La Mucheirina. Por Max.
Todos me conocen como la Mucheirina, cualquiera diría que estoy encogida y muerta de frío, mis manos reposan indolentes en el regazo y están marchitas, apretadas de arrugas, atrás quedaron los caminos silenciosos de la luna en la noche campesina, las estrellas poco a poco se van secando, quedando borradas, sin luz. Estamos en tiempo de seronda, pese a la pétrea y gruesa manta que llevo sobre los hombros, siento en la espalda una ligera brisa que llega de la sierra del Aramo, se apuntan sin anunciarse los cálidos rayos del lucero del alba que por el este se despierta. La mañana está fresca y brilla una línea de cumbres, como mellados bordes del cuenco que se abre a mis pies, cegado de momento, por un compacto y plateado mar de nubes, que me impiden divisar el fondo. Atrás quedó la otoñal noche, solo se escucha el chillar de las grachas con su monótono cuar, cuar, cuar y ni siquiera hace el habitual fuerte viento.
Quisiera correr por la ladera, sumergirme y bucear en este lago de agua gaseosa, pero… estoy anclada, quieta. No me queda otro remedio que dejar pasar el tiempo, hasta que las ardientes centellas del sol dispersen y vuelvan transparente el piélago, para poder contemplar en una nueva vegada, algunos de los más de veinte pueblos que conforman el concejo de Teverga. Y serme dado, un día más, el placer de observar en la lejanía los roquedos de peña Prieta que se juntan en la Ventana, ver los campos verdes –un tanto amarillentos- salpicados de quietos y mudos árboles, de los que cuelgan hojas tostadas que se desprenden y planean rompiendo el aire, impúdicas, sin importarles el dejarlos desnudos, al tiempo que tejen con singular destreza, un mullido y crujiente manto, sobre el húmedo y arcilloso barro de los castañedos.
Dicen de mí que tan solo soy una vieja y loca estatua, perdida entre nostalgia y retazos de suspiros ¡y seguramente no les falte razón! En su día hasta el gran Jovino, camino de su Gijón, me hizo los honores montado en una mula. Reconozco que mi faz es tosca y vista de cerca nadie diría que guardo en mi pecho un ardiente dolor que me consume. Espero pasados los fríos invernales, poder oler una vez más el perfume de las primaveras que brotan, adornan y se encaraman al vuelo de mi saya, sentir el alegre canto de los jilgueros y olvidar los tristes y desagradables graznidos de tantos cuervos, que aletean su negrura sin descanso en la época de las nieves, alrededor de mi gris y ajada pañoleta. A veces en el verano siento renacer la esperanza, de ver llegar el fin a tan cruel soledad, cuando observo acercarse a los excursionistas, cargados con sus pesadas mochilas, después me deprimo al contemplar como pasan de largo y se alejan dispuestos a trascantiar Áspara y Santana, no se atreven con el cuesto sendero que sube y baja, eternamente solitario.
Cada día ansío más el regreso de aquel joven y atrevido pastor, que antaño solía traer las cabras a pastar al cobijo de mi falda… pero el tiempo pasa, las nieblas van y vienen, el calor cuartea las rocas, tuesta el brezo y las árgumas, sin que el gentil muchacho aparezca y acerque su rebaño a teñir de colores el entorno y colgar del aire los balidos desamparados de los cabritos, que el eco repite machacón una y otra vez contra la peña Gradura y que a su vez se vuelven hondos lamentos en cueva Furada, que me hagan una vez más sentir el gozo de verme como gallina clueca, rodeada de sus polluelos.
Es la hora en que los niños solían jugar en las caleyas, llenando de gritos la tarde, paseo la mirada por los senderos que se pierden en el lejano barrio del Río, después de cruzar las veredas de la aldea de Prado, con las puertas de las viejas casas de piedra que rodean la plaza del Cantón, trancadas e invadidas de yerbajos, si acaso un par de coches mal aparcados, nadie transita por el olvidado rincón, ni hace crujir el puente de madera que atraviesa el mínimo arroyo, nadie se asoma a la ventana, que espera tristemente engalana por la hiedra. No alcanzo a ver las delicadas siluetas, ni los rostros juveniles, sudorosos y con gesto de candor, que antaño poblaban estos páramos, es un pueblo sin ruidos, diría que están desiertos los caminos, que no habita nadie, no queda gente a la que confiar mis penas. Siento que me han dejado sola y abandonada.
Resignada contemplo en el recuerdo la asemeya mordida y apolillada por las frías lluvias, por los fuertes vientos; dejados atrás quedaron los días felices, con mis ojos secos de lágrimas y sintiendo el corazón endurecido, no pasen penas por lo que me alcanza, aún atesoro y guardo palabras y palabras de amor, dedicadas a tantos hijos que están perdidos al otro lado del mundo. Quizá si un día regresan al viejo hogar, ellos tengan unos minutos para alzar la mirada y logren verme encaramada en la altura, igual que cuando se fueron fiel, atenta y vigilante. Acaso entonces logre esta vieja e ida mujeruca mover sus labios de durísima piedra caliza, para gritarles: ¡Que inmensa alegría siento con vuestro regreso y presencia!
LA MUCHEIRINA AVISTANDO EL CONCEJO DE TEVERGA
Telva y Gildo en griesca (pelea). Por Max.
Aunque hace varias horas que las tinieblas dieron paso a la viva luz del verano, todavía el calor no resulta molesto, hace apenas unos minutos que el astro rey, trascantió la imponente mole caliza de la peña Sobia y sus rayos llegan perpendiculares y cegadores, como si fuesen despeñados desde la altura. La vida comienza a desperezarse en el corral, al que da cara la casa, que cuenta con una planta medio elevada, en la que se encuentran ubicadas sus dependencias principales, encima se acomodan las habitaciones. El suelo del patio está empedrado con buenas llábanas (piedras) calizas gastadas, finas y relucientes, que en sus junturas muestran como regueros ya secos, ya verdes, de irregulares colonias de yerbajos. A un nivel inferior al suelo del patio, se sitúa precisamente debajo de la casa, una cuadra o establo, y al que podemos acceder por rampa inclinada, tiene las paredes de piedra unidas con argamasa de cal, la altura de su techo es reducida –pa gente menuda- de las vigas y por las rendijas de las tablas del techo cuelgan filamentos vegetales y abundantes telarañas que hacen fantasmal la penumbra, ya que el recinto no cuenta con ningún ventanal y la única luz le llega por el portalón de entrada. Cuenta con pesebres en dos de sus lados opuestos, confeccionados con gruesos tablones de castaño, con una capacidad para un máximo de ocho animales adultos y un par de xatos, a su entrada se sitúa la carbonera, un palote, una pala o triente de cuatro pinchos, y una vara de avellano, terminada en un afilado aguijón, empleado para azuzar a las bestias, todas se muestran arrimadas a la pared. Al fondo dos vacas pardas del país, acostadas, rumian acompasadas y cachazudas, moviendo de vez en cuando la cabeza para espantar las impertinentes moscas, se respira un vaho calentucio con olor a cucho (estiércol).
Esta mañana las chimeneas de las viviendas que conforman el conglomerado de casas, llevan adelantados sus grises dibujos en el cielo, en el aire se respira el perfume de la yerba seca –hasta diría que bienoliente a jazmín- que llega desde otro portalón techado, que está al fondo y que es el resultado del acarreo realizado a primeras horas –como se suele hacer- mediante una especie de carros sin ruedas, que llamamos ramos, y que suelen arrastrar las parejas de vacas –circunstancialmente cuando el terreno es favorable también lo suele hacer el burro Casiano- levantando nubes de polvo por los caminos. Las recias sogas todavía aparecen dispuestas atando las secas y holorosas hierbas, a lo largo y por los costados, simulando un prisma recostado, es todo un arte el atar bien para que no se caiga por los barrancosos caminos, ese precioso alimento para estos animales con cuernos, que más que dar leche nos regalan pura manteca.
Vemos en primer lugar una escalera de piedra de pocos peldaños, cerrada a su comienzo por una cancilla pintada de gris, que se abisagra a la pared, y que chirría al abrirse, termina en un descansillo con banco alargado de madera –buena atalaya de recibimiento o recibidor- a la derecha está la recia puerta de la casa, con un pequeño ventanuco aledaño y ambos dando a la cocina de carbón, en la que trajina muy atareada la vieja Telva, quien procede a destapar una cacerola de color rojo de la que se escapa una nube de vapor que la envuelve dando la sensación -con su negra pañoleta- de ser una bruja ultimando sus brebajes, revuelve a continuación el cocido con un cucharón de madera y vuelve a tapar, dejando el utensilio revolvedor encima de la masera, camina con dificultad, a trancadas, tiene las piernas bastante arqueadas, después se asoma a la entrada y grita:
-¡Gildo! ¿nun vas a marchar pal molín?
El tal Gildo no contesta ni aparece. Irritada agita en el aire con rápido gesto, un rodillo grasiento de color indefinido -que lleva en el hombro- mientras chilla: -¡Zapeee…! Espantando un gato negro con pintas blancas, que afilaba tan campante y ajeno a la que se le viene encima de improviso, sus garras en el pasamanos, arqueando indolente su largo lomo; perturbado en su solaz, con el sobrevenido aspaviento, se turba la paz de la corrada, ya que el minino se vio obligado a dar un salto que a punto estuvo de dar con el pequeño felino sobre los lomos de una gallina, que cacarea asustada en su huída. La vieja desde la atalaya, después de observar y escuchar, durante unos instantes, vuelve a penetrar en la cocina.
En medio del corral se levanta un vetusto hórreo, en el que se ha garabateado Sobrevilla, tiene una maciza escalera de piedra que le da acceso. Debajo se encuentra dispuesto un pequeño pesebre donde suele estar atado el asno Casiano, grande y viejo, con mataduras y muchas zunas. Hoy en cambio se afana en espantar las moscas con el rabo y a bocaradas, está atado con largo ronzal en una argolla, al lado mismo de la entrada al gallinero de las pitinas, mientras estas pacen, cacarean, escarban y picotean tras de los caracoles y merucos, correteando sin descanso. La cirigüeña luce sus atrayentes florecillas de un amarillo intenso, por entre las piedras de los muros, al fondo un avellano tiene las hojas perladas de hierbas colgando como si de confeti se tratara.
Precisamente del hórreo, en el que por uno de sus costados, se alinean unas cuantas ristras de panoyas, que por efecto del sol parecen de oro, se descuelga de la ponte con gran parsimonia, un anciano portando un saco con algún grano dentro, se presume sean de maíz. Es pequeño y flaco, con ojos muy azules, nariz un poco aguileña, facciones proporcionadas y cara cuadrada, los pómulos con venillas y tirando a rojizos, pestañas pobladas, orejas grandes haciendo honor a su patria tevergana, silencioso, con una boina en la cabeza, gastada y capada, viste pantalones de pana y camisa de cuadros. Añadiré que no suele hablar por no ofender, tolerante, contaba con el don de hacer cálculos de memoria con reales y pesetas mejor que la más avanzada de las computadoras actuales, caminar pausado y sobretodo silencioso cual gato montés –descartando lo de felino- no se alteraba por nada. Aparentaba ser feliz y dichoso en su mundo.
Al rato aparece de nuevo la anciana Telva en el descansillo de la entrada preguntándose en voz alta:
-¿Dónde andará ese folganzán? Seguro está escondido a la sombra, descansando ¿Nun sé de que? en vez de estar preparando el saco de maíz pa chevar a moler.
Mientras tanto el calificado como folganzán, tenía acicalado el jumento, ya le había acomodado el saco sobre la albarda y parecía estar rebuscando al encuentro de una cuerda apropiada para sujetar el maíz, en una especie de despensa que tiene la casona en el frente, debajo de una pequeña galería con cristales estrechos, alargados y con postigos. A la entrada de la puerta del reducido rincón, se apilan diversos utensilios de labranza, a mano derecha un arcón para salar la carne del gochu, encima un pellejo con vino castellano y colgados se muestran: un serrucho, varias guadañas, un berbiquí, formones, cachapos y piedras de afilar, en el suelo arrimados a una esquina están: las hachas, las azadas y mangos de avellano secos para varias herramientas.
Pasa un cierto tiempo, en que las blancas y sedosas nubecillas cruzan el cielo como sedante cataplasma al calor, que por cierto ya arrecia y se encona, incrementada la sensación por el viento castellano que llega por Ventana, hasta que se produce una nueva aparición de Telva… de quien puedo decir: que era un palmo más alta que su marido, flaca con los huesos demasiado largos y mal avenidos por la artrosis, cuando estaba de buen humor –cosa que no era muy frecuente- su risa era peculiar, con fuertes carcajadas estridentes, nariz larga, recia y dura, pelo blanco y peinado en moño, sempiterno pañuelo negro en la cabeza, cejas en marcado arco, frente redonda y un poco abultada, dando la sensación de fortaleza de determinación, así que con estos antecedentes, no podía extrañar que resultase mandona, que no dejase descansar a nadie, eso sí con corazón desprendido y grande temor religioso. Su nueva entrada en escena, sobre la especie de púlpito o corredor de la entrada, indicaba por su expresión que estaba más cabreada que una mona. Ahora sí pilló al reo con las manos en la masa, lo que dio lugar a explayarse y darle un repaso de los que hacen época.
-¡Vago! ¡Siempre fuiste un baicharín! ¡Haragán! Son cerca de las diez y tovía nun fuiste capaz de sujetar el saco. ¿A que esperas folganzán? Después cuando chegues al molín nun podrás moler y volverás con el saco cargando pa casa otra vez. –A todo esto, el viejo aguantaba el chaparrón sin decir esta boca es mía, sin chistar, mudo y a su bola.
Se palpa una nueva andanada, arrecian los improperios, enardecida ante la falta de respuesta –se nota que la abuela se había levantado con ganas de griesca (guerra)-
-¡P’ancima así como tas atando el saco va caete pul camín!
¡Inutil! Si nun fuera por mí, ya fai tiempo que hubieras muerto de fame…
Esta última frase ya supuso el límite que esperaba escuchar aquel santo Job, fue digno de ver aquel hombrín, dejar caer la soga al suelo, elevarse sobre las punteras, desafiante, tieso y engallado, con las manos abiertas, un poco separadas del tronco, como dos alas dispuestas para volar, y comenzar a echar sapos y culebras por aquella boca:
-¡Me cago en mi madre! ¡Me cago en Dios! ¡Me cago en la Virgen! ¡Me cago en la Iglesia! ¡Me cago en la Santísima Trinidad! ¡Me cago en los apóstoles! ¡Me cago en el cielo santo! ¡Me cago en el espíritu divino!… -Y así pudo estar más de cinco minutos, sin tomar aliento, despeñando y emporcando todo lo divino y lo humano, aquel bondadoso abuelo, incapaz de tener un mal gesto, de un pecado ni venial, de matar una mosca, comedido y callado como ninguno. Mientras la mujer echándose las manos a la cabeza gritaba y repetía histérica desgañitándose al borde de un telele:
-¡Sacrílegooo! ¡Herejeee! ¡Más que hereje! ¡Condenado! ¡Que vas dir de cabeza al Infierno! –Alternando con juntar las manos y levantar la mirada al cielo diciendo:
-¡Perdónalo Señor, por que no sabe lo que dice!
Ante aquel tumulto sobrevenido, el sudado burro Casiano, no salía de su asombro, tan pronto enfocaba las orejas como si fuese una trompetilla para el púlpito, como las viraba a la letanía del viejo amo. Terminado el responso, finiquitado el desahogado a conciencia, habiendo logrado herir al contrincante donde más le dolía, ensañándose en el castigo, el abuelo cogió el burro del ronzal y se encaminó al fin, hacia el molino de Entrago. Puedo asegurar que hasta Casiano, marchaba moviendo el focico con asnales muecas jocosas.
Por último diré que un joven que frisaba los veinte años, estaba sentado debajo del hórreo siendo testigo mudo de los acontecimientos –uña y carne con quien suscribe- sujetaba con una mano una hoja de guadaña que situaba sobre una yunca clavada en el suelo, tiene a su lado una taza con agua y un estil o mango de madera, con la derecha maneja un martillo que va descargando acompasado, por su cara plana sobre la lámina cortante, de manera que la iba pillando ente la boca de la yunca y la superficie plana del martillo, haciendo que se adelgace el corte de la guadaña, de vez en cuando introduce la herramienta martilladora en la taza con agua, para marcar y refrigerar el cabruñado. En esas estaba cuando tuvo que suspender el trabajo, ante el peligro de cuartear el filo o machacar un dedo. En principio no daba crédito a lo visto y oído y quedó atónito, después se hartó de reír.
A la noche después de regresar de la siega, el joven se encontró al abuelo liando entre sus dedos, de un cuarterón de tabaco, un pitillo en la sala, había anochecido y acunado por el tictac del reloj de péndulo se entretenía, distanciado de la parienta, que llevaba en la cocina todo el día, rumiando su hosca furia, al mirarlo no pudo contener la sonrisa, recordando la grotesca escena de la mañana, juraría que el viejo abuelo, le devolvió una raposa sonrisa cómplice, sin muestras del menor arrepentimiento, por haber sacado los pies del tiesto.
Y ya que estamos metidos en labor, os enlazo unos videos con unos sonidos de gaita asturiana y también de tonada, por parte del Presi, que les gustaba a los abuelos:
Os dejo un libro de William Faulkner “El ruido y la furia”

Valle de Teverga desde Marabio

Subida al pico desde la calzada.

Por lo alto de la sierra de Sobia.
Paseo en Teverga, de la Focella a las Navariegas. Por Max.
Produce cierta alegría el regresar al solar donde yacen los restos de los abuelos, sientes que allí reposan los huesos de unos seres que fueron y siguen siendo tan queridos y te liga más si cabe a ellos. Acrecienta la íntima satisfacción de poder ubicarlos, comprobar que son reales, concretos, que están ahí, que no fueron un mal sueño. Te convences que muchos episodios que quizá tenías bastante olvidados –sin duda difuminados- recobran de nuevo actualidad, que no han muerto, que recuperan presencia y cobran vida dentro de tu cerrado caletre, y vuelves a revivir con mayor claridad aquellos años tan lejanos en el tiempo y tan cercanos en este instante. Repasar cuanto cambio sobrevenido desde que volvieron a la tierra, ellos que nacieron en el concejo pasaron la mayor parte de su vida en él y escogieron ser enterrados en esa su tierra. Ahora su sangre se extiende por tierras lejanas y quien sabe hasta donde podrá llegar. En el desconchado recuerdo se agolpan infinidad de vivencias perdidas, de añoranzas, y presientes que la labor de los viejos quedó recompensada, plantaron unas firmes raíces, que los ladinos años por arte de magia, se encargaron de transformar en varias vidas, mientras nuevas ramas se fueron añadiendo a este intrincado, complejo y enmarañado árbol que es nuestra vida.
Regreso una vez más a los orígenes, con el simple propósito de caminar por la naturaleza y acercarme a una braña vaqueira conocida como la de las Navariegas. No hace muchas fechas había estado en el pueblo de Páramo –camino del Xiblu- en esta ocasión en vez de subir dirección a puerto de Ventana, en mitad del mismo poblacho nos desviamos a la derecha, al de la Focella, por estrecha y empinada carretera, que en menos de tres kilómetros te deja en los aledaños de un lago de temporada –ahora está seco y enseñoreado por las espadañas- que ya citaba Jovellanos, hace más de doscientos años. Se trata de una bonita aldea perdida, con casas de gruesas paredes de piedra, techos con tejas rojizas, gastadas y descoloridas y en el que la mayoría de los habitáculos, fueron o están en trance de ser restaurados. Este núcleo rural fue protagonista -junto con los dos pueblos vecinos- de una antiquísima historia, allá por la edad media –por orden de uno de tantos reyezuelos- uno de sus nativos recibió una recompensa extensiva a todos sus vecinos, por no haber traicionado la lealtad al Borbón de turno, otorgándoles el privilegio de quedar exentos de pagar impuestos –talmente como se hace ahora con los ricos-
Al lado mismo de un venerable tejo, tomamos un llano camino, alternando entre tramos de tierra con otros empedrados, que bien pronto nos condujo a encontrarnos con un cerezo bien cargado, que nos ofrecía generoso su roja gabela, de pequeñas pero sabrosas cerezas. La ronda discurre escoltada por altos bardales de espinos, avellanos y algún que otro fresno, y los alegres cantos de raitanes y jilgueros, todavía conserva buena parte del firme empedrado al que también se refiere Jovellanos –en una de sus andanzas por tierras cercanas- en que fue testigo, de la antiquísima tradición de efectuar los fines de semana -de la primavera- la puesta en firme y la reparación de los caminos aledaños que confluían en los pueblos, por cierto vías imprescindibles para el cómodo acarreo de los frutos, mediante trabajos comunitarios, conocidos como estaferias. Hará cerca de cuarenta años que desapareció esta singular tradición, y bien que se nota ya que va menguando a marchas forzadas el firme empedrado, arrastrado por las lluvias, dando paso al incómodo barro y con este la proliferación de ortigas, artos, malezas que a la postre se enseñorean de los pequeños surcos que en su día fueron caminos, haciéndolos intransitables -sobre todo en invierno-
Según vamos cogiendo altura el sendero más y más se empina y las matas de arándanos se espesan y abundan a entrambos lados, y aunque los frutos estaban todavía muy pequeños su sabor se muestra exquisito, dulce y meloso -sería de tener en cuenta repetir el recorrido bien entrado Septiembre para disputarles a los urogallos tan preciado fruto- En una revuelta del camino encontramos un lugareño llevando del ronzal a brioso corcel con perro pastor a su lado, nos pronostica que la niebla bajará pronto lo que hace que apresuremos el paso. Disfrutamos de pasada en la lejanía en una zona escarbada en la roca, de la vista de una parte de la cascada del Xiblu, en esta ocasión el caudal se notaba bastante disminuido.
Llegados al alto en la campera nos aguardan cabañas de piedra ennegrecida y los singulares corros con techo de antiquísima factura, ya que las lascas planas y alargadas de la misma piedra se van situando corridas y apiladas hacia el centro, manteniéndose en precario equilibrio y formando una especie de iglú de piedra, si bien es verdad que pocos quedan en píe, también otras construcciones más recientes con techado de teja, muestran el paso del tiempo derribadas por el peso de la nieve y el abandono. Los pastos se encuentran concurridos con las características vacas del país con xatos y terneras, escoltados todos por un buen semental que nos mira desafiante.
Damos cuenta de sendos bocadillos, que después de la merma de energías, quemadas en la ardua subida, sientan de maravilla y saben a gloria, contemplando al fondo la peña de Sobia. Obligados por las circunstancias acordamos dar por finalizado el recorrido sin poder asomarnos a tierras de Torrestio, ni contemplar un par de cascadas que se encuentran un poco más arriba, y emprendemos el regreso azuzados por la niebla. La bajada nos hace disfrutar y reparar con mayor detenimiento en los bosques de hayas mezcladas con robles, notando que los suelos se muestran limpios sin matorrales, eso sí sembrados de helechos que le dan más vistosidad con su verde intenso en contraste a los pardos, oscuros y añosos troncos.
El libro de hoy es del antiguo y festivo escritor italiano Giovanni Bocaccio
El Decamerón Giovanni Bocaccio
Tejo
Cerezal
Planta del arándano
Exterior del corro
Techo del corro por el interior
Corro al que se le vino abajo la techumbre
La cagaste José aBono. Por Max.
Y tuvo que ser precisamente usía que no se recata de enarbolar –a todas horas- la bandera de su encendida fe católica y devoción a la cruz, restregándola sin miramientos por los morros de los ateos –dentro y fuera del Congreso- con juramentos sobre una tal Biblia que la verdad sea dicha, no se que coño pinta en un estado laico y menos en la Casa del Pueblo. Veo justo su orgullo, pero esa misma libertad que practica, no le da legitimidad para arremeter contra una bandera que aunque no sea oficial, si es totalmente legal y constitucional –no en vano representó la Constitución precedente a esta- amparada hasta por decisión judicial, ya que muchas gentes de bien pudieran sentirse justamente ofendidas por tamaño desprecio. Tiéntese la ropa y no olvide que no deja de ser un mero -o memo- representante del pueblo, y menos es de recibo insultar a una buena parte de los militantes del viejo y modélico partido de Pablo Iglesias –¡Ah, si este se levantara de la tumba, cuanto tendría que darle a la escoba!- a los que en buena lógica debiera servir y representar.
No dudo que por su origen –hijo de falangista- se mostraría mucho más comprensivo si hubiese sido desplegada la rojigualda -con aguilucho incluido- y quizá se hubiese sumado gustoso a entonar el familiar “cara al sol con la camisa nueva” aunque esta a diferencia de la primera ¡ni es constitucional y sí es ilegal! ya que alienta y ensalza el pernicioso y criminal fascismo que como bien debería saber es cosa no demasiado buena, por muy tolerado que sea por parte de tirios y troyanos, y por muy requete-bien que le hubiese ido a su señoría, en aquellos felices años en que otros penaban por la mala entraña de algunos de sus queridos y considerados parientes de prietas las filas. Al final algo le tenemos que agradecer a esta salida de pata de banco, ya que propició el acercar al candelero, el tema de la necesaria República, para que sirva a su vez de acicate a los viejos y jóvenes militantes.
Seguro estoy que su encendida defensa del régimen del Borbón le sale del alma, e igual que el regio mandamás no puede ni quiere condenar al general felón, debido a su profundo y real agradecimiento, no debe ser menos la sumisión y pleitesía que le debe su señoría al campechano y coloradote bebedor y vividor a cargo de los presupuestos del Estado. Si un más que demostrado comportamiento que ampara a los delincuentes de pescuezo negro y que se ensaña con los más débiles, es la seña de identidad y la leche que cabe esperar de los socialistos del siglo XXI, ¡apaga y vámonos!
Mal y tarde, con treinta años de retraso y para colmo no es capaz de tener ni un gesto de delicadeza con gentes que de sobra se lo merecen, por su pasado de luchadores por la libertad, por los sufrimientos padecidos, por las injusticias soportadas. Solo se le ocurre pronunciar palabras fariseas arrojadas como necios escupitajos al aire y que rápidamente son desmentidas por los hechos. Pena penita pena da este PSOE cuya única ideología es obtener el poder, conservarlo y acrecentarlo. Que no tiene remilgos en apuntalar el neoliberalismo más depredador. Mucho llenársele la bocaza con la libertad e igualdad hasta que se delatan, saltan como víboras, presto se encelan con la disculpa de un trapo de colorines, dejando al descubierto su oculta ideología. No tienen ningún empacho en dedicar el dinero de los españoles a financiar las sectas del crucificado, no se esconden para engordar a los grandes de España, duques, condes y demás reales raleas de parásitos todos, consienten que la justicia sea una quimera, al tiempo que dan continuidad soterrada al antiguo régimen basado en la corrupción de gentes sin escrúpulos que nos obligan a llevar cual pesada cruz a cuestas.
Representa el Bono a esos socialistas, que no veo que para nada les hierva la sangre cuando en la misma Casa del Pueblo, se dan de bruces con las fotos de tantos presidentes de las franquistas cortes, colgadas en las paredes de sus dependencias, es patente que siguen permaneciendo en nuestras calles cientos de monumentos franquistas en la mayoría de las ciudades a pesar de llevar casi un año en vigor la descafeinada Ley de Memoria Histórica y en vez de pedirles disculpas a los ancianos maltratados y sufridores por tamaña afrenta, el muy simple se permite regañarlos. Pecan de puntillosos con el tema de su bandera, para lo demás escarnios y afrentas vertidas sobre los abuelos, se comportan como unos perfectos marranos o son unos redomados pasotas. Talmente como si hoy día fuese delito el ser republicano y tuviésemos que pedir perdón y escondernos –eso pasaba antes- para poder manifestar nuestras preferencias, lo que viene a certificar lo poco que ha cambiado el panorama, desde que el patas curtias da ortigas en el valle de los xostrados. ¡Salud y verdadera República es lo que hace falta! ¡Y cada vez más!
El libro recomendado es “El llano en llamas” de Juan Rulfo
El llano en llamas. por Juan Rulfo
Las fotos van del agua y Teverga
Amanecer en Marabio
Xiblu
Xiblu
Xiblu
Xiblu
Braña Rebellón
Xiblu
Fonfría
La Focella
Xiblu
Montegrande
Río Bayo
Colegiata y Sobia
Villa del Sub


























































































































































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