MAX Y LOS CHATARREROS

¡Que tiempos aquellos! Por Max.

Posted in Asturias, Excursiones by maxalvarez on septiembre 21, 2011

SOTRES

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Sin duda eran otros tiempos, entonces el cura era el gobernador en plaza del pueblo, y asistir a misa los fines de semana, era poco menos que una obligación de todos sus habitantes, fuesen estos creyentes, y en caso de los tibios… ya que por supuesto ateos –por orden expresa del Caudillo, que previamente se había encargado de segar de raíz esa mala cizaña ¡y a conciencia!- Así que de ese género de descreídos, no quedaba ni uno solo ¡faltaría más! Aparte fuere que a los pocos que flojeaban un poco en la fe, les interesase con más y mejores razones el guardar las apariencias; no en vano los informes del orondo y coloradote sacerdote solían llegar con regularidad, al Cuartel de la guardia civil y ¡hay del que fuese pillado en un renuncio! Pronto era llamado a capítulo, e invitado a pasar por el cuartelillo y luego los quejidos… por no decir el llanto y castañear de dientes, solían oírse a bastante distancia, del tenebroso caserón.

El encargado de Dios en la tierra, encaramado en un pequeño púlpito, que ante la vehemencia del predicador, amenazaba por momentos con venirse abajo, escupía atropelladamente, gesticulando con gran energía entre pequeños y acompasados eructos… -hay que decir en su descargo, que debía atender varias parroquias, en la mañana, y con tanto levantamiento de copa, no era de extrañar, que para la misa de la una, anduviese un poco cocido y que se le viese en el púlpito un tanto inseguro en mantener la vertical y con el color del rostro subido y un tantín acalorado- El caso es que se le inyectaban en sangre los ojos, y lanzaba por ellos rayos y centellas, como guadaña de segador en medio de la rociada, a las seis de la mañana, tronchando con inusitado brío un campo de amapolas; los últimos párrafos de su sermón, repartían mandobles en todas direcciones –sobretodo a la siniestra- amenazas de fuegos y condenas eternas, que pasaban como flechas incendiarias, por encima de las negras mantillas de las arrodilladas campesinas, de los finos pelos blancos de los mas viejos –que recogían la boina en la mano- y de las greñas ensortijadas y enmarañadas de los recios campesinos en edad de trabajar, y que dentro de muy poco, haciendo caso omiso de la prédica, aparejarían la yunta de vacas, para disimuladamente y con el temor en el cuerpo de un criminal que profanaba el día del Señor, disponerse a atender la huerta y sembrar con el arado romano, la previamente esponjada tierra, sin tener en cuenta las órdenes y consejas impartidas por don Jesús, y es que la simiente no sabía de días sagrados, y ellos lo tenían claro y bien aprendido, cuando: era tiempo de semar, había que semar, y dejarse de monsergas, por muy santas que estas fueren.

Era un día de mayo con aire calentucio, y aunque las napias de don Jesús no estaban en las mejores condiciones de apreciar el olor a cuadra que fermentaba aquella iglesia pueblerina, atestada hasta los topes, por aquesta nutrida y aguerrida recua de feligreses, que daban un cierto husmillo a res vacuna, si bien quizá la mayor culpa del pestazo ambiente, se debiera a unas vacas que moscaban tumbadas a la sombra que propiciaba la alta torre de la iglesia, sobre un prado lindero, y de donde también llegaban sus mugidos que venían a amenizar y dar acompañamiento a la sagrada eucaristía –toques de esquila incluidos- Terminaba el sermón haciendo un repaso a las cuitas del rebaño, anunciando que después de la reciente muerte de la piadosa vecina doña Eufrasia, su afligido marido no tenía quien le cuidase y por tanto él como buen amigo de la difunta y del desconsolado viudo, aprovechaba para proclamar que don José necesitaba con urgencia, una joven criada trabajadora y decente, rogando que se abstuvieran algunas que él se sabía.

El pórtico de la entrada al venerado recinto, aquel día estaba muy concurrido, en el se apiñaban un buen montón de feligreses, a los que de vez en cuando llegaban espaciadas rachas de tibia brisa. Eran vecinos que llegaron un poco tarde, y por tanto no pudieron entrar, o eran menos fanáticos o bien como se estaba más fresco… seguían la sagrada eucaristía, tras la gran puerta abierta. Por otra parte, para compensar tanta calor humana interior, de vez en cuando se colaban agradables aromas silvestres que a duras penas lograban penetrar hasta el fondo, moviendo al paso: mantillas, cintajos y haciendo temblar las amarillentas llamas de los cirios, que escoltaban los santos y las vírgenes de añeja madera, colocados en sus pedestales a ambos lados de la oscura nave.

Don Jesús era un cura muy campechano y pese a que las malas lenguas decían que durante la guerra había usado pistolón al cinto y no había tenido demasiados remilgos en apretar el gatillo, por supuesto cuando se vio obligado por las hordas marxistas –que se sepa- nunca a nadie había amenazado con su arma… –del género femenino no es ahora ocasión de ocuparse- Si bien en el púlpito animado seguramente por los efluvios espirituosos, solía explayarse y tratar los asuntos -divinos y humanos- de la comunidad, con abonda (bastante) vehemencia, sin que nadie se atreviese acusarlo a la cara, de haber dado un solo mal consejo, a sus fieles ovejas.

Nicolás era en cambio un antiguo ateo que había sobrevivido oculto en las catacumbas y aunque asistía con regularidad a misa, más bien era por: “la cuenta que le tenía” y pa no señalase, si bien las cosas de la iglesia las consideraba como pendejadas de muyeres y berrones; y ya que le facía a menudo la rosca al cura, que menos que le sirviese para sus intereses. Tenía una hija no demasiado espabilada, pero era trabajadora y bien enseñada. Especulaba, después de oír la demanda del cura, y estaba convencido, que si acertaba a jugar bien sus cartas, el puesto sería pa la su fía, con lo que podría asegurar el futuro de ella, el de la parienta y el suyo propio, amén de un provechoso y regalado retiro, no en vano don José tenía fama de rico y tener el riñón bien forrado.

Las cavilaciones del final de la misa, le volvieron a Nicolás cuando sentado a la mesa, en una modesta casucha, situada en los límites del pueblo, al pie de un molino, esperaba que su esposa calentase en el fogón la pota, mientras su hija Adela sacaba del aparador, platos y tazas y los distribuía en la mesa sobre el raído mantel. Después de todo su hija aunque estaba a punto de trascantiar la treintena era joven abondo (bastante) y si bien quizá pecaba de simple, tenía buen humor, era mandada y frescachona, y aunque había sido abandonada hacía unos años, por un mal mozacu, quedando un poco resabiada y resentida, quizá esa misma simpleza, sería su mejor recomendación –al cura don Jesús ya se había ocupado por la mañana, de trabajarlo para tenerlo de su parte- Al hilo del pensamiento, dejó caer, dirigiéndose en especial a su señora:

— Después de la petición del cura en el sermón de la mañana y visto que don José nun se lleva bien con los sus parientes, sería importante tar al quite, y nun desaprovechar la oportunidad de prosperar. -Y continuó dando forma a su pensamiento:

—Tal vez sin tardanza –antes que alguien se nos adelante- debiera dirigirme mañana bien ceu (temprano) a casa de don José, para ofrecerle la nuesa fía, ahora al estar viudo hay posibilidad cierta de sacar tayada.

Mientras la mujer sin decir nada, colocó la cacerola roja en medio de la mesa, que al ser destapada, de entre aquel cocido a lo pobre, se dejó escapar una columna de humo que llegó al techo con olor a patatas cocidas y que aparentaban estar entre solteras y viudas. No obstante ante las palabras de su esposo, quedó pensativa… terminando por comentar:

— Nun ye mala idea –dijo la mujer, mientras se revolvía hacia su hija que no abrió la boca.

—Adela, mañana bien temprano te preparas de fiesta e irás con tu pá, a casa de don José pa quedar allí de criada. ¡Guárdate bien de obedecerlo en todo cuanto te pida u ordene!

Terminaron de cenar y fuéronse a dormir, estando tumbados en la cama al poco el padre -que algo le rucaba en la cabeza- preguntó de improviso:

—¡Oye neé! A la nuesa fía comerái el quiquiriquí

—Aunque paezca un pocu fata, esté sola y nun tenga mozo ahora, el quiquiriquí seguro que y come comu a todas, y estando en plena mocedad, comu a la que más.

—¡Entonces, Tranquilízasme bastante! nun hay nada que temer.

—Tu que la entiendes meyor, recomiéndai, que nun se niegue a nada. Prepárala y alecciónala en tolos detalles, nun vayamos echar a perder la conquista de ese rico viudo, hombre cabal, y aunque sea un poco tayudo, más que apropiado pa la nuesa fía, y de paso la salvación pa nos, por unos remilgos inoportunos. -Como díz el conocido cantarín:

Castigo de Dios merece
la mujer que nun lo da,
el home cuando lo pide
ye que tien necesidá.

Bien temprano padre e hija con paso decidido se dirigieron al vecino pueblo, donde en un caserón cercado con alto muro de piedra, vivía don José, de sus rentas y a cuerpo de Borbón. Era esta una residencia campestre medio señorial, de las que solían construir por aquel tiempo, los labradores ricos, con los perros atados debajo de los manzanos del corral. En principio estaba retirado de su profesión, aunque no le hacía ascos a un negocio que se le presentase de improviso, si la rentabilidad estaba asegurada.

Don José aparentaba cincuenta y pico de años, se diría que era forzudo, resistente y sanguíneo, medio campesino, era también un poco obeso o más bien panzudo, jovial, picardioso y amigo de chanzas y requiebros; como buen tratante de reses, estaba acostumbrado a adivinar en la cara de su oponente, sus ocultas intenciones. Habituado a lidiar con todo tipo de reses, invirtiendo bien sus ganancias se había hecho con un buen patrimonio. Tenía fama de fogoso y de tomar culinos de sidra como si fuese agua, eso sí por la mañana la copa de orujo -pa desayunar- era más que sagrada.

Recibió a la pareja sentado a la mesa y teniendo delante su habitual copa de orujo, invitando a Nicolás a un trago de licor que el mismo se encargó de servir en un diminuto vaso. Aunque presentía el negocio que los traía a su casa, no dejó de preguntar con su vozarrón:

—¿Qué se le ofrece hermano?

Fue el padre quien respondió:

— Esta ye mi fía Adelaida y como ayer el cura dijese en el púlpito, que necesitaba una criada, venía a ofrecérsela.
El hombre miró a la muchacha con ojos escrutadores y en un segundo sopesó pros y contras, midió y adivinó carencias y virtudes, preguntando sin más rodeos:

—¿Cuántos años tién la cordera?

—Va pa treinta en la Seronda, y ye limpia, trabayadora y muy mandada.

— ¡Trato hecho! Le daré trescientos reales al mes y la comida.

Al día siguiente Adelaida llevando en la cabeza muy presentes, las últimas recomendaciones de sus padres, sobre todo la que más le habían recalcado: “No negarse a nada, y estar dispuestas a hacer todo cuanto se le pidiera”

A decir verdad el viudo, entre la enfermedad y la posterior muerte de su esposa, llevaba demasiado tiempo durmiendo solo, sin compañía de hembra, juzgando que sería de tontos, el no aprovechar a su joven criada para tratar de dormir caliente. Así que se dirigió a ella con cierta malicia en el semblante, en estos términos:

— ¡Vamos a dexar las cosas claras! Tu aquí yes la criada, la criada na más ¿Entiendes? Y nada de xuntar las mexaderas.

No se sabe si lo decía con ánimo de sentar las bases de su futura relación, o más bien con la oculta pretensión de sondear la disposición y hasta donde podía llegar con la rapaza.

—Sí don José, mira que nun ye guasón ni nada ¡lo que usted diga!

La primera noche no pasó nada, aunque Adela tenía el presentimiento que algo tramaba el viejo, por los comentarios y las miradas que le dedicara en la cena y no iba muy descaminada al recordar la cancioncilla:

Bien sé que estás en la cama,
bien sé que no duermes, no,
bien sé que tienes la mano
donde el pensamiento yo.

La segunda noche, eran altas horas de la madrugada y ninguno de los dos dormía, Adela mirando al techo sintiendo rebullir la cama del viudo, acompañaba el pensamiento con la conocida cancioncilla:

A ti te lo digo, viejo,
a ti te lo digo, atiende,
el carbón que ha sido brasa
con poca lumbre se enciende.

A la tercera noche estaba Adela a punto de dormirse, cuando le llegó nítido el vozarrón de don José:

— ¡Adela, sube rediós! -continuando en cuanto la criada asomó la cabeza por la puerta:

—Ya estuvo bien de dormir solo. A partir de güey esta será tu cama y si no estás de acuerdo, ya te puedes ir largando, no te necesito.

Y desde aquel día, cuando llegaba la hora en que los gatos andan por el desván detrás de las gatas, no dejaba de cantarle:

¡Adela!
tengo la pixina mala,
los coyones tán de luto,
abre las piernas, rapaza,
ya entiérrame este difunto.

Y tanto fue y fue, el cántaro a la fuente…

Habían pasado seis meses cuando Adelaida estando de visita en casa de sus padres, este siempre observador la miró con detenimiento, ya que había notado a su hija un poco más gruesa que de costumbre, le iluminó la cara media sonrisa al cavilar… preguntando de sopetón:

—¿Tu no estarás preñada?
Ella se puso colorada y respondió:

—¿Qué dices pá? ¡No creo, no, supongo que no!

— ¿Vamos a ver fía? ¿desde cuando duermes en la cama del viudo?

Tuvo que terminar confesando que desde el tercer día, la cosa estaba clara, no había lugar a dudas. En aquel instante llegaba la madre. El marido le explicó, sin señales de enfado en la voz:

—Ahí donde la ves, tu fía está preñada.

En un principio la madre dejándose llevar por su condición de depositaria y fiel guardiana de la honra y virtud de la hija, la trató a la baqueta, levantando la voz con insultos grueso como: ¡felpeyu! ¡arrastrada! y hasta de ¡puta!. Después recapacitó un tanto y ante el toque de atención y reconocimiento de su esposo de cierta parte en la culpabilidad, ya que en el fondo ellos habían sido más que responsables, no en vano la habían alentado y poco menos que empujado a aquella casa, con la secreta y no confesada esperanza, de que lograra cazar al viudo.

— Nun ye hora de reproches, ye la de tratar de resolver el asunto –con don José- de la meyor y de la más favorable de las maneras posibles. ¿Me entiendes?

En la plática del día de Reyes el orondo sacerdote don Jesús, anunciaba satisfecho desde el púlpito el compromiso y las amonestaciones de don José Villaverde Prendes con la señorita Adelaida Rodríguez Peláez.

En adelante, el antiguo tratante se sintió satisfecho de poder contar con el calor de la joven en la cama, para encarar las crudas noches del frío invierno, los padres se frotaban las manos y la criadilla que se había convertido en señora, más.

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PLANTANDO EL PALO DE LA FIESTA EN SOTRES

FOTOS DE SOTRES

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Camino entre Tielve y Sotres. Por Max.

Posted in Asturias, Excursiones by maxalvarez on junio 24, 2010

Las obras acometidas en el pueblo de Sotres, según lo observado hace unos días en situ, van camino de convertir la ya de por sí preciosa base, refugio y alto lugarejo de las montañas Cabraliegas, en el pueblo más bonito del norte de España, no se limita el arreglo ¡con ser mucho! en cubrir el suelo de todas sus caleyas con losas de piedra caliza, sino que se acometió la mejora de paredones, fachadas, alcantarillado, enterrado de tubos para energía eléctrica, teléfono, televisión o gas, es la infinidad de detalles en cruces, plazas, barandillas, escaleras o rinconeras, van a gastar una millonada –cerca de cinco millones de euros- pero estoy convencido que el resultado bien lo va merecer, ya me tarda el poder pasear por la futura cocada de pueblo –se presume que para finales de Noviembre de este año, estén culminadas las obras- Trabajan un hormiguero de operarios, con los medios más modernos, aprovechando los meses en que se espera puedan disfrutar de un tiempo, más o menos favorable para llevar a término unas obras tan ambiciosas e ilusionantes.

Aparte de la conocida y sinuosa carretera entre Tielve y Sotres, a media montaña discurre un camino, se presume su origen antiquísimo, muros de contención formados por toscas piedras le sirve de asiento, de una ruta seguramente para caballerías, ya que se me hace difícil que carros pudiesen transitar por tan estrecho camino. En la actualidad se muestra muy abandonado, con piedras desprendidas de las laderas y que necesitan ser desplazadas, ya que dificultan el paseo y hasta lo vuelven peligroso en algunos tramos. Es de esperar que después de los trabajos tan importantes en el pueblo, traten de lavarle la cara a esta ruta y adecentarla como paseo veraniego, que discurre divisando el valle con su riachuelo al fondo y la carretera en medio, altas cumbres escoltan y completan el entorno de elevadas montañas, un paraje agreste inigualable.

Poco cuesta imaginar a los antiguos habitantes, herederos por generaciones de una penosa actividad pastoril, lo que suponía para ellos el supremo desafío –en invierno debería ser acojonante- los esfuerzos y sudores padecidos por estas gentes para lograr encaramarse a estas tierras tan elevadas. La mítica aldea de cabañas y pastos con un montón de cuevas naturales para la maduración de sus quesos, dio paso a un núcleo que se dispone a convertirse en una joya moderna y rural, donde van a convivir de maravilla, pastores y ganaderos, con empresarios cargados de ilusión por impulsar la hostelería, los guías de montaña –no en vano tienen cerca el mítico Naranjo de Bulnes y es elegido por los montañeros como punto de partida para acercarse a escalar el mismo- y los productos artesanos de calidad suprema ya acreditada como lo son: quesos, embutidos y carnes.

El día ocho de Septiembre celebra el pueblo la romería principal del año. La semana anterior los mozos del pueblo cortan un haya de buenas dimensiones –que bautizan como la jovera- la pelan y la plantan pina, en un hoyo hecho a propósito en el prau de la fiesta. El día del jolgorio por la mañana van los mozos con el ramu –bien adornado con varios roscos de pan dulce- hasta la iglesia, salen a recibirlos las mozas con panderetas y tambores, van cantando y les convidan con tortos y chocolate caliente, después de la misa acuden todos como no podía ser menos, al prau, la jovera es untada con grasa o jabón, son subastadas las rosquillas de los ramus, mientras los mozos son animados a subir el nidio varal. Por la tarde hay juegos infantiles, gaita y bailes regionales y por la noche una gran verbena hasta cuando el cuerpo aguante.


A las cerezas en el monte


Pitu caleya


Camín de Sotres


Camín de Tielve


Senda en la montaña


Alto en el camín


Planta en una viecha casuca.


Tienda de embutidos en Sotres

Entre Sotres y Bejes la Quintana. Por Max.

Posted in Asturias, Excursiones by maxalvarez on abril 27, 2010

Fue parada por devoción, el detenernos llegando a Arenas de Cabrales en el aparcamiento mirador que se nos brinda a la salida de una curva, en parte debido a la sempiterna tentación de hacer unas asemeyas espectaculares al nevado y tentador pico Urriellu. Antes de llegar a Poncebos pudimos comprobar como aparecían terminadas las obras del aparcamiento que evitará tener que ir sorteando los coches, que años atrás se esparcían por los bordes de la carretera, un poco antes de llegar al comienzo de la senda del Cares, aunque tengo la sensación que se quedará pequeño -como es norma- dada la esperada y siempre masiva afluencia veraniega de turistas a esta ruta y también a la cómoda subida a Bulnes en tren.

Dejamos atrás Sotres que mostraba sus caleyas levantadas ya que las están acondicionando, en el alto nos detuvimos a contemplar el pueblo y dejar recuerdo de ello con nuevas fotos del núcleo habitado con el atrayente collado Pandébano al fondo, continuamos por la carreterina de montaña cuyo firme se mostraba perlado de socavones que a duras penas logramos sortear – seguramente Areces piensa que su reparación la debe acometer Revilla, ya que da principalmente servicio a un pueblo Cántabro y Revilla que debe ser el amo de los baches, total uno por otro ¡la casa sin barrer!-

Parada final en el alto llano en amplio apartadero lleno de coches, mochilas al hombro y con el rumbo puesto en el bonito pueblo de Bejes, el sol comenzaba a turrarnos la tiesta, hubo que aligerarse de ropas que colgamos de los tirantes de la mochila dando la sensación de ser unos perfectos quincalleros, el cielo sin una nube, pronunciada cuesta en descenso por pista apropiada para todo terrenos, si circulas montado en auto, el atreverte a mirar el precipicio debe ser motivo suficiente para dejarte los pelos de punta y las bolas de pajarita –por supuesto quienes tengan unos u otras- sin un mal quitamiedos ni nada que se le parezca, aunque se apreciaban trabajos no muy antiguos de recortar piedras en las revueltas, algún resto de nieve, se camina sin dificultad y animosos, ahora casi llaneando entre matas de hayas, se divisa a la izquierda la carretera que termina en Tresviso y en el fondo los profundos barrancos de los arroyos afluentes del río Urdón.

Continuamos la caminata con los ojos bien abiertos, teniendo muy presente el horizonte de la orilla del abismo, procurando ser precavidos ante un eventual tropezón, marchando a poca distancia de la peña, con la música temblando en el aire que nos regalan los numerosos pajarillos que habitan el desnudo bosque y que quieren dejar constancia de su presencia con su alegre canto ante la entrada de otra primavera, y de paso llamar al cortejo a las pájaras que por lo que se ve, no deben andar muy lejos ya que también contestan a los requirimientos; del fondo nos alcanza el tenue olor de las flores que comienzan a despuntar con la llegada del calor, poco después se avistan las primeras casas de Tresviso que serán todo lo que llegaremos a divisar ya que la mayoría de las edificaciones nos las oculta la colina, parecen estar casi al alcance de la mano si no fuese por el profundo tajo que se abre entre los montes, brañas con abundantes ovejas, yeguas y vacas, bosques de hayas casi en exclusiva que en su día fueron esquilmados para quemar en un gran horno –de esto hace cerca de dos siglos- el mineral de unas minas cercanas para conseguir el preciado zing, hasta llegaron a levantar una chimenea de treinta metros que escupía una lluvia ácida de la época, que arrasaba los cultivos del pueblo de Bejés y alrededores, dando lugar a enconados enfrentamientos, entre mineros y agricultores, con resultados más que diversos, de estacazos y descalabros a porrillo y con imposiciones caciquiles incluidas, más adelante se divisa la parte alta del camino de hormigas que en otra ocasión recorrimos para acercarnos a Tresviso por la parte de Santander subiendo desde el desfiladero de la Hermida.

Hicimos alto avistando los dos barrios del bonito pueblo de Bejés hundido a nuestros pies, dimos buena cuenta del bocadillo de sabrosa tortilla, empanadillas de bonito, de nuez, yogur y manzana que nos supieron a gloria laica y como además habíamos encontrado una fuente con agua muy fría, quedó completa y servida la mesa. Nos queda pendiente el acercarnos al pueblo por carretera, desde el desfiladero de la Hermida, las vistas desde el camino de asfalto deben ser de las que te quitan el hipo.

Hace unos años se erigió en el pueblo una placa de homenaje a los guerrilleros antifranquistas que aprovecharon estas agrestes e intrincadas tierras para alargar unos años sus vidas, ante la presión y siega indiscriminada de la clerical guadaña del patas curtias, tanto “a los del Monte como a los del Llano” contando con la inestimable ayuda de los del incienso como los de la mirra. Por cierto que nunca se consideraron ni bandidos ni vencidos, así se lee: “Memorial en honor a los guerrilleros antifascistas de la Brigada Machado, asesinados por las fuerzas represivas de la dictadura franquista, 1941-1957”.


El Urriellu


Sotres


Braña, a la derecha en la ladera se aprecia el camino a seguir


Vista parcial de Tresviso


Braña con ovejas


Alrededores de Tresviso


Bejes alto o la Quintana


En el centro se aprecia la parte alta del camino a Tresviso


Bejes con sus dos barrios


Bejes bajo


La Quintana y sus tierras


Monumento antifascista

De Sotres a Tresviso. Por Max.

Posted in Medio ambiente. by maxalvarez on julio 24, 2008

Bonita excursión desde un alto pueblo asturiano a otro cántabro situado un peldaño más bajo, cruzando los montes que los separan un día de verano -lo crudo debe ser tener que hacerla acuciado por la necesidad, en pleno invierno con un buen temporal- caminando tranquilamente por carretera asfaltada, eso sí con un sol de justicia -en verdad que te chamusca este jodido Lorenzo cuando transitas a más de mil metros- hasta que acudió en nuestro auxilio la niebla en el regreso. Cruzando amplios pastizales, acompañados en varios tramos por encinas, fresnos y avellanos, las lozanas y jacarandosas vacas roxas refugiadas debajo de los árboles moscando como buenamente podían. Sintiendo los buitres en la altura y si acaso algún águila planeando en la lejanía, más cerca del suelo aleteaba el vistoso colirrojo tizón.

Parece ser que por su vecindad y más fácil acceso con los pueblos astures y su aislamiento a la zona cántabra cooperaron a que su tradicional indumentaria se asemeje más a la de sus allegados de región aledaña, constando la impedimenta de los hombres de: chaqueta, montera y calzón, portando empericotadas las féminas en las fiesta, camisa de lino hasta media pierna, abierta por el pecho eso sí para cerrar con botones, saya al tobillo confeccionada con sayalete casero de verde o naranja, corpiño amarillo o rojo de balleta o pana, dengue cruzado sobre el pecho y atado a la espalda, no faltando tampoco el delantal ni las medias de lana blancas o azules, rematando los pies las madreñas o los escarpinos.

Hoy va de revivir recuerdos, dicen que persiste todavía en Tresviso –en mi pueblo hace años que está olvidado- la tradición de los aguinaldos, el último día de Diciembre salen los mozos por las callejas del pueblo y van llamando de puerta en puerta para pedir el aguinaldo; y poco a poco, la comitiva va llenando el saco -o el cesto de mimbre- con huevos, morcilla, tocino, pan, etc., al tiempo que el dueño del hogar saca su mejor vino y en un porrón lo ofrece a los “aguinalderos”.

Es costumbre, después de recoger el aguinaldo, dar las “migas” -mantequilla y pan- a los niños del pueblo. Al frente del grupo de jóvenes se elige al “vinotero”, que es el encargado del control de todo aquello que se necesite para la fiesta.

Llegada la víspera de Reyes, los mozos se juntan a cenar los “aguinaldos” en una vivienda del pueblo que se denomina “la posada” y que suele ser distinta cada año; allí, en entrañable camaradería las viejas canciones se entonarán con alegría y no faltarán abundantes copas de buen orujo. Al día siguiente se celebra la cena de “la justicia”, llamada así porque se invita al alcalde del pueblo, al cura y al juez, siendo en esta celebración cuando los mozos invitarán a las mozas del lugar y al concluir la cena se acudirá al baile que, según la tradición, se acaba a las dos de la madrugada para pasar todos los vecinos del pueblo a tomar café en “la posada”; de ésta forma, juventud y mayores se unen, para reforzar aún más los lazos de amistad.

En mi tierra de nacimiento Teverga –preciosa asemeya de cuenco de plata, gracias a las calizas que la rodean- igual que aquí se elabora un queso picón con leche de oveja, cabra y vaca, con un sabor muy similar al que recuerdo de los años de juventud.

Alrededor de la iglesia de Tresviso

Sotres camino de Tresviso

Andrea de espaldas a Sotres

Carretera a Tresviso

Vacas roxas pastando al atardecer, acompañadas de yeguas, se anima el monte.

Al fondo la silueta de la cúspide del mítico Naranjo de Bulnes

Tresviso

Río Urdón

Tramo de subida

En la foto siguiente, se aprecia difuminado el sendero de acceso al pueblo desde Cantabria

Al fondo de la foto se ve el picalín del Naranjo de Bulnes

Quienes crean que una excursión tan fácil no tiene chiste y es pan comido, se pueden aventurar por el camino de subida desde el río Urdón, por pedregoso, ancho –para lo que cabría esperar- y revuelto sendero, parte de lo impresionante del reto se puede apreciar en las fotos siguientes, las vistas prometen ser mareantes, me brindo hacer el recorrido en ocasión venidera para comparar y sacar unas cuantas asemeyas que como siempre colgaré aquí. La caseta roja que parece colgada en la roca lo está ciertamente, de allí se distribuye el agua que le llega por un canal escavado en la roca y que allí precisamente se encamina de sopetón, para mover las turbinas de la central eléctrica, que se encuentra bastantes metros más abajo, a nivel del río.

El libro de hoy es de Santiago Gamboa.

Perder es cuestión de método. Santiago Gamboa

Queso de TresvisoAguilucho

Croquis

Nueva foto del sendero

Sotres, camino hacia el Urriello. Por Max.

Posted in Medio ambiente. by maxalvarez on abril 30, 2008


Cuando en la mañana la niebla se esfuma y desaparece de los montes, empujada por el radiante sol, nos descubre la cúspide de los asentamientos humanos de toda Asturias –por encima de los mil metros- Es el bonito pueblo de Sotres. No había tenido la oportunidad de transitar por la carretera que partiendo desde la misma estación del funicular de Poncebos a Bulnes, se encarama valle arriba de Tielve –al tiempo da nombre al pueblo que está a mitad de recorrido- con la agradable y sonora compañía y a contracorriente del agua saltarina, fruto de las nieves derretidas que alimentan al río Duje, que baja presuroso a mezclarse con el Cares. Poco más de diez kilómetros de cuidada carretera que nos acercan a un pueblo que cuenta con restaurantes, tiendas con productos típicos de la región –quesos, embutidos y carnes- Y como no podía ser menos, encuentras que los rebaños de ovejas y cabras se cuelgan y dejan ver por las laderas de los montes y peñas, alimentándose de las sabrosas hierbas y flores que allí nacen entre calizas, para que convenientemente libadas y transformadas en exquisita leche, dar vida al sabroso queso de cabrales, seña de identidad y joya de la corona de la región donde nos encontramos.

Es esta coqueta urbe pueblerina, el apropiado inicio de paseos y una larga excursión a la vega de Urriello donde se asienta el mítico Naranjo de Bulnes. Pista de tierra sin asfaltar con paisajes maravillosos y montones de primaveras a los bordes del camino. Brañas con bastantes cuadras (establos) de piedra, restos de una actividad pastoril hoy reducida al mínimo. Quién sería el espabilado que alentó el abandono de esas antiguas y nobles profesiones, que con unas pertinentes ayudas podrían representar un medio de vida para gentes con ganas de salir adelante con otras formas de vida cerca de la naturaleza ¿Acaso será más justo inyectar millones de euros a unos banqueros especuladores? O bien están abandonadas –comienzan con el hundimientos del techado para continuar con el progresivo derribo de su esqueleto de piedras calizas, hasta terminar en un montón informe de cantos- o en su lugar se aprovechan para improvisado y veraniego refugio de los animales de dos patas, cuando sienten la imperiosa llamada del disfrutar de la naturaleza en su estado más salvaje -en cuyo caso se notan más cuidadas-

Cuesta asimilar mientras caminas por estrecho y marcado sendero, adentrándote en pastizales y camperas, contemplar al fondo del barranco –más de quinientos metros por debajo de tus pies- el pueblo de Bulnes al que había llegado en varias ocasiones caminando con arduos sudores. Entre manchones de nieve y en los tramos empinados sudando la gota gorda –era un día de calor- alegre y animoso, en todas direcciones se respira calma y quietud, solo interrumpida por el canto de las cigarras y algún que otro jilguero, hasta llegar a una casa cabaña, donde una señora con bastantes años, seca y enjuta de carnes, sin un gramo de grasa, con la piel curtida por mil temporales –talmente parecía de la raza aceitunada- vive en esta época del año, en compañía de un asno y unas lozanas gallinas, que picotean y pacen aplicadas, mientras escarban la tierra en busca de lombrices, controladas por el cantarín y desafiante gallo, que de seguro daría una cazolada de categoría, para un hermoso y más que sabroso pitu de caleya. ¡Ah si el zorro supiese y le fuera dada la ocasión de pegarse una pitanza de fiesta!

Aunque en la mañana desde muy cerca de Arenas de Cabrales nos fue dado contemplar en la lejanía al mítico pedrusco, a la hora del te -que es cuando llegamos arriba- la niebla lo envolvía como una gasa y nos impidió admirar el tótem en todo su esplendor. ¡Otra vez será! El día no lo dimos por perdido ni mucho menos, espero volver pronto. ¡Es curioso! Padeciendo desde siempre un vértigo atroz, y teniendo vetados a altos edificios, norias, teleféricos, lo raro es que en la montaña por lo regular no siento esa desazón, me encuentro seguro y confiado imitando a las cabras.

A las puertas de Arenas de Cabrales con el Naranjo de Bulnes al fondo

El Cares

Tratando de cruzar el río

Cascada en el río Duje

Puente sobre el Duje

SOTRES

Subiendo

El ordeño

Habitantes del monte

Al fondo el pueblo de Bulnes

Camino de acercamiento a la vega de Urriello. Por culpa de la niebla no se ve el Naranjo de Bulnes


Si no fuese por la niebla así se hubiera visto