MAX Y LOS CHATARREROS

El último día de pesca. Por Max.

Posted in Recuerdos by maxalvarez on diciembre 9, 2010

Recuerdo con claridad aquel día y pese a los muchos años transcurridos, tengo la sensación de haber quedado con el corazón encogido desde aquella infausta jornada, fue sin duda uno de los más amargos de mi existencia. No sé la cantidad de hiel que me tendrá reservado el destino, pero la impotencia y angustia pasados en aquellas horas, no se las deseo ni a mi mayor enemigo.

Aunque por ascendencia y nacimiento soy claramente de tierra adentro, el haber pasado mi primer año de vida a nivel del mar me hacía pertenecer también al club de los “del culo moyau” como nos solía denominar en el pueblo, con guasa, el tío Ramón. Con todo y con ello, siempre tuve mucho respeto al inmenso mar, descubierto por segunda vez, en una excursión a Xixón junto con el abuelo y el primo Balbino, cuando ya levantaba cuatro palmos del suelo.

Partimos a media mañana del pueblo de Ferrero, éramos dos mayores y cinco niños, que oscilaban –si mal no recuerdo- entre los cuatro años de la pequeñina, hasta los once del mayor. Puede que fuese un sábado de verano, como otro cualquiera, del que no cabía esperar mayores novedades o problemas. Subidos al auto, recorrimos con cuidado los desiguales caminos terreros, hasta llegar, después de bajar un buen trecho, a una zona conocida como Coneo, donde quedó aparcado el cuatro latas; nos dio la bienvenida la maltrecha figura de los cascarones de dos grandes pesqueros que se pudrían abandonados, muy cerca ya del majestuoso cordón de rocas, que forman el imponente cabo Peñas.

La tropa menuda marchaba alegre, con los ojos húmedos y brillantes por la excitación, que solo dan los pocos años. Unos calzan chanclos, otros botas de goma o alpargatas, lo que si llevaban todos adornando la tiesta, con gorra calada para protegerse del sol. Descendimos del auto, cargados como abechas, con cañas, cestos, bocadillos, merucos, ganchos, espátulas y demás utensilios, más o menos marineros.

El último trecho de la bajada se hacía caminando, hasta llegar aun estrecho paso en el que arrimados a la roca, era necesario pasar en volandas a los más pequeños, esto llegando ya casi a nivel del agua. Faltaba poco para la bajamar, así que dispusimos toda la impedimenta, extendida y a resguardo de la próxima pleamar y sin pérdida de tiempo preparamos los aparejos, dispuestos a pasárnoslo en grande.

Un amplio roquedo de superficie lisa y bruñida, que quedaba al descubierto y se adentraba en el agua, fue elegido como base de operaciones, caminamos por encima encontrando varios pozos a los que les llegaba el agua por reducido canal, y en cuyos márgenes afloraban colonias de mejillones y de xorra escondida, los primeros eran machacados y empleados para ser arrojados al agua en la zona donde eran caladas las cañas y atraer así a los peces al engaño del anzuelo, en el que se prendía el verdoso meruco ciempiés -conocido por aquellos mares, como xorra- que era previamente arrancada a la fría y húmeda piedra.

Las aguas quietas y estancadas, reflejaban un azul profundo que les alcanzaba desde la bóveda celeste, con la que se llegaban a confundir en la línea de un horizonte, en que se perdía y naufragaba la vista. Descansaban aquel día placidamente dormidas las olas, sin dibujar su arrugada faz, que producía normalmente la mar arbolada del Cantábrico, aunque en aquella zona, siempre estuviese atenuada al abrigo del cabo. La tranquilidad del aire había dado paso a una tersura de estanque, que hacía innecesario atenerse al aserto que dice: “que pa pescar peces ye necesariu moyase el culo”

Ni un velero ni una lancha interrumpían la soledad animada de los chiquillos, que correteaban alegres sobre la roca, recogiendo con la ayuda de una espátula o un cuchillo con la hoja rota, de los bordes de los cuencos naturales, las apretadas colonias de mejillones, y oricios, que llevaban a puñados para ser machacados con una piedra. Las gaviotas desde los riscos contemplaban ajenas e indiferentes, nuestros manejos. Los dos adultos mojábamos el meruco a un lado de la roca, separados por escasos metros y ajenos al mundanal ruido, comentando al descuido, que la mar estaba demasiado quieta y transparente y por eso seguramente no picaban los sarrianos y no digamos las mandiatas, que eso ya era artículo de lujo, para dos pescadores aficionados como éramos nosotros.

A toro pasado me pregunto: ¿Teníamos alguna justificación para lanzarnos caña en ristre, con una recua de críos al proceloso mar? Sin reparar en los peligros que comportaba tal desatino, y menos alguien que ni siquiera era aficionado a la pesca. A todo más, no podíamos aspirar a otra cosa, que no fuese el recibir el empalagoso y húmedo perfume de las algas, contemplar como saltaban las pulgas de mar al ser pisadas las ramas secas de la cherva. Reconozco que es una gozada y un alivio para los ojos cansados de trabajar toda la semana, el contemplar el reflejo azul del agua, y seguro que las píldoras de yodo que respiras, cooperan a dar color a las mejillas de niños pálidos y ojerosos, pero sin duda convendréis conmigo que fue una temeridad, el ir con tanta tropa menuda.

El tiempo pasaba sele, estábamos la mar de entretenidos, cuando de pronto… aunque el sol brillaba en el cielo despejado, sentí como si una sombra se hubiese proyectado, me vino una premonición de peligro indefinido, sin saber como el corazón me dio un vuelco, se me subió a la garganta. La sangre la noté helada en la venas, sentí un sudor frío en la piel que me pegaba la camisa, quedé en suspenso intentando localizar la fuente de esa fuerza misteriosa que me avisaba, con creciente ansiedad buscaba la cosa invisible que me amenazaba los sentidos, sofocadora. Surgió delante de los ojos una niebla que anunciaba imperiosa, el destino insensible se disponía a segar una vida a pocos pasos, se alumbraba una tragedia de muerte, y sin duda ese impulso de sexto sentido estalló incontenible, con una pregunta desgarradora:

    –¿Dónde está Miguel?

    Nadie supo dar cuenta del crío desde hacía unos minutos, tiré la caña y como locos nos pusimos a llamarlo a gritos y buscarle por el perímetro de la roca, hasta que lo descubro como un muñeco, un trapo mojado y medio hundido, boca abajo, en un pozo al que le llegaba el agua del mar por un pasadizo y con una profundidad de poco más de metro y medio. Me metí en el pozo y lo pesqué con la mano por las ropas, arrastrándolo hasta la orilla del cuenco.

    Se conoce que intentando recoger oricios o mejillones debió resbalar y caer al agua sin ser visto por nadie ni llegar a chillar, y seguramente perdió el conocimiento del susto de verse en el agua, ya que flotaba tendido boca abajo y quieto, varado como resto de un naufragio.

    Tenía los ojos cerrados, la cara pálida y afilada, la cabeza se le iba para los lados, parecía sumido en un sueño muy profundo, no tenía pulso, le sacudimos y tratamos de abrirle la boca, que se resistía, contaba con los dientes apretados y las mandíbulas rígidas, en la operación nos cargamos uno de sus dientes de leche, logramos meterle un palo en la boca y pugnamos por llenar de aire sus pulmones, sin saber muy bien como llevarlo a cabo.

    Primero le apretamos el pecho intentado que expulsara el previsible agua, al ver que no tenía, lo movimos con fuerza tratando que reaccionase. Hubo un momento en que nos decíamos que estaba muerto, pero nos negábamos a admitirlo, los minutos pasaban interminables y en una de estas notamos como si intentase respirar por si solo.

    Desde entonces ya no dejamos de moverle los brazos para ayudarlo, por lo menos muerto no estaba, no sabíamos los daños cerebrales que pudiera tener, ni los minutos que habría estado sin respirar, pero recobramos un poco el ánimo, dispusimos el llegar al coche corriendo, recuerdo que los nervios me atenazaban las piernas y casi no acertaba a respirar de lo fatigado que iba, no podía soltar el crío. Juzgué que no estaba en condiciones de conducir así que le rogué a mi cuñado -que parecía más calmado- lo hiciese.

    El resto de la tropa, al cuidado de los mayores los dejamos llorosos y compungidos por el estado del primo y hermano, a la altura de los cascarones, encaminados en dirección a la casa de los abuelos. Lo nuestro fue una carrera desenfrenada hasta alcanzar el pueblo, aunque era verano por la ventanilla abierta, noté que entraba un viento helado que me llegaba de la tierra fría, los árboles parecían ennegrecidos, fruto de una naturaleza fea y hosca. Llegados al pueblo y visto el estado nervioso del que hacíamos gala, allí fuimos relevados, siendo los tíos los encargados del traslado hasta el ambulatorio de Luanco y después de rápida consulta médica, se acordó la conveniencia del ingreso en un centro hospitalario de Gijón, que contaba con mejores medios.

    Por la tarde llegaban buenas noticias desde el hospital, el ahogado había recobrado el conocimiento y no mostraba ninguna secuela del percance. Al caer la noche me acerqué a la habitación de la Residencia – que es el lugar que tenemos destinado los gijoneses como peaje entre la vida y la muerte- Al contemplar el crío que a duras penas paraba quieto, pálido y sumido entre las blancas sábanas, mostrando al hablar y reír el hueco dejado por el diente de menos, terminé por convencerme que sin duda había vuelto a nacer, le toqué la cabeza para asegurarme que no era un sueño, y no pude reprimir que unos gruesos lagrimones resbalaran por mis mejillas, cabal desahogo a una dura jornada, con final feliz.

    En ese momento tomé una determinación: ¡Nunca más volvería a pescar! A un mal día como este, valía más trazarle una cruz negra, darle con la puerta en las narices y borrarlo de la memoria, aunque hoy -pasados bastantes años- quiero rescatar del fondo del armario, sus apagadas cenizas, ocultas entre telas de araña.

El dolor de una madre, en su última noche. Por Max.

Posted in Recuerdos, Relatos by maxalvarez on julio 6, 2010

Se habían ido las visitas, el tema del aborto iba mal, rematadamente mal, no dejaba de sangrar, se había convertido en un manantial de rojo líquido, que pugna por manar con un encono inusitado, digno de mejor causa. Por mucho que disimule el doctor Mosquera, y quienes bien la quieren, traten de engañarla y engañarse, se aferren al clavo ardiendo de un cicatero milagro y no pierdan del todo la esperanza, ella sabe mejor que nadie, que no hay quien detenga la hemorragia, en su fuero interno piensa que está sentenciada y cavila que ha llegado su hora final:


–¡No hay remedio! ¿Señor, cuántas horas me quedan?

El viento arreciaba en la tarde-noche invernal, aunque a ella poco o nada parecía importarle, su mente estaba en otra guerra, empeñada en un maratón contra el reloj, de recuerdos y pensamientos atropellados, era consciente que tenía el tiempo más que tasado:


–Solo me resta el rezar… pero tengo tan pocas ganas ¡Virgen del Cébrano! Soy religiosa pero creo que esto no es justo. ¿A quién ofendí, para merecer tan gran castigo?

No siente dolor por la muerte en sí, es el desamparo con que deja detrás de ella aquellas dos criaturas, cuando más la necesitaban; el marido con el tiempo podrá rehacer su vida, pero le martiriza una pregunta sin respuesta en las sienes, que parecen a punto de estallarle:


–¿Qué será de mis tiernos corderillos, tan solos? Sin una mamá que los cuide y proteja… ¡que los ampare y cobije bajo el cálido manto de una madre!

Hoy precisamente se despidió de su frágil y diminuta pareja de alondras, y menos mal que ellos no son conscientes, por que sería para volverse loca. Con el corazón en un puño, rogó los llevasen con las abuelas, unos besos nada más. Siempre fue callada, de hablar poco, de querer en silencio, pero en aquellos momentos sintió vivos deseos de darse a las voces, chillar histérica, llorar a moco tendido ¡si no tuviese ya los ojos tan resecos…!

Por la tarde el sacerdote del hospital le administró el viático, que recibió con devoción, aunque le quedó un cierto resentimiento interior, que le restó ánimos para rezar el rosario con las hermanas, costumbre enraizada desde bien niña, de una madre más que religiosa, beata.

No hace ni un mes que había cumplido los treinta y tres años, nunca fue miedosa pero ahora la invade un terror difuso, por ellos, por ella, por todos, tiembla como una cañavera y siente el frío calándole los huesos, tan solo de pensarlo se le encoje el alma; quisiera tener –aunque solo fuese un instante- una ventana al futuro. Con los ojos cerrados bien podría hacerse una idea, imaginarlo: Los percibe perdidos en el monte, de su patria chica, apenas guarecidos de la lluvia y el viento, al pie de un árbol, solos en la compacta oscuridad de la noche y ella distante, sin poder guiarlos ni cogerles de la mano. En el fondo siente que les está fallando, se dice que es misión sagrada de toda mujer decente, el cuidar de su prole y ella por una parte se ve obligada, por la otra impotente, de comportarse como una buena madre, como hubiera sido su deseo.

¡Que noche tan larga! las monjas vienen y van, cambian vendas, mudan la cama, mientras la vida chorro a chorro se le va, no tiene ganas de dormir y quizá en el fondo fuese un alivio, el poder cerrar los ojos y dormir sin despertar.

Estaba convencida que su existencia llegaba a término. Se figuraba que la muerte aguardaba apostada con su fiera guadaña, detrás de la puerta. Nadie se crea que por el hecho de morirse uno, va dejar de salir el sol para los demás. Cuando hay vida, se piensa, que un día, tras un plazo prudencial de preparación, entraremos con el turno cumplido, en la sala de espera del umbral de la despedida. Es la ley fatal, prevista y aceptada sin remedio; tanto, que solemos dejarnos llevar por la imaginación y nos encaramamos a ese momento -supremo si lo hay- en que lanzamos el último suspiro.

Pero entre el supuesto instante y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, esperanzas y dramas nos superan en nuestra peregrina vida! Ahora alcanzo a comprender lo que le reservaba el destino a una madre como Gina, lo rápido que cambian las tornas –digamos que en el plazo de una semana- en lo que era una existencia llena de vigor, antes de abandonar el escenario del drama humano. Será éste el consuelo y la razón de vernos engolfados en nuestras divagaciones mortuorias: Cuando nos sentimos con fuerzas ¿Tan lejos vemos la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún? ¿Aún…? ¡Que sarcasmo! No contamos con que desde que nacemos, apenas nos alejamos un palmo, del canto de la sepultura, que nos aguarda artera, esperando nada más que un leve tropezón de nuestra parte.

No pasan los segundos, la semipenumbra de luz artificial, lo mismo que la oscuridad que le llega desde la ventana, continúan igual no avanzan ni un milímetro. En su desesperación tiene ganas de que llegue la mañana y a fin de cuentas: ¿para que? Le molesta la atroz sequedad de la garganta, esto cada vez se pone más duro, se cansa de beber agua, le invade una cruel somnolencia cargada de recuerdos a cuestas. Serían las dos cuando notó el periódico resplandor del faro de Torres que paseaba su luz por las ventanas, hasta la misma luna le quiso dar un guiño de despedida, asomando un instante su brillante faz, detrás de una nube.

Poco a poco el albor desplaza y borra la noche, sintió los primeros tranvías, el canto lejano de un gallo le trajo alegres recuerdos del pueblo, cuando bien pequeña –antes de ir a la escuela- era levantada de la cama para arrimar las ovejas y las cabras a pastar en la falda de peña Sobia, y lo feliz que había sido viviendo el silencioso despertar del pueblo, mientras correteaba por sus cuestas caleyas detrás de los nobles borregos. Y la cabra que había traído con ella a la ciudad, de casa de sus padres, para darles leche a sus criaturas.


–¿Que será de ellos ahora…? -a su pesar, dos gruesos lágrimones rodaron por sus pálidas mejillas

Sigue el aire fresco, arrecia la llovizna fina, en las ventanas se comienza a dibujar con un brochazo apresurado y gris la amanecida, continua la doliente con los ojos muy abiertos, intentando ver más de lo permitido, de la que calcula será la postrer jornada en este valle de lágrimas, sigue en reposo y se revela ¿a cuento de qué? Se dice que tiempo tendrá cuando se vaya para estar quieta, aunque las fuerzas la van agotando y apenas le permiten ya moverse.

Hubo unos momentos en la noche, en que se consideró una niña recostada en el regazo amoroso de una madre muy dulce, el cuerpo le pedía el no luchar más, abandonarse, dormir y dormir, sumida en una borrachera que convertía los objetos de los alrededores, en tonos amarillos y blancos, se sintió bien y creyó por unos instantes, que era el anticipo de la felicidad que le esperaba en el cielo, si es que se había hecho merecedora de entrar en él.

Todavía pudo escuchar el concierto de sirenas de las fábricas llamando al trabajo, el ruido de los motores de las lanchas pesqueras, la marea romper contra las rocas cercanas. Cascos apagados de caballería arrastrando un carro del que pensó que seguro sería el lechero, que baja al trote, de las quintanas de Jove, a repartir y vender su preciado alimento.

Llega el marido apresurado y nervioso, toda la noche estuvo dándole vueltas al asunto y maldiciendo su suerte, recordando cuando el médico les decía que todo iba bien ¡Ya se ve! Ayer la dejó muy mal y hoy la encuentra aún peor. Aunque en un supremo esfuerzo trate de animar el gesto se la ve agotada, pálida con un tono azulado, presiente que llega su fin, que está viviendo los últimos instantes de alguien muy querido, de esos gestos parcos, de la voz suave que irradia humildad, timidez y vergüenza. Trabajadora y siempre animosa, como persona más que un ángel, no veía los defectos de los demás y si acaso trataba de justificarlos diciendo que cada uno es como es y no hay más remedio que tomarlo así, ni más vueltas que darle. Cuerpo menudo, ojos castaños y dulces, pelo ondulado, manos con dedos cortos y fuertes. Hace un repaso inconsciente y la ve en pasado, siente que por momentos se le escapa de entre las manos, y hasta injuria el día en que se le ocurrió abandonar el pueblo en coche de línea y tomar el tren en la estación del Norte rumbo a Gijón.

Con un hilo de voz se despidió, fueron sus últimas palabras:


–En cuanto puedas, prométeme que los recuperarás…

No esperó la respuesta, ni hizo falta cerrarle los ojos, los párpados sin sangre ellos mismos se bajaron, no pronunció ni un ¡ay! se quedó dormida para siempre, como un gorrión encantado por la pérfida serpiente.

Dedicado al recuerdo de una madre, que por desgracia, ni siquiera llegué a conocer.

Gina con dos de sus abuelos

La pareja de húerfanos de madre, al fondo la silueta de la cabra, en Tremañes (Xixón)

Hermanos de Gina

Hospital de Jove, tal como era.

Hospital de Jove en la actualidad

Peña de Sobia (Teverga)

Concierto Fito & Fitipaldis en Xixón. Por Max.

Posted in A su aire by maxalvarez on marzo 2, 2010

Anoche no estuvo mal el concierto. Diría que anduvo animado y divertido que viene a ser casi lo mismo. Hacía la tira de tiempo que no asistía a un evento de estas características, los precedentes quedan tan lejanos que hay necesidad de remontarse a los legendarios conciertos de verano en el Jardín o el Parque del Piles de épocas antidiluvianas, me viene a la memoria un concierto un poco especial al que asistí siendo un pipiolo, tuvo lugar en la sala al aire libre, aledaña a la hería del Piles, previamente caminaba por el Muro en compañía del Peque, Miguel, Dioni y el Rubio, pasamos el puente sobre el casi seco regato –era verano- indecisos sin saber bien a donde dirigir nuestros pasos… aunque la mayoría era partidaria de ir al Jardín, cuando comprobamos que una gran cola ocupaba la acera más alejada de la playa, esperando para sacar entrada en el céntrico tugurio y que por lo menos el noventa por ciento de la reata eran neñas, nos dijimos:

    –¡Hostia! Esta ye la nuestra, hoy triunfamos seguro.

      –Con tanta neña y casi sin competencia, la conquista estaba asegurada.

      Actuaba el tal Raphael que era tenido como un tanto amanerado o mariposón y que no contaba precisamente con ser el ídolo preferido del género masculino en aquellos tiempos de prietas las filas, y que en palabras del Peque era: “maricón perdido” Pasamos al interior cogimos el cacharro al que tenías derecho con la entrada, casi siempre se trataba de un cuba libre –unos con ginebra otros con ron- El panorama en principio daba la sensación de ser inmejorable, mucha juventud, alegría, risas, variado colorido y diminutas minifaldas por todos lados. Animaba el cotarro desde el escenario actuando de telonero el legendario “Carrizo y sus boys” Nos hinchamos a sacar a bailar y de hecho no cesamos ni un segundo de dar vueltas en la pista y es que en contra de lo habitual aquel día no dábamos abasto. Cuando llegó la hora de la actuación comenzaron los gritos histéricos y una marabunta de mozas se colocaron en primera fila y nosotros con ellas, todos apretujados, detrás del Peque había una rubia muy pizpireta que no paraba de dar saltos y gritar, el barullo era tremendo y en principio creí que al ser pequeña saltaba pa ver mejor, pero tampoco la estatura del Peque justificaba el que anduviese todo el rato dando botes como un canguro, hasta que me percato que el muy desgraciado, con la mano disimuladamente de vez en cuando le echaba mano a la margarita, entre la emoción del “Yo soy aquel… de la actuación y la mano tonta del Peque, a la neña se conoce que se le había subido la emoción y que le salía de agitación por todos los poros, estaba incontrolable.

      Estas salas de ahora ya no son lo que eran, antes tenías cierta intimidad, hoy en día te sueltan en desangelados pabellones de deportes. Bien es verdad que mejoró bastante el sonido, en el pasado había algunos que escucharlos, era peor que quedarte enganchado por los huevos por los largos caninos de una morsa y actualmente puedes –más o menos- escuchar los sones sin que la música te haga mierda los oídos –es un decir- la pena es -pa las muyeres- en estas actuaciones ya no hay pistas destinadas a mover el esqueleto. No sé por que a las hembras no se les cura la afición a bailar ni con los años y no crean, solo bailar por bailar, en la mayoría de los paisanos si no hay seducción por el medio, la cosa no tien chiste, nos guía el atraque… quizá se deba al hecho de que bien se ve que no somos cubanos, que en cuanto oyen el ruido del molinillo del café, ya se les van los pies seguido de cimbrear el esqueleto, aparte que a mís años ya casi no me veo como pa bailar uno de esos ritmos en que hay que girar con la cabeza en el suelo –y yo sin pelo- patas arriba en medio de la pista, lo acorde con la edad en todo caso, sería algún bolero o algo pausado por el estilo.

      No me hagáis mucho caso pero antes cuando se mezclaban bebidas –debía ser por que eran de garrafón- la memoria se ponía un tanto difusa, como si los licores actuaran disolviendo en la mollera las anotaciones más recientes. Ahora como ya no bebo, no me suceden esas cosas, el encontrarte al día siguiente con tipos que juran haberte visto, sin tu recordar nada, o que si dijiste o hiciste esto o lo otro y en tu registro no aparece esa anotación ni un carajo. Debe ser por ello que alguna queda escondida y sale a relucir cuando menos lo piensas, me viene a la memoria otra anécdota de ese mismo tugurio:

      En aquella ocasión el Peque estaba bailando con una moza de esas que marcaban el territorio y te mantenían a distancia, por cierto que lo habíamos comentado entre el resto de los amigos y si acaso nos habíamos reído, pero al poco le vemos todo enganchetado bailando pegándose el filete, lo que no dejó de sorprendernos. Por la noche cuando nos encontramos en el Villagrás le preguntamos por el repentino cambio de su pareja, el Peque siempre tan ocurrente nos dijo que el tenía un truco para esos casos:

        –Es que sois unos panolis, esas que en principio te alejan son en realidad las más calientes. Olvídate que apenas llegas a cogerlas con los brazos estirados, hay que agarrarlas con delicadeza por debajo de los sobacos y comenzar a trabajar con sutileza, los dedos pulgares deben quedar sueltos, son las herramientas apropiadas, mantienes los cuatro dedos por los costados de la neña, sin rigidez pero con firmeza –está desaconsejado el ponerlos como garfios- al tiempo que con la yema de los pulgares comienzas un suave masajeo, por encima de la blusa, o vestido, con el dedo tonto, como el que nun quier la cosa, disimulado magreo del inicio de las domingas de la moza… es cuestión fundamental el ir observando el comportamiento, son esenciales los pequeños indicios, leves respigos, o amagar el tascarse… al final o bien te deja plantado y si acaso te atiza un buen hostiazo, o comienza a ceder y al poco la tienes rendida en los brazos arrimándose al pizarrín… ¡No falla! –nos recomendaba didáctico-

        En aquellos tiempos el arrime había que currárselo, no sé si algún de los compañero llegó a comprobar la efectividad de dicha táctica, otros más tímidos por si acaso desistieron de hacerlo en persona por temor a las consecuencias. Eran tiempos de andar a salto de mata, lo de mojar estaba muy caro y los que éramos de pocas palabras lo teníamos muy crudo, como bien nos advertía el Peque, que para eso no tenía problema, debíamos andar al rebusco, la conquista por los rincones y esquinas tranquilas, con poca luz, con música detrás y charlar pausado. Sin quedar anclados en el verso que todavía era más antiguo. Éramos la aguerrida generación de la conquista trabajada, nosotros quemamos la etapa oral, ahora están de lleno en la etapa anal. A nosotros nos gustaban las muyeres con un buen culo, que tuviesen donde poder agarrar, se cambiaron las tornas ahora privan las flacas. No es por nada pero tengo entendido que la mayoría de las muyeres en la actualidad pasan revista a los hombres por el trasero, un buen culo triunfa sin problema, debieron ser esos negros brasileiros con culos prominentes, respingones, bailando sin parar, el carnaval hizo mucho daño a los que somos esculiaos, no tenemos chance.

        ¿Y del concierto que? No sabría que decir, los conciertos son para escucharlos y vivirlos en directo, y casi mejor bajarte las canciones de Internet –sin que se enteren los de la SGAE ¡total ya te cobran por adelantado!- y disfrutar oyéndolas, tumbado en el sofá con una caja de sidra al lado ¡más barato y mucho mejor sonido!

El Peque, andanzas por Xixón. Por Max.

Posted in General by maxalvarez on enero 27, 2010


El día era primaveral, a media mañana finalizaba la clase de Cálculo impartida con sabia maestría por el joven profesor Joaquín Mateos, la verdad sea dicha, con tiempo tan estupendo, se hacía pesado el seguir las arduas explicaciones matemáticas –calentar la cabeza con derivadas e integrales a cual más enrevesada- y con mayor razón ahora que el curso estaba llegando a su fin, con la primavera en plena sazón, cooperando en alterar la sangre; Andrés y Celestino abandonan el edificio de la Escuela de Ingeniería Técnica, cruzan la calle Calvo Sotelo y a la altura del bar del Túnel, cercano al centro docente, concurrido refugio y solaz de los numerosos estudiantes del parche en el ojo. Se asoman a la puerta… en el justo momento en que se disponían a abandonar el recinto el Peque, Pañeda, Ordoqui y el Naves, compañeros de curso y más que expertos jugadores de mus…-o lo que se terciase sobre el tapete verde- habituales componentes de la programada y disputada partida de cartas que tenía lugar la mayor parte las mañanas sin más, o bien se organizaba con premeditación y alevosía, mientras tanto que unos pocos escogidos –los menos- asistían y penaban en el aula conocida como la Siberia (grande y fría) del vetusto edificio de Peritos.


–Andrés, tienes que pasame los apuntes de cálculo de hoy –le dice el Peque por saludo. No es que fuese un estudiante demasiado trabajador, pero mal que bien solía hacerse con los estupendos apuntes que dictaba el profesor.


–¿Si pagas bien? –le responde


–¿Dónde vais?


–Cansados de ser atufados por el puro del Peque y con este precioso día de sol, vamos asomarnos a la playa un rato y parar por la Galana, a tomar algo –dijo el Naves.


–¿Venís?


–Bueno… si no hay nada mejor que hacer ¡vamos!

–Invita a unas botellas de sidra Pañeda, que pa eso el padre tien perras asgaya –completaba el Peque.

Caminan alegres por la acera de la carretera de Oviedo, también conocida como avenida de Fernández Ladreda (en homenaje a otro de los fieles perros del franquismo) dirección al centro de la ciudad, los unos discutiendo los lances del juego, los otros enfrascados en el tema de las integrales dobles tratadas en clase; cuando el Peque se percata que en la parada del autobús hay plantada una moza de muy buen ver, blusa blanca, corta falda plisada de cuadros con fondo azul pálido, que dan paso a unas piernas largas y bien torneadas, veintipocos y tipo de sirena, morena con larga melena, ojos grandes y un poco pintados, aparentemente un verdadero bombón.
Recelosa y observándole de reojo, ve acercarse al Peque que se separa del grupo y se queda quieto mismo delante de ella y a corta distancia, mirando con insistencia su buena delantera, eso sí con las manos atrás.

–¿Oye neña eso ye todo tuyo? –le suelta de improviso con voz grave el Peque, fijando su visual en las imponentes domingas, que entre los tacones de ella y que el individuo no era muy espigado que digamos, casi le quedaban a la altura de los ojos.


–¡No de tu madre! –le responde con fiereza torciendo el gesto e intentando hacerse a un lado.

Entonces el Peque le echa mano a los pechos, al tiempo que le espeta:


–¡Pues lo que ye de mi madre ye mío también! –presto se agacha esquivando el tortazo al aire, emprendiendo la retirada a toda prisa, ante la persecución de la neña con el bolso levantado.

Ni que decir tiene que el resto percatados de la peripecia se partían de risa ante la improvisada escena, viendo y escuchando a la moza que regresaba a la parada, roja y fatigada, con los senos a punto de salirse de madre, acomodándose con la mano un mechón del pelo que le había caído sobre la frente, al tiempo que se volvía para insultarle.


–¡Sinvergüenza! ¡Gamberro! ¡Sarnoso! ¡Como te pille te vas enterar!

–Tienes toda la razón moza, esi cabrón ye un aprovechado atorrante y un hijo de la gran puta, -le soltó guasón al cruce el Ordoqui.

Le alcanzan a la altura de la Puerta la Villa.


–¡Pobre neña! -Se quejó Celestino en tono de reproche.


–¡Vete a la mierda Celestino!


–Mucho presumir pero bien que perdiste el culo, con el rabo entre las piernas cuando la moza intentó darte un bolsazo.


–Podeis tocame las bolas –replicó, haciendo el ademán correspondiente.


–El Peque está muy perjudicado por las hostias que le da la madre –Replicó Naves -Como cuando… (anécdota bien conocida por todos y que no está de más recordar) le llevó a una zapatería de la calle Corrida y al verle entrar le espetó el dueño o encargado:


–¿Hoy vienes a comprar o a desarmarme la zapatería? –Venía el comentario a cuenta de que no hace tantas vegadas, había una dependienta que le gustaba y cuando quería refrescar un poco, o no tenía mejor cosa en que entretenerse, entraba en la zapatería y tenía a las dependientas bajando y subiendo cajas a los estantes y probando sin ninguna intención de comprar, y los cachetazos que le soltó aquella vez su madre.


–Que tienes que dejame mal en todas partes –le reprochaba la madre a la salida, mientras le atizaba.


–Si estuviese tu padre bien, no te atreverías a hacerlo, seguro que no lo hacías. Se lamentaba amenazante. Tu padre te cruzaba la cara de un sopapo, mocoso de mierda.


–Todavía me acuerdo –abundaba en la herida el Pañeda- aquel día en que entramos en los almacenes Simeón de la calle los Moros, y para embromar a las dependientas desenrolló y extendió una alfombra en el pasillo y estuvo un rato sentado encima, pasaban los clientes y se quedaban mirando y sonreían dando la cabeza, las dependientas como ya le conocían se reían cuchicheaban y no se atrevían a acercarse, hasta que llegó el encargado y le preguntó todo serio:


–¿Oiga, qué hace vd. ahí?


–¡Nada hermano! toy probando por si yera voladora –le contestó el Peque tan campante.

Era el Peque de la misma piel del diablo, había hecho Calderería (Oficialía y Maestría) en Revillagigedo y pasado después a la Escuela Universitaria para seguir estudiando, era espabilado, aunque gamberro y mal hablado por naturaleza, pese a los arduos desvelos de su madre tevergana, por convertirlo en un hombre de bien y de su padre que estaba delicado de salud y era natural de las Cuencas, y ex minero y silicoso por más señas. Vestía ese día, polo granate con el botón de arriba desabrochado, que dejaba ver el cuello de la camiseta, pantalón de pana marrón, gastados zapatos negros de cuero trenzado, gesto delicado al sostener el cigarrillo de continuo entre los dedos dejando la marca tostada de la nicotina y que contrastaba con su rudeza de primera vista. Pelo negro peinado hacía atrás que lucía sin necesidad de brillantina, mas bien chaparrito, de voz fuerte, contaba con un poblado mostacho -a lo mejicano- también ennegrecido y que le tapaba los labios, nariz recta casi larga, gran aficionado al cine y amigo de comentar las peripecias de la trama en alto, lo que le había acarreado el estar fichado por la mayoría de los acomodadores y haber sido expulsado de las salas en repetidas ocasiones, con mayúsculo escándalo.

La Galana es un chigre situado en la plaza Mayor en el barrio de Cimadevilla, disponía de dos alturas, en la más baja al nivel de la plaza tenía una barra a la izquierda de la entrada y era donde se escanciaba la sidra, con los parroquianos acodados en el mostrador o sentados en los bancos de las mesas. Como clientes habituales solían ascender por media docena de peldaños al nivel superior y situados en mesa larga y recia con los libros desparramados pedían un tapete y baraja y allí se pasaban las horas con una consumición, techo muy alto con fuertes vigas de madera, con un cuadro abstracto pintado y amarillento del humo en el techo, una escalera ascendía a recinto privado y una mampara separaba la zona de restaurante con sus mesas. Al fondo cajas con botellas de sidra vacías, entre medias un elevador que daba a la cocina que estaba debajo, a la derecha se divisaba una máquina de descorchar botellas justo debajo de una recia prensa de llagar de sidra que servía de decoración y estante al mismo tiempo.

El tipo apareció de improviso en el chigre, ante la indiferencia de la concurrencia, por detrás de la mampara. Se inclinó disimuladamente por sobre el hombro del Peque, lo tocó en el brazo y le dijo a corta distancia “Quiero hablar contigo”.

El Peque levantó la vista, lo miró con el ceño fruncido como si no lo conociera, luego largó una hojeada de refilón sobre los otros componentes de la mesa y amago el encogerse de hombros.


–¡Vamos paquel rincón! -dijo el otro resuelto, señalando las mesas del fondo, junto a la escalerilla de acceso a los servicios.

El Peque sorprendido, calmoso se puso de pie, serio y un tanto cortado, cosa rara en él que no se acojonaba ni ante el lucero del Alba. Parecía que sus amigos, ni Pañeda, ni Andrés, ni los demás se habían percatado de la situación.


– ¡Págale lo que le debes al muchacho! -dijo en voz alta, Ordoqui que estaba a su lado, y era el único que había caído en la cuenta.


–¿Siempre el mismo, Peque? -se anotó el Andrés, zumbón.


– No le pegues mucho.

Pero el tipo, muy serio, ya se alejaba hacia el fondo. Ahora sí, los demás hicieron un instante de silencio, prestándole una mínima atención al suceso.


– Parece que se pone seria la cosa -se rió el Andrés.


–¿No oísteis al punto? -preguntó Ordoqui- “Quiero hablar contigo” le espetó. Nada de “¿Podría hablar un momento contigo?” o “¿Tendrías un minutín para atenderme?”.


–Nada. “Quiero hablar contigo” y sin más a la esquina.


–Será un faltoso cualquiera –apuntó Celestino.


–Déjalos que se engarren, bueno ye el Peque -dijo Pañeda -Si hay hostias por el medio ya habrá tiempo para intervenir. Y sin transición alguna volvieron al socorrido tema de las neñas, y de las tres negrazas que se habían traído para el chou del Horóscopo.


–Diréis que no tienen pasta pero últimamente se traen unas jacas que quitan el hipo, el sábado estuve tomando unas copas y estoy seguro que nunca tuvieron tan buen ganado.

El tipo se había sentado enfrente del Peque y se quedó mirando hacia el lado del mostrador, los ojos entrecerrados, como si le costase rebuscar algo con la lengua entre los dientes, tomando con la mano izquierda el otro puño cerrado, El Peque pudo repararlo un poco más. Sin ser muy alto, era trabado y tenía cierta pinta de bestia parda. Barba negra y cerrada, con un costurón en la frente.

Por un momento bastante largo, pareció que el tipo estaba encasquillado, que no iba arranca a hablar nunca.


– Tu te tiraste a mi novia -soltó de sopetón mirando, ahora sí, al Peque para observar de primera mano, su reacción.


– ¿Cómo? -el Peque adelantó la cabeza con un sobresalto elástico del cuello, tal como si un lagarto caminase de pie.


– Que tú te tiraste a mi novia –recalcó sin levantar la voz.


–¿A tu novia?

El otro había adelantado el rostro con fiereza y no dijo más.


— Espérate un momento… Espera un momento…-se atrevió articular el Peque amagando una sonrisa forzada y nerviosa-. Yo ¿te conozco? A tí…


– Sí, que me conoces…


– Porque, tu apareces aquí… –ignoró el Peque la última información… me vienes a buscar a la mesa, pa que venga a hablar contigo… Me fais levantar de la mesa, donde estaba tomando unas sidrinas con unos amigos…


–Que sí me conoces… -recalcó


–… estoy tan tranquilo con los compañeros conversando y de repente, vienes y me sales con ese cuento de que…


–No te hagas el despistado, que bien me conoces…


–¿Que yo te conozco? ¿De dónde te conozco? A ver si de repente nos volvimos todos chiflaos.


–Me conoces de la puerta de la academia Serrano en la calle Covadonga.

El Peque quedó un instante en suspenso…


–¿O vas decime que no? -aseveró la pregunta.


–Yo voy a esperar a mi novia, que está haciendo por la tarde mecanografía y tu sales de clase, aunque no se que coño andas estudiando.


–¡Para el carro manín! y a todo esto… ¿Quién ye tu novia?


– No te hagas el despistao que de sobra sabes quién ye mi novia.


–No, mante… –puso cara de enojo el Peque.


–No sé quién cojones ye tu novia y menos tengo la más puta idea de quien yes tu…y no me acuerdo de tu cara ni un carajo.


–No levantes la voz, no levantes la voz -pidió el otro, lo que en parte vino a tranquilizar al Peque.

Al parecer, el inquisidor no buscaba armar un escándalo aunque su tono estaba más cerca de la tosca amenaza que de la indulgencia paternal.


–Y no te hagas el estrecho que te tengo muy calao. Y te diré más: el jueves de la semana pasada salías por la puerta justo al lado mío y ví como saludabas a mi Ana.


–¡Oye hermoso! Esto es increíble, las cosas que tiene uno que escuchar -dijo el Peque echándose hacia atrás en la silla, en parte por guardar las distancias, con aquellos ojos inquisidores y observando de paso si los compañeros seguían las alternativas del episodio y si llegado el caso estarían prestos a intervenir, en una eventual escaramuza, en que llovieran los hostiazos o volaran las sillas.


–No me vengas con que no me conoces y que tampoco conoces a mi novia, por que está muy claro que no es así. Y tampoco pierdas el tiempo mirando pa la mesa de tus amigotes, por que ninguno va venir a echarte una mano. Esos son muy buenos pa fardar y dar a la sin hueso, pero a la hora de repartir estopa, seguro se borran todos.


–Pero ¿Qué dices? –quedó cortado el Peque, frunciendo el ceño, no tanto por el calificativo de gallinas que había hecho sobre sus amigos, como por que aquel tipo se había dado cuenta de su desamparada mirada de cordero degollado en demanda de un perentorio auxilio.


–Y te digo más…-siguió el otro. Todos vosotros sois muy amigos de haceros los finolis ante las rapazas. Pero donde yo me crié esas cosas no cuelan. Allá estas cosas se resuelven como hacen los paisanos ¡Si hay guevos! ¡Saliendo a la calle! Y no como facen esas pandas de pajilleros de tus amigos…


–Para el carro ¡amigo! -buscó una tregua el Peque, sin saber muy bien como continuar.

–Por eso me vas a explicar muy bien explicado como fue el tema con mi novia, mejor dicho, con la hija de puta de mi novia…


–Un momento…Un momento –continuó haciendo tiempo el Peque. Te estoy respondiendo por una elemental regla de cortesía, cuando debería mandarte a freír espárragos, por que tu no eres mi padre, ni juez para demandame con ese asunto…


–¿Sabes quién soy yo? ¿Sabes quién soy yo? -el otro engallado volvió a elevar los hombros y abrir los codos con las manos apoyadas en la mesa. Yo soy el novio de Ana. La pareja de Ana. Ese soy yo. El novio cornudo de la Ana que follaste, o andas follando, que eso habrá que velo.


–¿Quién es Ana? ¿De que Ana me hablas?


–Ana Pascual Rodríguez… ¿Caes ahora? –se podría decir que una especie de rictus-sonrisa cínica se dibujaba en la boca del tipo.


–¿Ana Pascual? No caigo Mira…aquellos amigos míos los conozco por el nombre y los apellidos por que alguna vez coincidimos en clase y pasan lista, por eso aunque me digas Ana Pascual, yo te digo… que sí… que pudiera ser… que por lo menos…


–La rubia y pequeñina, un poco gordita… a la que le prestaste un libro de un tal Leopoldo Alas, creo que Clarín le dicen…


–El Peque se le quedó mirando en suspenso. Convencido que ya no había escapatoria, ni mayores posibilidades de evadirse del tema. No obstante se preguntó:


–¿Un libro de Clarín? –caviló pasando la mano por el pelo. Ah sí…


–Pa iniciar en el adulterio las novietas axenas…recalcó con sorna el otro.


–Si ya sé cual ye… La Regenta.


–La muy pendeja se deslumbra con cualquier cosa.

Pasaron unos segundo callados, expectante el tipo, con las velas plegadas, como a la defensiva el Peque.


–¿Entonces que me dices? -apremió el tipo.


–Entoces…¿Qué? –contestó el Peque como cogiendo aire.

El otro mantuvo la mirada fija, sin pestañear.


–Bueno sí –admitió el Peque sin dejar que la bandera arriase hasta el suelo. Si es esa que dices, coincidí y hablé con ella alguna vez, pero nada más.

–¿Pero vamos a ver, quién te dijo que yo me enrollé con tu novia? ¿Quién te metió ese cuento por la chola?

–Ella. Ella misma me lo confesó.

–¿Ella te dijo eso? ¿Ana?

–Sí señor, Ana me lo dijo.

–¿Ella te lo dijo? –repitió con cara de incredulidad

–Ella

–¡Mentira!

–Claro, a más de cornudo mentiroso –sonrió de mala leche el otro.

–Te está tomando el pelo, ya sabes como son las muyeres –aventuró el Peque.

–Claro, me toma el pelo…

–¡Por mis cojones que sí! ¡Seguro! por supuesto… está hablando por hablar ¿de donde si no podía ocurrírsele esa barbaridad?

–¿Y pa que me lo diz? ¿Dí simpático?

–Qué se yo. Te quedra joder. Anda tu a saber. A veces no hay quien las entienda. Hay muyeres que son muy hijas de puta, muy…

–¡Oye tú! ¡Cuidadín con lo que dices!

–Bueno hombre –acertó a disculparse sin atinar a descifrar por donde le podría venir el zurriagazo, o donde posar el pie, sin que la mina estallase debajo. Lo digo en un sentido figurado…


–Tienes razón, seguramente que la tienes –admitió el otro

–Sin embargo, quizá sea mi novia muy hija de puta, pero no es fata, ni nada que se le parezca. No se atrevería a decime una cosa tan grave por decir, pa que me líe a hostiazos con todas las de la ley. No vino a indicarme que había perdido el anillo que le regalara, o extraviado el paraguas. Me dijo que se había encamado con un tipo…

–¡Si claro! y justo viene a meterme a mí en el chanchullo.

–…sabe de sobra que ante una cosa así la voy a liar, seguro que la lío…

–Que se yo, te sale con esas cosas por que te habrá pillado en algún renuncio con otra moza, ya sabes que en esas cosas las muyeres son muy vengativas. Son capaces de inventar cualquier historia con tal de…

–¿Inventar sin más cualquier patraña? – arremetió el otro ¿Inventar también el día en que fue a la cama contigo, la hora y el hotel? ¡Demasiada imaginación le fías!


–¿El hotel? ¿Te dijo el hotel? Esa neña va pa novelista.

–Además que sepas, que no soy de engañar a mi novia. Yo podré tener mil engarradiellas con ella, pero no me lío con la primera que se me cruza por delante –dijo golpeando con la palma el pecho.


–¡Joder que imaginación!

–Nada de imaginación. Me la armará con muchas cosas, pero me lo contó todo y si viene a contarme una cosa así, es por es la pura verdad, verdad de la buena. Es cierto, no me cabe duda.

Otro silencio. El Peque enarcó las cejas, se atusó el bigote y se encogió de hombros.


–¿Qué quies que te diga?…si ella te dijo eso…

–El martes pasado a las cinco de la tarde, en hotel León de la avenida de la Costa y con video porno.


–¿No te contó lo de la cama de agua…? Puestos a inventar… nunca pude imaginar que Ana se le ocurriesen tantas cosas.


–Así que quiero que arreglemos el asunto cuanto antes. El Peque se le quedó mirando entre curioso e intranquilo.


–Afuera en la plaza del Ayuntamiento sin cuartel y hasta que uno caiga –señaló el otro con un leve movimiento la cabeza hacia la puerta.


–Estas zumbao… ¿Qué estás diciendo?


–Lo que te digo, o donde se te ocurra. Salimos…


–Pero… ¿tu de que vas?

–Nos damos un buen repaso a hostiazo que te crió.

–¿A hostiazos? -El Peque le miró incrédulo, parecía no salir de su asombro, al tiempo que cavilaba sus posibilidades que le daban todas las de perder.

–Sí señor. A hostiazo limpio.

El Peque no esperaba el impacto directo. Se quedó pálido. Miró por el ventanal que daba casi a nivel con la callejuela que sube a Cimadevilla, viendo sin ver como pasaban caminando los bultos borrosos. Sintió a los amigos discutir, el mundo seguía girando a su alrededor y él esperando un milagro, ante un inquisidor demasiado informado. Parece acorralado se masca la tragedia, cuando la sidra vino en su ayuda… pasaba el camarero con una caja de botellas del licor de la manzana… cuando se le ocurrió.

–¡Carlos tráenos una sidra que tengo seco el gaznate! –le gritó al par que cavilaba que bien pudiera ser un arma defensiva si se complicaba el tema.

–Si casi no la conozco, con quien tengo más amistad es con la amiga. –se disculpó el Peque


–¿Con la Patricia?

–Sí, con esa.

–¿Así que tienes amistad con la amiga pero le prestas el libro a mi novia? -le dejó caer con ironía.

–Bueno a tu novia la conozco…escúchame…como se puede conocer a tanta gente, por medio de Patricia –con la que coincidí en la escuela- que seguramente me la presentó y por eso crees que somos todos amigos…

–Pero nada más…

El Peque se echó hacia atrás en la silla, ladeando la cabeza para levantar la visual.

–¿Sabes lo que te digo? Yo no me lío a hostiazos ni por mi madre -aclaró.

– No metas a tu santa en este asunto.

– Yo a mi madre la meto donde me sal de los cojones –dijo engallado y elevando el tono de voz el Peque, y continuó:

–No me faltaba más que cualquiera venga a decirme, lo que tengo que hacer con mi madre.

A todo esto, llegó la sidra a la mesa y el camarero se aprestó a escanciar unos culinos.

–Lo que pasa ye que tenéis mucho cuento y en el fondo sois unos putos gallinas, estáis acostumbrados a mucha lectura, tu y toda esa recua de micos pajeros, mucho de parlar de todo, pero sin levantar el culo de la silla y arrugándose cuando hay que facerlo –dijo el otro llevando el dedo índice a los labios.

–Te equivocas amigo, estás equivocado -dijo el Peque jugueteando con el corcho entre los dedos. No nos pasamos leyendo, si acaso estudiando pa los exámenes.

–Estás en un error –aseveró el Peque, más tranquilo al comprobar que pese a la convidada a la violencia pese a la inflamada invitación a la acción directa, la cosa había tomado el manso y trillado sendero de la dialéctica, como para derivar de improviso en un holocausto.

–Tómate el culín –aprovechó para invitar el Peque, indicando al camarero para que le acercase el vaso con la rubia bebida escanciada, con las burbujillas de la manzana resbalando expalmadas por las paredes del vaso.

Tomo la palabra ya que se podría haber armado una zapatiesta del carajo, la mesa comenzó a poblarse al olor de la sidrina, me parece que nunca llegaremos a saber a ciencia cierta si tuvo lugar el fornicio del que fue acusado el Peque o fue víctima de una intriga bien urdida ya que el interfecto no suelta prenda sobre el particular del asunto, aparte que le viene bien a incrementar su fama de jaranero, mujeriego y enemigo de matalas callando y otros testigos que bien pudieran aportar algo de luz, desgraciadamente ya han fallecido.


–¿Quién ye esi punto? –preguntó disimuladamente Pañeda


–¿A mí que cojones me cuentas? –respondió el Peque

Dejó el Peque rodar una mirada por los rostros, buscando engranar con alguna sonrisa socarrona, un leve guiño, unos labios apretados reprimiendo una risita sólo vio gestos serios, atentos algunos, desentendidos otros, somnolientos varios, la sidra corría sin cesar. No creo que acertara a reparar en la mirada cómplice del Ordoqui con el otro…

–A todo esto ¿como te llamas?

–Mi nombre ye Javier y trabajo de soldador en el astillero Marítima del Musel.

–A ti te conozco –intervino el Ordoqui y prosiguió a modo de justificación: hace unos años, cuando era un mocoso trabajé varios meses en el astillero.

–No me suena tu cara –respondió el otro.

–Si te soy sincero tengo que confesar que no me gusta Ana, no digo que sea un esperteyu, pero me gustan más grandotas ¿que quies? aunque yo sea pequeño me atraen más macizas.


–Dirás que ye pequeñina pero ya quisieran muchas tener el culo y la pechuga que tien mi Ana, la verdad ye que gana mucho en bolas. –defendió Javier.

Pasaba de las dos de la tarde cuando atravesaban la plaza del Ayuntamiento abrazados formando una piña y marchaban cantando a grito pelado:


–¡Javier ye cojonudo! ¡Como Javier no hay ninguno!

Solo les faltó sacarlo a hombros o mantearlo, siendo el preludio de una larga amistad… atrás habían quedado vacías varias cajas de buena sidra Fanjul…total pagaba el Pañeda.

Hoy cuelgo una colección de preciosos cuentos de Roberto Fontanarrosa que lleva por título “No se si he sido claro”

MACIZO CENTRAL DE LOS PICOS DE EUROPA

MAJADA LA TENEROSA

PICU URRIELLU

NEVERON DEL URRIELLU

EL URRIELLU

PARDINA Y EL LLAMBRION

PEÑA VIEJA Y EL JOU DE LOS BOCHES

TORRE BERMEJA – TORRECERREDO Y LOS CABRONES

SUBIDA AL NEVERON DE URRIELLU

VISTA DESDE EL NEVERON

LA PARTIDA Y TORRECERREDO

PICOS DE DOBRESENGROS

PICO URRIELLU O NARANJO DE BULNES

EL CUITU TEYAU DESDE SOTRES

CUETO ALBO

TORRECERREDO DESDE TORRE BERMEJA

TORRE BERMEJA

PICO LOS CABRONES

GLACIAR DEL CIRCO DEL JOU NEGRO

DOBRESENGROS

MACIZO OCCIDENTAL Y PEÑA SANTA DE CASTILLA

TORRE DE SANTA MARIA DE ENOL

HORCADA DE DON CARLOS

PUENTE LA JAYA PONCEBOS – BULNES

PUENTE COLINES

BULNES

COLLADO DE PANDEBANO

XATINES

LAGO ERCINA

LAGO ENOL

MAJADA DE LAS BOBIAS

GUARDANDO LAS OVEJAS

ELABORANDO EL QUESO

JITO DE ARIO