. Me sentía satisfecho pese a mis pocos años y al hecho de ser muy tímido e indeciso, había logrado prevalecer mi voluntad. Años después supe lo que era dormir en diferentes camas, pero en aquel entonces era impagable el poder volver todos los días al nial (nido). Fui a la cama orgulloso y pensando que a la postre no había sido tan difícil llevar a cabo el reto que me había propuesto.
(Dedicado a mi prima Maite, en su feliz destierro de Breda, por haberme pedido la aclaración del hecho)
Los libros de hoy son unos cuentos de Clarín “El cura de Vericueto” (por que cita nuestra cuna Teverga) “El Quin” (que va de las desventuras de un perro en la aldea)

Franco comiendo la faruga y Gildo
Paseo en Teverga, de la Focella a las Navariegas. Por Max.
Produce cierta alegría el regresar al solar donde yacen los restos de los abuelos, sientes que allí reposan los huesos de unos seres que fueron y siguen siendo tan queridos y te liga más si cabe a ellos. Acrecienta la íntima satisfacción de poder ubicarlos, comprobar que son reales, concretos, que están ahí, que no fueron un mal sueño. Te convences que muchos episodios que quizá tenías bastante olvidados –sin duda difuminados- recobran de nuevo actualidad, que no han muerto, que recuperan presencia y cobran vida dentro de tu cerrado caletre, y vuelves a revivir con mayor claridad aquellos años tan lejanos en el tiempo y tan cercanos en este instante. Repasar cuanto cambio sobrevenido desde que volvieron a la tierra, ellos que nacieron en el concejo pasaron la mayor parte de su vida en él y escogieron ser enterrados en esa su tierra. Ahora su sangre se extiende por tierras lejanas y quien sabe hasta donde podrá llegar. En el desconchado recuerdo se agolpan infinidad de vivencias perdidas, de añoranzas, y presientes que la labor de los viejos quedó recompensada, plantaron unas firmes raíces, que los ladinos años por arte de magia, se encargaron de transformar en varias vidas, mientras nuevas ramas se fueron añadiendo a este intrincado, complejo y enmarañado árbol que es nuestra vida.
Regreso una vez más a los orígenes, con el simple propósito de caminar por la naturaleza y acercarme a una braña vaqueira conocida como la de las Navariegas. No hace muchas fechas había estado en el pueblo de Páramo –camino del Xiblu- en esta ocasión en vez de subir dirección a puerto de Ventana, en mitad del mismo poblacho nos desviamos a la derecha, al de la Focella, por estrecha y empinada carretera, que en menos de tres kilómetros te deja en los aledaños de un lago de temporada –ahora está seco y enseñoreado por las espadañas- que ya citaba Jovellanos, hace más de doscientos años. Se trata de una bonita aldea perdida, con casas de gruesas paredes de piedra, techos con tejas rojizas, gastadas y descoloridas y en el que la mayoría de los habitáculos, fueron o están en trance de ser restaurados. Este núcleo rural fue protagonista -junto con los dos pueblos vecinos- de una antiquísima historia, allá por la edad media –por orden de uno de tantos reyezuelos- uno de sus nativos recibió una recompensa extensiva a todos sus vecinos, por no haber traicionado la lealtad al Borbón de turno, otorgándoles el privilegio de quedar exentos de pagar impuestos –talmente como se hace ahora con los ricos-
Al lado mismo de un venerable tejo, tomamos un llano camino, alternando entre tramos de tierra con otros empedrados, que bien pronto nos condujo a encontrarnos con un cerezo bien cargado, que nos ofrecía generoso su roja gabela, de pequeñas pero sabrosas cerezas. La ronda discurre escoltada por altos bardales de espinos, avellanos y algún que otro fresno, y los alegres cantos de raitanes y jilgueros, todavía conserva buena parte del firme empedrado al que también se refiere Jovellanos –en una de sus andanzas por tierras cercanas- en que fue testigo, de la antiquísima tradición de efectuar los fines de semana -de la primavera- la puesta en firme y la reparación de los caminos aledaños que confluían en los pueblos, por cierto vías imprescindibles para el cómodo acarreo de los frutos, mediante trabajos comunitarios, conocidos como estaferias. Hará cerca de cuarenta años que desapareció esta singular tradición, y bien que se nota ya que va menguando a marchas forzadas el firme empedrado, arrastrado por las lluvias, dando paso al incómodo barro y con este la proliferación de ortigas, artos, malezas que a la postre se enseñorean de los pequeños surcos que en su día fueron caminos, haciéndolos intransitables -sobre todo en invierno-
Según vamos cogiendo altura el sendero más y más se empina y las matas de arándanos se espesan y abundan a entrambos lados, y aunque los frutos estaban todavía muy pequeños su sabor se muestra exquisito, dulce y meloso -sería de tener en cuenta repetir el recorrido bien entrado Septiembre para disputarles a los urogallos tan preciado fruto- En una revuelta del camino encontramos un lugareño llevando del ronzal a brioso corcel con perro pastor a su lado, nos pronostica que la niebla bajará pronto lo que hace que apresuremos el paso. Disfrutamos de pasada en la lejanía en una zona escarbada en la roca, de la vista de una parte de la cascada del Xiblu, en esta ocasión el caudal se notaba bastante disminuido.
Llegados al alto en la campera nos aguardan cabañas de piedra ennegrecida y los singulares corros con techo de antiquísima factura, ya que las lascas planas y alargadas de la misma piedra se van situando corridas y apiladas hacia el centro, manteniéndose en precario equilibrio y formando una especie de iglú de piedra, si bien es verdad que pocos quedan en píe, también otras construcciones más recientes con techado de teja, muestran el paso del tiempo derribadas por el peso de la nieve y el abandono. Los pastos se encuentran concurridos con las características vacas del país con xatos y terneras, escoltados todos por un buen semental que nos mira desafiante.
Damos cuenta de sendos bocadillos, que después de la merma de energías, quemadas en la ardua subida, sientan de maravilla y saben a gloria, contemplando al fondo la peña de Sobia. Obligados por las circunstancias acordamos dar por finalizado el recorrido sin poder asomarnos a tierras de Torrestio, ni contemplar un par de cascadas que se encuentran un poco más arriba, y emprendemos el regreso azuzados por la niebla. La bajada nos hace disfrutar y reparar con mayor detenimiento en los bosques de hayas mezcladas con robles, notando que los suelos se muestran limpios sin matorrales, eso sí sembrados de helechos que le dan más vistosidad con su verde intenso en contraste a los pardos, oscuros y añosos troncos.
El libro de hoy es del antiguo y festivo escritor italiano Giovanni Bocaccio
El Decamerón Giovanni Bocaccio
Tejo
Cerezal
Planta del arándano
Exterior del corro
Techo del corro por el interior
Corro al que se le vino abajo la techumbre







































































































































































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